LUS PRIMAE NOCTIS
—An in love heart—
VII
—¿Y alguna vez Frederick olvidó a Kerra? —Preguntó Allistor casi con inocencia. Eleanor se mostró dubitativa.
—Quién sabe, hijo…—Respondió—. Pero lo dudo mucho, ¿sabes? Un amor tan grande no se olvida. Ni tampoco es posible de apagar por más que se quiera. Lord Edmond ordenó tu muerte, los otros nobles lo sabían, y es seguro que estaban dispuestos a asesinar a un inocente bebé por un puñado de monedas; pero nada pudo contra ti porque eres el símbolo del amor más puro y fuerte que he visto en todos estos años en que he vivido.
Allistor sonrió sinceramente.
—Entonces no lo hizo jamás—Respondió, convencido.
Eleanor pareció enternecida con la reacción de él. Carraspeó suavemente y le preguntó:
—¿No te acuerdas del revuelo que hubo cuando lord Frederick se casó?
Allistor frunció el ceño y sus pupilas se movieron errantes de un lado a otro.
—Creo que no, mamá—Replicó.
—Nos mandó una carta de invitación. A tu padre y a mí.
El pelirrojo arqueó una ceja. Eleanor casi llora por pura nostalgia al ver ese gesto que era tan propio de su hermana.
—Quería verte, Allistor. ¿No lo recuerdas?
Él suavizó su expresión. Un golpe de su propia memoria apareció en un destello y se desvaneció otra vez.
—A-algo…
Frederick Kirkland llegaba al castillo escoltado por sus hombres. Informó a los nobles sobre la muerte de lord Edmond de la misma forma en que los soldados lo habían hecho días anteriores, y tomó el título de lord para sí sin ninguna parafernalia que lo anunciara. El único que debió ser invitado fue el sacerdote, porque ni siquiera el rey podía asistir: Enrique moría y Eduardo aún no era coronado; fue el momento preciso en el que el trono inglés quedaba vacío para volver a ser llenado.
Como si fuera poco todo lo que debió sucederle, una mujer de la servidumbre le informó lo que había pasado con su madre cuando el lord la buscó por los pasillos, habitaciones y jardines del castillo para abrazarla y agradecerle su ayuda. Le dijo, con voz entristecida, que se había suicidado y que había sido enterrada en un lugar cercano, y fue hasta allí a llorarla en absoluta soledad. La cruz cristiana rezaba "Alice Kirkland", aunque el sacerdote estuviera en desacuerdo de siquiera poner un símbolo cristiano en la tumba de una mujer que atentó contra su propia vida. Frederick no dudó en amenazarlo con destituirlo de su cargo y condenarlo a la horca si volvía a decir algo así, y aunque en aquellos días el argumento del sacerdote era sólido, cada vez que Frederick se viera más abandonado de lo que ya estaba, iba a visitarla y a agradecerle su ayuda, a buscar la compañía de uno de sus fantasmas. Visitar a su madre, pronto, se le había hecho una hermosa y macabra costumbre y como no estaba muy lejos del castillo podía disponer del espacio como él quisiera.
Pero a diferencia de la tumba de su madre, Frederick no volvió nunca más al lugar en donde él mismo, con sus propias manos, espalda y lágrimas, sepultó a la mujer que más amó. Intentó muchas veces hacerlo, pero sentía que él mismo se obstruía el aire por la culpa y se devolvía, habiendo alcanzado a divisar la cabaña en donde había nacido Allistor y donde Edmond la había matado. Kerra quedó sólo en su mente, y jamás nadie supo de ella, hasta que movido por su propia mente y sensaciones, supo que sus años de vida se acortaban y buscó un oído que escuchara sus pecados.
No obstante mientras tanto era claro que su posición de poder y honor no podía estar acompañada eternamente por espectros y fantasmas de su pasado. Frederick lo sabía, aunque evitaba tocar el tema delante de todos. La servidumbre comentaba a espaldas de él lo extraño que era que el joven lord no tuviera en la mira a alguna doncella para desposar, los otros nobles llegaron a pensar en que el lord gustaba de practicar la sodomía y aquellos que llegaron a conocer el sufrimiento de Edmond pensaban que el inocente lord había sido hechizado por una bruja escocesa dejándolo ciego. No le importaba lo que pudieran decir, pero para hacer callar todas esas bocas venenosas era menester que encontrara a una esposa, inglesa, con la que tener al menos un hijo, heredar su puesto en la corte y partir de una maldita vez de este mundo. Siendo lord, Frederick jamás abogó por la libertad e independencia de Escocia así como todos los lores que insistían en tomar las tierras por la fuerza, y cada vez que las reuniones de los nobles eran destinadas a tratar aquel tema que ya era moda en Inglaterra, el muchacho guardaba silencio frente a su rey, Eduardo, aquel hombre de piernas tan largas que un solo paso de él eran dos o tres de cualquier otro sujeto. Su actitud era más bien reacia ante ese asunto, porque Escocia le traería siempre hermosos pero dolorosos recuerdos, los cuales no podía compartir con nadie porque hacerlo era sentenciarse a muerte y aquello no podía ser. Así que recordaba solo, adolorido, encerrado en su habitación y sus pecados ardían delante de él.
Así que estando soltero aún, sus consejeros le recordaban todos los días que debía buscar una mujer con la que contraer matrimonio si no quería ser mirado como un bicho raro en la corte hasta que el pobre Frederick se hartó. Hizo una especie de audiencia para que las jóvenes casaderas inglesas se presentaran ante él. Aburrido como nunca, las desechó a todas por los más irrisorios motivos: no le gustaban los ojos de una porque eran muy grandes, otra chica era demasiado habladora, otra era chueca para caminar; menos a una: Catherine, de la casa Collingwood.
Su actitud serena, silenciosa y tímida lo obligó a mirarla demasiado, tal vez porque era extremadamente diferente a Kerra y su corazón le exigía a gritos desgarradores olvidarla. La eligió a ella y le hizo saber a la casa Collingwood que la esposa flamante del lord Frederick Kirkland sería su hija mayor a través de una carta escrita por su sirviente y cerrada con el sello que siempre traía consigo en su dedo anular. A los cuatro meses se casaron y la fiesta fue la más pomposa que se vio en muchísimo tiempo. Frederick pensó, como si hubiera sido sacudido por un rayo, que aquella era la única oportunidad que tendría para ver a Allistor, así que escribió una carta y como no lo había hecho hace poco más de tres años, cabalgó hacia el norte sin darle explicaciones a nadie.
El viento golpeándole en la cara le trajo el aroma fresco del césped, de madera roída, de calor de chimenea, de la piel de Kerra. Sin darse cuenta, antes de llegar a los campos de Escocia, estaba llorando, y no se atrevió a acercarse a la casa donde vivía Eleanor. Al divisar la modesta aldea, vio que un joven caminaba sin rumbo por lo que era similar a un mercado, pero muy pequeño. Le preguntó si conocía a Agnus Wallace, y el joven asintió. Frederick bajó del caballo y sacó un sobre de entre sus abrigos, extendiéndoselo. Le dijo que se lo entregara, de parte del lord Kirkland. Ante eso, el joven abrió sus ojos por la impresión, pero antes de querer preguntar algo o de experimentar el miedo, Frederick ya estaba de vuelta hacia Inglaterra.
—Ese chiquillo llegó hasta aquí con la carta, temblando como una hoja. No entendía qué decía porque yo no sabía leer ni Agnus tampoco, pero intuí de qué se trataba. Para confirmar, le pedí al sacerdote que la leyera bajo secreto de confesión. La carta decía que te llevara a ti, que quería verte, y que fuéramos cuidadosos.
—Y fuimos.
—Sí, Allistor.
Cuando llegaron al castillo, un sirviente de absoluta confianza de Frederick los hizo pasar. Una fortaleza de piedra, fría y seca, donde los Kirkland vivían hace varias generaciones, los engulló en sus inmensas fauces. El sirviente, cuidadoso, los llevó a una habitación llena de ropajes y les mostró las distintas opciones de vestidos para Eleanor y trajes para Agnus, además de una manta azul que Frederick había elegido personalmente para Allistor. Su esposo y ella cedieron a abandonar sus ropas y procedieron a disfrazarse, como había dicho Allistor en su inocencia de niño, además de aceptar gustoso la manta azul, todo con tal de que pasaran desapercibidos entre la nobleza y pudieran escabullirse en la mismísima Inglaterra sin levantar sospechas, como invitados especiales del lord. Era cierto que contra la palabra de Frederick nadie podía irse, pero era mejor mantener las aguas tranquilas.
Guardando lo mejor posible las apariencias, Frederick vistió ropa elegante para recibir a la novia en el altar de la iglesia. Catherine iba de blanco impecable, honesto e íntegro su honor delante de Dios y los hombres. Cuando Frederick volteó para recibir su mano y hacerla subir al altar, vio de reojo cómo Agnus, Eleanor y Allistor entraban a la iglesia y se ubicaban al fondo. Allí estaba su hijo, pequeño diablillo rojo, impresionado con los techos altos, los vestidos de las mujeres, el brillo de los candelabros, las luces y reflejos de los mosaicos, siempre de la mano de Eleanor. Frederick sintió que sus ojos brillaron y las comisuras de su boca subieron imperceptiblemente y cuando miró a Catherine para recibirla como esposa, ella se sonrojó de alegría al pensar que la luz en la mirada del lord era por causa de ella. Cuán equivocada estaba.
Frederick ubicó en su dedo anular izquierdo el anillo y ella hizo lo propio con él. El beso del lord en los labios de ella fue tan frío que deshizo el brillo alegre de su juvenil y femenino rostro al instante.
En el fervor de la celebración, cuando todos disfrutaban de la comida y la bebida a dosis escandalosas, Frederick se escabulló hasta Eleanor y Agnus, quien tenía a Allistor en brazos porque se había quedado dormido luego de jugar tanto con los hijos de otros lores. El lord se las arregló para parecer que estaba emocionado por reencontrarse con un viejo amigo al que no veía hace muchos años, pero lo cierto era que Frederick estaba derramando su corazón en la felicidad y la nostalgia aplastante, mientras acariciaba la espalda de Allistor y lloraba sobre su cuerpecito, ahora, despidiéndose de él como había deseado durante tanto tiempo. El niño no despertó, y jamás volvió a recibir un gesto así de su verdadero padre.
El sacerdote se había retirado hace mucho de la fiesta, los invitados fueron circulando de a poco y Agnus y Eleanor también se habían ido con Allistor y Frederick llevó a Catherine a sus aposentos. Allí la desnudó movido por la inercia, disfrutó de la posición indefensa que le presentaba, siempre dócil y tierna. Yacer con ella era abismalmente distinto a todo lo que había experimentado antes con Kerra, y sin querer, tal vez, o movido por el golpe de sus recuerdos, mientras consumaba el matrimonio, la recordó, y llamó a Catherine por un nombre que ella jamás había escuchado.
—Kerra…—Le suspiró él en el oído, cayendo rendido.
Catherine se giró hacia la pared y lloró en silencio.
Frederick aplacó el recuerdo de Allistor, ahora, junto al de Kerra, su padre, su madre y todos los fantasmas que cargaba en la espalda. Día a día daba un paso más lejos de ellos, hasta que logró divisarlos desde la distancia otra vez conforme pasaban los meses de casados, en los que comenzaba a mostrarse más adulto en las facciones de su rostro. Dejó crecer un poco su cabello hasta amarrarlo en un medio recogido en su nuca y permitió que la barba se le apareciera un poco pero solamente en el mentón. Catherine parecía enamorarse cada vez más de él, mientras él se mantenía silencioso todo el día y sólo hablaba con su esposa para preguntarle cuándo diablos pensaba quedar encinta, desesperado por enmendar sus errores y callar sus recuerdos.
—Difícilmente tendré un hijo tuyo si me tratas así, Frederick—Le reprochaba sentida y tímidamente.
Él alzó la vista mirándola a los ojos en medio de ese desayuno. Algo parecido al arrepentimiento nubló su cara.
—Perdona, Catherine—Se disculpó. Se masajeó las sienes con los dedos—. Es sólo que… quiero ser padre pronto.
Y su corazón se cayó a pedazos dentro de su pecho. Recordó a Allistor por inercia, quien en ese momento estaba próximo a cumplir sus cinco años. Sonrió imperceptiblemente al imaginarlo corretear por los campos de Escocia persiguiendo a las aves y aprendiendo a cazar, porque seguro que sería un gran cazador tal como lo fue su madre. Catherine jamás notó la sonrisa en el rostro de su esposo, pero si lo hubiera hecho, podría haber apostado su propia vida a que Frederick no sonreía por causa de ella.
Semanas después Catherine le anunció su embarazo con el entusiasmo de una chiquilla, pero su rostro juvenil y alegre comenzaba a demacrarse. Su cabello rubio se opacaba y sus ojos se hundían cada vez más, hasta que en el séptimo mes de su embarazo no fue capaz de levantarse nunca más. Su vientre creía mes a mes, mientras ella iba marchitándose, volviéndose un cadáver mientras aún respiraba. Las malas lenguas del pueblo decían que la esposa del lord llevaba en el vientre a un demonio y que por eso ella iba perdiendo la vida de a poco. Al tiempo, Catherine concibió un varón, al que llamó Arthur. Frederick lo recibió en brazos sonriendo con amargura y pensando que ella moriría luego de haber dado a luz porque su cuerpo era un esqueleto, pero milagrosamente sobrevivió, aunque no para mejorar.
Arthur iba desarrollándose junto a ella, bebía de su leche y despedazaba la carne de su pecho hasta hacerla sangrar. Despojó a su madre de todo lo que le quedaba durante un año entero en el que logró mantenerse viva hasta que su cuerpo finalmente no volvió a reaccionar nunca más. Jamás disfrutó de Arthur, de mimarlo, juguetear con él, todas las fuerzas que le quedaban le alcanzaban solamente para sonreírle dolorosamente mientras el niño, sostenido por las manos de su padre o de algún sirviente para que pudiera alimentarse, cerraba sus ojos verdes y volvía a dormirse. Frederick pensaba que él y todos a quienes amaba estaban condenados a la soledad eterna por su culpa, comenzando por Kerra.
Frederick mandó a preparar una hoguera donde el cuerpo de Catherine ardió hasta volverse cenizas. La lloró, sintiéndose culpable, mientras Arthur estaba de pie a su lado, con apenas un año de edad. Frederick cayó de rodillas al piso y despidió a Catherine para siempre.
—Tú tenías cinco años cuando tu herma…
—Arthur. Sólo Arthur. No es mi hermano—La interrumpió en seco. El nudo en la garganta de Allistor era tan evidente que Eleanor no se atrevió a argumentar en contra de ello.
—Cuando Arthur nació—Continuó—. Frederick lo crio en soledad; no volvió a casarse.
Allistor tomaba una expresión indescriptible cuando Eleanor nombraba a Arthur. Sabía que era necesario que supiera cuál era el origen del lord, pero cuánto aborrecía tener que escucharlo.
—Y dicen que no tuvo una vida fácil.
Allistor resolló, sonriendo con burla.
—Una vida de lujos no es una vida fácil—Comentó con sarcasmo.
Eleanor lo miró comprensiva. Infinitamente comprensiva. Guardó silencio minutos enteros y esperó a que Allistor pudiera digerir completamente todo lo que acababa de contarle. No era fácil para nadie, ni siquiera para Agnus, quien había llegado a querer a ese muchacho como si fuera su propia sangre y carne, y que le recordaran que no lo era, sí resultó mucho más doloroso de lo que pensaba.
—Los pocos que sabían la historia de Edmond y Frederick decían que el lord se llevó esa historia con él a la tumba, y hay algunos pocos que dicen que no fue capaz de soportarlo cuando se acercaba a su vejez y lo confesó todo en soledad.
Allistor no respondió nada ante eso. Su madre terminó así, entonces, el tortuoso relato.
—Eso es todo lo que tengo que decirte, mi amor—Le dijo Eleanor, acariciándole el rostro. Allistor la miró y tomó sus manos—. Perdóname por ocultarte todo esto.
Él negó con la cabeza.
—No, mamá—Dijo casi en un susurro—. No hay nada que perdonar.
—Allistor…—Y ella se apresuró en abrazarlo, pero él no fue capaz de corresponder el abrazo.
—Necesito… necesito salir.
—¿A-a esta hora? —Preguntó ella, preocupada.
—Quiero ir a verla…—Eleanor sintió que el alma se le iba del cuerpo—Quiero ir a ver a Murron.
Un suspiro se la devolvió.
—Mejor mañana, Allistor—Le dijo Agnus—. Es tarde, necesitas dormir—Miró a su esposa, quien tenía el aspecto de un soldado herido—. Todos necesitamos dormir.
Allistor mira a su padre, y prefiere obedecerle. Antes de ir a su cama va a mojarse la cara, como si el agua pudiera llevarse todo y hacerlo olvidar. Bebe tanto como puede y se va a la cama de paja, con mantas finas y tacto áspero, absolutamente distinta a la cama de Arthur. Al pensar en eso, sacude la cabeza como queriendo espantarse a sí mismo.
Se quita las botas y se tapa hasta la nariz. Cuando ve que Eleanor se le acerca para desearle las buenas noches como si fuera un niño otra vez, la ve alejarse de vuelta y se atreve a preguntar aquello que tan curioso le resultó.
—Mamá—Le dijo. Eleanor volteó hacia él—, esa manta azul… ¿no la tendrás aún?
—¿La quieres? —Le preguntó ella. Por algún motivo, su mirada pareció iluminarse.
Allistor titubeó.
—Sí. O no sé…—Suspiró—. Supongo. ¿La tienes aún? —Insistió.
—Iré a buscarla.
Eleanor fue hacia unos muebles rústicos que Agnus había hecho hace varios años y revolvió entre todas las telas que habían ahí. Al rato, llegó junto a Allistor y le extendió la manta. Era pequeña, de tamaño justo para un niño. Él la miró con el ceño ligeramente fruncido, pero con una sonrisa que Eleanor reconoció como buena señal. Se sentó a lo indio en la cama y la tomó, percibió que era gruesa y el color era oscuro. Le pareció un lindo detalle, pese a la historia macabra que la acompañaba.
—No me atreví a botarla, pero tampoco quería que tus hermanos la usaran. Siempre ha sido tuya, es lo único que te queda de tu padre.
—Gracias por guardarla, mamá—Le respondió sinceramente.
Eleanor optó entonces por dejarlo solo y que descansara. Debía tener el corazón hecho trizas y aún así Allistor era dulce con ella. Besó la frente de su hijo y caminó hasta la cama que compartía con su esposo.
Allistor, en soledad, arrugó la manta entre sus dedos y suspiró pesadamente, intentando recordar, pero sin poder lograrlo. Tenía alusiones vagas del castillo, pero ni siquiera puede memorizar la escena del matrimonio, ni tampoco la cara de Frederick, pero es capaz de alcanzar a tocar entre sus recuerdos la silueta de ese hombre. Sabe que Arthur es muy parecido a él, y que probablemente también es parecido a Edmond, lo recuerda no muy alto, pero nada más. Frederick no es más que una sombra en él, sin rostro, y sin lugar en su corazón.
Dobló la manta de tal forma en que pudo ubicarla bajo su cabeza, utilizándola de almohada. Era suave y el paso de los años no le había dejado ningún aroma en particular salvo el de lo viejo. Luego de varios intentos, por fin logró dormirse.
Al otro día en la mañana, desayunó con su familia y salió rápidamente. Aún le urgía ir a visitar a Murron, así que no lo pensó dos veces y fue hasta su tumba. La encontró igual, las mismas flores y el mismo anonimato, sin nada que dijera que allí estaba ella y no otra persona. Se sentó en el césped y miró las flores marchitas, como si buscara las palabras exactas que decirle, como si ella pudiera escucharlo. Suspiró tantas veces que no tardó en volver a llorarla. La extrañaba tanto, que ya no le cabía nada más en el pecho. La historia de sus padres lo había devastado, no quería nada más que estar con Murron y llorar en sus faldas hasta dormirse mientras ella le acariciaba el cabello, diciéndole que todo estaría bien. Pero ni ella ni su madre podrían consolarlo. Su rostro se contrajo, y lo ocultó entre sus manos como si quisiera evitar que Murron lo viera. Cuando logró volver a respirar con mediana normalidad, se distrajo acomodando flores nuevas en la tumba de su esposa mientras intentaba sonreírle. No quería mostrarse tan triste, pero cómo no, si estaba destruido.
—Murron…—Empezó entonces, sin saber cómo ni por dónde. Tenía demasiadas cosas que contarle, pero prefirió asumir que ella ya lo sabía todo. Irónico, le preguntó—, ¿te habrías casado conmigo si hubieras sabido que tengo sangre inglesa? —rio con amargura—. Seguro que no, pero créeme, no me hubiera conformado. Te habría perseguido todavía más—volvió a reír. Miró hacia el cielo, la luz del día que era tan intensa a esa hora lo hizo entrecerrar los ojos; prefirió volver a mirar la tumba—. Resulta que soy casi tan inglés como el hijo de puta que se atrevió a matarte—Soltó con rencor—. Sí. Él. Mi hermano, el lord—Y debió sacar fuerzas de donde no las había para poder nombrarlo—. Arthur Kirkland.
En ningún momento Allistor sintió que estaba en un monólogo, incluso fue capaz de sentir, quizá llevado por su propio dolor e imaginación, que Murron realmente lo estaba escuchando. Por eso, necesitó muchísimo más valor del que pensó para revelarle lo siguiente.
—Con quien además me acosté—le confesó, avergonzado, pero lo había dejado escapar sin miramientos porque debía de ser rápido y certero—. ¿Te das cuenta, linda? —Le pregunta entonces, quizá más a sí mismo—Me acosté con mi hermano. Y fui capaz de desearlo…
Su voz se quebró, pero la caricia que sintió en su nuca y luego en su mejilla, lo hizo recomponerse. Sabía que estaba solo allí, pero era todo tan insoportable que de alguna forma tenía que sentir comprensión de alguna parte, incluso si venía desde su afectada mente.
No supo qué más decirle, porque de seguro para ella había sido demasiado ya y probablemente lo odiaba, a esas alturas. Sólo una cosa más pudo agregar, lo único que podía decir desde ese lugar, donde la enfrentaba y la perdía al mismo tiempo.
—Perdóname, Murron…—Le rogó, destruido—Realmente nunca te merecí… Perdóname, por favor…
Pero tanto Murron como Kerra, si hubieran estado vivas, le habrían dicho lo mismo que Eleanor le repetiría una y mil veces de ser necesario: no hay nada que perdonarle, no a él, quien menos culpa tiene por los pecados de su padre.
Tal como había sucedido con Frederick y su madre, Alice, Allistor necesitaba visitar la tumba de Murron cada vez que se le hacía necesario ir a llorar su propia historia y no quisiera sobrecargar a Eleanor. Los primeros días fueron casi una estadía completa junto a ella, hasta que comenzó a procesar todo su relato de forma más individual. Llegó el momento en el que le narró a Murron con lujo de detalles todo lo que Eleanor le había contado, cómo se llamaba su madre, cómo la conoció su padre, qué sucedió con ella, y reconoció, también, delante de Murron, que Frederick había tenido una valentía que él no poseyó, que ni siquiera pudo divisar en medio de su desesperación, porque Frederick fue capaz de vengar a Kerra al instante y sin pensarlo, mientras él se había quedado sumergido en su estupefacción y encima después haberse atrevido a sentir deseo por el asesino de su esposa y su propio hermano. No tenía justificación su actuar, por eso se sentía tan culpable, pero no era capaz siquiera de volver a mirarlo a la cara aunque llegaría el punto en el que tuviera que hacerlo y lo sabía. No quería saber nada más de Arthur ni de Inglaterra, pero sí tal vez algún día buscaría esa cabaña y el lugar en donde Kerra fue enterrada. Necesitaba decirle tantas cosas que difícilmente podría soportarlo mucho más. Sí era una empresa arriesgada porque seguro que esas tierras ya eran dominio inglés absoluto, pero valdría la pena, incluso, morir por eso.
Lo comentó con Eleanor y Agnus, quienes se miraron con tristeza, pero Eleanor fue capaz de entender la intranquilidad que lo invadía y pensó que le haría bien viajar a las tierras de su pasado y enfrentarse a él, después de veintidós años de paz y espejismos.
Eleanor tomó las manos de su hijo otra vez y le dijo que agradecía al cielo por la madurez que el muchacho había tenido al escucharla.
—Ten en cuenta, Allistor—Le pidió una última cosa, con la mirada miel nublada por la preocupación— que Arthur es tu hermano. Por favor, no vayas a cometer una locura.
Allistor movió la cabeza en negación.
—No voy a hacerle nada a Arthur ni haré nada en contra de él.
Agnus, entonces, lo miró con desconcierto.
—¿No piensas reclamar tu lugar, hijo? —Le preguntó.
—No, papá. No me interesa.
—Es mejor así, Agnus—Concordó ella con su hijo—. Arthur es peligroso.
Allistor estuvo a punto de replicar pero prefirió quedarse en silencio. Estaba claro que no le tenía miedo, que hacía falta mucho más que un niñito rico y mimado para espantarlo, pero eso no quitaba que decía ser cuidadoso con lo que fuera a hacer.
No buscaba arrebatarle el lugar a Arthur porque qué podría hacer él, un campesino, un cazador que ni siquiera tenía instrucción militar ni modales de noble en un puesto como ese. Que Arthur se quedara allí donde estaba e hiciera de las suyas con sus posesiones y poder, que era de lejos lo único que lo llenaba. Allistor no tenía lugar allí, de ninguna manera.
Así que no dudó en partir hacia el sur cuando todo en él y sus padres se hizo quietud, mas no tranquilidad. Jamás encontraría algo apenas remotamente parecido a la paz sin encarar a Arthur antes, cosa que prefería no hacer pero era necesario sin dudas, así que a caballo partió hacia el sur otra vez, no sin antes ver el llanto de Eleanor quien pensaba que otra vez debía despedirse de él para perderlo. Allistor le dijo que se equivocaba, y que volvería sano y salvo, pero no se lo prometió, porque ya empezaba a tenerle miedo a las promesas.
Cabalgó, entonces, hacia el sur. Cruzó las fronteras, acampó en los bosques, cazaba cuando sentía hambre y se sumergía en los ríos de vez en cuando. Empezaba el verano, y apenas había aumentado la temperatura aún, aunque no se quejaba. Le gustaba el clima frío y pensaba que sería mucho más fácil viajar así.
Junto al equino, el mismo en el que había vuelto a Escocia después de haber estado con Arthur, descansó junto al río. No le faltaba mucho para llegar y si el tiempo acompañaba sería todavía más rápido. Pese a que llevaba un día y un poco más viajando, todavía no podía divisar el castillo inglés y ni siquiera había algún soldado cerca. Se dio cuenta de que hasta su ropa era demasiado evidente y de manera segura podía ser reconocido como escocés incluso a varios metros. Pero qué diablos. Ni aunque se pusiera el traje más inglés de todos el color de su cabello lo delataba de inmediato. Aún no conocía a ningún inglés de pelo rojo ni medianamente anaranjado, todos los que había visto eran endemoniadamente rubios como si fingieran descaradamente una pureza que ninguno poseía. Así como su propio hermano, o su propio padre, incluso. O su abuelo.
Al otro día, fueron necesarias apenas unas horas más de camino hasta que a lo lejos, el castillo de los Kirkland apareció delante de él como un espectro gigante e inerte. No se emocionó, no cambió su expresión, no hizo absolutamente nada más que continuar hasta llegar a la entrada de la fortaleza. Cuando la alcanzó, bajó del caballo y esperó a que los soldados lo vieran, quienes no tardaron en bajar de sus torres y dos de ellos se le acercaron a ordenarle que se mantuviera quieto si no quería terminar muerto y Allistor se mantuvo allí, esperando, levantando los brazos como si se rindiera y los hombres lo tomaron y amarraron sus muñecas. Cuando se iba acercando lo suficiente al castillo, llenó de aire sus pulmones y alzó la cabeza hacia la ventana en donde debía estar la habitación del lord.
—¡ARTHUR! —Reclamó.
Él, que escuchó la voz de Allistor como si hubiera estado al lado suyo, se aproximó a la ventana inmediatamente. Al verlo, se espantó y bajó las escaleras hasta salir.
Cuando los soldados vieron al lord, detuvieron su andar inmediatamente, esperando sus mandatos.
—Ordénales que me suelten—Demandó Allistor, amenazante. Arthur se mantenía con su expresión de interés. Mirando a su hermano y a sus hombres, les hizo una seña a éstos para que lo soltaran. Ellos obedecieron inmediatamente.
Cuando se vieron solos, Arthur le habló por primera vez después de varios meses.
—¿Viniste a hablar, salvaje? —Lo provoca. Allistor siente que sus puños se moverán solos hacia esa adorable carita inglesa si no logra controlarse a sí mismo.
No dice nada, pero le sostiene la mirada verde. Arthur se rinde porque al parecer, Allistor no tiene muchas ganas de saludarlo. Sin más, le dice:
—Sígueme—Y se dispone a entrar al castillo. Allistor mira detrás de él sigilosamente como si estuviera cometiendo un crimen y luego entra detrás del lord.
Hay cosas que Allistor prefiere escuchar de Arthur y no de Eleanor.
...
