Disclaimer: Ranma ½ pertenece a Rumiko Takahashi-sama.


Verano de 1983.

Capítulo 7: ¿Te has enamorado (de alguien que no debiste)?


Dos días antes…


Ryoga se miró al espejo, buscando alguna diferencia que, bien sabía, no encontraría con respecto a su rostro de todos los días. Dos noches antes, finalmente le había confesado a Akane el secreto de su maldición. No podía evitar sentir que se había quitado un gran peso de encima. Sin embargo y con su suerte, se había instalado uno nuevo, esta vez sobre su pecho.

«Debería dejar de pensar en ello. Mousse y Shampoo me necesitan ahora».

La pareja china llevaba dos días sin pisar el Neko-Hanten, Ryoga se había enterado más o menos de la situación de la boca de Mousse. Eso de la jaula definitivamente era horrible, la simple idea de ser dejado bajo llave estando en su forma maldita le producía escalofríos.

Shampoo se estaba quedando en el Ucchan's y Mousse en casa de Ryoga. Había sido invitado por Amaya, que no le pareció muy apropiado que el chico de lentes se quedara con dos muchachas por más de que una fuera su prometida.

El muchacho de colmillos no pudo sino ponerse colorado al recordar el regaño que le montó su madre por haber pasado la noche con Ukyo, aún cuando le explicó que era porque ella estaba enferma y no quería dejarla sola. Se le hacía casi gracioso pensar que su madre fue una de las estudiantes que "lucharon" en el Mayo Francés, por lo que tenía entendido, uno de los problemas era que no se dejaba que los varones entrasen a los dormitorios de las mujeres en el campus.

Sacudió la cabeza, volviendo a concentrarse en el espejo. Fijándose en su rebelde cabello negro y despeinado, en sus ojos, muy apagados para ser dorados pero, aún así, muy brillantes para ser marrones, las pestañas tupidas, los incisivos demasiado puntiagudos, al punto de parecer colmillos, la piel tostada por el sol de los caminos…

«Parezco un gaijin…» se le ocurrió, arrepintiéndose al instante. «Claro que parezco un gaikokujin…» se corrigió «…tengo sangre europea corriendo por las venas, duh». Comenzó a vestirse, gaikokujin o no, tenía que ir a trabajar. Mousse ya se había levantado, acostumbrado como estaba a despertar a las cinco de la mañana para atender el Neko-Hanten, aunque ese día se hubiera permitido despertar más tarde.

Se colocó una camiseta negra, la de los Sex Pistols, unos pantalones negros deportivos y tomó unas botas estilo militar que le había mandado su padre por navidades, le iban algo grandes, pero le encantaban. Después se las pondría. «Parezco un punk rocker inglés. Me pregunto… ¿le gustarán a ella los gaikokujin? ¿Le gustaré yo? ¿Le pareceré apuesto siquiera?» no podía parar de preguntarse.

—¡Ryoga, Tesoro! ¡Ven a desayunar o llegarás tarde al trabajo!

Ryoga arqueó una ceja, más obedeció. Al pasar frente al cuarto de su madre, vio que Leroy seguía acostado, eran casi las siete de la mañana, por lo que el chico calculó que debía de haber vuelto del hospital unas dos horas antes, pues salía a las cinco. Opinaba que ser médico debía ser agotador, pero el inglés amaba su trabajo.

Bonjour, meré —saludó a su madre cuando entró a la cocina, para luego darle un beso en la mejilla—Buenos días, Mousse.

Bonjour, trésor.

—Buenos días, Ryoga.

—Te preparé tu preferido —dijo la mujer rubia contenta—. Omelettes, huevos fritos y avena con fruta. También un poco de jugo de naranja.

—Gracias, mami —dijo cortando un pedazo de omelette con el tenedor y llevándoselo a la boca—. ¿Y tú? ¿No comerás?

—No te preocupes, Tesoro, ya he comido. Tengo que salir para ver una planificación, pórtense bien, ¿vale? —le dejó un beso en la frente a su hijo—. Arréglate ese pelo antes de salir. Ah, antes de que lo olvide, Leroy no se sentía muy bien cuando llegó, no hagan ruido y no lo despierten. ¡Adiós, chicos!

Lo siguiente que ocupo el lugar fue el sonido de la puerta al cerrarse. Ryoga comía despacio, perdido en sus pensamientos.

—¿Qué tienes, Ryoga? —preguntó Mousse—. Te noto callado.

—¿Prometes no reírte? —cuestionó el muchacho, sonrojándose.

—¿Quién te crees que soy? ¿Ranma? —le reprochó.

—E-Es que… es algo tonto.… Creo… creo que…

—¿Sí? —le animó.

—¡Creoqueestoyenamorado! —soltó de golpe.

Mousse sonrió.

—Estás enamorado de Ukyo.

—Yo no dije…

—No hace falta, se te nota en la cara.

—¿Tan obvio es?

Continuaron desayunando, Ryoga lo hacía distraídamente, hasta que se dio cuenta de que tenía el plato vacío. «Como mi alma…» no pudo evitar pensar. Sí, había aceptado que quería a Ukyo, más allá de lo que la simple amistad suponía. ¿Y qué? No por eso ella iba a corresponderle, ¿o sí? «Lamentablemente no…» se angustió. No creía poder soportar otra decepción, ni siquiera podría soportar ser sólo su amigo como había hecho con Akane. «Creo que tendré que presentar mi renuncia como empleado del Ucchan's…Ni modo… Con lo que me gusta mi trabajo». Irremediablemente eso traía a su mente la cansina pero bella sonrisa de Ukyo tras un largo día laboral.

Dios… adoraba esa sonrisa. Toda hermosa y radiante, sólo para él. Igual que ese brillo que aparecía en sus ojos cuando escuchaban la música que les gustaba o el suave calor que desprendía su cuerpo, ese que sólo era capaz de sentir cuando ella estaba acostada a su lado, con la respiración acompasada, el suave latir de su corazón, los sensuales roces de la piel que la ropa no llegaba a cubrir contra la suya…

—¡Oye, Mousse! ¿Quieres otro omelette o un poco más de avena? —le preguntó a su acompañante antes de imaginarse algo demasiado inapropiado. Se levantó a servirse una segunda porción de ambas cosas. ¿Era él o la temperatura en el ambiente había subido un par de grados?

Mousse se levantó y tomó otro omelette y se sirvió otro vaso de naranja. Ryoga podía insistir todo lo que quisiera con que él era el invitado y todo eso, pero al chico pato no le gustaba que hicieran las cosas por él.

—Piensas en ella —afirmó, para luego agregar con sorna—. ¡Qué pervertido!

—¿Por qué asumes que estoy pensando algo inapropiado?

—Porque te pusiste colorado —rió, picándole la mejilla—. Pareces un tomatito maduro.

Ryoga gruñó mientras se volvía a sentar, apartando con brusquedad la mano de Mousse y logrando que éste riera.

—¿Hoy qué vas a hacer? —preguntó el tomate…perdón, Ryoga, tratando de cambiar el tema.

—Shampoo quiere averiguar si nos aceptan de meseros en otro restaurante —contó—. No parecer tener planeado regresar a casa.

—Parece molestarte eso…

—Por mucho que odie al mono reseco que tiene por bisabuela… Shampoo no tiene por qué estar lejos de su casa y su familia. Arreglaremos esto pronto, lo sé. Yo… realmente te agradezco que me dejes quedarme aquí mientras tanto, Ryoga.

—No hay por qué, amigo, obviamente harías lo mismo por mí.

Los chicos terminaron de desayunar y comenzaron a levantar la mesa, preparándose para ir a ver a las chicas que los esperaban al otro lado de la calle…

He decidido que me gusta —admitió Ukyo, mientras desayunaba con Shampoo, para luego reír, poniendo sus palmas sobre sus mejillas sonrosadas—. ¡Ay, me siento toda enamorada!

—Tú no decidir nada —la contradijo la amazona, rodando sus ojos carmín—. Tú sólo dar cuenta de cosa obvia.

—¡Oye! ¿A qué te refieres?

—Tú querer revolcar con Ryoga.

—¡Shampoo! —regañó Ukyo toda colorada—. ¿Tienes que ser así de vulgar?

Ambas muchachas se encontraban en la cocina-comedor de Ukyo, se habían levantado a primera hora de la mañana, aunque la noche anterior se hubiesen quedado hasta tarde conversando, ya que no habían tenido oportunidad la primera noche que Shampoo llegó a su casa. Entre lágrimas, la jovencita por fin pudo desahogarse de todo lo que le venía pasando y su amiga se encargó de escucharla atentamente y consolarla.

—¿Qué harás hoy? ¿Quieres ir de compras? —ofreció Ukyo.

—No, salir con Mousse hoy —explicó ella, sin querer revelarle su verdadero plan de salir a buscar trabajo de mesera, porque sabría que Ukyo le ofrecería trabajar en el Ucchan's y no tenía la cara para aceptarle más ayuda de la que ya le había dado.

—Pues, diviértete —le deseó de corazón—. Yo creo que no abriré por la tarde, están pronosticando como más de treinta grados.

—¿Tú aprovechar tiempo con Ryoga? —se burló la amazona.

—Búrlate TODO lo que quieras, Shampy —contestó la cocinera, encogiéndose de hombros—, pero ten por seguro una cosa: no volveré a perder. Ryoga va a ser mío sí o sí.

Minutos más tarde, mientras las chicas limpiaban la loza, llegaron Mousse y Ryoga, la pareja china se despidió entonces, con el chico advirtiéndole a Ryoga que no sabía cuánto tardarían, así que mejor Ukyo le acompañaba hasta el Dojo Tendo a ver a Ranma.

—Hoy no vamos a abrir —dictaminó ella, una vez que sus amigos se fueron—, nos tomaremos el día. ¿Quieres ir a la playa?

«Hum…, es más fácil pedirle una cita a Ryoga que a Ranma, y, si vamos a la playa, ¡puedo usar ese traje de baño con moñitos que Shampoo me obsequió!» pensó la chica contenta.

—¿A la p-playa? N-no sé, Ukyo, n-no tengo muchas ganas de meterme al agua… —dijo nervioso.

—Bueno… ¿y si mejor vamos a comer un mantecado? —insistió.

—E-está bien…


«¿Cómo demonios llegué aquí?» se preguntó el muchacho de colmillos. Era de hacerse esa pregunta seguido, más con una maldición como la suya. En ese momento, sin embargo, realmente quería saber cómo hizo para llegar hasta ahí. Concentró la vista en el techo, mientras trataba de ignorar el suave aliento de Ukyo sobre su clavícula mientras ella dormitaba sobre su pecho descubierto. «Esto de dormir juntos se está volviendo común entre nosotros… no estoy seguro de que sea apropiado…».

Rato antes, Ukyo sugirió que antes él la acompañara a dormir la siesta, seguía en pijama, porque se estaba acostumbrando a hacerlo acompañada, tomando en cuenta que las últimas noches las había pasado en compañía de Shampoo o con el propio Ryoga mientras la cuidaban del resfrío. Sabía perfectamente que ella no era ese tipo de chica, que no sucedería nada fuera de lugar –tampoco era como si él fuese a propasarse con ella-, pero había algo que lo incomodaba y no sabía qué era.

Nunca tuvo muchos amigos, mas estaba seguro de que los amigos no dormían la siesta juntos en la misma cama. Le parecía que no era lo mismo si dormía en la misma cama que Ranma o Mousse por que los tres eran muchachos, incluso cuando una de esas veces Ranma hubiera estado convertido en pelirroja, él y el chico pato tenían un acuerdo tácito de no mencionar nada al respecto, pero, aún así, no iba a negar que le gustara estar así con la muchacha a su lado. Ella se removió dormida y él no pudo evitar estrecharla un poquito más cerca.

—No sé qué me hiciste, Ukyo… peor aún es que no quiero deshacerme de tu embrujo… —murmuró contra su cabello.

—Hmm… Ryoga, ¿dijiste algo? —preguntó ella con voz de dormida, se incorporó y se desperezó, para luego tallarse los ojos—. Nngh… ¿dormiste bien, Ryo-kun?

—De maravilla.

Ella no necesitaba saber que llevaba hora y media mirando al techo de lo nervioso que estaba por su cercanía. No había podido pegar un ojo. Habían dormido juntos antes, más el conocer sus sentimientos por ella lo hacía un poquito más incómodo.

Vale, lo hacía muchísimo más incómodo.

—¿Quieres que ya almorcemos y vayamos a la heladería? —sugirió ella.

—Claro, si quieres por mí está bien —dijo, tratando de evitar hacer contacto visual, mientras se ponía la camiseta—. Y-yo s-saldré para que te puedas cambiar.

—A estas alturas… creo que ya da igual si estás en la habitación —rió nerviosa con las mejillas coloradas.

Ryoga, más rojo que un farolillo de navidad, bajó al restaurante a esperar a la muchacha. «Las chicas tardan en vestirse, ¿cierto? Tal vez eso me dé tiempo de preparar algo de comer». En la nevera encontró algunas sobras de takoyaki de pulpo y sabía que había udon para preparar en la cocina del apartamento. Así que ya tenía más o menos una idea de qué cocinar. Agradecía poder cocinar arriba, pues allí, al menos podía abrir la ventana para que entrara algo de brisa que mitigase el sofocante calor que se sentía en Nerima ese día. «Debe ser la ropa negra…» supuso mientras que, tras subir al apartamento, encendía la radio.


¡Estúpidos patos, aléjense de MÍ! —se desesperó Mousse mientras lo seguía una bandada de tiernos patitos bebés.

—Patitos creer que Mousse ser Mamá Pato.

—Shampoo… estoy bastante seguro de que soy un pato macho… ¡ya no te rías! —reclamó.

La pareja se encontraba en el parque, ya que Mousse había terminado por convencer a la chica de ignorar su idea original de buscar trabajo y que, en su lugar, salieran a divertirse un rato para que ella se distrajera. Habían vagado sin rumbo por Nerima, hasta acabar en el parque. No sin que antes Mousse encontrase un pequeño gatito blanco que estaba en una caja, en un callejón. Se lo mostró a su prometida, que quedó prendada del animalito al instante.

Shampoo sostenía en brazos a su nueva mascota, ¡no podía creer que alguien hubiese dejado a ese gatito en ese frío y maloliente callejón! Era de lo más dócil y aceptaba mansamente sus caricias.

—Shampoo cuidar gatito —le prometió antes de besar su cabecita.

A la chica le encantaban los gatos, pese a que se convertía en uno –cosa que no le hacía la más mínima gracia-. Mientras pensaba en un nombre para su bebé, sí, bebé, porque el gatito no tenía familia, por lo que ella podía ser su nueva mamá, para cuidarlo y quererlo mucho, la interrumpió un grito por parte de Mousse mientras éste era picoteado por un pato blanco que luego se fue, con los patitos bebés detrás.

El chico pato se sacudió la ropa y se sentó junto a su prometida, para luego colocar un brazo alrededor de sus hombros, mientras ella recostaba la cabeza sobre su hombro.

Nos metimos en un buen lío, ¿verdad, airen? —preguntó suavemente ella en mandarín.

—Hmm… —contestó Mousse sin mucho interés—. Puede ser… pero lo solucionaremos, te lo prometo. Quiero que sepas algo… no te haré decidir entre tu familia y yo, trataré de que tengas las dos cosas… pero… si es necesario que nos separemos, aunque me duela, yo…

—¿Mousse querer oír un secreto? —le interrumpió ella, levantando la cabeza, no quería oír nada sobre despedidas, porque sabía que Mousse era perfectamente capaz de dejarla con tal de no enemistarla con su familia. Su prometido la miró arqueando una ceja, por lo que ella sonrió juguetona y le hizo con la mano un gesto para que se acercase, cuando lo hizo, Shampoo volvió a cambiar al mandarín—. La verdad… es que siempre me gustaste, Mo-Tzu, tus gestos siempre me parecieron de lo más tiernos, no creas que porque fingía indiferencia no me daba cuenta de las cosas que hacías por mí —le dio un beso en la mejilla—. Wo ai ni, Mo-Tzu…

Wo ai ni, Xian-pú —contestó él, casi automáticamente, sintiendo que el corazón se le iba a salir del pecho.

—Ahora… Mousse ser encanto y ayudar Shampoo elegir nombre para bebé.

—¿¡Bebé!? —exclamó Mousse histérico—. Shampoo, ¿estás e-embarazada? ¿¡Cómo!? No-nosotros nunca hemos…

—¡Yo estar hablando de bebé gatito, pato tonto! —le reprochó, dándole un pequeño codazo—. Nosotros ser nuevos padres, tener que dar nombre.

—Am… bueno, no sé me ocurre nada… —admitió, rascándose la nuca, aún sonrojado—. No me digas que de verdad seremos sus pad-… —lo acalló la mala mirada de la chica—. De acuerdo, sí vas en serio, ¿no podemos decirle sólo Gatito?

—¡No! Él necesitar nombre especial. A ver… tener ojos azules y ser blanco… ¡ya sé! ¡Mousse Jr.! —el mencionado hizo una mueca—. Mousse tener ojos azules y siempre usar blanco, probar que Mousse Jr. ser tu hijo —bromeó ella.

—Mejor otro… es blanco, ¿qué tal "Yuki"? Significa "nieve" en japonés. O "Snowflake", que es copo de nieve en inglés.

—¡Copito! —decidió Shampoo contenta, a lo que el gatito maulló—. ¡Aww! ¡A Copito gustarle!

No muy lejos de ellos, iba caminando otra pareja. Ryoga y Ukyo habían terminado su almuerzo y ahora se encaminaban a una heladería que conocía la chica, donde preparaban mantecados de crema artesanal. El muchacho de colmillos no podía evitar mirar a la cocinera de reojo mientras caminaban lado a lado. Ella llevaba un vestido color púrpura largo hasta las rodillas y unos zapatos de charol negros, planos y visiblemente lustrados con esmero, su cabello castaño se hallaba atado en una prolija coleta alta y tenía una cadenita dorada con una estrella con su nombre. Se veía tan bonita, tan femenina, que le era difícil no mirarla a cada rato.

«De haber sabido que íbamos a salir me hubiera arreglado mejor, me hubiera puesto una camisa o algo, no sé… Me siento medio mal al verla tan bonita y yo tan desalineado» pensó el muchacho con pesar. «Bueno, tampoco es como si fuese una cita… ¿o sí? Nah. Un momento… Ukyo me invitó y se arregló y estamos juntos y… y… y… ¡Oh, dios! ¡Estamos en una cita! ¡Jesús! ¿¡Cómo no me di cuenta antes!? Tranquilo, Ryoga, tranquilo, probablemente éste sólo sea un malentendido y Ukyo sólo quería que alguien la acompañase a comer un mantecado, no es la gran cosa. ¡¿Si no es la gran cosa por qué estoy entrando en pánico?! Oh, no… tendré que preguntarle. Muy bien, aquí voy…».

—¿U-Uky…? —llamó con la voz temblorosa, deteniéndose un poco.

—Dime, Ryoga —le dijo con esa brillante sonrisa suya, volteando a verle y deteniéndose también.

—¡A-ah! —soltó él, mirando para el otro lado y comenzando a jugar con los dedos mientras sus mejillas se coloreaban de un adorable rojo—. ¿Esto es como una… cita?

Ay, no puede ser, qué lento… —murmuró Ukyo con cierto fastidio.

—¿Eh? ¿Qué te olvidaste tu bento?

—No, no —se apresuró Ukyo a corregirse, luego volvió a sonreír, entrelazando su brazo con el suyo, haciéndolo sonrojar más—. Claro que es una cita, Ryo-kun. ¿Crees que me arreglaría así para alguien más? —preguntó coqueta batiendo las pestañas.

Ryoga sintió que su rostro se calentaba más de lo usual, como siempre que se sonrojaba. No podía creerlo, ¡Ukyo prácticamente le había dicho que se había arreglado así para él! «¡Oh, dios! SÍ es una cita… tranquilo, tranquilo, no hay motivo para alterarse» pensó. La chica arqueó una ceja, tratando de contener la sonrisa, mas falló, rompiendo a reír.

—¡Te pusiste nervioso! —exclamó, apoyando la cabeza sobre su hombro—. ¡Qué tierno! Si no te conociera, Ryoga, hasta pensaría que te gusto —lo picó, para luego volver a reír, tratando de ocultar el propio nerviosismo.

—Bu-bueno… eres una chica muy linda…

—Cuidado, Ryoga —le previno ella con cierta nota juguetona en la voz—, terminarás enamorando a alguien con esa ternura tuya —le guiñó el ojo y siguieron su camino.

«Lo más probable es que sea a mí».

Ukyo estaba tratando de ignorar el pequeño sentimiento de culpa que se instaló en su pecho, aquel que venía fastidiándole cada tanto desde que le había pedido la cita a Ryoga. Algo le decía que estaba obrando mal, claro, ella estaba segura de que ya no sentía por Ranma más que una amistad, cansada como estaba de andar de acá para allá mendigando migajas de atención que hace rato sabía no la llevarían a ningún lado, y, si era sincera, Ryoga de verdad le gustaba. Podía nombrar un montón de cualidades del chico que a ella le agradaba ver en los hombres y varias de ellas, curiosamente, eran de las que Ranma carecía.

Entonces, ¿por qué se sentía como si estuviese engañando a Ranma?

«Porque, por lo menos en palabra, sigo siendo su prometida. La única manera de arreglar esto de manera que ambos mantengamos nuestro honor es hablando con el jefe del clan. Muy bien, sólo le daré un par de espatulazos en la cabeza a Genma para que vea lo mal que trató a esa pobre niñita que conoció once años atrás y luego haré que le pague a mi padr-… Un momento, Genma no es el jefe del clan Saotome… el jefe del clan Saotome es… ¡ay no!».

—¿Uky? —inquirió Ryoga—. Te veo un poco pálida, ¿estás bien?

—Ah, sí… es que… —trató de explicar—. ¡Oh, mira! ¡Ya llegamos!

El lugar se veía pequeño por fuera, era una simple heladería con un gran ventanal de cristal que permitía observar el tranquilo interior. El estilo occidental recordaba a un negocio de gelato, demostrando una obvia inspiración europea. Ryoga fue el primero en comentarlo.

—¿Italia?

—Italia —confirmó—, aunque no lo supe hasta que me encontré a mi tía Paulette por la calle.

—¿Tienes una tía italiana? —preguntó ella maravillada, mientras entraban al local.

—No, no —aclaró—. Ella es francesa como mi mamá, sólo que vive en La Toscana con su marido Giancarlo, él sí es italiano —sonrió—. Tienen una hija, mi primita Isabella, tiene cinco años y es un amor, es más tierna que una muñequita. Aunque… la última vez que la vi tendría unos… tres años, ahora que lo pienso. Si la conocieras la adorarías.

—Adoro a los niños pequeños —aprobó ella con una tierna sonrisa que por poco hace al chico suspirar.

—Lo sé, aunque aún debo enseñarle a pronunciar bien mi nombre. Usa mi segundo nombre porque no puede pronunciar el primero.

Pidieron los helados y se sentaron en una de las mesas más alejadas, dónde se erguía un gran ventanal que daba vista al maravilloso parque que estaba enfrente, en el cual resaltaba el verde vivo de la vegetación prolijamente cuidada. No había mucha gente en la calle –mucho menos en el parque-, debido al calor. Había, sin embargo, un par de niños jugando siendo perseguidos por sus visiblemente cansadas y acaloradas madres.

—¿Cómo que segundo nombre? —preguntó ella, genuinamente curiosa, una vez que estuvieron sentados y cómodos—. ¿Tienes dos nombres?

—Bueno… es normal que no lo sepas, verás, en occidente es común utilizar dos nombres. Yo tengo uno japonés y uno europeo, no se usa mucho por aquí así que no tiendo a usarlo —admitió, rascándose la nuca—. A mi familia materna le cuesta mucho pronunciar mi nombre japonés, por lo que me llaman por el otro —se encogió de hombros—, es más sencillo para todos.

—¿Cuál es? ¿Puedo saberlo? —Ryoga negó con la cabeza, mientras sus mejillas comenzaban a colorearse de un suave rosa, ella, por su parte, hizo un pucherito—. Por favor, dime… no le diré a nadie, ¡será nuestro secreto!

Ryoga no podía decirle que no, no a ella. Más con esa tierna carita y esos ojos brillantes, se mordió el labio suavemente, para luego levantar la cuchara y llevarse a la boca una cucharada de su helado de fresa –al demonio los dichos de Ranma de que los hombres no comían helado de fresa- finalmente, volvió a mirar a Ukyo, quién mantenía su expresión, pese a que podía ver que en la esquina de su boca tenía una manchita marrón producto de haber probado su mantecado de chocolate con chispas de galleta.

—Jacques —confesó, evaluando su reacción—. Mi nombre completo es Ryoga Jacques Hibiki. Me pusieron ese nombre porque mi abuela materna se llama Jacqueline.

—Jacques —repitió ella, probando el nuevo nombre en sus labios—. Hm, me gusta. Jacques

Pese a la rústica pronunciación por parte de la joven, a Ryoga le fascinó la manera en que ella murmuró su nombre. «Debe ser otra de las muchas cosas que me gustan de ella… no puedo creer lo rápido que caí enamorado de Ukyo…» sopesó. «Tal vez… ¿tal vez no amaba a Akane tanto como creí hacerlo? Por eso saltaba tan rápido a los brazos de cualquier chica que fuera amable conmigo, a lo mejor siempre supe que no tenia oportunidad con ella…» descansó la barbilla en la base de la mano, admirando a la bella muchacha que tenía enfrente. «No importa ya» sonrió. «El destino me dio una nueva oportunidad de ser feliz… a no ser que esa oportunidad siempre haya estado frente a mí y el resplandor de Akane me haya cegado ante ella».

—¿Qué es tan gracioso? —preguntó su acompañante.

—La mancha de chocolate que tienes en la esquina de los labios —contestó, alcanzándole una servilleta y, pese a que la idea cruzó su mente, sin atreverse a limpiarla el mismo como en las películas. Se sonrojó al ocurrírsele una manera mucho más creativa y placentera de quitarle el chocolate a Ukyo… luego pensando lo mucho que dolería el cachetazo por tratar de darle un beso en la primera cita.

Mousse y Ranma tenían razón… realmente tenía que dejar de leer mangas shoujo y novelas rosas…


Ranma y Akane caminaban por la calle, de camino a la heladería. Ambos se miraban de reojo pero, si sus miradas llegaban a encontrarse, las apartaban avergonzados.

—Me gusta cómo luce tu cabello hoy —murmuró, lo suficientemente alto como para que sólo Akane lo escuchara.

Aquello parecía volverse normal, de la nada y cuando nadie lo escuchaba –excepto ella, por supuesto-, Ranma le soltaba algún cumplido de lo que se le ocurriera. La hizo sonreír.

—Gracias, Ranma, no podía dejar que Kasumi tirase este moño tan lindo —explicó la muchacha ajustando la cinta que estaba sobre su cabeza.

—Hmm…

Todo había estado relativamente tranquilo para ellos desde hacía un tiempo. Bueno, lo más tranquilo que se puede llegar a estar en un lugar como Nerima. Desde que Shampoo se había comprometido con Mousse, Ukyo rara vez se pasaba por el Dojo, si es que lo hacía en absoluto. Akane guardaba la pequeña esperanza de que se hubiesen rendido. Aunque, tras ver lo enamorada que estaba Shampoo del chico pato, no pudo sino estar segura que ella había terminado con Ranma.

Ukyo por el otro lado…

Suspiró. Tal vez debía hablar ella con Ukyo, pero seguía en duda de qué pensaría Ranma al respecto. Es decir, sabía que él la quería, sin embargo, ¿hasta qué punto? ¿Qué tal si no la quería de la manera que ella esperaba? ¿Estaría enamorado de Ukyo? ¿O de Kodachi? Espera, tacha eso, nadie nunca se enamora de la loca del pueblo.

—Te noto triste, ¿estás bien? —preguntó él.

—Sí, sólo pensaba —admitió.

—¿Sobre qué?

—¿Puedo decirte luego? —inquirió mirándole a los ojos con una emoción que Ranma no reconoció.

—Claro, oh, mira eso, ya llegamos.

—Aquí no es dónde venimos usualmente.

—Lo sé, quise probar algo nuevo, ¿qué te parece?

—Intentemos —aprobó haciendo a Ranma sonreír.

Entraron al lugar, sintiendo el fresco producido por los ventiladores y pidieron sus helados. El chico, por el momento en el cuerpo de una voluptuosa pelirroja, notó que, en el rincón más alejado, se encontraba una joven de largo cabello castaño tomada de las manos de un muchacho de cabello negro, los reconoció enseguida.

—¿Ya viste quién está por allá? —le susurró a su prometida con cierta complicidad.

—Pero si son… —soltó apenas, con sus ojos avellana levemente más abiertos de lo usual, debido a la sorpresa.

Al otro lado de dónde estaban Ranma y Akane, Ryoga tomó las manos de Ukyo con delicadeza, los ya vacíos potes de helado se olvidaron mientras ella se sonrojaba debido a la intensa mirada del muchacho. «No sé qué cacahuates decir…» pensó con pánico, «hay tantas cosas que quiero que sepa pero no sé por dónde empezar… necesito una señal, sí, eso. Una señal que me diga que estoy haciendo lo correcto. Ugh, ¿a quién engañó? Eso sólo pasa en las películas…»

El rostro de Ukyo pareció iluminarse aún más al oír la canción que sonaba en la radio.

—¡Aw! ¡Escucha eso!

El muchacho casi se cae de la sorpresa… no, no era posible… ¿o sí? ¿Esa canción? ¿Allí? ¿En ese justo momento en el que él necesita un indicio?

—¿The Buzzcocks? —soltó—. ¿Sonando en la radio? ¡Pero si son de la misma época que los Pistols, sino es que más!

—Lo sé, ¡qué coincidencia!

—Mi segunda canción favorita —dijeron al mismo tiempo, mirándose sorprendidos para luego sonreírse.

"…And if I start a commotion I run the risk of losing you… and that's worse. Ever fallen in love with someone? Ever fallen in love, in love with someone? Ever fallen in love? In love with someone you shouldn't've fallen in love with?" (1)

«Si eso no es una señal, no sé que sea…» resolvió, dándole un apretón cariñoso a las delicadas manos que aún sostenía entre las suyas, ella se sonrojó aún más por ello.

—U-Ukyo…

—Dime, Ryoga —instó ella con una bella sonrisa capaz de derretir cualquier coraje que el muchacho hubiese podido reunir—. Anda puedes decirme, ni que te fuera a morder… a no ser que tú quieras y me lo pidas —agregó juguetona guiñándole un ojo. La muchacha se arrepintió enseguida, aunque lo ocultó tras una risilla nerviosa. Ya se estaba pareciendo a cierta amazona que conocía y no estaba segura de que le gustara.

Sin embargo, antes de que Ryoga siquiera tuviera tiempo de reaccionar y convertirse en un charco en el suelo, fueron interrumpidos por ellos: la parejita dorada de Nerima; Ranma Saotome y Akane Tendo. Ukyo se puso un poco pálida, como si hubiese visto un fantasma, al verlos acercarse.

—¡Ryoga, Ucchan! —soltó Ranma, acercándoseles con Akane detrás—.¡Qué coincidencia! Ay, no me digan que están en una cita —bromeó con una sonrisa ladina bajo la reprobatoria mirada de Akane.

Ryoga iba a apartar sus manos, pues no quería avergonzar a Ukyo. «¡Qué estúpido soy! No olvidemos quién es el verdadero dueño del corazón de Ukyo… Aunque ella me haya dicho exactamente lo contrario» pensó con cierta resignación, sin embargo, se sorprendió cuando la chica afianzó el agarre de sus manos, haciéndole corresponder, para luego pronunciar las siguientes palabras:

—Hola, Ran-chan, Akane —les saludó sonriente y satisfecha— Y, sí, Ranchan, ¿cómo lo has adivinado? Ryo-kun y yo estamos en una cita, aún así parece bastante obvio. Como sea, nosotros ya nos terminamos nuestros helados, ahora, ¿qué tal ese paseo por el parque que me prometiste, cariño?

Ryoga sólo pudo asentir con la cabeza como un bobo frente a las palabras de la chica.

—Por supuesto, Uky-chan —logró decir.

—¡Nos vemos luego, chicos! —se despidió dejando a la confundida pareja detrás.

Sonrió, sintiéndose bien por haber hecho eso, no sabía por qué. La sonrisa se borró de sus labios al ver que su acompañante lucía más apagado.

—No me digas que estás así porque están juntos.

—No es por eso… pensé que… que bueno, yo… tú…

Ella se puso frente a él, entendiendo lo que quería decir, ¡se pensaba que lo había hecho por celos! ¿Qué clase de imagen tenía de ella para pensar algo así? Él, por su parte, no podía evitar pensar que ella sólo quería poner celoso a Ranma, como si éste fuera otro de sus planes, aún y recordando lo que le había confesado ella sobre su compromiso, que ya no le importaba. Creía poder llenar ese lugar… ¿a lo mejor se equivocó? ¿Tal vez él no era el caballero de la brillante armadura que ella esperaba? Se dio media vuelta, listo para huir del lugar y escapar de su vergüenza, aunque sintió que algo se enganchó al cuello de su camisa, reteniéndolo.

—¿Q-qué? —balbuceó, mirando a una muy molesta Ukyo por sobre su hombro.

—¿Adónde rayos te crees que vas? ¡No ha terminado la cita!

—P-pero…

—¡Pero nada! ¡Se supone que estás en una cita conmigo, que ni se te ocurra pensar en ella!

—¿En quién? —preguntó él, arqueando una ceja.

—¡Y no te hagas el desentendido! —tomó aire un par de veces para calmarse, luego continuó arrastrando a Ryoga tras ella—. Ya vamos, Ryoga, quiero ir a la fuente de sodas, tengo sed.

«¿Por qué siempre me pasan éstas cosas a mí?» pensó desdichado el muchacho. «Aunque… no es tan malo… se puede decir que era lo que yo quería…».


Akane subió al tejado. Siendo allí dónde finalmente halló a la persona que buscaba. Ranma había desaparecido poco después de tener una acalorada discusión con su papá, tras de que su madre se marchase. Todo iba tan bien… ella había estado haciendo la tarea en la sala familiar, sólo para ayudar a Ranma en caso de que lo necesitase, pues su madre estaba de visita y él no le prestaba mucha atención, pues estaba hablando con Mousse y Ryoga, sobre algo de lo que ella desconocía, pero que tenía que ver con alguna clase de libro.

Luego, todo fue cuesta abajo. Se excusó un momento, para ir a buscar un vaso de agua –tanto charlar con Nodoka le había dejado una fea sensación en la garganta, casi seca- y, cuando oyó unos gritillos, se apresuró a volver, encontrándose con que los tres muchachos eran ahora un cerdito con colmillos, un pato medio ciego de lentes y una muchacha pelirroja.

—Mamá… —había tratado de decir Ranma.

Nodoka sólo negó con la cabeza, dando un paso hacia atrás, sus ojos exageradamente abiertos, los labios temblándole e incluso su rostro en general lucía un poco pálido. Akane notó vagamente al pato blanco que arrastraba sus ropas con el pico, hasta que regresó, nuevamente transformado en Mousse.

—¡Ranma! —le llamó, atrayendo la atención de madre e hijo—. Ryoga no está.

Eso lo sacó por completo de su estupor, por lo que él y su prometida revisaron entre las ropas apenas húmedas del muchacho de colmillos, sin hallar mucho. Les interrumpió el sonido de la puerta al cerrarse, pero les importó poco.

—No está aquí… —soltó—. Ven, Mousse, iremos a buscarlo. Akane, tú quédate aquí por si llegase a volver.

—¿No vas a cambiar? —inquirió el chico pato, arqueando una ceja.

—¡No hay tiempo, muévete, cegatón! —le urgió—. ¡O serás tú el que le diga a su madre!

Ambos corrieron hacia la puerta y desaparecieron de la vista de Akane al salir del salón familiar.

Mientras observaba a Ranma recostado sobre el techo con esa expresión triste supo que no le habían hallado. «Pobre Ryoga, espero que haya llegado a su casa o a un lugar seguro, por lo menos. Uno con agua caliente… Por favor, Ryoga, estate a salvo» pensó la muchacha frunciendo los labios con cierta preocupación por su amigo del pañuelo. Acto seguido se recostó en el techo, junto a Ranma. Éste la miró arqueando la ceja, ciertamente sorprendido por su presencia.

La tristeza en esos ojos azules rompió el corazón de la más joven de las Tendo. Ranma era demasiado fácil de leer en lo que a emociones refería, excepto durante alguna batalla o entrenamiento, dónde su rostro se volvía una severa máscara de pura concentración. Admiraba eso de él y, aunque Ranma de no lo supiese, más de una vez ella había "espiado" como practicaba katas o cuando entrenaba con su papá, después de todo, ella también era una artista marcial, ¿cómo no interesarle aquello?

—¿Qué haces aquí, Akane? —pareció recordar algo—. Oh, ¿es por qué no pudiste decirme eso no? Lo que ibas a decirme en la heladería, bueno… —le puso un dedo sobre los labios.

—Estoy aquí para escucharte. Dime cómo te sientes…

—Pues, estoy… estoy bien…—la chica repitió el gesto, haciéndole fruncir el ceño—. ¿Ahora qué?

—No quiero que te hagas el macho y finjas, sabes que conmigo eso no sirve, Ranma. No quiero que te hagas el fuerte, porque te conozco mejor que nadie y sé cuando mientes.

—Los hombres no lloran —se quejó él, apartando bruscamente el rostro, pero la chica notó cómo algunas lágrimas comenzaban a formarse en las esquinas de sus ojos.

Le abrazó con fuerza.

—Si tienes que llorar, hazlo —le indicó, mientras el muchacho le correspondía—. Estoy aquí para ti, Ranma.

—Yo sólo quería a mi mamá de vuelta… la extrañaba, incluso si no la recordara-… —soltó con la voz fallándole en la última palabra.

—Shhh… Está bien. Yo tampoco me acuerdo mucho de mi mamá y aún así la extraño, y no te imaginas cuanto… Hubiera hecho lo mismo que tú. Hay tantas cosas que me gustaría para las que mi mamá estuviera… mi boda, por ejemplo.

Ranma se tensó visiblemente, cosa que no paso desapercibida para Akane, que abrazó al muchacho con aún más fuerza, para que luego él se separase, negándose a mirarla.

—…Acabo de decirle a mi papá que reniego de todos los compromisos que me impuso… Eso quiere decir que ya no estoy comprometido ni contigo, ni con Ukyo… lo siento —dijo sin mirarla todavía.

Eso dolió para Akane, mucho, tanto que no fue capaz de ocultar las lágrimas que comenzaron a resbalar por sus mejillas, soltando un sollozo, se lanzó nuevamente a los brazos de Ranma, sacándole un jadeo de sorpresa.

—¿A-Akane?

—No importa si ya no soy tu prometida… déjame quedarme a tu lado, aunque sea como tu amiga, Ranma. Yo… te quiero… te quiero muchísimo. No puedo dejarte solo en un momento así, estaré aquí si me necesitas…

—¿Me quieres, Akane? ¿Realmente me quieres tanto? —ella asintió, por lo que él separó a la muchacha de sí tomándola con delicadeza por los hombros, para luego revisar el bolsillo de su pantalón azul—. En ese caso, quiero que tengas esto…

Akane se llevó la mano a la boca, sintiendo la suave brisa nocturna despeinar su cabello. Bajo la luz de la luna, pudo distinguir que Ranma le ofrecía un anillo, una simple banda de color plata, con un pequeño diamante blanco en el centro.

—Ranma…

—Mi madre me lo dio cuando la visité, es el que recibió de mi papá cuando se comprometieron —se sonrojó, mientras tomaba la mano izquierda de Akane y deslizaba el anillo en su dedo anular—, me dijo que sólo se lo diera a la mujer que a-amara de verdad.

—Oh, Ranma… —suspiró—. Me queda perfecto…

La muchacha, con las mejillas algo sonrojadas, se acercó a Ranma, cerrando los ojos y frunciendo los labios.

—Uh… ¿qué tiene tu cara?

—Sólo bésame, Saotome…

—…Sé que no te di mi primer beso… —empezó, tratando de ocultar su nerviosismo y rascándose la nuca.

—Si no fue conmigo… no contó —le previno, sintiendo como el muchacho tomaba su rostro entre sus manos—. Yo quiero que tú seas el mío.

—Como quieras, Tendo —sonrió él, para luego encontrar sus labios con los de su nuevamente prometida.

Luego sólo se escuchó el canto alegre de los grillos.


Shampoo subió las escaleras que daban al apartamento de Ukyo tarareando una canción de su China natal. No le sorprendió que estuviese cerrado el restaurante, después de todo, la chica le había dicho que se tomaría el día, ¡y cómo ansiaba conocer todos los detalles! «Me pregunto si ya sabe Ukyo qué tan bien besa Ryoga, compararemos notas», pensó con una risilla. Copito maulló, haciendo a la joven detenerse para tranquilizarle. Al hacerlo, pudo escuchar unos suaves sollozos que venían del cuarto de su amiga.

—¿Ukyo? —cuestionó suavemente, abriendo la puerta.

Realmente esperaba algo diferente.

Ukyo se encontraba recostada bocabajo en su futón, con el vestido aún puesto y sólo uno de sus zapatos de charol. Su rostro, que previamente había estado enterrado entre sus brazos encima de la almohada, se levantó, sólo para que Shampoo pudiese reparar en el ligero maquillaje que permanecía –ahora húmedo y fuera de lugar- en el rostro de su amiga. «Realmente se preocupó de su aspecto… Oh, pobrecilla… ¿qué habrá pasado?».

—¿Shampy? —replicó a su vez, con una voz terriblemente pastosa, que delataba el hecho de que hace rato que venía llorando.

Su amiga se aproximó al futón, dejando a Copito junto a la chica, para luego salir, murmurando que tenía que buscar unas cosas. Ukyo apoyó las palmas de las manos sobre las sábanas y se incorporó, arrodillándose, para luego secar sus lágrimas y tomar al gatito en brazos.

—Hola, encanto, ¿de dónde saliste tú? —arrulló, entre tanto el gatito batallaba para escapar de su agarre—. Shh… tranquilo, bebé, no te haré daño…

Shampoo entró entonces, cargando una caja en una mano y un recipiente en la otra, con una agilidad que sólo supo perfeccionar siendo mesera en el Neko-Hanten, cerrando la puerta tras de sí. Colocó el recipiente junto al futón, para luego tomar al animalito de entre los brazos de Ukyo y colocarlo frente al tarro, de donde bebió. Asintió con aprobación, para luego voltear a su amiga nuevamente.

—Ser hora de que Copito comer —aclaró, antes de asir la caja, enseñándola—. Y traer pañuelos, tu cara lucir desastre.

—Vaya, gracias, amiga —respondió con sarcasmo, al tiempo que ponía los ojos en blanco—. ¿De dónde salió el gatito? Es muy lindo…

—De nada. Mousse encontrar Copito y dar Shampoo —expuso la joven china rápidamente, acariciando su cabecita, sacándole un tierno ronroneo—Ser nuevo bebé. Tú deber visto Mousse, cuando decir "Bebé", él pensar que yo embarazada —su interlocutora se echó a reír mientras la de cabello azul tomó su turno para poner los ojos en blanco—. Pato tonto… ¿Y tú? ¿Qué pasó?

El rostro de Ukyo se ensombreció, para que las lágrimas comenzaran a fluir una vez más. Su compañera se apresuró a frotar lenta y atentamente las mejillas de la muchacha para deshacerse de cualquier vestigio de llanto o de maquillaje.

—A-amo a Ryoga, de verdad… —confesó.

Shampoo había sido tomada por sorpresa ante esa respuesta, no obstante, una sonrisa pronto se abrió paso entre sus labios. Porque lo esperaba, Ukyo de verdad se merecía ser feliz.

—¿Entonces por qué llorar? ¡Ser ocasión feliz! Contar más, ¿Ryoga tratar amiga Ukyo bien el día de hoy?

—¿Qué si me trato bien? Shampoo… él es un tierno, ¡hasta paramos dos veces porque me compró flores y chocolates! No quiero lastimarlo…

—¿Por qué decir eso? —inquirió su amiga, continuando con su tarea.

—La… La deu-deuda de ho-honor —tartamudeó entre sollozos—. Te-tengo que arreglarlo y no podré estar con él… ¡oh, Shampoo! —se aquejó, cubriéndose el rostro con las manos—. ¿Qué haré? ¿Qué va a pensar mi padre de mí si me ve así vestida y saliendo con alguien que no es mi prometido? ¡Soy una desgracia para mi familia! ¡Le dije que me casaría con un hombre digno de honor! Si mi padre se entera de esto… ¡voy a perder mi apellido, mi familia, mi restaurante, TODO! Ahí sí nadie va a querer estar conmigo…

—Basta de eso —la reprochó suavemente—. Tú hacer sonar Padre como un monstruo, Shampoo segura de que no ser así. Tal vez, si hablar con él, hallar otra manera, ¡incluso anular matrimonio con Ranma! Y tú poder estar con Ryoga. Él ser Padre y querer mucho Ukyo, seguro entender.

La joven chef se echó a llorar en brazos de su amiga. «No necesita consuelo» notó la muchacha de pronto. «Sólo necesita llorar acompañada…».

Horas más tarde, con las agujas del antiguo reloj del departamento casi llegando a medianoche, Ukyo bajó al restaurante en pijama, pues se le había antojado una gaseosa, además de que no había registrado que estuviera todo listo para el día siguiente. Shampoo, por su parte, se había quedado dormida en la sala, después de que comieran helado, con Copito acurrucado sobre su brazo.

«Me extraña que Mousse no haya pasado a saludar a Shampoo hoy como lo hace siempre…» sopesó, al tiempo que acomodaba algunas cosas cerca de la parrilla, para después bostezar sonoramente. «Tal vez debería ir a dormir… Espera, ¿y eso?».

Algo rasguñaba contra la puerta del Ucchan's, sonaba como un par de patitas de animal. La joven Kuonji abrió entonces la puerta, encontrándose con un pequeño y mojado cerdito negro que, al verla, saltó a sus brazos.

—¿Oh? ¿P-Chan? ¿Qué haces aquí, encanto? ¿Acaso te perdiste? —cerró la puerta con un brazo, para luego echar la llave. Acto seguido, apoyó al animalito en el mostrador, alcanzando un repasador para secarlo—. Pobrecito, te agarró la lluvia… —una vez seco, volvió a levantarlo en brazos, por lo que él restregó su cabecita contra su pecho emitiendo un suave "cui, cui"—. Aww, parece que eres un cerdito mimoso… ¿quieres que te dé de comer, precioso?

Ryoga tenía una línea de pensamiento mucho más simple cuando estaba convertido en cerdo, por lo que, en ese momento, todo lo que registraba era que tenía hambre y frío y que los brazos de Ukyo eran seguros y cálidos.

—¡Cuii, cuii!

—Tomaré eso como un sí… —sonrió la chica, para luego rebuscar entre sus alacenas—. Podría usar un poco de comida yo también…, los cerditos comen de todo, ¿no?


Dos días después…


¿Estás realmente segura, Nodoka? —preguntó Fang-Yi, mientras bajaban del tren.

—Ya es tiempo —contestó la mujer, estrechando con aún más fuerza el mango de la katana envuelto en una tela.

Fang-Yi abrazó a Nodoka, deseándole buena suerte mientras partían por caminos separados a la entrada de Nerima. Vio a la mujer alejarse, lamentándose de no haber podido acompañarla, pero tenía otras de las que ocuparse, por lo que tomó su maleta y comenzó a caminar a la dirección que su hijo le había mandado.

No le sorprendió que el lugar estuviera en penumbras, aún si era pleno mediodía. Entró.

Nihao, ¿hay alguien aquí? —inquirió en su lengua materna.

La mujer sintió que algo la empujaba contra la pared y la mantenía allí. Maldijo cuando su espalda golpeó la pared de hormigón. «Demonios. Ya estoy vieja para esto» pensó, para luego olisquear el aire. «Huele a perfume de anciana, qué asco».

Las luces se encendieron, permitiéndole a Fang-Yi ver la figura de Cologne que la evaluaba con su sabia mirada. Frunció el ceño cuando vio que le había atrapado las mangas con simples cuchillas, dos de cada lado. ¿Cómo se atrevía? ¿Qué insulto era ese? ¡Usar algo tan simple contra ella; una maestra de armas ocultas! Con un simple movimiento liberó sus mangas, haciendo que las cuchillas cayeran a sus pies con un metálico estruendo.

—¿Así saludas a tus visitas, Cologne? No me extraña que tu restaurante esté vacío —le espetó, levantando el mentón en señal de desafío.

No era estúpida, por supuesto, sabía que Cologne podía ganarle cualquier día y no pensaba enfrentarla, no físicamente al menos.

—Qué gusto volver a verte, querida Fang-Yi —le dijo, sin ninguna emoción en su rostro.

—Mi hijo, ¿dónde está? —demandó saber.

—¿Cómo voy a saberlo? Él y Shampoo se fueron hace cuatro días y no han vuelto.

—Ya veo —expresó, arqueando una ceja—. Entonces quiero hablar con Tzao —decidió, comenzando a caminar a la puerta de la cocina, sólo para ser detenida por el bastón de Cologne—. ¿Hmm?

—La matriarca de la Casa del Tigre soy yo, si lo que quieres es hablar sobre el compromiso tienes que referirte a mí.

—Así será de esta manera… muy bien, Cologne.

Antes de que cualquiera de las dos pudiese hacer o decir algo, sonó la campanilla de la puerta, indicando que alguien había entrado y llamando la atención de ambas mujeres. Y allí estaban, Mousse y Shampoo.

—Mo-Tzu —pronunció Fang-Yi muy seria.

—¡MAMI! —gritó él, corriendo a abrazarla, como si fuese un niño pequeño, y siendo correspondido por ella.

Mi niño —musitó en mandarín, acariciando su cabello. Luego, volvió al japonés—. Toma tus cosas, nos vamos.

Mousse arqueó una ceja, pero no hizo comentario, optando mejor por subir las escaleras y obedecer a su madre.

—No lo creo necesario —opinó Cologne con una triunfante sonrisa de gato de Cheshire—. Shampoo parece haber recapacitado, ¿verdad, mi niña? ¿No es por eso por lo que volviste?

La muchacha parpadeó, pues no terminaba de entender a qué se había referido su futura suegra con lo de "Nos vamos", pero lo entendió cuando vio la sonrisa de su bisabuela. ¡No! ¡Creía que se había rendido! Shampoo miró a la mujer que la había criado con la mirada más fría que en su vida usó con alguien.

—No.

—¿Qué has dicho, Shampoo?

No —repitió, cambiando al mandarín. Acto seguido, tomó las manos de Fang-Yi—. Suegra, por favor, lléveme con usted… se lo ruego, no puedo quedarme ni un minuto más aquí y no toleraré estar separada de Mo-Tzu. Por favor…

Cologne se quedó estática ante el pedido de su bisnieta. ¡¿Cómo se atrevía a darle la espalda?! Nadie podía negar la buena voluntad de Fang-Yi en viajar desde China para ayudar a su hijo, pero Cologne, sí. Ella sabía, o creía saber, por qué lo hacía. Mousse era el último heredero del Clan del Cisne, si Mousse no se casaba, el Clan moriría con él.

«¡Puede casar a Mousse con cualquier muchacha de la aldea! ¿Por qué tiene que ser justamente mi nieta? Si espera conseguir algún beneficio con el consejo de esta forma… No. No debe ser eso. El Clan del Cisne una vez fue fuerte y estuvo lleno de guerreras prometedoras, por lo que yo recuerdo, llevándose a Shampoo no volverá a conseguir eso. Fang-Yi hubiera sido una buena adición al clan si su hijo no fuese un guerrero tan patético, ¿qué se podía esperar de él? Es varón, después de todo. Debí haberlo alejado de Shampoo cuando tuve la oportunidad».

Si bien Shampoo siempre fue de tener muchos amigos, el que fuera la heredera del Clan del Tigre le había perjudicado un poco, pues, de pequeña, casi nadie se le acercaba… excepto Mousse.

—Ve por tus cosas.

El rostro de Shampoo se iluminó y dio una pequeña reverencia a modo de agradecimiento.

Mis cosas están aquí, en la entrada, Mousse ha de estar juntando las armas que no se pudo llevar cuando nos fuimos, iré a ayudarlo.

La muchacha despareció por las escaleras, dejando a las dos mujeres nuevamente solas. Cologne clavó sus caricaturescos ojos en Fang-Yi, que le devolvió la mirada con el desinterés pintado en el rostro.

—¿Qué crees que haces? ¡Llevarte a mi bisnieta de esta manera! ¿En qué cabeza cabe?

—Yo NO me la estoy llevando —le aclaró—. Ella me ha pedido venir conmigo, tiene la edad suficiente para decidir lo que quiere, yo sólo he accedido.

Antes de que la conversación se convirtiese en una pelea, los dos prometidos bajaron con una mochila más, para luego tomar también las que estaban en la puerta del local.

—Dile a Tzao que le llamaremos cuando desembarquemos en Shangai —le indicó la mujer de lentes, acto seguido, volteó a la pareja—. Vamos, chicos, tenemos que hacer una parada más.

Una vez que la puerta se cerró, el peso de la situación cayó sobre Cologne, haciendo que se encogiese en sí misma con la vista clavada en la entrada. ¿Qué había hecho mal? ¿Es qué Shampoo no se daba cuenta de que sólo quería lo mejor para ella? ¿Qué la estaba protegiendo? Porque sabía que Mousse la terminaría lastimando como él la había lastimado ella. Porque todos los hombres eran iguales…

Mientras tanto, Shampoo se alejaba junto a su prometido y suegra, arrastrando los pies y con los ojos clavados en el piso. ¿Por qué su bisabuela tenía que ser así de densa?

—¿Tienen todo? —inquirió Fang-Yi, tratando de hacer conversación.

—Faltar ir a buscar Copito a casa de Ukyo —comentó distraída.

—Shampoo… —le dijo la mujer, tomándola del hombro para que parase de caminar—. Te prometo que todo se arreglará, ¿está bien? No hace falta ponerse mal, ¿vale?

Es que me duele —explicó en mandarín, con un nudo en la garganta y muchas ganas de llorar. Mousse se apresuró a abrazarla—. ¿Por qué se pone así? ¿Acaso no me quiere? ¿Por qué quiere que me case con alguien a quién no amo en lugar de casarme con Mo-Tzu?

—Ella cree que está haciendo lo correcto, airen, no tienes que ponerte así. Yo no soy exactamente el ejemplo de marido modelo…

¿Y qué con eso? —espetó, separándose de él—. ¡Tenemos diecisiete años, Mo-Tzu! ¡Obviamente ni tu sabes ser un marido, ni yo ser una esposa! ¡Le dejamos claro desde un principio que esperaríamos un tiempo antes de casarnos! Si hasta tú que me amas quieres esperar para casarte conmigo, ¿qué le hace pensar que Ranma, que NO me ama, se va a ir directito a la iglesia conmigo?

Estoy segura de que pronto entenderá, Shampoo, cómo le dije a ella, tienes edad para tomar tus propias decisiones —expresó Fang-Yi, colocando una mano sobre el hombro de la jovencita y, con la manga del brazo contrario, le limpió una lágrima que le rodaba por la mejilla—. Algo de lo que me estoy dando cuenta es que has madurado mucho desde la última vez que te vi. Estoy segura de que, si tú madre pudiese verte, estaría tan orgullosa de ti como lo estoy yo. Ya no llores, querida. Mira, te contaré algo, una amiga mía vino a ver a su hijo a Nerima, me prometió que me lo presentaría a él y a su prometida, con la condición de que yo le presentara a Mo-Tzu, me encantaría presentarte a ti también con ella como la prometida de mi hijo.

Shampoo sólo pudo asentir ante los dichos de Fang-Yi, limpiándose las lágrimas, para luego sorprender a la mujer con un fuerte abrazo al que ella correspondió.

—Aww… mis dos chicas favoritas —soltó Mousse abrazándolas a ambas, tras unos segundos, se separaron y el muchacho volvió a hablar—. Oye, Mamá, no sé por qué, pero siento que lo que dijiste de tu amiga me suena de algún lado…


(1) "…Y si empiezo una conmoción, corro el riesgo de perderte… y eso es peor. ¿Alguna vez te has enamorado? ¿Alguna vez te has enamorado, enamorado de alguien? ¿Te has enamorado? ¿Enamorado de alguien de quién no debiste enamorarte?"—Ever fallen in love (with someone you shouldn't've)?, The Buzzcocks, 1978.

DATO CURIOSO: Tal y cómo menciona Ryoga, Buzzcocks se formó en 1976, tras presenciar una presentación de los Sex Pistols, por ende son contemporáneos con ellos y con The Clash. Como curiosidad extra, esta canción en particular es utilizada en la película "Sid & Nancy: Love Kills", así como también en documentales sobre la pareja más famosa del punk y en la parodia que realizaron Los Simpsons sobre los Pistols.

Respuesta a reviews:

Rosefe-123: Nabiki es una loquilla xD

Devi2791: Espero no haberte hecho esperar mucho, y claro, me encanta contestar reviews, ¿qué otra manera existe de decirles a ustedes, mis lectores, lo mucho que los quiero? :3 Besito.

Elisa Lucia V 2016: Gracias a ti por leer :), ¡otro saludo!

Haruri Saotome: No fue mucho tiempo el que tarde, ¿o sí?

NOTICIA: Hoy se cumplen exactamente siete meses desde que la historia comenzó el 01/01/17, diablos, el tiempo vuela…

Dee-Dee Zednem

01/07/17

06:47 p.m.