Estamos los gemelos y yo disfrutando de una rica comida en uno de nuestros lugares favoritos que se encuentran a media hora de distancia. Es comida italiana.

Ellos adoran la pasta, al igual que Christian y yo, y ese pensamiento me hace sonreír. El lugar es demasiado familiar, hay grupos de familias reunidas en la hora de comida, dentro y fuera del lugar. En la gran terraza y en la barra amplia. El ambiente es relajado, y siempre te atienden con una sonrisa en el rostro.

La ventana da una hermosa vista al gran paisaje de colinas verdes y árboles verdes y frondosos. Me llevo un trozo de pollo a la boca y al terminar, escucho unas llantas frenar frente al local.

Y eso llama la atención de todos los que estamos dentro del local. Es una SUV negra que se ha estacionado enfrente, y otras patrullas frenan alrededor. Es como si fuese una redada. (Operación policial por la que se detiene de una sola vez y en un mismo lugar a un grupo de personas sospechosas.)

Para mi sorpresa la puerta se abre reconociendo a Taylor bajar del auto, y abriendo la puerta de atrás, y es Christian quien baja. Christian baja hecho una furia y entra al lugar, nos busca con la mirada en todo el lugar, hasta que da con nosotros. Entran los oficiales detrás de él, y nos señala.

El corazón se agita extremadamente.

Los oficiales casi en un suspiro llegan a nuestra mesa y se paran a mi lado.

—Anastasia—su tono es intimidante, y su rostro muestra triunfo.

No puedo responder nada a mi impresión. Los latidos de mi corazón están a todo volumen en mis oídos, y podría jurar que hasta mi respiración la podría escuchar. ¿Qué era lo que estaba sucediendo? Habíamos quedado en que yo le llamaría cuando regresara del trabajo. Me las arreglo para sonar firme.

—¿Qué pasa? ¿Qué demonios haces aquí? ¿Cómo...?—mis preguntas suenan atropelladas una con la otra.

—Así como no tuviste corazón para abandonarme y privarme de siete MALDITOS AÑOS de la vida de mis hijos, haré JUSTICIA—la sangre abandona mi cuerpo. No puedo creer lo que estoy escuchando de Christian, tomo las manos de mis hijos que están a mi lado y sus rostros reflejan miedo del hombre frente nuestro.

—Oficiales, hagan su trabajo—los oficiales hacen que suelte de las manos a mis hijos para levantarme bruscamente.

—¡¿Estás demente?! ¿Cómo te atreves hacer esto delante de MIS HIJOS?—mi voz no es firme, ni temblorosa...es de furia y decepción. Y es inevitable esconderla delante de todo nuestro público. Las lágrimas amenazan con salir pero no le pienso dar el gusto.

—No lo estoy Anastasia, pero lo que hiciste durante los siete años que nos separaste, escucha bien: ¡NO TE LO VOY A PERDONAR!—la mujer que está detrás de Taylor se acerca e intenta separarme de mis hijos.

—¡NO ME QUITARÁS A MIS HIJOS! ¡SON MÍOS!—mi grito es desgarrador, alejo a mis gemelos de las manos de la señora que se aferra en tomarlos y alejarlos de mí, los oficiales tratan de esposarme pero intento por todo para no dejarlos.

—No te resistas Anastasia, será peor si lo haces—lo miro y no puedo creer que se lleva a mis hijos. Escucho sus gritos desgarradores llamando «Mami, mami» y lloran como nunca los había visto llorar. Las pequeñas manos extendidas para tomar las mías para rescatarlos de quien se los está llevando en contra de su voluntad...

—¡NO PUEDE SER! ¡MALDITA SEAS, CHRISTIAN! ¡NO DEBISTE HACERLO! ¿QUÉ NO MIRAS LO QUE LES ESTÁS HACIENDO?—no soporto más ante tal escena, me rompo en mil pedazos, desconsoladamente, el dolor en mi pecho es grande, grandísimo, no puedo creer lo que ha hecho, levanto mi mirada a Taylor y me mira con impotencia y con la mirada cristalina, sabe la injusticia que se está cometiendo y no puede hacer nada al respecto.

Lloro en el transcurso del camino al departamento de policía, no puedo dejar de llorar, es algo demasiado doloroso. Recordar sus rostros cargados de miedo, llanto y sus manitas...buscando a que los salvara.

Trato de tranquilizarme para poder pensar fríamente. Tengo que hacer una maldita jugada, él no puede quitármelos.

Entramos en una gran sala, y hay un juez que lee mis derechos de repente Christian aparece con unas hojas en sus manos. Distante, frío e intimidante como hace un rato. No vuelve su mirada hacía mí en ningún momento, es como si no existiera. Segundos después entra Carrick... y me mira con desprecio.

El juez lee los papeles que Christian le entrega, pasan menos de dos minutos y firma el juez, y se los regresa.

—Aquí delante de los testigos, hago constatar que el señor Christian Grey ]Trevelyan tiene total y absoluta e irrevocable la patria potestad sobre los niños Phoebe Rose y Theodore Raymond Lambert, autorizando el cambio de apellido que corresponde al padre biológico aquí presente a «GREY» confirmando los ADN, y autorizando su estadía a Seattle, Estados Unidos de América...—casi pierdo la fuerza de mis piernas pero un oficial me sostiene para no caer—...y usted señora Rose Lambert, anteriormente como Anastasia Rose Grey, no tendrá derecho a verlos, por ningún motivo. Se le acuso de secuestro, identidades falsas...

—¡CHRISTIAN NO PUEDES HACERME ESTO! ¡TÚ SABES POR QUÉ ME FUI! ¡EL POR QUE TE DEJÉ! ¡ESTO ES INJUSTO!—rompo en llanto, desesperado y me hace falta el aire, maldigo a Christian, el sé detiene y se regresa para quedar frente a mí.

—¡Olvídate de tus hijos así como los alejaste de mí, te pagaré con la misma moneda...ahora mismo!—se gira para regresar su camino a las puertas de salida, y desaparecen a través de las grandes puertas del salón. La vista se vuelve borrosa, no puedo respirar, y es algo que me quema por dentro casi incendiando mi cuerpo por dentro...

Trato de alcanzarlo pero unas manos no me dejan ir más allá, los gritos desesperados salen desde lo más profundo de mí.

—¡NO! ¡NO! ¡NO PUEDES HACERLO! ¡SON MIS HIJOS! ¡MIS BEBÉS! ¡MIS BEBÉS, POR FAVOR REGRESAMELOS! ¡NO ME LOS QUITES!—grito como nunca, me duele mi garganta, mi visión se obscurece y sigo gritando dentro de mí...fuerte, muy fuerte.

—¡MAMI! ¡MAMI!—los gritos de mis hijos me hacen abrir los ojos.

—Despierta, ¡es una pesadilla! ¡Mami!—Teddy acaricia desesperado mi rostro. Asustando y respirando agitado, lo abrazo a mi cuerpo automáticamente, a mi pecho y cuando veo a Phoebe llorando a su lado, se abalanza hacía mi cuando le abro mi brazo. Lloran en mi pecho, ocultos y temblando. La respiración mía es agitada, y estoy sudando. El sabor amargo de dolor de perderles aún lo tenía en mi boca. Mi mente entra en la realidad, era una maldita pesadilla. Intento calmarlos...

—Y-Ya mis amores, mami está bien...tuvo una pesadilla...shhh...Shhh...—intento tranquilizarlos. Reviso a Teddy que se ha tranquilizado con los ejercicios de respiración que le enseñó el doctor. Me abraza fuerte al cuello y Phoebe lo abraza por su pequeña espalda.

—Mami, era una pesadilla, estamos aquí contigo—susurra en mi oído y beso su frente y luego a Phoebe.

—Vamos, a las camas...—pero veo que no tienen intención de moverse de mi lado, así que les abro la cobija y no la piensan dos veces al meterse dentro y cada uno a cada lado mío, abrazando fuerte entrelazando sus brazos en mi estómago.

—Solo fue una pesadilla...

No digo más para no romperme delante de ellos. Los abrazo a mi cuerpo y así nos quedamos por un largo tiempo, acariciaba sus cabezas y dejé varios besos.

Siento sus respiraciones tranquilas, en señal de que se han dormido, los llamo pero no responden.

Bendito Dios...solo una pesadilla. Si, una maldita hija de puta de pesadilla. Mis lágrimas se deslizan el solo sentir como me los arrebataban. Me desgarraban el alma...

Ésta visita de Christian me ha afectado.

Estaré lista para pelear legalmente si se le ocurre alejarlos de mi vida. Acomodo a los gemelos y los abrigo. Salgo de puntillas de mi habitación y entro a mi despacho. Envío un correo a mi abogado y a Ray contando todo lo sucedido, desde la mañana en el restaurante, le remarco que quiero asesoría. Si piensa dar un golpe, estaré preparada.

Si Christian pensaba arrebatarlos de mi lado a base de influencias, se encontraría con pared. Si tenía que irme lo haría de nuevo y esta vez...no nos encontrará.

«Nunca»