Hace ocho años. Ciudad de Lunargenta.

Querida hija:

Cuando leas esta carta ya será tarde. Lunargenta está asediada, el resto de Quel'thalas ya ha caído. Arthas, el príncipe humano traidor que ahora se hace llamar a sí mismo caballero de la Muerte y se considera rey, ha traído su inmunda Plaga de no muertos a nuestra bella tierra. Algunos de nuestros mejores hombres han caído. Sylvannas, la general forestal, ha sido levantada como alma en pena; y sus arqueros caídos son ahora zombies descerebrados que atacan a sus hermanos. No sé el objetivo que tiene Arthas, pero los magos sospechan que guarda relación con la Fuente del Sol. Belore no lo quiera, no sé qué pasaría si la destruyera.

Tu madre y yo te queremos mucho, cariño. Me alegro de que al menos tú vayas a sobrevivir, de que estés en Dalaran lo bastante lejos como para no tener que soportar esto. Intentaré encontrar un mensajero para darle la carta antes de que los no muertos lleguen a nuestro escondite.

Te quiere,

Malder Flechanoble

Tres días después de la fecha de la carta, un mensajero me la trajo. Aún hoy no tengo palabras para describir el dolor que me desgarró por dentro al leer esas pocas palabras que mi padre había podido escribir antes de su muerte. No necesitaba confirmación, sabía que mis padres ya no estaban en este mundo. No era muy creyente que digamos, pero esperaba que la Luz los hubiese acogido en su gloria. Tampoco necesité que nadie me dijera que la Fuente del Sol había sido destruida, o como mínimo alterada de alguna forma: la sed de magia que normalmente controlaba tan bien parecía haber aumentado recientemente y desconocía el motivo.

Por suerte me encontraba en Dalaran, ciudad de los magos. Tenía el honor de ser una de los pocos habitantes que había en ese momento que no era mago, y debía agradecérselo a nuestro príncipe Kael'thas. Él se encontraba allí estudiando y había decidido invitarme; como cazadora que era, debía aprender a imbuir de magia mis flechas, aparte de envenenarlas. Me encontraba sentada en un banco a la sombra cuando escuché una voz dirigiéndose a mí.

-Gälis, ¿cómo estás?

-He estado mejor, príncipe Kael. He recibido carta de mis padres sobre… lo ocurrido en Quel'thalas.

-Al menos a los tuyos les dio tiempo a escribirte. Me temo que mi padre, el rey Anasterian, no corrió la misma suerte. Ese infame hijo de ogra de Arthas lo mató sin miramientos. Debo regresar a Lunargenta y hacerme cargo de nuestro pueblo, y me gustaría que me acompañaras. Sé que será tan doloroso para ti como para mí, por eso creo que si pasamos ese trago juntos será algo más llevadero.

-Por supuesto, puede contar conmigo. A fin de cuentas, si estoy aquí es solo porque usted me invitó. Si vuelve a nuestra tierra, vuelvo yo también.

-Sabía que podía contar contigo. Partiremos dentro de una semana. Aún me quedan asuntos que arreglar con los Siete.

-De acuerdo, señor. Estaré esperando su aviso.

-Ah, y Gälis… llámame solo Kael, por favor. Sin el trato de usted. Me hace sentir tan viejo como mi difunto padre, y rey no hay más que uno, aun muerto.

-De acuerdo, Kael. Como desees.

A lo largo de esa semana los nervios crecían en mi interior. Quería volver a mi ciudad y a la vez me aterraba pensar en lo que iba a encontrarme, pero sabía que debía ser fuerte. Llegó el día, y cuando el cielo aún estaba anaranjado por el amanecer llamaron a la puerta de la habitación de la posada donde me alojaba. Abrí aún medio dormida pero ya vestida y me encontré con la larga melena rubia de Kael. Terminé de preparar la bolsa con el poco equipaje que llevaría, me colgué el arco y el carcaj a la espalda y me dirigí al maestro de establos a recoger a Nacht, mi dracohalcón negro.

Nos esperaban cuatro largos días de camino que pasaron más rápido de lo que esperaba. Cuando nos adentramos en los antaño bellos bosques de Quel'thalas sentí que el corazón se me paralizaba: donde antes había luz y color, belleza, ahora solo había muerte: árboles calcinados, el suelo reseco y sin vida y una peste a descomposición que envolvía todo. Una larga cicatriz atravesaba parte de nuestra antigua ciudad, ahora en ruinas. Un escalofrío recorrió mi cuerpo al percatarme de que la casa de mis padres se encontraba en esa zona. Kael pareció darse cuenta de que quería estar sola, pues se escabulló sin decir palabra en busca de los supervivientes que vagaban por la destrozada Plaza Alalcón.

Con paso lento guié a mi halcón zancudo por entre los escombros mientras Nacht volaba cerca de mí olfateando el aire con un gesto de disgusto; a él tampoco parecía agradarle el olor a muerte que impregnaba todo. Y de repente… le vi. Estaba a unos diez metros de mí, observando el lugar en silencio. Por supuesto, era un elfo, y bastante atractivo; se adivinaban unos músculos bien formados bajo la pesada armadura que llevaba y una melena negra azulada a la altura de los hombros enmarcaba su cara, de gesto sereno y con unos penetrantes ojos azules. Y entonces me di cuenta de lo que eso significaba. Kael me había informado de que aquellos que Arthas consideraba más fuertes por la resistencia con la que se habían enfrentado a él eran levantados como más que zombies: eran convertidos en caballeros de la muerte como él. Tras observar una vez más al elfo que tenía delante lo supe: era uno de ellos. No fui consciente del momento en el que cogí una flecha de mi carcaj y la coloqué en mi arco ya tensado, ni de cuando di la orden silenciosa a Nacht para que atacase. Mi fiel mascota lanzó un chorro de fuego al elfo mientras una de mis flechas imbuidas de magia arcana salía disparada hacia él. No intentó defenderse. Solo me miró durante un segundo, con sus ojos azules brillando, y dejó caer su hojarruna.

Me acerqué a él aun temerosa mientras Nacht le gruñía como un perro. Cuando por fin habló, lo hizo con un tono grave y espectral que parecía venir del mismo infierno.

-Eres la hija de los Flechanoble, ¿verdad?

-Sí, así es. Me llamo…

-Lo sé, sé cómo te llamas. Gälis. Ése fue el nombre que tu padre gritó antes de morir. Aunque ya te conocía de antes, de verte por el Bazar. No sé exactamente cuánto hace que te vi por primera vez, los recuerdos de mi vida anterior están algo difusos aún.

La desconfianza estaba presente en mí, pero también la curiosidad. ¿Qué hacía un no muerto, un miembro de la Plaga, solo y en un territorio ya destruido? ¿Por qué hablaba conmigo en vez de atacarme? ¿Por qué no había intentado defenderse de mi ataque previo? Mil dudas bullían en mi cabeza y no sabía si él querría-o podría- contestarme. Guardé silencio durante lo que parecieron horas, esperando una reacción de su parte.

-Estoy seguro de que tienes muchas preguntas, e intentaré contestarlas lo mejor que pueda. Pero como ya he dicho, mis recuerdos son algo confusos. Antes que nada, mi nombre es Gabas. Mi apellido solía ser Cantasol, en la no muerte lo he cambiado a Cantaescarcha. Supongo que ya sabrás lo que hizo Arthas aquí, claro. La general forestal Sylvannas fue levantada como alma en pena a modo de ejemplo de lo que pasaría con nosotros si nos resistíamos a su ejército, pero eso no nos disuadió de luchar. Yo fui uno de los últimos en caer, y como premio por mi aptitud para el combate fui levantado como caballero de la muerte. No sentir ninguna emoción en mi interior fue algo chocante al principio, y más lo fue aún oír dos voces en mi cabeza; la de Arthas y, con más fuerza, la de Sylvannas. Pese a que se veía obligada a servirle, no había perdido su voluntad del todo. Sin que Arthas se diese cuenta, me habló. Me dio ánimos y me invitó a seguir resistiendo a su control. Unos cuantos elfos más estaban en la misma situación.

Cuando Arthas se debilitó por algo que no alcanzamos a comprender, pudimos liberarnos de su control. Sylvannas se las arregló para recuperar su cuerpo y dejamos de oírle en nuestra cabeza. Ha huido a Rasganorte, de acuerdo con los rumores. Realmente no me interesa mucho, pero sí puedo decirte que espero tener la ocasión de matarle por lo que me hizo. Torturarme y en vez de darme la paz de la muerte, levantarme como un vil lacayo suyo y obligarme a matar a mi pueblo… es asqueroso. Lamento decir que yo fui quien mató a tus padres. Les conocía, claro, y sus rostros llorando desesperados, diciendo tu nombre, me perseguirá hasta el fin de mis días.

Ya no somos miembros de la Plaga, pero tampoco somos elfos; no del todo, al menos. Sylvannas nos ha bautizado como los Renegados por ese motivo.

-¿Y qué haces aquí?

-Sylvannas me ordenó quedarme, a sabiendas de que alguien vendría a ver con sus propios ojos cómo había quedado nuestra tierra. Lo cierto es que me alegro de que hayas sido tú.

-No he venido sola. El príncipe Kael'thas se dirigía a la plaza Alalcón en busca de los supervivientes que se han refugiado ahí. Tendrás que contarle tu historia, y que él decida. Pero si no tiene objeción, me gustaría contar contigo en el futuro.

Actualidad. Orgrimmar.

Me removí inquieta y desperté sobresaltada. Sabía que lo que había tenido no era un simple sueño, sino un recuerdo perteneciente al pasado. Hacía muchos años de esos acontecimientos, pero nunca podría olvidarlos. Me giré en la cama y vi que estaba sola. Frunciendo el ceño me levanté y me vestí con unos pantalones y una camisa de cuero ligero. Cuando me encontraba en la ciudad dejaba a un lado las armaduras de malla que llevaba habitualmente: el calor de Durotar era agobiante. Aunque en esta ocasión agradecía esa aridez, después de los últimos tres meses vividos en la Cresta del Fuego Glacial.

Aún no me creía que estuviera de nuevo en la capital horda. Sin embargo, así era; las fuerzas de la Horda de Hierro estaban bastante debilitadas tras los últimos ataques y el mago Khadgar había accedido a crear un portal que nos llevase de vuelta a Orgrimmar. Se celebraba el Festival del Amor, y el sabio consideraba que en los tiempos que corrían, nos vendría bien un poco de distracción.

Salí de la casa sumida en mis pensamientos, preguntándome dónde estaría metido Gabas. Mi novio no solía irse sin avisar, por lo que imaginé que ocurría algo. Mientras caminaba cerca del Fuerte Grommash y saludaba a una de las copias de Khadgar, situada allí para facilitar el regreso a Draenor, vi a un elfo ataviado con una túnica azul de mago hablando con un trol que, a juzgar por su vestimenta emplumada, debía ser un druida. Sonreí al ver que el trol cogía al elfo de la mano y las largas orejas del segundo enrojecían mientras era arrastrado hacia un lugar más íntimo. Parecía que mi gran amigo Maitus había ligado. Reí entre dientes mientras reanudaba la marcha, hasta que algo me hizo detenerme de golpe. Una tauren me acababa de rociar con una pistola de perfume y ahora apestaba. ¡Malditos goblins de la Corona, S.L.! Era lo que no me gustaba del Festival del Amor: esos pequeños verdes intentando sacar beneficio del evento, como siempre. Pedían a la gente que echase perfume o diese muestras de bombones a todo aquel que se cruzase en su camino a cambio de unas pruebas de amor, unos papeles que se utilizaban para… sí, comprarles cosas a ellos. Y así, amigos, es como los goblin hacen negocios. Simplemente encantador. Estornudé por la cantidad de perfume y negué con la cabeza cuando un sonriente goblin me dijo que si estaba interesada en adquirir un frasco del perfume tendría que abonar tan solo una prueba de amor.

Después de recorrer la ciudad, sintiendo cómo me subía el azúcar al ver todo lleno de corazones, gente compartiendo dulces y cosas así, decidí volver a casa. Al llegar me dirigí a la habitación con la intención de darme una ducha para quitarme de encima el olor a perfume dulzón. Al pasar junto a la cama vi que sobre ella había un sobre y una rosa roja. Sorprendida lo cogí, preguntándome cuándo habría entrado Gabas en la casa.

Cariño:

Supongo que estarás sorprendida. Necesitaba hacerte salir de casa para preparar tu regalo, así que madrugué para ir a comprar unas cosas. También hablé con una agradable tauren a la que le di tu descripción y la pedí que cuando te viera te rociase con perfume. Sé lo mucho que odias cómo huele ése en concreto así que estaba seguro de que volverías a casa para darte una ducha. Adelante, tu regalo te está esperando en el baño.

Te ama,

Gabas

Abrí la puerta del baño y contuve el aliento. La bañera estaba rodeada de velas que flotaban mágicamente, y el agua estaba llena de pétalos de rosa roja y un jabón con olor a canela que me encantaba. Y en medio del agua, en toda su gloriosa belleza, se encontraba mi novio con una sonrisa pícara y los ojos azules brillando de forma cálida.

-Feliz Festival del Amor, cielo. Espero que te haya gustado tu regalo.

-Eso pregúntamelo dentro de… ¿una hora?

Rápidamente me quité la ropa hasta llegar a la bañera, colocándome a su lado y besándole mientras mis pechos rozaban su cuerpo. Notaba su excitación y no pasó mucho tiempo hasta que nos unimos en uno, disfrutando de cada caricia como la primera vez.

Dos horas después estábamos en la cama. Me encontraba besando el cuello de Gabas cuando dijo algo que ponía de manifiesta lo sincronizados que estábamos.

-Sabes, esta mañana estuve recordando cuando nos conocimos. Por eso quise prepararte algo especial, para agradecerte lo buena que fuiste siempre conmigo. Te quiero muchísimo.

-Yo también te quiero.

Solté un silbido y mi tigre Savage acudió a mí como una flecha llevando una bolsa cuidadosamente entre sus colmillos.

-No creerías que te ibas a quedar sin regalo, ¿no?

Sonreí al ver su cara iluminada como la de un niño pequeño ante la bolsa. La abrió con rapidez y me miró con calidez al ver lo que había dentro: se trataba de un peluche de un cachorro de Lobo Gélido. No se me había pasado por alto cómo miraba a esas preciosidades blancas en la Cresta, así que le había pedido a Draka, mujer de Durotan, que confeccionara un muñeco.

Nos dejamos llevar por la pasión una vez más. Fuera, en otro mundo, había una guerra. Pero en ese momento solo importábamos nosotros.