Disclaimer: Los personajes son propiedad de Stephenie Meyer, solo la trama es mía.


-Capítulo 7-

Me duché pero no me afeité porque decidí hacerlo el domingo, por lo que me arreglé y me vestí para salir a dar una vuelta. Odiaba quedarme encerrado en casa, pero la migraña del día anterior no me había permitido hacer más que permanecer en la cama todo el día. Caminé por el barrio, compré unas cuantas cosas para comer y después volví al piso, sintiéndome renovado. Tuve ganas de llamar a Peter, pero era consciente de que él me hablaría de Alice y yo no tenía ganas de saber de ella. Me estaba comportando como un capullo, lo sabía, pero la cosa era como era y no me veía con ánimos para cambiarla. Sabía que el tiempo terminaría curándolo todo aunque no lo pareciera entonces, solo tenía que esperar y no acercarme a Alice bajo ningún concepto.

Por la tarde vi un par de películas en la televisión acompañado de palomitas y un refresco, y a eso de las siete y media decidí desconectar el teléfono fijo y el móvil. Sabía que Peter, o cualquiera de mis amigos, me llamaría para quedar y no tenía ganas de estar dando excusas. Había hablado con mis padres aquella mañana, así que no volverían a llamarme si no sucedía una emergencia, y ese dichoso pensamiento me hizo volver a conectar, al menos, el fijo. Siempre podía no contestar si me llamaba alguien con quien no quería hablar.

Estuve leyendo hasta las ocho y media, justo cuando el sonido del timbre me desconcentró. ¿Quién puñetas podía ser? Quizá mi hermana o mi cuñado, o los dos, que tenían ganas de visitarme. O quizá Peter… Me acerqué de puntillas a la puerta, intentando no hacer ruido. También podía no abrir si no me apetecía ver a la persona que hubiera al otro lado… Pero mi sorpresa no pudo ser mayor cuando, al mirar por la mirilla, vi a Alice parada justo frente a mi puerta. Estuvo a punto de salírseme el corazón por la boca, y rápidamente pensé en qué hacer. ¿Podía enfrentarla o no? Podía simplemente fingir que no estaba en casa, pero entonces habría venido hasta mi piso para nada… cuando claramente necesitaba alguna cosa. Si no necesitara nada no habría venido… Joder. Sin pensármelo más, que fuera lo que tuviera que ser, abrí la puerta y la miré fijamente, como hizo ella al principio.

—Hola —murmuró, nerviosa, toqueteándose las manos sin cesar.

—Hola. ¿Quieres entrar? —pregunté echándome un lado, abriendo la puerta todo lo posible.

—Sí.

Lo hizo lentamente, dubitativa, como si estuviera pensando en echar a correr en dirección contraria en cualquier momento. Le echó una ojeada rápida a mi piso y después, una vez dentro, se detuvo.

— ¿Puedo preguntar qué haces aquí y cómo has encontrado mi piso? —inquirí tras cerrar la puerta, dirigiéndome al sofá y sentándome en el reposabrazos. Lo mejor para ambos era fingir indiferencia y que no notara lo nervioso que me había puesto.

—Me dijiste en qué calle vivías… solo he tenido que buscar tu nombre en los buzones. No ha sido tan difícil —se encogió ella de hombros. A continuación se toqueteó el cabello, alterada, y clavó sus ojos grises en mí—. He venido porque creo que me debes una explicación.

Genial. Lo que me faltaba. Pero era obvio, al fin y al cabo.

—Yo no creo que te deba nada. Lo mejor para todos es que dejemos las cosas como están, Alice. De verdad.

—Pues yo no opino igual. Te marchaste de mi piso como si hubieras visto un fantasma, al día siguiente viniste a la cafetería con tu amigo y te quedaste cinco minutos, como si yo te fuera a contagiar algo. Pensé que quizá volverías durante la semana y que podríamos hablar… Pero no lo hiciste y yo no iba a esperar a que vinieras cuando se te antojara. No tengo tu número de teléfono, así que lo único que se me ha ocurrido hacer es venir a tu casa a pedirte una explicación.

Aquel discurso me sorprendió. Entendía lo que me estaba pidiendo, pero yo no tenía forma de explicarle lo que me pasaba.

—Ya te lo dije, tenía que entregar algo en la empresa al día siguiente y…

—No te creo —me interrumpió cruzándose de brazos.

—Pues no lo hagas. No tengo ninguna explicación que darte, Alice, así que lo siento mucho. No puedo hacer nada más por ti.

Me estaba matando verla allí parada en medio de mi salón, nerviosa, y pidiéndome algo que no podía darle. Claro que podía darle mucho más, pero no estaba dispuesto a que lo supiera por el simple hecho de que no era correcto.

— ¿Entonces ya está? —me preguntó en voz baja.

— ¿Ya está el qué?

—Aquí se termina todo, ¿no? El martes, cuando te marchaste de la cafetería…, era una despedida, ¿verdad?

Ella también lo había sentido así… como yo. Algo tenía que significar, por lo que decidí ser sincero:

—Sí.

—No vas a volver a la cafetería —no era una pregunta.

—No.

— ¿Por qué?

—Es lo mejor.

— ¡Deja de repetir eso! —exclamó—. Será lo mejor para ti porque al final te habrás librado de mí, pero ¿qué pasa conmigo? ¿Lo que yo sienta no importa?

Entonces sí que no entendí qué estaba pasando. Yo lo último que quería era librarme de ella, pero no podía saberlo… Y por supuesto que me importaba lo que sentía, pero no estaba bien. Fuera lo que fuera, por mí no tenía que sentir nada. No era yo la persona en la que debía estar interesada.

—No es eso… Pero es complicado, Alice. No se trata de ti y de mí.

— ¿Ah, no? ¿No ha sido siempre así? ¿No ha sido así desde que entraste por primera vez en la cafetería? ¿Desde que me llevaste a casa? ¿Desde que cenamos juntos?

—Mira, Alice…

—Si no sientes nada por mí dímelo claro, por favor. Así me ahorro el ridículo que ya estoy haciendo. Aunque si me dices que no sientes nada por mí me va a costar creerte, porque sí, quizá soy una ingenua en esto y… —se encogió de hombros y fue entonces cuando me di cuenta de lo nerviosa que estaba—. Pero sé que hay algo. No sé si en ti, pero sí en mí. Y quiero averiguar qué es. Por eso… si te pasa algo parecido… dímelo e intentaremos… averiguarlo juntos.

A pesar de la vergüenza que supe que sentía me miró a los ojos, y pude notar sus mejillas sonrojadas y su respiración agitada. Era tan valiente… mucho más valiente que yo. Pero el tenerla frente a mí, tan vulnerable y poderosa a la vez, me mataba y me atraía como un imán. Por eso, sin ser demasiado consciente de lo que hacía, me puse en pie, y por primera vez advertí que era mucho más alto que ella, quien también se dio cuenta de aquel detalle. A medida que me fui acercando Alice fue alzando el rostro para poder seguir mirándome. Nunca había estado tan cerca de ella, al menos no de pie, y me percaté de que su frente apenas llegaba a mi barbilla. Era tan pequeña y tenía tanto dentro de ella… tantas cosas que me moría por descubrir y que ella me estaba ofreciendo con solo mirarme…

Las puntas de nuestros pies chocaron pero ninguno de los dos le prestó atención a ese detalle. Sus ojos me habían atrapado y me estaban condenando a permanecer para siempre anclado en ellos, pero ya no me importaba. Algo me decía que estaba mal, que no podía ir más allá, pero la tentación y las palabras de Alice me impedían echarme atrás. Y era consciente de que ella no me rechazaría, al contrario; no se apartó cuando agaché la cabeza y nuestras frentes quedaron unidas. Solo cerró los ojos durante un instante para volver a abrirlos cuando hablé:

—Alice… esto es un error —el último resquicio de cordura apareció en aquel instante, pero se disolvió cuando ella cubrió mis labios con sus dedos.

—Si no quieres esto dímelo ahora y… me iré. Es muy sencillo —susurró con los ojos brillantes, preciosos y llenos de vida.

Quise gritarle que no lo era, que aquella situación era de todo menos sencilla, pero me tenía cautivado. Además, ya había frenado mis instintos durante mucho tiempo, no podía continuar haciéndolo. Ella apartó sus dedos de mis labios y me miró, expectante. Lo único que fui capaz de hacer fue cubrir sus labios con los míos y rodear su cuerpo con mis brazos, apretándola contra mí con fuerza. Alice cerró los ojos de nuevo y se puso de puntillas para poder rodear mi cuello con sus brazos, enredando sus dedos en mi pelo.

Era tan cálida y tan receptiva… Se dejaba besar y a la vez quería besarme con las mismas ansias que me invadían a mí, recorriendo mis labios con los suyos y pegándome a su boca sin darme la opción de hacer nada más. Y no había nada más que quisiera hacer. Mis manos se deslizaron por su cintura y sus caderas, donde se unieron para apretarla todavía más a mí, haciéndola gemir y respirar jadeante cuando nos separamos. Durante unos instantes simplemente nos miramos con los labios hinchados, las mejillas sonrojadas y las respiraciones agitadas. Ella llevó una de sus manos a mi mejilla y la acarició con suavidad justo antes de volver a besarme, con algo más de calma esa vez. Me besó los labios, la comisura, la barbilla y bajó hasta el cuello, haciéndome echar la cabeza hacia atrás y cerrar los ojos con fuerza. Desde luego Alice era más fuerte que yo, que no aguantaría mucho más si continuábamos de ese modo.

Sus manos se deslizaron por mis hombros y mi pecho justo antes de volver a rodearme con sus brazos, instándome a besarla otra vez. No podía resistirme, su sabor era adictivo y sus labios me volvían loco, por lo que, sin pensármelo dos veces, la sujeté por los glúteos y la alcé, obligándola a rodear mi cintura con sus piernas. Caminé casi a trompicones por el piso hasta mi habitación, y una vez allí la dejé en la cama, situándome encima de ella. Volvimos a mirarnos, ella asegurándose de que no me iba a echar atrás y yo olvidándome de todo excepto de la mujer que tenía debajo.

—Eres tan bonita —le dije acariciándole la mejilla con un dedo, como si temiera que todo fuera un sueño y Alice estuviese a punto de desvanecerse.

Ella solo sonrió con timidez y se mordió el labio inferior, llevando sus manos a mi nuca y pidiéndome en silencio que la besara. No iba a negarme, desde luego. Recorrí sus labios con los míos y les di suaves mordiscos hasta que la pasión volvió a encendernos y nuestro beso se profundizó. Nuestras lenguas se encontraron y batallaron juntas hasta que sentí que me faltaba el aire y me separé de ella, lapso de tiempo que usé para quitarle la chaqueta. Alice me imitó y me desabrochó la camisa sin ningún cuidado, despojándome después de la camiseta de interior que llevaba hasta que estuve desnudo de cintura para arriba. No quise quedarme atrás, por lo que la hice levantar los brazos y le quité la blusa azul con rapidez para después desabrocharle los pantalones. Ella se rio e hizo lo mismo conmigo hasta que ambos nos quedamos simplemente en ropa interior.

Tal como había dicho, la lencería femenina sí que me interesaba, y la que Alice llevaba era simplemente deliciosa. Aquel sostén y las braguitas de encaje de color azul oscuro contrastaban tan bien con su piel clara salpicada de algunos lunares que pensé que me iba a dar un ataque al corazón. Me tomé mi tiempo para observarla, pues era una mujer digna de ser contemplada. Era delgada, pero no demasiado; a mí las mujeres huesudas no me llamaban la atención en absoluto. Tenía las extremidades elegantes y unas piernas que, si bien no eran muy largas, eran preciosas y gráciles. Sus pechos no eran grandes en exceso, pero llenaban a la perfección el sostén y temí no poder apartar la mirada de ellos, por lo que me decidí de una vez y volví a besarla, rodeando su cuerpo con mis brazos.

Ella me acarició los hombros, el cabello y la espalda, y rodeó mi cintura con sus piernas, pegándome a ella y volviéndome casi loco. Llevé mis labios a su cuello y lo recorrí por entero haciéndola jadear. La sentí estremecerse cuando besé su clavícula y descubrí un lunar la mar de interesante justo encima de su pecho izquierdo. Mis manos se deslizaron por su espalda y desabroché su sujetador con un movimiento sutil. En menos de un segundo la tuve desnuda de cintura para arriba, dispuesto a disfrutar de su piel y de su placer.

Cubrí sus pechos desnudos con mis manos y los acaricié suavemente mientras continuaba deleitándome con el sabor de su clavícula. Finalmente mis labios se posaron donde antes habían estado mis manos y la sentí arquearse contra mí, jadeando mi nombre y apretando sus dedos en mi cabello. Era una delicia, tan cálida, tan suave y tan receptiva… Me hacía sentir renovado y vivo, como ninguna otra mujer lo había hecho antes. Mis labios continuaron su recorrido hacia abajo, pero Alice no me lo permitió y, con un movimiento que me descolocó, consiguió darnos la vuelta y dejarme debajo de ella. Una vez estuvo sobre mí me instó a sentarme y me abrazó, por lo que nuestros torsos quedaron pegados mientras volvía a besarme. Llevó sus manos a mis mejillas y me acarició la barbilla sin afeitar para después continuar por mi cuello, mis hombros y mi pecho. Me encantaba besarla y que me besara; tenía la sensación de que jamás lograría saciarme de ella y que cuanto más recorriera sus labios más falta me harían después.

Alice me besó el cuello y el pecho mientras sus manos jugaban con la cinturilla de mis calzoncillos. Sin más miramientos me los quitó y yo, sorprendido, decidí hacer lo propio con sus braguitas. Lo justo era que estuviésemos en igualdad de condiciones. Cuando volvió a colocarse sobre mí acercó su rostro al mío muy lentamente, aprovechando ese instante para mirarme a los ojos, como si quisiera grabar cada matiz de mi cara en su mente. Yo hice lo mismo simplemente porque podía y porque tenía la sensación de que quizá nunca más volvería a tenerla tan cerca. Sus labios cubrieron los míos sin el ansia de antes, todo lo contrario. Su toque fue suave como el de una pluma y eso, lejos de molestarme, me excitó todavía más.

Deslizó sus manos por mi torso de nuevo, por mi abdomen y más abajo, hasta que llegó a mi erección y la acarició suavemente, haciéndome cerrar los ojos y apretar el agarre que tenía en sus caderas, clavando mis dedos en su piel como si fueran garras. No aguantaría mucho más, por lo que llevé una de mis manos a su nuca y la besé con voracidad, intentando por todos los medios soportar aquel asalto. No quería ser yo el único que recibiera placer, así que deslicé la mano que tenía en su cadera por su piel hasta que llegué a sus muslos y la introduje entre ellos, acariciándola con delicadeza aunque también con intensidad. Alice cerró los ojos y se separó de mi boca lo justo para llenar sus pulmones de aire pero, tal como me pasaba a mí, este no era suficiente. Las sensaciones que me invadían no eran nuevas para mí, claro, e imaginaba que para ella tampoco, lo que sí era nuevo era la intensidad con la que las percibía. El placer se había multiplicado por mil y mi cuerpo no hacía más que temblar y demandar más, pues era plenamente consciente de que la necesitaba y de que me moriría si no la tenía. En un momento de lucidez alejé mis manos de su cuerpo haciéndola protestar:

—No —masculló con la voz entrecortada, llevando sus manos a mis hombros.

—Necesito un preservativo —le expliqué moviéndome hasta que pude abrir el cajón de la mesita de noche. Saqué la caja entera, solo por si acaso, cogí uno y me lo coloqué con algo de prisa, temeroso de no poder más.

Cuando estuve de nuevo acomodado en la cama, Alice volvió a colocarse sobre mí. Rodeé su cuerpo con mis brazos, pegando su torso al mío y, poco a poco, me introduje en ella despacio, queriendo saborear la sensación en toda su plenitud. Ella empezó a respirar agitadamente de nuevo y me clavó las uñas en los hombros, echando la cabeza hacia atrás en completo abandono. Volví a besar su cuello y sus pechos y, sin querer esperar más empecé a moverme, instándola a hacerlo también. Lo hice lentamente al principio, pero no podía aguantar más, por lo que empecé a empujar con más fuerza a medida que el placer fue haciéndose más y más insoportable. Hundí el rostro en el pecho de Alice y ella apoyó su barbilla en mi cabeza, moviéndose contra mí al mismo ritmo que yo lo hacía contra ella, pegados el uno al otro totalmente y abandonados por completo al placer.

El orgasmo no tardó en arrollar a Alice, que casi gritó y hundió aún más las uñas en mi piel. Al sentir la reacción de su cuerpo lo único que pude hacer fue seguirla con un gruñido, apretándola con todas mis fuerzas contra mí, sin pensar que lo más seguro era que le estuviera haciendo daño. No sé cuánto tiempo pasamos abrazados, sin movernos ni un ápice, pero cuando empecé a recobrar los sentidos me di cuenta de que ambos estábamos empapados en sudor y temblando. Levanté la cabeza poco a poco y me encontré con el rostro de Alice a escasos centímetros del mío, con los ojos brillantes y el cabello y la piel mojados. Con un suspiro apoyó su frente en mi hombro y se relajó totalmente, quedando sus músculos flácidos. Lo único que pude hacer fue continuar abrazándola, sintiéndolo contra mí, sin estar seguro de las consecuencias de lo que acabábamos de hacer.


Buenoooooo, ahora sí que sí, señores. AHORA SÍ QUE SÍ. Perdón por la exclamación pero tenía que hacerla, jajaja. ¿Os esperábais que pasara esto? ¿Qué os parece que haya pasado? La verdad es que yo no sabía qué hacer en esta parte y me dije: bah, de perdidos al río xD

Espero que os haya gustado este capítulo mucho, mucho (que no condenéis a Jasper, siempre os digo lo mismo pero en esta historia va muy perdido, jajaja) y que me lo digáis con muchos reviews. Aparte de eso espero que no haya quedado muy vulgar ni nada, ya sabéis que esa es mi mayor preocupación U_U ¿Nos leemos el sábado?

XoXo