Capítulo 7. Sobrecarga.
Jessica abrió los ojos ligeramente y bostezó ampliamente, mientras movía las sábanas de su cama a un lado. Tras ponerse unas cómodas zapatillas con la cara de Homer Simpson, arrastró su cuerpo aún somnoliento hacia el baño para lavarse antes de bajar al Gran Comedor a desayunar. Una vez con la túnica reglamentaria puesta y su pelo recogido en un coleta, la bruja descendió a la sala común buscando con la vista a David.
—Seamus, ¿has visto a David? —preguntó.
—Cuando yo me he levantado, ya no estaba en la habitación —respondió el chico alzándose de hombros.
—Estará en el Gran Comedor desayunando —comentó Parvati.
Las dos chicas bajaron todo el camino hasta la planta baja mientras discutían inquietas sobre las ultimas noticias del mundo mágico y su posible futuro. Jessica sabía, por conversaciones anteriores, que tanto Parvati como su hermana tenían un plan de reserva por si las cosas se ponían demasiado complicadas: su familia estaba preparada para regresar a la India en el momento que fuera necesario.
—Mira, Jess —señaló Parvati con un leve gesto de su brazo—. Ahí está David.
—Gracias. Te veo en clase —se despidió Jessica separándose de su amiga que se marchaba hacia donde estaba sentada Lavender.
—Buenos días, David —saludó Jessica mientras ocupaba el sitio a la izquierda de su novio.
—Hola, sihaya —respondió el metamorfomago dándose la vuelta para besarla.
Jessica frunció el ceño al fijarse en el rostro de David. Tenía el pelo desenmarañado y sus mejillas estaban tintadas de un ligero tono rojizo.
—¿Qué te ha pasado, David? —dijo pasándole la mano por la frente y notando que estaba levemente húmeda.
—¡Oh, nada! —replicó—. Me he levantado antes para salir a correr. Ya sabes, sihaya. Tengo que mantenerme en forma o si no, cuando llegue el verano, el sensei me hará pasar por su entrenamiento especial —añadió poniendo una mueca de terror.
La bruja no sabía si reír o preocuparse. Es verdad que el "sensei", como llamaba David a su profesor de artes marciales, era muy exigente en el aspecto físico y ya había escuchado rumores sobre sus entrenamientos. Sin embargo, en los años anteriores, David no se lo había tomado tan en serio y menos como para salir a correr. David odiaba correr; lo consideraba, según sus propias palabras: la actividad física más aburrida jamás concebida por el hombre. Prefería un millón de veces, hacer bicicleta, nadar o un entrenamiento más variado.
—¿Correr? ¿Con lo que lo odias? —preguntó.
—No puedo hacer otra cosa —admitió David—. No tengo bicicleta y nadar en el lago con este tiempo es un suicidio. Me molesta, pero no hay alternativa.
—¿A qué hora te has levantado?
—A las siete —mintió el metamorfomago.
David no quería admitir que llevaba desde las seis de la mañana despierto y que, media hora más tarde, ya estaba dando vueltas al lago. El fallo en el plan de conseguir algo de Félix Felicis y, sobre todo, los continuos recordatorios de lo que iba a pasar en el próximo año y medio habían hecho que fuera aún más consciente de que necesitaba entrenar más y mejorar. Había analizado durante mucho tiempo la batalla en el Departamento de Misterios y la conclusión era clara: aún estaba muy lejos de poder enfrentarse con garantías a los mortifagos. Sí, era cierto que se había desembarazado con cierta facilidad de Lucius Malfoy y Augustus Rookwood; sin embargo, era muy consciente de que lo había conseguido porque se había encontrado con el escenario ideal: los mortifagos concentrados en luchar contra la Orden, aquellos contra los que se había enfrentado le habían infravalorado y, sobre todo, había contado con el poder de Érebo en plena efervescencia.
David no quería depender de eso. Quería ser fuerte por sus propios medios y, especialmente, no quería perder el control como había pasado en la Sala de la Muerte. Había destruido a Rookwood pero había gastado toda su magia en aquel siniestro hechizo y se había desmayado justo después, impidiéndole poder ayudar a los demás. Aunque había conseguido a un cierto equilibrio consigo mismo acerca de la muerte de Sirius, una pequeña parte de él seguía culpándose por haber permitido que Érebo le dominara, impidiéndole salvar a Sirius; seguía pensando que podía haber ayudado de alguna forma.
Hermione insistía una y otra vez que cambiar el destino no es una tarea sencilla y que la experiencia le había enseñado que nunca se sabe que es lo que alguien puede modificar y que hay sucesos que son inalterables. David no estaba nada de acuerdo con ella: si no era capaz de ayudar a salvar una vida, ¿cómo iba a estar preparado para ayudar a Harry a derrotar a Voldemort? Necesitaba entrenar, tenía que hacerse más fuerte, debía ser capaz de proteger a la gente que era valiosa para él. ¿Qué sentido tendría todo lo que había ocurrido hasta el momento si no era capaz de modificar el futuro sombrío? Su misión era una misión solitaria. No podía depender de nadie, nadie podía ayudarle.
Además, David era muy consciente de que él mismo podía ser una amenaza para todo el mundo aún más grave que el propio Voldemort. Si dejaba que Érebo tomara control de él, podía ser catastrófico para todos. No podía permitirlo. El Doppelganger sería una parte de lo que era pero se negaba a que se transformara en su parte principal. No, mantendría el control. Haría lo que fuera necesario, pero mantendría el control. No sería derrotado. Con aquel objetivo en mente, había tomado la decisión de requerir la ayuda de alguien con más experiencia que él. Solo había una persona que podría ayudarle: la profesora McGonagall.
—Prométeme que no te pasarás, ¿vale? —pidió Jessica.
—Por supuesto —respondió David inclinándose para besarla una vez más— Si quieres, puedes acompañarme, sihaya —ofreció.
—¿Además de nuestros entrenamientos con Eve y Daphne? —inquirió la chica.
—Si, esto es aparte… aunque, si ellas quieren, pueden unirse —añadió pensativo.
—Proponlo en la próxima reunión —sugirió.
—Lo haré.
La última clase del miércoles había sido Transformaciones, lo cual implicaba dos cosas: una, el cerebro del estudiante medio de sexto estaba en un estado cercano al derretimiento y dos, David se encontraba ante el momento ideal para hablar con McGonagall sobre sus planes para controlar a Érebo.
—Bien, terminamos por hoy —comunicó McGonagall borrando la pizarra—. Para el viernes quiero una redacción de sesenta centímetros sobre el conjuro Avis y sus posibles aplicaciones —quejas de disconformidad surgieron de cada una de las gargantas de los alumnos allí presentes—. Sin excusas —replicó la profesora.
—¿Vienes, David? —preguntó Jessica al ver que su novio no había comenzado a recoger.
—Quiero hablar con McGonagall de una cosa —contestó.
—¿Sobre qué? ¿Debo preocuparme?
—No, sihaya. Solo quiero su ayuda para dominar a Érebo —Jessica se sentó junto a David, mostrando claramente que aquella noticia le incluía.
—¿Qué quieres decir?
—Siento haber escuchado su conversación, pero viendo que puedo estar involucrada en cierto modo, también me gustaría tener una explicación, señor Manning —intervino la profesora McGonagall sobresaltando a los dos adolescentes. Una leve sonrisa surgió en el rostro de la estricta profesora al ver esta reacción.
—Profesora, es acerca de lo que pasó al final del año pasado —la profesora entendió inmediatamente a que se refería el metamorfomago y les indicó que les acompañara a su despacho donde podrían hablar con más calma.
Un par de minutos después, dos adolescentes y un adulto se sentaron en el despacho de la profesora de Transformaciones. McGonagall observó con cierta preocupación al mago sentado frente a ella; era una de las pocas personas que sabía de lo que moraba en el interior del metamorfomago. En más de una ocasión le había observado sin que él lo supiera, inquieta por la presencia del Doppelganger; sin embargo, nunca había observado alguna de las señales que los pocos documentos que existían sobre el fenómeno, indicaban la pelea por el dominio entre la fuente y la entidad oscura.
Albus le había asegurado que era muy complicado que el Doppelganger fuera capaz de tomar el control de David; el venerable director le había explicado que mientras la señorita Quake estuviera a su lado, era imposible que la entidad sobrepasara al mago. McGonagall siempre había sido un poco incrédula respecto al denominado "poder del amor". Era innegable que el amor era capaz de hacer que las personas hicieran verdaderas hazañas y se sacrificaran por otros; además, cualquier mago medio competente era muy consciente del efecto que tenían los sentimientos en los hechizos. A pesar de todo esto, McGonagall no confiaba tanto como su superior; al contrario que Albus, ella vivía de forma mucho más cercana la inestabilidad emocional que todo persona sufre en su adolescencia y no era capaz de echar a dormir completamente su intranquilidad.
—Bien, señor Manning. Antes de poder proponerle un posible camino de actuación, quiero que me cuente con todo lujo de detalles que ocurrió en el Ministerio.
Jessica observó a su novio preocupada. Unos días después de que visitaran la tumba de Cedric, le pidió que le contara todo lo que había pasado aquel día. Solo dos veces había visto a su novio tan deprimido: una, durante los breves minutos que estuvo en su antigua casa tras el funeral de sus padres y dos, la primera vez que se había enfrentado al boggart que tomaba la forma de ella misma muerta.
Por cuarta vez en su vida, Jessica vio como David se hundía y se abrazaba a ella como si su cuerpo fuera lo único que le mantuviera con vida; cuando la última palabra de la historia surgió de su boca, no pudo aguantar más las lágrimas y se dejo llevar por el llanto, enterrándose en su pecho, cualquier parte de su cabeza cubierta por una cortina de pelo bronce.
McGonagall contemplaba entre incómoda y conmovida la escena que se presentaba ante ella. No le parecía adecuada su presencia; momentos como este debían de ocurrir en privado, solo entre las personas afectadas. Sin embargo, se sentía complacida al ser testigo de una relación tan profunda como la de los dos adolescentes. Muy pocas parejas podían presumir de lo que Minerva veía cada día. Ella, como Jefa de la Casa Gryffindor, tenía muchas más posibilidades de comprobar de primera mano las interacciones entre los dos adolescentes.
—Ahora que sé lo que ha pasado —David volvió a sentir el agarre de la culpa al escuchar esto—, podemos aplazar esta reunión hasta que se haya recuperado, señor Manning —dijo la profesora de Transformaciones con delicadeza.
—No será necesario, profesora —replicó forzadamente el metamorfomago levantando la cabeza del pecho de Jessica, a la cual seguía abrazado como si no hubiera un mañana.
—David, no tienes que hacerlo si no puedes —le susurró Jessica con suavidad.
—¿Estarás conmigo? —preguntó con la voz aún rota.
—Siempre juntos —contestó besándole en la frente—. Puede continuar, profesora McGonagall.
Minerva McGonagall frunció el ceño mientras intentaba encontrar la mejor solución para el problema que le había presentado. Dumbledore le había comunicado que las barreras mentales del metamorfomago eran inexplicablemente inexpugnables. La Oclumancia normal no era lo que necesitaba. Por lo que había podido vislumbrar de los sucesos que habían acaecido, no era una cuestión de protección contra ataques externos; el Doppelganger o Érebo, como parecía denominarse, era algo interno y estaba entrelazado a sus sentimientos. La pieza clave de esta historia era el dominio de los sentimientos. McGonagall había leído la ficha escolar de David y creía que era momento de modificarla en parte. Ciertamente, no se podía seguir afirmando que el metamorfomago poseía "un control absoluto de los sentimientos".
Jessica y Tonks. Alrededor de ellas se desarrollaron los dos momentos de perdida de control por parte de David. Dos mujeres. Dos personas muy importantes en la vida del metamorfomago. La primera era todo para él; sihaya, había escuchado tantas ocasiones que se refería a ella; la segunda, su primera maestra. Así había definido el metamorfomago a la patosa auror.
Una idea surgió en la mente de la profesora. Ya sabía quien podría ayudar a controlar sus emociones. No había nadie mejor que él. Su experiencia y su historia previa eran perfectas para este caso. Además, sabía que entre él y David iba a surgir una extraña amistad. Ambos eran personas comprometidas con la lucha contra Voldemort pero si de ellos dependerían sus métodos serían cuanto menos moralmente reprobables.
—Hola, chicas —saludó David a Eve y Daphne que acababan de entrar en la habitación donde iban a practicar. Desde que medio colegio conocía la existencia de la Sala de los Menesteres y, sobre todo, ahora que Malfoy la iba a ocupar una media de seis horas al día, el metamorfomago había llegado a la conclusión de que reunirse allí no era lo más indicado.
—Hola, David —respondió Eve sentándose en una de las cuatro sillas sin polvo. Daphne se había quedado de pie, examinando con interés la habitación.
—¿Dónde está la trampilla? —preguntó la mayor de las Greengrass pasando su mirada por el suelo. David sonrió complacido; sabía que la afilada inteligencia de su amiga no iba a tardar mucho en reconocer dónde había sido convocada.
—¿Trampilla? —preguntó Eve mirando alternativamente a Daphne y David.
—Parece ser que una vez que dejo de cumplir su función, todo el subterráneo fue desmantelado o al menos clausurado —respondió David.
—Si, tiene sentido —admitió Daphne.
—¿Tú sabes de que están hablando, Jess? —preguntó Eve a la chica recibiendo un levantamiento de hombros como única respuesta.
—Esta es la habitación del tercer piso de la que nos hablo Dumbledore en primero, ¿os acordáis? —dijo Daphne.
—¿La de la muerte horrible? —preguntó Eve.
—¿La de Fluffy? —añadió Jessica.
—¿Fluffy? —preguntaron las dos Slytherin simultáneamente.
—Fluffy es el nombre del cerbero que guardaba esta habitación y la trampilla que existía aquí —explico David.
—¿Cómo sabes todo eso? —inquirió Daphne.
—Daphne, soy un Gryffindor y seamos sinceros, es bastante difícil guardar un secreto en Hogwarts. Tarde o temprano todo acaba saliendo a la luz.
—¿Qué quieres decir con eso que eres un Gryffindor? ¿Qué estas insinuando? —replicó.
—Nada. Salvo que como soy compañero de Harry y los demás, tengo mejor acceso a toda la información que surge alrededor de ellos tres —David vio como Daphne le observaba de forma valorativa y afirmaba con la cabeza, aparentemente satisfecha con la explicación.
—Así que esta va a ser nuestra nueva zona de prácticas —comentó Eve mientras caminaba por la inmensidad de la sala—. Espacio no nos va a faltar —añadió.
—¿Por qué no podemos seguir utilizando la Sala de los Menesteres? —inquirió Daphne.
—Después de lo del año pasado y la Brigada Inquisitorial —respondió Jessica dejando con la palabra en la boca a su novio—… la conoce demasiada gente. Si queremos que estas reuniones sigan siendo secretas, es mejor no volver allí.
—Pero aquí nos puede encontrar cualquiera —replicó Eve pensativa.
—No necesariamente —intervino Daphne sacando su varita. Los otros tres magos se quedaron mirando como la bruja comenzaba a mover su varita alrededor de la habitación, susurrando en voz baja— Ahora es más difícil que nos encuentren —comentó sonriente.
—¿Qué has hecho, Daphne? —preguntó Jessica.
—Algunos encantamientos de privacidad, de reducción de sonido y el ECOQ que nos enseñó David —explicó la chica rubia guardando su varita.
—¿Por qué de reducción de sonido y no de silencio? —inquirió el metamorfomago.
—El silencio absoluto puede ser igual de revelador que el sonido —explicó Daphne dejando con la boca abierta a David.
—Además, siempre podemos movernos de sitio —les recordó Jessica—. Hogwarts es enorme. Seguro que hay muchas habitaciones que son igual de grandes o más que esta.
—Mira, los primeros deberes del año —dijo Daphne sonriendo—. Encontrar otros sitios de reunión. ¿Estáis de acuerdo? —los otros tres adolescentes afirmaron con la cabeza.
—Ahora que ya tenemos el sitio, ¿qué hacemos, David? —preguntó Eve girándose hacia el metamorfomago— ¿Qué nos vas a enseñar?
—Nada —respondió sin pensar. Tres caras de enfado se enfocaron en el metamorfomago que dio un paso hacia atrás, claramente intimidado.
—¿Cómo que nada? —preguntó Daphne con una frialdad que provocó que un escalofrio subiera por la columna de David. El metamorfomago se apresuro a sacar de su bolsillo tres muñecos y se los lanzo a sus amigas—. ¿Qué es esto, Manning? —gruñó la Slytherin sin pararse a mirar detenidamente que le había dado su amigo.
—Eve, ¿puedes agrandar el muñeco antes de que Daphne me lance un maleficio? —pidió David sin retirar sus ojos de la amenazante figura de su amiga.
—¡Engorgio! —exclamó. El muñeco comenzó a aumentar su tamaño y las tres adolescentes no tardaron en reconocer que era.
—Un muñeco de entrenamiento —dijo Daphne.
—¿Por qué tiene mi nombre? —inquirió Eve señalando el grabado en la nuca del mismo.
—Consideradlo un regalo de Navidad por adelantado —dijo David guiñando un ojo a Jessica. Cuando volvió a mirar a las dos Slytherin se encontró con que Daphne le observaba, pidiéndole explicaciones con la mirada.
—Daphne, ¿sabes qué das mucho miedo? —David no pudo evitar sonreír al ver el gesto de satisfacción de su amiga.
—Alguien tiene que mantener tu cabeza en la tierra —replicó dejando claro que seguía esperando una explicación.
—Como no me apetece que Daphne me mande a la enfermería, os explico porque os he dado estos muñecos y porqué he dicho que no os voy a enseñar nada —dijo el metamorfomago— Quiero que tengáis estos muñecos para que podáis entrenar vuestra agilidad a la hora de esquivar los hechizos en cualquier momento. Llevan vuestro nombre porque son vuestros. Usadlos cómo y cuándo queráis.
—De acuerdo —concedió Daphne satisfecha e internamente agradecida por el regalo—. Pero, ¿por qué dices que no nos vas a enseñar nada?
—En realidad, no me he explicado bien —admitió David llevándose una mano a la nuca—. Lo que quería decir es que vamos a aprender unos de otros. Por ejemplo —continuó David viendo que Eve iba a preguntar que quería decir con eso—, todos hemos visto que Daphne sabe hacer encantamientos de privacidad.
—¿Estás insinuando que Daphne nos enseñe? —inquirió Eve.
—Exacto —dijo David afirmando con la cabeza—. Otro ejemplo: Jessica sabe muchos hechizos de curación, ¡aprendamos de ella!
—Así que… que todos seamos profesores y todos seamos alumnos, ¿no? —comentó Daphne pensativa. David afirmó con la cabeza.
—¿Qué os parece? ¿Os gusta la idea? —preguntó el metamorfomago inseguro de que fuera a ser aceptada.
—Yo no veo ningún inconveniente —contestó Eve—. ¿Vosotras, chicas?
—A mí me parece buena idea —respondió Jessica.
—No esperábamos otra cosa de ti —se burlo Daphne—. ¡Ay! —se quejó al notar el leve pinchazo de un hechizo irritante de parte de Jessica que la sonrió inocentemente.
—Daphne, ¿tú qué opinas? —preguntó Eve.
—Sin que sirva de precedente, estoy de acuerdo con David —sentenció Daphne.
Cansancio. Un proceso lento y regular de agotamiento. Eso era lo a que todas luces estaba sufriendo David por mucho que el metamorfomago lo negara. Jessica lo veía claramente durante los entrenamientos. Aún con su increíble facilidad para aprender nuevos hechizos, le costaba aprender lo que cualquiera de los cuatro descubrían y podría ser útil para la guerra que se avecinaba; también su rendimiento había disminuido en clase. Jessica estaba segura que los profesores lo habían achacado al incremento en la dificultad del temario y al requerimiento de la magia no verbal; al fin y al cabo, su metamorfomagia era capaz de cubrir cualquier signo visible de su agotamiento: ojeras, bolsas bajo los ojos, reducción de peso… Todos esos síntomas podían esconderse si eras un metamorfomago del nivel de David; sin embargo, a ella no se le escapaban ciertos detalles. Por algo le conocía desde que ambos tenían uso de razón. Jessica aún no podía afirmar que entendería en su totalidad porqué David hacía las cosas que hacía, pero si que podía sentirse orgullosa de conocerlo igual o mejor que sus padres.
—Adiós, chicas —se despidió el metamorfomago mientras reducía el muñeco de entrenamiento de Jessica y lo guardaba en uno de los bolsillos interiores de su túnica—. Nos vemos el viernes.
Jessica observó como Eve y Daphne salían de la clase discutiendo entre ellas sobre porque habían llamado conjuro decapitador al hechizo que habían estado practicando en la clase de hoy, cuando solo decapitaba si conectaba con el cuello. Eve defendía el nombre original mientras que Daphne prefería denominarlo conjuro guadaña, por la forma de media luna que tomaba y sus efectos cortantes.
—¿Nos vamos? —preguntó Jessica a su novio.
—Espera. Quiero probar una última vez el conjuro decapitador —pidió David encarándose hacia su muñeco de duelo.
David cerró los ojos durante un segundo y comenzó a acumular la magia necesaria. De repente, sintió como se quedaba vacío y comenzó a sudar profusamente. El cansancio empezó a atenazar cada uno de sus músculos y le costaba hasta mantener la varita levantada. Como no quería preocupar a Jessica, el metamorfomago apretó los dientes y exclamó:
—¡Decapita! —la media luna de color morado surgió de la punta de la varita y voló en dirección al cuello del muñeco. Jessica lo siguió con la mirada y, para su sorpresa, cuando el conjuro golpeó al muñeco solo lo derribó sin ningún otro daño.
—¡Oh! —dijo David con las cejas levantadas de la impresión— Parece que aún no lo domino totalmente —Jessica se giró y se encontró a David arrodillado en el suelo, boqueando profundamente y con el sudor goteando hacia el suelo.
—¡David! —exclamó acercándose a él, agachándose para poder mirarle el rostro.
—No pasa nada, sihaya —sonrió el metamorfomago antes de desmayarse en el suelo.
—¡Idiota! —masculló Hermione mientras recorría la mente de David en dirección a lo más oscuro de su atardecer— Espero encontrar a Érebo antes de que se de cuenta de que David se ha desmayado por agotamiento mágico.
—Hola, Hermione —saludó Érebo surgiendo de entre las sombras al lado de la mujer—. Sé porque estas aquí y quiero tranquilizarte. No se va a volver a repetir lo de hace unos meses.
—No te creo, Doppelganger —replicó la mujer mirándole fijamente.
—Comprensible —admitió Érebo—. No es que tengas muy buenas referencias de mí, debido a… digámoslo así… mis comportamientos anteriores. Sin embargo, no voy a intentar dominar a David. No tengo ganas. No me apetece.
—¿Ganas? ¿Apetencias? ¿Desde cuándo tu te riges por esos gustos? ¿No eres muerte, destrucción y oscuridad?
Hermione no podía evitar sentirse muy incómoda con la situación. Este comportamiento no era nada habitual en el Doppelganger y eso no podía hacer más que aumentar su inquietud. Sin embargo, una gran desgana era lo que cualquiera podría decir que mostraba Érebo si viera su situación actual: tumbado sobre lo que parecía una hamaca hecha de sombras, mientras lanzaba con mirada perdida una especie de palo de tres brazos que siempre regresaba a él como si fuera un bumerán
—No tengo porque darte más explicaciones, Hermione; vas a tener que conformarte con lo que te he dicho antes: no me apetece. Y ahora, si me disculpas, estoy muy relajado jugando con esto —comentó lanzando una vez más el palo.
—Que sepas que estaré vigilando —le avisó Hermione sin recibir más respuesta que una mirada aburrida y un gesto obsceno con un dedo que le indicaba claramente que se marchara.
¿Qué demonios le pasa ahora al Doppelganger? ¿Qué plan estará tramando? ¿A qué se debe esta actitud? Todas esas preguntas se amontonaban en la mente de Hermione que se veía incapaz de encontrar una respuesta. No era un secreto para ninguno de los tres ocupantes de la mente de David que a Hermione no le gustaba Érebo absolutamente nada. La mujer reconocía las ventajas de la presencia del Doppelganger: el poder extra, los conocimientos de la oscura entidad y la inexpugnable muralla de protección mental que creó su nacimiento. Aún con todo esto, Érebo era un elemento inesperado; algo que Hermione no tenía incluido en sus planes y, sobre todo, una presencia impredecible que podría hacer estallar en cualquier momento la misión. Según iban acercándose los momentos vitales en el tiempo, más importante era que David mantuviera el control de la situación; especialmente todo lo referente a posibles modificaciones de la línea temporal. Ahora mismo, cualquier paso en falso, cualquier decisión que no se difuminara en el caudaloso y poderoso rio temporal podría ser fatal.
La modificación que ocurrió en segundo curso creía que había sido lo suficientemente grave como para cambiar la línea temporal de forma visible; pero algo había pasado, alguien había actuado de tal manera que se había corregido por si mismo. Hermione no era ajena a este suceso; lo había visualizado durante sus largas horas de estudio, observando con detenimiento lo que los espejos de Avalon le mostraban. La conclusión era que alguien, posiblemente Dumbledore, había impregnado la espada de Gryffindor con el veneno del basilisco muerto. Seria muy propio del anciano mago. Era un manipulador, pero uno de los mejores; siempre intentaba que todas sus marionetas tuvieran, según su criterio, los medios necesarios para llevar a cabo cada paso del plan. Hermione le admiraba y le odiaba a partes iguales por esto: admiraba su inteligencia y su capacidad para pergeñar complejos planes a largo plazo; despreciaba su ceguera a la hora de tratar con sus marionetas y su empatía a plazos.
El silencio fue lo primero que los sentidos de David percibieron al despertar; un silencio tan evidente que el metamorfomago solo pudo llegar a la conclusión de que era de noche. Justo después, el olfato detectó los familiares olores de un lugar que conocía bastante bien: la enfermería de Hogwarts. Rápidamente su memoria le indicó el porqué estaba aquí: se había desmayado en la habitación del tercer piso donde entrenaba con las chicas. Un escalofrio subió por su columna al darse cuenta de que Jessica había estado presente en ese momento. Eso no podía ser nada bueno. La visualización de lo que iba a tener que enfrentarse le provocó una súbita ola de cansancio que desembocó en una nueva y rápida entrada de David al reino de Morfeo.
—Buenos días —le despertó una voz de sobra conocida por cualquier habitante del castillo. David entreabrió los ojos y el rostro examinador de Madam Pomfrey ocupó todo su campo visual— ¿Cómo te encuentras?
—Cansado —admitió David aún sintiendo el agotamiento en sus extremidades.
—Como sé que la señorita Quake vendrá aquí en unos minutos y su bronca será mucho más efectiva que cualquiera que le pueda echar yo, solo le diré que ha sido un imprudente y que debe de tomarse esta poción —dijo la enfermera destapando con un toque de varita un vial lleno de un liquido azulado—. ¿Puedes hacerlo por ti mismo? —preguntó acercándoselo a la cama.
David sacó el brazo de debajo de las sábanas con lentitud y abrió y cerró la mano, valorando cuanta fuerza poseía y si creía que podía sujetar el vial.
—Solo hay una forma de descubrirlo —dijo el metamorfomago esbozando una sonrisa débil.
Madam Pomfrey le dejó el vial abierto encima de la mesilla y sacó la varita, preparada para actuar por si David carecía de la fuerza necesaria. El metamorfomago se inclinó lentamente hasta quedar sentado sobre el colchón y estiró el brazo para alcanzar el vial. Aún con cierto temblor en los dedos, aferró el vial y, tan pausadamente como se había acercado para cogerlo, lo llevó a sus labios y se lo bebió en tres cortos tragos. Una vez que el vial estuvo vacío, David lo dejó caer, incapaz de seguir manteniéndolo sujeto.
—Creo que va a necesitar un día más de estancia, señor Manning —comentó la enfermera— Además, le voy a administrar una poción de efectos más potentes.
El día transcurrió entre cortos descansos de una hora e intervalos despiertos aún más breves. David deseaba y temía que acabara el horario de clases. No sabía cuál era el sentimiento que destacaba: deseaba ver a Jessica, pero temía su ira. Para su sorpresa, la primera persona que apareció en la enfermería fue Eve. Aquellos ojos grises mirándole fijamente provocaron que David se tapara la cabeza con la sábana, temiéndose lo peor. Tras un par de minutos de silencio, el metamorfomago asomó solo los ojos.
—¿No iras a maldecir a una persona enferma? —preguntó David aún con el resto de su cabeza tapada por las sábanas.
—¡Oh, no! —replicó Eve acercándose con ojos de depredadora— Soy muy respetuoso con los enfermos —el suspiro de David llegó claramente a los oídos de Eve que sonrió maliciosamente—. Prefiero esperar a que estén sanos. Es más divertido para mí.
—¡Au! —exclamó David volviéndose a tapar la cabeza.
—¿Qué ha pasado, David? —preguntó Eve acercando una silla a la cama para sentarse junto a su amigo.
—Un caso de agotamiento mágico de nivel medio —explicó Madam Pomfrey—. No tan grave como el que sufrió al final del curso pasado.
—¿Agotamiento mágico? —preguntó Eve mirando con preocupación al metamorfomago. David se limitó a levantar los hombros—¿Ya está? —saltó Eve al ver ese gesto— ¿Esa es toda la explicación qué vas a dar? ¿Eso es todo lo que le vas a contar a Jessica cuando venga? —David tragó saliva al imaginarse cuál podría ser la reacción de su novia si la contestara igual.
—Supongo que me he dejado llevar —intentó explicar para rebajar la ira de Eve antes de que estallara como un volcán.
—Esto es algo más que dejarse llevar, señor Manning —replicó la enfermera—. Un nivel de agotamiento tan elevado solo se consigue tras un uso continuado y exhaustivo de magia.
—Vamos, que teníamos razón —dijo Daphne cortante. Eve y David giraron la cabeza para mirar a la recién llegada—. ¡Te lo avisamos, cabezón! ¡Y tu negándolo cada vez! ¡Te dijimos que estabas intentando abarcar demasiado!
El metamorfomago bajó la cabeza, incapaz de negar la realidad. Era cierto. Se levantaba todas las mañanas dos horas antes del desayuno para correr, comía rápidamente para poder ir a la biblioteca para buscar nuevos hechizos que aprender y mostrar a las demás y, por las tardes, una vez que había terminado los deberes y si no tenía entrenamiento de quidditch, sin importar si había quedado para entrenar con las chicas, se iba a una clase vacía para seguir practicando.
Al principio no parecía que este horario tan cargado le estuviera afectado; sin embargo, tras la segunda semana de mantener este ritmo de vida, sus fuerzas comenzaron a flaquear, viéndose forzado a concentrarse muy intensamente para poder mantener el mismo nivel en clase y especialmente en su metamorfomagia para ocultar los efectos visibles del desgaste.
—Lo siento, chicas
—Guárdate el perdón para Jessica —replicó Daphne—. Lo vas a necesitar. Está muy enfadada contigo.
—¿Va a venir hoy a verme? —preguntó el metamorfomago.
—No lo creo —respondió Daphne—. He hablado con ella y me ha confesado que prefiere que pasen unas horas antes de venir aquí. Prefiere hacerlo cuando este más tranquila. No quiere matarte con el hechizo decapitador. Sospecho que no quiere verse involucrada en todo lo que rodea una investigación por asesinato —añadió con una sonrisa siniestra. La chica comprobó con satisfacción como el mensaje, no demasiado oculto, se grababa en la mente del metamorfomago, provocando varios escalofríos y movimientos de saliva en dirección al inferior de su garganta.
Comentarios.
Hola a todos. Ha pasado un tiempo desde el ultimo capitulo aunque no tanto como antes. :D
En este capitulo quería mostrar dos cosas: una, los efectos que provoca la cercanía de los momentos claves en David y dos, que David no es perfecto y le sale todo bien. Algunos de mis lectores me han dicho (con razón) que a David le estaba saliendo todo bien y que aun con el conocimiento del futuro esto no es creíble. Tengo intención de arreglar eso. Aunque tengo que decir en mi descargo que lo único importante que ha sucedido es la batalla en el Departamento de Misterios y no es que fuera un éxito.
Creo que esto ya lo he dicho en algún capitulo de otro año pero lo repito por si acaso: este año va a tener menos capítulos que los anteriores. El motivo: Es imposible que David pueda estar involucrado en las charlas entre Harry y Dumbledore. Sin embargo, David tendrá un pequeño encontronazo con Dumbledore relacionado con las charlas. Ya lo vereis.
¿Alguien se le ocurre quien puede ser el nuevo profesor de David? XD
Veamos a quien toca agradecer:
- A Kristy SR por su review y por poner en favoritos "Un nuevo capitulo en sus vidas".
- A L4Vi por su review del capitulo anterior.
- A WizardTK por poner en favoritos "Hartazgo" y "Un poder conlleva una gran responsabilidad".
- A Ryhen y Vaishyuu por su review del capitulo anterior.
- A jessiemori por seguir y por poner en favoritos tanto a mi fic "Ley de Murphy" como a mi.
- A Andromeda Stark por poner en favoritos este fic.
- A almapirata95 por poner en favoritos "Un gran poder conlleva una gran responsabilidad".
- A .M por poner en favoritos "Ley de Murphy".
Espero que os guste el nuevo capitulo. Un bratzo, xotug.
