Hola, hola. Aquí vengo con un nuevo capítulo de este fic bonito y extraño (?). Ante todo agradecer una vez más a Hitomi Shion Yo por su review, en serio gracias por tomarte unos minutos de precioso tiempo y leer ;u;

Antes de empezar, todo lo que está escrito en este capítulo son meras ideas, suposiciones mías; no se ha mencionado nada de este tema en la historia original. Así que, todo se puede con un poco de imaginación (?).

Yowamushi pedal no me pertenece, si no a Watanabe–sensei. Yo no más tomo prestados a sus personajes.

Sin más, disfruten la lectura.

6

Mamá, 2da parte

(O, Noriko)

―¡Buenos días!

―Oh, buenos días, Natsuki-san, ¿viene a tomar la presión o la temperatura?

―La temperatura.

Midousuji Noriko sonrió dulcemente, acostumbrada a los exámenes de rutina, es que después de un tiempo es todo lo que podía hacer. No le gustaba hablar del tiempo que llevaba hospitalizada, pero se contentaba con decir que era el suficiente para aprenderse el nombre de los enfermeros de planta y de los practicantes.

En realidad, a Noriko no le gustaba hablar de su enfermedad. No le gustaba recordar que había algo mal en su cuerpo que le impedía pasar los buenos días de verano afuera y en compañía de su hijo. De su adoración, de su dulce Akira. No, no le gustaba pensar de forma pesimista, prefería pensar que cada día era una pequeña batalla cada día era un paso a su recuperación. "Tienes que recuperarte pronto o me agotare". Por supuesto que se recuperaría pronto, porque su pequeño Akira así lo quería.

A Noriko no le gustaba hablar acerca del hombre que le prometió la luna y las estrellas, y que terminó huyendo cuando quedó embarazada.

A su familia tampoco le gustaba hablar de eso, por ello llegó un momento en que se encontró sola criando a su hijo. Y mentiría si dijera que no fueron tiempos difíciles y desesperantes. Salir desde temprano de casa, dejar a su bebé en una guardería, trabajar arduamente con la única esperanza de volver por él y ver su sonrisa que era todo para ella; escuchar sus balbuceos inentendibles mientras le hablaba: "Oe, Akira, hoy mamá también se esforzó mucho. Mamá trabajó muy duro". Sentía su corazón llenarse de una agradable calidez mientras su bebé movía las regordetas manos, tratando de acariciar su rostro y la veía muy atento con esos enormes y puros ojos. "Mi pequeño Akira".

Y su dicha fue creciendo conforme su bebé lo hacía. Los malos días en el trabajo se iban como espuma de mar cuando llegaba a casa y lo oía llamarla mamá. Y sólo eso le bastaba, la tímida sonrisa y sus puros ojos para que todo fueran nimiedades.

A pesar del trabajo, Noriko buscaba tiempo para pasarlo con Akira. No importaba que fuera un día en casa, sólo quería pasar cada minuto posible con su hijo; ayudarlo con sus deberes escolares, oírlo hablar sobre sus intereses (sabía que Akira era un niño muy tímido y que le costaba trabajo hacer amigos) y le animaba en cuanta cosa quisiera probar, aunque también le tocaba consolarlo cuando no le iba bien y su frustración lo orillaba a abandonar su más reciente interés, por lo que su bebé terminaba por refugiarse en sus brazos. Nunca lloraba, simplemente parecía buscar su calor y Noriko era feliz de dárselo.

Otras veces, salían. No solían viajar mucho, a Akira no le gustaba la idea de los trenes o camiones llenos de gente desconocida, y mucho menos los lugares ajenos a casa. Pero aun así, Noriko planeaba excursiones a sitios cercanos y simples picnics. Jugaban juntos con la pelota favorita de Akira; a veces volaban vistosas cometas; y otras Noriko dejaba que el niño explorara el lugar en turno, sólo para verlo regresar minutos más tarde con toda la carita llena de tierra y las rodillas heridas, pero siempre con alguna flor u hoja de árbol que Akira encontraba especial linda para obsequiársela. Noriko siempre tenía el cuidado de llevar un paquete de pañuelos húmedos, con los que limpiaba el sucio rostro de su hijo. Restregaba las mejillas mientras el niño se quejaba entre risas "Ya, mamá. Ya no soy un niño, puedo hacerlo solo" y Noriko le daba el gusto dejando que limpiara sus manitas tan entierradas como sus mejillas. Luego, comían juntos el bento. Entre mordisco y mordisco, Noriko contaba alguna historia y Akira la escuchaba atento, con sus enormes ojos fijos en ella, y sus boquita ligeramente abierta de la sorpresa por cada descripción o giro de las historias. A veces olvidaba por completo el almuerzo, pero terminaba por comerlo aprisa bajo la fingida mirada de severidad de la mujer. Tras la comida, AKira podía volver y seguir jugando, pero el niño siempre se quedaba tumbado a lado de su madre y juntos buscaban formas en las nubes. Sin embargo, había un día especial en la memoria de Noriko, cuando Akira aprendió a andar en bicicleta.

Su hijo tenía la fuerte idea de que no estaba hecho para los deportes. (Que por más que intentara no podía saltar el cajón, que no podía evitar que los balones de voleibol y basquetbol terminaran por estamparse en su cara, o que una raqueta de tenis se convertía un peligroso proyectil al zafarse de sus manos. Tenía la idea de que no era bueno para ninguna actividad física, en realidad). Quiso que probara con algo sencillo.

―Anda, Akira, es muy divertido y sencillo, ¡hasta yo puedo hacerlo!

―De seguro me caigo...

―No digas eso cuando ni siquiera haz hecho por subirte.

Esperó paciente hasta que el niño montara en la bicicleta que había rentado para él.

―No mires al piso y mueve los pedales. Yo te detendré.

Y no podía olvidar su carita llena de miedo cuando empezó a mover el vehículo, y en lugar de ir más rápido se detenía de pronto, aterrado por el movimiento errático de la rueda delantera.

―Es porque tú las diriges ―le explicó―. Mantente firme y las manijas no se moverán.

Tardó mucho, gran parte de la tarde, antes de que Akira pudiera moverse sólo con la bicicleta. Incluso desistió de tomar el almuerzo. Noriko estuvo a punto de reñirlo y obligar a que bajara de la bicicleta, pero se quedó muy quieta cuando vio la mirada llena de determinación de su hijo, y como, a pesar de las infinitas heridas y del sudor, Akira sonreía. Noriko también sonrió, otra madre estaría preocupada y quizá lo habría detenido a la primera caída, pero ella sentía satisfacción al verlo levantarse una y otra vez, volver a montar e intentar una vez más. Su bebé sería un hombre fuerte en el futuro.

―Wow, Akira. Lo haces muy bien ―lo vitoreó cuando el niño pasó tranquilamente delante de la banca donde estaba―. Estoy tan orgullosa de ti. Siempre consigues lo que te propones.

Y el niño le dirigía esa mirada que reflejaba que en su mente analizaba sus palabras y luego sonreía, amplia y hermosamente, luciendo esos dientes tan bonitos.

―No es tan complicado cuando lo dominas ―sonrió satisfecho y orgulloso de sí mismo―. Si lo pienso bien, puede llegar a ser divertido, pero...¿te sientes bien? Luces pálida.

Noriko asintió para no asustar a su hijo, pero se sentía mareada y por un momento le costó trabajo respirar.

―De seguro fue el calor, hoy estuvo más caluroso de lo usual, ¿no, Akira? Mejor volvamos a casa. Te prepararé algo delicioso para la cena, ¿qué quieres? ―preguntó mientras le ofrecía una bola de arroza que el niño no dudo en aceptar. Se la tenía bien merecida después de su gran esfuerzo.

―Anguila y tofu.

Noriko sonrió enternecida a la expresión avergonzada de su hijo. Lo abrazó contra su pecho y besó con dulzura su mejilla. ("Mamá, no me dejas respirar...¡mi arroz!"). Atesoraba cada instante con su hijo, por lo escasos que podían llegar a ser. Y es que a pesar del sacrificio, de lo agotador que podía llegar a ser el trabajo y que ella, aparentemente, había perdido su propia vida, su pequeño Akira era su motivación, su gasolina para echarse a andar.

―Akira, mamá te quiere mucho. Mamá siempre te va a cuidar.

Y siempre sería así, incluso cuando Akira creciera y se convirtiera en un gran hombre. O esa era su intención, porque todo cambió en un segundo.

Primero fue en la oficina, se desmayó y cuando volvió en sí se descubrió en el hospital. Las enfermeras la tranquilizaron y el doctor le explicó que posiblemente se tratará de un desmayo por exceso de trabajo y estrés, que debía tranquilizarse y era posible que no pasará más allá de ese episodio. Pero no fue así, los desmayos siguieron y empezaron a acompañarse de dolores en el pecho. Para cuando Noriko quiso darse cuenta quedó internada en el lugar, dejando a su pequeño Akira en manos de la familia. (La misma familia que le dio la espalda cuando decidió llevar su embarazo hasta el final y cuidar de su hijo sola, si era necesario).

Pasaron varios estudios antes que pudieran diagnosticar y darle un nombre a su enfermedad. Y aunque el doctor trató de explicárselo en un idioma sencillo para que entendiera, Noriko no lo entendía. ¿Por qué? ¿Por qué a ella? Pensó que eso le pasaba a otras personas, no a ella. No a ella que hasta entonces había estado luchando contra las adversidades sin quejarse, a ella que lejos de sentirse desdichada por quedar embarazada y abandonada, se sintió la mujer más afortunada de recibir a ese pequeño rayo de luz.

―Akira...

Sólo podía pensar en él mientras el doctor le hablaba del tratamiento a seguir, porque su mal no tenía cura, y al parecer ella llevaba tiempo con la afección sin debía ser cuidadosa de hora en adelante. Y Noriko no pudo evitar sonreír con burla. Su corazón...¿no se suponía que el corazón era la parte más noble del ser humano, esa que albergaba los sentimientos de las personas, la parte que permitía amar y querer? Entonces, ¿por qué su corazón?

―¿Comprende lo que le digo? ―el doctor la miraba con el entrecejo fruncido, creyendo que no lo estaba escuchando de nada. De pronto la mujer soltó una risa divertida―. Midousuji-san.

―¿Una tercera carga? ―Resumió la aburrida perorata del hombre. El galeno la miró en silencio, esperando que en cualquier momento entrara en un ataque de nervios, pero no estaba seguro. La mujer conservaba el rostro oculto, con la mirada, quizá, fija en sus manos cuyos dedos jugueteaban nerviosos entre ellos. Por lo que no se esperó la sonrisa alegre, como tranquila, cuando alzó el rostro para verlo y seguir hablando―. Eso explica por qué puedo querer más a la gente. ¡Tengo más energía!

Más energía para querer. Su filosofía no tardó en escucharse entre el personal del hospital. Al principio escépticos. ¿Entendía que su vida peligraba? Pero sólo bastaba para verla y entender que su pensamiento tenía algo de lógica fantástica, que era correcto, e incluso el mejor para explicarle a su hijo sobre su enfermedad.

―¿Más energía para amar? ―repitió perplejo el niño cuando fue a visitarla al hospital―. Pero, ¿no debería ser algo bueno? Querer más...

―Por supuesto que es algo bueno, Akira ―sonrió amplio, consiguiendo que el niño luciera aun más desconcertado―. Pero esa energía de más agota mi corazón. Lo hace trabajar de más. Y un corazón agotado es malo, ¿no?

Akira cabeceó como si tratara de encontrar el error en esas palabras. Movía sus deditos sobre una de las piernas de su madre mientras permanecía de pie a un lado de la cama.

―Entonces, ¿tienen que quitarte esa energía de más?

―Sí.

Noriko miró curiosa a su hijo que de pronto no parecía muy feliz. Sus dientecitos fuertemente apretados y su mirada fija en algún punto de su desvío. Sus dedos había dejado de moverse y se cerraron en un puño que tomó algo de tela de la sábana.

―¿Akira?

―Si te quitan energía de más... ¿dejarás de quererme?

Noriko parpadeó un par de veces antes de empezar a reír para nerviosismo de su hijo. Sin abandonar el lecho, se inclinó para jalar el menudo cuerpo del niño a su regazo. Lo abrazó contra su pecho sin dejar de reír.

―¿Cómo crees, bobo? Mamá nunca va a dejar de quererte. Eres lo más valioso que tengo, Akira, eres mi pequeño pedazo de luz.

Así permanecieron madre e hijo, disfrutando de su compañía y su calor.

―Mamá...―murmuró bajo el niño mientras se movía lo suficiente para alzar el rostro y buscar los violetas ojos de su madre―. Pronto comenzará el verano.

―Oh...tienes razón. ―Noriko sonreía sutilmente, mientras peinaba con ternura los cortos cabellos de su hijo.

―¿Estarás mejor para entonces?

Detuvo sus movimientos. Ambas miradas violetas se encontraron. En una brillaba la ilusión y la esperanza y la otra, poco a poco, se contagiaba de esos sentimientos. No lo sabía, pero si lo deseaba...

―¡Por supuesto! Estaré mejor para el Tanabata y los fuegos artificiales.

Por supuesto que no. No parecía haber ninguna mejora ni para el verano, ni para antes y mucho menos para después.

Noriko rió derrotada cuando la enfermera le quitó el termómetro, sólo para ver que todo estaba en orden ahí.

―¿Recordó algo bueno, Midousuji-san?

―Oh, por supuesto que no, Natsuki-san ―exclamó con alegría desconcertando a la otra mujer―. Sólo me he dado cuenta de la gran mentirosa que soy.

―¿Por qué dice eso, Midousuji-san?

―Le mentí a mi pequeño Akira, le dije que estaría mejor para el verano y parece que no es así. Mentí diciendo que esta enfermedad no era tan mala, que era porque quería de más, ¿puede creerlo? Kami-sama me está castigando por ser una gran mentirosa, ¿no?

―Por supuesto que no. A mi parecer mentirle a su hijo ha sido la prueba de afecto más grande que le ha dado. ―Noriko miró atenta a la enfermera, cuyos ojos oscuros poseían un brillo dulce y servicial que no podía ser ocultó tras los cristales de las gafas de media luna―. No sabe lo que va a pasar, así que no hable antes de tiempo.

―No lo sé, pero lo siento ―dijo poniendo la mano en puño sobre su pecho, a la altura del corazón―, y esto no miente.

―Claro, pero antes usted ya le dio una esperanza a su hijo, le permitió ver que usted no se rindió desde el principio, al contrario, luchó. ¿No?

Noriko miro por la ventana. El cielo era de un brillante azul que casi hería sus ojos. Y la luz del sol colándose a raudales. La luz, cálida, rozaba su marchita piel. Ella tenía su propio pequeño pedazo de luz.

―Akira...―murmuró―. Lo siento, Natsuki-san, no es que me haya rendido, es sólo que...lo presiento y es tan doloroso. Me da miedo la idea de dejar a mi pequeño. Akira aun me necesita y es tan triste, porque quiero estar para él por siempre. Quiero verlo crecer y ver el gran hombre en que se convertirá. ¿No es lo que toda madre quiere?

―¿Eso es lo que deseas? ―Noriko guardó silencio más sorprendida por la pregunta que por el hecho de que la enfermera empezara a tutearla―. Si pudieras pedir un deseo, ¿qué pedirías?

―¿Un deseo?

Miró perpleja a la enfermera, sin duda era la pregunta más extraña que le habían hecho desde que ingresó al hospital. Si pudiera pedir un deseo... Y como si se tratará de una respuesta, su mente lanzó la imagen de su hijo. Si pudiera pedir un deseo, ¿cuál sería?

―Quiero verlo crecer.

n-n-n-n

Estaba agotada. No solía quejarse, pero poco a poco su energía comenzaba a mermar. Era irónico. Tenía una carga de más en el corazón, energía de más, y su cuerpo estaba agotado. Si tan sólo pudiera enviar esa carga al resto de su cuerpo y dejar que su corazón descanse.

―Sería muy bueno ―canturreó.

Sus ojos, cansados como toda ella, miraron por la ventana. Casi era la hora en que Akira venía a visitarla, por lo que luchaba contra la somnolencia. Su pequeño tardaba dos horas en bicicleta para verla, lo menos que podía hacer era recibirlo despierta, con una sonrisa y unas palabras de aliento por su gran hazaña ―20 kilómetros de montaña, no cualquier niño era capaz de hacerlo― y un gran abrazo para su adorado hijo.

¿Habría tenido algún contratiempo? "Ya debería estar aquí", pensó. Miró hacia la cortina que le cubría la visión de cama vecina ―vacía, por cierto― y la puerta de la habitación; la contempló fijo por un rato. Como si fuera una esfera de cristal que podía revelarle el paradero de su hijo. Pero el diseño sencillo y blanco permaneció igual, si nisiquera arrojar destellos de luz que la cegaran por tanta pulcrituf. Apartó la vista y la fijó en el techo. Por un momento sus ojos se cerraron agotados. Escuchó un ruido. Miró desorientada la extensión de techo ante ella, ¿sólo había sido un parpadeo o había dormido más?

―¿Akira? ―preguntó al recordar que esperaba una visita.

Se medio incorporó en la cama, estiró la mano para apartar la cortina y descubrir a su visitante.

Un chico alto, altísimo, y familiar la miraba con asombro, casi fusionado con terror. Su cabello negro profundo estaba cortado al rape de forma descuidada, como si una mano inexperta lo hubiera hecho; sus enormes ojos temblaban; su nariz, pequeña como la de un reptil, se fruncía graciosamente como la de un conejo al que se le ofrece un alimento que no le gusta; su boca de labios delgados estaba entreabierta a momentos moviéndose como si quisiera decir algo; su piel bronceada le hacía pensar en un deportista que ha entrenado por días y horas bajo el sol; y sus piernas, largas y llenas de viejas cicatrices. Todo en él le resultaba familiar, incluso esa extraña y apretada ropa que se parecía tanto a la que usaba los hombres de las fotografías de las revistas de ciclismo que su hijo le mostraba.

Ciclismo...

―Piiii...

Noriko dio un respingo ante aquel sonido. ¿Quién era? No...sí lo sabía . Pero, ¿cómo? Antes de que pudiera formular una pregunta, una muda palabra se dejó leer en los labios del chico. Una palabra muda, pero bien conocida y tan bonita al venir de él. Precisamente de él. Su mente voló a aquél día de hace muchos ayeres en que, entre juegos, la pronunció y Noriko sintió su corazón tan lleno de calidez y luz. Esa luz que sólo él podía darle.

Su pequeño fragmento de luz...

―¿Akira?

Kimo boy en escena de nuevo. ¿A poco no lo extrañaban? Desde el primer capítulo que no lo veíamos. Pero no olvidemos a kimo mamá, esa mujer me da ternura con sólo verla en el manga. ¿Qué piensan de esta dulzura de mujer?

Espero que haya sido de su agrado. Nos leemos la próxima.