Hola hola…
Pues…hace casi tres semanas que no publicaba nada. Dios…fue increíble, de verdad. Me cayeron tantas cosas encima, entre exámenes finales y otras cosas, jeje. No me entregaban los malditos resultados de la única materia que me preocupaba :/ pero pasé, todo muy bien aunque es bastante frustrante ver mi boleta llena de noventas y uno que otro cien y una sola materia con setenta .….pero bueno, se hace lo que se puede.
En general estoy contenta ya que tengo varios proyectos en los cuales invertir mi verano :D por supuesto escribir, pero también ensayar para unas audiciones, hacer una investigación…en fin. No aburro más con mi vida.
Como ya saben, One Piece no me pertenece a mi sino al gran Oda sama *-* que por cierto estaba enfermito, esperemos que se ponga bien pronto. Solo escribo esto con fines de entretenimiento para mí y para quien quiera leerlo.
Advertencias; sí, hay lemmon.
A continuación el nuevo capítulo del fic.
Iris
Capítulo 7: I don't want the world to see me
Otra mañana tranquila la despertó con uno de esos rayos suaves de sol, que sin llegar a molestarla, tocó su cara y le hizo abrir los ojos de par en par. Estaba recostada boca abajo, y lo primero que sintió al volver a la consciencia fue la cabeza de su amado recargada en su espalda, con sus labios pegados en su piel y los brazos alrededor de su cintura en un abrazo cálido y posesivo.
Se removió un poco para darse la vuelta, pero no lo consiguió.
-Zoro…- llamó en voz baja, sin intención de despertarle pero buscando la manera de que la dejara moverse.
-Al fin despertaste…
Sintió el aliento cálido chocar contra su piel y un escalofrío la recorrió. Luego los labios de Zoro se estamparon contra su espalda en un beso. Luego otro y otro conforme subía por su espalda hasta llegar a su nuca. Le siguió besando el cuello y ella se entregó a los besos, dejando libre su cuello para que continuara.
Suspiró con satisfacción. Sintió cómo la giraba para dejarla arriba de su pecho, de espaldas a él. En esa posición ella estaba completamente vulnerable a sus caricias…y no le importaba en lo absoluto.
Mientras seguía besándole el cuello, sus manos fueron recorriendo cada centímetro de su piel que consiguieron alcanzar. Le acarició las piernas y el abdomen lentamente, para luego seguir con sus pechos y su intimidad, de una manera suave y lenta, y ella no quería que se detuviera nunca.
Pero aun así, se obligó a levantar las manos y detenerlo, sujetándole las muñecas con firmeza.
-Zoro, espera un momento, por favor.
-¿Ocurre algo?
-No- se dio la vuelta despacio para verlo de frente. Se acercó a su cara y se besaron despacio, muy despacio- Solo que hoy regresamos, ¿No?
Él asintió. Ella volvió a inclinarse para besarlo, y luego se levantó apoyándose en su pecho y volvió a mirarlo fijamente.
-Entonces…
-Podemos quedarnos hasta la noche. No hay problema.
-Necesitarás descansar, ¿No? me imagino que mañana irás a trabajar.
Él le sonrió. Robin apreció su rostro y lo acarició lentamente. Le gustaban tanto esos ojos, esos labios, esa expresión suya que simplemente no conseguía descifrar del todo.
-No estoy cansado- contestó, y ahora fue turno de ella de sonreír- ¿Tú sí?
Por toda respuesta, Robin se incorporó lentamente sin dejar de sonreír. Se envolvió con la sábana y tomó su toalla y algo de ropa limpia de su maleta. Sabía que él la estaba mirando, casi podía sentir su mirada clavada en su espalda, de modo que caminó lo más lentamente que pudo hasta el baño.
Sintió los pasos tras ella y escuchó claramente como cerraba la puerta a sus espaldas.
-Claro que no estoy cansada- sonrió cuando sintió las manos quitándole de encima la sábana con la que se había cubierto.
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Zoro miró a los ojos de ese hombre que tantos enojos le había costado últimamente. Este lucía tan aterrorizado que no profería palabra, solo atinaba a negar con la cabeza mientras sudaba copiosamente, con lo cual, lo único que conseguía era hacerlo molestarse todavía más.
-¡Seguridad!- gritó apenas pudo reponerse un poco al miedo que Zoro le causaba- ¡Seguridad!
De un momento a otro, algunas puertas ubicadas en las paredes de la oficina se abrieron y entraron unos hombres vestidos de saco y corbata. Eran más grandes que el promedio de la aldea, eso era un hecho, pero no superaban el tamaño estándar de un marino, y por lo tanto, no eran, ni todos juntos, rivales para Zoro.
Casi le dieron ganas de reír ante tan patética demostración de desesperación. Apenas tuvo que hacer un par de movimientos con sus espadas para quitárselos de encima.
Sin embargo al caer ellos, salieron muchos más del mismo lugar donde habían llegado los primeros. Zoro realmente no estaba de humor para soportar tanta impertinencia de parte de esa gente, pero no le importó más. Siguió defendiéndose con tanta fiereza y facilidad como hasta el momento.
La sangre flotaba a su alrededor casi en cámara lenta. Y estaba dispuesto a derramar más. La que fuera necesaria.
Se detuvo y vio los cuerpos tirados en el suelo. Por supuesto que no estaban muertos, quizás heridos, en su mayoría inconscientes. Se sorprendió al darse cuenta de que se sentía más tranquilo. Era como si por momentos aquello sirviera para desahogar todo el enojo que sentía contra esa aldea y contra esa gente. Al igual que sus espadas, había extrañado el olor, el color y la textura de la sangre derramada por sus rivales. Aunque estos en particular no le causaban tanta satisfacción. Más bien le provocaban lástima.
Repasó casi todos los cuerpos con la mirada y no, ninguno le pareció ocultar alguna fuerza especial o una intención, o un sueño o una voluntad que mereciera algo de respeto por parte del espadachín.
Luego de esto, volteó a ver al alcalde, que se había arrinconado en una esquina. Se acercó lentamente, blandiendo sus espadas con la mayor fuerza que podía mostrar.
-Voy a preguntar por última vez- dijo entonces, en tono de advertencia- ¿Dónde está mi nakama?
El alcalde frunció el ceño y siguió negándose a hablar. Zoro avanzó a él con decisión hasta que de pronto una enorme red de brazos se alzó sobre él, deteniéndolo.
-Basta, Zoro.
La voz de su nakama era severa, sonaba enojada, molesta. Y a Zoro le provocaba sentimientos encontrados; por un lado, alivio de saber que estaba bien, por otro lado, enojo, un profundo enojo contra ella por haberse desaparecido y hacerlo llegar a tales extremos.
No dijo nada ni se dio la vuelta en seguida, pero bajó las espadas y las envainó. Se quitó la que llevaba en la boca y la envainó también; entonces fue que el alcalde salió de su alcance y fue a esconderse patéticamente del otro lado de la oficina.
-Zoro…- la voz de Robin sonó apenas un poco más suave, pero Zoro la ignoró por completo. Se dio la vuelta y se permitió sostenerle la mirada por algunos segundos para luego comenzar a caminar hacia la salida. Pasó por su lado sin decir palabra.
-Zoro…-repitió ella llamándolo, pero a pesar de que quería responder a su llamado, no pudo hacerlo.
Salió del edificio y lo rodeó, y sin querer entrar a la aldea se dirigió al bosque. Siguió caminando hasta que encontró un claro. Se detuvo, y fue entonces que sintió la mano posarse en su espalda. Pero no le llamó tanto la atención pues había sentido la tensión todo el camino hasta allí, había percibido cada uno de sus pasos detrás de él y como poco a poco el ambiente que se respiraba entre ellos se volvía más pesado y sombrío.
-Zoro…- la escuchó otra vez, y su corazón y su cuerpo no pudieron más. Se dio la vuelta de un momento a otro, con fuerza. La empujó contra el árbol más cercano que encontró y antes de que ella pudiera oponerse o defenderse, se apoderó de sus labios y la besó con profundidad. La jaló de las piernas y la hizo enredarlas en él, en su cintura. Sentía sus manos golpear su pecho y sus hombros pero no se detuvo. La apretó con mayor fuerza entre su cuerpo y el árbol sin dejar de besarla, cada vez profundizando más dentro de la boca de su nakama.
Soltó sus labios y comenzó a recorrer su cuello a besos y a mordidas. Dejó de ser gentil. Dejó atrás todo cuidado y delicadeza y se ocupó de marcar cada centímetro de esa piel como suyo.
Y era que ya no podía más. Nunca lo admitiría en voz alta pero había pasado una de las noches más angustiosas de su vida por culpa de esa mujer, que ahora, después de haberlo hecho correr y pasar por un loco en frente de todas esas personas, aparecía de la nada pidiéndole calma, como si fuera lo más fácil del mundo recuperar la tranquilidad luego de semejante situación.
-Zoro basta...detente, por favor- pedía Robin, mas Zoro sabía que de desearlo de verdad le habría separado de ella con sus poderes desde hacía mucho. Él siguió con lo que hacía, saciándose con ella de todo el enojo, la tensión y el dolor que había sentido durante todas esas largas horas, por su culpa.
Le abrió la blusa sin ningún cuidado y besó más debajo de su cuello, sintiéndose momentáneamente asombrado del calor, la tersura y el aroma que su piel despedía. Sin embargo eso no lo detuvo, solo se juntó con el sonido de sus reclamos, que se convirtieron en quejidos quedos conforme él bajaba por su piel.
-¡Zoro, basta!- gritó ella de repente, dándole un empujón más fuerte que los anteriores -¡Me estás lastimando, es suficiente!- gritó ella, y fue entonces que Zoro la soltó.
Robin cayó al suelo acomodándose la blusa. Miró a Zoro fijamente y él la miró a ella. Se sonrojó un poco, pero para su sorpresa fue ella la que pidió disculpas.
-Lo lamento. No debí desaparecerme así, en verdad…lo siento.
-Siento haberte…tratado de ese modo- dijo él, sintiendo que debía decirlo- no me pude contener.
Se agachó a su lado y la sujetó para que se levantara.
Luego, la miró y fue su turno de mostrarse firme y hasta cierto punto molesto.
-¿Dónde estabas?
Robin desvió la mirada. Zoro clavaba los dedos en sus brazos, estaba realmente intranquilo y hasta cierto punto, molesto.
-¡Robin, dímelo!
Robin le sujetó las manos para que le soltara y lo miró a los ojos.
-Me quedé en casa de Morton y Mary. Se me hizo algo tarde anoche, y me dieron lugar para quedarme en su casa. Dijeron que podría perturbar a la gente de la villa si salía sola, son gente muy conservadora.
Zoro la miró sin decir nada. Ella adelantó la mano hacia su cara, pero él la eludió.
-En serio, lo lamento…- repitió- cuando salí en la mañana me dijeron que habías estado recorriendo el lugar toda la noche...en serio yo…
-Déjalo así- contestó él sin dejarla terminar. Bajó la mirada, y fue entonces Robin quien se acercó para besarlo. Rozó sus labios lentamente contra los de él y Zoro se extravió en su sabor, en su aroma, en su calor. El día estaba nublado y de pronto sentía que en lugar de haber calor sentía cierto frío sobre él, sobre su cuerpo. Pero abrazarla mientras se besaban lo cambió todo.
Ahora fue él quien se recargó contra el árbol. Se deslizó hasta el piso y acomodó a su nakama entre sus piernas. La sujetó contra él de la forma más posesiva que pudo.
Luego de un húmedo e íntimo beso, ella se separó y lo miró fijamente.
-Zoro… esta gente me necesita.
Las señales de alarma se encendieron de todas partes. El cuerpo de Zoro se estremeció sin que lo pudiera evitar, miró a la arqueóloga con el ceño fruncido y hasta la alejó ligeramente de él.
-¿Qué dices?- preguntó sin podérselo creer. Robin trató de evadir su mirada.
-Yo…solo quiero quedarme unos días más de lo que estaba planeado…tal vez me vaya en el barco que siga al que tú vas a tomar, no puede ser demasiado tiempo y no creo que a los chicos les importe…
-Robin escúchate- Zoro se movió de manera que ella se tuvo que poner de pie. Se incorporó y la encaró con dureza- ¿Te das cuenta? Estás considerando quedarte en este lugar con esta gente.
-Ya te dije por qué….- protestó- y ya te dije que no será demasiado tiempo.
-No es correcto. No puedes hacerlo.
-No me lo puedes impedir.
-Robin, no puedes hacerlo. No vas a quedarte aquí y es mi última palabra, ¿Entendido?
-Tú no me das órdenes.
-Pero Luffy sí, y él estará de acuerdo conmigo cuando lo veamos.
-¿Me estás haciendo elegir, Zoro?
-No debería ser tan difícil.
Robin apretó los puños. Zoro hizo memoria rápida y se dio cuenta de que nunca la había visto…tan descompuesta, tan decaída, tan molesta. Al menos, no contra él.
-Tienes razón- accedió mientras se daba la vuelta- tú haces que sea una decisión muy sencilla.
Zoro se quedó parado donde estaba, preguntándose en qué se estaba metiendo, y con quién. Cada vez más, el comportamiento de Robin lo preocupaba y lo molestaba.
Al contrario, Robin se dio la vuelta y volvió a caminar con sentido a la villa. A Zoro le pareció increíble que apenas un par de minutos antes estuvieran besándose con ternura, como una parejita de novios o de recién casados, derramando miel.
Se quitó todas esas sensaciones como pudo y decidió volver a ser el guerrero frío que solía ser siempre.
-Mujer…no interfiero más, ¿comprendes? No es mi costumbre- ella se detuvo, pero no volteó- has lo que te dé la gana. Cuando encontremos al resto… dile a Luffy lo que piensas hacer.
Y con esto esperaba dar por terminado el asunto e, internamente, aunque no lo dijera, sabía que ella comprendía que también daba por terminada la situación que se había generado entre ellos. Se sentó al pie del árbol una vez más mientras Robin se perdía entre la vegetación.
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Robin se estiró ampliamente cuando salió de la cabaña. Miró hacia el cielo, despejado, pero aun así se sentía algo de fresco en el ambiente.
Hacía aproximadamente una hora que Zoro le había dicho que saldría a hacer algo de ejercicio, y ella se había quedado a prepararle algo de comer para cuando regresara. No sabía exactamente cuánto podía tardar, y aunque su primer impulso había sido acompañarlo, al final se había resistido a hacerlo, pensando que quizás necesitaría tiempo a solas. Ella comprendía este sentimiento perfectamente ya que lo había experimentado en algunas ocasiones. Aunque tratándose de él, realmente no quería apartarse de su lado.
De modo que resolvió empezar a buscarlo, para lo cual decidió un camino y comenzó a abrirse paso en el interior del bosque.
Conforme pasaron los minutos, el cielo se nubló. Ella se percató de esto cuando sintió también que el frío aumentaba. No se había puesto la chaqueta que Zoro le había dado porque no lo había considerado necesario, pero la temperatura descendía a un ritmo tan vertiginoso que pensó que en cualquier momento no podría soportar el frío mucho más.
Siguió caminando entre los árboles. Cruzó los brazos para darse calor o más bien, para conservar el poco que aún quedaba en su cuerpo y volteó aguzando el oído para encontrar a Zoro lo más rápido que pudiera.
Se detuvo un momento para decidir si ir hacia la izquierda o a la derecha, pero en cuanto lo hizo escuchó unas pisadas a sus espaldas. Volteó, esperando con toda su alma que fuera Zoro, pero no había nadie atrás de ella, ni siquiera se veía que hubiera alguien a la vista.
Volteó a los alrededores; los árboles daban suficiente espacio para descartar que alguien estuviera siguiéndola. De todas formas, ¿quién podría estar a los alrededores además de ella y Zoro? Trató de sacarse las malas ideas y los miedos. Siguió caminando.
Poco a poco las nubes en el cielo se volvieron más oscuras y densas. Robin respiró profundo, no eran más de las tres de la tarde, y ya parecía que estaba a punto de anochecer. Eso sin mencionar que el aire estaba helado y poco a poco en sus piernas comenzaba a sentir una ligera punzada cada vez que daba un paso. La inquietud del ruido que había escuchado antes aún la perseguía, así que no se quería detener por nada del mundo.
Percibió cierta presión sobre ella. cada vez más estaba convencida de que alguien le estaba siguiendo, a pesar de que no escuchaba pasos ni veía nada más que árboles a su alrededor…era una presencia, una fuerza que se cernía sobre ella advirtiéndole que no estaba sola en esos momentos y que tenía que cuidarse. Fue apresurando su paso hasta que comenzó a correr con mucha fuerza entre los árboles…pensó en volver, pero ahora veía a su alrededor y no conseguía ubicarse. No se fijó por donde iba y tropezó. Cayó sin poder meter las manos para protegerse y una pequeña piedra que estaba en el suelo la lastimó en la frente.
Se levantó con dificultad, cubriéndose la herida con la mano pues le estaban saliendo algunas gotas de sangre. Siguió con su camino como pudo, entre el frío y el miedo tan repentino que se había apoderado de ella; a lo lejos vio una luz. Una luz dorada, que desprendía calor. Decidió acercarse allí, pero conforme seguía avanzando, el calor que emitía la luz aumentaba a un ritmo exagerado, y su color, de dorado, comenzaba a lucir rojo. Luego vino el ruido.
Volteó a su alrededor, la luz se había extendido y comenzaba a rodearla. Vio los árboles carbonizándose y las llamas arder iluminando el cielo que parecía nocturno a estas alturas… ¡El bosque se estaba incendiando!
Se incendiaba, y n o había para donde correr si no hacia el frente. Pero, ¿Y Zoro? ¿Y la cabaña? ¿Qué podía hacer ella ahora? Siguió corriendo en la dirección que le pareció más segura, sin embargo las llamas seguían extendiéndose a su alrededor, las piernas le dolían y su frente no dejaba de gotear sangre, que terminó por caer en sus ojos. Continuó, tratando de limpiarse con las manos, pero el camino seguía siendo terriblemente confuso y sentía que no llegaba a ninguna parte.
Finalmente chocó y no pudo correr más allá. Había llegado a la reja. Se recargó con la espalda contra ella, mirando a su alrededor; el fuego cada vez se cerraba más a su alrededor, los árboles se consumían y sus restos caían alrededor de ella, y no había más a donde correr.
Se sostuvo de la reja y comenzó a escalarla una vez más, pero el acero del que estaba hecha se estaba calentando y comenzaba a lastimar sus manos. Siguió subiendo, pero no podía llegar hasta arriba, como si se siguiera extendiendo sobre ella. La sangre seguía cayendo sobre su ojo y sus manos difícilmente podían seguir soportando, las quemaduras y el peso de su propio cuerpo. El humo era cada vez más denso, ya ni siquiera podía ver el cielo.
De pronto unos gritos la estremecieron de pies a cabeza…era él, escuchaba su voz gritando pero no podía hacer nada…
Se quedó sujeta de donde estaba sin poder moverse más. Trató de llamarlo pero su voz se ahogó y comenzó a toser descontroladamente, no se pudo sostener ni un poco más.
Sintió la piel de sus manos despegarse de la reja, dejando algunos pedazos pegados en ella. Sintió el fuerte ardor y los gritos aún llenaban su cabeza.
-¡No!
Se incorporó violentamente, y de no ser por que Zoro se echó para atrás con rapidez, le hubiera atestado un buen cabezazo en la frente. Él estaba inclinado sobre ella, y Robin miró a su alrededor. Estaban en la habitación, en la cabaña. Estaba recostada en la cama, bien arropada.
-¿Qué ocurrió?
Zoro se encogió de hombros y tomó de una pequeña cubeta que estaba junto a él en el piso un paño húmedo. Se lo puso en la frente y con el dorso de la mano le palpó las mejillas.
-Te encontré tirada en el bosque hace un rato. Parece que tropezaste y te diste en la cabeza con una roca. Eso junto con el frío que comenzó a hacer de repente, y considerando también que no te pusiste el abrigo…
Lo dijo todo en un tono ligeramente acusador, pero no agregó más.
Robin se puso de pie de golpe y corrió a la ventana. Abrió el vidrio de par en par y se sujetó del marco con todas sus fuerzas. Miró hacia afuera; seguía nublado, pero el bosque estaba tan tranquilo y bello como siempre. No había humo por ningún lado, ni indicios de que hubiera algún tipo de incendio.
-El…bosque…
Sintió que Zoro se acercaba a sus espaldas, y dejó que la guiara de regreso a la cama. Se volvió a acostar y él la arropó mostrando algo que llamó su atención en seguida…una especie de cuidado especial, de devoción. De modo que no separó sus ojos de él mientras acomodaba la sábana sobre ella.
Finalmente Zoro dejó salir un pequeño suspiro y se dio la vuelta, y camino hacia una mesilla que estaba junto a la puerta. Desde allí le llevó un cuenco de sopa caliente y se la ofreció en silencio. Robin se recargó contra la cabecera de la cama y comenzó a comer en silencio. Recordó el sueño (pesadilla) que acababa de tener, y se preguntó seriamente si debía contárselo a Zoro. Desistió luego de los primeros dos o tres segundos. Nunca creyó que Zoro le dedicaría cuidados de una forma tan dedicada, y quería disfrutarlo. Aunque claro, tenerlo sentado en el suelo junto a la cama, mirando atentamente como tomaba la sopa hubiera sido extraño para cualquier persona.
Por supuesto, Robin no era el tipo de persona que se sintiera incómoda con facilidad. Cuando terminó de comer, él le quitó el plato y se lo llevó. Salió de la habitación. Regresó un poco después y se paró de nuevo a su lado, observándola. Robin levantó su vista hacia él y le sonrió ampliamente.
-No te preocupes más. Me encuentro bien.
-Quizás lo mejor es que volvamos a casa.
Robin se encogió de hombros, de verdad lamentaba tener que irse de allí. Si se ponía a pensar en la manera en que su vida había cambiado en todos esos días, entre otras cosas, no le era difícil darse cuenta de que los últimos días habían sido perfectos para ella, aun cuando no había abierto un solo libro, todo lo que había pasado entre ella y Zoro en esa pequeña cabaña era más que suficiente para llenar su vida.
Zoro había recogido ya todo lo que habían llevado allí. Robin lo miró ir y venir de un lado a otro, y finalmente se acercó a ella.
-¿Puedes levantarte?- preguntó. Ella se enderezó y en realidad no se sentía mal. Comenzó a caminar y le dio la mano a Zoro.
Apagó la lámpara antes de salir de la habitación. Ya las lámparas y la chimenea en el piso de abajo estaban apagadas también. Atravesaron en silencio hasta la puerta y salieron.
Él abrió el auto y Robin tomó asiento mientras Zoro regresaba para cerrar la puerta de la cabaña. Robin la miró por última vez, y también miró los árboles alrededor. Pensó de nuevo en su pesadilla y en la reja, que ahora hasta en sus sueños aparecía.
Tan sumida en sus reflexiones estaba que casi salta por la sorpresa cuando Zoro abrió su portezuela y se dejó caer en el asiento. Echó a andar el auto y tomó el camino de regreso a la carretera. Robin se sentía ligeramente adormecida. Se recargó en el asiento y se relajó, pero se esforzó mucho por no quedarse dormida en el camino.
Recorrieron la carretera sin cruzar una palabra. Poco a poco la tarde iba dando paso a la noche y el calor pesado de la ciudad se hizo presente pronto. Zoro encendió la ventilación y unos minutos después se adentraron en la ciudad.
-Esta no es la calle- observó Robin al darse cuenta de que habían dado vuelta en el lugar equivocado.
-Lo siento.
-No hay problema, da vuelta a la izquierda en la siguiente y así saldremos a la avenida principal.
Zoro obedeció y continuaron. Ella siguió dándole instrucciones de cómo llegar al edificio, y en un rato ya estaban allí. Zoro dejó el auto en el estacionamiento y entraron. Tomaron el elevador y llegaron al departamento de Robin.
Una vez que se encontraron allí, ella se encaminó a la cocina y puso la cafetera. Cuando volvió, Zoro seguía donde lo había dejado, parado a mitad de la sala con las manos en los bolsillos, aparentemente incómodo. Se acercó a él y sonrió.
-¿Qué sucede?
-Quizás debería de irme…yo…
-¿No estás cómodo?
Él no contestó. A Robin le dolió de repente que siguiera mostrando esa inseguridad hacia ella, ¿qué rayos pasaba con él?
Ella tampoco dijo nada más, pero no permitió que él viera la contrariedad que se había posado en su rostro. Caminó de regreso a la cocina en completo silencio y se sirvió su café en una taza. Aguardó un momento.
No escuchó ruido alguno. No lo oyó caminar ni escuchó las puertas.
Tomó su café y se encaminó lentamente hacia la sala. Y ahí seguía él, de pie como si algo lo estuviera deteniendo.
Se sentó en un sillón atrás de donde estaba parado él. Actuando como si no estuviera allí.
-¿Quieres que me quede?- preguntó él de pronto. Robin tomó la taza con ambas manos y esperó sin contestar. Quería ver qué tan lejos llegaba por su cuenta.
-Dime, ¿quieres que me quede?- repitió, ahora mostrando una especie de desesperación, levantando la voz e incluso acompañando las palabras con un ligero, casi imperceptible, movimiento del resto de su cuerpo. Como Robin siguió sin contestar él se dio la vuelta hacia ella y la miró. Robin le sostuvo la mirada por un buen rato y sonrió al darse cuenta de que lo que fuera que estuviera pasando en esos momentos en la mente de Zoro, no era del todo su culpa. Después de todo, ella lo había aceptado de la manera en que él pudiera entregarse a ella. Ella había aceptado los silencios y los secretos, ella había aceptado que hubiera esas pequeñas barreras entre ellos a cambio de tenerlo a su lado y poderlo llamar suyo aunque no lo fuera totalmente.
Bajó la vista y emitió una leve sonrisa. Se puso de pie hacia él y se acercó a su cuerpo levemente.
-Claro que quiero- sonrió mientras le acariciaba la mejilla con una mano. Casi sin darse cuenta emitió una sonrisa triste, dándose cuenta entonces de que había regresado a la realidad, sí, esa realidad en la que no solo estaban ella y Zoro en medio del bosque sino una realidad en la que eran dos personas que casi se acababan de conocer y que habían empezado una relación prácticamente desde cero. Dos personas con vidas extrañas, ajenas una de la otra y con ciertos, pequeños detalles en este acuerdo extraño que ni siquiera tenía un nombre definido.
Se acomodaron en el sillón como se habían acostumbrado a hacerlo en la cabaña; él abajo, sosteniéndola entre sus brazos con posesión y ella bebiendo su café recargada contra su pecho, ambos sumidos en el total silencio repentinamente cortado por alguna pregunta trivial como "¿te gustaría un café?" y respuestas sencillas como "No, gracias".
El calor desprendido por el cuerpo de Zoro no era molesto a pesar del clima pesado que había allí, y de hecho, dormir en sus brazos tibios esa noche no fue malo en lo absoluto. Tal como el primer día y los que habían seguido, ella se quedó despierta mirándolo, acariciando su cara o regalándole un beso fugaz para ayudarlo a dormir.
Por la madrugada él se levantó y se vistió. Ella se incorporó y supo que era porque él tenía que ir a trabajar, de modo que en esta ocasión no cuestionó nada.
Le alcanzó su camisa entre la penumbra de la habitación. Él se la puso en silencio y finalmente volteó.
-Volveré…por la tarde.
-Te espero.
Dicho esto, se puso de pie y salió de la habitación.
Robin se quedó dormida un rato más y el resto del día transcurrió como se suponía que debía hacerlo. Todo hubiera sido perfectamente normal, de no ser porque cerca del mediodía recibió una llamada.
Medio segundo antes de descolgar, volvió a su mente lo que había sucedido unas semanas antes, esa llamada extraña que tanto miedo le había dado. Pero como terminó por convencerse de que no había sido más que un mal sueño, o quizás alguna alucinación extraña provocada por las largas horas ininterrumpidas de trabajo, se olvidó del recuerdo y contestó el teléfono una vez que éste timbro de manera por demás molesta por tercera vez.
-¿Diga…?
-Nico Robin…
Era la voz de su jefe.
-Buenas tardes, señor… ¿a qué debo su llamada?
-Estuvimos tratando de localizarla todo el fin de semana- le dijo en un tono que sonaba bastante molesto- no contestó ni a su teléfono de casa ni al celular.
-Lo…lo lamento señor, pero creo que es bastante claro que esos son mis días libres. Tuve que salir de la ciudad por un compromiso y…
-Sí, no necesito saber. Lo importante es lo que tengo que decirle a continuación. Un equipo de investigación ha requerido los servicios de un arqueólogo capacitado para evaluar ciertos descubrimientos hechos en la selva amazónica…comprenderá que no puedo darle muchos detalles. El caso es que la he recomendado para el trabajo.
Robin comenzó a temblar de pies a cabeza debido a la emoción y no pudo contestar, de modo que el hombre continuó con su explicación.
-Saldrían de aquí dentro de un mes más o menos. Calculan que el trabajo les tome desde unos 8 meses hasta quizás año y medio. Aunque ya sabes cómo son estas cosas, en el momento menos esperado podrían alargarlo aún más.
Todo marchó bien hasta ese momento. De aceptar el trabajo, estaría expresamente aceptando el alejarse de Zoro. Ellos…acababan de iniciar esa relación que parecía estar en todo momento en la cuerda floja…no lo podía dejar así como así y tampoco era una opción pedirle que dejara su trabajo y la vida a la que estaba acostumbrado para ir con ella a un lugar completamente desconocido. Si ella se iba además, estaría toda la vida arrepintiéndose, y preguntándose cómo viviría sin ella, pero sobre todo, como haría ella para vivir todo ese tiempo sin él.
¿Y si al volver no lo encontraba más, o peor aún, lo encontraba rehaciendo su vida con alguien más?
Por otro lado, era su sueño, que tanto había anhelado alcanzar y que tantas decepciones en el pasado le había costado. Ahora tenía la oportunidad de hacerlo realidad, ¿sería tan sencillo renunciar a su sueño así nada más?
Sin darse cuenta, se había quedado con el teléfono en la oreja pensando en todas estas cosas.
-¿Sigue allí? Nico Robin…señorita… ¿sigue allí?
-Sí…sí, aquí estoy, disculpe es que…creo que se está cortando la llamada- se disculpó con la única mentira que pudo formular en ese instante- me preguntaba si existe la posibilidad de que me den un tiempo para pensarlo. Verá, justo en este momento…es un poco complicado para mí.
Del otro lado de la línea, escuchó como el hombre rezongaba en voz baja y su tono seguía sonando molesto.
-Tiene unas dos semanas para decidir. Si no recibo su respuesta entonces daré por hecho que no está interesada, ¿comprende?
-Sí…dos semanas, es perfecto- sonrió- muchas gracias por todo.
-No me decepcione, Nico Robin, nadie mejor que usted para ese trabajo…- pareció dudar un poco, pero casi en seguida agregó- y espero que si no acepta, al menos tenga un muy buen motivo para ello.
-No se preocupe, señor. No lo defraudaré.
-Buenas tardes.
-Buenas tardes.
Luego de esto colgó. Robin también, pero tan lentamente que parecía que se quedaría con el auricular en la mano por toda la vida. Tenía tiempo. Podía pensarlo más detenidamente, ¿no? incluso, quizás, podría hablarlo con Zoro y encontrar juntos una solución.
Pensando en eso, caminó a la cocina y no encontró ánimos para preparar algo de comer, pues se encontraba algo inquieta. Mejor pidió unos platillos a un restaurante por teléfono y buscó una película, quizás a Zoro le gustaría. Preparó la sala para que tuviera un aspecto informal y relajado, perfecto para pasar una tarde tranquila.
Eran las seis de la tarde cuando llamaron a la puerta. Robin abrió y tal y como lo esperaba, Zoro estaba parado frente a ella, esperando que lo invitara a pasar.
-¿Qué tal tu día?- preguntó ella con una sonrisa y él se encogió de hombros, a su vez sonriendo ligeramente. Parecía un poco más tranquilo de estar allí con ella. Se quitó el saco y se aflojó la corbata.
-Pedí algo de comida italiana. ¿Te gusta? Pensé que podíamos ver una película.
-Suena bien.
-De acuerdo, espérame aquí.
Robin volvió a la cocina. Mientras preparaba los platos y los cubiertos y servía la comida, se preguntaba qué momento podía ser el indicado para hablarle a Zoro sobre la llamada que había recibido al mediodía. Se detuvo un momento cuando pensó que quizás a Zoro no le importaría. Es decir, literalmente, no le importaría que ella tuviera que irse. Después de todo, ¿qué significaba ella para él? ¿Sentiría algo, además de una evidente atracción? ¿Además de unos brazos seguros donde dormir en las noches? A estas alturas, parecía que el único momento en que él le pertenecía era entonces, en las noches, cuando podía saciar su enorme pasión adueñándose de ella y de su cuerpo, o cuando dormía recargado en ella recibiendo sus caricias y sus besos. No quería verlo de ese modo pero bien podía ser. Con Zoro no estaba realmente segura de nada.
-¿Necesitas ayuda?- preguntó él asomándose a la puerta. Robin le sonrió.
-Lleva los platos mientras sirvo algo de jugo en los vasos, ¿de acuerdo? Veré si tengo algo de hielo.
Él asintió y obedeció sin decir nada más. Se acomodaron en el sillón y pusieron vasos y platos en una mesita de centro que tenía allí.
La película comenzó y para sorpresa de Robin, Zoro la encontró interesante, o al menos eso pensó por la forma en que se recargaba hacia adelante y bebía su jugo sin despegar la mirada de la pantalla.
Pero ella…simplemente no era capaz de concentrarse en la película, ni en la trama, ni en los espectaculares efectos que a veces caían en el abuso por parte de quien quiera que hubiera dirigido su realización. Demasiadas cosas cofluían de pronto en su pensamiento; por un lado, el fin de semana tan precioso que había pasado con Zoro, junto con esas experiencias extrañas, lo de la reja y la pesadilla que había tenido, y por otro lado la llamada de su jefe y la posibilidad de cumplir un sueño. Y el conflicto con ambas era… ¿valía la pena hablarlo con Zoro?
La película terminó sin que ella se diera cuenta. Volvió a la realidad cuando Zoro se estiró de forma bastante escandalosa sobre el sofá.
-No estuvo mal- admitió el peliverde mientras se inclinaba hacia la mesa y amontonaba los platos y los vasos para llevárselos a la cocina. Volteó ver a Robin como esperando una respuesta, y fue entonces que ella asintió tranquilamente y le ayudó.
Pasaron un par de horas más conversando de cosas sin importancia y finalmente decidieron ir a dormir. Robin no se había convencido todavía de qué hacer con respecto a sus pensamientos y a Zoro.
Se dio tiempo mientras cambiaba su ropa de diario por una pequeña y linda bata para dormir. Cuando salió del baño ya vestida, se percató de que, como siempre, Zoro no lucía del todo cómodo. Estaba sentado a la orilla de la cama y evidentemente, no había podido evitar quedarse viéndola fijamente una vez que ella entró a la habitación. Ella caminó hasta él con pasos lentos y suaves. No tenía intención de seducirlo en un principio, pero el solo verlo ahí sentado, mirándola fijamente, le provocaba provocarlo.
Cuando estuvo parada enfrente de él, se sujetó de sus hombros mientras subía a sus piernas. Zoro la sujetó de la cintura para acercarla cada vez más a él. Robin se inclinó sobre él y lo besó.
Se esforzó en hacer de algo tan sencillo como ese beso en algo íntimo, algo que fuera perfecto para los dos. Se esforzó en que cada segundo que durara ese beso sirviera para transmitirle a Zoro, aunque fuera un poco, de lo que ella sentía por él.
Aunque él nunca pudiera corresponderle de una manera plena. Aunque nunca le perteneciera por completo. Sus labios se abrieron tratando de aumentar su contacto con los de Zoro…buscando una mayor conexión entre ambos. Cerró sus brazos alrededor del cuello fuerte y perfecto de su amado mientras seguía recargándose poco a poco contra él.
Zoro se echó de espaldas sobre la cama y afianzó a Robin perfectamente sobre su cuerpo. Robin despegó lentamente sus labios y enderezó la espalda para poder verlo desde arriba. Sus labios estaban húmedos, y parecía haberse quedado con ganas de más. Cuando sintió que ella se alejaba, había abierto los ojos frunciendo el ceño, como si estuviera molesto por ello. Se enderezó bruscamente hacia ella y la sujetó de los hombros para acercarla a él y, al menos con los ojos, rogar por sus besos de nuevo. Se miraron fijamente a los ojos por varios segundos. Zoro deslizó despacio la fina tela de la bata sobre la piel de Robin para quitársela, y se quedó un momento admirando el cuerpo desnudo frente a él. Ella se quedó quieta mientras él se sacaba la camisa.
Él volvió a sujetarla de la cintura. Robin esperaba un beso o una caricia a continuación, pero lo que ocurrió fue que Zoro comenzó a recorrer su cuerpo con su rostro, despacio, sin tocar su piel. Ella podía sentir claramente su respiración sobre su piel. Poco a poco creció la tensión que sentía, fue una tortura eterna, esperar a que él finalmente se decidiera a tocarla, a besarla, a morderla, a hacer cualquier tipo de contacto. Lo miraba fijamente y su boca se abría buscando aire, cada vez respiraba más agitadamente y sus ojos comenzaban a lagrimear de tantas emociones contenidas sólo en ese gesto. Zoro entonces levantó la vista y esa fue la imagen que vio de ella. Robin se sonrojó. La hacía sentir tan frágil.
-¿Dónde quieres que empiece?- preguntó en un tono por demás provocador. Robin tuvo que morderse los labios para evitar cualquier reacción, se sentía avergonzada de que fueran tan notorios sus emociones y su deseo. Zoro abrió ligeramente los labios como si fuera a morder su piel por encima del ombligo. Se contuvo. Cerró los labios de nuevo y le sonrió. Subió un poco más y las ansias de Robin crecieron. Su piel se erizó sin que ella pudiera evitarlo.
-A…ahí…-pidió en voz baja cuando llegó a la altura de su pecho. Cerró los ojos con toda la fuerza que pudo cuando sintió los dientes clavándose suavemente en su piel y la humedad de su lengua acariciándola. Le sujetó la cabeza mientras continuaba. Comenzó a gemir en voz baja, pero aumentó su volumen cuando uno de sus pezones quedó atrapado en su boca. Sintió las suaves mordidas y succiones de las que fue víctima y pronto el otro recibió la misma atención, mientras que con sus manos le recorría la espalda, apenas con la yema de sus dedos aumentando con esto la excitación de la que era presa.
Zoro la recostó sobre la cama, acomodándola entre las almohadas. Siguió besando sus pechos mientras su mano derecha se deslizaba hacia el sexo de Robin, quien poco a poco fue sucumbiendo ante el placer. Sus gemidos aumentaron de volumen mientras se aferraba a su cabello y echaba la cabeza hacia atrás. Ahora, él continuó su recorrido hacia arriba y besó su cuello y su barbilla. Siguió lentamente hacia arriba y la besó en los labios con pasión y profundidad. Cuando se separaron de nuevo, se miraron fijamente por largos segundos que pasaron lentos y suaves mientras él continuaba acariciando todo su cuerpo y su intimidad.
Entregada completamente a las caricias, al menos en ese momento se olvidó de todo. Se olvidó…de todos los problemas…de las dudas, de las preguntas que tenía. Cada nuevo roce en su piel…cada nuevo beso la llevaba un paso más lejos de su conciencia y más cerca de la más completa pasión…
-Zoro…-le llamó cuando ya no pudo más- por favor, yo…
Zoro la calló con otro beso y ella se sujetó de su cuello cuando él se acomodó con cuidado entre sus piernas. Las acarició suavemente un momento y entonces miró a su rostro, otra vez desde donde estaba.
Quizás hubiera esperado que le dijera algo, pero sabía que con Zoro no podía esperar cosas así. Apenas quizás… algunas suaves caricias, como las que le brindaba ahora… un beso perdido en alguna parte de su pecho o de su rostro o en sus labios… una mirada que la traspasara como un cuchillo…
Comenzó a penetrarla con sumo cuidado, mientras se inclinaba sobre ella para besarla una vez más. Se juntaron sus cuerpos y su unión fue perfecta. Y ella continuó tratando de lograr que cada uno de sus besos fuera suficiente para demostrarle a Zoro cuán profundo era el sentimiento que la unía a él, lo mucho que deseaba que estuvieran juntos, así por siempre… lo mucho que quería que cuerpos nunca se separaran, que de ser posible, pudiera fundirse con él, en su cuerpo, y nunca volver a ser dos seres diferentes sino ser parte de él y ser suya para siempre.
Las embestidas comenzaron a sentirse en su interior, y con cada una de ellas, una nueva oleada de calor y de placer en todo su cuerpo.
Pasaron largos minutos donde millones de cosas se movieron en su ser. Un concierto de luces se abrió ante sus ojos, y el sonido de los deliciosos y masculinos gemidos de Zoro la hacían perderse todavía más.
Se abrazó instintivamente con las piernas a la cadera de su amante y éste detuvo sus movimientos. Se quedaron profundamente unidos y los besos no cesaron en ningún instante.
-Quédate así…- pidió suavemente en cuanto sus labios se despegaron un momento, y posteriormente siguieron besándose.
-¿Quieres que siga…?
-Despacio- le sonrió- muy….muy despacio…
Entonces él le sonrió de vuelta y obedeció. Comenzó a moverse de una forma mucho más suave que al principio. De una manera enloquecedoramente suave, continuó haciéndola suya, sin que ella le soltara ni dejara de saborear cada pedazo de piel que con sus labios era capaz de alcanzar. Porque si no le pertenecían sus secretos o sus pensamientos, quería pensar que por lo menos ahí, su cuerpo, su ser y su esencia le pertenecían.
Cada vez los movimientos siguieron aumentando en ritmo y en velocidad. Todo a su alrededor pareció moverse, temblar. Las luces cambiaron de forma, su piel se hipersensibilizó al contacto de la piel de Zoro y por unos segundos creyó que todo su ser iba al mismo ritmo que él, que sus cuerpos iban al mismo compás, que compartían el mismo aire, la vida…
-Zoro…-le dijo entonces…sus frentes estaban juntas y él la miraba a los ojos, con su boca ligeramente abierta, lista para besarla una vez más- Zoro…yo te amo…Zoro…
Justo en ese instante sus caderas y las de Zoro se juntaron con mucha fuerza. Un grito fortísimo escapó de su boca, y al mismo tiempo, de la de Zoro también. El fuego se avivó en su interior por unos instantes… estaba segura de que se estaba quemando por dentro.
Zoro se acercó lentamente a ella, quien tendida en la cama, respiraba con todas sus fuerzas, tratando de jalar todo el aire que podía de regreso a sus pulmones.
Deslizó su cara por el cuello de la morena, repartiendo suaves besos. Fue acomodándose lentamente hasta acunar la cabeza en el pecho que aún luchaba por normalizarse. Ella deslizó su mano en su cabello y suspiró.
-Lo…lo siento, lo siento mucho. Sé que tú….quizás no esperabas que yo…
Él levantó su vista, sonriendo a medias. Volvió a acomodarse.
-Solo tengo…una duda…
-¿Sí?
-¿Por qué te es tan sencillo decir que me amas, si apenas me conoces? No sabes casi nada de mi…he mantenido tantas cosas al margen… y de cualquier forma tú…- dudó un segundo y luego continuó- te entregas y te comportas de este modo conmigo que… lo siento, no termino de comprender.
No podía negar que le dolía escucharlo hablar así. Porque aunque le estaba dando vueltas, era más que evidente que toda su intención era hacerle notar que no se merecía el amor que ella le demostraba, y que decía sentir por él. Ya antes le había confesado que lo amaba, pero en esa ocasión él estaba medio dormido y probablemente no recordaba nada….pero ahora era distinto, y lo sentía más puro porque lo había dicho mientras hacían el amor, porque justo en el momento en que no podía razonar con claridad, en el momento en que su mente se encontraba más caótica que nunca, esa era la única cosa que era capaz de pensar, de sacar en claro y de pronunciar de modo que sonara verdadero.
Había sido….como entregarle la última partícula de su ser que aún le pertenecía a ella misma, y se había sentido maravilloso hacerlo.
-Te conozco lo suficiente para poder decirlo, yo- sonrió ante lo que se le acababa de ocurrir- incluso podría decir que sé más cosas de ti que tú mismo no conoces.
-¿Ah, sí? –Levantó la vista hacia ella- me suena a reto. ¿Qué tipo de cosas, mujer?
Se fue acomodando poco a poco junto a ella y una vez que estuvo a su altura, Robin se acomodó sobre su hombro, mirándole a la cara fijamente.
-Pues… he visto con mis propios ojos todas y cada una de las heridas y cicatrices que tienes en la espalda…
La expresión de Zoro pasó de una retadora y cómplice a otra de completa seriedad.
-Conozco mis cicatrices.
-No tan bien como yo. Sé…a qué saben…tus labios, y tu piel…
-Yo…
-No te saben a lo mismo que me saben a mí. Sé…a qué ritmo respiras mientras duermes. Conozco tus gestos cuando estás hambriento, cuando quieres dormir…cuando estás inquieto o confundido, justo como en este instante….
Zoro cerró los ojos fuertemente, quizás presa de un temor repentino de mostrarse descubierto, pero los volvió a abrir un momento después aparentando más tranquilidad. Robin puso su mano sobre su pecho y le sonrió.
-Sé… a qué ritmo late tu corazón después de hacer el amor.
Después de haberle dicho esto, lo miró fijamente, pero Zoro solo le devolvió la mirada y la abrazó.
-Igual que el tuyo.
Esta vez no tuvo que ayudarle a dormir, ya que de pronto se vieron envueltos en una paz tan grande que definitivamente no le pareció necesario. Ella… se había obligado una vez más a aceptarlo tal y como él pudiera entregarse y para como estaba la situación, no estaba del todo mal. Al menos podía decir que era feliz así.
Con respecto a su trabajo, bien, en cualquier otro momento hubiera aceptado sin más. Sin embargo, ahora mismo, prefería seguir tratando de mejorar con Zoro…ayudarle si era necesario, permanecer a su lado, porque a veces simplemente no le parecía que fuera seguro dejarlo solo.
Se veía tan fuerte, tan poderoso, tan intimidante, y al mismo tiempo ella sabía, por algún motivo, que en su interior seguramente era frágil, quizás tenía un problema muy fuerte al cual enfrentarse, quizás solo necesitaba…un ancla, alguien que lo mantuviera firme, alguien a quien aferrarse cuando las cosas fueran mal, como parecía hacerlo con ella.
Pensando en esto, entonces, decidió que no tenía por qué decirle ni preguntarle nada a Zoro con respecto a esa oferta de trabajo. Otras vendrían, y quizás, solo quizás, podría compartirlo con él y decidir juntos qué hacer. Por el momento, quería dormir en sus brazos y al menos por esa larga noche que quedaba por delante, ser feliz.
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Claro que desde un principio sintió las miradas sobre él. Nada de qué preocuparse –miradas asesinas eran lo que menos daño le hacían debido al constante entrenamiento con Nami y Sanji- además de todo, sabía a qué se debían esas miradas. Realmente no le importó.
Caminó a paso lento por la villa. Todo marchaba bien, pero repentinamente un rayo atravesó el cielo y algunas exclamaciones de sorpresa se dejaron escuchar entre los habitantes, que comenzaron a refugiarse en sus casas.
No por esto apuró el paso. Las pequeñas gotas de lluvia comenzaron a caer, mojándole el pelo, pero no hizo gran diferencia en él ni en su estado de ánimo. Después de un rato de caminar en las pequeñas calles ahora vacías, finalmente encontró con la vista aquella casa que les habían prestado a él y a Robin, y que hasta el momento le había costado varios enojos, un ataque de instintos asesinos por los que casi mata al alcalde y una…pelea con Robin, si se podía llamar pelea a ese ahora habitual intercambio de argumentos a favor y en contra, con encontronazos amorosos incluidos. Pfff, si podía llamarle amor a ese estado de confusión en que su mente entraba cada vez que la arqueóloga lo tocaba, lo miraba o lo besaba.
Cómo habían cambiado las cosas en esos escasos días en que habían estado allí. ¿Cuántos llevaban? ¿Cuatro, cinco, diez? Lo cierto era que de tanto esperar el poder irse hasta había perdido la cuenta. Todo había marchado a un ritmo por demás vertiginoso y siempre terminaba pensando que había sido la arqueóloga, y no él, quien había tomado la iniciativa de la relación desde un principio, había dado los primeros pasos hacia él, había aceptado los mayores retos y había impuesto sus condiciones que él había aceptado cumplir.
Porque él era de esas personas que simplemente no le pueden hacer traición a su propio corazón. Y su corazón llevaba semanas…no, meses, pidiéndole a Robin. Que se acercara a ella. Que le hablara. Que al menos, tratara de arreglar esas diferencias y esas murallas que había interpuesto para mantenerla alejada.
Que de pronto se ganara su confianza y probara ser una nakama fiel a su tripulación no era culpa suya sino del destino. Lo que sí era culpa suya era quizás, no haber entrenado a su corazón lo suficiente para afrontar una situación como aquella. Pero ¿quién le iba a decir que su viaje por convertirse en el mejor le iba a traer a Luffy, y en consecuencia, a toda esa galería de rarezas que se hacía llamar tripulación? Entre esas rarezas por supuesto contaba a Robin. El misterio hecho mujer. Una mujer hermosa, por cierto. Hermosa y llena de virtudes, de inteligencia, de carisma. Con un gran corazón, después de todo. Todo encubierto por esa capa de indiferencia, por esa sonrisa que no dejaba ver nada más allá.
Y ¡Demonios! Él quería ser el único que pudiera ver detrás de esa capa y de esos ojos….quería ser el único dueño de esas sonrisas y de esa mirada, de ese calor, de ese corazón tan lleno y tan oculto.
En el fondo…comprendía lo que ella deseaba. Entendía perfectamente que ella quisiera ayudar a alguien que la necesitara porque, aunque ellos fueran piratas y él mismo siempre se rehusara –al menos en principio- a meterse en los problemas de otros, que no le correspondían, sabía perfectamente lo que era ese deseo irrefrenable de socorrer a alguien que necesitaba una mano.
Entonces se encontraba en una balanza de tres platos: en uno, sus sentimientos hacia su compañera –que lo fortalecían y al mismo tiempo se convertían en una gran debilidad- en otro, la comprensión hacia el sentimiento que la abordaba- pues lo había experimentado él mismo y lo había obligado a morderse la lengua en más de una ocasión- y finalmente, ese odio extraño, esa desconfianza desmedida que le tenía a la gente de esa villa- que no sabía de donde había salido, pero que hasta el momento no tenía forma de quitarse de encima.
El agua siguió cayendo, y cuando otro rayo cruzó el cielo Zoro recordó con rabia a Enel, el momento en que la atravesó con su rayo y en que él sintió por primera vez ese aguijón en el pecho que se repitió varias veces hasta el momento en que se encontraba entonces. La nostalgia lo sorprendió preguntándose si estarían pronto de regreso en el Sunny, él entrenando en cubierta, viéndola de reojo leer bajo la sombra de los mandarinos tomando una taza de té.
Nostalgia. Bah, la última vez que había sentido algo así…
El agua cayó aún más fuerte y Zoro entró en la casa con la llave, que a pesar de todo conservaba oculta en su haramaki.
Robin estaba sentada en un sillón, leyendo bajo la luz de una lámpara de aceite. El corazón de Zoro dio un pequeño salto. No esperaba verla, o más bien no esperaba enfrentarla al menos hasta el día siguiente.
Contrario a lo que él esperaba – que lo ignorara, quizás- ella bajó el libro y lo miró, para levantarse rápidamente y correr hacia él.
-Zoro, estás empapado- observó- aguarda aquí, te traeré una toalla.
Se dio la vuelta y se perdió por la puerta que daba a un pasillo.
Zoro suspiró y se sacó la chamarra. Lo mismo hizo con la camisa, se quitó ambas y las arrojó al suelo sin cuidado alguno. Lo mismo hizo con las botas y su haramaki.
Cuando Robin regresó, lo envolvió con la toalla rápidamente y quizás sin intención terminó por abrazarlo. Le sonrió. Zoro recordó de nuevo la discusión y se sintió terriblemente ridículo ¿Había actuado por mera desconfianza hacia esa gente, o eran celos? Celos….de compartirla con alguien más, sobre todo con quienes a su parecer no la merecían.
-Yo…
-No te preocupes. Ponte algo seco y ve a dormir, es algo tarde. Yo debo dormir también.
Le dio un besito en la mejilla. Apagó la lámpara, tomó el libro y se fue de la estancia. La vio entrar en la cocina y escuchó el movimiento de los enseres mientras preparaba, seguramente, algo de café.
Esa capacidad suya…de mantenerse firme, ecuánime, indiferente incluso, aún en las situaciones donde podría haber la mayor incomodidad, era algo que no dejaba de impresionar a Zoro porque de otro modo, ¿cómo estaba tan tranquila? ¿Por qué lo recibía como si nada hubiera pasado? ¿Cómo era capaz de abrazarlo e incluso de besarlo en la mejilla, cuando él ni siquiera podía pronunciar una frase coherente en su presencia?
Tenía que decirle tantas cosas… sin embargo, decidió dejarlo por la paz. Mañana sería un nuevo día, cada vez más cerca de la partida y por ende, cada vez más decidido estaba de llevársela con él, costara lo que costara.
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Los días, las horas, los minutos y hasta los segundos pasaban lentos para la tripulación Mugiwara. Anclados a un kilómetro de Nerina, la isla de correos más cercana, no había mucho que hacer salvo esperar.
Nami trabajaba en sus mapas como era habitual, sin embargo no conseguía concentrarse. Cada 5 minutos bajaba sus instrumentos y miraba hacia afuera a través del ojo de buey, hacia el cielo, hoy nublado y pronto lluvioso seguramente, preguntándose qué habría sido de sus amigos en todo ese tiempo.
En algún momento de su trabajo, entraba Sanji, extrañamente silencioso y respetuoso, y dejaba a su lado una bandeja con bocadillos y una jarra de jugo de mandarina recién exprimido.
-Gracias, Sanji kun- le sonreía, y a pesar de la situación tan frustrante, conseguía arrancarle al rubio una sonrisa y unos corazones en los ojos, que él conservaba para ser feliz por lo menos una hora más.
Volvía a su cocina bailando, pero antes de que cualquier otra cosa ocurriera sus ojos se posaban en el libro que llevaba días leyendo.
Ya iba cerca de la mitad y ciertamente no se había enterado muy bien de lo que sucedía allí. No dudaba que seguramente Robin tenía una mente más clara para ello, se estaba esforzando, pero sinceramente no comprendía como era capaz de concentrarse con una lectura tan pesada. Abría el libro, leía un poco y se ponía a preparar el refrigerio para los demás.
Bajaba al taller donde Franky y Ussop trabajaban sin los ánimos de siempre, reparando algunos pocos mecanismos y armas del Sunny. Les dejaba ahí el refrigerio y se iba luego de anunciar que faltaban un par de horas para la comida.
-Ve a descansar un poco- decía Franky entonces a Ussop, quien sonreía y asentía. Bajaba a la enfermería con Chopper, se acostaba en la camilla fingiendo alguna enfermedad exótica y de ahí comenzaba a inventar alguna historia para distraer un poco al pequeño reno, quien era quizás el más angustiado por la pérdida de sus amigos. Chopper disfrutaba de las historias y reía, aunque fuera por un rato con su amigo mentiroso.
Cuando el descanso de Ussop terminaba, Chopper subía a cubierta a buscar a Brook y le daba a probar las nuevas fórmulas de leche fortificada en calcio que ideaba para mantener su cuerpo- puros huesos- sano y salvo. El músico bebía una botella de leche y su blanca osamenta era inspeccionada por el médico, su color – más o menos blanco, amarillento, o gris- su porosidad, su dureza, etc. Una vez que terminaba, se retiraba.
Brook entonces se acercaba al mascarón y comenzaba a tocar alguna canción para el capitán quien, recostado en la cabeza del Sunny, atisbaba el horizonte esperando a lo que fuera, pues confiaba en que sus amigos eran impredecibles, Zoro cumpliría, traería a Robin de vuelta al barco….o viceversa, pero de que regresaban, era un hecho que regresaban.
La lluvia comenzaba a caer pero Luffy se quedaba allí, viendo a lo lejos.
La mañana siguiente todo hubiera sido igual, sin embargo, a la hora que llegó el periódico, les trajo una noticia que no esperaban.
-La contingencia terminó- declaró Nami a sus impacientes amigos una vez que hubo terminado de leer la nota- ya podemos anclar en el puerto de Nerina. ¡Rápido! Hay que mover el barco y llegar allá antes de que no queden lugares para anclar.
Y todos fueron a sus puestos e hicieron su parte para mover al Sunny.
A mediodía ya estaban allí.
Bajaron a tierra y lo primero que hizo Luffy fue correr, pensando que quizás sus amigos estaban allí. Como no estaban seguros de en qué isla podrían haber caído, esa era una gran posibilidad.
La recorrió de cabo a rabo. Saltó por los edificios y provocó un par de accidentes. Hizo enojar a mucha gente y sus destrozos seguramente le iban a costar mucho a Nami, pero eso no le importaba en lo más mínimo si podía encontrar a sus amigos allí.
Cuando menos se lo esperó ya estaba de vuelta a donde había empezado, y Nami lo esperaba con una de esas expresiones terroríficas que lo hacían querer correr hacia otro lado. Sus puños llenos de amor, como los del abuelo, eran los que le provocaban un buen dolor de cabeza de vez en cuando.
-¿Quieres estarte quieto un rato, estúpido mono?- preguntó la pelirroja desgañitándose antes de asestarle un poderoso derechazo en la cabeza.
-Lo siento Nami- rio él- me emocioné. ¿Eh? ¿Dónde están Franky y Chopper?
Nami suspiró profundamente.
-Fueron a buscar informes sobre esta isla y las islas vecinas. Queremos asegurarnos de que todas sean neutrales, si no es así, podremos tomar las medidas necesarias para seguir buscando a Robin y a Zoro.
Apenas terminó de decir esto, un llanto escandaloso sonó a lo lejos. Demasiado familiar. Era Chopper.
-¡No!- gritaba el joven médico mientras corría en dirección a ellos. Atrás de él venía Franky, con un periódico enrollado en su mano.
-¡Tranquilízate, tanuki!- gritaba tratando de alcanzarle- ¡No sabemos si es verdad! ¡Relájate un poco!
-¡No es cierto, no es cierto, no es cierto!- gritaba el reno mientras continuaba corriendo, para finalmente terminar agarrado de las piernas de Sanji, como si se ocultara.
-¿Qué ocurre, Franky?- preguntó Luffy entonces. Franky no contestó. Los sollozos de Chopper se hicieron más fuertes.
-Velo tú mismo- replicó el ciborg, extendiéndole entonces el periódico a Luffy.
Luffy lo tomó y para sorpresa de todos, lo leyó atentamente, sin hacer preguntas ni comentarios estúpidos. Poco a poco, su expresión se iba endureciendo, su ceño se fruncía y empezó a temblar, al parecer, con una gran rabia.
Lo cerró de golpe, estrujándolo, y se lo entregó a Sanji.
-Nami, consigue los mapas que necesites y volvamos al Sunny pronto- ordenó- tenemos un nuevo rumbo.
Continuará….
Y hasta aquí llegamos el día de hoy, jeje
Bueno, solo quería decirles que quizás esta historia será más corta que las anteriores.
¿Cómo explicarlo? Digamos que tengo armado el esqueleto hasta el final. Pero aún no se si todas las situaciones que van a irle dando forma me van a tomar muchos o pocos capítulos más. Este por ejemplo tiene todo lo que quería incluir en él pero me salieron diez mil palabras aproximadamente y eso era algo que no esperaba…
Pero bueno, espero que haya sido de su agrado y que me disculpen por ser tan irresponsable u/u
Saludos!
Aoshika October
