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Como de costumbre, el camino hacia la Casa Blanca no fue especialmente excitante. Rusia observó por el cristal polarizado mientras su jefe conversaba acaloradamente -sobre temas que, dadas las circunstancias, al soviético poco le importaban- con el hombre de color. Una vez más, Ivan creyó que no había nada de especial en aquél sitio salvo el agradable clima cálido, con el sol que le picaba en la piel, y el delicioso aroma a verano que destilaba la nación por sí misma. Pero fuera de ello… nada. El cielo, el suelo, las personas. Todo era igual.
Sin embargo, por algún motivo y pese a haber estado ahí ya en cientos de ocasiones, todo en el americano parecía tener una poderosa fuerza de atracción que le inducía a volver una y otra vez.
Aunque aquello tampoco era novedad.
El automóvil presidencial se detuvo frente a las puertas principales de la Casa Blanca y ellos abandonaron el coche.
Medvédev se volvió para mirarlo y le sonrió, con su expresión infantil y sensata que se parecía tanto a la de la propia nación.
-"¿Pasa algo?"- inquirió, confidentemente, cuando Obama se apartó un poco para dar ciertas indicaciones a sus guardias, pero Rusia negó con la cabeza.
-"Quiero ver a América-kun. Es todo."- fue lo que dijo, con total sinceridad, y su jefe rió, divertido. Era un secreto a voces lo mucho que el americano le gustaba a su país, y no era algo para lo que tuviese mucho qué argumentar.
-"Lo verás pronto. Estoy seguro."- le aseguró, e Ivan volvió a asentir, alegremente, mientras sus ojos se paseaban por las escaleras que se levantaban frente a ellos.
El jefe de Alfred volvió al cabo de un minuto y les indicó que lo siguieran. Hablaba interminablemente, otra vez, sobre cosas que el ruso apenas si alcanzó a escuchar, aunque de vez en cuando también se callaba para oír lo que el europeo tenía que decir. Pero bien, la gigantesca nación euroasiática apenas si fue consciente de todo aquello. Se limitó a seguirlos, perdido en sus propios pensamientos y con la nariz hundida entre la suave tela de su bufanda, y cuando los tres llegaron frente a las puertas de la oficina presidencial él se metió las manos a los bolsillos y miró hacia el interior con curiosidad.
-"…eh, ¿Rusia?"
La nación invitada se volvió, sonriente, hacia el hombre de piel oscura que lo había llamado.
-"¿Da?"
Obama sonrió también, aunque cuando habló un matiz de preocupación embadurnó sus palabras.
-"¿Te molestaría ir a buscar a América? En estos momentos debe encontrarse en su habitación… No ha habido forma de sacarlo de ahí, y tal vez tú…"
-"Da."- repitió el ruso, animadamente, y se llevó una mano al rostro para gesticular la señal de amor y paz. Instantes después ya estaba despidiéndose de su jefe y marchándose con motivo de la realización de su importante encomienda.
-"Espera, ¿sabes en dónde está?"- escuchó preguntar al presidente de los Estados Unidos de América, y él, deteniéndose apenas, lo miró de reojo.
Tenía esa clase de sonrisas en el rostro que poco placer provocaba el recibir.
-"Descuide. Lo sé todo sobre él."- y se marchó, sin esperarse para disfrutar un poco de la cara que el americano había puesto. Seguramente.
