EL CUMPLEAÑOS
Subía emocionada por el ascensor con el gran ramo de flores que Bryan y Alice me habían traído. No sabía cómo se habían enterado de la hora en que hacía mi descanso pero el caso es que se habían presentado impacientes en la entrada de Cullen COOP. esperando a que bajara a recibirles. Tuve que despedirme de ellos mucho más temprano de lo que quería porque tenía que cumplir con mis obligaciones incluso el día de mi cumpleaños. Sí, hoy cumplía 24 años y Alice tenía algo preparado ya que no paraba de recordarme que estuviera en su casa a las nueve de la noche que quería hacer un maratón de películas conmigo. ¿Maratón de películas? Nadie podía tragarse eso teniendo en cuenta que era el día de mi cumpleaños y que venía de la boca de Alice Brandon.
Desde hacía un par de días la agenda del adonis Cullen estaba más llena que de costumbre. Estaba bastante segura de que los clientes habituales de la empresa no tenían tanta confianza en la empresa ahora que la dirigía uno de los hijos de Carlisle. Pero por lo que veía, esa desconfianza estaba siendo superada ya que en pocos días había tenido más trabajo que nunca. Quizás Edward era un capullo integral cuando trataba a las mujeres pero debía decir algo en su favor: era un gran profesional, Carlisle tenía razón, estaba perfectamente capacitado para ocupar su puesto. Incluso podía decir que lo hacía igual de bien que su padre.
"Srta. Swan, la necesito en mi despacho ahora"
La voz perfecta de Cullen me sacó de mis pensamientos. Me levanté sin pensármelo dos veces. Edward estaba tan mandón como de costumbre.
Di dos golpes de nudillos a la puerta de mi jefe y no me atreví a entrar hasta que dijo que pasara. Lo que ví al cruzar la puerta me dejó sin aliento. Edward se aflojaba la corbata mientras miraba concentrado, sin pestañear, su ordenador. Algo andaba mal, se podía ver desde lejos. Y yo, en lugar de preocuparme, solo podía concentrarme en él, en su maravilloso cuerpo, en como los tendones de sus manos se esforzaban para teclear un sinfín de palabras en su ordenador.
- Siéntese - dijó él con voz dura sin ni siquiera mirarme. Perfecto, estaba de mal humor.
Me dirigí hacia la silla sin hacer ruido e intentando no tropezar. ¿Por qué diablos estaba tan obsesionada con ese hombre? Se había llevado a la cama a media ciudad, si quisiera hacer lo mismo conmigo habría mostrado algo de interés. Definitivamente, me estaba volviendo loca de remate.
- ¿Qué ocurre? - me atreví a preguntar. No parecía tener ganas de hablar pero al fin y al cabo había sido él quien me había llamado. Dejó de teclear, me miró, sin decir nada. Sabía que su cabeza aún estaba concentrada en lo que fuese que lo tenía tan preocupado pero al menos se había girado a mirarme.
- Ha habido un problema con uno de mis clientes. Hay un error con uno de los papeles que pedían y ese error requiere una solución drástica - dijo, entrelazando sus manos.
- ¿Y qué puedo hacer yo? - pregunté. Su intensa mirada me estaba poniendo de los nervios, ¿por qué era tan exageradamente atractivo?
- Se trata de Lex Corporation, Srta. Swan - me quedé helada, no sabía exactamente qué había pasado pero sabía con total seguridad que se trataba de uno de nuestros clientes más importantes-. Mi padre lleva años pensando en comprar esa empresa pero estábamos esperando el momento oportuno para hacerlo cuando un maldito error lo ha echado todo a perder. No hace falta mencionar que el autor de este fallo ya está despedido - soltó una sonrisa de superioridad-. Esa empresa nos proporcionaría muchísimos ingresos... Tengo que poner remedio a esto.
- ¿Necesita que haga un par de llamadas o algo por el estilo? - pregunté. No entendía por qué me estaba explicando todo aquello, yo no podía hacer nada al respecto. Era como si intentara retenerme el más tiempo posible pero no quería hacerme ilusiones.
- No, necesito que me acompañes a Los Ángeles. Esta noche. - respondió con indiferencia. ¡¿Qué?! No podía acompañarle justamente hoy, Alice me mataría. No, no, no. Pero por otra parte, era su secretaría y debía hacerlo, Allyson había acompañado a Carlisle un par de veces por viajes de negocios. Supongo que yo tenía que hacer lo mismo.
- ¿Algún problema? - preguntó Edward pillándome desprevenida, seguramente había visto que algo no iba bien. Alice me mataría, me había recordado cien veces como mínimo que tenía que ir a su casa esta noche vestida dignamente. Ir vestida dignamente significaba para Alice llevar un vestido y sandalias, por lo menos, aunque ella era una fan incondicional de los zapatos de tacón y cada vez que me veía llevando este tipo de zapatos gritaba de alegría.
- Nada, señor. Es solo que esperaba tener un descanso durante el fin de semana - Edward frunció el ceño. No vayas por ahí Bella o tu jefe se arrepentirá de haber confiado en ti y haberte dado el trabajo de verdad, de jornada completa.- Además, hoy es mi cumpleaños y mi mejor amiga tenía algo grande planeado... - ¿por qué le estaba dando explicaciones? Cállate, Swan-. No es nada, te acompañaré. Es mi trabajo.
- No habría reservado vuelo para marcharnos hoy si no se tratara de una urgencia. El vuelo sale a las diez de la noche, mi chófer te vendrá a recoger a las ocho y media. No iremos en clase turista por si te lo preguntas - dijo él divertido. ¿Chófer? ¿Primera clase? Obviamente.
- Perfecto - respondí. Estaba sorprendida con lo bien que había reaccionado a la noticia, pero claro, aún me quedaba la peor parte; decírselo a Alice.
Me levanté dispuesta a irme aunque él aún no me había dado indicaciones para que me fuera. No se trataba de mi dueño, lo tenía que tratar con respeto pero tampoco debía ser su perrito faldero. Además, su belleza me estaba volviendo loca, necesitaba salir de ahí cuanto antes, no quería hacer algo demasiado arriesgado. Contrólate, Bella.
- Srta. Swan - me giré-. Lamento haber fastidiado sus planes - Sonreí asintiendo. ¿Seguro que lo lamentaba? ¿Desde cuándo tenía compasión por la gente que lo rodeaba?-. Y feliz cumpleaños- añadió dedicándome su sonrisa torcida y arrebatadoramente sexy. Le miré alumbrada.
- Gracias, Sr. Cullen - respondí educadamente y salí de ahí. ¿Por qué me ponía tan nerviosa estar cerca de Edward pero a él no parecía afectarle ni una pizca mi presencia?
Tenía que decirle cuanto antes a Alice que lo que fuera que estuviera preparando tenía que pararse al menos hasta que volviera de LA. Me aseguré de dejar la agenda y los papeles de Edward al día antes de hacer la llamada. Me esperaba lo peor. Alice odiaba que algo no le saliese como lo previsto.
- No podré ir a tu casa esta noche – le dije a Alice a través de mi móvil.
- ¡¿Qué?! ¡No! ¿Es una broma? No estoy de humor para bromas, Bells. ¡¿Qué ha pasado?! – gritó mi mejor amiga. Estaba muy enfadada.
- Edward y yo tenemos que irnos a Los Ángeles esta misma noche porque ha habido no sé exactamente qué error con uno de sus clientes y tiene que ir personalmente – dije atropelladamente, no me gustaba darle malas noticias a Alice.
- Pues que vaya él solo, ¿no es mayorcito ya? ¿Cuántos años tiene? ¿27? Creo que tiene edad para viajar solo en el avión – dijo Alice escupiendo las palabras. Si no estuviésemos discutiendo me hubiese reído. Sí, con veintisiete años es lo bastante mayor para ir solo en el avión.
- Soy su secretaria, Alice. Debo ir. No me hagas esto, me he quedado como una piedra cuando me ha dicho que tendríamos que irnos justamente hoy. Lo siento, es muy urgente. Ya haremos ese maratón de películas cuando vuelva - sonreí-. Además, yo quiero regalos – dije irónicamente. Alice sabía más que nadie que odiaba los regalos y por eso se puso a reír, pero no era su risa feliz de siempre, esta vez se trataba de su risa nerviosa.
Dio un largo suspiro antes de responder:
- Vale, vale, entendido. Ese jefe que tienes, que por cierto tiene solo tres años más que tú, necesita ir acompañado- susurró, su humor había mejorado. Yo me reí en respuesta.
- Nos veremos cuando vuelva, Alice. Espero que el domingo ya esté de vuelta – dije. Mierda, ¿cuánto tiempo tendría que estar en esa ciudad con él?
- Espero por el bien de tu jefe cañón que el domingo tenga tu bonito culo en Nueva York – respondió, se estaba divirtiendo con esto.
- Lo que tú digas, nos vemos pronto – me despedí.
- Sé buena, Bells – dijo ella antes de colgarme. ¿Sé buena? No, Alice, tirarme a mi jefe no estaba dentro de mis planes aunque hubiera pensado en hacerlo más de una vez, y dos y tres… Vale, muchas veces.
Edward me dejó ir a casa media hora antes de lo habitual para que pudiera ir a preparar mi equipaje. ¿Se estaba volviendo amable? Qué novedad. Cuando llegué a mi casa, me puse a hacer la maleta. Charlie estaba claramente decepcionado, me dijo que quería pasar la noche y el fin de semana con su hija. Cada vez tenía más claro que Alice había montado una fiesta sorpresa. Charlie insistió en darme su regalo antes de irme pero tuve que negarme más de una vez, le dije que este viaje sería un paréntesis y que ya me daría el regalo cuando volviese.
A las ocho y media en punto, alguien llamó al timbre. Me despedí de Charlie no antes de desearme tropecientas mil veces que tuviera un buen viaje y que acabara de tener un buen día de cumpleaños. Cuando salí, me sorprendió ver que un Lamborghini Gallardo estaba estacionado justo delante de mi casa. Nunca me acostumbraría a estos lujos. Al salir, el chófer de Edward, Liam, me dio las buenas noches y me indicó que me sentara en el asiento trasero, al lado de Edward. ¿Al lado de Edward? Mierda.
El embriagador aroma de Edward me golpeó por completo al sentarme a su lado. Madre mía, se me iba a hacer largo el camino hacia el aeropuerto. Cada vez que se tocaba el pelo mi pulso se disparaba. Notaba una creciente electricidad entre nosotros dos, nunca habíamos estado tan cerca y no estaba segura de poderlo soportar durante mucho tiempo. Esperaba que no notara lo tensa que estaba. ¿Cómo podía desear tanto a este hombre? Por suerte, llegamos al aeropuerto sin que hiciera algo estúpido.
Me quedé alucinada con los lujos que había en primera clase. Los asientos eran mucho más sofisticados y cómodos que los de clase turista, había una tele delante de cada asiento, mesas por si queríamos pedir comida, había incluso camas que parecían comodísimas y había algunas chicas ligeras de ropa situadas en los extremos, parecían masajistas o algo por el estilo. Yo no pertenecía a ese lugar, yo debería estar en clase turista quejándome porqué el pasajero de delante de mí estaba durmiendo con el asiento demasiado tumbado.
Edward se sentó a mi lado, aunque no comentamos nada en especial. Me preguntó si quería algo de comer o beber, que invitada él, obviamente. Le dije que no, estar a su lado me cerraba el estómago de una manera que nunca hubiese creído posible, tenía hambre, pero no de comida precisamente. Él hizo caso omiso a mis palabras y pidió un par de copas de un vino blanco carísimo.
- Por Cullen COOP. – dijo sosteniendo la copa en alto. ¿Quería que brindásemos ahora, por la empresa?
- Por Cullen COOP. – repetí. Juntamos las copas para hacer el brindis y nos tocamos sin querer. Las mariposas de mi estómago empezaron a hacer acto de presencia y sentí otra vez la descarga eléctrica. Él se limitó a mirarme durante unos segundos antes de llevar la copa a sus perfectos labios. Después de terminar la mía, me puse a mirar la tele mientras Edward observaba pensativo algún punto del avión.
Estaba mirando un programa de humor sin una pizca de gracia hasta que algo a mi derecha me obligó a dejar de prestar atención a la televisión. La enfermera del hospital que le había puesto la lengua hasta los pulmones a mi jefe estaba al lado de Edward, susurrándole algo al oído. Me entraron tremendas ganas de vomitar. ¿Qué se creía? Esperaba que Edward se acordara de lo que le dije en el hospital y no hiciera caso al intento de coqueteo de la enferma.
- Ahora vengo – me susurró Edward para mi sorpresa. Yo le fulminé con la mirada. Que hiciera lo que quisiera con sus mujeres, pero no delante de mí. Se levantó tan elegantemente como siempre y me dejó sola delante del estúpido programa. Cerré la tele y me puse a escuchar música con mi iPod. Qué asco.
Edward volvió al cabo de unos veinte minutos. Los dos salieron del baño de mujeres, la descomunal rubia parecía un poco enfurruñada, me reí por dentro, quizás Edward no era tan bueno haciendo lo que estaba segura que habían hecho en el baño como decían. En cambio, Edward salió con una sonrisa triunfal. ¿Se trataba de una broma? Ya no aguantaba más, le iba a decir que mi trabajo como secretaria no era mirar cómo se llevaba a la cama a toda mujer que pasaba por delante de él. ¿No estaba muy preocupado por lo de Lex Corporation? Pues no lo parecía.
Espero que no os ponga de los nervios Edward y también espero que os guuste:)
PD: Todos los nombres de los clientes y sus empresas son inventados.
xx
