Capítulo 6
Pero no era un sueño. Me despierto a la mañana siguiente y seguimos en 2007. Tengo aún una dentadura perfecta y el pelo castaño claro. Y también un gran agujero negro en la memoria. Estoy comiéndome la tercera tostada y dándole sorbos a mi taza de té cuando se abre la puerta y aparece Nicole, empujando un carrito cargado de flores. Me quedo fascinada ante semejante despliegue. Debe de haber veinte ramos distintos, entre buqués de flores, macetas de orquídeas y rosas de primerísima clase.
—¿Es mío alguno de éstos?
Ella me mira con sorpresa.
—Todos. Se habían quedado en la otra habitación.
—¿Todos? —farfullo, casi escupiendo el té.
—Eres una chica muy popular. ¡Se nos han agotado los jarrones! —dice, entregándome un montoncito de tarjetas.
—Wow.
Cojo la primera y la leo:
Bella, querida. Cuídate mucho y ponte bien. Nos vemos muy pronto. Con todo mi cariño.
Lauren.
¿Lauren? Yo no conozco a ninguna Lauren.
Dejo a un lado la tarjeta y miro la siguiente:
Con nuestros mejores deseos. Recupérate pronto.
Tim y Suki.
A éstos tampoco los conozco.
Bella, esperamos que te pongas bien, ¡y que pronto vuelvas a tus trescientas flexiones!
De tus amigas del gimnasio.
¿Trescientas? Vaya chiste. Aunque eso explicaría las piernas tan musculosas que tengo.
Miro la cuarta tarjeta; ésta, por fin, es de gente conocida:
Recupérate pronto, Bella. Con nuestros mejores deseos.
Rosalie, Jessica, Alice y todo el personal de Suelos y Alfombras.
Mientras leo estos nombres conocidos, noto una cálida sensación de bienestar. Será una tontería, pero casi empezaba a pensar que mis amigas se habían olvidado de mí.
—¡Oye, tienes un marido despampanante! —me dice Nicole, interrumpiendo mis pensamientos.
—¿Tú crees? —Me hago la indiferente—. Sí, es bastante atractivo, imagino…
—¡Es increíble! ¿Sabes?, ayer se pasó por la sala para darnos otra vez las gracias. Muy poca gente lo hace.
—Yo no he salido en mi vida con un tipo como Mike —le confieso, abandonando mi falsa indiferencia—. La verdad, aún no me creo que sea mi marido. O sea, yo… ¿y él?
Se oye un golpecito en la puerta.
—¡Adelante! —dice Nicole.
Mamá y Bree entran muy acaloradas, arrastrando seis bolsas llenas de álbumes de fotos y cartas.
—¡Buenos días! —Nicole les sonríe, sosteniendo la puerta—. Les alegrará saber que Bella se encuentra mucho mejor.
—¡No me diga que ya lo ha recordado todo! —dice mamá, descompuesta—. Ahora que hemos cargado con las fotos todo el camino… ¿Sabe lo pesados que son estos álbumes? Y encima no encontrábamos aparcamiento…
—Todavía sufre una grave pérdida de memoria —dice Nicole.
—¡Gracias a Dios! —Mamá advierte la expresión de Nicole—. Bueno, quiero decir… Bella, querida, te hemos traído algunas fotografías. Quizá te refresquen la memoria.
Miro las bolsas con repentina excitación. Esas fotos contienen la parte perdida de mi historia. Me mostrarán cómo dejé de ser la Dientotes para convertirme… en Dios sabe qué.
—¡Venga, disparen! —Dejo a un lado las tarjetas y me siento en la cama—. ¡Quiero verme!
Estoy aprendiendo muchas cosas durante esta estancia en el hospital. Una de ellas es ésta: si tienes un familiar con amnesia y quieres estimular su memoria, enséñale una foto antigua; no importa cuál, ¡pero enséñale alguna! Han pasado diez minutos y aún no he visto una solo foto porque mamá y Bree continúan discutiendo por cuál empezar.
—Lo que no debemos hacer es abrumarla —repite mamá una y otra vez, mientras las dos hurgan en las bolsas—. Ésta, por ejemplo… —Elige una foto con un marco de cartón.
—Ni hablar. —Bree se la quita de las manos—. Tengo un grano en la barbilla. Y se me ve gorda.
—Pero si es un granito de nada, Bree. Apenas se ve.
—Vaya si se ve. Y esta otra aún es más repulsiva —dice, mientras rompe las dos en pedazos.
O sea, que aquí estoy, deseando enterarme de mi vida perdida mientras mi hermana se dedica a destruir las pruebas.
—¡No te miraré las espinillas! —le prometo—. ¡Déjame ver una foto! ¡La que sea!
—Muy bien. —Mamá se acerca a la cama con una fotografía sin marco—. Te la enseñaré desde aquí, Bella. Mira la imagen con atención, a ver si te despierta algún recuerdo. ¿Lista?
Y le da la vuelta.
Es un perro vestido de Santa Claus.
—Mamá —trato de controlarme—. ¿Cómo se te ocurre enseñarme un perro?
—Cariño, ¡es Tosca!—dice, herida—. Ha cambiado mucho desde dos mil cuatro. Y éste es Raphael con Bree, la semana pasada. Los dos monísimos…
—Estoy espantosa. —Bree le quita la foto y la rompe con saña antes de que yo pueda echarle un vistazo.
—¡Deja ya de romperlas! —chillo—. Mamá, ¿has traído fotos de otra cosa que no sean perros? ¿De personas, quizá?
—Oye, Bella, ¿te acuerdas de esto? —Bree me acerca un collar muy especial con una rosa de jade. Yo lo miro con los ojos entornados, me concentro para arrancarle algún recuerdo.
—No —le digo por fin—. No me dice nada.
—Genial. ¿Puedo quedármelo?
—¡Bree! —exclama mamá. Ella sigue pasando una foto tras otra con aire insatisfecho—. Quizá debiéramos esperar a que venga Mike con el DVD de la boda. Si eso no sirve para refrescarte la memoria, ya me dirás qué otra cosa va a servir.
El DVD de la boda.
De mi boda.
Cada vez que lo pienso el estómago me da un brinco, como si reaccionara por anticipado. Tengo un DVD de la boda. ¡De mi boda! Es una idea extrañísima, casi extraterrestre. No me imagino siquiera de novia. ¿Habré ido con uno de esos vestidos abullonados, con velo y cola y un espantoso tocado floral? No me atrevo a preguntarlo.
—Él… parece simpático —digo—. Mike, quiero decir. Mi marido.
—Es fantástico —dice mamá con tono ausente, todavía repasando fotos de perros—. Da un montón de dinero para obras de caridad, ¿lo sabías? O lo hace la empresa, no sé. Pero es su propia empresa, así que viene a ser lo mismo.
—¿Su propia empresa? ¿No habíamos quedado en que era agente inmobiliario?
—Es una empresa que vende propiedades, cariño. Proyectos enormes de estilo loft. El año pasado vendieron una parte de la empresa, pero él retiene la participación mayoritaria.
—Ganó diez millones —dice Bree, que sigue en cuclillas junto a las bolsas de fotos.
—¿Cómo?
—Está podrido de dinero, a ver si te enteras. Venga, no me digas que no lo habías adivinado.
—¡Bree! —dice mamá—. No seas ordinaria.
Creo que estoy mareada. ¿Diez millones?
Llaman a la puerta.
—¿Bella? ¿Puedo pasar?
Ay, Dios. Es él. Me echo un vistazo rápido y me rocío con un frasquito de Chanel que he encontrado en el bolso.
—¡Pasa, Mike! —grita mamá.
Se abre la puerta… y ahí está, sosteniendo a pulso dos grandes bolsas, otro ramo de flores y una cestilla de frutas. Lleva camisa a rayas y pantalones color canela, un suéter amarillo de cachemir y mocasines.
—Hola, cariño. —Lo deja todo en el suelo, se acerca a la cama y me besa delicadamente en la mejilla—. ¿Cómo estás?
—Mucho mejor, gracias —le digo con una sonrisa.
—Aunque todavía no sabe quién eres —le aclara Bree—. Por ahora sólo eres un tipo con un suéter amarillo.
Él no parece turbarse lo más mínimo. Quizá ya está acostumbrado a las salidas de tono de mi hermana.
—Bueno, de eso vamos a ocuparnos hoy. —Alza la bolsa con aire animoso—. He traído fotos, DVD, recuerdos… Vamos a reintroducirte en tu vida. Reneé, ¿por qué no vas poniendo el DVD de la boda? —le dice a mamá, dándole un disco—. Y como aperitivo, Bella… nuestro álbum.
Deposita sobre la cama un álbum de piel de becerro que debe de costar una fortuna y noto un pellizco de incredulidad al ver las letras estampadas en relieve:
BELLA Y MIKE
3 DE JUNIO DE 2005
Lo abro y noto en el estómago una sensación igual que si cayera en el vacío. Me estoy viendo vestida de novia en una fotografía en blanco y negro. Voy con un largo vestido blanco de tubo, el pelo recogido en un moño impecable y un ramito minimalista de lirios. Nada abullonado a la vista.
Sin decir una palabra, paso a la página siguiente. Ahí está Mike, a mi lado, vestido de etiqueta. En la siguiente levantamos sendas copas de champán y sonreímos. Tenemos un aspecto de lujo. Como la gente de las revistas.
Es mi boda. Mi boda de verdad, mi auténtica boda. Si querías pruebas, aquí están.
De repente, me llega un rumor de charla y de risas desde la tele. Levanto la vista y sufro otro shock. En la pantalla, Mike y yo posamos con nuestros trajes de boda. Estamos junto a un pastel monumental, sosteniendo entre los dos un cuchillo y sonriendo a alguien que no aparece en pantalla. No puedo quitarme los ojos de encima a mí misma.
—Decidimos no grabar la ceremonia —me explica Mike—. Esto es del banquete.
—Ya. —Me sale una voz algo ronca.
Yo nunca he sido demasiado ñoña con las bodas. Pero al mirar cómo cortamos el pastel, cómo sonreímos a las cámaras y volvemos a posar para alguien que no ha podido captar el instante… empiezo a sentir un peligroso cosquilleo en la nariz. Es el día de mi boda, supuestamente el más feliz de mi vida, y yo no recuerdo nada.
La cámara gira poco a poco y capta el rostro de un montón de gente que no conozco. Identifico a mamá, con un vestido azul marino, y a Bree, con un modelito morado de tirantes. El lugar es un espacio ultramoderno con paredes de vidrio, sillas de diseño y arreglos florales por todas partes, y la gente sale a tomar el aire a una gran terraza con sus copas de champán en la mano.
—¿Qué sitio es ése?
—Cielo… —Mike suelta una risita—. Es nuestra casa.
—¿Nuestra casa? ¡Pero si es gigantesca!
—Es el ático. —Asiente—. Muy espacioso.
—¿Espacioso, dices? Parece un campo de fútbol. Mi piso de Balham cabría entero en una de esas alfombras… ¿Y ésa quién es? —digo señalando a una chica muy mona con un vestido rosa de tirantes, que me habla al oído.
—Es Lauren, tu mejor amiga.
¿Mi mejor amiga? No he visto a esa mujer en mi vida. Delgaducha y bronceada, con unos enormes ojos azules, lleva una pulsera grandiosa en la muñeca y unas gafas de sol alzadas sobre su pelo rubio de aire californiano.
Me envió unas flores, ahora que lo recuerdo. «Para mi queridísima amiga. Con cariño. Lauren.»
—¿También trabaja en Alfombras Deller?
—¡Qué va! —dice Mike sonriendo. Ni que le hubiese contado un chiste—. Mira, este trozo es muy divertido —añade, señalando la pantalla.
La cámara nos sigue a los dos mientras cruzamos la terraza; me oigo riendo y diciéndole: «Mike, ¿qué estás tramando?» Todo el mundo levanta la vista, no sé por qué… Y entonces la cámara enfoca hacia arriba. Hay un mensaje escrito en el cielo: «Bella, te querré siempre.» En la pantalla, todos murmuran y señalan con el brazo extendido; yo miro hacia arriba, haciendo visera con una mano, y le doy un beso a Mike.
¿Será posible? ¿Mi marido hizo que me escribieran un mensaje en el cielo el día de mi boda y yo no recuerdo nada? ¡Por favor, es para echarse a llorar!
—Esto es de las vacaciones del año pasado en isla Mauricio…
Mike ha hecho avanzar la grabación y contemplo la pantalla sin dar crédito a lo que veo. ¿Esa chica que camina por la playa soy yo? Tengo el pelo trenzado, estoy morenísima y delgada, y llevo un tanga rojo. Parezco la típica chica a la que normalmente miro con envidia.
—Y aquí estamos en un baile de beneficencia… —prosigue Mike, que ha vuelto a avanzar la grabación. Esta vez llevo un vestido de noche azul muy provocativo y aparezco bailando con Mike en una sala de aspecto majestuoso.
—Mike es un benefactor muy generoso —dice mamá.
No respondo. Me he quedado fascinada con un moreno guapísimo que está cerca de la pista. Un momento. ¿No lo conozco de algo?
Sí, sí. ¡Lo reconozco! ¡Por fin!
—¿Bella? —Mike ha captado mi reacción—. ¿Se te está activando la memoria?
—¡Sí! —Se me escapa una sonrisa de felicidad—. Recuerdo a ese tipo de la izquierda. —Señalo la pantalla—. Ahora mismo no sé exactamente quién es, pero lo conozco. ¡Lo conozco muy bien! Es simpático, divertido, y creo que es médico… O quizá lo conocí en un casino…
—Bella —me corta Mike—. Es George Clooney, el actor. Era uno de los invitados.
—Ah. —Me froto la nariz, incómoda—. Sí, exacto.
George Clooney, claro. Mira que soy idiota. Me dejo caer sobre la almohada, desanimada.
Cuando pienso en la cantidad de cosas espantosas y humillantes que sí puedo recordar… Tener que comerme la sémola en el colegio cuando tenía siete años y casi vomitarla. O llevar un traje de baño blanco cuando tenía quince y verlo transparente al salir de la piscina y oír las risas de todos los chicos. Recuerdo esa humillación como si fuese hoy.
En cambio, no logro recordar cómo caminaba por una playa de arena perfecta en isla Mauricio. Ni cómo bailaba con mi marido en un esplendoroso baile de gala. Toc, toc… ¿Cerebro, hay alguien? ¿Y tiene algún criterio?
—Anoche estuve leyendo sobre la amnesia —dice Bree de pronto, sentada en el suelo con las piernas cruzadas—. ¿Sabes cuál es el sentido que estimula más la memoria? El olfato. Quizá deberías olisquear un poco a Mike.
—Cierto —interviene mamá—. Como ese chico francés, Proust. Un olorcillo a madalena y, ¡paf!, fluyeron todos los recuerdos.
—Venga —insiste Bree, animosa—. Vale la pena probar, ¿no?
Le echo un vistazo a Mike, avergonzada.
—¿Te importa si… te huelo, Mike?
—En absoluto. Hay que intentarlo. —Se sienta en la cama y congela la imagen del DVD—. ¿Levanto los brazos o…?
—Umm… sí, supongo.
Con aire solemne, Mike levanta un brazo. Me inclino hacia delante con cautela y olfateó su axila. Huele a jabón y loción de afeitado. También detecto un ligero olor varonil. Pero nada se remueve en mi interior.
Sólo una visión de George Clooney en Ocean's Eleven.
Será mejor que no lo comente.
—¿Notas algo? —Mike sigue rígido, con el brazo en alto.
—Aún no —contesto, después de husmear por segunda vez—. Es decir, nada muy fuerte…
—Deberías olerle la entrepierna —dice Bree.
—¡Cielo! —susurra mamá, consternada.
Sin poder evitarlo, bajo la vista y le miro la entrepierna. La entrepierna con la que me he casado. Parece bastante generosa, aunque nunca se sabe. Me pregunto…
No. Ésa no es la cuestión ahora.
—Lo que tendrian que hacer ustedes dos es practicar sexo —continúa Bree en medio del incómodo silencio que se ha creado, y hace un globo con su chicle—. Percibir el olor acre de los fluidos…
—¡Bree! —la corta en seco mamá—. ¡Cariño! ¡Ya está bien!
—¡Yo sólo digo que es el tratamiento para la amnesia que nos ofrece la propia naturaleza!
—Bueno —murmura Mike, bajando el brazo—. ¡No es que haya sido un gran éxito!
—No.
Quizá Bree tenga razón. Quizá deberíamos acostarnos. Miro a Mike con el rabillo del ojo. Estoy segura de que está pensando lo mismo.
—No pasa nada. Son sólo los primeros días —dice con una sonrisa mientras cierra el álbum, aunque percibo su decepción en la voz.
—¿Y si no recupero la memoria? —pregunto echando un vistazo alrededor—. ¿Y si se han perdido para siempre todos esos recuerdos y ya no puedo recobrarlos?
Mientras examino sus rostros preocupados, me siento de repente indefensa y vulnerable. Como cuando se me estropeó el ordenador y perdí todos mis e-mails. Igual, sólo que un millón de veces peor. El técnico no paraba de decirme que tendría que haber hecho una copia de seguridad. Pero ¿cómo haces una copia de tu cerebro?
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A mediodía, me examina un neuropsicólogo. Un tipo simpático con tejanos. Se llama Neil. Me siento ante una mesa para hacer unos tests, y debo decir que lo hago bastante bien. De una lista de veinte palabras consigo recordar casi todas; también recuerdo bien un relato y hago un dibujo de memoria.
—Funcionas a la perfección, Bella —me dice Neil tras revisar el último test—. Tus facultades están intactas, tu memoria a corto plazo es impecable, dadas las circunstancias, y no padeces problemas cognitivos… Pero sufres una amnesia retrógrada focalizada muy severa. Un caso insólito, ¿sabes?
—Pero ¿por qué?
—Tiene que ver con el modo en que te golpeaste la cabeza. —Se inclina hacia delante, traza en su bloc la silueta de una cabeza y empieza a dibujar dentro un cerebro—. Has sufrido lo que nosotros llamamos una herida de aceleración-desaceleración. Al golpear el parabrisas, tu cerebro sufrió una sacudida en el cráneo y una reducida región del mismo quedó, digamos, pellizcada. Puede que tengas dañado tu almacén de recuerdos… o tu capacidad para recuperar esos recuerdos. En tal caso, el almacén permanecería intacto, por así decirlo, pero no podrías abrir la puerta.
Le brillan los ojos como si fuera fabuloso: como si yo misma tuviera que estar emocionada con «mi caso».
—¿No puede aplicarme un electroshock? — pregunto, frustrada—. O darme otro porrazo en la cabeza, no sé.
—Me temo que no. —Parece divertido—. Contra la opinión popular, darle a un amnésico un golpe en la cabeza no sirve para que recobre la memoria. Así que no lo intentes en casa. —Se pone de pie—. Te acompaño a tu habitación.
Cuando llegamos, mamá y Bree están mirando aún el DVD mientras Mike habla por teléfono. Termina su conversación de inmediato y cierra el móvil con un chasquido.
—¿Qué tal ha ido?
—¿Qué has recordado, cariño? —pregunta mamá, sin dejar de mirar la tele.
—Nada.
—En cuanto Bella regrese a su ambiente familiar, es probable que vaya recobrando la memoria de un modo natural —dice Neil con tono tranquilizador—. Aunque puede llevar su tiempo.
—Muy bien. —Mike asiente con seriedad—. ¿Y ahora qué?
—Bueno. —Neil hojea sus notas—. Físicamente ya estás en forma, Bella. Yo diría que mañana podemos darte de alta. Te citaré para dentro de un mes. Lo mejor hasta entonces es que estés en casa. —Sonríe—. Seguro que es donde quieres estar.
—¡Sí! —exclamo tras una pausa—. En casa. Genial.
Mientras pronuncio estas palabras, me doy cuenta de que no sé qué quiero decir exactamente con «casa». Mi casa era el piso de Balham. Y ya no lo tengo.
—¿Cuál es tu dirección? —pregunta, sacando un bolígrafo.
—Eh… esto…
—Yo se la anoto —le dice Mike, solícito, tomando el bolígrafo. Es demencial. Ni siquiera sé dónde vivo. Como esas ancianitas desorientadas.
—Buena suerte, Bella. —Neil mira a Mike y mamá—. Ustedes pueden ayudarla dándole toda la información posible sobre su vida. Anótenlo todo. Llévenla a los sitios donde ha estado. Si hay problemas, me llaman.
Se cierra la puerta y se hace un silencio, sólo perturbado por la cháchara de la tele. Mamá y Mike se miran. Si tuviera tendencia a ver conspiraciones, diría que andan tramando algo.
—¿Qué pasa?
—Cielo, tu madre y yo hemos estado hablando antes de cómo… —vacila un momento— afrontar tu libertad, por así decirlo.
«¡Afrontar mi libertad!» Ni que fuera una psicópata peligrosa a punto de salir de la cárcel.
—Estamos en una situación un poco rara —prosigue—. Obviamente, a mí me llenaría de felicidad que quisieras venir a casa y reanudar tu vida sin más. Pero soy consciente de que podría resultarte incómodo. Al fin y al cabo… no me conoces.
—No. —Me muerdo el labio—. La verdad es que no.
—Le he dicho a Mike que te acogeré en casa encantada para que pases conmigo una temporadita —interviene mamá—. Desde luego, habrá ciertas molestias y tendrás que compartir el mismo espacio con Jake y Florian, pero son buenos perros…
—Esa habitación apesta —dice Bree.
—No es verdad —replica mamá, ofendida—. El chico de la constructora dijo que era sólo una cuestión de la madera seca o no sé qué…
—Putrefacción seca —apunta Bree, sin quitar los ojos de la pantalla—. Y apesta.
Mamá parpadea, disgustada. Mike se me acerca con aire preocupado.
—Bella, no creas que voy a ofenderme. Comprendo lo difícil que tiene que resultarte esta situación. Soy un extraño para ti, por el amor de Dios. —Abre los brazos con impotencia—. ¿Por qué demonios ibas a querer venir conmigo?
Me toca responder a mí, pero me he distraído con una imagen de la tele. Mike y yo aparecemos en una lancha motora. A saber dónde estábamos, pero el sol brilla y el mar es azul. Los dos vamos con gafas oscuras. Mike me sonríe mientras conduce la lancha y la verdad es que tenemos tanto glamur como dos personajes de una película de James Bond.
No puedo quitar la vista de la pantalla, me tiene hipnotizada. «Yo quiero vivir así —oigo en mi interior—. Es la vida que me corresponde. Me la he ganado. No voy a dejar que se me escurra entre los dedos.»
—Lo último que querría es ser un obstáculo en tu recuperación —continúa Mike—. Decidas lo que decidas, lo comprenderé.
—Sí, bien. —Doy un trago de agua, intento ganar tiempo—. Voy… a pensarlo unos minutos.
Bueno. Vamos a aclarar mis opciones:
1. Una habitación putrefacta en Kent que habré de compartir con dos perros whippet.
2. Un loft palaciego en Kensington con mi atractivo esposo, que sabe pilotar una lancha motora.
—¿Sabes, Mike? —digo lentamente, midiendo mis palabras—. Creo que debería irme a vivir contigo.
—¿En serio? —Su rostro se ilumina, pero puede verse que está estupefacto.
—Eres mi marido. Debo estar contigo.
—Pero no te acuerdas de mí —contesta, vacilante—. No me conoces.
—¡Tendré que conocerte otra vez! —insisto, cada vez más entusiasmada—. Es indudable que la mejor manera de recordar mi vida es viviéndola. Tú puedes hablarme de ti, de mí, de nuestro matrimonio… ¡Puedo descubrirlo todo de nuevo! El médico dijo que las circunstancias conocidas serían de gran ayuda. Estimularán mi sistema de recuperación de archivos…
Estoy cada vez más decidida. Si, no sé nada de mi marido ni de mi vida. Pero la cuestión es que me he casado con un multimillonario que está cañón, que me quiere, que posee un enorme ático y me compra rosas marrón. ¿Voy a tirarlo todo por la borda por el simple detalle de que no lo recuerdo?
Todo el mundo tiene que esforzarse de un modo u otro en su matrimonio. Yo tendré que concentrarme sobre todo en el apartado de recuerda-a-tu-marido.
—Mike, quiero ir a casa contigo, de verdad —le digo con toda la sinceridad posible—. Estoy segura de que formamos un matrimonio lleno de amor. Podemos conseguirlo.
—Sería maravilloso que volvieras. —Aún parece inquieto—. Pero no te sientas obligada…
—¡No me siento obligada! Lo hago porque… es lo que me parece más acertado.
—A mí me parece una gran idea —interviene mamá.
—Pues ya está—digo—. Decidido.
—Evidentemente, no querrás… —Mike titubea, incómodo—. Quiero decir… yo ocuparé la suite de invitados.
—Te lo agradecería —respondo, imitando su tono formal—. Gracias, Mike.
—Bueno, si estás segura… —Su rostro se ha iluminado—. Hagámoslo como es debido, ¿no?
Echa un vistazo a los anillos, que siguen sobre la cajonera, y parece consultarme con la mirada.
—¡Sí, venga! —asiento entusiasmada.
Coge los anillos y extiendo la mano con timidez. Observo, paralizada, cómo me los desliza en el dedo. Primero la alianza; luego el enorme diamante solitario. Se hace un silencio mientras contemplo mi mano.
«Joder, este diamante es grandioso.»
—¿Te van bien, Bella? —pregunta Mike—. ¿No te molestan?
—¡Me van de fábula! De veras. Perfectos.
Sonrío abiertamente mientras vuelvo la mano a uno y otro lado. Tengo la sensación de que deberían tirarnos confeti o tocar la marcha nupcial. Hace dos noches estaba de plantón en una disco infecta… ¡y ahora estoy casada!
N.A: Bree me encanta.
Edward está a dos capítulos de hacer su entrada triunfal, ya no falta mucho, solo este capitulo y otro mas sin él. ¿Podrán esperar?
