—Eh, Penguin, mira ésto.
Shachi se acercó con una revista en la mano. El aludido dio un respingo cuando notó sobre su hombro la mano de su mejor amigo. Shachi lo miró extrañado y acto seguido, divertido por la reacción de Penguin, esbozó una amplia sonrisa.
—Vaya, ¿todavía sigues con eso? —rió Shachi mientras Penguin fruncía el ceño, contrariado—. Me ofendes, querido Penguin —bromeó—. Ya han pasado dos días. ¿Tan repulsivo te resulto?
—Maldita sea, Shachi, tan sólo no me toques —replicó el joven enfurruñado, colocándose el gorro azul—.
Shachi rompió a reír en carcajadas y se dejó caer sobre el asiento acolchado de la sala de estar del submarino, aplastando a Ban y a Kujira. Eran las diez de la noche y los piratas del turno de día se relajaban y descansaban tras una tarde de frenético trabajo. Ban alzó las cejas y una leve sonrisa se asomó a sus labios.
—¿Qué es lo que ocurre? —preguntó mirando al pirata pelirrojo, que ahora se revolcaba por el suelo—.
—¿No os he contado lo que nos pasó el otro día en la isla? —preguntó Shachi, con lágrimas en los ojos de tanto reír—.
Ban y Kujira negaron con la cabeza.
—¡No hace falta que lo sepan! —exclamó Penguin, súbitamente rojo como un tomate—.
—¡Cállate, pringao! —exclamó Shachi echándose a reír de nuevo—. ¡Nadie te ha preguntado tu opinión!
Shachi respiró hondo varias veces para tranquilizarse y se sentó junto a Ban y Kujira, que lo miraron con atención. Ignorando las protestas de su mejor amigo, Shachi tomó aire y comenzó a hablar:
—El viernes, cuando llegamos a esta isla, salimos a tomar algo. Lo recordáis, ¿verdad? Vosotros también vinisteis. No sé si fuisteis a un bar que había cerca del puerto, uno que tenía un letrero rojo... ¿No lo visteis? Pues os perdisteis un buen sitio, porque allí había unas cuantas chicas que estaban la mar de bien.
"Nosotros sí que fuimos. Entramos, echamos un vistazo rápido y nos acercamos, así, sin pensarlo mucho, a una morena que estaba con unas amigas y nos pusimos a hablar con ella. Le contamos unos cuantos chistes, ella nos invitó a unas copas, nos reímos; y en esas estábamos cuando, de pronto, señala a una de sus amigas y nos dice: 'Mi amiga Lina piensa que sois muy guapos'."
"Yo me quedé alucinando, porque se suponía que estaba ligando con ella, no con su amiga Lina, pero, bueno, ya que tenía el trabajo medio hecho, aproveché la ocasión y me acerqué a la tal Lina".
"La verdad, no sé cómo no la vimos antes. Si digo que la tal Lina era preciosa, me quedo corto. Era una auténtica belleza. Os lo juro. Pelo castaño hasta la cintura, labios carnosos, tetas enormes y un culo perfecto. Era un poco bajita, pero, por lo demás ¡un monumento! Yo creo que hasta me puse un poco nervioso. Pero, bah, intenté no darle importancia y me puse a hablar con ella como quien no quiere la cosa. Y Penguin se acercó en cuanto la vio, cómo no, el muy hijo de perra. Y entonces, la tal Lina empezó a hacer y a decir cosas raras".
"Por poneros un par de ejemplos: en cuanto vino Penguin, le lanzó una mirada que parecía que le iba a saltar encima cual tigresa. Yo pensé: 'Ya ha triunfado el hijo de perra de Penguin. Me voy a tener que buscar a otra'. Pero, entonces, nos agarra a cada uno del brazo y dice: '¡Vais vestidos igual! Qué monos. ¿Sois hermanos?'. Le dijimos que no y ella se echó a reír y nos dijo: '¡Ji, ji, ji! ¡Qué monos! ¡Pues parece que estáis muy compenetrados! Seguro que sois muy buenos amigos'."
"Penguin y yo nos miramos y le explicamos que éramos marineros, que pasábamos mucho tiempo en el mar embarcados y que sí, que pasábamos mucho tiempo juntos, por lo que a cada uno se nos pegaban las costumbres del otro y por eso nos parecíamos tanto. No le dijimos que éramos piratas, evidentemente".
"Ella se echó a reír y esta vez me puso ojitos a mí. Yo miré a Penguin de reojo y vi que él tampoco entendía nada; pero seguimos charlando con ella y al cabo de un rato, se puso a bailar con Penguin. Yo, que soy un buen amigo, pensé: 'Me voy a apartar para dejarles un poco de intimidad'. Pero me estaba yendo hacia la barra cuando, de repente, la tal Lina me agarró por el cuello, me hizo darme la vuelta y se puso a bailar conmigo. En ese momento, os lo juro, Penguin tenía la cara más graciosa que le he visto en toda mi vida. ¡Estaba perdidísimo! Se quedó ahí parado como diciendo '¿y ahora qué hago?'. Y, bueno, yo ahora me río, pero en ese momento también estaba alucinando bastante. Ojalá tuviera una foto de aquel instante, porque seguro que nuestras caras eran dignas de ver".
"En fin, el caso es que Penguin se quedó ahí plantado, cavilando sobre el sentido de la vida, o sabe dios qué, y, mientras tanto, Lina me empezó a preguntar cosas raras. Por ejemplo, me preguntó que qué hacíamos los marineros para divertirnos cuando estábamos embarcados; y si Penguin y yo nos divertíamos juntos a menudo. Yo ahí ya empecé a sospechar, porque me estaba mirando de forma MUY rara, así que le dije que no nos divertíamos nunca porque teníamos demasiado trabajo a bordo".
"No tengo ni idea de qué me dijo inmediatamente después, porque se dio la vuelta y empezó a bailar con Penguin otra vez. Para entonces, los dos ya estábamos alucinando por igual. Penguin me lanzaba miradas de pánico como diciendo: '¿Qué demonios hace esta loca?". Y la verdad es que yo no sabía dónde meterme, porque la chica estaba prácticamente enrollándose con Penguin delante de mis narices, pero cada vez que yo me intentaba marchar, ella me sujetaba para que me quedase".
"Pasaron unos cuantos minutos así y, de pronto, Penguin se separó de ella, se acercó a mí con una cara de angustia tremenda y me dijo: 'Vámonos de aquí. Se me está insinuando todo el rato. Me parece que quiere hacer un trío'. Yo me quedé de piedra, como podéis imaginar. Y miré a Penguin, Penguin me miró a mí, y sin mediar palabra nos largamos de allí".
—¿Sin despediros ni nada? —preguntó Ban con una sonrisa de incredulidad—.
Penguin, que había estado escuchando el relato de Shachi desde una esquina de la habitación, levantó la cara, encarnada de pura vergüenza, y exclamó:
—¡Es que fue todo tan raro...!
—Yo creo que en ese momento nos comunicamos con la mirada, ¿sabéis? —interrumpió Shachi—. ¡Como en las películas! Los dos pensamos a la vez "por ahí no pasamos" y nos entendimos —Shachi hizo una pequeña pausa dramática y se echó a reír—. Pero, Penguin —añadió—, la verdad es que fue una pena decirle que no, porque la chica estaba buenísima.
Penguin abrió los ojos como platos.
—¿Qué dices? —chilló, mientras Ban y Kujira se echaban a reír a carcajadas—.
—¡Piénsalo! —rió Shachi—. Podíamos haberle dicho que sí, y luego tú te escabullías discretamente y me dejabas a solas con ella.
—¡Vete a la mierda, Shachi!
