N. de la A.: ¡Bienvenidas y bienvenidos a este nuevo capítulo!
Tenemos horror, violencia, lemmon, angustia y esperanza, todo bien revuelto y servido con vodka y jugo de arándanos xD
Como siempre, dedicado a las chicas que jamás pierden la fe en mí y llenan mi Wattpad o mi página de fanfiction con sus hermosos reviews: Ary Lee, Jill Filth, ProjectRevolution, Cayendoenelolvido, y una mención especial a la preciosa Lady Yomi. ¡Gracias por todo!
Canciones: When you love a woman by Journey, Mmm mmm mmm mmm by Crash Test Dummies, Cover my eyes by Marillion, Where's my mind? By Pixies.
Disclaimer: Los personajes utilizados aquí son propiedad de Capcom, excepto la lunática Noiholt Maüser (y uno que otro OC más), esa chiquilla sí que es mía x'D.
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Capítulo 7: Armadura de cemento.
Noiholt despertó gracias al frío que le calaba los huesos. Intentó moverse, pero tenía las muñecas apresadas a su espalda; sentía los brazos dormidos, así supo que llevaba mucho tiempo en la misma posición incómoda, acunada por el suelo frío de baldosas y las paredes de cemento. Alzó los párpados lentamente, convencida de que nunca le habían pesado tanto, y se arriesgó a echar una mirada a su alrededor: vio muerte rodeándola con un amplio abrazo ensangrentado, cerniéndose sobre ella como un mal presagio. Ahogó un gemido. A su lado un torso sin brazos ni piernas es su compañía más próxima, y a sus pies, la cabeza cercenada de quien reconoció como la azafata que la recibió al subir en el avión la miraba directamente a los ojos, advirtiéndole que moriría muy pronto.
Abrumada, Noiholt se mordió el labio inferior para no vomitar, o llorar, pero fue inútil: el terror de no saber en dónde se encontraba o qué harían con ella era mucho más fuerte. De sus ojos comenzaron a caer lágrimas impotentes una tras otra, su saliva tenía un intenso sabor a sangre y bilis. Escupió hacia un costado, percatándose de que le faltaban dos muelas. ¿Cuándo las perdió? No podía recordar, era como si una molesta bruma le empañara sus memorias más próximas. La cabeza empezó a palpitarle en ese instante.
Entonces, escuchó los gritos.
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Ada y Leon se observaban fijamente el uno al otro sin decir palabra; este último especialmente, ya que todas las preguntas que se iban formando a la velocidad del rayo en su cabeza parecían atropellarse, sin dejar salir a ninguna («¿Ada espiando a Noiholt? ¿Por qué, es que hay algo que no sé? ¿Desde cuándo?»). Pasado un minuto la espía bufó con cara de aburrimiento.
—Entonces, ¿me dirás a qué hora se fue? —inquirió en tono monocorde por segunda vez, ya que en la primera Leon pareció no escucharla.
—No pienso responderte hasta que me cuentes qué está pasando y por qué la estabas siguiendo. Los secretos entre nosotros… sabes que no me gustan, pero ahora involucraste a mi novia y eso es muy grave. —Se cruzó de brazos y apoyó la espalda en la barrera—. Estoy furioso, Ada.
Ella lo miró como si fuera un chiquillo enfurruñado.
—Me encantaría que nos sentáramos a tomar el té para charlar como en los viejos tiempos, pero a tu chica no le sobra el tiempo. —Le sonrió fugazmente—. Entonces, ¿a qué hora se fue?
—Estás jugando conmigo de nuevo.
—¿Quieres que viva o no?
Leon, conmocionado por la pregunta, tragó saliva.
—Tiene que vivir —susurró—. De acuerdo… Te lo diré, pero no hagas que me arrepienta. —Ada solo lo volvió a apurar con el leve movimiento de una ceja—. Sé que tomó el vuelo hoy, no sé bien a qué hora. Hace un rato me avisaron que perdieron contacto con el avión; está desaparecido desde hace… —miró su reloj— dos horas y algo.
—Se te ve bastante tranquilo.
—Estoy que reviento —admitió con una mueca—, así que te rogaría que me explicaras qué mierda sabes.
—Te diré lo principal: Wesker secuestró el avión.
—¿Qué…? —La sorpresa de Leon cortó el ambiente como un latigazo—. ¡Mierda, no! ¿Por qué, Ada? —Se agarró a la barandilla, súbitamente enfurecido.
—Te daré más detalles por el camino, pero ahora tenemos que partir. Iremos en mi jet privado.
—¿A dónde?
—A Magnitogorsk, Siberia.
—Necesito preparar a mi gente primero, nos vendrán bien unos refuerzos.
—Cinco minutos. —Mostró la palma abierta de su mano—. A menos que quieras recoger el cadáver de la muchachita…
Leon respondió con un gruñido mientras tomaba su comunicador, en el que ladró instrucciones a la velocidad del rayo.
Menos de un minuto después los agentes David Ortiz, Sam Reynolds, Xiao-Yang Hong y Marcus Tower arribaron corriendo a su habitación. David pareció tropezar un poco cuando se fijó en la acompañante de Leon.
—¡La zorra oriental sexy! —exclamó en voz baja, de modo que solo Sam pudo escucharlo.
—¿Cómo? —preguntó ella.
—Esa mujer de rojo que está junto a Kennedy —susurró—, la vi en Alemania durante nuestra misión anterior. —Hizo un gesto a la chica para que acercara el oído a su boca—. Míralos. Es demasiado obvio que hay algo entre ellos.
Sam aguzó la vista para captar más detalles de lo que David le había confiado. Observó la escena con esmero, utilizando su ojo entrenado de francotiradora y toda la sabiduría de sus telenovelas favoritas.
«—Deja que me quede. Necesito esconderme.
—Pero, ¿de qué?
—De Leon».
No podía negar que sentía curiosidad del motivo por el que Noiholt había llegado esa noche a su habitación en un estado tan lamentable, aunque no trató de preguntarle qué ocurría puesto que a la primera mirada supo que era algo en lo que no debía meterse. Respetó la armadura imaginaria con que Noiholt se había vestido y sabía que era así con todo el mundo, no solo con ella; más que nada se preocupó de darle un buen rato para pasar la angustia y creyó haberlo conseguido con éxito. Cuando la alemana abandonó su cuarto tras dos días de telenovelas y mucho alcohol, se veía mejor que cuando llegó. Ahora, gracias al comentario de David, Sam estaba segura de que toda aquella ansiedad tenía nombre de mujer. Debía tratarse de aquella oriental, pues aunque Leon se veía particularmente agobiado sus ojos brillaron por un instante al mirarla. Nadie más que Sam se dio cuenta del gesto, pero para ella fue suficiente confirmación de lo que venía imaginando. ¿El agente especial Kennedy iba a dos bandas? Quién lo hubiera imaginado.
—Chicos, necesito que me escuchen con atención —solicitó Leon aclarándose la garganta—. El avión en que viajaba la agente Maüser junto a otros funcionarios del área administrativa fue secuestrado por el hombre que estábamos buscando: Albert Wesker. He recibido confirmación de una fuente confiable —Ada sonrió aprovechando de recargar la pistola que siempre llevaba en la pierna—, por lo que pediré a Hunnigan que nos dirija en la partida de rescate. Como Chris Redfield está trabajando en conjunto con nosotros, lo llamaré para que se nos una.
Ada taconeó el suelo impacientemente mientras Leon se comunicaba con Hunnigan, y luego con Chris, al que llamó apartándose del grupo.
—Wesker está en Siberia —anunció sin saludar.
—¡Mierda! No lo vi venir por ninguna parte.
—Escucha, Chris, necesito de tu ayuda: tiene a Noiholt.
—¡Me estás jodiendo…!
—Lo sé. Debemos salir de inmediato a Magnitogorsk, y quiero pedirte que lleves a mi equipo como apoyo.
—Cuenta con ello. ¿Qué harás tú?
—No te preocupes. Sube a mi habitación, Hunnigan te dará todas las instrucciones, yo partiré ahora. Nos vemos allá.
—Buena suerte.
Leon cortó la comunicación. «Suerte» era algo en lo que deseaba creer desde que salió con vida de Raccoon City, pero parecía que la maldición de esa ciudad lo perseguía a donde quiera que fuera.
—¿Ya podemos irnos? —inquirió Ada. Él asintió—. ¡Gracias!, ahora ve a la azotea rápido o te dejaré atrás —anunció con un mohín disconforme.
La mujer sacó su lanzagrifos y corrió hacia la barandilla del balcón, en la cual se impulsó para dar un gracioso salto. Su arma, ya enganchada, la subió rápidamente hacia las alturas del hotel, dejando a Leon mirando en su dirección con el estrés a punto de cobrarle factura. Negó despacio, volviéndose hacia su equipo. Se dio cuenta de que todos estaban concentrados hablando con Hunnigan, trazando estrategias, menos Sam. Ella parecía taladrarlo con los ojos, como si le fuera a cortar la cabeza. Bueno, le daba igual en ese momento.
—Redfield viene en camino. —Tomó su equipamiento para colocárselo a la cintura, añadiendo toda la munición que encontró a su paso—. Es un militar de los mejores; escúchenlo y síganlo como si fuera un manual de instrucciones. Nuestra prioridad número uno es recuperar con vida a los rehenes; la número dos, capturar a Albert Wesker. No se enfrenten directamente a él —les advirtió preparando su fiel pistola H&K VP 70, esa que él llamaba cariñosamente «Matilda»—, y bajo ninguna circunstancia lo hagan solos.
Terminó la frase embutiendo el cargador lleno con dieciocho cartuchos listos para insertarse en la cabeza de cualquiera que osara oponerse a su objetivo. Dio un par de instrucciones más a su gente y partió corriendo en dirección a la azotea. Por el camino se topó con Chris, quien no hizo ademán de detenerlo, solo le dedicó un asentimiento rápido. Replicó el gesto y continuó su camino.
Llegó a la azotea percatándose de que Ada lo esperaba con el jet ya funcionando. Se subió a él y conforme ganaban altura, sintió tentación de acribillarla a preguntas. Cierto era que una parte de él no tenía ganas de hablar, pero la otra exigía respuestas.
Se mantuvo en silencio por un buen rato. Ada lo miraba de reojo cada cierto tiempo, como si supiera que estaba conteniéndose.
Tras aproximadamente cuarenta minutos sin intercambiar palabra, Leon bufó toscamente.
—Necesito saber, Ada. —La espía alzó una ceja—. ¿Por qué espiabas a Noiholt? ¿Por qué Wesker secuestró precisamente ese avión? ¿Por qué sabes lo que está ocurriendo…?
—Pero bueno, ¿es un interrogatorio? —rio—. Voy a contestarte lo que puedo, y tendrás que conformarte con eso.
—Como sea.
—Tu alemana era un blanco demasiado fácil, ¿no te diste cuenta? Es nueva y se nota a leguas. Iba a cometer un traspié en cualquier momento. —Clavó los ojos verdes en Leon como si lo estuviera regañando—. Ustedes estaban siguiendo los movimientos de Wesker sin mucho cuidado, así que su desquite era tan solo cosa de tiempo. Le puse el localizador porque las probabilidades de que ella cayera en sus manos eran muchas.
Leon asintió, reparando en el hecho de que Ada no había llamado a su novia por el nombre de pila ni una sola vez.
—Pero eso no tiene sentido —rebatió de pronto, acariciándose el áspero mentón dividido—, ¿de verdad Noiholt te preocupa? ¿Tanto como para estar atenta a que pudiera ser capturada?
La espía se limitó a dedicarle un mohín aburrido.
—De todas las preguntas que podrías hacerme… —No terminó la frase, pero sus ojos parecían acerados.
—Estoy intentando comprender. —Dio un golpe a la ventanilla derecha con el puño cerrado—. Estoy intentando comprenderte a ti. Siempre he querido saber en qué lado estás y si puedo fiarme de tus intenciones, pero nunca llego a la respuesta. —Ada encogió los hombros sin mirarlo—. Ahora no somos solo nosotros dos en este jodido baile.
—Deja de darte tantas vueltas y escúpelo.
—¿Vas a ayudarme en esto?
La espía rodó la mirada hacia las alturas.
—Por algo estoy aquí —contestó en tono aburrido.
—La necesito viva, Ada. Promételo.
Ahora sí, la aludida giró la cabeza en su dirección. Esta vez no llevaba una expresión de hastío en sus orbes verdosos sino otra que parecía disculparse. Leon tragó saliva. No quería saber qué significaba esa mirada.
—Promételo —repitió, no obstante.
Y la respuesta que obtuvo, en forma de breve asentimiento, no lo dejó tranquilo en absoluto.
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La silueta alta y fornida de un hombre que exudaba peligro en cada uno de sus movimientos, se desplazaba continuamente en lo que parecía una especie de laboratorio improvisado. A pesar de sus heridas, Noiholt luchó por mantenerse consciente; necesitaba con urgencia saber en dónde se encontraba. Escapar era su prioridad número uno.
Gracias a su entrenamiento en la Academia del Servicio Secreto se encontraba medianamente capacitada para enfrentarse al problema de no recordar cómo había llegado ahí. Algunos flashes se encendían y desaparecían rápidamente: había tomado un avión para regresar a Estados Unidos, se había quedado dormida por un rato y luego despertó sobresaltada por unos gritos aterradores. Más que eso no podía recuperar de su memoria.
Evitó mirar al frente o a su costado, en donde aún se encontraban haciéndole compañía tanto el torso desmembrado como la cabeza humana, que parecía no despegarle los ojos de encima.
Nuevos chillidos la atemorizaron. Parecían provenir de una habitación cercana ya que estaban algo amortiguados; nuevamente intentó mantener la vista enfocada hacia arriba y no pudo, probablemente por algún golpe recibido en la cabeza o en la cara. Por su nivel de dolor, intuyó que debía ser la segunda opción.
Se agitó bruscamente cuando un rugido extraño resonó inusualmente fuerte. ¿Qué diablos estaba pasando? Tenía que salir corriendo de ahí con urgencia.
—Veo que ya despertaste —observó una voz masculina, ligeramente nasal.
Noiholt jadeó con pesadez, sin verbalizar aún aquella pregunta que pugnaba fuertemente por salir. La enorme silueta había detenido su vaivén y permanecía de pie, amparada por la oscuridad, como si estuviera observándola detenidamente.
—Uhm… Creo que muy pronto comenzará a hacer efecto. —Levantó la mano izquierda para girar la muñeca chequeando su reloj—. Si es que no empezó ya…
—¿Q-quién eres? —A pesar del miedo, consiguió formular su consulta en voz alta.
—Oh, novata, ¡qué tristeza me das! ¿Cómo fue que te aceptaron en el Servicio Secreto? —se mofó.
Ella reculó de inmediato. El tipo no solo sabía en qué trabajaba, también el hecho de que llevaba poco tiempo como agente del gobierno. Sentía que tenía la respuesta en la punta de la lengua, pero la molesta bruma no le daba tregua al momento de recordar.
Tal vez no necesitaba estrujarse las neuronas para adivinar a qué personaje pertenecía ese lóbrego contorno… Verlo sosteniendo una enorme jeringa en la otra mano, la que no tenía reloj, la hizo sospechar fuertemente que aquel era Albert Wesker, el excapitán de los STARS que el Servicio Secreto se encontraba cazando con ayuda de Chris Redfield. Si estaba en lo cierto, podía darse por muerta inmediatamente…
«Un momento».
—¿A qué efecto t-te refieres? —Noiholt apenas lograba moderar el temblor de sus cuerdas vocales.
—Estás un poco lenta. No te preocupes, pronto tu mente correrá a cien kilómetros por hora. —Y finalizó con una risita sarcástica que le sacó escalofríos.
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La ciudad de Magnitogorsk, Siberia, se encontraba a más de tres horas de distancia del hotel en que se hospedaban los agentes. Y mientras Leon viajaba junto a Ada presionando un acelerador invisible con su pie derecho, Chris –algo más atrás– llevaba a los demás miembros de su equipo en un avión facilitado por el gobierno ruso al tiempo que les explicaba de su experiencia en las montañas Arkley. David ya había abatido zombis en su misión anterior, pero Sam y los demás casi entraron en shock pues era muy distinto conocer la existencia de esos seres en teoría a saber que se enfrentarían a ellos en cuestión de horas. Luego de aquella conversación, Chris relevó al piloto automático y tomó el mando de la nave para reflexionar, idear estrategias y, especialmente, devanarse los sesos pensando en cómo enfrentarse a Albert Wesker sin morir en el intento. La última vez que coincidieron fue en la Isla Rockfort, y allí Chris pudo probar de primera mano las habilidades sobrehumanas que había ganado su excapitán. Él, en cambio, seguía siendo un soldado entrenado para enfrentar con éxito las más diversas situaciones en su contra, pero todas ellas contemplaban intervenciones humanas. Así no podría ganarle.
Desde hacía ya un tiempo, Chris había cambiado su entrenamiento a uno que involucraba ejercicios anaeróbicos básicos con mucho peso para ganar masa muscular, aumentó considerablemente su ingesta de proteínas con productos especializados, dedicó tres días a la semana a practicar Cardio Kickboxing para no perder agilidad y, por último, integró diferentes ejercicios de aislamiento en máquinas, haciendo muchas repeticiones para aumentar la resistencia a la fatiga de su cuerpo. Tenía contemplado ganar unos siete kilos de musculatura en el espacio de un año, pero temía ir demasiado lento considerando la amplia ventaja que llevaba Wesker sobre él. Su entrenador le había recomendado utilizar esteroides y hormonas del crecimiento para acelerar los resultados que Chris deseaba conseguir, un consejo que el joven aún estaba evaluando seguir. Todo dependía de cómo se diera este nuevo encuentro entre ellos. Si la diferencia seguía siendo abismal, Chris no tenía ningún problema en hacer trampas para acortar camino si eso significaba capturar a Wesker antes de que siguiera haciéndole daño a otros. No le había contado nada a Jill todavía, pero no le cabía duda de que ella apoyaría su intención sin importar cual fuera. Confiaba ciegamente en su compañera, a la que debía lealtad y gratitud sin dimensiones.
Se frotó lentamente la cabeza. Las cosas con Wesker nunca serían simples. Solo le tocaba cruzar los dedos para que no le hubiera hecho daño a Noiholt o a ninguno de los pasajeros de ese avión, aunque las probabilidades estaban todas en su contra.
Alejados de esa montaña de reflexiones, los demás agentes –sentados, con los cinturones de seguridad puestos– se miraban entre ellos con aspecto sombrío. Marcus Tower se acarició la cabeza calva como si estuviera muy cansado, Xiao-Yang Hong tarareaba su canción china favorita para ocultar la pesadumbre que amenazaba con cernirse sobre su ánimo y apabullarlo, y Sam no le quitaba el ojo de encima a David.
—¿Cómo es enfrentarlos…? —musitó la mujer, apenas modulando a través de sus labios temblorosos.
—Antes de responder debo preguntarte algo: ¿alguna vez has matado a alguien? —Sam asintió—. Bueno, es muy similar. Aunque te sientes menos culpable.
Ella volvió a asentir. El miedo que la estrujaba no venía de hacer su trabajo, sino de la preocupación que le causaba enfrentarse a seres desconocidos, de los cuales no podía anticipar reacciones. Además, si se parecían a los zombis de las películas de George Romero… Un lento escalofrío le recorrió la espalda. Pareció desplazarse con parsimonia, extendiéndose por cada centímetro de su piel tostada, dejándola fría como un témpano.
David arqueó una ceja y se desabrochó el cinturón. Luego, se acercó a ella para pasarle un brazo por encima del hombro.
—Estaré contigo —le susurró al oído, aumentando las pulsaciones de su ya alocado corazón.
—No estoy acostumbrada a no saber lo que me espera. Me entrenaron para todos los escenarios posibles, pero… ¿zombis? Nunca lo imaginé.
—Solo cuídate de no inspirar hondo cuando los tengas cerca o vomitarás —bromeó esperando hacerla sentir mejor.
Y algo consiguió. Sam sonrió al mismo tiempo que un nuevo escalofrío la hizo agitarse de manera casi imperceptible. David aún la sujetaba contra su cuerpo, por lo que percibió sin problemas el ligero temblor.
—Espera aquí, te traeré una chaqueta. —Se alejó para ir a la parte trasera del avión, en donde se encontraba una especie de bodega que contenía las pertenencias de los agentes.
Allí, el puertorriqueño cerró la pequeña puerta y comenzó a rebuscar entre sus cosas. La chaqueta en cuestión era una de sus favoritas, la había llevado en prácticamente todas sus misiones y tenía cierto sabor a cábala para él. Cederla a Sam, aunque fuera de manera momentánea, hablaba de cuánto le atraía la mujer.
Escuchó la puerta abrirse. No se volteó porque había hallado una de las mangas en su mochila y la estaba tironeando para obtener la prenda completa. Pero cuando llegó a sus oídos el inconfundible sonido del pestillo echado, dejó lo que estaba haciendo y se giró.
—¿Qué ocurre, Rey…? —Ni siquiera pudo terminar la frase.
Una boca ansiosa se arrojó sobre él y lo besó repetidamente en los labios, en el mentón, incluso en su áspero cuello que reclamaba a gritos por una afeitadora nueva. David espiró bruscamente, un poco impresionado por el ímpetu de su compañera. No se esperaba el ataque, pero él no era hombre que desperdiciara las oportunidades. Sujetó la cabeza de Sam con ambas manos y la obligó a retroceder, quitándole el mando del ósculo para tomarlo con la práctica de años conquistando todo lo que se le atravesara entre ceja y ceja.
—Me vuelves loca… —jadeó despegando un poco la boca, mojada por la efusividad de ambos. —Házmelo. No quiero morir sin haberte probado —le rogó mostrándole que tenía un condón en la mano—. Hazme el amor ya.
—No sé si este sea el lugar más adecuado. —Sin embargo, su cuerpo evidenciaba no compartir en absoluto su opinión—. Y no vas a morirte, no lo permitiré.
La emoción contenida en los ojos oscuros de David hizo que Sam le prestara más atención a sus palabras y menos a las reacciones de su zona sur. Ahí había algo que parecía ser nuevo, que no vio antes en su mirada. No era ni arrogancia, ni sensualidad, tampoco deseo. Era tristeza.
—Dime qué te ocurrió —pidió acariciándole la mejilla con los dedos.
El joven la observó un momento mientras decidía si hablar o no, ya que era un tema muy sensible para él. Había pasado poco tiempo y la herida todavía se conservaba fresca en su corazón. Pero en la expresión de Sam únicamente identificó interés genuino, sin tintes de cotilleo. Inspiró hondo.
—Te hablé un poco de la misión anterior. Lo que no te dije fue que perdimos a un miembro del equipo. Él… —tragó saliva— era mi mejor amigo, Rob Blaststein. Lo mató una de esas malditas alimañas que vamos a enfrentar ahora. Todo lo que recuerdo de ese momento fue la impotencia que sentí, de no haber podido ayudarlo, de no estar con él cuando ocurrió. Sé que está escrito en nuestro destino morir como bestias, pero él no, él merecía algo mejor. Así que esta es mi revancha, Reynolds. Esperé por meses vengar a mi hermano y enterrar a Umbrella con mis propias manos; ahora no se me van a escapar.
Mientras hablaba, no ocultó la lágrima que corrió suavemente por la comisura de su ojo derecho. Sam se mordió el labio enjugando con delicadeza la humedad, reteniéndola en las yemas de sus dedos. Acercó la boca y volvió a besarlo, esta vez sin la ansiedad desesperada de poseerlo sino con empatía y también un poco de respeto por esos sentimientos heridos que se atrevió a exteriorizar con ella. Era valiente.
Sam usó su lengua para juguetear hasta en los rincones más escondidos, incitándolo a encenderse de nuevo y poseerla como animal en celo. No tuvo que esforzarse mucho, ya que David pronto alcanzó su ritmo y volvió a jadear aumentando la presión de su cuerpo sobre el de ella. Le quitó el condón, la sujetó por la cintura hasta que sintió la puerta tras ellos, con una de sus manos la recorrió hasta esos grandes pechos que ansiaba masajear desde que se le insinuó por primera vez, y la otra mano viajó por su espalda hasta los glúteos. La metió por debajo de los pantalones y se encontró con una tanga de encaje; la suave sensación de la tela repercutió directamente en su hombría, que se hinchó aún más y palpitó en respuesta al estímulo. Como Sam le había dicho que le gustaba el sexo duro no se contuvo un pelo a la hora de abrirse camino entre sus nalgas y acariciarle la prieta entrada rugosa; en respuesta, Sam le mordió la oreja con un tirón que no dolió, sino que espoleó aún más su deseo. O se introducía en ella ahora o se le iban a reventar las pelotas, que le pesaban más que nunca. Contadas veces en su vida se había sentido tan violentamente excitado, así que en su mente se reafirmó la idea de que Sam era la chica que necesitaba poseer. ¡A la mierda Noiholt!, había perdido demasiado tiempo obstinado en conseguirla, tan solo para demostrarse a sí mismo que nadie podía ignorar su exuberante belleza latina.
—Quítate esa jodida ropa —susurró la mujer, tan ansiosa que parecía un reflejo de su interior.
Ambos se separaron momentáneamente para desprenderse de las prendas más incómodas y volvieron a colisionar sus cuerpos, besándose, apretándose, rasguñándose y mordiéndose a ratos. David le quitó el sujetador; esos senos eran tal y como los imaginaba, por lo que sus manos se entretuvieron un rato amasándolos con verdadera dedicación. Pronto dirigió sus caricias hacia los pezones, rosados y erectos, que parecían agrandarse con cada roce. Tomó a Sam por el pelo y lo jaló con dureza, eso le facilitó el acceso a lamer sus pechos. Los mojó con su boca, luego se entretuvo mirándolos un momento, dejando que su aliento tibio los fuera calentando de a poco. La sensación de placer fue tan intensa que Sam estuvo a punto de correrse solo sintiendo las bocanadas de aire sobre sus pezones.
Sin soltarle el cabello, David la giró para que le diera la espalda. Desde atrás la envolvió con sus fuertes brazos para apretarla en tanto le besaba el cuello. Las manos se le fueron solas hacia sus pechos, que volvió a estrujar con la erección a punto de reventarle los calzoncillos. Sam meneó un poco el trasero para provocarlo, ganándose una palmada seca en la cadera.
—Deja… que te guíe… —se las arregló para ordenarle, temiendo perder el control y eyacular sin haber entrado siquiera a su interior.
La australiana emitió un quejido sordo que luego se transformó en un ronroneo intenso, pues su amante había ido bajando una mano hasta encontrar los pliegues palpitantes del centro que comandaba su placer. Apoyó los puños en la puerta metálica lo más suave que pudo pues no quería que sus compañeros se enteraran de lo que estaba ocurriendo. Jadeó cuando David le presionó el clítoris. Gimió más fuerte, porque él movió el dedo en círculos precisos sin dejar de presionarla. Y ahogó un grito en cuanto el agente le introdujo rápidamente dos dedos, utilizando la palma para continuar masajeando su clítoris.
—Ay dios. Vas a hacer que me corra, Ortiz… —Se mordió el antebrazo para retener el exabrupto que estuvo a punto de escapársele.
Él sonrió sin despegar la boca de su cuello perfumado.
—De eso se trata —susurró—, así que relájate y disfruta, baby. Tú querías esto, ¿lo recuerdas? —Aumentó la velocidad de sus dedos—. ¿Te has corrido en las alturas alguna vez?
—N-no…
—Entonces, prepárate: seré el primero en hacerte volar.
Apretándole un pezón y torturándola con la palma y sus dedos habilidosos, muy pronto Sam tuvo la certeza de que sus entrañas se contraían irremediablemente con un orgasmo poderoso. Llevaba algunos meses sin sexo y la ausencia de actividad sumada a la expertiz de David conformaban una bomba nuclear de fácil detonación.
—Vamos, Reynolds —su voz sonó provocativamente oscura—, cuanto antes te corras, antes te penetraré hasta el fondo. Necesitas esto, lo sabes muy bien… —Ella gimió—. Por eso me buscaste, porque sabías lo que te iba a hacer; sabías que no iba a parar hasta darte tan duro que te llevaría a volar más alto de lo que nos lleva este avión.
—¡Jesús!
Al mismo tiempo que la aeronave se agitó por culpa de unas turbulencias, Sam sucumbió al orgasmo más delicioso que había experimentado en el último tiempo. Sintió que su cuerpo completo latía de placer y creyó alcanzar las estrellas, tal y como David le había prometido. Luego bajó en caída libre sin paracaídas, con el vértigo apoderándose de su estómago, haciéndola gritar cuando David la giró sin previo aviso y la alzó con ambas manos adheridas a sus muslos. Sus bragas quedaron destruidas en el proceso. No alcanzó a reclamarle su poca delicadeza con la ropa interior, pues en el mismo instante en que abrió la boca él se acomodó entre sus piernas para empotrarle el miembro, erecto y duro como una roca. La cabalgó poseído por sus instintos más primitivos y ambos se transformaron en seres salvajes, preocupados únicamente por llegar al final de la carrera. En esos instantes a Sam ya no le importaba un cuerno que toda Rusia se enterara de su encuentro sexual con David, y este, a su vez, dejó de fundir sus gemidos contra la clavícula de su amante para alzar la cara hacia el techo y liberar un poderoso rugido rebosante de masculinidad.
El latino encontró finalmente el punto más sensible en el interior de Sam tras ajustar el ángulo de la penetración unas cuantas veces. Esbozó una sonrisa torcida, sensual, enmarcada de sudor. Sam se vio hipnotizada por ella, temiendo extraviarse entre tantas sensaciones distintas y perdiéndose en el camino de vuelta a su propio cuerpo.
—Una vez más —anunció David—; córrete y te seguiré. Dámelo, Sam.
Tras la orden, inclinó un poco la cabeza para alcanzar uno de sus pezones. Lo mordió repetidamente y, al mismo tiempo, la provocó hundiéndole nuevamente un dedo, esta vez por la abertura trasera. Los músculos se le tensaron de inmediato por la invasión, momento que David aprovechó para embestirla con más fuerza rozándole el estómago desde el interior.
Sam respondió con quejidos incoherentes al principio, mas pronto adoptaron forma de súplica, y no una que pidiera «parar», muy por el contrario, exigían más y más rudeza.
—Da… David… —Si él la había llamado por su nombre de pila, bien podía atreverse a hacer lo mismo.
Ambos amantes continuaron danzando los pasos más antiguos de la historia por unos cuantos minutos más, hasta que Sam dejó de controlar el orgasmo que venía formándose en su vientre y lo dejó libre, toda su carne palpitante reverberando, calentando hasta el rincón más alejado, desde el centro hacia las orillas. Mordió el cuello sudado de David y este le rasguñó las nalgas de puro placer, porque también había empezado a correrse en ese mismo instante. Su pene, más hinchado que nunca, latió furioso y Sam tuvo la certeza de que, si no hubiera utilizado condón, habría percibido las oleadas de semen invadiendo su interior.
Se le había metido en la cabeza la idea de montar a David sin que este utilizara protección. Como agentes del gobierno su salud era prioridad y los obligaban a hacerles chequeos periódicos, por tanto, las «Enfermedades de Transmisión Sexual» estaban de cierta forma erradicadas entre ellos. Aun así, le pediría una prueba y ella le entregaría la suya. Después de eso, a disfrutar de la libertad.
El joven la besó de nuevo interrumpiendo sus musarañas mentales. Le metió la lengua casi hasta la garganta, sus dientes encontraron camino entre sus labios y los arañó sin herir, solo dejándolos hinchados.
Jadearon unos cuantos minutos más. Pronto, Sam puso ambos pies en el suelo reparando en la capacidad atlética de su amante, que pudo mantenerla alzada sin esfuerzo durante casi todo el encuentro, y ella no era baja propiamente tal.
Estaba pensando en qué decir. No le apetecía romper el silencio, pero era consciente de que tampoco podían vestirse y salir de la pequeña bodega fingiendo que nada había pasado cuando lo cierto era que había ocurrido un montón, un mundo completo, entre ellos.
—Tenemos que repetirlo.
David se había adelantado a sus intenciones. Interiormente, Sam le agradeció infinito pues aún no había encontrado la frase más adecuada para el momento. A modo de recompensa lo besó rápidamente.
—La próxima vez, que sea con alcohol y juguetes —dijo ella, y un gesto guasón se apoderó de su rostro.
—Tú hablas mi idioma, nena. —Le sujetó la barbilla con una mano—. No moriremos ni de broma. Esto es demasiado bueno como para perderlo.
Sam supo que David no era alguien con quien se pudiera jugar. Tal vez su fachada era la de un tipo despreocupado por el futuro, pero la intensidad de sus ojos oscuros le advirtieron que no intentara pasarle gato por liebre. Eso significaba que pronto debía establecer con él los parámetros que definirían su relación para no tener problemas o malos entendidos. Ella quería amarrarlo al mismo tiempo que deseaba conservar su libertad, mas sus instintos se encargaron de prevenirla en que debería elegir uno u otro camino antes de lo planeado.
David, por otra parte, se encontraba fascinado con la impecable compenetración que había logrado en su primera relación sexual con Sam. Su instinto no paraba de gritar que ella no era una chica que pudiera domar fácilmente, y su amor por los desafíos resurgió con el ímpetu de un Ave Fénix sacudiéndose las cenizas. Mientras follaban se dio cuenta de que Sam trataba de llevar el mando, así que se prometió doblegarla, someterla, sin saber todavía que ella estaba buscando a alguien que hiciera justamente eso en el plano sexual.
Mientras se observaban el uno al otro, Sam arqueó una ceja y compuso una sonrisa lenta, llena de sensualidad.
—Sal tú primero, David. —Asintió con la cabeza, como si hubiera concordado consigo misma en alguna idea—. Espero que Redfield no se haya dado cuenta y le vaya con la historia a Kennedy.
—Lo vi muy concentrado —y respaldó la frase imitando la cara seria de Chris; Sam estalló en risas—. Nadie sabrá que me encerraste aquí para violarme.
Las carcajadas cesaron abruptamente. David se mordió el labio inferior para no tentarse de risa, y ese gesto sexy fue suficiente como para desatar nuevamente las hormonas revueltas de la magnífica australiana.
—Puede que haya pensado en raptarte si te resistías a follar conmigo —murmuró, pero sus ojos traicionaron la fachada seria que intentaba patentar.
—Eres peligrosa, mujer —le siguió el juego—. Como una depredadora.
Sam acercó su rostro hasta quedar a milímetros de David. Podía sentir el calor emanando de su piel con facilidad.
—¿Soy el águila que da caza al conejo?
—Más como una pantera acechando al tigre —rio.
—Tú eres mucho más salvaje que un tigre…
—No sigas, que me dan ganas de follarte otra vez.
—¡Qué tierno! Búscame en cuanto termine esta misión.
El latino estiró los labios y le dio un beso corto.
—Dalo por hecho, baby.
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La respiración de Noiholt había ido in crescendo en los últimos diez minutos, acomodándose así a su actual ritmo cardíaco. Ella sabía perfectamente que no era producto de la ansiedad que mantenía más o menos bajo control, sino algo más que estaba tomando el mando de su cuerpo y relegando su cerebro a un segundo plano, por decirlo de alguna manera. Lo que más la incomodaba era ver que Wesker (ya comprobada su identidad al verle el rostro iluminado brevemente, y que conocía gracias a la precaución de Hunnigan de mostrarles una foto antes de la misión) la observaba fijamente de tanto en tanto como esperando alguna cosa. No sabía qué podría ser, así que el miedo también ganó terreno en su dudoso autocontrol.
—Creo que es momento de hacer una prueba. Veamos qué tal te defiendes. —Wesker chasqueó los dedos y se apartó un poco.
Noiholt se concentró en sus gafas oscuras. No traslucían la mirada asesina de su interlocutor, aunque sí encontró un ligero punto brillante en donde debían encontrarse sus ojos. Tragó saliva, intuyendo el fuego que debían expeler.
Un poderoso rugido provocó que modificara su postura a una protectora, sin reparar en el hecho de que lo había conseguido a una velocidad impropia de su persona. Al mismo tiempo, sus oídos comenzaron a detectar algunos sonidos apagados que parecían provenir de la habitación contigua.
«Imposible», pensó Noiholt cuando concluyó que se trataba de pasos suaves en el suelo de frías baldosas. Apretó los dientes.
De pronto, un enorme zombi mutado hizo acto de aparición en el umbral. Rugía sin parar con ambas manos aferradas a la cabeza, y cuando cerró la boca, Noiholt pudo reconocer al piloto del avión en la criatura. Su cabeza latió bruscamente con el recuerdo de intercambiar unas breves palabras con aquel joven, preguntándole si el viaje tenía alguna escala.
—¡N-no…! —exclamó, definitivamente aterrorizada.
El recuerdo de su madre convertida en zombi tiñó la visión de Noiholt con un rojo puro, haciéndola estallar en gemidos disonantes que no tenían ningún sentido.
Lo siguiente que supo era que estaba acabando con la vida de quien fue un piloto hasta hace algunas horas, convencida de que matándolo iba a liberar su alma aprisionada por lo que fuera que Wesker le inyectó. ¡Al diablo con todo! Rugió, golpeó, arañó y destrozó todo lo que se le cruzó por delante, y cuando el subidón de adrenalina abandonó su cuerpo se dio cuenta de que había actuado por puro instinto, pero de una forma diferente a lo que había aprendido en sus años de practicar artes marciales. No era igual pues sintió como si alguien más habitara su mente y su cuerpo, desplazándola para tomar la batuta de sus acciones.
Se miró las manos ensangrentadas, por las cuales caían ríos de líquido vital hasta el suelo, y contuvo las náuseas que amenazaban con hacerla vomitar en cualquier momento. El culpable de todo se encontraba a tan solo unos metros de distancia, ni siquiera se lo cuestionó: iba a matarlo, y tal vez así conseguiría sobrevivir a lo que fuera que le había inyectado. Lo miró y rugió de dolor.
Wesker sonrió, se acomodó los lentes y la invitó a intentar cumplir sus amenazas implícitas con movimientos ligeros de su dedo índice.
La pelea duró poco. Aunque Noiholt tenía una velocidad claramente incrementada artificialmente, Wesker la superaba con una amplia ventaja por lo que no pudo ni siquiera rozarlo. A los pocos segundos se encontraba arrodillada en el suelo escupiendo sangre, con el pecho silbando extrañamente y unas cuantas costillas rotas, de eso no le cabía duda.
—Te has rebelado solo porque te lo permití —explicó Wesker, coronando sus palabras con un puntapié en la cara de Noiholt que la mandó a volar varios metros, para luego aterrizar aparatosamente sobre unos de sus hombros—. Si algo aprendí hace años fue a impedir que mis creaciones se volvieran contra mí. ¿Qué, creíste que podrías acabarme? ¡Pobre ilusa! Casi me das lástima.
—¿Qué quieres… de mí… Wesker? —jadeó a través de la hinchazón en su mandíbula y labios.
—¿De ti? —Soltó una larga carcajada—. ¿Qué voy a querer de una novata idiota como tú? Esto es solo una advertencia para el Servicio Secreto y sus marionetas: manténganse lejos de nosotros o los acabaremos. ¿Crees que no me di cuenta de que me estaban investigando? Los dirigí hasta Rusia con el objetivo de matarlos, pero después pensé que era más divertido hacerles una jugarreta.
Noiholt, reducida a una piltrafa sangrante, trató de retroceder cuando Wesker caminó hacia ella y se inclinó agarrándole fuertemente la barbilla.
—Mátense entre ustedes —ordenó casi sin abrir la boca— y déjennos en paz. Umbrella jamás va a morir, por mucho que traten de acabarla.
Y con un rodillazo en la cara que le rompió la nariz, mandó nuevamente a la muchacha alemana contra la pared, que no se encontraba cerca propiamente tal. Estaba indefensa, pero eso no le impidió atacarla brutalmente otra vez, ahora golpeándola en el estómago y las piernas. Su objetivo no era aprovecharse de la situación, sino ver cómo actuaba su última invención –un parásito– ante la adversidad. Cierto era que se encontraba aún en fase temprana de desarrollo, pero la única manera de comprobar que iba por buen camino era utilizando huéspedes humanos. Había dejado a Noiholt para el último pues sus ayudantes la habían fotografiado en Estados Unidos acompañando a Chris Redfield, y le interesaba ver cuál era la reacción de su archienemigo al encontrar a una compañera en ese estado.
No iba a quedarse cerca, por descontado; para eso tenía un moderno sistema de cámaras de seguridad monitoreando constantemente todo el edificio, y sabía que Chris no estaba lejos. Le informaron minutos atrás que un jet había cruzado el perímetro de protección hacía poco rato, por tanto, ya era hora de partir.
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—Necesito que te mantengas fuera de peligro, Ada.
La espía no evitó fruncir el ceño profundamente. ¿Se había vuelto loco, acaso?
—Tú revisa el tercer piso y yo el cuarto —sugirió dulcemente, ignorando las palabras de su acompañante—. Si no encontramos nada, seguimos bajando.
—Prefiero que nos mantengamos juntos —contraatacó Leon.
—¿No escuchaste que a tu chica no le queda tiempo? Si nos dividimos cubriremos mucho más espacio que si vamos juntos.
Ada no esperó respuesta. Cargó su ballesta con una flecha y se echó al hombro las demás junto con un pequeño morral, el que acomodó en su cadera.
Había aterrizado el jet en el techo del edificio a pesar de su aspecto abandonado porque era lo más cómodo, y se amoldaba a sus planes posteriores. Leon desconocía la última parte, aunque presentía fuertemente que Ada no le había dicho todo, como siempre. Iba a reclamarle cuando el sonido apagado de un gemido zombi le alertó que se encontraban mucho más acompañados de lo que había pensado en un inicio.
—Yo revisaré el cuarto piso —masculló el agente empuñando su pistola.
Y salió corriendo hacia la puerta de emergencia que conducía a los interiores del edificio.
Ada no se molestó en disimular una sonrisa. Tal como había planeado, Leon hizo lo contrario de lo que ella sugirió. Sabía que, si le ordenaba ir al tercer piso, sospecharía y elegiría el mismo que ella. Muy bien. Ahora solo le faltaba encontrar a la pequeña alemana.
Abrió la puerta para desplazarse con rapidez por las escaleras. Encontró la entrada al piso número tres, en el que se adentró vigilando en todas direcciones.
Percibió la mirada de una criatura a su espalda y giró velozmente, encontrándose con un zombi que avanzaba hacia ella con la clara intención de morderle el cuello. Ada no lo pensó: disparó su ballesta clavando una flecha en la cabeza maloliente de aquel experimento, enviándolo al suelo con un breve estallido de sesos putrefactos.
—¡Uf!, y yo pensé que iba a ser más fácil… —se quejó en voz alta.
Sacudió la cabeza y cruzó los dedos para encontrar a Noiholt antes de que Leon lo hiciera y se declarara una catástrofe nacional
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Cuando la ardiente parejita salió del pequeño cuarto, nadie pareció mirarlos al principio. Chris continuaba pilotando con expresión adusta y Xiao-Yang dormitaba, pero Marcus no les despegó la vista hasta que tomaron asiento frente a él. Observó cuidadosamente a David, despeinado, sudoroso, y luego a Sam, que llevaba encima la chaqueta de David a pesar de que ya no la necesitaba, como evidenciaba el intenso rubor de sus mejillas sumada a la mirada de hembra satisfecha que no se molestaba en esconder. Su cabeza funcionaba con rapidez, y era tan evidente que parecía tener los engranes marchando visiblemente arriba de las cejas arqueadas.
—Ustedes dos deberían estar pensando en la misión —comentó.
—Reynolds me ayudó a buscar la chaqueta que prometí prestarle…
—Para el frío —añadió Sam.
—Ya. —Marcus ladeó la cabeza—. Parece que les costó encontrarla. Te ves agitada —señaló a Sam con el mentón y una mirada maliciosa.
—Tus cosas estaban regadas por todos lados —mencionó David sonriendo—, es tu culpa que nos demorásemos tanto.
Marcus soltó entonces una carcajada sorpresiva.
—Jesús, María y José —exclamó entre risitas—, ¡solo ustedes podrían pensar en follar antes de enfrentarnos a un montón de zombis hambrientos! Debí imaginar que terminarían por conocerse algún día.
Sam y David se unieron a su jolgorio sin extrañarse de que hubiera adivinado la verdad. Ambos ubicaban a Marcus –aunque por separado– y sabían que era un tipo con un gran sentido del humor. También tenía una marcada veta religiosa, pero no fanático, solo creyente en Dios hasta el espinazo y cada vez que debía matar a alguien lo hacía rezando y con el mayor respeto posible. Odiaba la idea de generar mal karma con sus acciones, mas sabía que su labor también incluía proteger a los más débiles y con eso se quedaba al final del día, especialmente en los momentos en que cierta sensación de culpa lo agobiaba. Mataba cuando no quedaba más remedio, y jamás lo disfrutaba.
El resto del viaje transcurrió sin más contratiempos. Chris no abrió la boca ni siquiera para preguntar por qué los agentes estaban tan animados estando ad portas de enfrentarse cara a cara con la muerte pues se encontraba demasiado incrustado en sus propias reflexiones. Todas acerca de Wesker, por cierto.
Xiao-Yang tampoco dijo nada, pero en su caso porque se encontraba profundamente dormido. El tipo tenía unas técnicas de relajación imbatibles y era capaz de quedarse traspuesto prácticamente a voluntad, sin importar lo incómodo que pudiera ser el lugar en donde se encontrara, así que dormir en un avión, para alguien como él, era una especie de paraíso.
Finalmente, Chris pudo hallar un jet en el techo de un edificio que parecía abandonado, al menos desde esa distancia; ese debía ser el avión en el que viajaba Leon. Hizo un pequeño rodeo ya que no deseaba dejar su transporte a la vista, por si necesitaban escapar de urgencia; la experiencia le dictaba que, cuando Umbrella estaba involucrada, lo más probable era que todo terminara con explosiones por doquier. Así que aterrizó entre medio de unos árboles y activó el camuflaje.
—Prepárense para sobrevivir a lo más increíble que se les ocurra —sugirió el exSTARS, colocándose su equipo a la cintura y empuñando la que era su arma favorita: una Beretta 92F personalizada que incluso tenía su propio nombre, «Samurai Edge».
El equipo de agentes liderados por Chris salió corriendo del avión y se internaron en el bosque. Todo se veía de un blanco delator por las intensas nevadas que habían caído hasta hacía muy poco, por suerte para ellos, ya que de tener una tormenta en esos momentos se habrían dificultado mucho sus labores de rescate.
Chris señaló hacia la izquierda mientras corría, mostrándole a los demás que el avión secuestrado por Wesker no estaba en absoluto escondido. En verdad, al tipo no le importaba en lo más mínimo ser encontrado… ¿tanto confiaba en sus habilidades sobrehumanas? Era de locos.
Unos disparos se escucharon a la distancia. Lo primero que pudieron notar fue cómo el bosque parecía cobrar vida con cada uno de esos fuertes sonidos, que reverberaban el latigazo hasta desvanecerse.
—Por allá —indicó David, que se destacaba por tener un oído extremadamente fino.
Obedeciendo la instrucción del latino, todo el equipo corrió siguiendo las breves indicaciones que les iba dando cada cierta cantidad de metros recorridos. Ni bien ingresaron al edificio y se les arrojaron un montón de criaturas imprecisas, ardientes de sangre y sesos. Sam obedeció de inmediato la orden de David, aquella que aprendió de Leon y nunca olvidó tras la desgracia de Rob Blatstein: «Dispara a la puta cabeza y no te lo cuestiones». A Xiao-Yang nada podía impresionarle, por lo que simplemente se concentró en eliminar amenazas sin cuestionarse a sí mismo en absoluto. Pero Marcus era un caso aparte. Se horrorizó de ver a aquellos seres sufrientes y sintió como si le rogaran una liberación, por lo que se persignó antes de comenzar a disparar. Se consoló brevemente con la idea de que no estaba matándolos, sino ayudándolos a salir de esa cárcel ulcerada en que se habían convertido sus propios cuerpos.
Chris dio un par de instrucciones y anunció que iría tras Wesker, porque no vio a Noiholt en el grupo de zombis que los atacaron. Todos vestían batas de laboratorio, así que una pequeña llama de esperanza brotó en él; probablemente los pasajeros del avión se encontraban cautivos en alguno de los pisos superiores. Subió corriendo las escaleras, redujo a unos zombis que lo atacaron en el segundo piso, y trató de no vomitar con la putrefacción que contaminaba el ambiente. Escuchaba gemidos en todos los cuartos del piso, así que comenzó a abrir puertas, una por una, confiado en poder encontrar personas vivas pronto.
La penúltima puerta fue más difícil de abrir, ya que se encontraba aparentemente bloqueada.
—¡Si hay alguien ahí tenga cuidado, voy a patear la puerta para poder entrar! —gritó, sin importarle atraer la atención de nadie.
Tras unos segundos de espera, Chris preparó su bota derecha y la encajó fuertemente contra la madera. Tuvo que propinar un nuevo golpe para moverla, aunque todavía no se abría por completo, y con un tercero en que utilizó todo su impulso finalmente consiguió apartar la puerta hacia un costado. Ingresó sin perder el tiempo, empuñando su arma, y lo primero que le llamó la atención fue la cantidad de sangre que adornaba tanto el suelo como las paredes de concreto. Luego notó tres cadáveres: uno desmembrado, el otro sin cabeza, y un tercero que parecía haber sido machacado hasta convertirlo en una masa sanguinolenta sin forma definida. Aquello daba náuseas.
Un gemido suave le alertó de que no estaba tan solo como pensaba. Apuntó cuidadosamente hacia el fondo de la habitación, avanzando lentamente.
—Identifíquese —ordenó.
Pronto, su acompañante desconocido avanzó un poco y pudo ver que no era un zombi, pero estuvo a punto de sufrir un infarto cuando reconoció en esa mujer amoratada y llena de golpes a Noiholt. Bajó su arma de inmediato sin ocultar su conmoción.
—Mierda… ¿qué te hicieron? —susurró.
Se acercó a ella para evaluar su estado –que parecía especialmente difícil– y tuvo que detenerse ya que Noiholt había alzado dificultosamente un brazo para detenerlo.
—¡No te acerques! —Su acento alemán, aunado a la evidente hinchazón de su pómulo izquierdo, hacía que entender sus palabras fuera más complejo de lo habitual.
—Tranquila, no te haré daño —lo intentó nuevamente.
—Pero yo sí podría… Wesker me inyectó un parásito. —Terminó de hablar llorando a mares.
Toda la desazón le había cobrado factura muy pronto, por lo que cayó de rodillas y Chris, intentando sujetarla, terminó a su lado sosteniéndola.
—Mátame, por favor —susurró la alemana.
El joven soldado se atragantó. ¿Había escuchado bien?
—Noiholt…
—¡Mátame, Chris! —Lo sujetó de la ropa como si quisiera zarandearlo—. ¡No dejes que lo haga Leon!
—Pero…
—¿Estás viendo lo que Wesker me hizo? ¡Soy un maldito peligro para todos! Tienes que matarme ya, te lo ruego…
Chris movió las manos ansiosamente sobre los hombros de la muchacha. No quería verse obligado a aniquilarla bajo ningún concepto, pero si era una amenaza debía hacer algo con ella, tenía razón. Miró hacia todos lados como buscando alguna inspiración divina que le permitiera tomar la decisión adecuada para ese terrible momento. Si la mataba, no solo se sentiría imposibilitado de volver a mirar a la cara a Leon y Claire, sino que él mismo despreciaría la imagen que le devolviera el espejo. Pero… ¿y si se convertía en una Arma Bio Orgánica? ¿Podría seguir eludiendo la responsabilidad que tenía con el mundo, de protegerlo a cualquier costo?
Noiholt aprovechó que Chris no la estaba viendo para moverse a una velocidad impropia de un ser humano ordinario, incluso para uno entrenado, lo que demostraba los efectos del parásito que Wesker le había inoculado; acto seguido, agarró el arma de Chris y se acomodó el cañón justo debajo de la mandíbula.
—No te sientas culpable —susurró.
Aquello fue todo lo que el soldado necesitó para darse cuenta de lo que estaba a punto de hacer, ya que con tal celeridad no vio que le había quitado la pistola hasta que la tuvo ya en su poder. En un acto reflejo, Chris estiró rápidamente un brazo y golpeó la culata del arma, haciendo que la trayectoria de la bala que Noiholt había gatillado no se incrustara en su cerebro sino en el techo del cuarto.
—¡Niña estúpida! —la gritó de pura frustración.
Ni bien terminó de escupirla y sus brazos ya se enrollaban apretadamente contra su pequeño cuerpo herido para impedir que cometiera alguna otra idiotez, o que consiguiera volarse el cráneo sin remedio.
—¡Tienes prohibido intentar algo así de nuevo! —exclamó un poco trastornado.
La alemana volvió a llorar desconsoladamente, buscando algún alivio en el hombro de Chris. ¿Es que no entendía lo arriesgado que era dejarla con vida llevando un experimento de aquel tirano en su interior?
—Vamos a solucionarlo —le susurró él cuando consiguió aclarar un poco su mente—. Iré tras Wesker y conseguiré una cura. No pierdas la esperanza, Noiholt, hazlo por Leon.
Le acarició la cabeza un poco más y se apartó con cara de querer asesinar al primero que se le cruzara. Empuñó su arma asegurándose de que la chica no tuviera nada cerca que pudiera usar para suicidarse, y cuando estuvo seguro le dedicó un gesto de confianza. Ella no dijo nada. Lo vio partir en silencio porque no quería albergar ninguna esperanza de sobrevivir, lo que incluía no alentar tampoco a los demás. Cerró los ojos.
Sus sentidos alterados captaron pasos acercándose a su posición. Aunque se consideraba atea, rezó con todas sus fuerzas para que quien la encontrara no fuera Leon. Le daba terror que la viera en ese estado. Rezó y esperó.
Cuando abrió los ojos, una sonrisa lenta se dibujó en su rostro. La suerte por fin se mostraba de su lado. Ada Wong la apuntaba cuidadosamente con una pistola.
Una curiosa euforia la dominó por completo. Ada no tendría ningún problema en realizar el trabajo sucio de eliminarla, lo que le evitaría a Leon la pena de ver en lo que se estaba convirtiendo, y también en tener que solucionar él mismo el problema. No quería añadirle ese trauma a sus ya muchas complicaciones emocionales.
Alzó la mirada con una sonrisa amplia.
—Gracias —murmuró. Ada le devolvió una mirada rebosante de extrañeza.
Y disparó.
El impacto dio justo en su corazón. Al instante sintió que las fuerzas abandonaban su cuerpo y se desplomó rápidamente. ¿Así se sentía morir?
«Agradéceme si sobrevives», creyó escuchar que le decía Ada, pero no estaba muy segura. Aún no perdía la conciencia. Tuvo un pequeño instante de terror al recordar que el cerebro humano se mantiene despierto por unos segundos tras la muerte, lo que la permitiría darse cuenta de su entorno después de fallecer. Aquello le parecía demasiado cruel.
Fue entonces que el aire entró a sus pulmones de manera brusca.
—Hola de nuevo —dijo Ada.
¿Qué estaba pasando? Intentó hablar, pero apenas consiguió hacer vibrar un poco los labios.
—Te apliqué un paralizador. No puedo arriesgarme a que me ataques —explicó adivinando la pregunta.
Noiholt trató de responderle, pero no supo cómo. Todo lo que podía hacer era observar a la espía guardar su arma y tomar varios elementos de un pequeño morral que llevaba a la cintura. Su visión, refinada gracias al parásito, no tuvo problemas en descifrar aquello que Ada intentaba esconder de sus ojos: un extraño frasco y una jeringa.
—¿Qué vas a hacer? —graznó débilmente.
—Debo ser rápida, Leon te está buscando.
—Sí, mátame ya…
Ada volvió a mirarla como si estuviera demente. Ambas se escrutaron por unos segundos, tratando de adivinar lo que pasaba por la mente de la otra, hasta que la espía sacudió sus cabellos negros y sin prestarle más atención, continuó acomodando las cosas para cumplir su objetivo.
Noiholt creía entender a Ada de cierta forma, al menos la mayor parte del tiempo, pero en ocasiones se le antojaba como un extraterrestre; no conseguía prever sus intenciones por mucho que se esforzara, y en momentos como ese se preguntaba si Leon se sentía así todo el tiempo cuando trataba de comprender a Ada y sus motivos para actuar como lo hacía.
Un tirón la devolvió al presente. No sentía nada, solo el movimiento brusco de su vista la alertó. Como podía girar la cabeza, aunque con mucha dificultad, se animó a echar un vistazo.
Y el escenario que encontró le paralizó el alma, acompañando así a la inmovilidad de su cuerpo.
Ada había amarrado una tira plástica alrededor de su brazo para extraerle sangre directamente a un tubo, el cual parecía tener algún sistema de refrigeración incorporado.
—¿Qué…? —alcanzó a preguntar antes de que la cánula se insertara en su arteria.
—No hables.
—¡Ada, no! —Le importaba un carajo la advertencia, iba a gritar con todo lo que le quedaba de fuerzas si eso impedía a la mujer continuar con su misión. No se requería un coeficiente intelectual sobresaliente para intuir qué haría Ada con la sangre que consiguiera exprimirle.
—Que te calles —reiteró calmadamente.
Noiholt volvió a llorar copiosamente. ¡Qué manera de derramar lágrimas ese día!
—Por favor, te lo ruego… no… —sollozó consternada.
—Creo que deberías preocuparte más por ti que por esto —señaló despreocupadamente el tubo con sangre que continuaba llenándose—; tu vida pende de un hilo. —Al terminar, tiró la jeringa al suelo y guardó rápidamente el tubo rebosante de líquido vital. Como se sentía generosa, decidió dedicarle algunas palabras a la alemana—. Escucha, Noiholt: Wesker, o quien sea, continuará experimentando sin importar que esta muestra llegue a sus manos. ¿Qué tal llevas la angustia de haber sido utilizada? No olvides lo que se siente. Todos hemos sido marionetas de Umbrella alguna vez. No te sientas especial sólo porque te han convertido en un proyecto; estás bien jodida, igual que todos.
Unos disparos a la distancia le advirtieron a Ada que Leon podría encontrarse más cerca de lo que pensaba. Terminó de ordenar el morral rápidamente, del cual sacó finalmente una nueva jeringa, aunque esta se encontraba llena de un líquido transparente.
—La dejaré aquí —anunció con su habitual voz sexy—. Espero que no te mueras —agregó, colocando la jeringa en el suelo, justo frente a la cara de Noiholt.
—¡Ada! —chilló al límite de sus fuerzas. ¿La iba a dejar ahí a su suerte, arriesgándose a que se transformara y matara a Leon en cuanto el paralizante dejara de hacer efecto?—. ¡No te vayas!
—Oh, por favor, no seas dramática.
La alemana intentó gritarle algo más, pero dejó caer bruscamente la cara contra el suelo, así que Ada supuso que por fin se había desmayado. Caminó con una sonrisa felina hacia la ventana más próxima en la cual utilizó su lanzagrifos para dirigirse al punto de extracción que le habían informado hacía algunos minutos. Estaba a punto de irse cuando Leon emergió caóticamente desde un rincón cubierto de sudor, la mirada enardecida.
—Y el príncipe aparece en escena —bromeó.
—¡Maldita sea!, ¿qué diablos…? —escupió al cambiar el objetivo de su mirada desde Ada hacia Noiholt, que parecía un estropajo sanguinolento tirado en el piso.
No perdió un segundo más, se lanzó a la carrera para arrojarse de rodillas al suelo y coger entre sus brazos musculosos a la pobre muchachita. Ni siquiera notó la presencia de la jeringa en el suelo; tan aliviado estaba de verla viva que no se detuvo a preguntarse el porqué de su penoso estado, aunque se veía de lejos que había recibido una paliza.
—Aguanta, nena, voy a sacarte de aquí —murmuró en su oído.
—Será mejor que te apures, el paralizante no durará mucho más. —Leon giró la cabeza bruscamente hacia la ventana. Se había olvidado de la presencia de Ada en el lugar—. Justo frente a ti se encuentra una jeringa, contiene un antiparasitario. Inyéctasela y corre a un hospital, porque una vez se extinga el parásito que le inocularon dejará de curarse y comenzará a agonizar. Tick tock, Leon —le presionó simulando el sonido de las manecillas de un reloj, porque el hombre no daba muestras de empezar a moverse.
—¡Mierda…! —Agarró la inyección con una mano y la clavó rápidamente en el cuello de Noiholt, porque sabía que haciendo eso la cura entraría al torrente sanguíneo más rápido que si lo hacía en otra vena.
Ada hizo un gesto de despedida con la mano y salió volando por la ventana, mas esta vez no le importó en lo más mínimo a Leon. Tenía demasiadas preocupaciones en la cabeza.
No reflexionó sino hasta varios días después en que había confiado ciegamente en las instrucciones de la mujer.
Chris apareció corriendo en ese instante y sus ojos refulgieron con cierta preocupación al ver que el agente Kennedy sostenía a una inerte Noiholt contra su cuerpo. Se acercó a explicarle lo que sabía, pero Leon lo interrumpió bruscamente.
—¡Tenemos que irnos de inmediato, no hay más sobrevivientes! —Se levantó del suelo cargando a la chica—. Hay que llevarla a un hospital. Se está muriendo, Chris —finalizó con urgencia.
—Leon, ella tiene…
—¡Ya le inyecté una maldita cura! —gritó—. No tengo tiempo para hablar de esto. Si no vas a llevarnos, tomaré prestado el avión. —Su tono reafirmaba la firmeza de su convicción, a pesar de que hablaba tan atropelladamente que las palabras apenas se le entendían.
—Yo piloteo. —Echó a correr empuñando su pistola para abrir el camino.
Leon necesitaba sostener a Noiholt con ambos brazos, por lo que Chris se encargó de comunicarse con el equipo y explicarles la gravedad de la situación, ordenándoles dirigirse de inmediato a su transporte. Gracias a ello, consiguieron llevar a su destino sin contratiempos. David y Marcus prepararon una camilla improvisada con unas maletas para que Leon dejara allí a la muchacha; sangraba por la boca a ratos, pero lo que más les preocupó fue ver que por la cintura se extendía una marca amoratada. Xiao-Yang dictaminó que le estaban fallando los riñones, probablemente por haber recibido muchos golpes en esa zona, así que se quedó con ella y comenzó a presionarle ciertos puntos del cuerpo que él conocía para ayudarla con el dolor y mantenerla más o menos estable hasta llegar al hospital más cercano… que se encontraba a una hora del lugar.
Todos estaban conmocionados. Chris no decía palabra mientras dirigía la aeronave, pero sus pensamientos estaban fuertemente enfocados en Jill. Podía comprender cómo se sentía Leon, ad portas de perder a su compañera, aunque en su caso la relación de ellos era distinta de la que él mantenía con la exSTARS. La muerte era una maldita traidora. Incluso su hermana Claire podría escapársele entre los dedos… pero Wesker no; ese jodido tirano no se moría con nada. Maldijo pensando en el tiempo que había desperdiciado indagando por todo el edificio sin hallar siquiera el más mínimo rastro de su persona, como si hubiera sabido desde el inicio que iría en su búsqueda.
Sam y David se encontraban a los pies de la camilla, contemplando a Noiholt tomados de la mano. Marcus rezaba en silencio para que la chica resistiera el viaje. Leon, convertido en alma en pena, sentía que la ansiedad se iba a llevar su cordura de un momento a otro. Había sido consciente de los peligros que implicaba trabajar en contra de Umbrella y sus armas biológicas, incluso había imaginado lo que sentiría en caso de perderla, pero nada lo preparó para el golpe de realidad. Era mucho, mucho peor de lo que supuso alguna vez.
¿Qué sería de él si Noiholt abandonaba este mundo? Ya no era capaz de imaginar su vida sin su balsámica presencia. Cuando creyó que Ada había muerto en sus brazos supo que parte de él se fue con ella, pero si Noiholt lo abandonaba, todo su ser también lo haría. Era diferente. ¿Cómo no se había dado cuenta?
Una exclamación ahogada lo sacó bruscamente de sus pensamientos. Los ojos se le abrieron hasta un punto imposible cuando se dio cuenta de que Xiao-Yang mascullaba rápidamente en su idioma natal. De una sola zancada llegó hasta Noiholt y se dio cuenta de por qué el chino estaba tan alterado: tenía los labios amoratados.
—¡No respira! —gritó deformando las palabras con su acento oriental.
Todo el perímetro se convirtió en un borrón. Xiao-Yang llamó a Marcus para que lo asistiera, ya que del equipo ambos eran los que tenían mayores conocimientos médicos. Y mientras el enorme afroamericano efectuaba un eficiente masaje cardiaco al pequeño cuerpo de Noiholt, Xiao-Yang dio vuelta una caja de medicinas buscando epinefrina para inyectarle y lograr que tanto sus pulmones como su corazón volvieran a funcionar lo suficiente como para darles tiempo de llegar al centro médico. En el intertanto, David y Sam se ayudaban mutuamente preparándose para una posible intubación. Si Noiholt se negaba a respirar, la obligarían como fuera.
Ninguno de los presentes estaba dispuesto a perder a un compañero de misión.
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Arribaron corriendo al hospital. El equipo táctico se dedicó a entregar los datos más básicos de la muchacha para que la admitieran, mientras que Leon y Chris buscaban una camilla, el primero con la chica inerte nuevamente entre sus brazos. Un doctor apareció de pronto y miró a Noiholt con expresión escéptica.
—No les prometo nada —indicó en un precario inglés—. Su voluntad de vivir es lo más importante.
Llamó a una enfermera que reaccionó de la misma forma al ver el estado de la alemana, provocando que a Leon le dieran ganas de ponerse a gritar. «¡Ya dejen de mirarla y hagan algo!», pensaba frenético. Por suerte no tuvo que exteriorizar sus agudas reflexiones, ya que los profesionales de la salud comenzaron a moverse rápidamente y se llevaron a Noiholt directamente a la sala de operaciones tras un gesto que el médico hizo después de escuchar su corazón a través del estetoscopio.
Leon se quedó de pie frente a las enormes puertas con la certeza de que su alma se encontraba con ella, protegiéndola e impidiendo que se marchara.
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Moscú, Rusia. Día 29 de julio del año 2000.
Catorce horas más tarde, Claire Redfield apareció en el hospital ruso buscando a Leon. Supo por Hunnigan que la vida de Noiholt estaba en serio peligro cuando esta le confidenció que se encontraba en manos de Wesker, por lo que no perdió ni un instante y se instaló en un avión prestado por TerraSave con la promesa de hacer mil horas extras en el mes a modo de agradecimiento. Llevaba muy poco tiempo en la entidad y solo su prestigio como pariente inmediato de Chris la ayudó a conseguir su objetivo. Ya instalada en la aeronave envió un mensaje a su hermano avisando que estaba de camino a Rusia y que llegaría al día siguiente, rogándole que le diera al piloto la ubicación en que se encontraban. No iba a permitir que Leon pasara todo aquel mal trago solo.
Chris sabía muy bien cómo era Claire cuando se le metía algo entre ceja y ceja, por lo que mientras guiaba su avión hacia el hospital se comunicó con el otro piloto y le envió la dirección a la que se dirigían. No quiso hacerlo antes para no involucrarla en la posible pelea con Wesker, que finalmente no se había concretado pues Chris no halló rastro alguno de su excapitán. Supuso que se había marchado antes de que lo encontrara.
Los hermanos se abrazaron fuertemente al encontrarse. Intercambiaron unas cuantas palabras cariñosas y muy pronto Claire quiso saber dónde estaba su mejor amigo. Chris no tenía certeza de su localización, así que solo pudo asegurarle que se encontraba dentro del hospital. Ella lo buscó por todos lados y consiguió hallarlo finalmente en la sala de espera con la cabeza atrapada entre ambas manos. Realmente se veía perdido.
Tomó asiento a su lado. Se dio cuenta de que los dedos parecían tener el firme objetivo de atravesarle la piel y el hueso del cráneo; reconoció el gesto desesperado de su interior, esa impotencia de no poder hacer nada por salvar a la persona que amas, solo esperar.
Con mucha dulzura, tomó una de sus manos y la fue separando lentamente de su cuero cabelludo.
—Tranquilo —susurró con su habitual tono maternal—, ella va a vivir.
—Claire, la jodí tanto… No sé qué diablos estaba haciendo. Noiholt tenía razón cuando dijo que necesito solucionar mis mierdas emocionales…
Alzó un poco la cabeza y se encontró con la mirada comprensiva de la muchacha. Sus ojos azul grisáceo no lo juzgaban; por el contrario, lo invitaban a desahogarse con la tranquilidad de que, con ella, nunca sería sentenciado bajo la verdad de sus palabras.
Leon dejó de jalarse los cabellos con la mano que aún mantenía en su cráneo y la bajó hasta la rodilla. Redobló el agarre con que se sujetaba al consuelo de Claire y le explicó todo lo que había ocurrido desde la última vez que se vieron, y lo que omitió también en sus conversaciones telefónicas: el amor de Noiholt, la entrega sexual, los besos con Ada, la confusión interior…
—Soy un puto desastre —finalizó, con una mezcla de asco y autocompasión—. Es como si la maldición de Raccoon jamás fuera a dejarme por completo.
Claire torció un poco el gesto; para ella, ver a Leon así era toda una novedad. Habían enfrentado juntos el abismo post destrucción, apoyándose el uno al otro para mostrarle a Sherry la mejor cara de la historia. Ella nunca se enteró de lo mucho que sus héroes sufrían las consecuencias de la muerte y el espanto al que habían sobrevivido.
En aquellos primeros tiempos, ambos se juntaban frecuentemente a tomar café; a veces hablaban mucho, otras se quedaban en silencio, pero incluso esos momentos sin palabras de por medio eran valiosos, reparadores. Cuando Claire le dijo que iría a buscar a su hermano a París, lo primero que Leon hizo fue ofrecerle su compañía. Pronto desecharon la idea porque no querían dejar a Sherry sola, así que el policía se quedó en Washington con la niña, tanto para cuidarla como para afinar los detalles del acuerdo que estaba refinando con el Gobierno de los Estados Unidos, el que incluía proteger a la única heredera Birkin de su propia genética, alterada gracias a la presencia remanente del virus G en su interior.
La pelirroja había tenido grandes dificultades en la búsqueda de su hermano así que contactó a Leon para que la ayudara, y este, a su vez, consiguió ubicar a Chris. Las cosas resultaron bien, de cierta forma, pero Claire terminó muy herida emocionalmente tras la muerte de Steve Burnside. En aquel momento, también buscó contención en su amigo y este se la brindó sin pensar. La negociación con el gobierno estaba finiquitada, así que Leon sacrificó su carrera como policía para convertirse en agente del Servicio Secreto, de esa manera, Sherry estaría bien cuidada por la división médica y no correría peligro. Leon se encontró asqueado con la burocracia y sintió que el suelo se le movía bajo los pies. Claire comprendió muy bien cómo debía sentirse, pero ni en esa ocasión lo vio tan perdido como ahora, gracias a esa espía sexy que jugaba con su cuerpo, y la alemana que se le introducía a viva fuerza en el corazón.
Lo miró con cariño y comenzó a peinarle las cejas con la mano que tenía libre.
—Odio todo lo que pasamos en Raccoon City, pero gracias a ello pude conocerlos… a ti y a Sherry. Es decir, que no siempre un desastre biológico te permite encontrar a tu mejor amigo. —Y le sonrió ampliamente para infundirle confianza.
—A tu familia —añadió Leon en un susurro—. Ustedes son mi familia.
Claire soltó su mano y lo abrazó con fuerza.
—Te quiero. Chris, Sherry y tú lo son todo para mí. Se me aprieta el pecho cuando te veo sufrir tanto. Sé que no la heriste a propósito, pero piensa bien lo que deseas. Pude ver en los ojos de Noiholt cuánto te ama, ¿estás dispuesto a perder eso por una relación puramente física con Ada?
El agente no respondió, solo continuó con la cara escondida en el hombro de Claire. Su aroma característico siempre le daba mucha tranquilidad, y aunque a veces también lo volvía loco con sus bromitas, sabía que lo protegía con su vida y solo quería verlo feliz. Sobraba decir que el sentimiento era mutuo.
—¿Estás enamorado, Leon? —Por el suspiro que escuchó tras la pregunta, Claire intuyó que eso tampoco lo sabía—. No puedes estar con ella solo por simpatía.
—Me gusta mucho —aseveró—, la necesito; me complementa tanto que a veces me preocupa.
La muchacha no hizo comentarios sobre esa última frase. En ocasiones, había que permitir a las personas darse cuenta por sí mismas de los sentimientos que albergaban y que temían descubrir por completo. Esa misma técnica la estaba aplicando en Chris y Jill, pero parecía no tener mucho éxito de momento.
No obstante, tenía fe en Leon y sabía que, eventualmente, podría sacar de aquel profundo cofre todo lo que estaba conteniendo sin darse cuenta.
—Me dijiste que se marchaba a una especialización antes de que ocurriera todo este desastre —continuó Claire, redirigiendo la conversación hacia otro camino pero manteniendo la línea inicial—. ¿Qué harás si cumple su palabra?
—No lo sé. Me gustaría que no se fuera aún, o a lo menos, que me permitiera explicarle lo que ocurrió antes. Realmente no sé qué pasará cuando despierte.
Claire apretó ligeramente el abrazo.
—Dale un poco de espacio si te lo pide, probablemente esté bastante perturbada por lo que sea que Wesker hizo con ella en esas horas… Créeme: sé muy bien cómo debe sentirse.
Un escalofrío involuntario se le escapó y la hizo temblar brevemente. En ese momento, Leon invirtió la situación de ser consolado a dar consuelo. A veces se le olvidaba que, por muy fuerte que se viera, Claire había atravesado momentos durísimos que la habían marcado a fuego y para siempre. Alzó un poco la cabeza y cambió la postura del abrazo, dejando esta vez la cabeza de Claire descansando sobre su pecho mientras que él le besaba el pelo.
—Eres mi conciencia, Redfield —bromeó—: haré lo que tú digas.
—Oh, no, ni lo sueñes. Aquí tienes que seguir tu instinto —respondió con unas risitas.
—¿Segura? Porque hasta ahora todas mis decisiones han dejado mucho que desear.
—El hecho de que lo admitas dice mucho de ti, Leon —dijo sonriendo aún.
Se quedaron abrazados por un rato más, hasta que los doctores salieron de la sala de operaciones y le informaron al agente que Noiholt se encontraba lo suficientemente estable como para trasladarla a Washington y ser tratada apropiadamente. El gobierno de Rusia le había explicado al grupo de doctores que esos visitantes eran agentes estadounidenses en una misión especial, por eso se habían esmerado tanto en mantener a Noiholt con vida para luego entregarla al equipo médico encargado de contener las amenazas biológicas en Estados Unidos. Era el mismo que investigaba los efectos que había dejado el virus G en el cuerpo de Sherry.
—Bueno, ¿nos vamos? —sugirió Claire con un guiño gracioso.
Leon asintió, mucho más aliviado sabiendo que Noiholt tenía buenas posibilidades de salir con vida de todo el desastre que Wesker había causado.
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Washington D.C., Estados Unidos. Día 3 de agosto del año 2000.
Leon Kennedy, Chris y Claire Redfield, David Ortiz, Sam Reynolds, Xiao-Yang Hong y Marcus Tower regresaron a Estados Unidos en el mismo avión militar que trasladaba a Noiholt Maüser, aún entubada y con un montón de cables adheridos a su débil cuerpo, más una incómoda mascarilla que mantenía en su lugar la nariz que le habían recolocado tras la rotura propinada por Wesker. La pobre muchacha había pasado unos cuantos momentos realmente peliagudos, tanto que el equipo médico preguntó a Leon si tenía forma de comunicarse con sus parientes y explicarles lo que estaba ocurriendo. El agente no lo hizo ya que sabía bien cómo se sentía la alemana respecto a eso, aunque todavía no le explicaba claramente por qué las cosas estaban tan mal entre ella y su familia materna.
Ya en su país natal, Leon pidió tiempo libre a Hunnigan para poder monitorizar los avances en la salud de Noiholt, y la buena mujer hizo todo lo posible por concedérselo, esto incluía adular continuamente a los grandes jefes del gobierno, pero lo cierto era que Leon merecía un poco de descanso físico y emocional.
Los médicos que tomaron el caso de la agente alemana concluyeron, tras variadas y exhaustivas pruebas, que luego de haber recibido la cura su cuerpo expulsó al parásito por completo; esto se traducía en que, al recuperarse, quedaría sin ninguna consecuencia, como si nunca hubiera estado infectada. Uno de los médicos explicó a Leon que esto se debía a que la sangre de Noiholt no se había visto mezclada con ningún agente contaminante mientras el parásito estuvo dentro de su cuerpo, situación diferente en los virus T y G, en donde sus compuestos pasaban a formar parte de la sangre y los tejidos del huésped. Ese había sido el caso de Sherry.
Leon le explicó todo aquello a Claire por teléfono.
—¿Ves? Yo tenía razón —afirmó la muchacha al otro lado de la línea.
—Tú siempre tienes razón —bromeó, ahora que se encontraba de mejor ánimo.
Una tarde, aproximadamente cuatro días después de todo lo ocurrido, Leon se percató de que Noiholt parecía estarse ahogando. Llamó rápidamente a la enfermera y esta lo tranquilizó explicándole que había comenzado a respirar por su cuenta, por eso el tubo que tenía metido por la garganta estaba molestándole.
Una vez libre de él, la chica tosió un poco, abrió levemente los ojos y volvió a cerrarlos.
Ocho horas después el proceso se repitió, pero esta vez no se durmió de nuevo. Pestañeó varias veces tratando de aclararse un poco la vista, que llevaba muchos días sin utilizar. Las luces en la habitación eran tenues y las cortinas permanecían cerradas, por lo que no tenía forma de saber si era de día o de noche.
—Nena —susurró Leon.
Ella se sobresaltó. Lo miró, luego a sus brazos llenos de cables y medicamentos intravenosos, al techo por si tenía respuestas, y a Leon otra vez.
—Relájate, todo está bien —murmuró en tono suave, tranquilizador, acariciándole la frente por encima de la mascarilla—. Ya estás fuera de peligro.
—Y… el… —La voz le sonaba como si hubiera tragado astillas.
—Escucha: lo que sea que hayas tenido desapareció por completo con la inyección que dejó Ada. No quedó ningún remanente. Así que solo debes concentrarte en tu recuperación física. —«Y sicológica», añadió para sus adentros.
Noiholt asintió despacio, consciente de que sus ojos habían decidido derramar nuevas lágrimas por su cuenta, sin pedirle permiso. No sabía por qué estaba tan nerviosa aquel último tiempo, ya que no era una mujer que sucumbiera fácilmente al llanto, pero no tuvo que pensar mucho para obtener una respuesta: estaba herida emocionalmente por Leon, por lo ocurrido, incluso por Ada. Iba a necesitar tiempo para sentirse ella misma nuevamente.
Volvió a otear en todas direcciones, visiblemente inquieta, por lo que Leon la imitó siguiendo su mirada. Parecía estar buscando algo.
—¿Qué ocurre, muñeca? ¿No te gusta estar aquí? —inquirió un poco en broma. Noiholt confirmó sus sospechas meneando bruscamente la cabeza—. ¿Por qué?
Ella le clavó sus ojos color cielo con expresión suplicante, como si dijera «Por favor, no me lo preguntes». Leon levantó ambas manos y mostró sus palmas conciliadoras. Iba a seguir el consejo de Claire; si quería espacio, se lo concedería.
—Creí que iba a matarte —mencionó ella cambiando el tema.
—Casi lo hiciste, pero del susto. Cuando te vi en el suelo pensé lo peor.
—¿Dónde está Sam?
Esa pregunta descolocó al agente. No conocía la buena relación entre ambas mujeres, aunque debió sospecharlo por las miradas cortantes que le dirigía la agente cuando no estaban trabajando.
—Ella y Ortiz han venido todos los días a verte. Si esperas unas horas aparecerán sin duda. —Noiholt asintió—. Mira… sé que este no es el momento para que conversemos, y no sacaré el tema a menos que tú lo decidas, pero necesito explicarte lo que…, eh…
Leon dejó de hablar cuando se dio cuenta de que la chica se había quedado dormida otra vez.
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En los días anteriores a obtener el alta, Noiholt recibió lo que ella consideró «demasiadas visitas»: Hunnigan, Claire, Xiao-Yang, Marcus, Sam, incluso David, el que ya no la incomodaba pues descubrió que su amiga –ya estimaba a Sam como tal– había conseguido su objetivo de conquistar al galán latino. Sonrió con sinceridad cuando los vio flirteando descaradamente en sus narices, y poco les faltó para ponerse a follar en su propia cama.
Chris también pasó a ver el estado de Noiholt. No hablaron mucho, principalmente por lo débil que se veía («Como si fuera a desmayarse en cualquier momento», pensó mientras la observaba), mas cuando el soldado estuvo a punto de retirarse percibió un agarre sutil en la manga de su chaqueta.
—¿Qué pasa, pequeña? —dijo en tono jocoso.
Noiholt decidió ignorar la punzada de ira que sintió; una reacción habitual en ella cada vez que alguien hacía mención de su corta estatura.
—Gracias… en verdad, me salvaste. —Terminó la frase, y su voz trémula impregnó de sentimientos aquellas palabras.
Chris sonrió, pero desestimó sus palabras con un mohín. No había nada que agradecer. Se inclinó un poco y le acarició la cabeza a modo de despedida silenciosa, sin sospechar que varios años más adelante aquella tímida muchacha alemana iba a convertirse en su mejor amiga.
Leon, por otro lado, no tuvo éxito en ninguno de sus intentos por sacar el tema de Ada a colación. Noiholt se negaba a aclarar las cosas entre ellos y no había modo de extraerle algo más de tres o cuatro palabras, y cuando finalmente le dieron el visto bueno para marcharse del hospital, ignoró los deseos de Leon en llevarla a su casa para que se recuperara allí; no le hizo caso y le pidió a Sam que la acompañara en su departamento antes de marcharse de Estados Unidos a cumplir con la especialización que le habían ofrecido previamente, por supuesto una vez recibiera el alta médica definitiva para volver a entrenar. Fue inútil que el agente intentara explicarle que solo se preocupaba por su bienestar, aquella noche en que la llamó a su teléfono móvil para comprobar que estaba siendo bien cuidada por la agente Reynolds.
—No me siento preparada para hablar contigo ahora —se excusó Noiholt—. Si lo hago, vamos a terminar muy mal.
—¿Por qué?
Ella suspiró audiblemente.
—No sé cómo enfrentar esta situación.
—Lo que yo veo es que sales corriendo cada vez que las cosas se ponen difíciles. En Alemania, dejaste de hablarme casi una semana. En Rusia, más de lo mismo. Si no conversamos, ¿cómo vamos a resolver nuestros conflictos?
Noiholt sabía que él tenía razón. Ese era uno de sus patrones de conducta que más deseaba cambiar, y lo había intentado con Leon. Dios sabía que esa noche en Alemania, tras hablar con Ada, decidió pelear por él, pero en aquel momento pensaba que tenía posibilidades de éxito. Ahora no estaba tan segura, y eso era porque el mismo Leon no sabía lo que quería. La época en que creyó tener el poder de resolver las dificultades de su relación le parecía muy, muy lejana.
Armándose de valor, decidió poner en palabras una parte de sus temores.
—Leon: te quiero y lo sabes. Estar enamorada de ti es un arma de doble filo que no me permite ver las cosas con claridad. Mira… conozco gente que, antes de iniciar un noviazgo, pasan por un período de amistad en el que se conocen y luego ven hasta dónde pueden llegar juntos. Nosotros nos lanzamos en algo sin nombre al inicio, y yo me arriesgué a sabiendas de que no estabas preparado para tener una relación. Tú necesitas madurar… —hizo una pausa— y yo también.
Se quedaron en silencio por un rato, tan solo escuchándose respirar a través del teléfono.
—¿Cuándo vuelves? —preguntó Leon, tratando de mantener una postura optimista.
—Entre mayo y julio, creo.
—Entonces… —murmuró jugueteando con su fiel encendedor— mientras estés fuera, seremos amigos.
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Día 15 de octubre del año 2000.
«Ortiz y Reynolds son insoportables. No paran de sobajearse y tienen a todos de los nervios.
Vuelve pronto.
Leon».
«Deberías ver las fotos que me mandan al correo electrónico…
Noiholt».
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Día 24 de diciembre del año 2000.
«Feliz cumpleaños, nena.
Espero que China no esté demasiado frío.
No olvides pedir tres deseos.
Leon».
«Solo tengo uno: que estuvieras aquí, conmigo.
Noiholt».
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Día 1 de enero del año 2001.
«Feliz año nuevo.
Noiholt».
«Vuelve.
Leon».
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Día 5 de enero del año 2001.
«Nos conocimos hace exactamente un año, ¿lo habías notado?
Me cambiaste la vida para siempre.
Noiholt».
«Estaba hibernando cuando nos encontramos.
Si yo te cambié la vida, tú me la devolviste.
Leon».
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Día 16 de marzo del año 2001.
«Esto te va a sorprender, pero Ortiz y Reynolds volvieron después de su última ruptura.
Leon».
«Tendré que regañar a esa mujer por ocultarme algo tan importante.
Noiholt».
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Día 27 de marzo del año 2001.
«Dime algo de ti que no sepa, y yo haré otro tanto.
Mi padre, por ejemplo, también fue policía.
Leon».
«Una vez robé comida en un carrito de Malasia porque no tenía dinero.
Noiholt».
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Día 9 de mayo del año 2001.
«Llego en tres días, para el vuelo de las ocho de la mañana. ¿Pasas a recogerme?
Noiholt».
«Estaba esperando que me lo pidieras. Allí nos vemos.
Leon».
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Washington D.C., Estados Unidos. Día 12 de mayo del año 2001.
En plena primavera, lo que más proliferaba en el ambiente eran las alergias y no el amor, como muchas canciones intentaban hacer creer a las personas. Pero eso a Leon lo traía sin cuidado, ya que se encontraba bien medicado para combatir las incomodidades de no poder respirar polen como el resto de los mortales. Condujo tarareando una canción de Nirvana hasta el aeropuerto y se dedicó a esperar con la mayor calma posible, pero sabía muy bien que se encontraba nervioso. Durante aquellos meses de separación –menos de un año, por suerte para él– ambos se dedicaron a intercambiar mensajes constantes y mantuvieron el contacto sin contratiempos. No quería reconocerlo a viva voz, pero le daba la impresión de haber conocido más a Noiholt estando separados que en los meses que compartieron juntos antes de que su estupidez mandara todo al garete.
Ada, por otro lado, desapareció tal y como lo hizo tras la explosión de Raccoon City: sin dejar rastro y sin pistas de un posible regreso, casi como si estuviera muerta. La experiencia pasada había facilitado a Leon la ganancia del conocimiento, por lo que ya no le preocupaba desconocer el paradero de la espía; no le cabía duda que, en el momento propicio, aparecería otra vez. Solo esperaba no volver a portarse como un estúpido.
Noiholt tuvo razón en que la perspectiva ayudaba mucho a ver las cosas con un cariz diferente, esto consiguió que notara todos los errores que ambos cometieron en el pasado y pensar en cómo evitarlos a futuro. No perdía la esperanza de que la chica aceptara ser su novia otra vez, aunque le daría todo el tiempo del mundo para decidirse. Había pasado muchos meses escuchando a Claire y su teoría de que el sexo podía ser un terrible distractor a la hora de resolver conflictos…
«… así que nada de acostarte con ella cuando regrese. Trata de mantener la verga dentro de tus pantalones y no actúes como un neandertal», fueron algunas de las palabras más amables que su mejor amiga le dedicó. Leon tragó saliva porque su cuerpo sí pedía algo de acción luego de tantos meses en sequía, y no dudaba de que a Noiholt le ocurría lo mismo. En esos difíciles meses apartados se le ocurrió varias veces que ella podría encontrar a alguien más que le gustara y olvidarlo, pero luego se convenció de que estaba más enganchada de su persona de lo que realmente le convenía. Por eso, y mucho más, esperaba recompensarla lo mejor posible en esta segunda oportunidad que tanto deseaba obtener.
Noiholt apareció a su espalda en ese instante.
—Hola, Leon.
Lo cierto era que su avión había arribado un rato atrás, pero la muchacha no quiso acercarse a él de inmediato. Se tomó el tiempo de admirarlo a la distancia, embebiéndose de su belleza masculina como no había podido en mucho tiempo. El tipo era como el vino, y no le cabía duda de que cada año iba a ponerse mejor.
Sintió una dura punzada de nostalgia en el pecho. No sabía cómo se las arregló para estar tantos meses lejos de él, pero no había visto otro camino luego de todo lo que ocurrió entre ellos hacía cerca de un año.
Leon se dio vuelta, quedándose petrificado. No creyó que Noiholt pudiera cambiar tanto, pero nuevamente el destino se había burlado de él: aquella muchacha se veía un poco mayor, ya que de la alemana con tintes juveniles casi no quedaba retazo. Esta mujer tenía el cabello rubio hasta la cintura, liso, con unos mechones negros y rojos asomando desde su nuca. Su boca continuaba gruesa y grande, destacándose en su rostro. De la nariz rota no quedaba ningún vestigio, siendo igual de recta, respingada y algo ancha en las aletas como siempre. Su mirada se mantenía fría y quemante como el hielo mismo, pero el rostro y las líneas de su cuerpo se habían redondeado, siendo más firmes y llenas de lo que recordaba. Podía ver fácilmente que había ganado un poco de masa muscular; se veía más fuerte, menos vulnerable, y tanto o más deseable que antes.
El agente Kennedy no pudo evitar que una de sus manos enredara los dedos en el sedoso cabello de la chica, acariciándolo lentamente, disfrutando cada segundo de su compañía.
—Estás preciosa —musitó encantado.
Noiholt enrojeció con el cumplido. Se mordió el grueso labio inferior, tintado de bermellón, pensando en cómo responder a esa frase.
—Estás buenísimo —dijo tras unos segundos de silencio. Leon sonrió, algo divertido—. ¿Vamos a mi departamento?
—Claro.
No iba a darle una segunda interpretación a sus palabras. Solo conversarían. Seguir los consejos de Claire era su prioridad número uno.
Debía ganarse la confianza de Noiholt nuevamente.
Pero sus buenas intenciones terminaron desechadas en la basura cuando, en el estacionamiento, Noiholt dejó caer su maleta al suelo y se lanzó a abrazarlo provocándole un buen susto. Su espalda chocó contra el Jeep de su propiedad y se le arrancaron las llaves cuando rodeó su estrecha cintura con el ansia de sus fuertes brazos. Se sintió en la gloria al enterrar la cara en su cuello, respirando hondo, fascinado al percibir («¡Por fin!») el aroma a frutas del champú que más le gustaba utilizar.
Permanecieron abrazados por mucho tiempo y a Leon no le importó en absoluto estar medio agachado, ya que ella se había colgado de sus hombros buscando sentir su calor otra vez.
Noiholt fue dejando un pequeño camino de besos por su cuello, avanzando hacia su mandíbula y su mentón, recién afeitados.
—No tienes idea de cuánto te he extrañado… —afirmó con su voz dulce, de agudeza casi infantil.
Leon cerró los ojos.
—Nena, necesitamos hacer esto bien. No quiero herirte como la última vez.
—Debemos tomarnos nuestro tiempo. —Ahora sí, concluyó el abrazo pero sin eliminar por completo el contacto entre ellos, manteniendo una mano en su áspera mejilla—. Vamos a mi departamento y hablemos.
El trayecto no duró mucho, principalmente porque Leon se concentró tanto en la conducción que no se dio cuenta de que ya había aparcado en el estacionamiento hasta que hubo apagado el motor. Se quitó el cinturón de seguridad y miró a Noiholt, que no abrió la boca en todo el viaje. Le iba a decir algo, pero se vio interrumpido por su mirada glacial.
—Antes quiero contarte lo que ocurrió con Wesker cuando nos separamos el año pasado. Me costó, pero conseguí recordarlo todo.
Leon asintió, acomodándose un poco de lado para mirarla y no perderse detalle de su relato.
—Subí al avión con algunos de nuestros compañeros administrativos, también civiles que no tenían idea de la misión que estábamos llevando a cabo. La azafata me ofreció una copa de champaña, que bebí con un dramamine para tratar de dormir. Eh, no me mires así, era la única forma de descansar, estaba muy tensa —se defendió ante la mirada reprobatoria de Leon—. Desperté asustada por unos gritos, aunque en un principio creí que teníamos turbulencias y alguien había entrado en pánico por nada. Pero pronto me di cuenta de lo equivocada que estaba. Wesker apareció por el pasillo y me mandó a volar con tan solo un manotazo. Pude reconocerlo, pero cuando desperté más tarde no lo recordaba.
Noiholt estuvo un buen rato relatando todo lo sucedido hasta que Chris la encontró, y no omitió el hecho de que había elegido acabar con su vida para evitarle el trauma.
—Perdóname —le rogó al ver su rostro descompuesto—, pero todo lo que podía pensar era en que ibas a aparecer por esa puerta y yo misma iba a matarte. No sabes… —dejó caer algunas lágrimas—; para mí, eso habría sido el equivalente a morir.
Leon se recargó en el cabecero del asiento, tapándose la cara con el interior del codo. Chris no le había contado ese importante detalle de la historia, así que tenía muchas ganas de cruzar algunas palabritas con él. No le hacía ninguna gracia haberse mantenido en la ignorancia por tanto tiempo.
Pero pronto dejó de pensar en eso puesto que ahora lo que realmente le importaba era arreglar las cosas con Noiholt. Después podría ver qué hacer con esa información. Dejó caer el brazo y volvió a mirarla, descubriéndola expectante.
—No la tomes con Chris, él me salvó —dijo sin apenas mover los labios.
—Lo haré por ti.
La alemana suspiró y retomó el relato. Cuando llegó a su despertar en el hospital, vaciló un poco, ya que le costaba explicarle que no sabía qué hacer cuando se dio cuenta de que había sobrevivido a una situación en la que ya se había resignado a perder la vida.
—Y llevabas razón: no me gustan los hospitales, los odio —admitió frotándose la frente—. Tenía como diez años, y mis padres se habían divorciado no hacía mucho. Mamá descubrió que mi abuelo estaba evadiendo impuestos en una de las empresas familiares, discutieron y él la golpeó hasta que se cansó. La acompañé semanas en su recuperación, muerta de miedo, hasta que papá se enteró del asunto y viajó desde Alemania. Estuvo a punto de matar a mi abuelo.
Leon escuchó la historia con ambas cejas empinadas casi hasta la coronilla. Noiholt raramente ofrecía detalles de su familia materna, y ahora podía explicarse el por qué. Le dieron náuseas de solo pensar en ella como una niña pequeña, atemorizada, y sola.
—Estando en esa habitación de hospital me costaba un montón pensar —continuó—. Sentía que no era yo la que estaba ahí… Por eso decidí que debía irme si quería poner todo en perspectiva y no arruinar lo que nos quedaba juntos. —Lo observó anhelante—. Y aquí estamos.
—Aquí estamos —confirmó Leon, devolviéndole la expresión.
—Necesito…, quiero ver hasta dónde llegamos.
—Haré lo que esté en mi mano para compensarte por todo.
—Leon: no me prometas nada que no puedas cumplir. —Le tomó el rostro con ambas manos—. Solo quiero que nos esforcemos en ser mejores que antes, y yo intentaré no compararme con Ada de nuevo.
—Me quieres más de lo que merezco —susurró atrapando una de sus manos y apretándola más contra su mejilla.
Noiholt negó con la cabeza, muy en desacuerdo con esa afirmación, pero demasiado hipnotizada por su boca como para responderle apropiadamente. Cerró los ojos y acercó sus labios besándolo suave, castamente. No tenía la menor idea de lo que les deparaba el destino de ahora en adelante, pero a diferencia de otras ocasiones, la incertidumbre era algo de lo que estaba agradecida. Le daba la oportunidad de descubrir qué tan fuerte podía ser en compañía de ese hombre difícil, pero con buen corazón.
¿Qué les esperaba?
Solo el tiempo tenía la respuesta.
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Y ahora… ¡se viene el salto temporal!
Sí señores, porque el siguiente capítulo comenzará en el año 2004. Aún hay detalles de Noiholt que tengo pendientes por develar, pero todo es parte de la trama. Espero que hayan disfrutado leer este capítulo tanto como yo escribirlo.
Por si alguien se pregunta qué pasará con Noiholt en términos físicos, la respuesta es que ella JAMÁS tendrá poderes o habilidades especiales xD así que no, no es como Alice, solo cargó en su cuerpo por un rato con un prototipo de Las Plagas. Lamentablemente pagó la venganza de Wesker, aunque no llegó a morir como el resto de los pasajeros porque el tirano la dejó hasta el último para que Chris la viera XD
Nos vemos muy pronto.
Amor y felicidad para todos.
Stacy Adler.
