N/A:gracias por leer, y por comentar, y como siempre: gracias Suzanne.

Capítulo 7

Uno

Aunque tardo en conciliar el sueño pensando en el momento en que haga efecto aquella pastilla, lo cierto es que cuando me duermo no vuelvo a despertar hasta que suena el despertador. Si hay algo que he aprendido ahora que no llevo una vida dura en cuanto a esfuerzos físicos, es que el cansancio psicológico es también muy desgastante.

Da la impresión de que Peeta también ha dormido de un tirón, porque ni siquiera abre los ojos ante los pitidos de la alarma. Golpeo el botón del despertador y le hago leves cosquillas en el rostro y en el oído, es mi manera de despertarle cuando, raras veces, el reloj no lo consigue.

Peeta arruga la cara ante las cosquillas, se rasca, y finalmente, abre los ojos. Yo siento la misma fortuna de todas las mañanas cuando despierto, desde que él está aquí, la fortuna de no haberlo perdido.

-Buenos días…- musita, abrazándose a mi cintura, y empieza a acariciarme tímidamente el muslo, bajo el camisón.

-Peeta, son las seis- le informo, y él me mira con los ojos redondos. Se incorpora y agarra el reloj, como si no me creyera.

-Pensaba que me despertaría antes y podríamos…- susurra, incrédulo, y su boca emite un chasquido de fastidio- bueno- dice, tumbándose de nuevo a mi lado y estrechándome contra su pecho desnudo- así tendré tiempo de prepararlo.

-¿Prepararlo?- Peeta asiente, con una leve sonrisa.

-Podríamos hacer algo especial, ¿no? Ir a cenar fuera o algo así.

-No puedo esperar a cenar- le digo muy seria, y él se ríe.

-¿De verdad, estás impaciente?- me dice de forma juguetona, estrechándome más contra él, provocando que mi cuerpo palpite. Yo asiento.

-Me encargaré de hacerlo especial, tú solo vete a la panadería- Peeta me retira el pelo del cuello y deposita un beso allí, y entonces se levanta.

Va directo al baño, escucho el agua caer mientras miro por la ventana, desde la cama. Hace un sol radiante, se escucha a los pájaros trinar, cantar, y juguetear alegres, debe hacer poco que ha amanecido. El bosque debe verse espectacular.

Aunque es muy temprano, siempre salgo de la cama después de que Peeta se despida de mí para ir al trabajo. Me besa brevemente, me dice que me quiere, y se va. Yo me incorporo como un resorte, me doy una ducha rápida y cojo mi cazadora. Quedarme sola en la cama siempre me produce un extraño estado de nerviosismo.

Voy rápidamente hacia la alambrada, la cual permanece para proteger a la población de las bestias, y me cuelo por el agujero que hice yo misma para pasar.

El bosque es, efectivamente, una fiesta de luces y sonidos, no solo por los charlajos que cantan con alegría, es todo. Son las flores, los árboles frondosos, las aves que surcan el cielo e incluso soy yo. No es habitual que me sienta con tanta energía, a veces, cuando siento un atisbo de felicidad, me siento culpable, como si no mereciera ser feliz después de que Prim muriera. En esta ocasión, considero que debo honrar a Prim y a los demás dejando mi alegría expandirse. Corro por el bosque como cuando era una niña, y casi me parece escuchar a mi padre decir "Katniss, no te alejes mucho". Llego a un claro inmenso, brillante, y doy vueltas y vueltas hasta caer en la frondosa hierba de lleno, y entonces rompo a llorar, rompo a llorar aunque sonrío. Y se agolpan en mi mente múltiples recuerdos, entre ellos de Gale, y me doy cuenta de cuanto necesitaba verle, perdonarle, y aceptar lo ocurrido.

Tras la catarsis, cierro los ojos, y canto la primera estrofa de aquella canción.

En lo más profundo del prado, allí, bajo el sauce,

hay un lecho de hierba, una almohada verde suave;

recuéstate en ella, cierra los ojos sin miedo

y, cuando los abras, el sol estará en el cielo.

Y después, simplemente, abro los ojos. Y veo los sinsajos rodearme, ávidos de canciones, pues hace mucho tiempo que no deben de escucharlas, y continúo. Con esa, y con muchas más. Siento las canciones de mi padre rodearme y arroparme, cantadas por los sinsajos, y así es como el bosque, después de unos días sin vernos, me dice hola.

Tras un rato me incorporo y me dirijo a aquella cabaña desvencijada donde mi padre y yo íbamos a pasar el rato, al lado está el lago, en el que cogíamos hierbas acuáticas o robábamos huevos a las aves. Debe ser lo único intacto que quedara en el Distrito, esta casa, y parte del bosque, por suerte el resto no tardó mucho en repoblarse.

Decido que me daré un chapuzón en el lago cuando el sol caiga más por el horizonte, a medio día, cuando empieza a hacer calor. Entro en la destartalada casa, abro todas las ventanas, y empiezo a poner orden, cuando acabo, la limpio como puedo con una escoba vieja. Cojo unos paños sucios de un armario y los lavo en el lago, y tras ello friego la estancia, como es pequeña, no resulta una tarea agotadora, muy al contrario, me hace sentir viva y enérgica.

La luz entra a raudales en la casita. Voy y vengo con flores y uso botes de vidrio como floreros. Les pongo agua e introduzco las múltiples flores que recojo, y las intercalo con hierbas aromáticas. Al cabo de un rato huele de maravilla. Corono la decoración con la foto que Johana nos hizo en el Distrito 4, todavía no tiene marco, pero me prometo comprarle uno.

Para cuando acabo ya son cerca de las doce, me he tomado mi tiempo, no quería hacer de aquella tarea un trabajo, sino una recreación. De hecho, me recreo en el momento que pasaremos Peeta y yo aquí, esta tarde. Me desvisto y sin dudar me tiro al lago, me sumerjo en el agua y buceo. Nado en círculos con tranquilidad, y aunque descubro un par de nidos, no los toco, ya es hora de que deje tranquilas a las criaturas del bosque, como dice Peeta, ahora puedo comprar lo que necesite en El Quemador.

Salgo y me seco al sol, y siento una fuerte unión con la naturaleza. Me visto nuevamente, y aunque me siento tentada de disparar a un cervatillo que trota ajeno al peligro que yo podría suponer para él, no lo hago.

Realizo el camino de vuelta en un suspiro. Me dirijo al Quemador, Sae ahora no solo se dedica a poner comida, también tiene una pequeña carnicería.

-Buenos días, Katniss- me saluda, con su voz profunda.

-Hola Sae

-Sabes que ya no puedo comprarte, ¿verdad?- asiento, claro que lo sé. No es que las autoridades lleven un seguimiento exhaustivo de las actividades en los Distritos, pero está prohibida la venta de piezas de caza furtiva y Sae, como contribución con el nuevo sistema, hace mucho tiempo que no acepta mis presas.

-Lo sé, venía a comprar- ella me mira con las cejas alzadas, ya que es la primera vez que lo hago.

-¡Qué sorpresa! Dime qué quieres, chica- pido un par de conejos y embutidos y con eso quedo satisfecha- ¿Cómo va todo?- inquiere- Tienes muy buena cara- me permito sonreírle a Sae en respuesta a su cumplido- lo digo de verdad, ¿comes mejor?

-Igual que siempre.

-Entonces debe ser el amor- se burla, y hace que me sonroje, tomo los dos conejos y los paquetitos del embutido y me despido de Sae, ella me dice que dé recuerdos a mi madre y atiende a otro de los vecinos que estaba tras de mí, el cual también me despide, como si me conociera de toda la vida. Es un hombre gris cuyo rostro no identifico, así que debe ser del 13.

Una vez en casa compruebo que se me ha hecho un poco tarde para preparar la comida. Hago trozos el conejo y lo sofrío con pimientos, y me limito a acompañarlo de unas patatas asadas y salpimentadas. Mientras lo preparo, mi mente sigue en ese estado, inusual, de paz y cierta ilusión. Está claro que estoy expectante por lo que pueda ocurrir esta tarde, cuando Peeta y yo nos quedemos solos y tranquilos en la casa del bosque, dispuestos a entregarnos el uno al otro por primera vez.

A la hora en que habitualmente Peeta pasa por la puerta, estoy poniendo la mesa. Termino de hacerlo, todo está dispuesto para ambos, sin embargo, él no llega. Espero sentada unos minutos y trato de no alterarme, es ridículo que pierda los nervios por un retraso de diez minutos, pero no puedo evitarlo, he establecido tantas rutinas en mi vida que un desvío en ellas me desestabiliza. Además, mi mente se llena de oscuros pensamientos en ausencia de Peeta. Tengo un tic en el pie para cuando se escucha la llave girar en la cerradura, sé que no ha pasado mucho tiempo porque la comida sigue humeante, pero yo me lanzo en sus brazos en cuanto pasa al interior de la casa.

-Lo siento, tenía que recoger algo, por eso he tardado- le abrazo fuerte y me molesto ligeramente con él por no haberme avisado- es algo para ti, espero que cuando lo veas me perdones.

-No estoy enfadada- matizo. Peeta se separa de mi cuerpo y acerca su mano, cerrada en un puño, a mi pecho, sin tocarme.

Abre la mano despacio, mirándome con emoción, no me gustan las sorpresas pero miro con mucha curiosidad. En la palma de su mano se encuentra mi perla, la perla que me regaló en El Vasallaje, con la que dormía encerrada en mi puño cuando él no estaba. La perla que todavía aprieto en mi mano cuando, alguna mañana en mi soledad, siento ansiedad.

De la perla sale un cordel de plata, una cadena muy fina, de eslabones diminutos, yo abro y cierro la boca sin saber qué decir, entonces Peeta se sitúa tras de mí y me deja caer la perla en mi cuello y abrocha la preciosa cadena en mi nuca.

Voy rápidamente al espejo a mirarme, me encanta como toca mi piel, su particular brillo, es un regalo perfecto, aunque obviamente ahora me siento en deuda.

-Dijimos que no habría regalos hasta el cumpleaños- Peeta niega con la cabeza, veo su reflejo tras de mí en el espejo.

-No, eso se refería solo a los pendientes.

-Peeta, yo ni siquiera sé qué podría regalarte, qué cosas te gustan o…- él me abraza por detrás.

-No importa, déjame disfrutar de tener un detalle, por favor- y entonces me callo, porque sé que es mi especialidad aguar la fiesta y si a él esto le hace feliz, no tengo por qué fastidiarlo. Realmente, a mí también me hace sentir bien.

Peeta me besa el cuello mientras sus manos se deslizan sobre mi camiseta, acariciando mi cintura, me acaricia el abdomen y yo me giro para besarle.

-Se enfriará la comida- murmuro, besándole de nuevo y bajamos a la mesa entre jugueteos.

Como con una mano y con la otra acaricio la perla en mi cuello, noto que Peeta me mira cada dos por tres, y no me corto en mostrar mi satisfacción con su regalo porque sé que le gusta verme así, y no es habitual verme feliz, porque habitualmente no lo estoy.

A penas hemos acabado de comer y ya estoy impaciente por ir a la casa del bosque. Vemos las noticias, como está dentro de la terapia y nos sentamos en el sofá con un par de tés. Peeta me aborda constantemente, me acaricia, me hace cosquillas en el cuello, me besa, o simplemente me mira suplicante, y yo le ignoro aunque me cueste. Finalmente, se lo digo.

-Quiero que vayamos juntos al bosque esta tarde- él ya se ha acabado el té, y lleva un rato jugando con mi pelo.

-Nunca me he adentrado en el bosque- dice él, con gesto de sorpresa- solo lo he bordeado para coger leña, en alguna ocasión, con mi padre.

-Sabes que es un lugar muy especial para mí, creo que es hora de compartirlo contigo- la mano de Peeta que estaba en mi pelo, se queda suspendida en el aire, totalmente quieta- allí iba con mi padre al lago, teníamos una casita, todavía la tenemos. Es muy vieja, pero es acogedora.

-Iré, claro que iré.

-Quiero que sea allí- me atrevo a decir, Peeta sonríe ampliamente y su mano vuelve a perderse en mi pelo.

-Dónde quieras, ni siquiera había pensado el lugar, ahora es el mejor que se me ocurre- hace una pausa y mira mi colgante, después sus ojos, muy azules y brillantes, vuelven a clavarse en los míos- haces que me sienta especial- siento como mis ojos también se irritan, no sé qué ocurre hoy, pero estoy especialmente emotiva.

-Lo eres

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Disfruto de una satisfacción muy particular observando a Peeta en mi bosque. Él está más asombrado a medida que nos adentramos más y más, hace comentarios sobre la altura de los árboles, y se entusiasma cada vez que ve a un águila, un cervatillo o una ardilla. Cuando un jabalí se cruza en nuestro camino y le apunto con mi arco, él se pone a chillar como un loco para que no le mate, y me recuerda a Prim. Por supuesto el jabalí se altera y trata de envestirnos, así que por no matarlo acabamos corriendo como idiotas hasta prácticamente llegar al lago.

Peeta se tira en la hierba muerto de la risa, yo sin embargo estoy un poco ofuscada, pero a pesar de ello me contagia el buen humor.

-Oye- le digo- ¿pero qué creías que hacía un jabalí?- Peeta se ríe sin parar.

-¿No son como los cerdos?

-¡Claro que no!- le grito, pegándole con el arco, ambos estamos tumbados boca arriba- ¡Y los cerdos también son peligrosos!

-¿Qué puede hacer un cerdo?

-¿Qué qué puede hacer?- exclamo entre carcajadas- si tiene hambre, se puede comer a un humano vivo. Si te echaras la siesta al lado de un cerdo hambriento, te despertaría comiéndote los pies.

-Menos mal que nunca me acerqué mucho a ellos- comenta él, burlón.

Poco a poco dejamos de reírnos y nos quedamos sonriendo mirando al cielo. Vemos los sinsajos rodearnos, como hicieran conmigo por la mañana, son aves muy curiosas, por lo que no tardan en venir a vernos. Peeta me toma la mano y susurra:

-Canta- le sostengo la mirada por unos instantes, aprovecho que estoy de buen humor y canto la canción que entoné la primera vez que lo hice en el colegio, esa canción por la que él dijo haberse enamorado de mí.

Cuando termino, todo está sumido en el silencio, cada sinsajo entona notas diferentes hasta que todos se ponen de acuerdo para repetir la melodía completa. Seguramente este sea uno de los momentos más bellos de mi vida, veo como caen lágrimas delgadas por las mejillas de Peeta, mientras aprieta mi mano con fuerza. Supongo que a él también le hace falta llorar a veces, aunque yo no le vea. Yo ya lloré todo lo que podía llorar hoy esta mañana, así que me limito a cerrar los ojos y vivir este momento.

-¿Estás triste?- le pregunto a Peeta, cuando los sinsajos callan.

-Estoy aliviado- susurra, se levanta y me tiende la mano, cuando la cojo el me coge en brazos y entra conmigo en la casa.

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Si la perfección existe, debe sentirse algo parecido a lo que yo siento, sobre las mantas que hemos tendido en el suelo, mientras él me besa y me desviste. Cada beso que deposita en mi piel deja un rastro de calor. A pesar del ansia intensa que siento por su cuerpo, me muevo lentamente al quitarle la ropa, y le acaricio al mismo ritmo. Cuando quedamos completamente desnudos, nos miramos con nerviosismo y curiosidad, totalmente quietos, durante unos instantes, y volvemos a ponernos en movimiento en una lluvia de besos y caricias, de presiones y roces, en un baile de sonidos excitantes y respiraciones alteradas.

Finalmente no puedo contenerme más y me siento sobre su cuerpo y trato de monopolizarle, pero él levanta mi peso sin ningún esfuerzo y vuelve a tumbarme sobre las mantas, mientras musita un:

-Relájate

Cuando se recuesta sobre mí y mis piernas se abren para él yo misma me sorprendo de aquel movimiento y me quedo completamente quieta esperándole. Mientras me enmarca con sus brazos y me besa con tanta lentitud que me enloquece, él se adentra en mi interior y experimento una de las sensaciones más extrañas de mi vida.

Estamos íntimamente unidos, y como toda experiencia vital, esta también conlleva un latigazo de dolor. Precisamente cuando Peeta suspira extasiado, presa de un leve temblor, yo consigo contener un quejido. Desde luego, he soportado dolores más intensos en mi vida, esto ni siquiera debería tener la categoría de dolor, pero esperaba que la perfección durara más tiempo. Antes de que pueda decepcionarme los labios de Peeta vuelven a encontrarse con los míos, me abraza, y me lleva en sus brazos a sentarnos, unidos.

En esa posición puedo controlar los movimientos y eso hace que me sienta más segura. Poco a poco me libero de toda molestia y solo siento un infinito placer, sin embargo, cuando trato de tumbar a Peeta bajo mi cuerpo, él vuelve a resistirse y nuevamente me monopoliza bajo él. Me encuentro tan embelesada que no le doy importancia y me dejo hacer, y es maravilloso. Puedo abandonarme totalmente a sus manos, olvidarme de todo, solo experimentar esta sensación. Supongo que es lo que quiere, que no haga nada, que solo descanse mientras me acerco poco a poco al éxtasis. Y cuando lo alcanzo, y tiemblo y convulsiono en su fuerte abrazo, llego a una certeza inmensa, jamás había tenido tanta seguridad en algo: que nunca podré desvincularme de él. Este no era más que el último paso de algo inevitable, amarle para siempre. Y entonces lo digo.

-Cásate conmigo

El seguía moviéndose en mi interior mientras emitía esos gruñidos a caballo entre el disfrute y el desvanecimiento, pero cuando me escucha, me mira a los ojos con una mezcla de placer y extrañeza, vuelve a gruñir y se queda muy quieto, cierra los ojos casi completamente, y esa mirada mientras alcanza el culmen me produce un grato escalofrío.

-¿Qué?- murmura, preso de un intenso temblor, siento como se derrama en mi interior, y vuelvo a repetir mis palabras, mientras me río de su expresión de absoluta confusión.

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Mientras recuperamos la respiración, y veo a Peeta todavía con el gesto de extrañeza fijado en la cara, me doy cuenta de la bomba que he soltado. Del error que he podido cometer. Ahora que se aleja la nebulosa del deseo, y vuelve a mi mente la realidad, la ausencia de tantas personas, el dolor de la pérdida y lo sufrido, me doy cuenta de el gran reto que va a suponer casarme, me doy cuenta de por qué lo estaba evitando.

-¿Lo dices en serio?- ambos estamos boca arriba, cogidos de la mano, él se gira para mirarme, y le dejo que lo haga sin devolverle la mirada. Tengo la mano sobre la frente, como si me construyera con ella una visera, tapo parcialmente mis ojos, no quiero que vea mi gesto de preocupación.

-Sí- musito, con la voz ahogada.

-¿Por qué has dicho eso, precisamente en ese momento?- me termino de cubrir la cara con la mano.

-¿Lo he estropeado?-Peeta me coge de la muñeca y trata de descubrirme el rostro.

-No lo has estropeado, cariño- me estremezco al escuchar aquella coletilla cariñosa, que me recuerda a mis padres, ¿la usará más cuando estemos casados?- solo me resulta curioso.

-He sentido que debía decirlo- asomo los ojos entre mis dedos- pero me da miedo.

-A mí también, Katniss, por lo mismo que a ti, estoy seguro- se hace el silencio entre nosotros, después de unos minutos me estremezco un poco.

-Quiero hacerlo- digo por fin, y es cierto, debo enfrentarme con todo lo que me asusta, y aunque realmente el matrimonio no me conmueva demasiado, solo con ver a Peeta feliz es suficiente. Él me abraza fuertemente, hasta que nos separamos para ver la puesta del sol. El hecho de que no se emocione especialmente, me dice que en realidad no me cree del todo, quizá no me crea hasta el mismo momento de nuestra boda.

-¿Vas a salir desnuda?- se sorprende Peeta- creía que era más recatada- se ríe.

-Aquí no hay nadie, y ahora tampoco es un misterio para ti, ¿no?- comento, ligeramente ruborizada. Me dispongo a salir por la puerta pero veo que él vacila- Vaya, no sabía que fueras tan pudoroso- le digo, burlándome de él y sintiendo como me vengo de todas sus pequeñas bromas.

Tiro de la manta bajo él y hago que se desestabilice y salte al suelo, me dirige una mirada retadora, yo le guiño un ojo y me llevo la manta al césped. Todavía queda un rato para que se ponga el sol, así que me tumbo holgazanamente y lo recibo en mi cuerpo, quizá así logre que las diferentes tonalidades de mi piel se unifiquen. Peeta sale conmigo y también se tumba.

En silencio, disfrutando de la soledad compartida y los ruidos del bosque, nos limitamos a tomar el sol plácidamente. Incluso dormito un poco, hasta que Peeta me despierta y me incorporo, sentándome entre sus rodillas, apoyando la espalda en su pecho. Estamos en una zona privilegia de la Pradera para ver la puesta del sol, es una zona escarpada, más elevada que el resto, y podemos ver como se oculta tras los árboles y nos hace llegar los últimos rayos entre las ramas. Peeta emite un vaya asombrado, y lo cierto es que había olvidado lo bonitas que eran las puestas de sol en este lugar.

-Mira el lago- susurro, y ambos miramos el agua, el resplandor ocre que va mermando hasta desaparecer, cuando el sol acaba de ocultarse en el horizonte.

Sin la calidez solar la ropa empieza a hacer falta, así que nos levantamos y nos vestimos. Aunque se ha puesto el sol, todavía hay luz, pero por si acaso he traído unas linternas.

A penas hemos salido del claro para internarnos en el bosque, de vuelta a casa, cuando escuchamos el alarido de una bestia en algún lugar cercano a nosotros. Ambos nos alteramos, pero Peeta más que yo. En el bosque, es hasta cierto punto normal escuchar sonidos que cortan la respiración, sobre todo cuando cae el sol. Empuño el arco y preparo una flecha, y le pido a Peeta que encienda la linterna, para mi sorpresa veo que ya se había dispuesto a hacerlo y se dirige al lugar del que sale el sonido.

-¿Qué ha sido eso?- inquiere, tratando torpemente de localizar el origen de aquel desgarrador gemido. Antes de que tenga tiempo de contestarle, se escucha otro ruido espantoso- parece un animal herido.

-Sí, puede que sea un lobo peleando con otro

-No parece una pelea- dice Peeta, oteando la oscuridad, y veo como se interna con la linterna y me da un vuelco el corazón.

-¿Qué haces? Vámonos.

-Tengo que saber qué hay, cúbreme- pero no lo hago.

-¡Vuelve aquí!- le ordeno, como si fuera un niño- oye si es un animal herido tampoco tenemos nada que hacer con él, como mínimo llevárnoslo, si es comestible- trato de hacer una broma pero a él no le hace gracia.

-Sea lo que sea está sufriendo.

-Peeta, hoy no he cazado nada, ya he hecho algo por el bosque, ahora deja que las cosas sigan su curso- no hace ningún caso y le pierdo de vista, así que no me queda más remedio que ir tras él. Es tan torpe para seguir los gimoteos del animal, que al final me pongo yo delante y le oriento.

A unos poco metros de nosotros, al pie de unos abetos muy tupidos, se encuentra una loba preñada, moribunda. Al parecer se mata de esfuerzos pero no consigue parir. Me agacho y me dispongo a cortarle la yugular pero Peeta me empuja, horrorizado, y caigo al suelo.

-¿Qué haces!- me increpa.

-Este animal está sufriendo, ¿no querías que dejara de padecer?- Peeta examina el cuerpo, es tan idiota que acerca una mano al abultado vientre de la loba, que le da una dentellada en la mano.

Asustada, apunto la mano de Peeta con la linterna y compruebo que tiene todos los dedos. Él está demasiado estupefacto como para impedirme que apunte a la loba con mi flecha a la cabeza, sin embargo, antes de disparar ella exhala su último aliento.

-¿Contento? Ya podemos marcharnos…- Peeta señala la tripa de la loba.

-¿Y los cachorros?- pongo los ojos en blanco y sin ninguna delicadeza la abro en canal, veo la impresión de Peeta en su rostro y siento una cierta satisfacción en demostrarle que no se puede ser tan inocente con la naturaleza. Recuerdo que también le daba esas lecciones a Prim. Saco los cinco cachorros y los pongo uno a uno frente a Peeta, que los mira totalmente pálido, tan conmovido, que me da pena.

-Están muertos, Peeta. No puedes ir por el bosque como el salvador de las criaturas, ¿entiendes? Las cosas aquí funcionan de otra manera.

-Chsss- me chista, y me enerva, veo como los coge uno a uno y los acerca a su oído- todavía están calientes- para mi desgracia, el último cachorro tose en su mano, está cubierto de sangre y restos de placenta. Peeta me mira con una sonrisa inmensa, como si hubiera descubierto un tesoro, y nuevamente me hace pensar en Prim, esta vez, cuando encontró a Buttercup.

-Peeta, morirá, es muy pequeño, es mejor que le ahorremos ese padecer. Déjalo en el suelo- gruño, él me lanza una mirada que no sabía que pudiera existir en su repertorio.

Es tan feroz que bajo el arco y no digo nada más. Dejo que lo envuelva en una manta, lo pegue en su pecho y lo lleve con nosotros. Todo el camino el animal hace ruiditos casi inaudibles y me pone frenética.

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Cuando llegamos a casa curo la mano de Peeta la envuelvo en gasa.

Él solo tiene ojos para el animal, pero no tiene idea de como cuidarlo. En primer lugar pretende limpiarlo con agua caliente, y aunque me siento tentada de dejarle y que se constipe y muera, decido ayudarle a limpiarlo.

-No lo mojes, cogerá frío, sus madres los limpian en seco, con la lengua- cojo al cachorrito, que cabe perfectamente en mi mano- trae un cepillo de dientes, el tuyo, por supuesto.

-No le vas a hacer nada, ¿verdad?

-¿Por quién me tomas?- cuando Peeta vuelve con el cepillo alguien llama a la puerta, había olvidado por completo que esta noche vendría a Haymitch a continuar con nuestro libro de recuerdos, un día de cada mes él viene, ciertamente cuando le da la gana, y escribe las cosas que recuerda de los tributos de los que fue mentor y Peeta trata de retratarlos.

-¡Menuda estampa!- exclama al pasar -¿Ese es tu hijo, preciosa? Siento decirte que parece una rata.

-Haymitch, no estoy para bromas- le digo seriamente.

-¿Pero qué es eso? ¿Un perro? Creía que solo había mascotas en el Capi… Nuevo núcleo.

-Es un lobo- explica Peeta- estaba en el bosque.

-Me ha hecho abrir a una loba para sacarlo- Haymitch le pone una mano en el hombro a Peeta, hace como si le hablara en el oído pero sé de más que habla para que le escuche.

-Te tiene a pan y agua, ¿no? Y se te está empezando a ir la cabeza, es normal…- cuando termino de cepillar al lobo le tiro a Haymitch el cepillo a la cabeza, pero eso no hace que deje de reírse.

-El animal murió en el parto- continúa Peeta, absorto. Haymitch suelta un gruñido.

-Dadle leche, estará hambriento- dice, y se hace dueño del sillón y el mando de la tv- y de paso dadme algo a mí, que también lo estoy.

Peeta coge un guante de la cocina y recorta uno de los dedos, lo pincha y, cuando está tibia la leche, improvisa un biberón con aquello. Yo me limito a freír unos filetes y ponerlo en la mesa. Me irrita que Peeta se siente a cenar con el animal encima, mientras le da de comer.

-¿Cómo vas a llamar al bicho?- pregunta Haymitch, tomando asiento.

-Uno- dice Peeta rápidamente, le lanzo una mirada irónica y él se encoge de hombros- ¿Solo vivió uno, no? El nombre no importa tanto, tampoco va a preguntar el porqué- ruedo los ojos y desisto.

-En serio- dice Haymitch, mordisqueando su filete- deberíais divertiros más.

Trato de ignorarle. El resto de la cena la pasamos hablando de cosas banales o en silencio. Cuando acabamos los tres nos sentamos juntos y nos ufanamos en el libro, que cada vez está más repleto de recuerdos.

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Por la noche, cuando me tiro en la cama, me siento emocionalmente desbordada. Peeta sube unos diez minutos después de que yo me acueste, cuando me fui del salón, estaba preparándole "su sitio" a Uno, un rincón en el pasillo, con la manta y un radiador.

Se mete en la cama y me dirige una mirada lejana, sé lo que le pasa, me ve como un ser atroz.

-Deberías estar de buen humor, vamos a casarnos- me río.

-No sé si quiero casarme con alguien tan cruel- sonríe él, levemente- ¿de verdad hubieras sido capaz de matarle?- me encojo de hombros, es evidente que sí.

-Sabes, quizá viva- comento, tratando de mostrarme más comprensiva.

-Eso espero- Peeta apaga la luz, y enciende una pequeña lamparilla de luz titilante. Me estrecha de la cintura con uno de sus brazos y su mano libre se cuela por debajo de mi camisón, acariciándome la pierna en sentido ascendente, hasta llegar a mi cintura- El día ha sido maravilloso- susurra en mi oído- me ha encantado sentirte así, y ahora creo que lo necesito más que antes- sus palabras cosquilleándome me hacen estremecer- ¿podemos hacerlo otra vez?- me pregunta y yo me incorporo y me retiro el camisón por toda respuesta.

Ciertamente, hemos abierto un campo nuevo entre nosotros, tengo la sensación de que no podría parar de hacer el amor con él, de que el resto de mi vida este encuentro debe producirse todos los días. Me parece imposible cansarme de algo tan bueno, tan perfecto, tan absorbente. Todas mis preocupaciones se diluyen, mis temores, mis inseguridades. El mundo tal y como lo conozco parece pertenecer a otra dimensión, a otro tiempo. Solo existe Peeta, sus labios recorriéndome sin pudor, incluso su lengua dejando una estela de cálida humedad, visitando con descaro los lugares más inhóspitos de mi cuerpo. Me hace emitir sonidos animales, me hace retorcerme, impacientarme, enloquecerme. No quiero que pare nunca, hasta que llegue aquel estampido de dicha.

En esta ocasión, justo un instante antes del éxtasis, me impongo a su peso y lo empujo, lo arrojo, literalmente, a la cama para situarme sobre él, él parece alterarse y me sujeta de los hombros, pero yo no puedo parar, sigo moviéndome a pesar de que él me implore que no lo haga y tras las plácidas convulsiones abro los ojos, para verle a él con las manos presionando sus sienes.

-Por favor Katniss apártate- me ruega, poco a poco dejo de sentirle en mi interior. Respira abruptamente, agarrándose con fuerza ambos lados de la cabeza. Observo como empieza a temblar.

-Mírame.

-Solo apártate, por favor- suplica, con la voz ahogada.

-Sé que no me harás daño.

-Por favor, Katniss, estoy, tengo una crisis, siento… siento pánico- le aparto las manos de la cara. Sus pupilas son tan anchas que su iris azul es apenas una línea delgada imperceptible. Observo como sus orificios nasales se dilatan y encogen, y siento como sus manos estrechan mis hombros con excesiva fuerza.

-Te amo- le digo, mirándole fijamente, y observo como sus iris se ensancha milimétricamente, le estrecho entre mis brazos, y le repito una docena de veces al oído que le amo- Te amo y me casaré contigo. –aunque me cuesta un mundo ser romántica, consigo decirlo.

Pasa al menos media hora hasta que deja de temblar y la excesiva presión con la que me abraza disminuye, hasta ser un abrazo cálido y libre de tensión.

-Lo siento- musita- siento haber estropeado el día- me recuesto a su lado sin dejar de abrazarle.

-No se ha estropeado- musito, acariciándole el cabello- además ya es otro día, son más de las doce- sonrío, pero él no me devuelve la sonrisa, está ausente- supongo que habrá que hablar esto con el doctor.

-Sí…- Peeta acerca su mano a la lamparilla, la apaga y me da las buenas noches con voz triste.

-¿No quieres seguir?

-No me siento muy capaz- murmura.

Ignoro su inseguridad y trato de excitarlo. Nunca he hecho nada parecido así que no sé si tendré éxito. Beso su cuerpo por todos los rincones, me hundo en su cuello y beso su oído, trato de mantenerme en su costado para no alterarle y finalmente me atrevo a acariciarle de una forma más atrevida, como él hace conmigo sin cohibirse. Por fin consigo que se incorpore sobre mí y le recibo en mi interior.

Aunque me besa y me abraza, le noto lejos, tenso e inquieto y no sé qué hacer para que vuelva a ser él. Está dentro de mí pero también a kilómetros, y eso me resulta insoportable. Pierdo la noción del tiempo, me agarro a él con fuerza en un vano intento de sentirle más cerca, él gruñe y se desmorona sobre mí, agarrando con fuerza la almohada, mientras tiembla y noto como se esparce en mi interior.

Cae a mi lado, con los ojos cerrados, y por su expresión sé que no pegará ojo en toda la noche.

Tardo horas en dormirme, y cuando lo hago, caigo en un sueño extraño, en el que Peeta me coge del cuello mientras hacemos el amor y me ahoga. Poco a poco me falta el oxígeno, un miedo atroz se hace conmigo cuando sé que voy a morir, y entonces me despierto cogiendo aire con fuerza. Al parecer, no he debido hacer ningún ruido, porque Peeta no está en la cama y tampoco ha venido por mí. Me pongo una bata y me asomo al pasillo, veo la luz de una vela al fondo, y a él mirando algo en su regazo. Cuando me acerco compruebo que está alimentando a Uno con el guante.

-¿No puedes dormir?- pregunto, sentándome a su lado, él niega con la cabeza.

-Le he escuchado llorar.

-He visto animales con crías, siempre están enganchados mamando, vas a tener que esforzarte mucho- comento.

-Creo que me ayuda a relajarme, me despeja- apoyo la cabeza en su hombro, el cachorro me recuerda a Finny, aunque evidentemente Finny no tenga nada que ver con una bestia. Recordar al bebé de Annie hace que algo se remueva en mi interior- lo tendré que llevar a la panadería- resoplo, miro a esa bolita peluda, su diminuta boca tratar de acaparar la improvisada tetina, demasiado grande y demasiado fría; le miro, perdido, sin familia, solo, marcado por la tragedia, un poco como nosotros, y me conmueve.

-Puedes dejármelo a mí- digo al fin- iré a buscarle un biberón, no te preocupes- Peeta me mira con cierta ilusión, y esta vez parece un poco más el Peeta que conozco.

-¿De verdad? ¿No te cansarás de él?- le miro con las cejas alzadas.

-Si me canso lo ahogo en un bidón- ambos nos reímos- Lo cuidaré.

Nos quedamos un buen rato con Uno en el pasillo, él no se cansa de tomar leche tibia, y Peeta no parece cansarse de dársela, yo me voy quedando dormida en su hombro, me visitan reminiscencias de la pesadilla, pero logro sobreponerme recreándome en las sensaciones que verdaderamente han ocurrido.

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-¿Cuánto tiempo?- le pregunto alarmada a Peeta, cuando me dice que el Doctor Aurelius le ha propuesto un tratamiento nuevo, la hipnosis. Solo imaginarme que Peeta se va durante un tiempo indefinido al hospital, me pone los pelos de punta.

-No lo sé, alrededor de una semana o un mes- hundo los dedos entre mi pelo, tengo ganas de tirar de ellos hasta arrancármelos. A penas han pasado un par de semanas desde nuestro íntimo encuentro, en la casa del bosque, y cuando creía empezar a estabilizarme, Peeta se plantea marcharse de casa.

-¿Y por qué no te trató así antes?- él suspira.

-Prefirieron usar otras estrategias, me visitaron muchas personas que me ayudaron a recuperar mis recuerdos, eso, el tiempo y lo mucho que te echaba de menos me sanaron. La hipnosis es más peligrosa- siento como mis parpados se elevan y mis cejas se tensan.

-¿Peligrosa? ¿Cómo de peligrosa?- Peeta se acerca a mí, trata de tocarme los hombros pero yo le empujo.

-Existe el riesgo de que la hipnosis reavive mis miedos, pero si no lo hace…

-¡No continúes! ¡No quiero que vayas! ¡Exijo que no vayas!- él sonríe dulcemente, parece cansado, vuelve a intentar tocarme.

-Ey, todavía no eres mi mujer, no puedes darme órdenes- la situación no me parece en absoluto cómica por más que él lo intente, sin embargo me rindo, y acabo en sus brazos.

-No lo hagas, por favor, tendremos más cuidado.

-Katniss, han pasado dos semanas, y todas las noches siento lo mismo, no quiero vivir así, no quiero hacer el amor contigo sintiendo que si te mueves bruscamente, o si me acaricias con demasiado fuerza o…- me besa el cuello- si me muerdes, sentiré que eres un peligro, y tendré la necesidad de defenderme. ¿Sabes cómo me siento? No puedo disfrutarlo plenamente.

-¿Y la primera vez que lo hicimos? ¿También lo sentiste?- él niega con la cabeza.

-Digamos que lo intuí, pero te juro que fue maravillosa- me siento consternada, el único momento que podía ser solo de Peeta y mío, también contaminado por la sombra de Snow, de los Juegos, del Capitolio- Ya sabíamos que lo nuestro no sería fácil- me dice, con los ojos húmedos.

-¿Qué ocurrirá si no sale bien?- él me abraza.

-Creo que saldrá bien, ¿por qué no me preguntas qué ocurrirá si sale bien?- no contesto, y él responde a su propia pregunta- no tendré crisis nunca más, Katniss, si mediante la hipnosis pueden borrar esos falsos recuerdos, esas aterradoras asociaciones, ya no volverá a pasar.

-Necesito saber qué ocurrirá si no sale bien- insisto. Él suspira.

-Entonces es probable que sufra una recaída severa, eso es todo, pero volvería a recuperarme, lo sé- dice, cogiéndome las manos y besándolas, mientras me mira- no estarás sola, le he pedido a Haymitch que se quede aquí contigo, espero que no te moleste.

-Me molesta

-Por favor… Tu madre también vendrá, el tiempo que el hospital le permita.

-¿Y qué haré con Uno? No puede estar sin ti y yo no tendré fuerzas para cuidarlo.

-Me llevaré a Uno conmigo, me vendrá bien- me coge del mentón- oye, nos llamaremos todos los días.

-¿No podré ir a verte?- él niega con la cabeza- ¿Cuándo, cuándo te irás?

-Cuanto antes, entre antes empiece antes acabaré- musita.

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Dicho y hecho, Peeta hace la maleta, y una semana más tarde, la noche anterior a su marcha, hacemos el amor intensamente. Por la mañana temprano, cuando estoy en la puerta junto a Haymitch, sintiendo que puedo desmayarme en cualquier momento, prendo de la camisa de Peeta el broche de sinsajo, el símbolo de la rebelión, mi amuleto. Peeta me besa, lleva a Uno en el regazo, y en la otra mano su maleta.

-Te quiero- musita.

-Te quiero- repito yo, olvidando la presencia de Haymitch.

Y le veo alejarse, un aerodeslizador le espera cerca de la estación, han venido a recogerle personalmente, y Peeta no quiere que yo lo vea, por los recuerdos que pueda traerme.

Me mira hasta el último momento, hasta que cruza la calle, y sus preciosos ojos azules emiten el último destello. Noto el brazo de Haymitch rodearme, y acaricio la perla que prende de mi cuello. Buttercup ronronea a mis pies, imagino que feliz de librarse del lobo. Otra vez se llevan a Peeta, se llevan a Peeta y no sé cómo volverá. Me tiembla todo el cuerpo, tengo frío, y es curioso, pero escucho con claridad una frase en mi mente. Una frase muy familiar, que escuché todos los años salvo este último. Una frase terrible que a veces mi recién recuperado amigo Gale, pronunciaba con el acento afectado del Capitolio:

Y que la suerte este siempre, siempre de vuestra parte.

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