¡50 reviews! Y yo que me decía que solo con un par de ellos, que solo con que a una sola persona le gustara el fic, ya me sentía satisfecha... La verdad es que me alegro mucho por todos esos mensajes y también que os guste tanto la historia. Muchas gracias a todos por vuestros comentarios y por seguir este fanfic. Y de nuevo gracias a Alfax por ser mi beta reader.

La saga The Legend of Zelda y sus personajes no me pertenecen, son propiedad de Nintendo.

Capítulo 6:
Baile

Faltaban poco más de dos semanas para la celebración del baile de presentación de Link. Zelda se encontraba reunida en su estudio con su secretario, ultimando los detalles de la celebración, detalles como el color de la mantelería, qué cristalería usar, cosas por el estilo. Por desgracia la princesa no estaba muy concentrada en lo que le decía su secretario al respecto, estaba demasiado ansiosa esperando a que le trajeran cierto objeto que había encargado hacía ya algún tiempo. Le habían comunicado que ese mismo día llegaría y estaba impaciente por ello.

— Alteza, no me estáis escuchando —dijo el secretario.

— Lo siento mucho, estaba pensando en otra cosa —contestó la princesa educadamente—. Tengo muchas cosas en la cabeza últimamente, hay tantas cosas por hacer antes de la boda.

— Entiendo que tengáis mucho trabajo con todo esto, pero es importante que atendáis a lo que os estoy diciendo.

— Cierto, no volverá a ocurrir.

Mientras Zelda y su secretario discutían sobre la distribución de los comensales, uno de los sirvientes entró con un paquete grande en sus brazos.

— Con permiso, Alteza —dijo el sirviente acercándose al escritorio—. Han traído esto para vos.

El sirviente dejó el paquete sobre la mesa y se marchó. Zelda se apresuró a desenvolver el paquete y sacó un estuche alargado. Abrió el estuche y observó el contenido de éste. El resultado era mejor de lo que había imaginado.

— ¿Esto es…? —preguntó el secretario dejando la pregunta en el aire, mientras observaba el interior de la caja.

— Sí —respondió Zelda con una gran sonrisa.

— Es espléndida —dijo maravillado el hombre.


— ¿Queríais verme, Alteza? —dijo Link mientras entraba en el estudio de Zelda.

El secretario hacía ya varios minutos que se había ido. Cuando éste se hubo marchado, Zelda se había apresurado a llamar a Link.

— Sentaos, por favor —dijo Zelda mientras señalaba la silla frente a ella—. Desde el día que Midna se marchó, he querido agradeceros de alguna manera todo lo que hicisteis por mí y por Hyrule.

— No tenéis que hacer nada para agradecérmelo, princesa —respondió él—, ya me habéis dado un lugar donde vivir y un trabajo del que disfruto mucho.

— Aun así quería ofreceros algo más, daros un regalo por todo vuestro esfuerzo y dedicación. Tras varios meses pensándolo, por fin encontré el regalo perfecto —Zelda esbozó una gran sonrisa y puso frente a él el estuche que horas antes había llegado—, estoy segura que será de vuestro agrado.

— No es necesario que me deis nada, Alteza, de verdad.

— Link, abridlo —ordenó.

El héroe suspiró resignado y puso sus manos sobre el estuche. Cuando lo abrió, no pudo evitar sorprenderse y maravillarse al ver lo que había dentro. En el interior del estuche había una magnífica espada y a su lado una vaina bellamente decorada. Parecía una réplica de la Espada Maestra, con la diferencia de que la empuñadura de la que tenía delante era plateada con cintas de cuero rojizo alrededor del pomo y no tenía la Trifuerza grabada en su hoja.

Apenas tardó unos segundos en introducir su mano izquierda en el estuche y alzar la espada frente a él. Se apartó del escritorio, se colocó en el centro de la sala, donde no había muebles alrededor, e hizo varios mandobles, probándola. Zelda observó cómo los ojos de Link brillaban de felicidad y cómo sonreía contento. Ella no pudo evitar sonreír también.

— Veo que es de vuestro agrado —dijo Zelda cuando Link bajó por fin la espada.

— Es magnífica —contestó él pasando su mano desnuda por la hoja, notando el tacto del acero—. El tamaño y el peso son prácticamente idénticos a los de la Espada Maestra y además está perfectamente equilibrada. Echaba de menos tener una espada como ésta en mi mano.

— En el castillo hay muchos documentos que hablan sobre la Espada Maestra —dijo ella levantándose de su asiento y acercándose a él—. Solo tuve que recopilar la información que había en ellos y dárselos al herrero para que la forjara.

— Sé que antes he dicho que no hacía falta que me dierais nada —dijo Link algo avergonzado—, pero os agradezco mucho este regalo, es lo mejor que podríais haberme dado.

Zelda sonrió.

Link se acercó de nuevo al escritorio y sacó la vaina del estuche. Sujetándola con la mano derecha, introdujo la espada en ésta y la observó maravillado.

— Espero que a partir de ahora la llevéis siempre con vos, Link —le dijo Zelda—. Un héroe como vos debe lucir consigo la mejor de las espadas.

— Por supuesto que sí, Zelda —respondió él con una sonrisa amable sin apartar la vista de la espada—. No podría separarme jamás de un regalo como éste.

— También me gustaría que la lucierais durante el baile. Aunque debido a las ropas que llevaréis, deberéis llevarla a la cintura. Espero que no os sea muy incómodo.

— No habrá ningún problema.

— Hay una cosa de la que hace tiempo tengo curiosidad —dijo la princesa acercándose de nuevo a Link—. ¿Qué se siente al empuñar la Espada Maestra? ¿Qué sentisteis cuando vuestras manos la tocaron por primera vez?

Él se giró hacia ella tras dejar su nueva espada sobre la mesa y se mantuvo pensativo durante unos instantes.

— Es algo difícil de explicar —contestó mientras miraba su mano izquierda, cuya palma abierta miraba hacia arriba—. La primera vez que la toqué, justo antes de sacarla de su pedestal, noté como una corriente atravesaba todo mi cuerpo. Cuando la saqué y la alcé por encima de mi cabeza, todo el poder con la que está imbuida penetró en mí a través de mi mano —cerró la mano con fuerza—, me sentía poderoso, imbatible incluso.

— Ciertamente no está muy lejos de la realidad —dijo Zelda posando su mano derecha en el puño cerrado de él—. Empuñando esa espada, salisteis victorioso de todas vuestras batallas.

Link sonrió. Se podía ver cierta nostalgia reflejada en sus ojos. Abrió su mano y cogió con suavidad la de la princesa. Zelda pudo notar calidez en el dorso de su mano, su marca de la Trifuerza estaba reaccionando a la de él. Link apretó más su mano contra la de ella y las marcas empezaron a brillar con fuerza. Zelda lo miró, pero él seguía mirando las manos.

— Es extraño —dijo Link de forma ausente—, desde que tengo uso de razón esa marca siempre ha estado ahí, nunca le había dado importancia —soltó la mano de Zelda y alzó la suya de manera que el dorso quedara justo enfrente de sus ojos, la marca había empezado a dejar de brillar—, y ahora resulta que me hace poseedor de algo que es incluso más poderoso que la Espada Maestra.

Zelda volvió a posar su mano con la de él, entrelazando los dedos. Las marcas empezaron a brillar de nuevo con intensidad. Lo miró a los ojos y él le devolvió la mirada. Eran unos ojos llenos de pureza, sin ningún tipo de malicia. Zelda había agradecido infinidad de veces a las diosas que le enviaran a un héroe de corazón tan puro como él. Era la prueba viviente que aun en los tiempos más difíciles la esperanza no debía perderse jamás.


La mañana de la celebración, Zelda se levantó más temprano de lo acostumbrado. Debía comprobar que todo estuviera perfecto, supervisar todos y cada uno de los preparativos. Dado que iba a estar de un lado a otro, había optado por vestir un sencillo vestido de manga corta que le llegaba por las rodillas y unos zapatos planos y cómodos. También había optado por no recogerse el pelo, ya lo haría más tarde, a la hora de arreglarse.

En ese momento se encontraba observando cómo los sirvientes colocaban las mesas y las sillas para la cena. Había tres mesas en el centro del salón formando una U, las dos de los extremos eran mucho más largas que la mesa principal, la que unía las otras dos. Zelda y Link se colocarían en el centro de la mesa principal, de cara al resto de comensales, y a ambos lados de ellos los miembros del consejo. En las otras dos mesas estarían el resto de invitados.

Tras comprobar que todo marchaba bien en el comedor, Zelda se dirigió al salón de baile. Allí no solo se celebraría el baile tras la cena, sino que también se haría la recepción de los invitados. Los sirvientes se afanaban a colocar los adornos para la ocasión. Una lujosa alfombra azul iba desde la entrada de salón hasta el estrado, donde habían colocado una silla junto a la de Zelda para Link.

En ese momento Zelda se dio cuenta de que todavía no había visto a Link, y lo necesitaba para que la ayudara con los preparativos. Hoy el héroe tenía el día libre, por lo que no tenía entrenamiento con los reclutas. Normalmente esos días deambulaba por el castillo en busca de algo que hacer, pero todavía no se había cruzado con él. La princesa salió del salón y buscó a algún sirviente o guardia que rondara por ahí.

— Disculpad, ¿habéis visto a Sir Link? —le preguntó a un guardia que hacía su ronda.

— No, Alteza —contestó el guardia tras hacer una reverencia—. El capitán suele dormir hasta tarde en sus días libres, puede que todavía esté durmiendo.

— Gracias.

Caminó apresurada hasta la habitación de Link y llamó a la puerta. No hubo respuesta. Volvió a llamar pero nuevamente nadie contestó. Abrió un poco la puerta y asomó la cabeza. Efectivamente, Link estaba en la cama, todavía durmiendo. Pese a la poca luz que había, podía ver el bulto que formaba bajo las sábanas y su pelo rubio sobre la almohada. Entró en la habitación y cerró la puerta tras ella. Caminó hacia la cama y se inclinó hacia él, quien estaba girado hacia el otro lado.

— Link, es hora que os levantéis —dijo la princesa mientras lo sacudía un poco por el brazo, pero él no respondió—. ¡Link!

La única respuesta que recibió fue un gimoteo.

Visto el éxito, Zelda rodeó la cama y se dirigió hacia la ventana que había al otro lado. Abrió las pesadas y gruesas cortinas para dejar que entrara luz. Se giró hacia él y vio que se había tapado con la sábana hasta la cabeza huyendo de la luz. Zelda se volvió a acercar a Link, cogió las sábanas y las retiró por completo, dejándolo al descubierto al joven héroe, quien enseguida se apresuró a meter la cabeza bajo la almohada. Zelda se alegró a descubrir que solo usaba unos pantalones para dormir.

— Link, levantaos ya —ordenó mientras le quitaba la almohada.

— ¡Eh, devuélveme eso! —exclamó él alargando el brazo, tapándose los ojos con el otro, intentando recuperarla.

— Buenos días —dijo Zelda con una sonrisa.

— ¡Alteza! —dijo al destaparse los ojos—. ¿Qué hacéis aquí?

— ¿No creéis que va siendo hora que os levantéis, Link?

El héroe se incorporó, quedando sentado en la cama con las piernas cruzadas al estilo indio, mientras bostezaba y se restregaba los ojos con una de sus manos.

— Es mi día libre, Alteza —contestó Link mientras se rascaba la cabeza e intentaba mantener los ojos abiertos—, y es el único día que puedo dormir hasta tarde.

— Vaya, no sabía que nuestro gran héroe fuera una persona tan perezosa —dijo Zelda con tono divertido.

— No soy perezoso —respondió él mirando hacia otro lado, molesto—, simplemente me gusta disfrutar de mis horas de sueño.

Zelda le tiró la almohada a la cara, pero él consiguió cogerla antes de que le diera. Al parecer incluso somnoliento tenía buenos reflejos.

— Vamos, vestíos, necesito que me ayudéis con los preparativos.

Link resopló pero salió de la cama y se dirigió a una cómoda, para coger la ropa, mientras se estiraba, desperezándose. Zelda observó cómo los músculos de su espalda se movían bajo la piel. Se mordió el labio inferior mientras contemplaba aquel espectáculo tan tentador. ¿Cómo un hombre tan tímido y formal como Link podía hacer que el corazón le latiera tan deprisa y que le subiera la temperatura en todo su cuerpo con un gesto tan normal como aquel? Bueno, el hecho que estuviera semidesnudo ayudaba mucho.


Los sirvientes ya habían colocado los manteles, los platos y los cubiertos en las mesas cuando Zelda y Link entraron en el comedor.

— ¿Qué os parece? —preguntó la princesa—. ¿Está todo a vuestro gusto?

Link miró de una pasada todo el comedor y frunció el ceño.

— Supongo —contestó dubitativo.

— Oh, vamos, Link, sed un poco más colaborador. Cuando estemos casados, deberéis ayudarme con este tipo de preparativos.

— Lo sé —dijo algo avergonzado—, pero este tipo de cosas no son algo por lo que haya tenido la necesidad de preocuparme, nunca le he dado mucha importancia.

Zelda sonrió ante su sinceridad.

— Supongo que con el tiempo os iréis acostumbrando e iréis aprendiendo todo lo necesario.

Él afirmó con la cabeza.

Mientras Zelda le explicaba todo lo que necesitaba saber sobre los preparativos, se acercaron a la mesa para ver cómo iba todo.

— ¿En serio? —dijo Link mirando horrorizado la mesa.

— ¿Qué ocurre? —preguntó ella.

— ¿En serio hacen falta tantos cubiertos?

Zelda miró la mesa. A la derecha del plato había tres cuchillos diferentes y una cuchara, a la izquierda tres tenedores, frente al plato una cuchara y un tenedor pequeños y a la izquierda de éstos un plato pequeño con otro cuchillo. Miró de nuevo a Link y vio su cara de horror al ver que los sirvientes ponían tres copas por comensal. La princesa rió y él la miró con reproche.

— Lo siento —se disculpó mientras contenía la risa—, no recordaba que nunca habíais asistido a una comida oficial. Aunque esto es algo que os deberían haber enseñado cuando llegasteis al castillo.

— Así es. Pero como no es algo que haya puesto en práctica, ya lo he olvidado.

— Está bien, sentaos y os indicaré para qué sirve cada uno.

Link suspiró, pero procedió a sentarse donde ella le indicaba sin decir ni una palabra.

— Los cubiertos que están más cerca del plato son para ensalada —indicó la princesa mientras señalaba os cubiertos—, los de en medio para carne y los del exterior para pescado. Por supuesto la cuchara es para la sopa. Después tenemos esta cuchara y éste tenedor pequeños que son para el postre y el platito y cuchillo que hay aquí a la izquierda son para el pan. Las copas son, de izquierda a derecha, para el agua, vino tinto y vino blanco. ¿Lo recordareis?

El héroe la miró un poco dubitativo pero finalmente afirmó con la cabeza. Ella sonrió.

— Recordad, Link, que estaré a vuestro lado. Cualquier duda podéis hacérmela saber.

— Debería haberme quedado más rato en la cama —dijo él mientras se levantaba de la silla.

La princesa rió ante aquello y no pudo evitar darle un pequeño abrazo. Ella sabía cuán poco le gustaban a Link aquellas reuniones sociales. Hasta ahora las había podido soportar bien porque él asistía en calidad de guardián y debía mantenerse a cierta distancia de todo aquello. Pero esta vez era diferente, debía estar sentado junto a todos los nobles, presidiendo la mesa junto a ella. Zelda sintió compasión, para él iba a ser una noche muy larga.


Zelda y Link esperaban en una pequeña sala contigua al salón de baile a que estuviera todo listo y preparado para poder entrar y recibir a los invitados. Ya estaban vestidos y arreglados para la ocasión y, aunque sabía que era muy descarado por su parte, la princesa no podía apartar la mirada de su prometido. Link estaba increíblemente apuesto. El conjunto que hacían la chaqueta, camisa, pantalones, botas y pendientes le daban un aire muy elegante y, para hacerle a ella las cosas más difíciles, se había peinado y recogido el pelo en una pequeña cola baja. Al final había optado por no atarse nada al cuello, es más, no llevaba abrochado el primer botón de la camisa, dándole a Zelda la tentadora visión de su cuello y parte de la clavícula. Por su parte, la princesa lucía un vestido púrpura y blanco, con un ligero escote y gran parte de la espalda descubierta. Como toque final había optado por unos guantes por encima del codo, que se había quitado mientras esperaban.

— Parecéis inquieto.

Link estaba de pie con la espalda apoyada en la pared, pero iba cambiando el peso de su cuerpo de una pierna a otra constantemente.

— No me gusta esto.

— Lo sé Link, sé cuánto os disgustan estas reuniones —dijo Zelda con una sonrisa—. A mí tampoco me gustan, pero es algo que debo hacer.

— Ya, lo entiendo, pero sigue sin gustarme.

Zelda soltó una risita y se acercó hasta él.

— ¿Qué pasa si hago algo mal y os avergüenzo? —preguntó él cuando la tenía justo enfrente.

— Nada que hagáis puede avergonzarme, Link —contestó poniendo su mano sobre la mejilla de él—. Para mí sois perfecto y nada va a cambiar eso.

Casi sin pensarlo, Zelda bajó su mano hasta el cuello de él, acariciándolo y posando sus ojos en él. Sentía ganas de besarlo, de besar aquella cicatriz de su cuello que asomaba por la ropa. Pero antes de que pudiera hacer nada, Link la besó. Era un beso más largo y dulce que los otros que le había dado. Su brazo derecho rodeaba la cintura de ella, atrayéndola hacia él, y su mano izquierda acariciaba suavemente su espalda desnuda.

La había pillado de improvisto. Aquello no era propio de él, no era propio de alguien tan tímido. Zelda notó cómo sus piernas le comenzaban a fallar, tendiendo que sujetarse a él. Cuando se separó de ella le susurró un "gracias" al oído.

Se sintió algo decepcionada, solo lo había hecho como agradecimiento.

— Sois un hombre cruel —susurró ella apartando la mirada, sonrojada.

Él se limitó a reír como respuesta a aquella afirmación mientras la sujetaba con fuerza.


La recepción de los invitados a la fiesta transcurría de forma normal, sin ningún incidente. Era evidente de que algunos de los invitados habían ido con la intención de recriminarle a la princesa por su elección, Zelda podía apreciarlo en sus miradas. Pero al parecer la mirada seria y fiera del héroe, y el hecho de que su espada estuviera apoyada en su silla, muy cerca de su mano, era lo suficientemente intimidadora para que bajasen la mirada y mantuvieran la boca cerrada.

— El duque Stain y familia —anunció el mayordomo.

El duque se acercó junto a su esposa e hija hasta el estrado. Phillias Stain era un hombre de unos cuarenta y pocos años, alto, robusto y con una sonrisa siempre en su cara. Dentro de la clase noble, el duque Stain era famoso por su honradez y la cercanía y amabilidad con la que trataba a sus súbditos. Eileen, su hija, no destacaba precisamente por su belleza, pero era una muchacha refinada, dulce y tímida. Por desgracia, su esposa Elinor, era una mujer altiva, arrogante, que disfrutaba humillando y mirando por encima del hombro a los demás.

— Bienvenido, duque Stain —dijo Zelda con tono cordial y educado—. Es un placer contar con vuestra presencia y la de vuestra familia.

— El placer es nuestro, Alteza —contestó el duque con una gran reverencia, seguida de la llena de gracia de su hija y de la forzada de su esposa —. Hace tiempo que espero con impaciencia poder conocer en persona a nuestro héroe —dijo mirando a Link con una sonrisa sincera y ofreciéndole su mano para estrechársela.

Link miró a Zelda algo confuso, al parecer no esperaba un gesto así por parte de un noble. Ella simplemente le sonrió y afirmó ligeramente con la cabeza. Link se levantó de su asiento y bajó del estrado para devolver el saludo.

— Un joven fuerte, no hay duda —dijo el duque mientras estrechaban las manos—. Debo darte las gracias por todo lo que has hecho por este reino.

— No tenéis por que dármelas, duque Stain —contestó Link tímidamente—. Solo cumplí con mi deber.

— También es modesto —rió el duque—. Habéis escogido bien, Alteza.

Zelda había observado una mueca de repulsión en el rostro de la duquesa al ver a su marido darle un apretón de manos a Link. ¡Cómo odiaba a aquella mujer! Era igual o peor que su hijo. La princesa nunca llegaría a entender como un hombre honrado y abierto como el duque aguantaba a una mujer como aquella.

Link volvió a subir al estrado y se sentó en su sitio.

— Veo que no os acompaña vuestro hijo, duque Stain —dijo la princesa disimulando la alegría que le causaba aquella ausencia—. No le habrá ocurrido nada, ¿verdad? —preguntó fingiendo preocupación.

La mirada del duque se endureció un poco y se puso serio, pero enseguida recobró su talante jovial de siempre.

— Me halaga vuestra preocupación por mi hijo, pero no es necesario que lo hagáis —contestó con una sonrisa, aunque parecía algo fingida—. Wallace y yo hemos tenido una pequeña discusión y he creído conveniente que se quede en casa hasta que se le enfríe la cabeza. Nada importante.

Había algo más en todo aquello, Zelda podía percibirlo. El duque parecía algo tenso, su mujer estaba evidentemente irritada y a su hija se la veía un poco asustada. Era evidente que la discusión entre Lord Wallace y su padre había sido más importante de lo que el duque quería hacerles creer.


El resto de la recepción y la cena transcurrieron con relativa normalidad. Pese a que la mayoría de los nobles con reproches habían sido lo suficientemente intimidados como para no compartir su opinión sobre el compromiso, habían quedado algunos lo suficientemente valientes (o estúpidos según la opinión de la princesa) como para mostrar sus lenguas viperinas y honrarles con sus ácidas palabras. Por suerte, Link ya estaba preparado para ello. Aquellos que se habían atrevido a decir algo contra el joven héroe, habían huido con el rabo entre las piernas al verle apoyar su mano sobre el pomo de su espada mientras la mirada más amenazadora que jamás habían visto se posaba sobre ellos. Cabe decir que ninguno de ellos se volvió a acercar a él en toda la noche.

Tras acabar la cena, volvieron todos al salón donde se celebraría el baile. Mientras algunos invitados bailaban en el centro del salón, otros charlaban animadamente en los extremos. Zelda estaba sentada en lo alto del estrado y Link hablaba cerca de allí con el duque Stain. Al parecer, y para desgracia de la duquesa, ambos habían entablado amistad durante la cena y parecían llevarse bien.

Tras despedirse del duque con una inclinación de cabeza, Link se acercó a la princesa y le ofreció su mano.

— ¿Me hacéis el honor de concederme un baile, Alteza? —preguntó con una sonrisa.

Al principio Zelda lo miró extrañada, pero finalmente sonrió y aceptó. Se encaminaron hasta el centro de la pista, mientras los demás se apartaban de su paso, donde comenzaron a bailar.

— Pensé que erais reacio a este tipo de cosas, Link.

— El duque Stain me ha sugerido que os saque a bailar antes de que la gente empiece a pensar que la cosa no va bien entre nosotros.

Zelda soltó una risita.

— El duque es un hombre sabio —dijo Zelda.

— Se me hace extraño que alguien de su categoría sea tan amistoso conmigo —dijo Link con cara algo preocupada—. Aún más teniendo en cuenta lo que ocurrió con su hijo.

— El duque Stain es un buen hombre. Mi padre y él habían sido buenos amigos. Por desgracia, su hijo ha salido a la duquesa.

En ese momento un estruendo recorrió la sala. Todos los invitados se giraron hacia el origen de éste. Alguien había abierto de golpe las puertas del salón. Lord Wallace Stain había entrado en la sala sin previo aviso. Al parecer algunos guardias y criados habían intentado detenerle, pero él había conseguido zafarse. Comenzó a buscar algo con la mirada hasta que ésta se posó sobre la princesa y su prometido. Caminó hacia ellos de forma apresurada, desenvainó su espada y apuntó a Link con ella cuando estuvo a poca distancia. La gente, asustada, se apresuró a apartarse y alejarse.

Durante todo ese tiempo, Link había estado cogiendo a Zelda por la cintura atrayéndola hacia él en actitud protectora. La princesa notó como intensificaba su agarre. Lo miró y vio como sus ojos se habían endurecido y brillaban con furia.

— ¿Qué narices estás haciendo, Wallace? —cuestionó el duque Stain acercándose a su hijo.

— No te metas en esto, padre —contestó sin apartar la mirada de Link—. Alguien que se deja humillar de esta manera no tiene derecho a recriminarme.

— ¡Wallace!

— ¿Cómo puede ser que todos estéis a favor de semejante humillación? —preguntó al resto de nobles—. Es una falta de respeto a nosotros, los nobles, que un repugnante pastor se case con la princesa y entre en la realeza.

Se oyeron murmullos de asentimiento recorriendo la sala. Link hizo amago de dar un paso y hablar, pero Zelda lo detuvo. Lo agarró del brazo y se colocó delante de él.

— Zelda —murmuró Link, pero ella levantó el brazo indicándole que callara.

— ¿Creéis que os saldréis con la vuestra, Lord Wallace? —preguntó Zelda con visible enfado—. Mi deber como princesa no es satisfacer los deseos y caprichos de vosotros los nobles, mi deber es proteger a mi pueblo y hacer lo que más le conviene y para conseguirlo necesito a alguien como Link a mi lado.

— ¿Es porque os dije que necesitabais a un hombre fuerte a vuestro lado, Alteza? —preguntó Lord Wallace lleno de furia sin dejar de apuntar a Link con la espada—. ¿Es por el resultado de nuestro duelo? Pues me niego a aceptar el resultado. ¡Quiero la revancha!

— ¡No! —exclamó Zelda—. Link os venció en un combate justo. No hay una segunda oportunidad. Además, el resultado de vuestro duelo no tuvo nada que ver con este compromiso.

— ¿Qué?

— ¿No lo entendéis? —preguntó la princesa con una sonrisa de satisfacción—. El compromiso llevaba semanas acordado y aprobado por el consejo, simplemente todavía no se había hecho público.

Por un momento, Lord Wallace bajó la espada de la impresión, pero enseguida se recuperó y volvió a apuntar con ella al héroe, con aún más odio que antes. Zelda iba a gritarle, pero, antes de que pudiera hacer nada, notó la mano de Link sobre su hombro, deteniéndola.

— Esperad, Alteza —dijo Link colocándose delante de ella—. Acepto el desafío.

— Pero Link…

Zelda no pudo decir nada más. Link se quitó la chaqueta y le pidió que se la sujetara. Se acercó al Lord mientras desenvainaba la espada que la princesa le había regalado días atrás. Lord Wallace por su parte bajó por fin la espada y se puso en posición de ataque.

— Debéis saber, Lord Wallace, que esta vez no pienso ser tan blando.

Link permanecía quieto, con la punta de la espada apuntando al suelo, esperando a que su contrincante diera el primer paso. Los invitados dejaron espacio libre para el combate, creando un círculo alrededor de ambos.

Como era de esperar, Wallace fue el primero en atacar. Se abalanzó sobre Link con gran rapidez, poniendo toda su fuerza en el ataque. Link se limitó a esquivarle. El Lord se recuperó rápidamente y volvió a atacar, pero su ataque fue bloqueado por la espada de su contrincante con bastante facilidad. Link empujó con gran fuerza, haciendo que Lord Wallace retrocediera y se apartara de él.

— Habéis mejorado, milord, pero me he enfrentado a enemigos muchísimo más poderosos que vos. Necesitaréis algo más si realmente queréis vencerme.

Lord Wallace gruñó de ira y, nuevamente, se abalanzó sobre el joven héroe con gran rapidez.

El combate se alargó durante varios minutos. Durante ese tiempo fue más que evidente para todos los espectadores la superioridad de Link. El joven esquivaba y bloqueaba todos los ataques del Lord con extrema facilidad y sus ataques, perfectamente calculados, daban siempre en el blanco. Estaba claro que se limitaba a jugar con él, atacando siempre a puntos en los que sabía no podía hacerle demasiado daño, pero que iban cansando al Lord hasta dejarlo exhausto.

Zelda podía ver en el rostro de Link algo que pocas veces había visto en él, algo que solo mostraba cuando combatía en serio. Tenía una sonrisa adornando su cara, una sonrisa llena de orgullo y confianza en sí mismo, hasta cierto punto se podía decir que era una sonrisa arrogante. Pero a ella le gustaba. Aquella sonrisa acompañada de aquellos ojos llenos de brillo provocaba una atracción en ella que era difícil de resistir, aunque no es que quisiera resistirse precisamente.

Finalmente, tras esquivar uno de los ataques, Link golpeó el costado del Lord con el pomo de su espada, haciendo que cayera al suelo. Se giró rápidamente y, antes de que su enemigo tuviera tiempo para reaccionar, colocó la punta de su espada a escasos milímetros del cuello de Lord Wallace.

Lord Wallace no se movió, permaneció sentado en el suelo observando a Link con una mezcla de miedo y humillación grabada en su rostro. Su respiración fuerte y rápida resonaban por toda la sala, la cual había permanecido en silencio durante todo el combate, nadie se había atrevido a decir nada. Era evidente que estaba agotado, a diferencia de Link que apenas había comenzado a sudar.

— El combate se ha acabado —dijo Link mientras envainaba su espada y se giraba para volver junto a la princesa.

— ¡Espera! —gritó el Lord tras recuperar el aliento—. Jamás aceptaré esto. Jamás aceptaré que seas el héroe elegido.

— ¿Dudáis de mi palabra, Lord Wallace? —preguntó Zelda irritada.

— Hasta que no vea una prueba jamás lo creeré.

Link se giró hacia el Lord. A paso lento se acercó a él y se agachó para estar a su altura. Su expresión era seria y serena.

— Conocéis la leyenda de la Trifuerza, ¿verdad? —preguntó el joven héroe.

— Por supuesto que sí, todo el mundo la conoce —contestó furioso—. No sé a qué viene eso.

— Pronto lo sabréis. Si conocéis la leyenda también sabréis que tiempo atrás se dividió en tres partes. La Trifuerza del Poder cayó en manos de Ganondorf y de la Sabiduría ha pasado de generación en generación por la familia real hasta la princesa. ¿Pero sabéis que ocurrió con la Trifuerza del Valor? —preguntó Link tras la explicación.

— Bueno… no se sabe quién la tiene o qué ha pasado con ella. Solo se sabe que estuvo en manos del héroe de la antigüedad.

— Por último, sabéis cómo se identifican a los portadores de la Trifuerza, ¿verdad?

Lord Wallace permaneció pensativo unos instantes antes de contestar. Parecía bastante confuso con aquellas preguntas. No parecía saber a dónde conducía todo aquello, aunque Zelda lo sabía muy bien.

— Los portadores tienen la marca de la Trifuerza en el dorso de la mano —contestó por fin.

— Entonces sabréis muy bien qué significa esto.

Link se quitó el guante de su mano izquierda y le mostró el dorso de su mano a Lord Wallace. Allí se podía ver claramente la marca de la Trifuerza. Wallace miró la marca, luego a Link y volvió a mirar la marca otra vez. Tragó saliva. Al parecer eso era lo último que se esperaba. Había pedido una prueba y ahí la tenía.

— E… eso no prueba nada —dijo Lord Wallace intentando recuperar la compostura—. Podéis habérosla hecho vos mismo.

El héroe suspiró derrotado. Miró a la princesa de forma suplicante y ella afirmó con la cabeza. Se acercó, se agachó junto a él y entrelazó su mano derecha con la izquierda de él. Ante la cercanía entre la una y la otra, las Trifuerzas de ambos comenzaron a resonar, brillando. El triángulo derecho de la marca de Link brilló más intensamente que los otros, indicando a todos los presentes que, evidentemente, era el poseedor de la Trifuerza del Valor.

El Lord no dijo nada, permaneció ahí sentado en el suelo, mirando a Link con una mezcla de horror y miedo.

— Apresadle —ordenó Zelda a los guardias tras erguirse de nuevo.

— ¿Qué vais a hacer con él, Alteza? —preguntó Link confuso.

— Las acciones de mi hijo se pueden considerar un acto de traición —contestó por ella un apenado duque Stain—. El castigo por semejante crimen va, desde el destierro, a la pena capital.

Link miró a Zelda horrorizado por las palabras del duque. La princesa no pudo hacer otra cosa que agachar la mirada ante aquello, lo que el duque había dicho era totalmente cierto. Notó como Link posaba su mano sobre el hombro de ella y la giraba hacia él para que lo mirara. Al hacerlo pudo ver sus ojos llenos de súplica. La princesa posó su mano derecha sobre la mejilla de él y la acarició suavemente con el pulgar.

— Sois demasiado bueno, Link —le dijo.

— Por favor, Zelda —suplicó mientras apretaba la mano derecha de ella—. No creo que nadie se merezca semejante castigo por algo así.

Otros gobernantes habían decapitado por menos que aquello, pero el corazón de Link era demasiado compasivo y Zelda no iba a dejar que aquello cayera sobre la conciencia de él. Miró al duque Stain, quien había agachado la cabeza por vergüenza de los actos de su hijo. Liberó su mano de la de Link y se giró hacia Lord Wallace, que era sujetado con fuerza por dos guardias.

— Pasaréis dos semanas encerrado en los calabozos —anunció—. Después de eso no quiero que volváis a entrar en este castillo jamás. Dadle las gracias a Sir Link por su compasión y a vuestro padre por ser un hombre de gran confianza.

— Gracias, Alteza —dijo el duque Stain con una gran reverencia

Los guardias se llevaron al lord mientras los invitados murmuraban y cuchicheaban entre ellos.

— Si alguien más tiene algo que decir, este es el momento adecuado —dijo Link alzando la voz para que todos le oyeran.

Nadie dijo nada.