Disclaimer: Ni Dragon Ball ni sus personajes me pertenecen.

Capítulo 7

Mírate, mírate, ya no huyas más y mírate; abre los ojos y mírate…–se dijo susurrante, o quizás, era otra persona con una voz muy similar a la suya–no te atreves a mirarte y yo sé por qué, no lo haces porque si lo hicieras no tendrás más remedio que aceptar que deseas morirte…

Apretó sus párpados, los apretó con fuerza. Quería desaparecer, esfumarse, desvanecerse y dejar de existir. El mismo absurdo anhelo que la ha perseguido por años, el mismo absurdo sueño que ya se convencía que nunca alcanzaría. Y estando allí, mirándose al espejo, Amadeus se halló sintiendo asco por sí misma como cada día sentía, y eso, pese a no reconocerlo, iba empeorando.

Deseando escapar de la realidad, la pelinegra giró lentamente a su derecha observando su tina de baño aún llena. Trató de desviar su mirada, se esforzó por voltearse e ignorar los susurrantes llamados de su bañera. Sin embargo, Amadeus, rindiéndose, caminó hasta ella parándose enfrente de ésta, contemplando casi hipnotizada la brillante superficie del agua.

Con sus delgados dedos acarició el líquido, y al hacerlo, experimentó como un fuego interno la quemaba por dentro, haciéndola sentir como si estuviese en el mismísimo infierno. Jadeando, asfixiándose por esa hoguera que calcinaba su alma, quiso caer ante la tentación de sumergirse en aquel recipiente, apeteciendo que éste apagara esas llamas que ardían desde que se unió a Red.

¡No!

Gritando y saltando hacia atrás, impulsada por una parte de ella que trataba de mantenerla con vida, Amadeus avanzó de espaldas chocando con el lavabo. Al impactarlo, tiró al suelo un pequeño pero poderoso objeto que la ha dominado, volviéndola su esclava, dándole una falsa paz al sacarla del mundo real, llevando su mente a un reino donde nada existía y todo era posible.

Agachándose, Amadeus recogió la jeringa con la cual se suministraba sus dosis diarias de morfina. Sosteniendo la jeringuilla, tomó la diminuta botella llena de aquella droga y harta de los recuerdos y culpas, introdujo la aguja en éste dispuesta a inyectarse el doble de lo que normalmente usaba. Nerviosa y alterada, como la adicta que era, extendió su brazo izquierdo lista para lo que venía.

Lentamente perforó su piel, y al terminar, deslizó su dedo pulgar deseosa de inundar sus venas con aquella sustancia. No obstante, un estruendo, un sonido hueco, la detuvo. Miró en todas direcciones por un instante, pero al no suceder nada, continuó. Aún así, otro golpeteo la frenó. Nuevamente buscó en sus alrededores, sin hallar el origen de tan molesto eco.

Y por tercera vez, sucedió.

Furiosa, al no entender qué era ese ruido que la interrumpía, la ojiazul creyó descubrir su fuente caminando a la puerta de su departamento. Y efectivamente, los golpes provenían de allí. Impulsiva, habiendo perdido su capacidad de pensar, abrió la cerradura pasmándose al ver quién estaba en el otro extremo.

Era una niña, de cabello azabache y ojos azules.

Era ella.

¿Qué es esto?

Sí, era ella, vestida exactamente igual que en aquella ocasión cuando conoció a Vladimir Corzo: usando un vestido demasiado atrevido para su edad, maquillada y calzando tacones. Ese fue el momento que la marcó, el momento donde se convirtió en la mujer que es ahora y que tanta repugnancia le provoca, arrastrándola al punto de maldecir su propia existencia.

¿Qué es esto?

Amadeus, congelada y reiterando su pregunta, no reaccionó cuando su versión infantil le apuntó con el arma que cargaba. Esa chiquilla con su rostro empapado en lágrimas fue su alfa, y también sería su omega. Fue extraño, no padeció dolor alguno al recibir los disparos, únicamente se dejó adormecer mientras la cara de esa pequeña se desfiguraba más y más al evaporarse.

Y de repente, el despertar.

– ¡Ahhh!

Desorientada, habiendo perdido toda noción del tiempo, Amadeus despertó agitándose violentamente al estar inmersa en su tina de baño. Desnuda y templando, la asesina intentó arduamente recordar dónde estaba. Habían pasado años desde la última vez que durmió en una cama, se negaba a usar una, porque para ella, tal objeto era motivo de náusea.

Las camas ya no eran para dormir.

Obligada por su estilo de vida, tal sitio era usado para seducir, para embriagar a un hombre con sus roces y besos, para exhibir la suavidad de su desnudez, transportando al cielo a su acompañante con el rítmico danzar de sus caderas. Una cama, por más inofensiva que pareciera, la hacía sentir sucia por dentro y por fuera.

– ¿Qué hora es, qué hora es?

Por ello, y aunque sonara ridículo, las bañeras se convirtieron en su único refugio en el mundo. Éstas la reconfortaban y la abrazaban protegiéndola en su interior, permitiéndole descansar unas cuantas horas antes de regresar a la maldición rutinaria que solía llamar: trabajo. Sentándose, aún rodeada de agua, Amadeus gradualmente fue recuperando la lucidez tanto visual como auditiva.

A pesar de ello, su movilidad todavía era víctima de los efectos de la morfina. Y hablando de ella. Amadeus, al posar su pie descalzo en el piso, notó la solitaria jeringa que la seguía fielmente a dónde sea que fuere. Mirándola, evocó el sueño que instantes antes tuvo. Fue obvia entonces que, la razón de tan surrealista e irreal ilusión, fue producto de haberse drogado.

Caminando torpemente, Amadeus usó una toalla para secarse, entretanto, buscaba algo de ropa que ponerse. Y al abandonar esa habitación para ingresar en otra, la fémina blasfemó airada al recibir directamente los rayos del sol que entraban por una ventana. Aunado a esto, los sonidos del exterior taladraban sus oídos, recordándole que ahora, se encontraba en el mundo real.

Padeciendo una potente jaqueca, sacó de sus pantalones tirados sobre la alfombra, una cajetilla de cigarrillos llevándose uno a la boca. No se demoró en encenderlo, hambrienta por saborear el mentolado sabor de la nicotina aliviándole su dolor de cabeza. Aún sin vestirse, envuelta con un paño, fue pieza a pieza recordando lo que se suponía que debía hacer.

– ¿Por qué diablos ese tipo no es como los demás?

Generalmente, al socializar con sus objetivos, estos no escondían su libido dándole toda clase de propuestas indecorosas, buscando pasar una noche de diversión con ella. Con sólo un par de miradas indiscretas y gestos sugestivos, Amadeus solía echarse a la bolsa a cualquier hombre. Si bien eso no la enorgullecía, tenía la confianza de hacer lo mismo con quien sea.

Sin embargo, aquel embajador durante su primer encuentro cara a cara y a solas, ni siquiera se volteó a mirarla. Aquello le fue tan ambivalente, por un lado le frustraba haber fallado en algo que siempre funcionaba, por otro lado, se sintió tan extraña al toparse con un individuo que la veía con respeto. Eso, el respeto, era un sentimiento que no recibía de otra persona desde hacía mucho.

Tanto, que ya no recordaba cómo se sentía.

– Tal vez sea mejor así–se dijo antes de darle una nueva calada al cigarro–sólo tengo que acercarme a él otra vez, y en un momento en que estemos a solas, listo…adiós embajador.

¿Y una vez esté muerto Gohan, qué hará ella, qué se supone que pasará?

Por las intenciones de Red, las cuales aún no tiene del todo claras, Amadeus presentía que esta misión no sería como las anteriores. Tenía el presentimiento que un conflicto a una escala sin precedentes, caería sobre el orbe. Pese a esa premonición nada alentadora, a ella, honestamente, le era indiferente.

Si el mundo nunca se preocupó por ella, por qué ella debería preocuparse por el mundo.

Vistiéndose, sosteniendo el cigarrillo en los labios, Amadeus acabó en unos minutos dispuesta a salir y terminar de planear su ataque contra el incauto diplomático. Aproximándose a la salida de su departamento, colocó la mano en el pomo y habiendo hecho eso, el recuerdo de la bizarra pesadilla que la azotó volvió a manifestarse en su memoria deteniéndola en el acto.

Podría sonar inverosímil, pero por un breve pero intenso santiamén, tuvo miedo, verdadero miedo de no saber qué encontraría al abrir la puerta. Esa no era primera vez que experimentaba una alucinación a raíz de suministrarse morfina, aún así, el realismo y poderío de ésta no había sido alcanzada por ninguna en el pretérito.

Más que un desvarío propio de un adicto, parecía ser una especie de profecía metafórica.

– Maldita sea, no tengo tiempo para estas estupideces…

Endureciéndose, protegiéndose por millonésima vez en esa coraza de frialdad que la ha abrigado por años, desechó esos pensamientos cobardes atreviéndose a continuar. Descubriendo, para su tranquilidad, que no había nada más que el vacío. Aliviada, caminó cada vez con más velocidad. La espía al servicio de La Federación, quería terminar cuanto antes con su encomienda.

No obstante, no admitiría que su paso veloz era impulsado por el deseo de huir.

Huía de todo, y máxime, de sí misma.


– Buenos días a todos.

– Buenos días...

Gohan, con un rostro cansado pese a haber dormido, se acercó a una de las ventanillas de la embajada mirando el exterior a través de las persianas. El paisaje alrededor de la sede diplomática se observaba tranquilo. Completamente lo opuesto al día anterior, cuando, masivamente, se aglomeró una considerable cantidad de manifestantes gritando insultos y demás groserías.

Tal situación, sólo fortalecía la desazón que embargaba a Gohan. Habían pasado varios días desde que arribó a La Federación, y de su lista de temas a tratar, ninguno avanzaba como él deseaba. Al contrario, parecía que su presencia allí únicamente empeoró las cosas, trabándolas más que en un principio. Quizás fue un error haber aceptado venir, tal vez, Bulma debió enviar a alguien más.

– ¿Se encuentra bien, señor embajador? –Shapner, su asistente, le preguntó al verle tan pensativo–se ve cansado, como si no hubiera dormido anoche.

– Sí, estoy bien, Shapner, gracias por preguntar–respondió al voltearse–es sólo que…las cosas no han salido como esperaba, siendo más honesto, la realidad de estar aquí me ha golpeado, no era como lo imaginaba.

– ¿A qué se refiere?

– Dime una cosa–Gohan lo miró más directamente– ¿cuánto tiempo tienes de estar aquí?

– Umm pronto cumpliré cinco años de servicio.

– ¡Cinco años, vaya es mucho tiempo! –Exclamó Gohan– ¿por qué tomaste este empleo tan lejos de casa?

– ¿Puedo ser honesto?

– Por supuesto.

– Por las chicas, esperaba que al tener un trabajo como este, alguna se impresionara–Shapner se carcajeó levemente–pero, al igual que usted, las cosas no han salido como esperaba, me temo que ya he empezado a acostumbrarme.

– ¿Acostumbrarte, eso incluye el estilo de vida de este país?

– Sí, sobre todo eso último–el rubio se cruzó de brazos–aquí las cosas son más frías, una parte de la población es muy grosera, pero no debería quejarme, las mujeres, por ejemplo, al saber que vengo del Oeste, se interesan en saber cómo es la vida allá–Shapner, sincerándosele, le acotó–en fin, eso me ha servido para pasar un par de noches de diversión pero, de ahí, no paso…

– Ya veo, ya veo…

– Disculpe que insista, pero aún no me ha dicho a qué se refería con eso de que "la realidad no era como lo imaginaba".

– Ahh eso, sólo que antes de venir no pensé que Red fuera tan difícil de tratar, había escuchado ciertos rumores, pero conocerlo en persona es muy distinto a solamente escuchar de él–Gohan le contestó, entretanto, aflojaba un poco el nudo de su corbata–y lo peor, es que no he logrado hablar claramente con Red con respecto a las tropas en la frontera, me siento como un inútil.

– No se sienta mal, así es Red, de hecho, cuando su predecesor, el embajador Krilin, estaba aquí, él ni siquiera se atrevía a conversar con él, le tenía miedo–riéndose, Shapner recordó como Krilin evitaba a toda costa verse con Red.

Gohan, visualizando la cara del pelirrojo, recuperó la seriedad.

– ¿Todo está en orden, cuál es nuestra situación? –Gohan, serio, le consultó a su secretario.

– Pues ningún miembro del cuerpo consular está herido por las manifestaciones de ayer–contagiándose de esa formalidad, Shapner le habló de igual forma–pero la sede sí sufrió algunos daños: vidrios destrozados, paredes manchadas con grafitis, en fin, averías de ese estilo.

– Entiendo, buen trabajo, Shapner…

Entrando en su oficina, Gohan cerró la puerta sentándose ante su escritorio aún sin saber qué hacer. Permaneció allí, silencioso, con la mente en blanco, tratando de pensar en cómo lidiar con una crisis que se agrandaba sin que pareciera acabar. En situaciones así, solía recordar a su difunta madre. Ella, siendo juiciosa, siempre decía que cualquier problema se arreglaba hablando.

Hablando.

Tristemente, a nivel de política, lo que irónicamente más se hace pero que menos funciona es eso: hablar. Se dialoga hasta el cansancio pero, con ello, lo único que se logra es enredar más las disputas dando vueltas y vueltas que, al fin y al cabo, terminan en nada. Porque, sea cuál sea el modo, los individuos con poder, siempre buscarán demostrar su supremacía. Siempre.

Y si para conseguirlo, deben apuntarse unos a otros con cañones, lo harán. Habiéndose alcanzado ese punto, ningún armisticio o charla de paz, disuadiría el autodestructivo apetito por ser reconocido como el mejor o el número uno. Y como Gohan descubriría muy pronto, cuando existe una rivalidad de por medio, los pláticas y conversaciones mueren antes de nacer.

– Disculpe que lo interrumpa, señor embajador, pero…tiene una llamada telefónica–Shapner, entrando de improviso, le informó.

– ¿Una llamada? –Gohan le miró confuso– ¿quién es?

– Red…

No fue necesario pedir más explicaciones, con la mera mención de ese nombre el ambiente se tensó aún más que antes. Sin duda, el día había empezado con un ritmo demasiado acelerado para Gohan, negándole, tan siquiera, unos escasos minutos de tranquilidad y reflexión. Dando un lúgubre suspiro, el joven diplomático no tuvo más remedio que levantar el teléfono de su oficina.

– Buenos días…

– Su gobierno nos acusa de iniciar una crisis que sólo ustedes ven, alzan la voz al cielo quejándose de que nuestras tropas refuercen la frontera al incrementar su presencia–Red, habiéndolo interrumpido, desde el primer instante fue directo al grano–pero ustedes sí pueden hacer lo mismo sin decir ni una sola palabra, dígame, señor embajador… ¿no le parece tal cosa como una contradicción y hasta una hipocresía?

– Deberá disculparme, Comandante Red, pero no comprendo a qué se refiere.

– ¿Lo dice en serio?

– Hace unos minutos llegué a mi oficina, y su llamada llegó cuando pretendía iniciar con mis varias obligaciones pendientes…

– ¿Me está diciendo que no está enterado de las maniobras militares que su gobierno realizó hace unas horas?

– ¿Maniobras militares?

– Con todo respeto, señor embajador, pero si ni su propio gobierno tiene la confianza de informarle sobre este tipo de situaciones, eso sólo me hace suponer que usted no es el indicado para representar el gobierno de la presidenta Briefs ante mí.

– Si me lo permite, parece que no…

– Como su gobierno no se lo ha dicho, se lo diré yo–volvió a interrumpirlo–ayer, durante el transcurso de la noche, el ejército del Oeste intensificó su presencia en la frontera, además, detectamos a varios buques de guerra cerca de nuestras aguas, sin mencionar, por supuesto, de más sobrevuelos de aeronaves a pocos kilómetros de ingresar en espacio aéreo soberano de La Federación–le resumió para sorpresa de Gohan, él, realmente, no estaba enterado de dichas acciones–a todo esto, quiero reiterar la hipocresía que constantemente el Oeste emana. Hablan de paz, de acuerdos pacíficos, pero preparan todas sus fuerzas armadas, pensaba hacerle algunas preguntas, aunque me doy cuenta que es inútil, usted empieza a demostrarme que no es el indicado para responderlas…–preparándose para colgar, se mofó–ah, por cierto, espero que las manifestaciones no les hayan causado ningún problema…

Si bien lo último le sonó como una burla de muy mal gusto, para Gohan, dicha conversación telefónica, solamente vino a convencerlo de que cada vez estaba más y más lejos de su objetivo. Adónde fue a meterse, fue un grave error haber aceptado tan compleja tarea. No obstante, las afirmaciones dadas por Red sonaban ilógicas, Bulma jamás autorizaría tales actos.

– Es un hecho, hoy me levanté con el pie izquierdo–hablándose así mismo, Gohan no se demoró en ponerse en contacto con Bulma, deseoso de algunas cuantas respuestas.

Pese a su urgencia, se topó con el interminable timbrar del teléfono. Los segundos pasaban, y seguía sin lograr comunicarse con la presidenta Briefs. De soslayo, miró su reloj de pulsera, no había pasado ni una hora y ya un líder mundial lo llamó inepto, mientras, que la mandataria a la cual sirve, no atendía su insistente llamado. Para Gohan, tal contexto, sólo vino a serlo sentir más inútil de lo que se sentía.

– Sí.

Y repentinamente, una voz.

– Señora presidenta, al fin me puedo comunicar con usted…

– Hola, Gohan–Bulma le saludó escuetamente–disculpa la espera, pero las cosas están muy agitadas por aquí, ha sido una mañana demasiada movida para mi gusto, y pues, desearía desaparecer por un par de horas…

– La entiendo, tal vez no me lo crea, pero me siento exactamente igual que usted–le comentó rascándose la cabeza–la llamaba porque hace unos pocos minutos, Red me llamó por teléfono hablándome sobre unas supuestas maniobras del ejército del Oeste cerca de la frontera, y con mucha vergüenza, debí decirle que no tenía ni idea de lo que hablaba, espero que usted pueda decirme qué tan verdaderas son esas palabras…

Gohan la escuchó suspirar muy fuerte en el auricular, aquello, sin duda, no era una buena señal.

– Señora presidenta…

– No sé con exactitud qué te habrá dicho Red, pero me temo, Gohan, que es verdad–Bulma, replicándole, lo dejó perplejo–anoche, tomé una de las decisiones más difíciles que he tomado en mi mandato y en mi vida, sabes perfectamente que si te envié allí es porque siempre confié en tu capacidad para limar las asperezas entre el Este y nosotros, pero…

– ¿Pero…?

– Tengo un deber moral y civil con mi nación, la población me eligió como su máximo representante, y al considerar la amenaza latente que se encuentra a pocos metros de la frontera, no puedo continuar con la ingenua idea de que con unos meros apretones de manos, todo se arreglará–Bulma, pensando con frialdad sus palabras, continuó hablándole–sigo confiando en tu trabajo, no he perdido mi fe en ti, pero debes entenderme, hay millones de personas que dependen de mí, debo hacer lo que sea por protegerlas…

– Señora presidenta, usted aún no me dice qué fue lo que hizo, pero me preocupa que esto nos lleve a un enfrentamiento que sólo pondrá en riesgo la vida de esas personas que quiere proteger–Gohan, quitándose sus lentes y frotándose sus ojos, le afirmó temiendo lo que se venía–otra cosa que lamento, es que no se me haya informado antes, incluso, por esta causa, Red duda de mi capacidad para representarla a usted, señora presidenta, ante él.

– Tienes razón, debí haberte dicho lo que haría pero…–suspiró, tratando de decirle sólo lo necesario, y sobre todo, ocultando lo ocurrido entre ella y Amauri–ayer, ordené que nuestras fuerzas armadas entraran en estado de alerta, esto sólo como una medida de precaución, en caso de que La Federación intente ingresar en nuestro país.

– Con todo respeto, señora presidenta, pero esta acción ya fue malinterpretada por Red, él la considera como una provocación…

– ¡Una provocación! –Gritó con una notoria molestia–si fue ese desgraciado quien comenzó con esta tontería, y para colmo, ese infeliz…

– Señora presidenta–Gohan se asombró por oírla hablar de ese modo–entiendo su desagrado pero no es muy diplomático que se refiera así de...

– Gohan–lo detuvo en seco–si hay algo que aprendí en las últimas horas, es a perderle un poco la inocencia a esta clase de situaciones, y aún más, cuando Red está involucrado, un sujeto tan despreciable como él no merece ni una pizca de respeto, y menos con todo lo que está haciendo a escondidas…

– ¿A escondidas? –Gohan no entendió– ¿y eso qué significa?

– Olvídalo, olvídalo, no significa nada–comprendiendo el error que cometió, Bulma se rectificó tan rápido como pudo; no obstante, la tentación de prevenirlo de la sombra asesina que lo acorralaba, se incrementaba mientras continuaba hablándole–supe que tuvieron problemas, espero que todo esté bien…

– Sí, la embajada fue asediada pero estamos todos bien, la gente de aquí es muy pasional–le contestó–pero sigo preocupado por su orden al ejército, Red es una persona volátil e impredecible, viendo tanta actividad militar en la frontera, él podría…

– Él podría, esa es la cuestión–Bulma enfatizó nuevamente–este hombre piensa que soy débil, le demostraré que no lo soy, mantendré el ejército en la zona fronteriza únicamente como una medida preventiva, no una ofensiva, sé que no te gusta, a mí tampoco, pero es una decisión que ya está tomada, espero lo entiendas…

– Comprendo…tal vez le suene como un comentario fuera de lugar, pero…las cosas no han salido como yo deseara…

– Créeme, sé de lo que hablas, por cierto, me es imposible no preguntarte… ¿has vuelto a ver a la sobrina de Red? –le cuestionó con gran arrepentimiento.

– No, no he vuelto a verla–Gohan la recordó, no sabía cómo describirlo, pero esa mujer le resultaba algo inusual– ¿ha podido averiguar algo sobre esa mujer?

– Lamento decirte que no–le mintió esperando que todo saliera bien, y que, máxime, él llegue a perdonarla y a entenderla cuando le revele la verdad–como podrás imaginarte La Federación es muy cerrada, cualquier información que posean está detrás de una cortina de hierro, pero si me permites darte un consejo, no confíes en esa mujer…

– ¿Por qué lo dice, señora presidenta?

– Porque soy mujer, chico, y las mujeres sabemos de lo que hablamos…

– Bueno, no tengo nada que decir en contra de eso–se rió suavemente.

– Me alegra escucharte reír, lo siento pero debo irme, concéntrate en la reunión que se llevará a cabo en el Organismo de Estados Independientes, quiero que trates de disuadir a Red de toda esta estupidez que él mismo creó–le indicó, aunque en el fondo, sabía que dicha reunión no serviría de nada al conocer parte de los planes de Red gracias a Amauri–cuídate mucho, chico, no pienses que me he olvidado de ti, porque la realidad es todo lo contrario…

– Gracias, señora presidenta, haré lo mejor que pueda para que esta tensión se alivie…

– Eso espero, chico, eso espero…

Al colgar el teléfono, Gohan, pese a la voz tranquila que recibió de su presidenta, ésta le producía justo lo opuesto. Quizás estaba exagerando, imaginando cosas que no eran más que meras ideas infundadas, pero esa era la sensación que Bulma le dejó. Asimismo, si bien ella le pidió que se olvidara de la sobrina de Red, sólo hizo que dicha señorita se incrustara en la memoria de Gohan.

Conteniéndose, Gohan silenció la escueta risa que salió de sus labios al pensar que Red lo fusilaría si supiera que, Amadeus, se hallaba cautiva en sus pensamientos en ese instante. Resultaba irónico, la había conocido cuando le entregó sus cartas credenciales a Red, pero, hasta ahora, las indiscretas miradas que ella le dio surtían efecto en él.

– Será mejor que me olvide de eso, la sola idea de que una chica como ella me estuviera coqueteando es ridícula–se comentó para él mismo–aunque, ella…es muy hermosa.

Acomodándose en su escritorio, el joven embajador de Los Territorios Aliados del Oeste, dio inicio a sus funciones sin borrar de sus pensamientos la ambivalente crisis mundial que lo rodeaba. Era una crisis fría por la mínima comunicación entre las partes, a su vez, era una crisis ardiente por la amenaza de guerra que se observaba en el horizonte.

Y él, en medio de tal encrucijada, no tenía ni la menor idea de que aquella damisela que posaba sus ojos en él con un sutil interés, pensaba hacerle perder el aliento y no sólo con su sensualidad y belleza, sino también, literalmente.


¿Acaso es mucho pedir?

¿Acaso es un sueño demasiado grande desear controlarlo todo?

¿Acaso es obra de un demente egocéntrico querer ser la cabeza del mundo entero?

Es posible, pero ser el amo del planeta también era una cuestión de respeto.

Y lo era, para dos caballeros por igual.

Disfrutando uno de sus habanos favoritos, Red veía el paisaje a través de sus ventanas sin dejar de fumar. Muchos hombres están destinados a ser simples marionetas, peones en una partida de ajedrez sirviéndole fielmente a su rey. Y Red, creía ser ese rey. Ese individuo cuyo rostro sería el símbolo de no sólo una nación, sino además, del control absoluto.

Él nació con ese propósito, era un líder nato, estaba destinado a gobernar. No existía alegato que lo refutara. Él, por sí mismo, fue capaz de fragmentar el que alguna vez fuere un orbe unificado, y sí él consiguió tal cosa, también lograría volverlo a unir. No obstante, con una minúscula pero significativa diferencia: él controlaría cada rincón de la Tierra a su antojo.

Aquello era más que una mera ambición, era su destino, su venganza, su retribución. Podría sonar estúpido, ridículo y risible, pero el gigantesco impulso que lo movía era el desprecio que su baja estatura le producía. Era un sujeto pequeño, la providencia se burló de él. Haciendo que su corta altura se transformara en un complejo que, enfermizamente, lo trastornaba desde siempre.

Y hallándose allí, como solía suceder estando en soledad, sus delirios se cristalizaban: Ahora todos estarían por debajo de él, nadie se atrevería a ser más que él. Cada habitante de su futuro imperio se arrodillaría ante su presencia, le temerían, le suplicarían, le rogarían. Red edificaría colosales monumentos por doquier, monumentos que podrían de manifiesto su autoridad.

– Nadie estará por encima de mí, nadie…

Enano por fuera, gigante por dentro.

Riéndose, creyéndose alguna especie de mago o hechicero, Red se carcajeaba al observar el miedo y la locura que iba envolviendo el globo. Fue él, y solamente él, quien provocó dicho frenesí: ¿acaso no era eso prueba de su poder, prueba de su innegable designio de grandeza, prueba de que él, y sólo él, era el dueño supremo y legítimo del mundo?

– Excelente, está haciendo justo lo que quería, presidenta Briefs, envíe a todas sus tropas a la frontera, colóquelas allí, lejos de sus ciudades más importantes, lejos de usted–sosteniendo el habano con sus dientes, Red se regocijó con los hechos ocurridos en las últimas horas–sin saberlo, está dejando desprotegida su posesión más preciada, presidenta…

Black no lo entendería, aunque lo intentara, no lo conseguiría. Red gozaba de ver el desconcierto, la confusión que sus actos producían en sus rivales. Sus planes podrían ser catalogados de complicados y enmarañados; sin embargo, Red lo hacía de tal forma intencionalmente. Mientras los demás trataban de entender qué sucedía, él avanzaba provechándose del caos.

Ese era su estilo.

Sacándolo de sus reflexiones y afanes, el teléfono a sus espaldas sonó obligándolo a caminar hacia su escritorio. Red, lentamente, llevó el auricular a su oído escuchando una voz que aguardaba oír con ansias.

– Ya estoy aquí, espero instrucciones.

Casualidad o no, pero en ese mismo instante y en otra parte de ese edificio, Black, encerrado en su oficina, repasaba paso a paso sus propias aspiraciones. Y éstas, eran diametralmente contrarias a las de Red. Punto por punto. Tal cosa, irónicamente, sólo demostraba todavía más lo diferentes que ambos eran. Tanto en su modo de actuar como de pensar.

– Algo trama, lo sé, lo sé…

Desde que sus caminos se cruzaron hace muchos años, Black supo que en Red encontraría dos elementos cruciales: un aliado y un rival. Con su ayuda, Black podría afianzarse en una rama del poder que, le permitiría rápidamente, hacerse de los recursos suficientes para materializar sus maquinaciones secretas.

Aunque, llegado el momento, Red se transformaría en un obstáculo que, irremediablemente, tendría que eliminar sí quería adueñarse de todo. Red complicaba las cosas, tomando decisiones caprichosas carentes de un ápice de sentido común. Black, en contraste, prefería proceder más directamente y sin los excesivos rodeos que tanto divertían a Red.

Respeto, esa variable volvía a presentarse en la ecuación.

Era el segundo al mando, no sonaba mal, pero, él deseaba ser más que el segundo, deseaba ser el primero. Durante demasiado tiempo ha tenido que soportar a Red. Sus constantes y absurdos ataques de ira ocasionados por su mayor estatura, ya habían colmado el plato de Black. Red y sus extravagancias ya eran insoportables para Black, quien, sin demoras, movió sus propios hilos.

– Sé que está tramando algo, lo presiento, no puedo quedarme sin hacer nada–entrelazando sus dedos, Black admiró con calma el decorado de su despacho privado–esa mujer tiene algo que ver, me pregunto quién será…y hablando de mujeres.

Marcando un número telefónico con impaciencia, Black contactó a su otra pieza en el tablero. En un extremo muy alejado de la civilización, un genio demente fabricaba las armas que le entregarían en bandeja de plata su tan anhelada conquista mundial, y mucho más cerca de casa, se hallaba ella, una mujer que apetecía una segunda oportunidad para probarse a ella misma.

– Amazon, espero escuchar que ya estás lista.

Escuchando como su llamada era atendida, Black no se tardó en hablar.

– Lo estoy–la mujer le respondió reconociendo su voz–créame, he estado esperando una oportunidad así desde hacía mucho.

– Lo sé, lo sé…–Black le aseguró–cuando Red las separó hace años, deliberadamente no te perdí la pista, sé cuando alguien me es de utilidad, y tú, sin duda, me serás de mucha ayuda…

– Haré lo que sea, ya sabes lo único que quiero a cambio…

– Amadeus será toda tuya, podrás torturara o hacer lo que quieras con ella cuando ya no nos sirva de nada–Black, para alegría de Amazon, la aseveró–primero asegúrate que ella cumpla con su misión de eliminar al embajador del Oeste, Red le ordenó eliminarlo por temor a que descubra nuestros planes de conquistar el mundo, pero sé que es imposible que ese sujeto averigüe algo.

– De acuerdo, dejaré que se encargue de ese sujeto y luego, ella y yo, arreglaremos cuentas pendientes…

– Mantente en contacto, quiero escuchar buenas noticias de tu parte muy pronto–le indicó–sospecho que tendré que acelerar mis planes.

– Así será.

Respeto.

Habiendo finalizado la conversación, Black volvió a pensar en el respeto. Pero no se conformaría con exclusivamente ser respetado, sino también, que sembraría el temor en todo aquel que pretendiera tan siquiera levantarse en su contra. No más ser la sombra de otro, no más ser la sombra de alguien que no merece lo que tiene, no más ser la sombra de Red.

No más Red…


Haz lo mismo que yo, lo mismo que yo…

Sí, mamá…

Aún podía recordarlo, si se esforzaba lo suficiente podía hacerlo. Era extraño, habían pasado años desde entonces, y ahora, de la nada, lo evocaba. Ese aroma, casero y dulce, le hacía humedecer el paladar. Todavía no entendía por qué lo estaba recordando; sin embargo, mandó al demonio las preguntas y sólo se dejó llevar añorando una época mejor, una época antes de ser Amadeus.

Papá se sorprenderá cuando las vea, son sus favoritas, él llegará muy pronto.

Su madre, tarareando una canción, preparaba la mezcla para las galletas antes de hornearlas. Ella, con una sonrisa en los labios, intentaba ayudarla imitando sus movimientos, sintiendo la viscosa masa entre sus dedos. Habiendo terminado de hacer eso, y siguiendo las indicaciones de su mamá, la pequeña niña de cabello negro y largo fue dándole forma a los bocadillos.

Ten, Videl, ponle chispas de chocolate pero no demasiadas…

Sí, mamá…

Ese nombre, un nombre que nadie ha vuelto a pronunciar, ni siquiera ella misma.

Era muy niña para entenderlo en aquel entonces, pero en la actualidad, ya comprendía esas miradas de preocupación y miedo que sus padres solían poner cuando hablaban uno con el otro. Eran tiempos de cambio, el mundo se fragmentaba como un rompecabezas en miles de piezas, el estilo de vida que conocían desapareció para no volver jamás.

Ciudad Estrella Naranja, así se llamaba el poblado donde nació y vivió en parte de su infancia. Era un sitio diminuto, casi olvidado por el mismísimo creador, tan chico, que ni en los mapas era posible encontrarlo. No obstante, el destino quiso que la suerte de tan olvidado pueblo mejorara, o analizándola desde otro punto de vista, empeorara.

Ubicándose en el Este, tal urbe fue visitada por el ejército separatista que pretendía algo histórico e impensable: la independencia del gobierno central. Un mercenario pelirrojo que se nombraba a él mismo como el Comandante Red, reunió a los hombres de la ciudad exponiéndoles sus argumentos, prometiéndoles un futuro dorado para sus esposas e hijos.

Siendo muchos campesinos y pescadores, no habían usado un arma de fuego en sus vidas y muchísimo menos, ser integrantes de una armada bajo las órdenes de un déspota como Red. Y uno de los varios inseguros de las propuestas de Red, era su padre. Él, era uno de los pocos que no se dedicaba a la pesca o la agricultura, no, él tenía aspiraciones más grandes.

¿Pero qué es ese olor tan delicioso?

¡Papá! –aún con sus manos pegajosas, ella corrió a su encuentro.

Sus vecinos susurraban que era un demente, un loco soñador. Mr. Satán, como se bautizó para según él intimidar a sus rivales, se olvidó de las cañas de pescar y de las herramientas para labrar la tierra, dedicando largas jornadas a cumplir su sueño: ser un afamado peleador. Si bien no poseía un maestro que lo guiara, él, por su cuenta, se instruyó empezando a construir una humilde fama.

En un principio, para temor de su esposa, Mr. Satán participaba en peleas callejeras ganando dinero gracias a las apuestas. Con dicho dinero sostuvo a su familia, la cual, recibió a un tercer miembro que se robó por completo el corazón del luchador callejero. Pese a que disfrutaban de una existencia tranquila, el estallar de la guerra independentista los envolvió sin desearlo.

¿Están horneando galletas de chocolate o lo estoy soñando? –cargándola, Mr. Satán se acercó a la cocina de su casa, mientras su esposa, vigilaba las galletas aún en el horno.

Mamá me dejó ayudarla, yo les puse las chispas de chocolate a todas.

¿En serio?

Sí.

¿Cómo te fue?

Me temo que las cosas están empeorando, pero, te contaré luego–haciéndole un ademán, ella comprendió.

Poco a poco, e impulsados por las frases y promesas de Red, una cuantiosa cantidad de los pobladores de la Ciudad Estrella Naranja, fueron uniéndose al movimiento revolucionario. Dejaron todo lo que amaban. Pensaban que si lograban la independencia, llevarían prosperidad a su minúsculo pueblo en medio de la nada, pero para conseguirlo, debían pagar un alto precio.

Mr. Satán, queriendo mantener a su mujer e hija lejos de la inminente guerra, se rehusaba a integrarse a la locura que Red y sus seguidores planeaban. Empero, al ver como el número de adeptos del pelirrojo aumentaba, Mr. Satán entendió que tarde o temprano tocarían la puerta de su casa, exigiéndole que se uniera a la causa o sería considerado una amenazada para ésta.

Videl, cariño, las galletas ya están listas, pero no te las vayas a comer todas.

Sí, mamá.

Ten, come algunas–le entregó un tazón con varias galletas–quédate aquí, papá y yo estaremos en nuestra habitación, no tardamos…

Está bien…

Creía haber sepultado ese recuerdo profundamente en su memoria, pero parecía que luego de soñar con aquel espectro de su yo infantil, se desenterraron muchas remembranzas de un ayer muy lejano. Y ese día, ese maldito día, fue el último para Videl, o al menos, para la chiquilla que acostumbraba ser llamada así.

¿No estarás pensando unirte a ese loco o sí?

Es sólo cuestión de tiempo para que me vengan a buscar, dicen que el ejército del gobierno central se está acercando, temen que destruyan la ciudad.

Red es un demente, lo que quiere es imposible, no se puede crear un país de la nada…

Lo sé, lo sé, yo también pienso que es un loco, pero él y sus hombres se apoderaron de la ciudad, si no me les uno, quizás…

No voy a permitir que mi hija esté envuelta en una guerra sin sentido–tajante, lo señaló con un dedo–y muchos menos que vea a su padre convertido en un soldado…

¿Entonces qué? –Cuestionó Mr. Satán.

¿Cuánto dinero tenemos?

No mucho pero lo suficiente como para sobrevivir un par de semanas, si nos damos prisa podríamos huir de aquí, tomar un tren al Oeste, lejos de esta locura…

Iré por Videl, la prepararé para marcharnos en unos minutos…

¿Qué, ahora?

Sí, ahora mismo…

Pero…

Acabas de decirlo, el ejército del gobierno viene para acá, no tenemos tiempo que perder–ella, pensando más en la vida de su hija que en la propia, empleó el carácter férreo que su primogénita había heredado de ella–el gobierno va a aplastar a estos locos, vámonos antes de que nos maten a nosotros con ellos…

Empacaré sólo lo necesario, guarda algo de comida y ve por Videl…

Sí.

Después de ese momento, ya no hubo más galletas de chocolate hechas en casa. Algunos recuerdos eran muy difusos producto de la tensión que marcó esos acontecimientos. Su última reminiscencia más clara era de ella aferrándose a la mano de su madre al correr, y su papá cargando un par de viejas maletas tratando de acercarse a la estación de trenes de la ciudad.

Lamentablemente para ellos, no lograrían escapar. La terminal ferroviaria ya le pertenecía a Red.

¿Lo ven, ahora me creen?

Red, parado sobre un vagón, daba otro de sus célebres discursos.

El Rey y el gobierno mundial los han olvidado por años, pero ahora que saben que estoy aquí, quieren obligarlos a ser por toda la eternidad sus súbditos–les gritó enérgico, su poder de convencimiento y elocuencia seducía a las masas–díganme… ¿quieren seguir siendo los súbditos de un Rey que los abandonó, que se olvidó de ustedes, que ni siquiera sabía que existían?

¡No!

Entonces únanse a mí, elíjanme como su líder y juntos le daremos vida a una nueva gran nación–vociferó ganándose la aclamación del público–una nación para nosotros, los olvidados, para nosotros, los rechazados, una nación con nuestras propias leyes, nuestra propia bandera, nuestro propio himno nacional…

¡Sí!

¡Una nación del pueblo, por el pueblo y para el pueblo! –rabioso, alzó un puño al cielo–no más pleitesía a un falso Rey y a su corrupto gobierno, peleen por mí y les prometo que nunca los abandonaré ni me olvidaré de ustedes…

Amadeus aún recordaba las manos de su madre cubriéndole los oídos, pero ya era muy tarde, había escuchado suficiente.

Comandante, están aquí, no tardarán en llegar.

¿Cuántos son?

Son dos divisiones completas y tienen apoyo aéreo–informándole, uno de sus soldados, le indicó.

¡Coronel Tao Pai Pai, ya sabe qué hacer!

Sí señor…

Logrado envenenar los corazones de esos humildes pueblerinos, éstos se armaron dispuestos a unirse a una causa que, solamente, les traería un derramamiento de sangre como nunca antes habían presenciado. Mr. Satán, olvidándose de sus valijas, tomó a su hija en brazos y junto a su esposa, corrieron internándose en el bosque que los rodeaba escapando del conflicto.

No tardaron mucho en oír los primeros disparos, y ensordeciéndolos, las bombas cayendo desde las alturas los estremecieron hasta los huesos. Las balas chocaban con las cortezas de los árboles, llenando el ambiente con millones de punzantes astillas que volaban por doquier. Ella, hechizada por esos ruidos de muerte, miró en la lejanía por última vez el que fue su hogar.

Los edificios y las casas de sus amigos y vecinos, incluso la suya, ardían en llamas al explotar en una maraña abrasadora que lo consumía todo. Los soldados del Rey, entrenados con disciplina, no demoraron en aplastar a aquella fuerza rival conformada por simples amateurs. El suelo, que normalmente era regado con agua fresca, ahora bebía el rojizo néctar que fluía de los cadáveres.

Aterrada, vio como un par de bestias mecánicas escupían fuego desde sus entrañas. Más adelante en el futuro, ella descubriría que existía una palabra para denominar a esas monstruosidades: tanques. Dos brigadas blindadas avanzaban imparables, tirando al suelo cuanto obstáculo se topasen. Incesantes, disparaban, destruyendo sin clemencia aquel desafortunado poblado.

¡Rápido, no dejen de correr, no dejen de correr!

Agotados, sin fuerzas para seguir, los tres escucharon el rotar de las hélices de un escuadrón de helicópteros sobrevolando la zona. Lanzando una lluvia de misiles, esas aeronaves acabaron de suprimir la poca resistencia que los seguidores de Red, aún vivos, mantenían. Pensativo, su padre tragó saliva al entregarla a su madre. Él, pese a la negativa de su esposa, salió de su escondite.

¡Oigan…oigan! –Parándose en un pequeño valle, Mr. Satán agitó los brazos logrando llamar la atención de uno de los tripulantes de los helicópteros–nosotros no somos aliados de Red, nos rendimos…nos rendimos…

Confundiéndolo con un enemigo más, el piloto en la cabina de mando orientó la ametralladora de su helicóptero hacia él apretando el gatillo. En ese instante, se produjo una combinación de sonidos que ella jamás podrá olvidar: los gritos de su madre, los disparos atravesando el cuerpo de su padre y los estruendos a su alrededor. Tales retumbos, parecían provenir del averno mismo.

Protegiéndola por instinto, su madre la cubrió mientras algunos proyectiles la impactaban veloz y mortalmente. Concluyendo lo que era una misión más, el piloto disparó un cohete que devastó el área, ignorando que una niña yacía atrapada e inconsciente entre esa estela infernal. Y como si se tratase de una santa en medio de pecadores, ella sobrevivió milagrosamente.

¡Maldición, a este paso no podré reclutar sufrientes hombres para seguir luchando! –Red, también con vida luego de finalizadas las hostilidades, caminaba entre los escombros humeantes y canonizados–pero me niego a dejar de luchar, ganaremos esta guerra, el Rey tendrá que aceptar nuestras exigencias…

Será mejor movernos, Comandante, tuvimos suerte que no nos encontraran, probablemente nos dieron por muertos.

Sí, es verdad–Red asintió– ¿Tao Pai Pai, cuántos de nuestros nuevos reclutas sobrevivieron?

Olvídese de ellos, Comandante, tendremos que buscar nuevos otra vez.

¡Maldita sea! –Exclamó frustrado– ¿no sobrevivió ni uno?

Bueno, Comandante, tome en cuenta que eran pueblerinos luchando contra soldados entrenados–dando un alegato válido, Tao Pai Pai le explicó–era natural suponer que no podrían vencer…

Buen punto, no hay más remedio que seguir moviéndonos, nos largamos de aquí…

Los supervivientes, encabezados por Red, emprendían la marcha dejando a sus espaldas aquella ciudad reducida a ruinas chamuscadas, a su vez, que agregaban más víctimas a la larga lista de bajas civiles que su confrontación arrastraba. Aún así, el final de esa batalla estaba lejos de llegar. Todavía faltaban más peleas por librar, más familias por separar y más vidas por arrebatar.

La historia parecía no tener fin, el Rey los cazaría hasta neutralizar a ese grupo de rebeldes que se levantaron en su contra, los perseguiría por toda la faz de la Tierra hasta que no quedara ninguno. Y allí, en aquel bosque ardiente y destruido, en ese campo donde tantos perecieron, un milagro se concretó. No obstante, décadas después, ella misma desearía haber fallecido en ese lugar.

¿Qué ocurre? –Tao Pai Pai, mirando como un par de sus subordinados se adentraban en la maleza sin su autorización, se acercó a ellos pidiéndoles una explicación– ¿qué pasa?

Señor, nos pareció escuchar una especie de llanto…

¿Un llanto?

Sí, como el llanto de un niño, señor.

Pronto, los oídos de Tao Pai Pai percibieron aquel sollozo; sin embargo, fue más por curiosidad que por preocupación, que decidió dar un vistazo percatándose de como el ruido se intensificaba a medida que iba avanzando. Retirando un par de troncos derribados y ramas quemadas, halló ante sus ojos el cuerpo inerte de una mujer, y llorando debajo de éste, vio a una niña mal herida y sangrante.

El número de sobrevivientes subió de cero a uno.

Por si no lo recuerda, Tao Pai Pai, nosotros no somos un orfanato–Red, siendo puesto al corriente de la situación, no tenía tiempo para preocuparse por la hija de algún pobre diablo–se ve que está grave, déjela por ahí, morirá en cualquier momento…

Señor, si me lo permite, se me acaba de ocurrir una idea, a largo plazo, que podría interesarle.

¿Y esta mocosa qué tiene que ver con esa idea tuya?

Créame, Comandante, esta chiquilla tiene mucho que ver…

Bien, me explicarás luego, no hay tiempo… ¡vámonos!

Dentro de uno de los vehículos de la armada de Red, ella, acostada en una camilla mientras eran vendadas sus heridas, observaba los semblantes indiferentes de esos individuos que la miraban fijamente. Empero, uno en particular le provocaba un escalofrío que incluso en la actualidad la estremece. Ese sujeto de acentuado bigote, sonriéndole macabramente, se inclinó hacia ella.

¿Dónde está mi papá?

No lo sé, pequeña, pero probablemente esté muerto al igual que tu madre–acariciándole el cabello enredado y sucio, se acercó más ella hablándole suavemente–ahora estarás con nosotros, yo cuidaré de ti, cariño, te entrenaré y te enseñaré cosas que te convertirán en alguien temible y peligrosa…

Yo, yo no quiero eso…

Me temo, lindura, que no tienes elección…

Y fue en ese instante, cuando él, aproximó sus labios aún más dándole el nombre que la atormentaría por años…

A partir de ahora, tu nombre será Amadeus y serás mi discípula…

– ¡Oye, grandísima estúpida, quítate del camino!

– ¿Qué?

El estruendoso sonido de la bocina de un automóvil, la sacó de sus pensamientos, haciéndola despertar luego de caminar por varias cuadras sumergida en un pasado que creía extinto. Pestañeando, se dio cuenta que se encontraba en medio de una carretera, interrumpiendo el tráfico sin haberlo notado antes.

La asesinada, a raíz de la insistencia de los conductores, arrancó a correr terminando de cruzar la calle. Los demás transeúntes, viéndola sin entender qué le pasaba, susurraban entre sí tratando de hallar una explicación para la extraña conducta de esa chica. No obstante, ni ella misma comprendía que le sucedía.

Refugiándose en un callejón, Amadeus se reclinó en una pared de ladrillos recuperando el aliento y la compostura. El sudor le empapaba la cara, las náuseas le asqueaban el paladar y de sus ojos humedecidos unas cuántas lágrimas se escaparon de su encierro. Aquellos recuerdos los creía extraviados, enterrados en capas y capas de frío olvido. Pero se equivocó, aún seguían allí.

– ¿Qué me está pasando?

Nerviosa, sintiéndose una persona débil por un fugaz santiamén, experimentó un miedo que agrietaba más su máscara de dureza que, poco a poco, se desmoronaba sin que fuera capaz de hacer algo para detenerlo. Videl, incisiva y muy lentamente, se estaba liberando de la cárcel donde Amadeus la confinó. Su reencuentro se volvía inevitable, Videl y Amadeus, se verían de nuevo.

El mismo rostro, dos mujeres diferentes.

La que debió ser y la que es.

Una quiere vivir, la otra desea morir.

– ¿Por qué me pasa esto ahora, por qué ahora maldita sea, por qué ahora?

El rechinar de los neumáticos sobre el asfalto capturó su atención, y dejándose poseer por un deseo suicida, emprendió una marcha desesperada rogando que un camión o un autobús la aplastaran. Y a pesar de ese anhelo, al alzar la vista, sus pies se petrificaron al observar un edificio en el otro extremo de la autopista, un edificio que le recordó su tarea aún pendiente.

Embajada de Los Territorios Aliados del Oeste.

Contemplando la bandera de aquel país ondeando con el viento, Amadeus intentó enjaular a la combativa Videl que peleaba para liberarse de su prisión. Harta, cansada de todo, buscó el arma que siempre traía bajo su ropa, y empuñándola, sin importarle si sobreviviría o no, marchó hacia la sede diplomática dispuesta a entrar pero no a salir.

Aunque, si lo pensaba, ella en realidad, murió aquel día en ese bosque junto a sus padres.

Fin Capítulo Siete

Hola, muchísimas gracias a todos por tomarse la molestia de leer. Poco a poco voy continuando con esta historia que permaneció congelada por tres años, me ha costado pero he podido aceitar la maquinaria y volver a hacerla funcionar. Espero que este capítulo al menos los haya entretenido por unos minutos, sé que puede haberles parecido algo raro pero quería enfocarme en Amadeus.

Después de todo, ella es la protagonista del fic y éste lleva su nombre, así pues, quise ahondar en su pasado y presente. Cuando empecé el fic, hace tres años atrás, no me imaginé que ella sería un personaje tan complejo y lleno de remordimientos. Ojalá esté reflejando eso para que ustedes lo puedan comprender, y así la conozcan más como persona.

Como comentario personal, les explico el nombre del fic. Amadeus es el nombre de una de mis películas favoritas, si no la han visto se las recomiendo, trata sobre la ficticia rivalidad entre los compositores Wolfgang Amadeus Mozart y Antonio Salieri. Y por ello, como un diminuto homenaje de mi parte a esta gran película, fue que bauticé el fic de esta manera.

Ya para acabar por ahora, le doy las gracias a Pilluela, Smithback, Majo24, Vanessa neko chan, Jundo-San, Mimihagi y a Gohan098 por sus comentarios en el capítulo anterior.

Gracias por leer y hasta la próxima.