Dos días más tarde Orihime se encontraba sentada ante el escritorio de su biblioteca estudiando el bosquejo de un diseño que estaba preparando para la primera planta de una casa. Éste formaba parte de un conjunto aún por completar para la construcción de un nuevo proyecto que ella y Tatsuki estaban organizando.
Ese conjunto de casas señoriales se conocería con el nombre de Inoue Place en honor a la memoria de sus padres. Dicho nombre era aún un secreto sólo conocido por el pequeño círculo de parientes de Orihime y por su hombre de confianza, Keigo Asano. Hasta que terminara con toda aquella simulación que estaba llevando a cabo, Orihime no deseaba que el nombre del proyecto se hiciera público. Temía los rumores. Lo menos que podía suceder era que fuera perseguida en todas las fiestas por los posibles inversores. O, incluso, peor, alguien podría hacer preguntas que a su vez llevarían a alguien a hacer averiguaciones sobre su pasado.
Las casas de Inoue Place no serían nada parecidas a las que se construían en las ciudades inglesas en esos días. No se había propuesto recrear ningún diseño clásico en particular. Orihime era más ambiciosa, deseaba crear una mezcla armoniosa de los mejores diseños, tanto antiguos como modernos.
Estaba interesada en los elementos interiores tanto como en los exteriores. Sus esfuerzos tomaban en cuenta factores tales como el espíritu de los ingleses y el clima del país. La calidad de los materiales de aquellos edificios iba a ser excelente. En términos de diseño técnico, planeaba incorporar algunos de los elementos que había aprendido durante su incursión en las teorías que tenía Ichigo sobre las bases de la construcción.
No sería una esclava de la tradición clásica de la misma forma en que lo había sido su padre, de eso estaba segura. Pero tampoco permitiría dejarse guiar por los osados impulsos artísticos que había, a su vez, heredado de su madre. El secreto consistía en llegar a crear una síntesis, que sobre todo tuviera gracia. Por supuesto, recurriría a los conocimientos que su padre le había enseñado: la perspectiva, el detalle arquitectónico y el conocimiento de elementos clásicos. Pero también utilizaría algo del atrevido estilo con que su madre la había dotado.
Sabía que el secreto de su éxito en Morning Rose Square había sido el no haberse permitido jamás olvidar que todo lo que diseñaba no debía contraponerse al paisaje inglés. Estaba decidida a no repetir el error de tantos arquitectos. No trataría de imponer edificios diseñados para los climas cálidos y secos de Grecia y Roma en el escenario de Inglaterra. Los posibles compradores necesitaban casas que pudieran soportar el clima húmedo y el frío de los largos inviernos.
Miraba su último diseño con ojo crítico. Todas las habitaciones tenían techos altos y majestuosas ventanas bien proporcionadas. Aquellos elementos fueron el legado de su padre, que había sido un enamorado de la tradición de Palas Atenea.
El nuevo diseño incorporaba características clásicas, así como también escaleras llenas de estilo y luz, y un aire de libertad que no tenía contacto alguno con la pesada tradición antigua. Los instintos artísticos de Orihime le decían que la mezcla de efectos creaba armonía.
Dejó la pluma y miró por la ventana. En general, cuando estaba concentrada en los diseños, sus pensamientos eran claros y organizados. A menudo, se dedicaba a realizar el diseño de una biblioteca o de una sala de estar para distraerse. Pero aquella mañana, aquella técnica no funcionaba.
Sus pensamientos eran una especie de torbellino. Lo mismo le había sucedido la mañana del día anterior. En realidad, lo que la irritaba era darse cuenta de que había estado sufriendo esa falta de concentración desde que Ichigo había irrumpido en el salón de los Arisawa y la había sacado prácticamente en brazos de allí.
Apoyó los codos sobre el escritorio y dejó descansar su mentón sobre la palma de la mano. En su vida, había tenido que enfrentarse a muchos problemas serios, desde los que se relacionaban con la educación de Lisa, hasta las dificultades con las que se encontraron Tatsuki y ella en el último viaje a Europa. Pero jamás se había visto obligada a relacionarse con alguien como Ichigo.
Aún sentía un fuego que la quemaba en su interior cuando recordaba la forma tan íntima en que él la había tocado en la galería de estatuas eróticas de la casa de los Sousuke. Orihime se preguntaba si Ichigo prestaría alguno de sus pensamientos a aquel encuentro o si para él resultaba un acontecimiento normal del que ya seguramente se habría olvidado.
Desde luego, no lo había mencionado durante los últimos dos días. En realidad, había sido un ejemplo de conducta desde que la había reducido a aquella criatura etérea y temblorosa que casi se había desmayado en sus brazos. Quizá pensara que era mejor no hacer el amor con una mujer en la que no confiaba.
Miró con enojo al vendedor de verduras cuyo carro recorría la calle en aquel momento. No tenía absolutamente ninguna intención de permitir que Ichigo volviera alguna vez a tocarla de una forma tan terriblemente íntima. No, a menos que él comenzara a tener confianza, respeto y algún grado de afecto hacia ella.
No creía estar pidiendo demasiado. Después de todo, estaba enamorada de aquel hombre. Lo menos que él podía hacer era demostrar algún sentimiento amable. Desafortunadamente, no creía que Ichigo pudiera reconocer el amor cuando lo viera. Era obvio que su experiencia de la vida lo había hecho ser demasiado cruel, demasiado cínico y con un control de sí mismo demasiado estricto como para permitir dejarse rendir fácilmente ante el amor. Siempre mostraba una gran cautela antes de abandonarse a cualquier emoción que temiera que podía llevarlo a ser vulnerable.
Hasta el presente ella no había podido descubrir los acontecimientos precisos de su pasado que tanto habían influido en su temperamento, pero no podía negar los hechos: Ichigo había sido cruelmente lastimado.
Hasta cierto punto ella deseaba ser comprensiva. Incluso estaba dispuesta a hacer algunas concesiones. Pero si él creía que ella lo aceptaría como amante, cuando le había dicho claramente que ni siquiera confiaba en ella ni la amaba, estaba desde luego muy equivocado.
Orihime se preguntaba si él reconocía su determinación al respecto. Después de todo, era un hombre muy inteligente. Tal vez, era ésa la razón por la que él no había intentado presionarla con sus atenciones desde la otra noche. No era la clase de hombre que no pensaba detenidamente las acciones que iba a llevar a cabo antes de dar el siguiente paso.
La puerta de la biblioteca se abrió.
-¿Orihime? -Tatsuki entró en la habitación. Con un vestido gris de cuello alto, parecía mucho mayor de los veintiséis años que tenía-. La señora Sano ahora traerá el té.
-Me vendrá bien una taza. Debo poner en orden mis ideas antes de que llegue el señor Asano.
-Llegará de un momento a otro -Tatsuki miró el reloj-. Es una persona puntual. Por cierto, he preparado una lista de las viudas y solteras que podrían estar interesadas en participar en esta nueva empresa.
-¿Son las mismas que participaron en el fondo de inversión que nos permitió hacer Morning
Rose Square?
-La mayoría sí, pero hay dos que son nuevas. Una tal señorita Kiusi y la señorita Nanami. Las conocí en el museo la semana pasada. Ambas trabajan de damas de compañía y han podido ahorrar una pequeña suma con que hacer una inversión.
-Excelente -A Orihime se le ocurrió una idea-. Eso me hace recordar que el otro día me encontré en Pall Mall con la señora Kusajishi. Ella mencionó que estaba entrevistando a una nueva dama de compañía que le enviaba la agencia Wycherley.
Tatsuki hizo una mueca de disgusto. -No me sorprende. La agencia Wycherley abastece a familias como los Kusajishi, muy exclusivas.
-Creo que ese nombre me suena. Ésa es la agencia que te empleó a ti, ¿o me equivoco?
-Sí. -La boca de Tatsuki reflejó disgusto-. Lleva en el negocio muchos años.
Un golpecito discreto se oyó en la puerta de la biblioteca. Orihime dirigió su mirada hacia ella. -¿Qué sucede, señora Sano?
La señora Sano, una mujer de constitución sólida, casi una majestuosa ruina clásica, abrió la puerta. -El señor Asano desea verla, señora Inoue.
-Hágalo pasar, por favor.
La señora Sano se hizo a un lado para dejar pasar al visitante. Orihime y Tatsuki le dieron la bienvenida con sendas sonrisas.
-No oí llegar su carruaje, señor Asano -dijo Orihime.
-Es un día tan agradable que decidí venir a pie. -Keigo Asano sonrió a las dos mujeres.
Los ojos se posaron cálidos sobre Tatsuki, que se mostró indiferente. Keigo era un hombre nervioso, de mente sobria, y tenía alrededor de veintisiete años. Era el hijo menor de un hacendado que poseía tierras en el norte. Sin la esperanza de heredar la propiedad de su padre, Keigo se había visto obligado a forjarse un camino en el mundo. Poseía una excelente cabeza para los números y los detalles, lo que le había conducido a su presente trabajo como secretario y hombre de confianza.
Hacía tres años, Orihime y Tatsuki se habían convertido en sus jefes exclusivos. Él estaba plenamente dedicado a ellas. La alianza se había establecido desde el principio sobre el hecho de que ellas lo habían contratado después de que Keigo comenzara a desesperarse por encontrar una buena posición. Su juventud y falta de conexiones le habían hecho difícil conseguir clientes seguros.
La lealtad incondicional de Keigo hacia Orihime y Tatsuki ahora se basaba no sólo en la gratitud, sino también en un sólido interés financiero. Había juntado hasta el último chelín que había caído en sus manos para unirse a ellas en el proyecto Morning Rose Square. Hacía un año había llegado a tener sus ganancias junto con las viudas y solteras que formaron el fondo de inversión.
Aunque Orihime tenía plena confianza en Keigo, ella no le había contado nada sobre su plan de atrapar al chantajista. Se le habían dado instrucciones precisas sobre mantener en absoluto secreto su identidad. Keigo suponía que ella deseaba mantenerse en el anonimato y mantener en secreto su fondo de inversiones para evitar ser molestada y perseguida en las fiestas y reuniones sociales a las que acudía.
Keigo no se movía en los círculos sociales y tenía muy poco interés por los chismes. Tenía plena conciencia de qué lugar ocupaba en la sociedad, sin embargo, y eso era lo más importante, sabía mucho de todo lo relacionado con asuntos financieros.
-Por favor, tome asiento, señor Asano.
Orihime simuló no darse cuenta del color rojo de las mejillas de Keigo mientras fijaba su atención en Tatsuki y tuvo deseos de sacudir a su prima. ¿No podía Tatsuki ver que ella y Keigo formaban una pareja perfecta?, se preguntaba. Orihime había reconocido de inmediato, unas pocas semanas atrás, cuando Tatsuki conoció a Keigo en persona por primera vez, que ambos estaban hechos el uno para el otro. Hasta entonces, las transacciones con él se habían hecho todas por correspondencia.
La personalidad honesta y abierta de Keigo hacía fácil leer sus reacciones. No cabía duda de que se había desarrollado en él un sentimiento de ternura con respecto a Tatsuki, aunque aún no había tenido el valor suficiente para realizar un acercamiento.
-¿Cómo están las cosas con Inoue Place? -preguntó Orihime mientras Keigo se sentaba frente a ella en el escritorio.
-Me complace decir que los planes iniciales están casi concretados. -La expresión de Keigo se hizo intensa. Se inclinó hacia delante y extendió una serie de papeles pulcramente escritos sobre el escritorio de Orihime-. Los arreglos finales se hicieron para asegurar la propiedad. Firmé también un contrato con el mismo constructor que se hizo cargo de Morning Rose Square. Sólo nos resta completar la lista de inversores.
-Yo he confeccionado una lista inicial de la gente interesada -dijo Tatsuki.
-Excelente. -Las mejillas de Keigo subieron aún más de color-. Las mismas personas, ¿supongo?
-Sí, y dos nuevas.
Keigo la miró con admiración. -Muy bien. Por cierto, ahora que hemos asegurado la propiedad, circulan muchos rumores. Muchos caballeros de fortuna me han hecho algunas consultas, ya que se han enterado de las ganancias que hicieron los inversores de Morning Rose Square. Me expresaron su interés por la nueva empresa.
Orihime le dirigió una mirada penetrante.
-Ellos no saben que la señorita Tatsuki y yo somos las principales accionistas de este proyecto, ¿no es así?
-No, no, por supuesto que no -le aseguró Keigo sin pérdida de tiempo-. Usted sabe que yo jamás abusaría de su confianza al respecto. Siempre que me hacen preguntas sobre el tema, explico que las dos personas que organizan esta empresa prefieren permanecer en el anonimato.
Orihime se sintió más tranquila. -Bien. No deseo ser perseguida por inversores en todas las reuniones sociales a las que asisto, es de lo más desagradable.
-La comprendo -dijo Keigo.
Tatsuki golpeteó con la pluma sobre el montón de hojas que tenía en la mano. -¿Quiénes son los caballeros que deseaban invertir en este nuevo proyecto?
-Aquí tengo los nombres. -Keigo tomó una hoja de papel del montón que había puesto sobre el escritorio de Orihime-. A ver, veamos: Urahara, Hirako, Kira, Yumichika...
Tatsuki se quedó paralizada.
Orihime miró fijamente a Keigo. -¿Yumichika, dice usted?
Keigo levantó la vista confundido. -Sí. El señor Ayasegawa Yumichika. Corren rumores de que sus finanzas no están muy bien en el momento presente y está ansioso por encontrar una solución, haciendo alguna inversión beneficiosa. ¿Lo conoce?
-No. -Orihime miró con cautela el rostro pálido de Tatsuki-. Jamás lo he visto. Pero he oído hablar de ese hombre. No es el tipo de persona con quien nosotras deseamos asociarnos. ¿No es así señorita Tatsuki?
-No. -La voz de Tatsuki era casi inaudible. Tragó saliva de forma muy visible y volvió a tratar de hablar-. No, desde luego que no.
Orihime miró a Keigo directamente a los ojos. -Le puede informar al señor Yumichika que no es bienvenido en esta empresa. Podremos considerar otros nombres de su lista, pero, personalmente, prefiero mantener a los hombres con fortuna alejados de esta aventura. Ese tipo de personas tienen la tendencia de intentar hacerse cargo de todo. Nosotros nos organizamos muy bien solos.
-Muy bien -Keigo miró el rostro descompuesto de Tatsuki y después volvió a observar la expresión preocupada de Orihime-. ¿Puedo preguntar la razón de excluir al señor Yumichika? Con toda seguridad, me pedirá una explicación.
Orihime concentró su atención en las páginas que contenían las perspectivas arquitectónicas de Inoue Place.
-Puede informarle al señor Yumichika de que la mayoría de los inversores involucrados en este proyecto son mujeres viudas o solteras.
-Sí, yo ya le he dicho eso -dijo Keigo.
-Puede también recordarle a Yumichika que muchas viudas y solteras de este grupo se vieron en algún momento de su vida obligadas a trabajar de damas de compañía o de niñeras. Como el señor Yumichika tiene la reputación de tratar a estas empleadas de una manera profundamente carente de todo principio moral, ellas no desean hacer un negocio con él.
-Ya veo. -Los ojos claros de Keigo se entrecerraron-. No me había percatado de que fuera un sinvergüenza. Tendré un gran placer de decirle que los miembros del fondo de inversión no desean contar con él.
Tatsuki se relajó levemente. Los papeles que tenía en la mano aún se movían por el temblor que la había embargado.
-Entonces eso está solucionado. -Orihime se inclinó sobre los dibujos-. Pongamos manos a la obra.
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Ichigo hizo detener elegantemente el carruaje negro delante de la casa de Orihime. Le dio las riendas al lacayo y saltó a la acera.
-Regreso en unos minutos.
-Sí, mi lord. -El lacayo hizo calmar a los ansiosos caballos.
La puerta de la casa se abrió justo cuando Ichigo comenzaba a subir la escalinata de la entrada. Un hombre sobriamente vestido y de rostro serio apareció delante de él.
-Discúlpeme. -El hombre se detuvo cuando vio a Ichigo. Parpadeó ante la luz del sol. Luego, su mirada se dirigió brevemente hacia el penacho grabado en oro que estaba sobre uno de los costados del carruaje-. Mi lord. -Con amabilidad, inclinó la cabeza y después se apresuró a bajar los escalones.
Ichigo se detuvo en el escalón superior. Se volvió y observó al otro hombre que desaparecía presuroso. Apretó su mandíbula. "Maldición", pensó. No se trataba de celos lo que sentía. Jamás se había permitido sentirse celoso. Sólo estaba desconcertado al encontrarse con otro hombre en la puerta de la casa de Orihime.
«Es una reacción perfectamente normal -se dijo a sí mismo-. Cualquier hombre en mi situación se sentiría irritado en tales circunstancias.» Suponiendo que pudiera existir otro hombre en la ciudad que se encontrara en tan particular circunstancia. Pero aquello era totalmente improbable.
Las estadísticas decían que él era el único hombre en toda Inglaterra que tenía una amante ficticia. Ichigo sin darse cuenta se quitó los guantes de un tirón. Las únicas veces que usaba guantes era cuando conducía un carruaje o montaba a caballo. En las demás ocasiones, no prestaba atención a aquella moda. Suponía que había algo en su naturaleza que le impedía ocultar sus manos tan poco refinadas, aquellas manos de trabajador, ante los ojos de toda la sociedad gentil.
-¿En qué puedo servirle, señor? -le preguntó el ama de llaves desde la puerta.
Ichigo se volvió lentamente para dirigirse a la mujer. -Por favor, informe a la señora Inoue de que Kurosaki ha venido a verla.
-Sí, mi lord. Por favor, pase. La señora Inoue está en la biblioteca.
Ichigo observó la puerta cerrada que estaba a la izquierda de la entrada. -Pensándolo mejor, no se moleste en anunciarme. Yo me encargo de ello.
-Pero, mi lord...
Ichigo no prestó atención a la asustada ama de llaves. Abrió él mismo la puerta de la biblioteca y a grandes pasos entró en la habitación. Orihime estaba sentada en su escritorio. Vestía un traje de muselina blanca, con un pequeño sombrerito de encaje, por supuesto, del mismo color. Su prima estaba sentada delante de ella. Las dos mujeres levantaron la mirada sorprendidas.
-Kurosaki. -Los ojos de Orihime se iluminaron por un brevísimo instante, como expresión cálida de bienvenida. Un segundo después, su expresión cambió en repentina alarma. Con prisa, tomó todos los papeles y los arrojó por debajo de un enorme libro de diseños-. Oí que llegaba un carruaje, pero no me di cuenta de que era el suyo. No lo esperaba hasta la una.
-Buenos días, señoras. -Ichigo cerró la puerta y fue directo al escritorio. Desafortunadamente, llegó tarde para ver los papeles que Orihime acababa de ocultar debajo del libro de muestras-. Creí que sería una buena idea salir más temprano, así tendríamos suficiente tiempo para recorrer el museo.
-Sí, por supuesto. -Orihime miró a Tatsuki-. ¿Te importaría acompañar al señor mientras yo subo a buscar mi abrigo y mi bolso?
-Por supuesto que no -dijo en un murmullo Tatsuki. Orihime se puso de pie y se apresuró a salir de la habitación.
Ichigo y Tatsuki intercambiaron miradas especuladoras. No hay razón para sutilezas, pensó Ichigo. A esta mujer él no le gustaba.
-¿Quién era el caballero que se iba cuando yo llegaba?
-El señor Asano.
-Creo que no lo conozco.
-Dudo que él se mueva en su círculo, mi lord. -Tatsuki le dirigió una mirada de desconfianza-. ¿Quiere tomar una taza de té mientras espera?
-No, gracias. Parecía tener prisa.
-¿Quién?
-El señor Asano.
-¿Oh, él? -Tatsuki tomó un montón de papeles y los acomodó-. Tal vez tenía una cita de negocios.
-Tiene aspecto de ser un secretario o un hombre de confianza.
Tatsuki dudó. -Sin duda, sí que es un hombre de confianza. ¿Está seguro de que no desea una taza de té, mi lord?
-No, gracias. -Ichigo hizo una pausa y posó su mirada en los títulos de algunos tomos que estaban en los estantes de las librerías. Obras respetadas y reediciones sobre temas de arquitectura, tales como Les Edifices Antiques de Rome de Desgodetz y Arquitectura antigua restaurada y mejorada de Langley, estaban junto a Muebles y decoración para la casa de Hope y El arte de la construcción lógica de Halfpenny-. ¿Cuánto hace que vive usted con su prima, señorita Tatsuki?
-Casi cinco años. -Tatsuki hablaba con cautela, como si sopesara cada palabra.
-Entonces, usted vivía con ella cuando su marido vivía -dijo Ichigo con soltura.
-Ah, sí. Sí, así es.
-Tengo una vaga idea de haber conocido alguna vez a una familia Inoue. -Ichigo hizo una pausa breve como si estuviera reflexionando sobre aquel recuerdo lejano-. Creo que en la región de los Lagos.
Tatsuki lo miró con enojo. -Dudo que haya alguna conexión. El marido de la señora Inoue no tenía parientes en la región de los Lagos.
-Entonces debió de estar emparentado con los Inoue de Yorkshire -dijo con presteza Ichigo.
-No -contestó de la misma forma Tatsuki-. Son de Devon.
-Conocí a unos Inoue de Devon. Vivían cerca de Plymouth.
-Entonces no son ellos -le aseguró Tatsuki-. El señor Inoue tenía su familia en el norte.
-Barnstaple, entonces.
-No, Deepford -dijo rápidamente Tatsuki-. Un pueblo muy pequeño.
-Creo que no lo conozco.
Tatsuki se mostró aliviada al oír aquello. -Los Inoue de Deepford eran una familia muy pequeña -dijo ella con decisión-. El señor Inoue era el último descendiente.
-¡Qué desafortunado! ¿Entonces no tienen herederos?
-No.
-¿Le gusta Londres, señorita Tatsuki?
-Lo encuentro interesante. -Tatsuki se mostró casi patética al darse cuenta de que habían cambiado de tema-. Muy instructiva.
-Muy diferente de la campiña.
-Desde luego que sí.
-¿Debo creer que usted y la señora Inoue no podían venir a la ciudad muy a menudo cuando el señor Inoue vivía?
-El señor Inoue estaba muy enfermo. No tenía interés por viajar.
-Ya veo. -Esto no lo estaba llevando a ningún lugar, decidió Ichigo. Tenía que intentar una táctica diferente-. Quizá, tomaré una taza de té, después de todo.
Tatsuki se puso de pie. -Le pediré a la señora Sano que traiga una tetera caliente-. Se hizo un silencio en la biblioteca, cuando Ichigo y Tatsuki esperaron a que trajeran el té.
Cuando éste llegó, Ichigo aceptó una taza, la tomó y se dirigió hacia un lateral del escritorio de Orihime. Desde allí, estudió la escena bañada por el sol de la calle.
-Un hermoso día para salir. –Ichigo, sin que Tatsuki lo notara, inclinó la taza y por casualidad derramó té sobre una copia del Morning Post que estaba en uno de los extremos del escritorio.
-Oh, Dios mío-. Tatsuki abrió la boca.
-Maldición. ¡Qué torpe soy!
Tatsuki se puso de pie. -Estropeará la madera.
-Llame al ama de llaves -le ordenó Ichigo en aquel tono de voz reservado para aquellas ocasiones en las que deseaba ser obedecido. Siempre parecía dar resultados y él había aprendido a esperar aquellos resultados que invariablemente tenían lugar. Esto sucedía con todos, a excepción de Orihime, reflexionó sombríamente. A ella no le gustaba mucho cumplir órdenes.
-Llamaré a la señora Sano. -Tatsuki se apresuró hacia la puerta.
Ichigo tomó un pañuelo del bolsillo y comenzó a secar el té derramado. -No creo que sea mucho el daño si usted se da prisa.
-Espero que no. -Tatsuki lo miró con ojos llenos de desaprobación por encima del hombro-. Orihime quiere mucho ese escritorio. Su padre lo diseñó. -Abrió la puerta-. ¿Señora Sano? Por favor, venga rápido. Se ha derramado algo de té.
Ichigo por casualidad levantó el borde del libro de diseños y echó una mirada a la hoja de encima. Se dio cuenta de que estaba ante lo que parecía ser el diseño arquitectónico de una hilera de casas. Las palabras «Inoue Place» estaban escritas debajo de la figura. Volvió a colocar el libro de muestras en su lugar, cuando Tatsuki se volvió hacia él.
-La señora Sano viene hacia aquí -dijo Tatsuki.
-Creo que mi pañuelo absorbió la mayor parte del té. El diario se encargó del resto. –Ichigo dobló su pañuelo manchado.
La señora Sano se apresuró a entrar en la habitación. Llevaba un paño en la mano. -Aquí estoy, ¿dónde se ha derramado el té?
-Aquí -Ichigo retrocedió-. Ha sido por mi culpa. Creo, sin embargo, que pude secar la mayor parte.
Orihime apareció en la puerta. Tenía puesta un abrigo de piel blanco sobre su vestido de muselina. Llevaba un sombrero de paja en una mano y un gran delantal en la otra. Frunció el entrecejo al ver el revuelo que había en la biblioteca.
-¿Qué sucede aquí?
Ichigo la miró un breve instante. Parecía tan casta y pura como la nieve recién caída. Qué lástima que existiera algo tan engañoso como la inocencia. Rápidamente se recuperó.
-Un pequeño desastre. Vertí algo de té. No produjo ningún daño en su escritorio.
-¡Qué alivio! -Orihime se puso el sombrero y se lo ató con unas tiras. Sonrió feliz-. Bueno, entonces, ¿nos vamos, mi lord? Estoy ansiosa por ver la colección de jarrones griegos del museo.
-Por cierto -dijo Ichigo. Echó una mirada al delantal que ella llevaba en la mano-. ¿Para qué es eso?
Orihime hizo una mueca. -El blanco es un color muy efectivo para ciertos fines, pero tiene sus desventajas.
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Media hora más tarde, Ichigo se hallaba junto a Orihime en la sala del museo, tan sombría y vasta como un mausoleo. La estancia de altos techos estaba abarrotada de estatuas, trozos de piedra y un conjunto de piezas tomadas de viejas ruinas. Las motas de polvo revoloteaban en los rayos de luz que se filtraban a través de las ventanas superiores. Un aire a antigüedad llenaba el lugar. Orihime, ataviada con su delantal, se movía en aquella atmósfera sepulcral con claro desinterés por todo lo tétrico que la rodeaba. Su entusiasmo resulta contagioso, pensó Ichigo.
Aunque una vez él había realizado un estudio superficial de los detalles intrigantes de construcción del estilo clásico, las antigüedades nunca habían representado un tema de particular interés para él. Él pertenecía a la era moderna. En términos generales, prefería dedicar su atención a cosas tales como la astronomía y las máquinas de vapor.
Hoy, sin embargo, se encontraba atrapado por una extraña fascinación por los temas arqueológicos. Observaba a Orihime estudiar los diseños de un conjunto de vasijas antiguas. Estaba hermosa, absorta en aquella contemplación intelectual. Casi tan hermosa como la otra noche, al encontrarse en sus brazos, en la galería de arte de la casa de los Sousuke.
De saber que no era así, pensaría que era la primera vez que ella había llegado a tal excitación sexual con un hombre. Sin quererlo, un deseo urgente, cálido, dulce se apoderó de él. Lo dejó tembloroso y excitado. Pero también tristemente molesto.
Últimamente esos bruscos ataques de pasión feroz se hacían más frecuentes. Cada vez que se apoderaban de él, lo hacían con mayor intensidad. Esa misma mañana se había despertado al amanecer para encontrarse con una erección tal que parecía una estatua de mármol.
Ahora, por la tarde, sentía cada vez mayor excitación con sólo observar a Orihime en el museo. Habría sido todo muy absurdo, de no resultar tan terriblemente incómodo. Las expectativas que crecían en su interior eran casi insoportables por su intensidad. Pronto, pensó, muy pronto debería hacer el amor con Orihime. Debía ser pronto o sería candidato a un manicomio.
Se obligó a sí mismo a contemplar un gran jarrón que llamaba la atención de Orihime. -Etrusco, ¿no le parece?
-No. Definitivamente, es griego. -Orihime levantó la mirada hacia la otra fila de jarrones que estaban cubiertos de polvo-. ¡Son maravillosos! Las formas tan perfectas, tan exquisitamente correctas. ¡Hay en estos jarrones una combinación tan impresionante de intelecto y arte!
-De lo más impresionante -estuvo de acuerdo Ichigo, su mirada recorría las suaves curvas de los pechos de Orihime.
Ella volvió la cabeza y lo vio observando su busto. Sintió que el rubor le teñía las mejillas. -¿Ha aprendido algo útil, mi lord?
-¿Sobre los jarrones griegos?
-Por supuesto. De eso es de lo que estamos hablando, ¿no?
Ichigo se apoyó contra unas viejas piedras, cruzó los brazos sobre el pecho y contempló el jarrón. -He aprendido muchísimo, mi querida señora Inoue, pero no lo suficiente.
Ella sonrió con aprobación, como si se tratara de un alumno precoz. -Está en su naturaleza esa sed de saber cada vez más, mi lord. Las pasiones del intelecto son difíciles de satisfacer, ¿no le parece?
-Desde luego que sí. Afortunadamente no todas las pasiones son imposibles de calmar, Orihime. Algunas simplemente requieren el momento y el lugar adecuados.
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Ikkaku, el hombre de confianza de Ichigo, de cuerpo fornido y con anteojos, se apresuró a entrar a la biblioteca de su superior poco después de las cuatro de la tarde. Estaba sin aliento. El sudor cubría su cabeza calva.
-¿Mandó llamarme, señor?
-Sí. -Ichigo levantó la vista de las notas que había estado haciendo-. Gracias por venir tan pronto.
-De nada, mi lord. -Ikkaku se sentó agradecido, tomó un pañuelo de bolsillo y se enjugó la frente-. Usted sabe que siempre me complace ayudarlo. ¿Qué desea que haga por usted?
-Dos cosas. Primero, que haga algunas averiguaciones sobre una propiedad llamada Inoue Place. No sé mucho de eso, pero creo que es posible que sea un nuevo plan de inversión.
-¿Está en Londres esa propiedad?
-No estoy seguro. Supongo que podría ser en Bath. -Ichigo recordó las elevaciones que había visto en el escritorio de Orihime-. Los dos lugares son probables, aunque supongo que la propiedad podría estar situada también en alguna otra ciudad importante. Los dibujos que vi eran de edificaciones que claramente estaban diseñadas para la ciudad, si comprende a lo que me refiero.
-Ya veo. -Ikkaku emitió un leve suspiro, se ajustó los anteojos y tomó nota.
-Segundo, deseo que busque cualquier información que pueda encontrar sobre un cierto señor Inoue.
Ikkaku levantó la mirada con asombro. Se aclaró la voz con cautela. -Ah, ¿se refiere al difunto señor Inoue?
-A él.
-¿El difunto marido de una cierta señora Orihime Inoue de Morning Rose Square?
Ichigo sonrió con frialdad. -Una de las cosas que hace que usted sea para mí inestimable, Ikkaku, es que siempre está al tanto de los últimos chismes.
Ikkaku pasó por alto aquello. -¿Desea usted que yo averigüe lo que sea sobre el difunto, mi lord?
-Precisamente. -Ichigo se recostó sobre el respaldo de su asiento. Tomó su pluma, cuyo tanque hidráulico acababa de modificar y examinó la punta de acero con cuidado-. No hay señales de que pierda tinta. Deberá guardar discreción, naturalmente.
-Naturalmente. -Ikkaku se secó la frente con el pañuelo una vez más-. ¿Dónde sugiere usted que comience a buscar información sobre el difunto señor Inoue?
-Creo que debería comenzar en Devon.
-Devon es un lugar algo grande, mi lord. ¿No tiene alguna idea más precisa de qué lugar de Devon se trata?
-Podría intentar en un pueblo pequeño llamado Deepford.
