Capítulo 6

Una escena de película. Cualquier persona que viese aquello habría dicho lo mismo. Un par de jóvenes, sentados bajo un frondoso árbol en un bonito parque, con el atardecer frente a ellos, la chica reía tan llena de vida, radiaba felicidad, ocultando el hecho de que por dentro, estaba muriendo. Mientras que él, todo un príncipe, con su cabello rubio alborotado, sus mejillas rosadas y un brillo especial en sus ojos azul cielo, hacía muecas provocando la risa de aquella joven. Estaban tan sumidos en su mundo que ni siquiera se percataban de la envidia que causaban a muchos espectadores.

- Y así fue mi primer pelea de niño.- dijo Sam, Quinn sonrió.- Bueno señorita, hemos pasado cerca de una hora hablando de mí, ahora quiero saber de ti.- el rubio lanzó una sonrisa que la hizo derretirse.

- De mí...- repitió ella luego se mordió el labio inferior, pensando en qué sería bueno contarle.- Siempre fui muy seria, saqué diploma desde el kinder hasta la secundaria, en cada grado he sido presidenta del salón, he ganado muchos concursos y competido en olimpiadas.- se jactó un poco, pero sin parecer presumida.- Creo que si me conocieses me calificarías como la niña modelo, obediente a sus papás, inteligente, honesta, responsable...

- ¿Perfecta?- rió él, ella se ruborizó.

- No perfecta, creo que excelente es la palabra que mejor me describiría.- suspiró. Sam notó de inmediato un aire de nostalgia.

- ¿Pero...?- ella lo miró dudosa, tener a Romeo sentado era lo mejor que podía sucederle en aquél momento y no quería arruinarlo con sus quejas, pero por otro lado, aquél chico había abierto la puerta de la confianza de par en par, invitándola a desahogarse. Finalmente se decidió a hablar.

- Cuando mi papá nos dejó... perdí las ganas de vivir. Fue como si me hubieran arrancado el alma. Me volví insegura, perdí el ánimo, el entusiasmo, no quería estudiar, dejé de creer en el amor...

- ¿Ya lo perdonaste?- la chica lo miró con los ojos muy abiertos, los sentía húmedos y cómo en su garganta se formaba ese nudo que aparecía siempre que recordaba a su progenitor.

- Yo... no tengo qué perdonarle.- agachó la cabeza.

- Aún te duele. Él te lastimó, Quinn, pero no lo hizo con mala intención...- Sam pasó un brazo por su hombro izquierdo, la chica sollozó.

- ¿Entonces por qué me dejó? Creí que me amaba, que amaba a Frannie y a mi mamá, pero no es así, él prefirió irse con otra y...- la chica se detuvo un momento para dejar escapar el llanto, que por mucho tiempo pedía a gritos ser liberado, el rubio le apartó el cabello que se pegaba a las mejillas.

- Si me lo preguntas, yo creo que tu papá te ama, te ama demasiado y nunca lo ha dejado de hacer, de igual manera con tu familia.- la chica lo miró desconcertada.- Es sólo que...- suspiró.

- ¿Qué?

- No sé, Quinn. Los hombres se cansan y tu papá está en todo su derecho de cometer errores, así como tú también, no puedes juzgarlo por lo que hizo, porque bueno o malo, sigue siendo tu padre y eso nada en la tierra puede cambiarlo*. Algún día tú vas a cometer errores con tus hijos, piensa en lo mal que te sentirías cuando ellos te llamen "mala", pero no están en tu lugar para entender por qué haces lo que haces...

- Sam...

- El mejor consejo que puedo darte es que lo perdones, para que puedas ser libre.

- Libre.- Quinn nunca lo había visto de esa manera, por una parte quería seguir llorando y sacando el odio que sentía y por otra quería quedarse contemplando a Romeo, le parecía demasiado bueno, demasiado maduro y demasiado guapo para ser real. Suspiró, aunque intentara no podía detener el llanto.

- Cuando mi papá nos dejó, yo sabía que no volvería.- aquello la tomó por sorpresa, él sonrió.- No eres la única que ha sido dejada por su papi.

- ¿Pero tú...?- tomó aire.- ¿No te duele?

- No, aunque no me lo creas he aprendido que si las cosas pasan de esta manera es porque así tienen que ser. Alguna vez me dijeron que no puedo cambiar lo que ya está hecho pero sí la actitud con que lo veo. Claro que amo a mi papá y lo extraño, pero si él decidió irse, pues qué bien, ¿no? Algo aprenderé de ello.

- Nunca me había puesto a pensar en eso.- el chico sonrió.

- Tienes mucho que aprender de mí, Quinn.- dijo con un tono exageradamente vanidoso.

- ¿Puedo... pedirte un favor?

- El que sea.

- Abrázame.


- ¿Y esa sonrisa de idiota? ¿A qué se debe?- preguntó Kurt al ver entrar a su hermanito.

- No lo molestes, Kurty.- dijo Mercedes, ambos estaban en el sillón viendo una película de terror.

- ¿Por qué llegas tan tarde? ¿En dónde estabas?- Sam se sentó en el sillón de a lado.

- Estuve con Quinn, perdí la noción del tiempo, lo siento.- dijo sin mostrar mucho arrepentimiento, seguía idiotizado.

- ¿Nos contarás cómo te fue?

- Excelente.

- ¡Bah!- Kurt le lanzó un cojín a la cabeza.

- Ella es perfecta...- suspiró.- Es bonita, es sensible, inteligente.- lanzó otro suspiro provocando la fuerte risa de su hermano.

- ¡Oye no te burles! Tú también te pusiste así.- dijo la morena, Kurt se sonrojó.

- Claro que no.- se cruzó de brazos.- Nunca fui tan cursi.

- ¿Acaso ya olvidaste todas las canciones, poemas, los mensajes de texto, e-mails en los que expresabas TODO el amor que le tienes a Blaine?- Sam se rió.

- ¿Ves hermano? Viene de familia.- le guiñó un ojo, Mercedes rió.

- ¿Tenías que decirlo en voz alta? Ahora no dejará de molestarme.- dijo Kurt fingiendo estar enojado.

- Ya, ya.- dijo Mercedes dándole un beso en la mejilla y abrazándolo.

- Mejor me voy...- dijo Sam, de inmediato se levantó y fue a su cuarto, se tumbó en la cama mirando hacia el techo, aún seguía sonriendo.- Quinn...- susurró.

Aquél día fue mejor de lo que esperaba, jamás pensó que la rubia fuera a abrirse así con él, ¿quién lo diría? Ambos compartían una historia similar. Ahora todo tenía sentido, todas aquellas preguntas que hizo un día sobre por qué le había tocado sufrir el abandono de su padre tenían una razón: ayudar a su adorada Julieta.


Aquella noche no podía ser mejor, la brisa se sentía fresca y húmeda, el cielo estaba completamente estrellado, la luna se veía especialmente grande y brillante, el mar estaba en calma y la marea baja; hacía un par de horas las personas acababan de desalojar la playa, todas excepto un par de enamorados, dispuestos a pasar una velada romántica.

La chica se encontraba sentada sobre la arena, llevaba el cabello alborotado debido al viento, con los brazos se rodeaba las piernas, estaba temblando ya que sólo portaba su bikini color negro y un short de mezclilla, llevaba 10 minutos esperando a su amado.

- ¿Dónde estás, Sam?- murmuró en voz baja.

Él la había hecho esperar ahí mientras iba por la cena, ella quiso ir pero éste se rehusó, la chica pensó que quizá le prepararía una sorpresa y si iba seguramente echaría a perder sus planes, así que se sentó a contemplar el mar mientras él regresaba.

Por lo general ella era muy paciente, sabía esperar a que las cosas se dieran solas y muy pocas situaciones la hacían enfadar. Aquella no iba a ser la excepción.

- Lamento hacerte esperar, bonita.- escuchó la melodiosa voz masculina de su novio, quien se acercó con un cesto lleno de comida y un mantel, ella se puso de pie.

- Está bien.- dijo sonriendo, cogió el mantel y lo acomodó sobre la arena, ambos se sentaron, el rubio no había dejado de observarla.- ¿Sucede algo?- preguntó acomodándose el cabello un poco.

- Es que te ves... eres preciosa.- la rubia se ruborizó toda provocando una gran sonrisa en su novio quien de inmediato se acercó a besarla.

- Si sigues diciendo esas cosas me las voy a creer.- dijo en broma.

- Deberías creerlas... no son más que la verdad.- el chico se acercó más a ella tomándola por la cintura y aventándola un poco hacia atrás, y acto seguido, Quinn se recostó sobre el mantel con su novio sobre ella repartiéndole besos por el cuello y mejillas.

- Me haces cosquillas.- dijo mientras reía, él le besaba el cuello. El chico se detuvo a observarla, por cuestión de segundos que parecieron horas se miraron a los ojos sin decir palabra, ella lo rodeó con sus brazos y lo atrajo hacia sí para posesionarse de sus labios.

- Te quiero.- dijo él en un momento que se detuvo a tomar aire para luego seguir besándola esta vez con más pasión. Por su parte, Quinn acariciaba su espalda y su cabello sintiendo lo suave y cálida que era su piel, adoraba el contacto de ésta contra la suya. En ese momento la pasión incrementó, Sam comenzó a acariciarla, sus manos se deslizaron de sus brazos, a sus senos y luego a su abdomen pero sin terminar ahí, comenzó a desabrochar el shorts de ella, quien se estremeció al instante.

- Espera.- dijo Quinn mientras jadeaba, se apoyó en sus brazos para sentarse, Sam se acomodó sobre sus rodillas esperando a que hablara.- Es... yo...- la chica lo miraba dudosa, una parte de ella le pedía a gritos que se aventara a ser la mujer de Evans y otra parte le decía que eso no estaba correcto que debía esperar.

- Entiendo.- dijo él sonriendo.- No estás lista.- la rubia se sonrojó toda.

- No... no es eso.

- Quinn.- dijo él tras luego dar un largo suspiro.- Te conozco como la palma de mi mano, sé que esto es nuevo para ti... también lo es para mí.- dijo el rubio apenándose.- Y quiero que nuestra primera vez sea especial, cuando ambos estemos listos.

- Ambos.- repitió ella en su mente. ¿Acaso Sam no estaba listo? La chica sólo asintió sintiéndose terrible por haber arruinado aquél momento, el rubio se acercó para besarle la frente y luego se acomodó para poder abrazarla, por un buen rato.

- Quinn... ¡Quinn! ¡Fabray!- y entonces, con aquél grito de Rachel, despertó de su sueño.

- ¿Qué?- la castaña suspiró.

- ¿Otra vez soñando despierta?- Quinn se sonrojó.- Estabas por contarme cómo te fue con Sam ayer.- dijo cruzándose de brazos, ambas estaban en la cafetería, Rachel había terminado su porción y la rubia apenas y pudo terminarse la mitad de una manzana.

- Ah sí.- sonrió.- Perdoname amiga, es que...- cerró los ojos buscando una explicación.

- Ya, está bien. Te conozco y pues, obvio con semejante bombón las fantasías se producen solas.- las dos rieron.- Ahora sí cuéntame cómo lo viste, en dónde, qué te dijo, ¡quiero saberlo todo!

- Me ha salvado en otro ataque.- pensó Quinn.- Me lo encontré ayer en la cafetería que está junto a la tienda de vestidos de novia.- suspiró.- Ayer decidí saltarme la última clase.

- Ah ya, con razón Puck me marcó 20 veces, te andaba buscando como loco.

- Más tarde hablo con él.- se lamentó, luego sonrió al ver la expectante sonrisa de Rachel.- Fuimos a un parque, estuvimos sentados bajo un árbol...- añadía más suspenso en cada palabra.- Y hablamos.

- ¿Qué? ¿Sólo eso?- la enorme sonrisa de Berry se convirtió en una irritante mirada.

- Sí, me contó cómo era él de niño, sus peleas en el colegio, su familia, su viaje a Francia.- suspiró alegre.- ¡Ay Rachel! Es perfecto.

- ¡Estás enamorada!- cantó la chica picando el brazo de Quinn con un popote.

- ¡Calla! Claro que no, apenas y lo conozco, no estoy enamorada.

- Sí lo estás.

- ¡No! Es el efecto de las homonas...

- ¡Ay Fabray! ¿Vas a empezar con ese cuento otra vez?- se rió Rachel.- Aunque digas que todo es meramente reacción química, también involucras sentimientos.

- Pues no con Romeo. Además él no se fijaría en mí, si estuvo conmigo fue porque le di lástima...- y entonces, recordó que no debía mencionar eso.

- ¿Lástima? ¿Por qué?- Quinn meditó un momento antes de hablar.

- Bueno es que, ayer me comí una rebanada de pastel de chocolate y no me cayó bien. Sam me encontró vomitando.

- ¿Qué?- Rachel estalló a carcajadas.- ¡Ay no! ¡Eso sí que es penoso! ¿Sólo a ti se te ocurre?

- Basta Rachel.- dijo Quinn algo irritada. En ese momento el timbre sonó.


La escuela estaba casi vacía, hacía menos de media hora que se había escuchado el timbre de salida. Quinn caminaba rumbo al gimnasio, planeaba disculparse con Puck y saber si quería estudiar ese día. Aunque más allá de eso la verdadera intención era ver a Sam.

- Si no estuviera tan gorda...- iba torturándose mentalmente.- Admítelo Fabray, no importa cuánto te esfuerces, Sam no te hará caso, es obvio que a él no le gustan las cerdas como tú.- y aquí estaba, otro ataque de ansiedad, su auto-estima bajando rápidamente... suspiró antes de entrar al gimnasio. Y allí estaban, ambos, encestando el balón sin cesar.

- ¡Quinn!- exclamó Puck, se acercó a ella.- No te vi ayer...

- Sí, lo siento.- lo cortó.- ¿Quieres que estudiemos hoy?

- ¿Qué estudiarán?- preguntó Sam, uniéndose a su conversación. A pesar de estar sudado seguía viéndose encantador.

- Cálculo.- dijo Puck.- Quinn es muy buena y me está explicando.

- ¿En serio?- la chica asintió.- ¿No te molestaría explicarme también?

- ¡Dios no! ¿Es esto posible?- y así, la Fabray se sintió metida en una película romántica.- Cl... claro.

- Espéranos aquí, sólo nos cambiamos y ya.- dijo Puck, no pasando por alto el hecho de que los dos no dejaban de mirarse.

- Sí.- sonrió Quinn, luego se acercó a las gradas para sentarse, los chicos fueron a los vestidores. A tan pocos días de haber entrado, la preparatoria se había convertido en su etapa favorita. Definitivamente sabía que lo que sentía al ver a Sam no era amor, pero le gustaba mucho y eso la hacía olvidarse, aunque fuera por unas horas, lo gorda y horrible que estaba. Pasaron algunos minutos más antes de que los chicos regresaran, al parecer se habían dado una ducha.

- ¿Nos vamos?- preguntó Puck.

- Sí.- en ese momento se escuchó un gruñido.

- Lo siento.- dijo Sam apenado.- Tengo hambre.

- Podemos comprar algo de comer mientras estudiamos.

- Demonios.- pensó Quinn, no se zafaría fácil de ésta.

- Quinn, ¿podemos usar tu teléfono para pedir una pizza?- preguntó Sam.

- Sí, está bien.- suspiró resignada, de todos modos se le antojaba a montones probar una rebanada, ya más noche se encargaría de sacarla de su cuerpo...

Los tres platicaron animadamente camino a casa de ella. Por suerte ésta estaba demasiado cerca de la escuela y con Sam al volante no tardaron ni un minuto en llegar.

La chica agradeció encontrarla limpia, al parecer Frannie había recogido. Una nota se encontraba sobre la barra de la cocina, decía lo siguiente: "George y yo hemos ido a pasear y cenaremos fuera, prepárate algo. Te quiero. Frannie.", nuevamente agradeció el hecho de que su hermana no estuviera ahí, probablemente no se la sacaría de encima hasta que sus amigos se fueran.

- Aquí tienes el teléfono.- dijo Quinn, entregándoselo a Sam, él y Puck se habían acomodado en los sillones de piel en la sala.

- Ah genial, ¿de qué quieren la pizza?

- Champiñones.- dijo Puck.

- ¿Tú Quinn?

- De lo que sea, está bien.- Sam sacó una tarjeta de su cartera y marcó el número de la pizzería.

- ¿Qué me enseñarás hoy, Fabray?- preguntó el moreno aventándole un cojín.

- ¡Oye!- ella lo aventó de regreso.- Hoy aprenderás a derivar.

- ¿Qué?

- Derivar.- rió.- Es la cosa más sencilla que hay... y divertida también.

- No te creo, tú siempre dices que todo está fácil y no es verdad.

- Porque no pones atención.- dijo ella enseñándole la lengua.

- En 15 minutos llega la pizza, si no, es gratis.- dijo Sam, dejando el teléfono en la mesa que estaba al lado del sillón.

- ¡Qué bien! Me muero de hambre.- dijo Puck.

...

Durante unos segundos, no pudo quitarle los ojos de encima. Se sentía como si tuviera poderes sobrenaturales para percibir cosas realmente fuera de lo común: lo escuchaba masticar de una forma increíblemente ruidosa; las migas caían de su boca lentamente, como invitándola a que siguiera su recorrido con la mirada atenta; y el queso olía especialmente delicioso. Sacudió la cabeza.

- La perfección no está en una rebanada de pizza.- se dijo a sí misma, en un desesperado intento de olvidarse del asunto.

Pero, al parecer, había olvidado que la perfección no era posible de alcanzar. Se estaba autodestruyendo, siguiendo un camino que, a menos que se aparatara a tiempo, la conduciría a un callejón sin salida. El problema era que quizás ya no estuviera a tiempo de apartarse.


* La experiencia de Sam es personal, lo que él dice no es pura ficción, es la realidad de mi vida jajaja.

Aquí tienen, ya no quería hacerlos esperar más, dejen review para que al menos valga la pena T_T jajajajajaja... Que tengan bonito día :D