Capítulo 7

Ellos eran los únicos integrantes de lo que a Marinette le pareció la más desorganizada fiesta de jardín que había visto jamás. Aunque estaban ellos solos, habían desplegado una enorme mesa que se tambaleaba con sus movimientos; con sillas y sillones de todos los tipos y colores repartidos a su alrededor, suficientes para albergar a veinte personas. En lugar de usar un único y largo mantel, habían interpuesto decenas de ellos, cada uno con un diseño más particular que el anterior. Desde cuidados estampados de flores boradas hasta llamativos colores rojos y dorados a rayas. Marinete incluso juraba que la tela semitrasparente con bordados de mariquitas era en realidad una cortina.

Y la comida y la bebida también eran un descontrol. Montañas de sandwiches mal apilados, balanceándose peligrosamente con su inclinación a lo Torre de Pisa. Había tazas repartidas por doquier: algunas usadas y con restos de té en su interior, otras limpias volcadas y a punto de caer al suelo. Y decenas de teteras humeantes, cada una con un té distinto, causando un ambiente sofocante incluso estando al aire libre. Había tantos aromas mezclados que a Marinette se le taponó la nariz.

El par charlaba como si aquel desorden, tanto higiénico como artístico, fuera lo más natural del mundo. Y aunque Marinette no tenía muy en claro sus recuerdos antes de aparecer en aquella siniestra sala, pues parecían ir desvaneciéndose con el paso de los segundos, sí tenía claro que aquello no era normal. Quiso irse suavemente, sin llamar su atención, cuando la picazón producto de la saturación de aromas la superó y estornudó. Logró taparlo con las manos y fue tan sutil que, con el barullo que estaban montando ellos dos, supuso que no la habían descubierto. Pero no cayó en que la liebre alzó sus orejas en su dirección y eso fue señal suficiente para que la sombrerera se girara, buscándola.

—¡Aquí está, la tardona ha llegado! —exclamó la chica, sobresaltando a Marinette.

—Tarde, tarde, ¡siempre tarde! —Le siguió el chico, meneando tan fuertemente su taza de té que la bebida le bañó la mano y el mantel. Debía estar frío porque no pareció importarle.

—¿Tarde, yo? —Marinette observaba al par perpleja, sin comprender nada. Se acercó a ellos recelosa—. Pero si ni siquiera estaba invitada.

—Hoy todos llegan tarde, es una completa desfachatez —dijo la sombrerera, haciendo caso omiso de la réplica de Marinette.

—Totalmente falto de elegancia.

—Totalmente carente de modales.

—Descortés.

—Impertinente.

—Escandaloso.

—Grosero.

—Y sobre todo… —dijeron a la vez, levantando sus tazas al aire—, puntual.

—¿Puntual? —preguntó Marinette, más desconcertada aún que al principio—. ¿Cómo se puede llegar tarde siendo puntual?

—¿No es obvio, querida? —La sombrerera la miró como si tuviera una colmena en la cabeza en lugar de dos sencillas coletas—. ¡Oh, y no te hemos invitado a sentarte! Ven aquí, a mi lado.

Palmeó incesantemente el cojín floral de la silla a su lado y Marinette, un tanto recelosa, se sentó.

—Nuestra invitación implicaba venir a las cinco en punto y, ¿qué hora es? —inquirió, acercándole un reloj de bolsillo dorado al rostro.

—¿Las cinco?

—¡LAS CINCO!

—¡Una total ordinariez! —gritó la liebre, echándose viscosas cucharadas de miel en su taza sin parar.

—Todo el mundo sabe que para ser un miembro digno de la sociedad debes acudir una hora antes de lo acordado —explicó la sombrerera, dándole golpecitos en la nariz a Marinette con su cucharilla de té.

—¡Oye, tú, deja de…!

La sombrerera cesó el reclamo de Marinette colocándole la cucharilla en los labios y chistándole.

—Alya Césaire, querida. No es decoroso hablar con alguien sin saber su nombre ni haber sido presentadas.

—No es como si tú me hubieras preguntado el mío.

Marinette colocó los brazos en jarras, una posición que se le antojó curiosa al estar sentada en una silla con reposabrazos.

La liebre rió con su respuesta, haciendo que las orejas se le estiraran y el fino pelo oscuro se erizara.

—Una verdadera falta de modales la mía, querida —respondió con elegancia Alya, sonriéndole ténuemente—. ¿Cuál es tu nombre?

Su sonrisa habría sido tranquilizadora si no fuera porque le lanzó una tetera de té hirviendo a la liebre, que la esquivó por poco. La liebre rompió a reir, como si le hubiera lanzado un almohadón en lugar de una tetera ardiendo.

—Marinette Dupain-Cheng —dijo con duda temiendo ser objetivo de otro lanzamiento sorpresa. Con un vestido con tantos volantes como el suyo no tenía posibilidad ninguna de esquivar una tetera como había hecho… ¿Cómo se llamaba la liebre?

—Yo soy Nino, Nino Lahiffe —explicó la liebre, riendo nerviosamente, sirviéndose otra taza de té—. La liebre más atractiva y artística de todo el País de las Maravillas.

—¿Atractivo, tú? —preguntó Alya, enarcando una ceja—. Cuando mis cerdos caminen por mi jardín.

—¿Tus cerdos? —preguntó Marinette con duda, en apenas un susurro.

En ese momento vio cómo un grupo de cinco pequeños cerdos voladores descendían del cielo y se agarraban de una barra encharcada en lodo justo detrás de Alya. Minúsculas alitas blancas sobresalían de sus lomos, tan pequeñas que Marinette se preguntó cómo podían volar con eso.

—Es solo que tú, una miope sin gusto, es incapaz de apreciar la belleza, el arte —dijo Nino con dramatismo, dando un salto sobre su asiento y acabando de pie sobre los reposabrazos acolchados. Marinette sintió pena por la preciosa tela azul, que jamás regresaría a su color después de haber sido teñida por el barro de los zapatos de la liebre.

La sombrerera, haciendo caso omiso de las palabras de la liebre, tomó sándwiches a toda velocidad de la Torre de Pisa, haciéndola tambalearse aún más peligrosamente, y tirándole los bocaditos a los cerditos a su espalda que gruñeron satisfechos. Marinette se cubrió con las manos por acto reflejo.

—Menos mal que hay gente que sí sabe apreciar la belleza —dijo Nino, malhumorado al saberse ignorado por las dos.

Se subió a la mesa y, con un peligroso movimiento de pie, hizo que una tetera, una cucharilla y una taza danzaran en el aire. Marinette jadeó asustada cuando tuvo la impresión de que la tetera efectivamente colisionaría con la cabeza desprotegida de la liebre y le bañaría con su té encima. Cuando vio que se comenzaba a verter el líquido caliente, se irguió, buscando agarrar de la pierna a Nino para apartarlo de la trayectoria. Pero no llegó a tocarle. Marinette se quedó totalmente congelada cuando la tetera, aún en el aire, lo hizo también. Con un gracioso movimiento de orejas, similar al de unas tijeras, Nino cortó el flujo del té antes de que llegara a su cabeza.

Marinette no se dio cuenta de en qué momento Nino atrapó la taza y la cucharilla con la mano, pero le vio cómo, asombrada, acercaba la taza a la tetera y repetía el movimiento de sus orejas, reanudando el flujo.

—Como mi mejor amigo, Adrien Agreste —terminó, como si nada hubiera pasado—. ¿Más té, Mary?

—¿Mary? —preguntó Marinette, haciendo un gesto de desagrado.

—Tu nombre es tan largo… Me canso. Te puedo llamar Marylin si lo prefieres.

—De eso nada —atajó Alya—, no puedes ponerle a una niña el nombre de uno de mis cerditos. La pobre Marylin se ofenderá y no querrá volar.

Como reafirmando sus palabras, uno de los cerditos de detrás soltó un resoplido y se dio la vuelta, irguiéndose indignado. Y Marinette supo que acabaría lanzando teteras si seguían con ese tema.

—¿Qué nombre dijiste antes? ¿Adrien Agreste?

—No puedo llamarte Adrien Agreste. Adrien Agreste es mi único e irremplazable mejor amigo.

Marinette sintió una punzada extraña en las entrañas, dejándola completamente confusa. Ese nombre se le hacía familiar y tiraba de ella como si estuviera clavada a un anzuelo en una caña de pescar, buscando la superficie.

—¿Desde cuándo eres tú amigo del conejo blanco de la reina? —La sorna en la voz de Alya era palpable.

¡El conejo! ¡EL CONEJO BLANCO! Recordaba que él la había traído allí, guiada por su ondeante traje blanco.

—¡El conejo! —exclamó Marinette poniéndose en pie—. ¿Sabéis dónde está?

—Nah… Se fue hace un rato. Después de regalarme esto.

Y alzó en el aire un reloj de bolsillo que estaba segura de haberle visto a aquel conejo escurridizo. Y se escandalizó cuando vio que el reloj marcaba las tres de la tarde.

—¿Hace cuánto se fue?

—Llegó a las cinco en punto y se fue a las cinco en punto —afirmó Alya, tomando un sorbo de té.

Marinette la observó con el ceño fruncido, sin entender. Ella había llegado a las cinco en punto y el conejo le llevaba demasiada ventaja para que estuvieran a la misma hora en aquel lugar.

—Mi reloj no engaña.

La sombrerera sacó el reloj nuevamente, mostrándoselo a Marinette quien en ese momento, ya sin miedo a la situación, pudo observarlo el tiempo suficiente como para darse cuenta de que estaba parado.

—Te lo dije, no hay prueba más fiable.

Y Marinette la miró sin dar crédito a lo que estaba escuchando. Lo creía de verdad. Estaba loca, era una sombrerera loca. Y por si fuera poco, la liebre retornó a su risa histérica, tentando a Marinette a perder la poca cordura que le quedaba.


¡Hola a todos, lindas flores!

¿Os advertí o no que los capítulos con diálogo tendrían más jugo? El primer borrador tenía 800 palabras, pero al corregirlo y hacer la segunda escritura, pasamos a las 1500.

Muchas gracias a linithamonre77 y a DragoViking por sus reviews. ¡Me alegráis el día!

Pues, con esto y un bizcocho, ¡nos leemos en el próximo capítulo!