El calor de pasión

ESTA HISTORIA ES UNA ADAPTACION

LOS PERSONAJES SON DE LA GRANDIOSA STEPHANIE MEYER


Capítulo 6

Isabella despertó sobresaltada. Recordaba vagamente la llegada en helicóptero a la isla. El desajuste de horario la tenía totalmente aturdida. Salió de la cama y miró su reloj. Eran las ocho de la tarde.

Una mujer gruesa, con aspecto de ser el ama de llaves de la casa, fue su salvadora cuando llegó. Se ocupó de ella, echando a Edward de la habitación y quedándose junto a la cama hasta que se durmió.

¿Pero qué la había poseído el día anterior? ¿Por qué le habló a Edward sobre las miserias de su adolescencia? Le había contado cosas que ni siquiera le había contado a Jacob. Y al hacerlo se sintió liberada de la pesada carga de aquellos desagradables recuerdos, casi como si los hubiera exorcizado, dejándolos definitivamente en el pasado, que era donde debían estar. En un momento de debilidad le había revelado sus recuerdos más íntimos... ¿y por qué no se sentía mal al respecto?

Contempló la enorme y opulenta habitación en que se encontraba, con sus sillones de brocado, floreros y exquisito mobiliario. El vestidor y el baño eran igualmente impresionantes. Su equipaje había sido deshecho y colgaba de los armarios.

Parte de su tensión se desvaneció al comprobar que la ropa de Edward no estaba allí. Al parecer, no iba a compartir la cama con él, cosa que la hizo sentirse aliviada. Acababa de salir de la ducha y se estaba secando el pelo con una toalla cuando creyó oír a alguien en la habitación. Se puso el albornoz rápidamente y salió.

Una mujer alta, con un ceñido vestido se hallaba junto a la ventana. Cuando se volvió, su larga y rizada cabellera de color rojizo voló en torno a sus estrechos y blancos hombros, y unos grandes ojos azules con la luminosidad de zafiros se fijaron en Bella. Sin duda, era una de las mujeres más bellas que había visto en su vida.

- Soy Tanya - murmuró la mujer, mirando a Bella con inquietante intensidad -. Bienvenida a Paradiso.

- Isabella Swan- contestó Bella, preguntándose si su bella anfitriona, Tanya Masen, que debía de tener pocos años más que ella y también era inglesa, recibiría siempre a sus invitados entrando en sus habitaciones sin previo aviso.

Tanya caminó en torno a la habitación, tocando con sus pálidas manos esto, ajustando aquello, antes de pasar junto a Bella para entrar en el vestidor y contemplar su vestuario. Un momento después, volvió a la habitación.

- ¿Te ha comprado Edward toda esa ropa como parte de la farsa?

- ¿Disculpa? No te sigo - Bella mantuvo la compostura, aunque notó cómo crecía la tensión en su interior.

Tanya rió y la miró con gesto divertido.

- Sé que es una farsa. ¿Cuánto te va a pagar Edward? ¡Si eres buena, te doblo el sueldo!

- No sé de qué estás hablando - dijo Bella secamente.

- Incluso las paredes tienen oídos... ¿es eso lo que te ha dicho? - Tanya se encaminó hacia la puerta -. Pero no hace falta que disimules ante mí. A fin de cuentas, sé que sólo conoces a Edward desde hace una semana...

- Conozco a Edward desde hace seis años.

Tanya se detuvo y se volvió.

- Eso es imposible.

La tensión de Bella crecía por momentos.

- ¿Por qué es imposible?

- Estabas casada y Edward... - confundida por lo que había dicho Bella, Tanya frunció el ceño y luego alzó una imperiosa ceja -. Oh, así que esa es la historia. Muy inteligente. Carlisle la apreciará. La cena es a las nueve. No te retrases - dijo en el mismo tono que habría empleado para dirigirse a una empleada.

Bella notó que las rodillas se le debilitaban cuando la puerta se cerró. ¿De qué se trataba todo aquello? ¿De dónde obtenía Tanya su información? ¿Cómo sabía que había estado casada? ¿Se lo habría dicho Edward? Pero Edward no podía haberle dicho a su padre que su compromiso era una farsa... Lo más probable era que Tanya simplemente estuviera tratando de sacarle información.

Frunciendo el ceño, Bella eligió un vestido de seda dorado que consideraba muy elegante... hasta que había visto a Tanya y la mansión en la que vivía. «¿Cuánto te va a pagar? Si eres buena te doblo el sueldo». La sugerencia de que Tanya y Edward estaban compinchados había sido muy clara. Bella tragó con esfuerzo, notando que el estómago se le encogía. Edward tenía algunas explicaciones que darle.

Una doncella la acompañó a lo largo de una interminable serie de pasillos hasta una palaciega escalera que conducía al salón en el que finalmente entró. Al ver que la mujer que la había atendido al llegar se acercaba a ella con un vestido negro adornado con un opulento broche de diamantes, Bella supo que ya había cometido su primera equivocación. Al parecer, no se trataba del ama de llaves, sino de Jane, la hermana de Edward.

- ¿Cómo te sientes, Isabella? Iba a enviarte a la habitación una bandeja con comida más tarde - dijo, tomándola por el brazo y guiándola firmemente hacia el centro de la habitación -. Tiene mucho mejor aspecto, ¿verdad, Edward? Tanya, esta es Isabella...

Tanya alargó una lánguida mano hacia ella, como si todavía no se conocieran.

- Déjame ver tu anillo - dijo, entusiasmada, sosteniendo los dedos de Bella con sorprendente fuerza -. ¡Es maravilloso! ¿Quién lo eligió, tú o Edward?

- Los dos - dijo Bella, apartando la mano, pero cuando iba a alejarse de Tanya, ésta enlazó su brazo con el de ella.

- ¿Qué aspecto tenemos juntas, Edward? - preguntó Tanya, riendo -. ¡Es tan pequeña, Edward!

Edward avanzó hacia ellas, devastadoramente elegante con su esmoquin. Sus ojos verdes quemaban como llamas. Bella percibió cierta tensión en él, pero su sonrisa ladeada fue una obra de arte de la frialdad.

- ¿Cómo te sientes, cara?

Tanya soltó el brazo de Bella. Ésta se apartó de ella, aliviada.

- Creo que nunca volveré a subir a un helicóptero.

Edward le tomó la mano y se la besó.

- Estás preciosa - murmuró roncamente.

Acto primero, escena primera... el amante latino, pensó Bella. Edward la condujo a un sofá y hizo una seña para que le trajeran una bebida. Bella se sentó, fijándose de reojo en el enfurecido rostro de Tanya. Jane se sentó junto a ella y empezó a hablar animadamente de ropa, bloqueando la visión de su cuñada. Edward fue hasta una ventana y permaneció allí de pie, de espaldas a ella. Segundos después, Tanya se colocó junto a él.

Un sonido llamó la atención de Bella. Al volver la cabeza, vio en la entrada del salón a un hombre grande y fuerte sentado en una silla de ruedas. Carlisle Masen tenía el pelo plateado y un rostro carnoso y lleno de arrugas. Trataba de respirar con esfuerzo a la vez que alejaba de sí furiosamente con un brazo al enfermero que lo acompañaba. Sus claros ojos recorrieron el salón y se centraron en Bella con perceptible fuerza.

- Ven aquí - ordenó con brusquedad, como un anticuado potentado.

Bella volvió la mirada hacia Edward en busca de ayuda. Sonreía con genuina diversión. Finalmente, se levantó y caminó hacia el anciano con la cabeza alta y los hombros echados hacia atrás.

- ¡Camina como una reina, Edward! – Carlisle Cullen sometió a Bella a un detenido examen de pies a cabeza -. Pequeña. Buenos senos. Temperamento - concluyó, leyendo con precisión en los brillantes ojos de Bella.

- ¿Le gustaría comprobar mi dentadura? - preguntó ella.

Carlisle la miró un momento, sorprendido, y luego rompió a reír.

- Espíritu y sentido del humor.. me gusta. ¿Pero puedes darle hijos a Edward? - preguntó abiertamente -. Eso es lo más importante.

- No para mí - contestó rápidamente Edward, pasando un brazo por la cintura de Bella.

- Cinco años de matrimonio y ningún hijo - argumentó Carlisle con fiereza -. Piénsatelo, Edward... ¡Haz que le hagan algunas pruebas y me mantendré callado! Isabella no podía creer que aquella conversación estuviera teniendo lugar. Edward dijo rápidamente algo en griego y su padre hizo un gesto con las manos en señal de desprecio.

Se anunció que la cena estaba lista.

Mientras salían del salón tras Carlisle, Bella le susurró a Edward:

- ¡Quiero hablar contigo!

- Si lo que quieres es pelear, lo haremos en privado - respondió Edward entre dientes, lanzándole una oscura mirada -. ¡Bastante tengo ahora ton soportar la idea de Black acostándose contigo durante cinco años!

Bella se puso pálida, pero no respondió.

La mesa era circular. Para Bella, fue un alivio que Jane se sentara a su lado. No se sentía con ánimos de volver a mirar a Edward.

- Los hijos son muy importantes para los hombres griegos de la generación de mi padre -murmuró la hermana de Edward, dando un suspiro -. No tenía intención de herir tus sentimientos.

Tras media hora contemplando a Carlisle Cullen en acción era evidente que no le importaba nada lo que los demás pensaran sobre lo que dijera o hiciera. El mero hecho de que Bella fuera mujer la colocaba en posición de inferioridad.

Tanya era diferente en presencia de su marido. Sonreía y charlaba animadamente, mostrándose muy amistosa con Bella. Comía poco, pero su copa de vino tenía que ser constantemente rellenada. Edward y su padre hablaban en griego.

Bella estaba dando un sorbo a su café cuando sucedió. Con un gutural sonido de furia, Carlisle alargó una mano, arrancó de la mano de su esposa la copa de vino y la arrojó contra la pared. Con total despreocupación, Tanya se cubrió la boca con la mano para ocultar un bostezó.

- Creo que me voy a retirar - dijo, mientras un sirviente recogía los restos de la copa.

Carlisle gruñó algo en griego y encendió un puro, sin mostrar la más mínima preocupación por el silencio que había provocado con su gesto. Luego hizo un impaciente gesto en dirección a su hija.

De inmediato, Jane murmuró animadamente: - ¿Te apetece tomar un poco de aire fresco, Isabella? Si quieres, podemos salir a la terraza.

Mientras salían del comedor, Bella oyó que Carlisle tosía violentamente a causa del puro. Por mucho que lo intentó, no logró experimentar ninguna compasión por él.

- Mi padre no es un hombre sensible - dijo Jane con cuidadoso énfasis cuando las puertas se cerraron tras ellas -. No dejes que te disguste. Ojalá hubieras visto lo contento que se puso cuando supo que Edward estaba comprometido. Mi hermano tiene treinta y tres años y empezábamos a temer que nunca se casara.

- ¿Hace cuánto tiempo que Edward no veía a su padre? No habla mucho sobre su familia - añadió Bella rápidamente, temiendo haber metido la pata.

Pero el redondo rostro de Jane se limitó a adquirir una expresión resignada.

- Casi nueve años. Pero yo siempre me he mantenido en contacto con Edward, por supuesto. Me siento muy unida a él desde que era un niño - dijo con evidente cariño. Yo tenía diecisiete años cuando nació; era un bebé precioso - añadió, suspirando al recordar.

- ¿Cómo era su madre? - preguntó Bella, animándola a continuar.

- Era muy guapa. De lo contrario, Carlisle no se habría casado con ella - Jane rió con suavidad, pero enseguida se puso seria -. Creo que, durante una temporada, papá quiso de verdad a Esme, pero él quería más hijos y ella no pudo dárselos. Por eso se divorció de ella. Fue un amargo divorcio. Edward quería vivir con su madre, pero mi padre no dejó que Esme se lo llevara...

- ¿Por qué no?

- Edward era su hijo - dijo Jane y suspiró -. Desafortunadamente, Edward era muy protector con Esme y culpó a su padre por hacerle daño. Entonces fue cuando empezaron los problemas entre ellos. Carlisle se puso furioso... su hijo pequeño atreviéndose a condenarlo. Entonces Carlisle volvió a casarse y Esme murió. Edward no había visto a su madre en muchos meses y eso le hizo amargarse aún más. Finalmente fue a un colegio interno. Cuando cumplió los dieciocho años tomó el apellido de su madre. Nunca he visto a Carlisle más enfadado que entonces. Para él, era el peor insulto. Está inmensamente orgulloso de su apellido.

Pero padre e hijo habían vuelto a encontrarse nueve años atrás y Bella sentía gran curiosidad por saber qué había ocurrido para que volvieran a romper. Lo suficiente como para cercenar todo lazo familiar, según palabras de Edward.

- Pero finalmente lo perdonó, ¿no? - dijo, sin poder evitarlo.

Los rasgos de Jane se tensaron visiblemente y su mirada se endureció.

- No creo - dijo, reflexivamente -. Pero esta vez sí. Mi padre está deseando recuperar a su hijo. Es consciente del poco tiempo que le queda. Puede que no lo admita nunca, pero está realmente orgulloso del éxito logrado por Edward sin su ayuda - de pronto, Jane rió y se inclinó hacia Bella para susurrar: - Te diré un secreto. Carlisle tiene un álbum en el que pega todos los recortes de prensa relacionados con Edward. Pero Edward no lo creerá hasta que lo vea con sus propios ojos - su agradable rostro se suavizó al palmear el brazo de Bella -. Me alegra mucho que Edward haya logrado volver a enamorarse. Temía que nunca se casara. Un hombre más débil podría haber visto destruida para siempre su fe en las mujeres después de aquella traición, pero...

Bella estaba a punto de preguntar a qué traición se refería cuando un sirviente salió a la terraza para decirle algo a Jane.

- Discúlpame. Mi padre quiere verme.

- Creo que yo me iré a la cama - dijo Bella, pero mientras Jane se alejaba trotando obedientemente, decidió quedarse fuera un rato más. Su mente estaba demasiado acelerada en esos momentos como para dormirse.

Alguna mujer a la que Edward había amado lo había traicionado. Bella sintió un inexplicable dolor al pensar en Edward amando a una mujer tan intensamente. ¿Pero por qué? ¿Era un problema de ego? Seis años atrás, Edward no la amaba, no le abrió su corazón, no trató de persuadirla con la pasión... Le ofreció el espacio vacío que había en su cama y el límite de tiempo de su aburrimiento. Un frío y arrogante ofrecimiento de «tómalo o déjalo». ¿Era ese el motivo por el que pudo dejarlo tan fácilmente?

Apoyada contra la barandilla de la terraza, Bella recordó el día que acudió al Deangate Hotel. Estaba muy furiosa. Acababa de estar en el despacho de su padre y había encontrado a éste con la cabeza entre las manos.

- He vendido Swan - murmuró Charlie, como si no pudiera creerlo él mismo -. Se la he vendido a Edward. Sin financiación, la empresa iba a hundirse. No tenía elección. Es mejor tener dinero en el banco que la bancarrota... y supongo que tu madre se alegrará.

Bella llamó a la puerta de Edward con toda la fuerza de su rabia. Abrió él mismo.

- Respira profundamente - sugirió Edward al ver su congestionado rostro -. Supongo que tu padre te lo ha dicho...

- ¿Cómo te atreves a robarle Swan? - preguntó Bella, rabiosa.

Edward le sirvió una copa de coñac y se la entregó en silencio.

Bella la bebió de un golpe, indignada por la frialdad mostrada por Edward.

- No se la he robado; se la he comprado. Por bastante más precio del que vale dado el actual estado de la empresa - dijo él con calma -. Y no soy un hombre conocido por su generosidad. Si no fuera por ti, no la habría comprado. Tu padre no sabe lo afortunado que es contando con alguien tan valioso.

- ¿Qué diablos tengo que ver yo con esto?

- Si te hubieras rendido la pasada semana - contestó Edward con suavidad -, yo le habría financiado lo necesario para sacar adelante la empresa y él seguiría siendo dueño de su negocio.

Bella lo miró, asqueada. Edward acababa de cargar sobre sus hombros con fría crueldad la responsabilidad de la pérdida de Swan. Y aún quedaban peores cosas por llegar.

- Esta semana, como supongo que habrás adivinado, la oferta ha concluido y en lugar de financiar la empresa la he comprado - continuó Edward perezosamente -. Y la próxima semana, ya no podré seguir considerando la posibilidad de que tu padre continúe en ella como director gerente...

- ¡Eso es chantaje! - dijo Bella, incrédula.

- Eso son negocios - replicó Edward..

Entonces Bella enloqueció y se lanzó contra él. Estaba tan furiosa, que no recordaba exactamente lo que hizo, pero Edward terminó por perder también el control sobre su genio. Bella acabó de espaldas en el sofá, con Edward encima de ella... y entonces empezó todo, y la rabia se fue transformando en ardiente calor e incontrolable pasión.

Una pasión que a ella le pareció después vergonzosa e incomprensible. Pero Edward no la obligó a someterse a su boca ni a las caricias de sus manos. Ella participó plenamente. Odiándolo, deseándolo, necesitándole, odiándose a sí misma... Edward había despertado en ella una mujer que no reconocía y que después no quiso recordar. Cuando fueron interrumpidos, se sintió totalmente anonadada por lo sucedido.

Pero el rostro de Edward destellaba de triunfo. Deslizó una mano insolentemente íntima sobre un seno de Bella, en un arrogante gesto de posesión sexual.

- Díselo a Black esta noche - murmuró con voz ronca -. Todo ha acabado. ¿Por qué has luchado tanto contra mí? Supe desde el principio que llegaríamos a esto.

Y Bella siguió allí tumbada, escuchando, mientras por dentro sentía que moría por lo que había estado a punto de hacer y por lo que Edward quería hacer de ella. Lo odió con ardiente ferocidad en aquel momento de amarga humillación. Pero ese no fue el motivo por el que huyó corriendo del Deangate.

Ni mucho menos. Huyó debido al terror que le produjeron sus propias respuestas a Edward, totalmente convencida de que era una mujer tan perdida por el sexo e inmoral como su madre. Edward era la primera tentación con la que se topaba, y no había sabido hacerle frente.

Sólo la madurez le había hecho comprenderse mejor a sí misma. Ella era una mujer sana y normal, pero durante seis años se había visto obligada a reprimir y negar todas sus necesidades físicas. La completa indiferencia de Jacob hacia ella como mujer le había hecho mucho daño, destruyendo la fe que pudiera tener en su propia feminidad. Edward le había enseñado que tenía necesidades sexuales como cualquier mujer, pero, aquel día en el hotel, cuando tenía veinte años, el enfrentamiento con aquellas mismas necesidades hizo que se sintiera amargamente avergonzada de ellas.

Pero ahora no estaba obligada a ningún hombre, ¿y por qué iba a avergonzarse de los naturales impulsos físicos de aquel aspecto de su naturaleza?, se preguntó, repentinamente enfadada. A fin de cuentas, la atracción sexual era lo que hacía que el mundo siguiera dando vueltas.

Ya sabía que no era como su madre, dispuesta a meterse en la cama de cualquier hombre que le gustara, se dijo con firmeza. Si hubiera sido como Renne, ya lo habría averiguado de sobra a esas alturas. En realidad, sacando a Edward de su vida podría haber seguido viviendo como una monja. Pero Edward le había vuelto del revés con una ardiente mirada; sólo él tenía la habilidad de infiltrarse en su mente con pensamientos eróticos y hacer que se derritiera como miel entre sus brazos. Por primera vez en su vida, Bella estaba tratando de aceptar la poderosa fuerza del deseo sexual, en lugar de huir aterrorizada y avergonzada de ella. Pero aceptarla no significaba que quisiera actuar guiándose por ella.

Se apartó lentamente de la barandilla y volvió a su habitación. Cuando abrió la puerta, vio que la luz estaba encendida. Edward estaba sentado en su cama, sin la chaqueta ni la corbata.

Estaba a punto de atacarle verbalmente cuando recordó que le había dicho que quería hablar con él.

- Supongo que este es el lugar más privado que podemos encontrar - dijo Isabella con frialdad-. He tenido una visita muy interesante de tu madrastra antes de la cena.

Edward se mostró impasible al oírla.

- Sugirió que nuestro compromiso era una farsa y quiso saber cuánto me estabas pagando - continuó ella -. Luego me ofreció doblarlo.

- Sólo estaba tanteando el terreno - dijo Edward despreocupadamente.

- Parecía basar sus convicciones en la creencia de que acabábamos de conocemos la semana pasada...

- Me pregunto de dónde habrá sacado eso - murmuró Edward, aunque no parecía especialmente interesado en el tema.

- Le dije que hacía seis años que te conocía y creo que asumió que le estaba sugiriendo que habíamos tenido una aventura durante mi matrimonio, aunque no sé si me creyó - Bella sintió que los latidos de su corazón se aceleraban al ver que Edward se levantaba y se acercaba a ella -. Lo que me gustaría saber es por qué estaba tan convencida de que nosotros...

- Ignórala...

- Edward, me gustaría mucho acostarme...

- Tu equipaje ya ha sido trasladado.

Bella abrió los ojos de par en par.

- ¿A dónde ha sido trasladado?

- A mis habitaciones, ¿a dónde si no? - respondió Edward secamente, abriendo la puerta y mirándola con gesto expectante -. ¿De verdad crees que iba a resultar creíble que durmiéramos separados?

Pero cuando llegó al otro extremo de la villa Isabella comprendió que alguien se había mostrado muy interesado en mantenerlos separados, al menos de noche. ¿Jane?

La habitación de Edward era una suite completa, con dos baños. Como un autómata, Bella entró con su camisón y su bata en uno de ellos, se cambió, y diez minutos después se metió en la gran cama vacía, ocupando el extremo más alejado de uno de los lados. Dudaba que algún milagro de última hora la librara esa noche. Edward salió del otro baño y dejó caer su albornoz en el suelo. Miró unos momentos a Bella con masculina satisfacción y ella se encogió bajo las sábanas.

Edward estaba de pie en la penumbra. Los largos y musculosos planos de su cuerpo pálido eran una gloriosa visión de exuberante virilidad, y Bella sintió cómo se agitaba el deseo en su interior, como un secreto e insidioso invasor. Se ruborizó intensamente y cerró los ojos, aturdida por aquella sensación y la repentina timidez que se apoderó de ella.

Notó que la boca se le secaba cuando Edward se acercó a la cama. Se sentía como de gelatina, asustada. ¿Cómo iba a salir de aquello? Si Edward le hacía el amor, ¿descubriría que aún era virgen? Seguro que no, se dijo, prefiriendo pensar en lo que vendría después que en el acto en sí. Había leído que la primera experiencia sexual de una mujer podía resultar a menudo decepcionante.

Edward la contempló en total silencio. Lentamente, alargó un dedo y lo deslizó por el voluptuoso labio inferior de Bella.

- ¿Por qué eres tan tímida? - susurró, maravillado.

- ¿Tí... tímida? - Bella rió forzadamente. Podría haberle dicho la verdad. Hasta ese momento, cada vez que Edward la había tocado había sido por sorpresa. No le había dado tiempo a pensar. Pero aquello era diferente -. ¡No seas ridículo!

- También parece que tienes fiebre - inclinándose hacia ella, Edward le pellizcó con suavidad una mejilla.

- No quiero hacer esto - protestó Bella.

- No eres ninguna virgen... - murmuró Edward con repentina insolencia, y sus ojos brillaron con dureza -. Eso se lo diste a él. Le diste a él lo que debería haber sido mío...

Era tan primitivo y arrogante... pensó Bella ¿Cómo se atrevía a decir eso después de cómo la había tratado ese día? Pero nunca oiría de sus labios que él había sido su primer amante. Se llevaría ese secreto a la tumba con ella.

- ¡Machista! - replicó entre dientes.

La expresión de Edward se endureció visiblemente y Bella se puso pálida, sabiendo por instinto que no debía haberlo provocado.

Un par de poderosas manos descendieron hacia ella, tomándola por las caderas. Edward la alzó contra el duro calor de su masculinidad, poniéndola en contacto directo con toda la fuerza de su excitación.

- Si me haces daño... ¡gritaré hasta que se caiga la casa! - jadeó Isabella, trémula.

- ¿Hacerte daño? ¿Qué clase de animal crees que soy? - preguntó Edward, frunciendo el ceño con gesto de incredulidad.

Un animal muy masculino, pensó Bella temerosamente.

- No tengo intención de hacerte daño - afirmó Edward, bajando lentamente su oscura cabeza. -

Tomó con su boca los labios entreabiertos de Bella con ardiente y hambrienta pasión. Entrelazó una mano en su cabello chocolate, sujetándola como si temiera que fuera a escaparse. Pero en el instante en que sus bocas se tocaron, Bella supo que debía rendirse a lo inevitable. Al cabo de unos segundos, su temor desapareció bajo la boca de Edward, y pensar racionalmente empezó a resultarle imposible.

Edward inclinó la cabeza sobre sus generosos senos y ella entrelazó sus dedos impotentemente entre su espeso pelo. Cuando Edward tomó entre sus labios un tenso y rosado pezón, Bella dejó escapar un gemido. Jugueteó con él hasta que cada célula nerviosa de Bella palpitó de anticipación. Se sintió como consumida por el fuego. La boca de Edward en su seno le producía un increíble placer, pero cuando empezó a emplear la lengua y los dientes, prácticamente enloqueció, poseída por un deseo tan intenso que no le dejó pensar en nada más. Se retorció debajo de Edward, demasiado caliente como para estar quieta, perdiendo salvajemente el control.

- Tenemos toda la noche - murmuró Edward con voz espesa, alzando la cabeza.

Bella lo miró, ciega de pasión e, instintivamente, alargó los brazos hacia él para volver a atraerlo hacia sí, porque Edward se había atrevido a pararse y ella no podía soportarlo.

Edward la abrazó con una ronca risa.

- Frena un poco - dijo con suavidad.

Bella deslizó los dedos por los rizos cobrizos que cubrían su pecho, trazando la magnífica musculatura que había debajo de ellos. Oyó la respiración acelerada de Edward y entonces éste le tomó la mano y la llevó hacia abajo, hasta su dura y palpitante erección, asombrándola y sobresaltándola.

- Acaríciame - susurró él.

La piel de su miembro era suave como el terciopelo y estaba caliente y muy tensa, y Bella no pudo evitar sentirse alarmada por su tamaño. Alzó la mirada hacia Edward, sintiendo una repentina timidez.

Edward le dedicó una sonrisa vibrantemente divertida y se movió contra ella.

- Alguna vez te enseñaré... pero qué sorprendente laguna en tu educación - culminó su comentario volviendo a tumbar a Bella de espaldas con la fuerza de su boca.

La cordura se desvaneció de la cabeza de Bella como arena entre sus dedos. Edward la besó hasta dejarla sin aliento, haciéndole sentir que se derretía.

Entonces Edward alzó la cabeza de nuevo y se deslizó con dolorosa lentitud a lo largo del cuerpo extendido de Bella, haciendo el amor con su boca a cada parte que podía alcanzar. Introdujo la punta de la lengua en su ombligo a la vez que le acariciaba con los dedos los tiernos pezones y ella gimió. No podía permanecer quieta, pero él la obligó a hacerlo con sus poderosas manos, obligándola a soportar cada enloquecedor segundo de su tenaz asalto. Y cuando le separó los muslos y acarició con sabios dedos el centro de su deseo, suave y deslizante como la miel, Bella gritó su nombre, moviendo sus caderas con un ritmo que nadie tuvo que enseñarle.

Instintivamente, Bella atrajo a Edward hacia sí, desesperada por sentir su contacto. Él se colocó sobre ella y, separándole los muslos, la penetró en un sólo movimiento, permaneciendo quieto a continuación, con cada músculo del cuerpo ferozmente tenso mientras gemía con la desnudez del placer. A Bella le dolió tanto, que estuvo a punto de desmayarse.

Volvió la cabeza a un lado para ocultar su reacción, sintiéndose agradecida de que el dolor parecía desvanecerse con rapidez. Edward dejó escapar una imprecación y se detuvo.

- Te estoy haciendo daño...

- ¡No!

- Entonces, relájate.

Pasando las manos bajo las caderas de Bella, Edward se hundió aún más en su húmedo refugio. Esa vez no hubo dolor. De hecho, Bella dejó escapar un sollozo de increíble placer. Y el placer regresó en poderosas oleadas, invadiéndole, recorriéndole toda con rejuvenecedora energía.

Edward empezó a moverse con más fuerza y rapidez, de forma casi salvaje, lanzando a Bella finalmente a un explosivo clímax de tal intensidad que tuvo que dejar escapar un prolongado grito de su garganta para expresarlo a la vez que se estremecía incontrolablemente. Murmurando su nombre, él empujó una última vez, temblando violentamente con la intensidad de su propia liberación.

Unos segundos después, Edward se tumbó de espaldas, abrazando a Bella contra sí con tal fuerza que ésta apenas podía respirar. Se sentía completamente aturdida, y permaneció como una muñeca de trapo sobre él, con el rostro enterrado en el hueco de su hombro, aspirando con la nariz su sensual v caliente aroma.

Estaba en el séptimo cielo. En el fondo de su mente se preguntaba cuándo volvería a hacérselo Edward. El rostro le ardió. Era una desvergonzada, pero no podía evitarlo. Nada podría haberla preparado para aquella dosis de placer. Aún asombrada por su propia respuesta, empezó a sentir una increíble ternura hacia él.

Su boca se curvó en una silenciosa caricia contra la pálida piel de Edward. Y, de pronto, la verdad la golpeó como un rayo. «Estoy enamorada de él», reconoció Bella, anonadada. Un estremecimiento de incredulidad recorrió su cuerpo. «Lo quiero tal y como es, con su genio, su arrogancia, su tenaz insistencia». Se sintió como si la tierra hubiera desaparecido repentinamente bajo sus pies. El silencio empezó a alcanzarla en su nuevo y tierno estado de vulnerabilidad.

- Extraordinario - murmuró Edward con suavidad -. Me ha dado la sensación de que eras virgen. Si no fuera por el anillo que solías llevar, estaría totalmente convencido de que he sido tu primer amante.

Tensa como la cuerda de un arco, Bella dejó escapar una estrangulada risa.

- No seas ridículo...

- ¿Estaba alucinando? Te he hecho daño...

- No. Sólo has sido un poco... rudo - murmuró ella precipitadamente. Edward se colocó de lado y la miró. Bella se puso pálida al toparse con toda la fuerza de sus verdes ojos, pero seguía decidida a silenciar cualquier duda que tuviera -. Ha pasado mucho tiempo desde...

- Rudo - repitió Edward, mirándola con furia a la vez que la soltaba bruscamente -. Necesito una ducha - dijo, saliendo de la cama.

Bella se volvió y encontró un punto fresco en la almohada.

No había sido un comentario especialmente generoso, comprendió con retraso, ruborizándose. No le resultaba fácil engañar, pero el orgullo y la lealtad a la memoria de Jacob la habían hecho permanecer en silencio.

- ¿Qué diablos es esto?

La incredulidad que había en la voz de Edward hizo volverse a Bella. Edward extendía hacia ella una foto enmarcada. Estaba poseído por tal feroz incredulidad que no lograba sostenerla sin temblar.

Era de Jacob. Bella se quedó boquiabierta. Estaba en el fondo de su bolsa de viaje. No tenía intención de haberla llevado, y lo cierto era que había olvidado por completo su existencia hasta ese momento.

- ¿De dónde la has sacado? - preguntó.

- ¡Estaba en el tocador! - espetó Edward.

- ¡Yo no la he puesto ahí!

- ¡Pero la has traído contigo! - bramó Edward, tirando la foto violentamente a un lado -. A mi habitación...

- Yo no la he traído a tu habitación - dijo Bella con voz temblorosa.

Edward dio un paso adelante y la alzó de la cama, furioso. Asustada, ella trató de soltarse, sin conseguirlo. La dejó caer desde cierta altura sobre un sofá que tenía la elasticidad de una roca.

- Dormirás aquí... ¡no te quiero en mi cama!

Bella estaba completamente desnuda y se sentía humillada. Edward sacó una manta de un armario y la arrojó sobre ella. Cubriéndose torpemente, Bella se levantó y caminó hacia la puerta.

- No pienso quedarme aquí para que me insultes... ¡maldito hombre de las cavernas!

- Si pones un pie en ese pasillo, la vigilancia electrónica te captará en una cámara. Los guardias de seguridad de mi padre se divertirán mucho viéndote. ¡Adelante!

Bella dudó un momento y enseguida retiró la mano del pomo de la puerta como si la quemara. Sin mirar una sola vez en dirección a Edward, volvió al sofá, temblando de furia.

- Suponía que harías eso - dijo él, arrastrando la voz -. Y será mejor que te acostumbres a tomarte como un privilegio la posibilidad de dormir en mi cama... - ¡Miserable bastardo! - exclamó Bella. - Y por cierto... ¡te encanta que sea rudo! - replicó Edward.

- ¡Cállate ya!

«No lo quiero», se dijo Bella ferozmente, acurrucándose en el sofá. «¡Lo odio!

De pronto, pensó que Edward estaba terriblemente celoso de Jacob. ¿Cómo le había llevado tanto tiempo darse cuenta de algo tan evidente? Sonrió en la oscuridad, apretando los puños. No le importaba si no lograba pegar ojo. Estaba segura de que él tampoco podría hacerlo.


ke les pareció? les gusto?

me regalan review?

las kiero se cuidan

nos vemos en la próxima =D