Lamento haber tardado tanto en actualizar, pero me distraigo facilmente, por lo que cada vez que me siento frente al computador para escribir termino leyendo o haciendo cualquier otra cosa. Pero me gusta escribir, no abandonaría mis historias. Gracias a todos los comentarios y los favoritos, la verdad no creí que lograra tantos. Buenos, que lo disfruten como yo disfruto escribirlo.
Capítulo 7
-Por suerte, tengo que leer los pensamientos de una chica –dijo Artemisa al mirar el libro-. Capítulo VII- Hazel.
Durante el camino de vuelta, Hazel dio un traspié con una barra de oro.
No debería haber corrido tan rápido, pero tenía miedo de que llegara tarde a la asamblea. La Quinta Cohorte tenía los centuriones más simpáticos del campamento, aún así, incluso ellos le tendrían que castigar si llegaba tarde.
-Ejem –tosió Dakota, para llamar la atención-. Los más simpáticos –recalcó.
Todos rieron, incluso Reyna.
Los castigos romanos eran duros: limpiar las calles con un cepillo de dientes, lavar los rediles de los toros del anfiteatro, ser cosido a un saco lleno de comadrejas furiosas y ser lanzado al Pequeño Tíber… las opciones no eran demasiado buenas.
-¿Ser lanzado al río es un castigo? –preguntó incrédula Clarisse.
-Dudo que sus castigos sean peores –replicó Octavian.
-¿Has lavado un plato alguna vez? –preguntó sonriendo Travis.
Los romanos lo vieron raro, mientras los griegos reían de sus expresiones.
-En el campamento mestizo, las arpías se encargan de lavar los platos y lo hacen con lava –explicó Malcolm.
-Usamos guantes –dijo Connor-, pero el calor y olor son horribles.
La barra de oro salió del suelo justo a tiempo para que su pie la golpeara. Nico intentó cogerla, pero ella se cayó y se rascó las manos.
-¿Estás bien?
Nico se arrodilló a su lado y alcanzó la barra de oro.
-¡No! -le advirtió Hazel.
Nico se quedó congelado.
-Cierto. Lo siento. Es que es… ¡santos dioses! Esto es enorme.
Sacó una botella de néctar de su chaqueta de aviador y vertió un poco en las manos de Hazel. Inmediatamente los cortes comenzaron a sanar.
-¿Puedes levantarte?
La ayudó a levantarse. Ambos miraron el oro. Era del tamaño de una barra de pan, con varios números estampados y las palabras 'Tesoro de los Estados Unidos'.
-Oh, eso es mucho dinero –dijo Will, quien también tenía experiencia con el oro, después de todo vivía en una cabaña de ese material.
Nico ladeó la cabeza.
-¿Cómo en el Tártaro ha…?
-No lo sé -dijo Hazel, miserablemente-. Puede haber sido enterrado aquí por ladrones o dejado aquí por un vagón cientos de años atrás. Quizá haya venido aquí desde el banco más cercano. Lo que haya en el suelo, si está cerca de mí, acaba saliendo. Y cuanto más valor tiene…
-Más peligroso es -Nico frunció el ceño-. ¿No deberíamos esconderlo? Si lo encuentran los faunos…
Hazel se imaginó una nube hongo saliendo de la carretera, con faunos al horno volando por los aires en todas direcciones. Era demasiado horrible para imaginarlo.
-Debería hundirse en el suelo después de dejarlo, pero solo para estar seguros…
Había estado practicando aquél truco, pero nunca con algo tan pesado y denso. Se centró en la barra e intentó concentrarse.
El oro levitó. Concentró su ira, algo que no era fácil, odiaba aquél oro, odiaba aquella maldición, odiaba recordar su pasado y aquellos días en los que fallaba. Sus dedos temblaron. La barra dorada brilló de calor.
Nico tragó saliva.
-¿Hazel? ¿Estás segura?
Cerró el puño. El oro se derritió en masilla. Hazel forzó el oro a que se convirtiera en un gigante y brillante anillo. Entonces apuntó la mano hacia el suelo. Su donut de dos millones de dólares se estalló contra el suelo. Se hundió, detrás de él sólo quedó una cicatriz en la tierra fresca.
-Eso es increíble –dijo Dakota, sorprendiendo a Hazel.
-Tienes razón –estuvo de acuerdo Reyna-. No debiste esconder tu talento, Hazel. Tal vez al principio habrían comentarios, pero una habilidad así es muy útil, además de herencia de tu padre. Los talentos te hacen quien eres.
-Esas son sabías palabras –dijo con aprecio Hestia.
Los ojos de Nico se abrieron.
-Eso ha sido… terrorífico.
-¿Terrorífico? –preguntó incrédulo Frank.
-Hay que ver quien lo dice –comentó Rachel, sonriendo.
Hazel no creyó que fuera tan impresionante comparado con los poderes de un chico que podía reanimar esqueletos y traer a la gente de la muerte, pero sintió bien sorprenderle a él, para variar.
En el campamento, los cuernos sonaron de nuevo. Las cohortes estarían reuniéndose a la llamada, y Hazel no deseaba ser cosida a un saco de comadrejas.
-¡Vamos! -le dijo a Nico, y corrieron a las puertas.
La primera vez que Hazel vio a la legión reunirse, se había sentido intimidada, casi había sentido ganas de salir corriendo a los barracones para esconderse. Incluso después de estar en el campamento durante nueve meses, lo seguía encontrando impresionante.
Las primeras cuatro cohortes, de cada una de cuarenta fuertes niños, se mantenían en columna delante de sus barracas a cada lado de la Vía Praetoria. La Quinta Cohorte se reunió al final, delante del principia, ya que sus barracas estaban situadas en la esquina trasera del campamento junto a los establos y a las letrinas. Hazel tuvo que correr por entre toda la legión para alcanzar a su lugar.
Los campistas estaban vestidos para la guerra. Sus impolutas cotas de malla y corazas brillaban por encima de las camisetas moradas y los tejanos. Sus cascos estaban decorados con diseños de espadas y calaveras.
Incluso sus botas de combate de cuero parecían fieras con sus puntas de hierro, perfectas para la marcha a través del barro o para patear culos.
Delante de los legionarios, como una fila de fichas gigantes de dominó, se alzaban sus escudos rojos y dorados, cada uno del tamaño de la puerta de una nevera. Cada legionario cargaba con una lanza en forma de arpón llamada pilum, una gladius, una daga y otras cien libras de armamento. Si no estás en forma cuando llegas a la legión, no estarás así mucho tiempo más. Sólo con caminar con tu armadura era un trabajo físico de desgaste.
-No suena muy cómodo –dijo Travis.
-Nosotros sólo usamos la armadura cuando capturamos la bandera –completó su hermano.
-¿Y cuándo entrenan? –preguntó curioso Dakota.
-Sólo usamos las armas –respondió Clarisse-. La armadura sirve de protección, pero te hace más lento.
-Griegos y romanos tienen diferentes estilos de lucha, pero los dos son igual de eficientes –comentó Ares, evitando una confrontación greco-romana.
-¿Te sientes bien? –preguntó burlón Hermes.
Antes de que el dios de la guerra respondiera, Artemisa siguió leyendo, ignorándolos totalmente.
Hazel y Nico corrieron por la calle mientras todo el mundo se giraba para mirarlos, por lo que su entrada llamó bastante la atención. Sus pisadas resonaron por las piedras. Hazel intentó evitar el contacto visual, pero pilló a Octavian en cabeza de la Primera Cohorte sonriéndole, con pinta de engreído enfundado en su casco de centurión emplumado con una docena de medallas enganchadas a su pecho.
Muchos sonrieron, pero nadie comentó nada, causando más fastidio en el augur.
Hazel seguía estando furiosa por su chantaje de antes. El augur estúpido y su don de la profecía, de todo el mundo en el campamento, ¿por qué tenía que ser él el que descubriera secretos? Estaba segura de que se lo habría dicho semanas antes si no hubiera sabido que sus secretos merecían la pena para usar como chantaje. Deseó poder seguir teniendo la barra de oro para lanzársela en la cara.
Pasaron a Reyna, que estaba yendo a medio galope de un lado para otro montada en su Pegaso, Escipión, apodado Skippy porque era del color de la mantequilla de cacahuete. Los perros metálicos Aurum y Argentum trotaban a cada lado. Su capa morada de oficial ondeaba detrás de ella.
-Hazel Levesque -la llamó-, todo un honor que te reúnas con nosotros.
Hazel sabía que no debía responder. No llevaba la mayor parte de su equipo, pero corrió a su lugar en la columna al lado de Frank y se irguió, atenta. Su centurión líder, un chico de diecisiete años llamado Dakota, estaba llamándola justo entonces, la última de la lista.
-¡Presente! -chilló ella.
Gracias a los dioses. Técnicamente, no había llegado tarde.
Nico se unió a Percy Jackson, que estaba de pie junto a un par de guardias. El pelo de Percy estaba húmedo de los baños. Se había puesto ropas frescas, pero parecía seguir estando incómodo. Hazel no le podía culpar. Estaba a punto de ser presentado a doscientos niños altamente armados.
-No creo que eso sea lo que le preocupa, ¿no? –dijo Thalia, sonriéndole a Annabeth.
-Aunque estuvieran armados –explicó la hija de Atenea-. A Percy nunca le agradó ser el centro de atención, porque quiere sentirse uno más con todos.
-Para su mala fortuna, es inevitable que llame la atención –comentó riendo Rachel.
-¿En qué sentido? –preguntó temeroso Poseidón.
-Eso depende –dijo Annabeth, pero le sonrió al dios para calmarlo-. Es cierto que atrae a los monstruos por ser hijo de uno de los tres grandes, pero es bueno peleando y muy ágil. También es amable y lindo, pero tiene una sonrisa traviesa que lo delata como problemático, y a veces sus comentarios demasiado sinceros le causan más problemas. Y, por supuesto, sus lindos ojos… -se interrumpió al darse cuenta que estaba hablando de más, mientras se sonrojaba.
-Nos quedó bastante claro –cantó Afrodita, causando más sonrisas.
Los lares eran los últimos de presentarse. Sus formas moradas parpadeaban mientras se colocaban en sus sitios. Tenían la molesta costumbre de estar de pie a mitad del camino entre los vivos, por lo que las filas parecían una fotografía borrosa, pero finalmente los centuriones los consiguieron ordenar.
Octavian gritó:
-¡Colores!
Los portadores de los estandartes se adelantaron. Vestían pieles de león y sujetaban postes decorados con los emblemas de cada cohorte. El último en presentarse fue Jacob, el portador del águila de la legión. Sujetaba un largo estandarte con absolutamente nada al final. El trabajo se suponía que era todo un honor, pero Jacob, obviamente, lo odiaba. Incluso aunque Reyna insistiera en seguir con la tradición, cada vez que el poste sin águila era alzado, Hazel pudo sentir el bochorno expandiéndose por toda la legión.
Reyna hizo que su pegaso se detuviera.
-¡Romanos! -anunció-. Probablemente habréis oído la incursión de hoy. Dos gorgónas fueron lanzadas al río por un recién llegado, Percy Jackson. Juno misma le guió hasta aquí, y le proclamó como hijo de Neptuno.
Los chicos en las filas del final estiraron sus cuellos para poder ver a Percy. Alzaron su mano para saludar a Percy.
-Desea unirse a la legión -continuó Reyna-. ¿Qué dicen los augurios?
-¡He leído las entrañas! -anunció Octavian, como si acabara de matar un león con sus manos desnudas más que haber destrozado un panda de peluche-. Los augurios dicen que será favorable. ¡Está cualificado para servir!
Los campistas pegaron un grito:
-¡AVE! ¡AVE!
Frank llegó un poco tarde con su 'ave', por lo que resonó a destiempo. Algunos legionarios rieron.
En el Olimpo también rieron, especialmente por la cara avergonzada de Frank.
Reyna hizo una seña a los oficiales veteranos para que se adelantaran, uno por cada cohorte.
Octavian, el centurión más veterano, se giró a Percy.
-Recluta -preguntó-, ¿tienes credenciales? ¿Alguna carta de referencia?
Hazel recordó el día de su llegada. Un montón de chicos traían cartas de semidioses mayores del mundo exterior, adultos que han sido veteranos en el campamento. Algunos reclutas tienen patrocinadores ricos y famosos. Algunos eran la tercera o cuarta generación de campistas. Una buena carta podía darte una buena posición en las mejores cohortes, algunas veces incluso trabajos especiales como el mensajero de la legión, que te dejaba exento del trabajo sucio como excavar zanjas o conjugar los verbos latinos.
Percy cambió el peso de pie.
-¿Cartas? Eh… no.
Octavian se rascó la nariz.
¡Injusto! Quiso gritar Hazel. Percy había cargado a una diosa al campamento. ¿Qué mejor recomendación que aquella?
-Tiene razón –comentó Hera-. No iba a presentarme en el campamento con un semidiós que no lo valiera.
-Es por el protocolo –murmuró Octavian-. Los romanos seguimos estrictamente las reglas.
-Reglas humanas –dijo con frialdad la diosa, dejando en silencio y acobardado al augur.
Pero la familia de Octavian habían sido chicos en el campamento durante una centuria. Le encantaba recordar a los demás campistas que eran menos importantes que él.
-Sin cartas -Octavian dijo con pesar-. ¿Algún legionario apuesta por él?
-¡Yo lo haré! -Frank se adelantó-. ¡Me salvó la vida!
Inmediatamente hubieron gritos de protesta de otras cohortes. Reyna alzó su mano para pedir silencio y miró a Frank.
-Frank Zhang -dijo-, por segunda vez este día, te recuerdo que estás en probatio. Tu pariente divino no te ha reclamado aún. No estás en condiciones de apostar por ningún otro campista hasta que no te hayas ganado tu primera línea.
Frank parecía a punto de morirse de vergüenza.
Hazel no podía dejarle colgado. Salió de la fila y dijo:
-Lo que Frank quiere decir es que Percy salvó nuestras vidas. Soy una miembro de la legión en pleno derecho. Yo apostaré por Percy Jackson.
Todos los griegos les sonreían con aprecio a Frank y a Hazel.
-Era imposible que Percy no los considerara como familia –dijo Annabeth-. Cuando llegué al campamento Júpiter me sentí un poco incomoda con eso, no quería que Percy se sintiera unido con los romanos, supongo que soy egoísta en ese sentido. Pero me alegra que lo hayan apoyado, Percy es más fuerte cuando tiene a alguien a quien proteger…
De pronto, Annabeth se detuvo, mientras su rostro se cubría de dolor.
-¿Qué sucede? –le preguntó asustada Thalia.
-En este momento… Percy está sólo… -murmuró.
-¿Dónde está? –preguntó Poseidón, volviendo a asustarse.
Annabeth negó con la cabeza, incapaz de hablar.
-Sé que quieres saber –dijo Hestia-, y no eres el único, pero aún es pronto para saberlo. Artemisa, continúa leyendo.
Frank la miró, agradecido, pero los otros campistas comenzaron a murmurar. Hazel reunía los requisitos necesarios. Había conseguido una línea unas semanas antes, y el 'acto de valor' que había conseguido había sido casi por accidente. Además, ella era hija de Plutón, y una miembro de la desgraciada Quinta Cohorte. No le hacía mucho favor a Percy apoyándole.
-No deberías pensar así –dijo Jason-. Yo me uní a la Quinta Cohorte para probar que podíamos cambiar las cosas. Es más divertido.
-Es cierto –concordó Frank-. La Quinta es genial, las otras son muy estrictas.
-Ya lo sé –reconoció Hazel, sonriendo-. Ahora lo sé.
Reyna torció la nariz, pero se giró a Octavian. El augur sonrió y se encogió de hombros, como si la idea le impresionara. ¿Por qué no? pensó Hazel. Poniendo a Percy en la Quinta le haría algo mucho menos que una amenaza, y a Octavian le gustaba mantener a todos sus enemigos en un mismo lugar.
Octavian se movió incomodo en su lugar, porque todos lo miraban con rencor. Y tenía la impresión que las cosas iban a empeorar.
-Si piensas así estás totalmente equivocado –dijo Thalia-. Si tus enemigos se unen son más peligrosos.
-Thalia –la llamó Annabeth, que aún permanecía deprimida-. Recuerden que prometieron dejar las enemistades fuera, se supone que somos todos una familia.
El augur trató de disimular el suspiro de alivio y el respeto que sintió por la hija de Minerva.
-Muy bien -anunció Reyna-. Hazel Levesque, deberás responder por el recluta. ¿Tu cohorte le acepta?
Frank golpeó su escudo contra el suelo. Los otros miembros de la Quinta le siguieron, a pesar de que no parecían demasiado emocionados. Sus centuriones, Dakota y Gwen, intercambiaron miradas de pánico, como si dijeran: Allá vamos de nuevo.
-Mi cohorte ha hablado -dijo Dakota-. Aceptamos al recluta.
Reyna miró a Percy con lástima.
-¿Por qué? –preguntó con curiosidad Travis.
-Ya lo conocía, sabía que no era un simple semidiós y… Supongo que también he estado discriminando a la Quinta, porque pensé que Percy merecía estar en una Cohorte mejor –respondió Reyna-. Lo siento.
-No te preocupes –sonrió Dakota.
-Felicidades, Percy Jackson. Estás de probatio. Te darán una tableta con tu nombre y cohorte. En un año, o tan pronto como completes un acto de valor, te convertirás en un miembro completo de la Duodécima Legión Fulminata. Sirve a Roma, obedece las reglas de la legión, y defiende el campamento con honor. ¡Senatus Populusque Romanus!
El resto de la legión coreó el grito.
Reyna condujo a su pegaso lejos de Percy, como si estuviera orgullosa de terminar con él. Skippy extendió sus preciosas alas. Hazel no ayudó sintiendo un ataque de envidia. Daría cualquier cosa por un caballo como ese, pero eso nunca sucedería. Los caballos eran solo para oficiales, o caballería bárbara, no para los legionarios romanos.
-Que injusto –declaró con fuerza Rachel.
-Así son las reglas –reconoció Reyna, aunque no tampoco parecía estar de acuerdo con ellas.
-Tienes que ir a nuestro campamento –dijo Will-. Podrías usar los pegasos cuando quieras.
-Gracias –respondió emocionada Hazel, porque al hijo de Apolo no pareció importarle la guerra y que ella fuera romana. A los dioses también les impresionó esto, incluso Atenea se sintió conmovida.
-Centuriones -dijo Reyna-, vosotros y vuestras tropas tenéis una hora para la cena. Entonces nos encontraremos en los Campos de Marte. La Primera y la Segunda Cohorte defenderán. La Tercera, la Cuarta y la Quinta atacarán. ¡Que Fortuna os acompañe!
Una gran ovación se extendió por el campamento a causa de la cena y de los juegos bélicos.
Las cohortes rompieron formación y corrieron hacia el comedor.
Hazel llamó a Percy, que se había abierto camino a través de la multitud con Nico a su lado.
Para sorpresa de Hazel, Nico le sonreía.
-Buen trabajo, hermanita -dijo-. Has tenido mucho valor apostando por él.
Nunca la había llamado "hermanita" antes. Se preguntó si había llamado así a Bianca.
Nico inclinó la cabeza, pensando.
-Creo que nunca le dije hermanita a Bianca, ella era dos años mayor y en ese tiempo yo era bastante infantil.
-Ahora eres demasiado serio –dijo Grover-. Sólo cuando Percy está cerca te comportas como un niño.
-Él me trata como un niño –murmuró Nico, simulando estar enojado. Los demás semidioses disimularon las risas.
Uno de los guardias le había dado a Percy la placa con el nombre de los probatio. Percy la puso en su colgante de cuero con las extrañas cuentas.
-Gracias, Hazel -dijo-. Eh… ¿qué significa exactamente eso de apostar por mí?
-Garantizo tu buen comportamiento -le explicó Hazel-. Te enseño las normas, respondo tus preguntas, me aseguro de que no hagas caer en desgracia a la legión.
-Y… ¿si hago algo mal?
-Entonces nos matan a los dos -dijo Hazel-. ¿Hambriento? Vayamos a comer.
-Y ese es el final del capítulo –dijo Artemisa, sonriendo.
-A mí también me dio hambre –comentó Apolo.
-Comimos hace poco –lo regañó su hermana-. Mejor sigue leyendo y dejas de pensar en comida.
El dios del sol hizo un puchero, pero recibió el libro y lo abrió sin quejarse.
