chicas aquí esta el capitulo sexto

estoy super feliz por la aceptación de la historia niñas comenten

solo les digo que no se imaginan lo que pasara en los siguientes capítulos

y que no se despeguen del computador las adoro jejeje

Capítulo 6

—¿Quién? —preguntó Anthony, mirando con atención.

Pero Nigel había desaparecido.

Bella se dio cuenta de que estaba temblando. Estaba golpeando el tenedor contra el plato.

—Era Nigel —logró decir—. El piloto personal de Edward. Estaba mirándome. ¡Estaba mirándonos!

—¿Qué? —Anthony se levantó—. ¿Dónde?

—Se ha ido.

—No puede haber ido muy lejos. ¿Quieres que vayamos tras él?

—No.

—¿Por qué no?

Bella se estremeció. Se sentía enferma.

—Bella, por favor, deja de comportarte así —le dijo Anthony—. Es sólo un hombre.

—¿Quién? —le preguntó con amargura—. ¿Nigel o Edward?

—Ambos. ¿Estás segura de que era Nigel en persona?

¿Lo estaba? Tan sólo lo había visto un par de segundos. Nigel no era un hombre muy singular. Tenía el mismo aspecto que muchos hombres. Era un hombre normal. No era ni guapo, ni alto, ni tenía nada en especial.

—No —le respondió, al cabo de un rato—. No estoy segura.

—Si Edward estuviera aquí en Broome, seguro que se pondría en contacto contigo.

—Supongo —Edward no era tan cobarde como ella.

—Entonces es que no está aquí. Debes haberlo confundido con otra persona. Dado el estado en que te encuentras, es normal. Estás muy nerviosa Bella. Supongo que yo tendré algo de culpa.

—Estoy hecha un lío —le contestó.

Anthony estiró la mano por encima de la mesa y le estrechó la suya.

—Tienes que seguir adelante, Bella —le dijo con voz muy suave, mientras le acariciaba la mano—. Tienes que olvidar a Edward.

Esa vez, aceptó sus caricias sin que le diera un ataque de pánico, o le inundaran oscuros deseos. Estaba demasiado turbada como para darse cuenta de ese tipo de sentimientos. Ver a Nigel, o pensar que lo había visto, la había dejado desorientada, muy vulnerable.

Miró a Anthony y por primera vez no vio a Edward, sino la cara de un hombre llena de cariño y preocupación.

—Me gustaría poder olvidarlo —le dijo—. Créeme.

—Tienes que encontrar a un sustituto —le dijo, sin apartar sus ojos de ella—. Alguien que te quiera de verdad y al que tú puedas querer. Debes olvidarte del pasado y seguir viviendo, Bella. No puedes seguir escondiéndote. No puedes seguir huyendo. Deja de mirar atrás y sigue hacia delante.

—Eso es más fácil decirlo que hacerlo. No sé siquiera dónde empezar.

—Yo te diré dónde. La próxima vez que un hombre te pida que salgas con él, si te gusta, le dices que si.

Anthony se quedó mirándola durante varios segundos. Bella esperó a que dijera lo que más temía que fuera a decir.

Y lo dijo.

—Sal conmigo, Bella.

Apartó su mano de la de él, con el corazón como un caballo desbocado.

—Me gustaste desde el momento en que te vi —le dijo.

—¡No! —protestó ella, moviendo la cabeza de lado a lado, de forma violenta—. ¡Yo no puedo salir contigo!

—¿Por qué no? Te prometo que no tengo ni mujer, ni novia en Brisbane. Lo único que tienes que decir es «sí».

Bella se levantó, incapaz de seguir sentada. Se alejó de él, pero al cabo de unos instantes, él ya estaba a su lado.

—No puedes seguir huyendo, Bella —razonó él—. Yo te atraigo, tanto como tú me atraes a mí. Estoy seguro.

—¡No sabes lo que estás diciendo! ¡Soy la mujer de tu hermano!

—Sólo oficialmente. Me lo dijiste tú misma. Lo odias y por eso lo dejaste.

De pronto, se dio cuenta que se estaba dirigiendo hacia donde Anthony había aparcado el coche, dejando atrás a todos los turistas. La acera por la que estaban caminando estaba bastante desierta.

—No me he divorciado —le contestó.

—Pero lo harás, ¿no?

—Yo… yo…

Anthony la agarró del hombro y le dio la vuelta.

—¿Qué estás intentando decir? ¿Todavía estás enamorada de él?

—No lo sé —continuó moviendo de lado a lado la cabeza—. ¡Dios mío, no sé lo que pensar!

De repente se echó a llorar, tapándose la cara con las manos. No tuvo fuerzas para impedir que él la abrazara y la acurrucara.

—Oh, mi pequeña —le dijo, acariciándole la cabeza—. Mi pequeña…

Bella estuvo sollozando en su camisa, aumentando su agonía y confusión con las emociones que evocaban sus caricias. Emociones mucho más fuertes que las que había sentido la noche anterior, las mismas que había sentido con Edward. Antes de que ella misma se diera cuenta, le estaba agarrando a Anthony por la cintura, apretándolo contra ella, deseándolo como más se puede desear en este mundo a una persona.

Anthony se puso tenso y dejó quietas las manos. Pero había una parte de su cuerpo que no podía controlar, que estaba caliente y palpitante, que presionaba de forma insistente contra su estómago. Bella se imaginó esa parte de su cuerpo dentro de ella, llenándola como sólo Edward, o el hermano gemelo de Edward podían hacerlo.

A punto estuvo de caer en la tentación y entregarse. Pero no podía. Ella no era como Edward. Ella no utilizaba a la gente. Anthony era un hombre justo, que se merecía algo mejor que una loca que no sabía a cuál de los dos hermanos quería.

Haciendo un enorme esfuerzo de voluntad, se apartó de sus brazos y se echó a correr, sin mirar atrás.

Corrió y corrió, hasta que ya no pudo más. Estaba agotada, casi sin aliento, cuando apareció el coche de Anthony a su lado.

—Entra —le ordenó, con voz firme, abriéndole la puerta de al lado del conductor.

Bella estaba jadeando, medio despeinada y con la cara colorada del sofoco.

El hombre que estaba al volante apretó los puños, mientras la miraba. Era la mujer más guapa que había visto jamás y la deseaba con todas sus fuerzas.

Pero tendría que ir con mucho cuidado para conseguir lo que quería, que no sólo era su cuerpo. La quería a ella y para siempre.

Bella bajó los hombros, cuando recuperó el sentido común. Era inútil seguir huyendo. Así no se conseguía nada. Había huido de Edward y seis meses más tarde, todavía seguía huyendo.

Era el momento de parar. Incluso ella misma se había dado cuenta.

Se dio la vuelta y subió al coche, cerró la puerta y se sentó en el asiento.

Anthony dio la vuelta aparcó el coche y apagó el motor.

—Vamos a hablar claro los dos —le dijo con una voz grave e intensa—. Por lo que acaba de pasar hace unos minutos, es evidente que los dos nos atraemos. No puedes negarlo.

¿Cómo podía negarlo? Sus suspiros eran una mezcla de fracaso y tensión.

—No puedo ni negártelo, ni confirmártelo, Anthony, porque en realidad no sé quién es el que me atrae. Lo único que sé es que estoy tan tensa cuando estás cerca. Cuando te miro, estoy viendo a Edward. Es posible que lo que sienta por ti, en realidad es lo que siento por mi marido.

Esperaba que aquello le ofendiera, pero no fue así. Tan sólo puso cara pensativa.

—Supongo que es lo normal —le dijo, con una tranquilidad sorprendente—. No nos conoces tan bien a los dos, como para poder diferenciar. Pero si me das una oportunidad, lo podrás hacer.

—No creo que eso sea una buena idea. Tenías razón cuando me dijiste que tenía que olvidar a Edward. ¿Cómo voy a conseguirlo, si empiezo a salir con su hermano? Eso sería una locura y además no sería justo.

—Me importa un bledo que sea justo —le dijo, con los dientes apretados, sorprendiendo a Bella por su repentina pasión—. Yo no creo que sería una locura salir conmigo. En absoluto. Deja de preocuparte de Edward, Bella y actúa con el corazón.

La besó y la pasión en su voz no fue nada, comparada con la pasión de su boca. Bella nunca había experimentado nada parecido. Donde Edward la había seducido, Anthony había exigido, metiéndole la lengua entre los labios. Le puso las manos en la cara y se la sujetó con firmeza.

La verdad, no se la tenía que sujetar, porque desde el momento que sus bocas se juntaron, ella no había hecho intención de separarse.

Anthony separó los labios con tanta brusquedad que la dejó jadeando. Se quedaron mirándose el uno al otro. Bella estaba impresionada, porque Anthony había demostrado ser un hombre mucho más apasionado que su hermano.

Sin embargo la noche anterior había parecido tan calmado, controlado y tímido. Pero el hombre que la estaba mirando en aquel instante era totalmente distinto.

—Te he deseado desde el primer momento que te vi —insistió, con los ojos medio entornados.

Bella sintió que la cabeza empezaba a darle vueltas. También ella lo había deseado desde el momento en que lo vio. Lo que no podía decidir era si aquel sentimiento era real, o había reaccionado así porque le había recordado a su hermano.

Bella confiaba que fuera lo primero y temía que fuera lo último. Anthony seguía diciéndole que olvidara a Edward, pero no podía olvidar a su marido con tanta facilidad. Tampoco quería que Anthony se sintiera herido. ¿Y silo que sentía por Anthony era real y lo que sentía por Edward una ilusión?

—No te presionaré —le prometió, estirando la mano para acariciarle la cara—. Lo único que te pido es que pases unos días conmigo y me conozcas.

—Si Edward se entera —murmuró, con labios temblorosos, contra su boca—, se volverá loco.

—¿Cómo se va a enterar?

Bella apartó la cabeza, para recuperar la sensatez.

—¿Y si la persona que vi era Nigel? ¿Y si Edward ha enviado a alguien para que me vigile?

—¿Crees que mi hermano se conformaría con tenerte vigilada? Conozco a Edward. Si supiera que estás aquí, se presentaría él en persona. A Edward no le asusta agarrar el toro por los cuernos.

—Si descubre que estoy contigo, tú serás el que tendrás que enfrentarte a él —le advirtió Bella, estremeciéndose nada más pensarlo.

—Edward no me asusta —le dijo, con una arrogancia parecida a la de su hermano—. Como ya te he dicho antes, es un hombre que deplora la violencia.

—Puede hundir tu negocio.

—No se atrevería.

—Pareces muy seguro.

—Lo estoy.

Bella quedó impresionada. Pero cualquier persona que se atreviera a enfrentarse a Edward la impresionaba. Porque había que tener coraje. Ella no había sido capaz de hacerlo.

De pronto, pensó que en aquel momento se atrevería incluso a pedirle el divorcio. Durante los seis meses que no había estado a su lado, se había hecho más fuerte. Pero no podía volver a Brisbane, hasta no estar segura de poder enfrentarse a Edward sin caer víctima de sus encantos sexuales una vez más.

Miró a Anthony. No estaba muy segura tampoco de caer víctima de sus encantos. Era tan atractivo como su hermano. Aunque «víctima» no fuera la palabra en el caso de Anthony.

—Está bien —le dijo, con voz temblorosa—. Saldré contigo. Pero no te prometo nada.

—¿Cuándo? —le preguntó—. ¿Esta noche? Te invito a cenar. Preguntaré por algún sitio y reservaré mesa.

—Que no sea muy elegante, porque no tengo ropa que ponerme.

—Estás preciosa, pongas lo que te pongas. ¿A qué hora y dónde te recojo?

—Llévame a casa y te lo diré.

—Pero si sólo es la una y media. ¿Quieres ir a casa tan temprano? Podemos ir a mi apartamento. Hay piscina. Podemos darnos un baño.

Bella estuvo tentada a decir que sí. Hacía calor y estaba sudando. Pero si iba, seguro que terminaría en la cama de Anthony. No estaba tan segura de que él cumpliera su promesa, después de comprobar cómo la había besado.

Además, tenía algo que hacer, algo que no le quería contar a Anthony…

—No puedo —le respondió—. Tengo cosas que hacer.

Carlisle siempre iba a recogerla a las tres y media, que era la hora que salía de tomarse una cerveza en el bar. Iba en un viejo cacharro que aparcaba cerca de Cable Beach, justo enfrente de donde estaba anclado el Zephyr. Después la llevaba a su casa todas las noches a las siete, cuando terminaban el trabajo, excepto las noches que ella se quedaba a dormir en el barco. Y los lunes. Los lunes no salían.

Pero era viernes.

—Ven a recogerme a las ocho —le dijo—. Estaré lista para entonces.

—A las ocho. Dime entonces dónde vives.

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