(La historia no me pertenece es propiedad de Sarah J. Maas, la traducción tampoco me pertenece, le pertenece a Traducciones Independientes y los personajes de Candy Candy le pertenecen a Mizuki e Igarashi)

*nota: si están inconformes con que utilice su traducción, favor de avisarme.

Capitulo 6.

La persona fuera de la biblioteca probablemente no tenía nada que ver con el rey, Candy se dijo a sí misma mientras caminaba, sin correr aún, por el pasillo hacia su cuarto. Había un montón de gente extraña en un castillo tan grande e, incluso aunque raramente vieron otra alma en la biblioteca, quizás solo algunas personas… deseaban ir a allí solos. Y sin ser identificados. En una corte donde la lectura estaba tan fuera de moda, tal vez solo era algún cortesano tratando de esconder un amor apasionado por los libros de sus amigos burlones.

Algún cortesano animalístico, misterioso. Quien había causado el brillo de su amuleto.

Candy entró a su habitación justo cuando el eclipse lunar estaba comenzando, y gimió. —Por supuesto que hay un eclipse— se quejó, volviendo desde las puertas del balcón y acercándose a la tapicería a lo largo de la pared.

Y aunque ella no quería, a pesar de que esperaba nunca ver a Elena otra vez… necesitaba respuestas.

Tal vez la reina muerta se reiría de ella, le diría que no era nada. Por los dioses del cielo, esperaba que Elena dijera eso, porque si no…

Candy sacudió la cabeza y echo un vistazo a Ligera.

— ¿Te importaría acompañarme?

La perra, como si sintiera lo que estaba a punto de hacer, hizo un buen espectáculo dando círculos en la cama y enrollándose con una rabieta. —Ya me lo imaginaba.

En cuestión de segundos, Candy empujó la cómoda desde su lugar frente al tapiz que ocultaba la puerta secreta, agarró una vela, y comenzó a bajar, bajar, bajar las olvidadas escaleras que daban al rellano más allá.

Los tres arcos de piedra la recibieron. El que se encontraba en el extremo izquierdo daba a un pasaje que permitía espiar la gran sala.

El del centro llevaba a las cloacas y a la salida oculta que quizás algún día podría salvar su vida. Y el de la derecha… ese conducía hasta la olvidada tumba de la Antigua reina.

Mientras caminaba hacia la tumba, no se atrevió a mirar hacia el rellano donde había descubierto a Neil convocando al Ridderak de otro mundo, incluso aunque los restos de la puerta que la criatura había destrozado aún llenaban las escaleras. Había agujeros en la pared de piedra atreves de la que el Ridderak se había venido a estrellar, persiguiéndola hacia la tumba, hasta que había apenas alcanzado a Damaris, la espada del rey , muerto hace tanto tiempo, Gavin, a tiempo para matar al monstruo.

Candy echó un vistazo a su mano, donde un anillo de cicatrices blancas punzaba su mano y rodeaba su pulgar.

Si Annie no la hubiera encontrado aquella noche, el veneno de la mordida del Ridderak la habría matado.

Al fin, alcanzó el fondo de la escalera de caracol y se encontró a si misma mirando fijamente el llamador de bronce con forma de calavera en su centro.

Quizás esto no había sido una buena idea. Quizás las respuestas no valían la pena.

Debía volver arriba. Pensándolo bien, esto solo podría ser malo.

Elena había parecido satisfecha de que Candy haya obedecido su orden de convertirse en Campeona del rey, pero si ella se lo señalaba, entonces solo se vería como que estaba dispuesta a hacer otra de las tareas de Elena. Y el Wyrd sabía que tenía suficiente en sus manos ahora mismo.

Incluso si esa, esa cosa en el pasillo justo ahora no había parecido amistosa.

El llamador de cráneo parecía sonreírle, sus ojos hundidos aburridos en los de ella.

Por los dioses del cielo, ella debía solo irse.

Pero sus dedos de alguna manera estaban alcanzando el picaporte, como si una mano invisible la estuviera guiando-

— ¿No vas a llamar?

Candy saltó hacia atrás, con una daga en su mano y posicionada para derramar sangre mientras se presionaba a sí misma contra la pared. Era imposible, debió de haberlo imaginado.

El llamador de cráneo había hablado. Su boca se había movido arriba y abajo.

Si, era verdadera, absoluta, e innegablemente imposible. Mucho más improbable que cualquier cosa que Elena haya alguna vez dicho o hecho.

Mirándola fijamente con sus brillantes ojos de metal, la calavera de bronce chasqueó su lengua. Tenía una lengua.

Tal vez se había resbalado de las escaleras y golpeado la cabeza con las piedras. Eso tenía más sentido que esto.

Una interminable, asquerosa corriente de maldiciones comenzó a fluir a través de su cabeza, una más vulgar que la otra mientras miraba boquiabierta al llamador.

—Oh, no seas tan patética. — El cráneo resopló, sus ojos estrechándose. — Estoy atado a esta puerta. No puedo hacerte daño.

—Pero tú eres…—Tragó duro—…mágico.

Era imposible, debía ser imposible. La magia se había ido, desapareció de la tierra hacia diez años, antes siquiera de que fuera declarada ilegal por el rey.

—Todo en este mundo es mágico. Te agradezco amablemente por decir lo obvio.

Candy calmó su tambaleante mente lo suficiente para decir —Pero la magia ya no funciona.

—La nueva magia no. Pero el rey no puede borrar viejos hechizos hechos con poderes más viejos, como las marcas del Wyrd. Esos antiguos hechizos siguen permaneciendo, especialmente aquellos que infunden vida.

— ¿Tú estás… vivo?

El llamador rio entre dientes. — ¿Vivo? Estoy hecho de bronce. No respiro, no como ni bebo. Así que no, no estoy vivo. Tampoco estoy muerto, para el caso. Simplemente existo.

Ella contempló el pequeño llamador. No era más grande que su puño.

—Tú deberías disculparte— dijo. —No tienes idea de cuán escandalosa y molesta has sido estos pasados par de meses, con toda tu marcha aquí abajo y matanza viles bestias. Guardé silencio hasta que creí que habías presenciado suficientes cosas extrañas como para poder aceptar mi existencia. Pero al parecer, voy a ser decepcionado.

Con sus manos temblando, envainó su daga y puso abajo su vela. —Estoy tan contenta de que finalmente me encontraras digna de hablar contigo.

El cráneo de bronce cerró sus ojos. El cráneo tenía parpados. ¿Cómo no lo había notado antes? — ¿Por qué debería hablar con alguien que no tiene la cortesía de saludarme, o siquiera llamar?

Candy tomó una respiración calmante y miró la puerta. Las piedras del umbral todavía tenían marcas de donde el Ridderak había pasado. — ¿Está allí?

— ¿Quién está ahí?— Dijo tímidamente el cráneo.

—Elena, la reina.

—Por supuesto que está. Ha estado allí durante mil años—. Los ojos de la calavera parecían brillar.

—No te burles de mí. O te sacare de esta puerta y te fundiré.

—Ni siquiera el hombre más fuerte del mundo me podría sacar de esta puerta. El propio rey Brannon me puso aquí para vigilar su tumba.

— ¿Eres tan viejo?

El cráneo resopló. —Que insensible de tu parte insultarme sobre mi edad.

Candy cruzó sus brazos. Tonterías, la magia siempre llevaba a tonterías como esta. — ¿Cómo te llamas?

— ¿Cómo te llamas ?

—Candy White, — le soltó.

El cráneo ladró una risa. —Oh, ¡eso es muy gracioso! ¡Lo más gracioso que he escuchado en siglos!

—Cierra la boca.

—Mi nombre es Mort, si debes saberlo.

Candy recogió la vela. — ¿Puedo esperar que todos nuestros encuentros sean tan agradables como este?— Alcanzó la manija de la puerta.

— ¿No vas a llamar, después de todo esto? Realmente no tienes modales.

Usó todo su autocontrol para evitar machacar su pequeña cara cuando dio tres golpes innecesariamente fuertes a la puerta de madera.

Mort sonrió burlonamente cuando la puerta se abrió silenciosamente. —Candy White, — se dijo a sí mismo y comenzó a reír otra vez. Candy siseó en su dirección y pateó la puerta cerrada.

La tumba estaba tenue con la luz brumosa, y Candy se acercó a la rejilla a través de la cual se vertía, trasportada desde la superficie por un eje cubierto de plata. Normalmente era más brillante aquí, pero el eclipse en curso hacía a la tumba cada vez más tenebrosa.

Se detuvo no muy lejos del umbral, colocó la vela sobre el piso y se encontró mirando a, a la nada.

Elena no estaba allí.

— ¿Hola?

Mort se rió entre dientes desde la puerta.

Candy hizo rodar sus ojos y volvió a abrir la puerta. Por supuesto.

Elena no estaría realmente ahí cuando ella tenía una pregunta importante.

Por supuesto solo tendría algo como Mort a quién hablarle. Por supuesto, por supuesto, por supuesto.

— ¿Va a venir esta noche?— Candy demandó.

—No, — dijo Mort simplemente, como si ya debería haberlo sabido. —Ella casi se quema a sí misma ayudándote estos meses pasados...

— ¿Qué? Entonces se ha… ¿ido?

—Por el momento, hasta que recobre su fuerza.

Candy cruzó sus brazos, tomando un largo, largo aliento. La cámara parecía igual a como había sido la última vez que había estado aquí. Dos sarcófagos de piedra en el centro, uno representando a Gavin, esposo de Elena y el primer Rey de Adarlan, y el Segundo a Elena, ambos con una calidad sorprendentemente realista. El cabello plateado de Elena se derramaba al lado del ataúd, interrumpido solamente por la corona en la cima de su cabeza y las orejas delicadamente puntiagudas que la marcaban como mitad humana-mitad hada.

La atención de Candy se demoró en las palabras grabadas a los pies de Elena: ¡Ah! ¡La grieta del tiempo!

Brannon, el padre de Elena, sin mencionar el primer Rey de Terrasen, había tallado las palabras él mismo en el sarcófago.

La tumba entera era extraña, de hecho. Las estrellas habían sido talladas en el suelo y los árboles y las flores adornaban el techo arqueado. Las paredes estaban todas grabadas con marcas del Wyrd, los antiguos símbolos que podían utilizarse para acceder a un poder que aún funcionaba, un poder que Annie y su familia habían mantenido en secreto, hasta que Neil de alguna manera logró dominarlo.

Si el rey alguna vez aprendía de su poder, si supiera que podría invocar criaturas como Neil había hecho, podría soltar un mal interminable sobre Erilea.

Y sus planes serían aún más mortales.

—Pero Elena si me dijo que si te dignabas a venir aquí de nuevo, —Mort dijo, —Tenía un mensaje para ti.

Candy tenía la sensación de estar parada frente a una ola creciente, esperando, esperando, esperando a romperse.

Podía esperar, el mensaje podía esperar, la carga venidera podía esperar, por otro momento o dos de libertad. Caminó hasta la parte posterior de la tumba, que había sido amontonada con joyas y oro y troncos rebosantes de tesoros.

Ante todo se desplegaba un traje de armadura y Damaris, la legendaria espada del rey Gavin. Su empuñadura era de oro plateado, y tenía poca ornamentación excepto por una perilla en forma de ojo. No había ninguna joya en la cuenca, solo un vacío anillo de oro. Algunas leyendas clamaban que cuando Gavin empuñaba a Damaris, el solo veía la verdad, y que por eso había sido coronado rey. O alguna tontería como esa.

La vaina de Damaris estaba decorada con algunas marcas el Wyrd. Todo parecía estar conectado con esos malditos símbolos. Candy frunció el ceño y examinó la armadura del rey. Todavía tenía arañazos y hendiduras en su superficie de oro. De batallas, sin duda. Tal vez incluso la lucha con Erawan, el señor oscuro que había encabezado un ejército de demonios y muertos contra el continente cuando los reinos eran poco más que territorios en guerra.

Elena había dicho que fue una guerrera, también. Pero su armadura no se veía por ninguna parte. ¿Dónde había ido? Probablemente yacía olvidada en un castillo, en algún lugar de los reinos.

Olvidada. Del mismo modo la leyenda había reducido a la feroz princesa guerrera a no más que una damisela en una torre, a quien Gavin había rescatado.

—No ha terminado, ¿No es así?— Candy preguntó por fin a Mort.

—No, — dio Mort, más calmado de lo que había estado. Esto era lo que Candy había estado temiendo por semanas, por meses.

La luz de luna en la tumba estaba desvaneciéndose. Pronto el eclipse estaría completo, y la tumba estaría en penumbras, salvo por la vela.

—Entonces, escuchemos su mensaje, — dijo Candy, suspirando.

Mort aclaró su garganta y dijo en una voz que inquietantemente sonó como la de la reina: —Si pudiera dejarte en paz, lo haría. Pero has vivido tu vida consciente de que nunca escaparás de ciertas cargas. Te guste o no, estás atada al destino de este mundo. Como la Campeona del rey, ahora estás en una posición de poder, y puedes hacer una diferencia en la vida de muchos—. El estómago de Candy dio un vuelco.

—Neil y el Ridderak fueron solo el principio de lo que amenaza a Erilea, —Mort dijo, las palabras haciendo eco en la tumba. —Hay un poder mucho más mortal allí a punto de devorar el mundo.

—Y yo tengo que encontrarlo, ¿supongo?—

—Sí. Habrá pistas que te llevarán a él. Señales que debes seguir. Negarse a matar a los objetivos del rey es solo el primer y más pequeño paso.

Candy miró hacia el techo, como su pudiera ver a través de la superficie tallada con árboles a la biblioteca muy, muy arriba. —Vi a alguien en el pasillo del Castillo esta noche. Algo. Hizo que el amuleto brillara.

— ¿Humano?— preguntó Mort, sonando resignadamente intrigado.

—No lo sé, — Admitió Candy. —No se sentía de esa manera. — Cerró sus ojos, tomando un estabilizante respiro. Había estado esperando por esto, durante meses. —Todo está conectado con el rey, ¿verdad? ¿Todas estas horribles cosas? Incluso la orden de Elena, es acerca de encontrar cualquiera que sea el poder que él tiene, la amenaza que representa.

—Tú ya sabes la respuesta a eso.

Su corazón retumbó, con temor, enojo, no lo sabía. —Si ella es tan condenadamente ponderosa y sabe tanto, entonces puede ir a buscar la fuente de poder del rey ella misma.

—Este es tu destino, y tu responsabilidad.

—No existe tal cosa como el destino— Candy siseó.

—Dice la chica que fue salvada del Ridderak porque una fuerza la arrastró aquí abajo en Samhuinn, para ver a Damaris y aprender que estaba aquí.

Candy dio un paso más cerca de la puerta. —Dice la chica que pasó un año en Endovier. Dice la chica que sabe que los dioses se interesan por nuestras vidas no más de lo que nosotros nos interesamos por un insecto bajo nuestros pies. —Miró ferozmente a la brillante cara de Mort. —Ahora que lo pienso, no sé por qué debería molestarme en ayudar a Erilea, cuando los dioses claramente no se molestan en ayudarnos, tampoco.

—No quieres decir eso, — él dijo.

Candy tomó la empuñadura de su daga. —Lo hago. Dile a Elena que encuentre algún otro tonto para imponerle cosas.

—Tú debes descubrir de donde viene el poder del rey y lo que planea hacer, antes de que sea demasiado tarde.

Candy resopló. — ¿No lo entiendes? Ya es demasiado tarde. Ha sido demasiado tarde por años. ¿Dónde estaba Elena hace diez años, cuando había multitud de héroes entre los cuales podría elegir? ¿Dónde estaban ella y sus ridículas misiones cuando el mundo verdaderamente lo necesitaba, cuando los héroes de Terrasen fueron reducidos o cazados o ejecutados por los ejércitos de Adarlan? ¿Dónde estaba cuando los reinos cayeron, uno por uno, por el rey?— Sus ojos ardían, pero empujó el dolor a ese lugar oscuro dentro de ella en donde habitaba. —El mundo ya está en la ruina, y no me lanzaré en el encargo de algún tonto.

Los ojos de Mort se estrecharon. Dentro de la tumba, la luz se había desvanecido; la luna estaba casi totalmente cubierta. —Lo siento por lo que has perdido, — dijo en una voz que no era del todo suya. —Y lo siento por la muerte de tus padres esa noche. Eso fue-

—No hables nunca acerca de mis padres, — gruñó Candy, apuntando un dedo a su rostro. —Me importa un demonio si eres mágico o si eres el lacayo de Elena o solo un producto de mi imaginación. Habla de mis padres otra vez, y cortaré esta puerta en pedazos. ¿Entendido?

Mort solo la miraba con el ceño fruncido. — ¿Eres tan egoísta? ¿Tan cobarde? ¿Por qué viniste aquí abajo esta noche, Candy? ¿Para ayudarnos a todos, o solo a ti misma? Elena me habló sobre ti, sobre tu pasado.

—Cierra tu maldita boca, — espetó y saltó escaleras arriba.

Continuara…