Memoria perdida VII

¿Cuánto tiempo había transcurrido desde la última ducha? No concebía una fecha exacta, sin embargo, podía aludir a la tormenta eléctrica de la semana anterior como una posibilidad. El cándido vapor que emergía del cuarto de baño era una visión extraordinaria y aún más la idea de agua caliente. Aguardé a que la enfermera extienda una toalla antes de hundir una pálida mano sobre la superficie de la tina. Sí, era real.

Ella se marchó y yo me quité la ropa. No había notado, incluso, algunas heridas provocadas por la ilícita estadía en la sala de máquinas. Una incisión surcaba el costado izquierdo, allí donde había reposado mi cuerpo encima de un generador ya inútil. Éso había ocurrido la primera noche. Los matutinos halos de luz penetraban a través de una ventana angosta y sucia que se extendía a lo largo de la pared. Desde aquélla posición, era posible para mí distinguir los movimientos de cada integrante del centro. Una data que, finalmente, había sido de utilidad si Geraldine McArthur no nos hubiera pillado con las manos en la masa. Sonreí, divertido.

Me hundí, de un sólo movimiento, en el agua caliente. Cada uno de mis músculos, tensos debido a la presión psicológica de una peligrosa campaña, se relajaron. ¿Era posible, incluso, sentir que podría quedarme de por vida en ése mismo sitio? Estaba convencido que sí. De improviso, las abyectas memorias de un lúgubre recorrido desde Milton Keynes hasta Londres habían sido acarreadas por el cándido vapor. Los rostros de aquéllas personas, ahora infectadas, habían desaparecido. Las hórridas escenas que habíamos presenciado, revoloteaban de manera lejana junto a un vidrio que comenzaba a empañarse. Cerré los ojos y permití que mi imaginación volara conjunto a una mente que, debido al estado de sosiego, estaba en blanco.

Lo primero que advertí, fue un raudo fogonazo de luz bermeja centelleando furiosamente. Luego, siluetas cuyos amorfos trazos me impedían formar algún rostro conocido. Chispazos de un material eléctrico. El bosquejo de una sala... gritos que clamaban por ayuda, el sonido metálico de una puerta que se abría, pasos ahogados en una escalera que correspondía a algún material concreto que no conseguía atisbar.

A pesar del agua caliente, percibí cómo pútridas y huesudas manos me arrastraban de nuevo a una insondable oscuridad. El alivio en mi pecho había sido reemplazado con el más honesto horror. Balbuceé, pero mi voz se transformó en simples burbujas que se perdieron en la superficie de la tina y, luego, en el silencio de la sala. No quería levantarme. No podía levantarme. Tenía miedo del mundo exterior y, a la vez, quería huir de allí.

Esa luz bermeja... el momento exacto en que las Llamaradas solares se anunciaban al público inglés.

¿Qué sucedía si me quedaba quieto? Igual que en el refugio de casa, con Sophie recostada sobre mi regazo y Freddie haciendo la primera ronda. ¿Ellos, se irían? ¿Los psicópatas abandonarían toda esperanza de arrancarnos la carne del cuerpo, de lastimarnos, de incitar sus macabras plegarias a una entidad desconocida? ¿Ya no debíamos preocuparnos de la devastación, de los víveres, del agua? ¿La vida de los sobrevivientes volvería a ser normal?

¿Y qué ocurría si ellos nos seguían al otro lado? ¿Habría esperanza, entonces?

Advertí que unas manos me impulsaban hacia la superficie y tosí de manera escandalosa. La voz, no sólo preocupada sino también solícita, de una enfermera. Posiblemente, Geraldine. Una vez que mis pulmones recibieron oxígeno, mi respiración se tornó normal e insté abrir los ojos... me di cuenta que había caído en un profundo sueño. ¿O había sido una pesadilla? Los recuerdos de ésa jornada aún permanecían vigentes en mi memoria. Pero había sido yo quien los obstruyó en lo más recóndito de su mente.

Y me había olvidado del motivo por el cual lo había hecho.

Sophie.

Asentí con la cabeza en una silenciosa mueca de confirmación a mis miedos. ¿Qué habría ocurrido si Geraldine no me hubiera despertado? ¿Cómo había sido tan débil para dejarme desmoronar por una simple memoria? Estábamos vivos y mi misión había sido un éxito. Traer a Sophie hacia un sitio seguro para ella era mi objetivo principal. Los recuerdos de la devastación debían ser extirpados conjunto a los rostros —desfigurados— de cientos de personas que habían sido víctimas del virus.

Me envolví en la toalla y salí del cuarto del baño bajo la promesa que, ésas memorias, serían reemplazadas por una única visión de la realidad: servir al centro de refugiados.