Gracias por todo el apoyo
-7-
Recoges tus cosas y las acomodas en varias cajas de cartón que se van apilando una a una por todo el departamento. La mitad irá a la beneficencia, otra parte la irán a recoger en un rato porque la has vendido o regalado. Lo que queda, tan sólo lo básico, es lo que te llevarás contigo. Te dieron el puesto que querías, en Alemania. Vas a comenzar de cero. Ni siquiera recuerdas las veces que has tenido que hacerlo, pero ahora… Ahora es distinto. Te sientes más destruida que nunca pero, al mismo tiempo, más dispuesta a intentar algo con tu vida, por fin, a poco menos de dos años de la boda de Anna.
No hay demasiadas opciones por delante. No cuando tu hermana espera un bebé y todo en casa es un alboroto; tu madre te llama casi todos los días para contarte de toda la ropita que ha comprado o tejido. Dice que Anna luce radiante y que el embarazo se le empieza a notar.
Lo único radiante que hay en tu casa es el cabello de Olaf, tu perro, que ha crecido mucho y ahora juega el papel de tu pequeño hijo, amigo y mascota. A él no le está gustando mucho la idea de mudarse, pero se abstiene de lloriquear y, en su lugar, se va a su rincón y te ignora en todo el rato que te dedicas a rellenar tus tazas con papel periódico. Ni siquiera se contenta cuando le lanzas su pelota favorita y te animas a jugar con él. No tienes idea de cómo es que Anna podrá con un bebé cuando tú no puedes hacer feliz ni a tu perro. Pero a Anna siempre le agradaron los niños, por eso da clases a los chicos de nivel básico y, al final, termina hablando maravillas de ellos, sin pizca de estar quedando demente.
Cuando platicas con la pelirroja por celular, a veces, notas el nerviosismo que sale de sus labios, sobre todo cuando le dices que será una gran madre; ella sólo lanza un bufido y te dice que todos los niños adoran a sus tías, porque son unas compradoras compulsivas de regalos. Además, te dice que ya no aguanta ni un poco los vómitos matutinos mientras Kristoff ronca como un animal en la sala ―porque han vuelto a discutir―, ni que sus ropas empiecen a quedarle demasiado pequeñas. Se exalta cuando piensa en el enorme globo en el que se convertirá ―con sus propias palabras― y que, cuando todo eso termine, habrán hecho un restaurant de comida rápida en su honor, de todas las veces que ha ido por comida china o hamburguesas, aunque tu madre termine quitándoselo a medio bocado para darle vegetales o alimentos sanos. "Cosas que sólo tú comerías", ella dice, aunque mires a tu alrededor y te des cuenta que también abrirán una cadena de comida rápida en tu nombre, porque tus hábitos alimenticios se fueron por el drenaje cuando tu trabajo se duplicó.
Al parecer todo le molesta, sobre todo que sólo haya podido escuchar tu voz por mucho tiempo o, en casos especiales, verte por el Skype o en algunas fotos que le envías cuando sacas a pasear a Olaf. Intentas decirle que son sólo etapas del embarazo, ella te riñe y te dice que mejor le cuentes cómo te va. Tu vida nunca pudo ser más monótona y simple, pero te esfuerzas y le relatas lo que has hecho. Le hablas sobre tu trabajo y las salidas nocturnas a los museos o simplemente a correr. Lo que parecía tonto para ti, a Anna le gusta más y vuelve a ser la chica alegre y preguntona con la que viviste los primeros años de tu vida.
Le sacas, también, información sobre lo que ocurre por su mente. Ella dice que está feliz con el bebé, y nerviosa. Sobre todo nerviosa. Susurra que también tiene miedo, pero la tranquilizas diciéndole que todo eso es normal, que es una nueva etapa para ella. Anna calla y puedes escuchar claramente cómo se suena la nariz y gimotea, como excusa, dice que no puede creer que el embarazo la vuelva tan llorica. Te cuenta que le canta la misma canción que tú le cantabas a ella antes de dormir, sobre todo por las noches mientras nadie escucha y la casa está tranquila, que ha pensado en los colores de la habitación, aunque aún no sepan si es un niño o una niña; ella quiere azul porque le recuerda a ti. También te envía fotos de ella y las etapas del embarazo, para ese momento de cuatro meses. Cuando la ves así, lo único que quieres hacer es echarte a llorar de alegría.
Hablan por horas y horas, hasta que escuchas la voz de Kristoff al fondo y te das cuenta que ya es de madrugada ahí y tu día está iniciando, tienes que ir a trabajar. Se despiden. Y aún en la última charla de ese tipo, que fue hace al menos un mes, no fuiste capaz de decirle que te irías a Alemania, además de que le hiciste jurar a tu madre que no le diría, hasta que estuvieras instalada.
Ahora, dentro de tu departamento vacío y con los ecos de los años que has pasado ahí, la nostalgia entra a tu mundo y pide permiso para quedarse un rato. Te sientas en el piso, frente a la selva de cajas y no tienes idea de lo que harás, aunque tu agenda esté repleta y tengas toda una lista de cosas por hacer, escritas en tu computador y celular. Sabes que te has resignado a esa vida, pero es todavía más doloroso echar un vistazo y notar que es como rendirse. Anna siguió adelante y tú aprendes a caminar sin ella. Después de tu cumpleaños de hace un par de años, recuerdas haberla mirado toda la noche en su habitación, hasta al amanecer mientras ella dormía. Si tuvieras que elegir un día para vivir y morir, habrías elegido ese sin duda. Y te lo vas a llevar, hundido entre todos los recuerdos y una parte de ti que todavía se niega a caer, porque es lo único que te queda de su amor.
El teléfono, que se ha quedado en un rincón solitario, suena por toda la habitación. Te toma dos segundos entender que alguien habla. La única que lo hace por ese medio es tu madre. Te levantas con pasos flojos y Olaf te sigue, como si oliera algo. Te inclinas para tomar el aparato, pero éste deja de sonar. Lo miras con un suspiro y, antes de que puedas dejarlo de nuevo en el suelo, vuelve a timbrar. Olaf ladra. Contestas.
―¿Mamá? ―preguntas, oyes el suspiro de alivio y los tres segundos de duda. Tu cuerpo se tensa porque sabes que algo ha pasado, tu madre suele ser la primera en hablar y soltar muchas palabras al mismo tiempo, como Anna.
―Cariño… ―parece pensar en cómo seguir―. Creí que no te encontraría, no recordaba cuándo estarías en Alemania.
―¿Qué ocurre?
Tu perro te lame la mano que parece no andar muy bien en cuanto a circulación sanguínea. Más silencio. Más del debido. Te impacientas.
―… Anna acaba de perder al bebé. ―dice rápido tu madre, como si así le doliera menos. Tu estómago se comprime y un sudor frío recorre tu sien izquierda. Las palabras se borran de tu mente, ni siquiera eres capaz de recordar la última vez que te sentiste tan desarmada―. ¿Elsa…? ―Tu madre intenta captar tu atención, escuchas cómo se quiebra.
―Aquí… ―dices simplemente, porque tu mente está pensando en cómo llegar a casa ya, en ese instante.
―Ella… Anna no quiso preocuparte, cielo. El embarazo era riesgoso, ellos sabían todas las probabilidades.
Asientes, aunque mamá no lo pueda ver. Recuerdas cuando Anna dijo que tenía miedo. Las dos se escondían algo.
―Voy a estar con ella… Voy a tomar el primer vuelo que encuentre.
Y lo siguiente que ocurre es que has cambiado totalmente tus planes y estás tomando un vuelo a casa, porque Alemania ha quedado en el olvido hasta que veas a Anna de nuevo.
