7

Alohomora

(Apertura)

Habían recorrido solo un tramo de uno de los pasillos, pero debía admitir que seguían perdidos. La casa de los Malfoy era mucho más grande de lo que parecía.

Lograron escapar de la celda en la que Pettigrew los había puesto, gracias a que el muy tonto había intentado castigarlos dentro del mismo calabozo con la celda abierta. Ron había sido lo suficientemente ágil para evitar el hechizo y acercarse a la espalda de Pettigrew e inmovilizarlo con una maniobra que Harry jamás creyó ver realizar a su mejor amigo, la cual le recordó a una llave de agarre de lucha libre. Quizás había sido fruto de todos esos años de tener que defenderse de sus hermanos mayores, pero sin poder detenerse a pensar mucho en ello, aprovechó la oportunidad y desarmó al mortífago con sus propias manos, arrancándole la varita y dirigiéndole un certero Desmaius hacía su cuerpo, lo que produjo que Pettigrew cayera inconsciente de manera extraña sobre el suelo...

-¡Esta casa es un maldito laberinto! –soltó Ron con desesperación, mientras continuaban echando un vistazo a cada puerta y vano que encontraban a su paso, con la esperanza de encontrar la salida.

Harry no respondió. Sabía que quería llegar a Hermione tan rápido como él mismo. A pesar de aguzar el oído en busca de señales de discusión o pelea, no pudo escuchar nada que no fueran los pasos apresurados de ambos sobre el frío y pulido piso de mármol.

Súbitamente, en algún lugar ni cerca ni lejos, escuchó un sonido que le pareció familiar. Al percibir aquello, se detuvo abruptamente haciendo que Ron chocara con él y soltara una palabrota, denotando su sorpresa.

-¿Viste algo? –preguntó Ron de inmediato, escudriñándolo con la mirada, creyendo que había tenido una visión.

-No, pero escuché algo. Viene de allá.

Dejó que sus piernas lo dirigieran a donde sabía que tenía que ir. De alguna forma sentía la presencia de algo maligno, pero aquello no lo detuvo. La necesidad de encontrar lo que fuera que estuviera produciendo el peculiar sonido se fue haciendo más intenso con cada paso que daba. ¿Acaso Ron no podía escucharlo?

El sonido de latidos débiles y casi metálicos se hacía cada vez más fuerte para Harry conforme avanzaban por el mismo pasillo que no parecía tener fin. Sintiendo a Ron seguir sus pasos, se paró frente a una puerta de roble marrón, similar al color del chocolate, que la diferenciaba de las demás. Harry no tardó en intentar girar el picaporte de plata, pero no tuvo éxito. Le dirigió una mirada de decisión a Ron, quien asintió levemente con la cabeza, dándole a entender que estaba preparado para lo que hubiera detrás de aquella puerta.

Con la varita de Colagusano en mano, Harry musitó un Alohomora que actuó como llave. El sonido distintivo del cerrojo le permitió saber que el hechizo había tenido éxito. Manteniendo la varita en alto, Harry y Ron abrieron la puerta con lentitud. Lo que vieron luego los dejó lo suficientemente desconcertados como para quedarse en el centro del cuarto y observar boquiabiertos a su alrededor.

La habitación lucía impecable, como si hubieran terminado de limpiar justo en ese momento cada centímetro, rincón y objeto que allí se encontraba. El color dominante de los muros era un tono verdoso inconfundible, que avocaba a la casa de Salazar Slytherin en Hogwarts. Lo que le daba un toque elegante y femenino, era los adornos de ramas con hojas que se extendían por todo lo largo y ancho de las paredes de manera grácil y un tanto despreocupada, en tonos más claros del mismo verde y algunas de un bello color plateado. Para asombro de Harry, las ramas se movían levemente, tal como hace un árbol al ser golpeado por una ligera brisa. Embelesado, se percató de que el cuarto era tan grande que había dos ventanas en ella, que daban hacia un vasto jardín que poseía un laberinto de arbustos hasta donde la vista podía alcanzar.

Además de una cama enorme que estaba descentrada y quedaba debajo de una de las ventanas, había numerosos libreros y muebles elegantes muy ornamentados y claramente antiguos, que hacían juego con la puerta. Había algunos estantes, repletos de libros de todos tamaños, empastados, colores y contenidos, al igual que un buró grande y un escritorio que terminaba por rematar la ventana sobrante. Por doquier, podían encontrarse distintos objetos que eran claramente decorativos, hechos de plata pura y la mayoría de ellos pequeños, colocados estratégicamente para crear un ambiente delicado. El más llamativo de estos, era un candelabro sencillo que reposaba en el centro del escritorio.

A Harry le dio un escalofrío cuando se dio cuenta de que había una frase escrita a un lado del candelabro, en la pared, con color claro y no muy legible que decía:

La magia es poder.

Sintió que su corazón dio un vuelco cuando leyó aquellas palabras y percibió algo familiar en el trazo, aunque no podía estar completamente seguro de conocer aquel tipo de letra, pues la frase había sido escrita de forma apresurada.

-Es de seda –dijo Ron rompiendo la tensión que se había formado en la habitación gracias a la incertidumbre. Harry lo miró justo cuando palpaba la cobija de la cama.

Vio a Ron dirigirse hacia la mesita de noche, abriendo uno de los cajones y sacando un cepillo para el cabello de plata que se encontraba en muy buenas condiciones.

-Y al parecer es la habitación de una chica –completó Harry acercándose a mirar el cepillo que Ron analizaba con el ceño fruncido.

Entonces, ambos se percataron de una fotografía que estaba sobre la mesita. Era una fotografía de los Malfoy, los tres con porte elegante y firme, dándole una ligera sonrisa de satisfacción a la cámara. La fotografía se movía, y Draco era el único que soltaba una risotada al final luego de haber permanecido serio durante escasos instantes.

-Pero no puede ser de una chica, Harry. Nadie vive aquí más que Draco y sus padres, ¿o no? –respondió Ron con algo de desconcierto reflejado en su rostro.

Harry estuvo a punto de responder, pero comenzó a escuchar el ligero latido de nuevo, solo que ahora percibió que estaba muy cerca de él. Giró a todos lados, con el afán de encarar el sonido.

Entonces lo encontró.

Una pequeña vitrina descansaba flotando en una de las esquinas más alejadas de la entrada, y no pudo evitar sentirse apenado por no haberlo visto antes. Dentro de ella, podía apreciarse una copa de oro sobre un pequeño cojín de color dorado brillante y detalles en tela negra que parecía de terciopelo. En conjunto, contrastaba armoniosamente por alguna extraña razón.

Dirigiéndose con paso lento hacia ella, se puso lo suficientemente cerca como para poder admirar la copa, sin tocarla. Entonces no pudo evitar sonreír y sentir la felicidad recorrer sus venas haciéndose parte de su sangre misma.

-¿Qué diablos es eso? –preguntó Ron un tanto temeroso, guardando su distancia de la vitrina flotante.

-Es la copa de Helga Hufflepuff… es uno de los horrocruxes. Lo hemos encontrado Ron. Tenemos uno más.