The Well of the Madness

La verdadera locura quizá no sea otra cosa que la sabiduría misma que, cansada de descubrir las vergüenzas del mundo, ha tomado la inteligente resolución de volverse loca.

Heinrich Heine

CAPITULO 6: Sufi.

Edward no sabía si era de día o de noche, pues aunque el doctor Cullen tenía la luz encendida, acostumbraba a hacerlo todas las mañanas; pero al llegar al corredor vio la luna, y se dio cuenta de que había dormido más tiempo de lo que pensaba.

En el camino, se fijó en una fotografía enmarcada en la pared: era la plaza central de Seattle, aún sin la estatua del poeta Preseren, con varias parejas paseando, posiblemente en domingo.

Comprobó la fecha de la foto: verano de 1910. Verano de 1910. Allí estaban aquellas personas, cuyos hijos y nietos ya habrían muerto, captados en un momento de sus vidas. Las mujeres usaban pesados vestidos y todos los hombres llevaban sombrero, chaqueta, corbata (o tela de colores, como la llamaban los locos), polainas y paraguas al brazo.

¿Y el calor? Si hubiese aparecido un inglés con bermudas y en mangas de camisa (vestimenta mucho más apropiada para el calor), ¿qué habrían pensado estas personas?

«Un loco.»

Había entendido perfectamente bien lo que el doctor Cullen había querido expresar De la misma manera entendía que siempre había tenido en su vida mucho amor, cariño, protección, pero le había faltado un elemento para transformar todo eso en una bendición: debía haber sido un poco más loco.

Sus padres habrían continuado queriéndolo de cualquier manera, pero el no había osado pagar el precio de su sueño por miedo a herirlos. Aquel sueño que estaba enterrado en el fondo de su memoria, aunque a veces fuese despertado durante un concierto, o un hermoso disco escuchado por casualidad. No obstante, siempre que afloraba su sueño, el sentimiento de frustración que lo embargaba era tan profundo que el intentaba adormecerlo con presteza.

Edward sabía, desde pequeño, cuál era su verdadera vocación: ¡ser pianista!

Lo había presentido desde que recibió su primera clase de piano, cuando contaba doce años de edad. Su profesora también había advertido su talento, y la había alentado para convertirse en una profesional. Sin embargo, cuando, feliz por un concurso que acababa de ganar, dijo a su madre que iba a dejar todo para dedicarse solamente al piano, ella la había mirado con cariño y había comentado:

—Nadie vive de tocar el piano, amor mío.

— ¡Pero si tú misma me has hecho tomar las clases!

—Solamente para desarrollar tus dotes artísticas; a todos les gusta, y puedes lucirte en las fiestas. Olvida ese capricho de ser pianista y ponte a estudiar medicina, que es la profesión del futuro.

Edward hizo lo que le pidió su madre, segura de que el tenía la suficiente experiencia para entender lo que era la realidad. Terminó sus estudios, entró en la facultad y salió de ella con un diploma y notas altas... pero la realidad del medico era muy distinta a la que alguna vez había pensado.

«Debí haber sido más loco», reflexionó. Pero, como sucede con la mayoría de las personas, lo había descubierto demasiado tarde.

Iba a continuar su camino cuando alguien lo sujetó por el brazo. El poderoso calmante que le habían aplicado aún circulaba por sus venas, y por eso no reaccionó cuando Bella, la esquizofrénica, delicadamente fue llevándolo en una dirección diferente, hacia la sala de estar.

La luna continuaba en cuarto creciente y Edward ya se había sentado al piano, atendiendo al silencioso pedido de Bella, cuando empezó a oír una voz que procedía del refectorio. Pertenecía a alguien que hablaba con acento extranjero, y Edward no recordaba haberlo escuchado en Villete.

—No quiero tocar el piano ahora, Bella. Quiero saber lo que pasa en el mundo, lo que hablan aquí al lado, quién es ese hombre extraño.

Bella sonreía, quizás sin entender una sola palabra de lo que le estaban diciendo. Pero el recordó lo que había dicho el doctor Cullen: los esquizofrénicos podían entrar y salir de sus aisladas realidades.

—Voy a morir —prosiguió Edward, con la esperanza de que sus palabras tuvieran sentido. — La muerte rozó hoy mi rostro con sus alas y llamará a mi puerta mañana o pasado mañana. Es preferible que no te acostumbres a escuchar un piano todas las noches.

»Nadie puede acostumbrarse a nada, Bella. Fíjate: yo estaba volviendo a apreciar el sol, las montañas, y hasta a aceptar los problemas; estaba incluso aceptando que la falta de sentido de la vida no era culpa de nadie más que de mí mismo. Quería volver a ver la plaza de Seattle, sentir odio y amor, desesperación y tedio, todas esas cosas sencillas y banales que forman parte de lo cotidiano y dan sabor a la existencia. Si algún día pudiese salir de aquí, me permitiría ser loco, porque todo el mundo lo es. Y peores son aquellos que no saben que lo son, porque pasan su vida repitiendo constantemente lo que los otros les mandan.

»Pero nada de eso es posible, ¿has entendido? Del mismo modo tú no puedes pasar el día entero esperando que llegue la noche y que uno de los internos toque el piano, porque eso se acabará muy pronto. Mi mundo y el tuyo han llegado al final.

Se levantó, tocó cariñosamente el rostro de la muchacha y se dirigió al refectorio.

Al abrir la puerta se encontró con una escena insólita: las mesas y las sillas habían sido desplazadas hacia la pared, dejando un gran espacio vacío en el centro. Allí, sentados en el suelo, estaban algunos de los internos, escuchando a un hombre con chaqueta y corbata.

—... entonces convidaron al gran maestro de la tradición sufí, Nasrudin, a dar una conferencia —estaba diciendo.

Cuando la puerta se abrió, todos los presentes miraron a Edward. El hombre de la chaqueta se dirigió a el:

—Siéntese. El se sentó en el suelo, junto a Rosalie, la novia de Emmett. Así por lo menos tenia alguien a quien preguntarle que es lo que pasaba allí. Rose le dedicó una sonrisa de bienvenida.

El hombre de la chaqueta continuó:

—Nasrudin fijó la conferencia para las dos de la tarde, y fue un éxito: se vendieron íntegramente los mil asientos y quedaron más de seiscientas personas afuera, que siguieron la disertación a través de un circuito cerrado de televisión.

»A las dos en punto entró un subordinado de Nasrudin e informó que por motivos de fuerza mayor la conferencia se atrasaría. Algunos se levantaron indignados, pidieron que se les devolviera el importe de la entrada y se fueron. Pero aún así permaneció mucha gente dentro y fuera de la sala.

»Cuando el reloj señaló las cuatro de la tarde, el maestro sufí aún no había aparecido y la gente fue lentamente abandonando el local y recobrando el dinero de su entrada; al fin y al cabo el horario de trabajo estaba terminando y era la hora de regresar a casa. Cuando dieron las seis, los mil setecientos asistentes iniciales se habían reducido a menos de un centenar.

»En ese momento, Nasrudin entró. Parecía completamente borracho y empezó a decir tonterías de mal gusto a una bonita joven que estaba sentada en la primera fila.

»Pasada la sorpresa, los asistentes empezaron a indignarse: ¡cómo, después de hacerse esperar cuatro horas enteras, ese hombre se comportaba de tal manera! Entonces se oyeron algunos murmullos de desaprobación, pero el maestro sufí no les dio ninguna importancia, sino que continuó, a voz en cuello, alabando el atractivo de la chica y convidándola a viajar con él a Francia.

«¡Qué maestro! —Pensó Edward—. Menos mal que yo nunca creí en estas cosas.»

—Luego de proferir algunas palabrotas en contra de las personas que protestaban —prosiguió el hombre de la chaqueta—, Nasrudin intentó levantarse y cayó pesadamente al suelo. Indignadas, las personas asistentes decidieron marcharse, diciendo que todo aquello no pasaba de ser puro charlatanismo y que irían a los periódicos a denunciar aquel espectáculo degradante.

»Y así el grupo de ofendidos dejó el recinto. Nueve personas continuaron en la sala. Nasrudin se levantó; estaba sobrio, sus ojos irradiaban luz, y había en torno de él un aura de respetabilidad y sabiduría. «Vosotros, los que os habéis quedado, sois los que me tenéis que oír —dijo—. Habéis pasado por las dos pruebas más duras en el camino espiritual: la paciencia para esperar el momento adecuado y el coraje de no decepcionaros con lo que habéis encontrado. A vosotros os enseñaré.»

»Y Nasrudin compartió con ellos algunas de las técnicas sufíes.

El hombre hizo una pausa y extrajo del bolso una extraña flauta.

—Ahora vamos a descansar un poco y después haremos nuestra meditación.

El grupo se levantó. Edward no sabía qué hacer.

—Ven —le dijo Rosalie, cogiéndolo de la mano—. Tenemos cinco minutos de recreo.

—Me voy, no quiero molestar.

Rosalie se la llevó a un rincón.

— ¿Es posible que no hayas aprendido nada, ni siquiera con la proximidad de la muerte? ¡Deja de estar pensando siempre que causas alguna molestia, coacción o perturbación a tu prójimo! ¡Si así fuera, la gente ya protestaría, y si no tuvieran valor para hacerlo, es su problema! ¿Qué temes perder?

—Mi dignidad. Estar donde no soy bienvenido.

— ¿Qué es la dignidad? ¿Es querer que todo el mundo te encuentre bueno, bien educado, lleno de amor al prójimo? Respeta la naturaleza: mira más películas de animales y fíjate en cómo ellos luchan por su espacio.

Edward consideraba que ya no le quedaba tiempo para luchar por ningún espacio y decidió cambiar de tema y preguntar quién era aquel hombre.

—Estás mejorando —replicó Rosalie riendo—. Haces preguntas sin miedo de que piensen que eres indiscreto. Ese hombre es un maestro sufí.

— ¿Qué quiere decir sufí?

—Lana.

Edward no entendía. ¿Lana?

—El sufismo es una tradición espiritual de los derviches en la que los maestros no buscan mostrar sabiduría y los discípulos bailan, giran sobre sí mismos y entran en trance.

— ¿Y para qué sirve eso?

—No estoy bien segura; pero he decidido vivir todas las experiencias que se nos han prohibido. En el curso de nuestras vidas, las autoridades gubernamentales nos inculcaron que la única finalidad de la búsqueda espiritual era apartar al hombre de sus problemas reales. Ahora contéstame lo siguiente: ¿tú no crees que entender la vida es un problema real?

Sí, era un problema real. Además, ya no estaba segura de lo que la palabra realidad quería decir. El hombre de la chaqueta (un maestro sufí, según Rosalie) pidió que todos se sentaran en círculo. De uno de los jarrones del refectorio retiró todas las flores, salvo una rosa roja, y lo colocó en el centro del grupo.

—Mira lo que hemos conseguido —comentó Edward a Rosalie—. Algún loco decidió que era posible cultivar flores en invierno y hoy en día tenemos rosas el año entero. ¿Crees que un maestro sufí, con todo su conocimiento, es capaz de hacer eso?

Rosalie pareció adivinar su pensamiento.

—Deja las críticas para después.

—Lo intentaré. Porque todo lo que tengo es el presente y, dicho sea de paso, será bastante breve.

—Es todo lo que todo el mundo tiene, y es siempre muy breve, aunque algunos piensen que poseen un pasado, donde acumularon experiencias, y un futuro, donde acumularán aún más.— replico Rosalie —Aunque sólo te queden dos días de vida, creo que no deberías partir de aquí sin saber hasta dónde podrías haber llegado.

El hombre de la chaqueta pidió silencio, interrumpiendo la conversación. Mandó que todos se concentrasen en la rosa y vaciasen sus mentes.

—Los pensamientos volverán, pero procurad evitarlos. Tenéis dos caminos a elegir: dominar vuestra mente o ser dominados por ella. Ya habéis vivido esta segunda alternativa: os dejasteis llevar por los miedos, las neurosis y la inseguridad, porque el hombre tiende a la autodestrucción.

»No confundáis la locura con la pérdida de control. Recordad que, en la tradición sufí, el principal maestro —Nasrudin— es lo que todos llaman un loco. Y justamente porque su ciudad lo considera un demente, Nasrudin tiene la posibilidad de decir todo lo que piensa y hacer lo que le viene en gana. Así era como los bufones de la corte, en la época medieval, podían alertar al rey sobre los peligros que los ministros no osaban comentar porque temían perder sus cargos.

»Así debéis proceder vosotros: manteneos locos, pero comportaos como personas normales. Corred el riesgo de ser diferentes, pero aprended a hacerlo sin llamar la atención. Concentraos en esta flor y dejad que el verdadero Yo se manifieste.

— ¿Qué es el verdadero Yo? —interrumpió Edward.

Quizás lo supiesen todos allí, pero eso no importaba: a el no debería preocuparle tanto incomodar o no a los demás.

El hombre pareció sorprendido con la interrupción, pero respondió:

—Es aquello que tú eres, no lo que hicieron de ti. — Respondió — Veronika decidió hacer el ejercicio, empeñándose al máximo en descubrir quién era. En esos días en Villete había sentido cosas que nunca había experimentado con tanta intensidad: odio, amor, deseos de vivir, miedo, curiosidad. Tal vez Rosalie tuviera razón: El no había conocido todos esos sentimientos con tanta claridad como aquí adentro y ahora que lo conocía tenía que llegar hasta el final.

El señor de la chaqueta empezó a tocar la flauta. Lentamente la música fue calmando su alma y el consiguió fijarse en la rosa. Podía ser el efecto del sedante, pero el hecho es que desde que había salido del consultorio del doctor Cullen se sentía muy bien.

Sabía que iba a morir muy pronto: ¿para qué sentir miedo? No ayudaría en nada, ni evitaría el fatídico ataque cardíaco. Lo más atinado sería aprovechar los días y las horas que le quedaban.

La música llegaba queda a sus oídos y la exigua luz del refectorio había creado una atmósfera casi religiosa.

La música lo conducía hacia otro ámbito: lo instaba a no pensar, a no reflexionar acerca de su entorno, y limitarse a ser. Edward se entregó, contempló la rosa, vio quién era, se gustó y lamentó haberse precipitado tanto.

Una vez hubo finalizado la meditación, el maestro sufí se retiró. Rosalie permaneció un poco más en el refectorio, charlando con otros internos. El chico se quejó de cansancio y se retiró, pues al fin y al cabo el sedante que le habían dado esa mañana era lo bastante fuerte como para hacer dormir a un toro, y aún así el había conseguido tener fuerzas para mantenerse despierto hasta entonces.

«La juventud es así, establece los propios límites sin preguntar si el cuerpo es capaz de soportarlos. Y el cuerpo siempre lo es.»

Rosalie no tenía sueño; había dormido hasta tarde, y después había decidido dar un paseo por la ciudad, puesto que el doctor Cullen exigía que los miembros de la Fraternidad salieran de Villete todos los días. Había ido al cine y casi se había vuelto a dormir en la butaca viendo una película aburridísima sobre conflictos entre marido y mujer ¿Será posible que no tengan otro tema? ¿Por qué repetir siempre las mismas historias: marido con amante, marido con mujer e hijo enfermo, marido con mujer, amante e hijo enfermo? En el mundo había asuntos más importantes que contar.

La charla en el refectorio duró poco; la meditación había relajado al grupo y todos decidieron regresar a sus dormitorios, menos Rosalie, que salió a dar un paseo por el jardín. En su camino pasó por la sala de estar y vio a Edward, que aún no se había retirado a su cuarto: estaba tocando para Bella, la chica esquizofrénica, que posiblemente se había quedado esperando al lado del piano mientras duró la conferencia del maestro sufí. Los locos, como los niños, sólo desisten de su actitud cuando ven satisfechos sus deseos.

El aire estaba helado. Rosalie regresó, cogió un abrigo y volvió a salir. Allá fuera, lejos de los ojos de todos, encendió un cigarrillo. Fumó sin culpa y sin prisa, reflexionando sobre el chico, el piano que escuchaba y la vida del lado exterior a los muros de Villete, que se estaba volviendo insoportablemente difícil para todo el mundo.

En opinión de Rosalie, esta dificultad no se debía al caos, o a la desorganización o a la anarquía, sino al exceso de orden. La sociedad se regía cada vez por medio de más reglas, y leyes para contrariar las reglas, y nuevas reglas para contrariar las leyes; eso sembraba el temor en las personas, que ya no daban siquiera un paso que las alejara del cumplimiento del reglamento invisible que guiaba la vida de todos.

Rosalie tenía su propia experiencia para avalar esa opinión. Su madre había pasado cuarenta años de su vida trabajando como abogada hasta que se caso y formo una familia. Ya desde el comienzo de su carrera había perdido rápidamente su ingenua visión de la justicia y había pasado a entender que las leyes no habían sido creadas para resolver problemas, sino para prolongar indefinidamente las reyertas y las diferencias.

Era una pena que Alá, Jehová, Dios —no importa el nombre que se le diera— no hubiera vivido en el mundo actual. Porque si así fuese, todos nosotros estaríamos aún en el Paraíso mientras que él estaría respondiendo a recursos, apelaciones, rogatorias, exhortos, interdictos, preliminares, procedimientos, y tendría que explicar en innumerables audiencias su decisión de expulsar a Adán y Eva del Paraíso, apenas por transgredir una ley arbitraria sin ningún fundamento jurídico: no comer el fruto del árbol del Bien y del Mal.

Si Él no quería que eso sucediera, ¿por qué dispuso que el árbol se alzara en medio del Jardín y no fuera de los muros del Paraíso? Si la designaran defensora de la pareja, la madre de Rosalie seguramente acusaría a Dios de «omisión administrativa», porque además de emplazar el árbol en un lugar incorrecto, no lo rodeó de advertencias ni barreras, dejando de adoptar los mínimos requisitos de seguridad, y exponiendo a todos los que pasaban por allí al peligro.

Ella también podría acusarlo de «inducción al delito», puesto que atrajo la atención de Adán y Eva hacia el lugar exacto donde se encontraba. Si no hubiese dicho nada, generaciones y generaciones pasarían por esta Tierra sin que nadie se interesara por el fruto prohibido, ya que debería estar en un bosque lleno de árboles semejantes y, por lo tanto, sin ostentar ningún valor específico.

Pero Dios no había actuado así. Por el contrario, escribió la ley y encontró la manera de convencer a alguien para que la transgrediera, tan sólo para poder inventar el Castigo. Sabía que Adán y Eva acabarían aburridos de tanta perfección y, tarde o temprano, pondrían a prueba Su paciencia. Y se quedó allí, esperando, porque tal vez también Él —Dios Todopoderoso— se hallaba aburrido de que todo en la creación discurriera a la perfección; si Eva no hubiese comido la manzana, ¿qué es lo que hubiera sucedido de interesante en estos miles de millones de años?

Nada. Cuando la ley fue violada, Dios —el Juez Todopoderoso— aún simuló una persecución, como si no conociese todos los escondrijos posibles que hubiese en el Jardín. Con los ángeles mirando y divirtiéndose con la broma (la vida para ellos también debía de ser muy tediosa desde que Lucifer dejara el Cielo), Él empezó a caminar Rosalie imaginaba cómo de aquel episodio de la Biblia se podía obtener una hermosa escena para un filme de suspense: los pasos de Dios, las miradas asustadas que la pareja intercambiaba entre sí, los pies que súbitamente se detenían junto al escondrijo.

— ¿Dónde estás? —había preguntado Dios.

—Oí vuestro paso en el jardín, tuve miedo y me escondí porque estoy desnudo —había respondido Adán sin saber que, a partir de esta afirmación, se convertía en reo confeso de un crimen.

Listo. Mediante un simple truco, aparentando no saber dónde estaba Adán ni el motivo de su fuga, Dios había conseguido lo que deseaba. Aún así, para no dejar ninguna duda al público angelical que asistía atentamente al episodio, Él había decidido ir más lejos.

— ¿Cómo sabes que estás desnudo? —había interrogado Dios, sabiendo que esta pregunta sólo tenía una respuesta posible: «Porque comí del árbol que me permite entenderlo.»

Con aquella pregunta, Dios demostró a sus ángeles que era justo y que estaba condenando a la pareja en base a todas las pruebas existentes. A partir de allí ya no importaba saber si la culpa era de la mujer, y las súplicas de perdón serían inútiles. Dios necesitaba un ejemplo para que ningún otro ser, terrestre o celeste, tuviese nunca más el atrevimiento de ir en contra de Sus decisiones.

Y así expulsó a la pareja, sus hijos terminaron pagando también por el delito (como sucede en la actualidad con los hijos de los criminales) y el sistema judicial había sido inventado: ley, transgresión de la ley (lógica o absurda, no tenía importancia), juicio (donde el más experimentado vencía al ingenuo) y castigo.

Como toda la humanidad había sido condenada sin derecho a recurrir la sentencia, los seres humanos decidieron crear mecanismos de defensa para la eventualidad de que Dios decidiera mostrar de nuevo Su poder arbitrario. Pero en el transcurso de los milenios de estudios, los hombres inventaron tantos recursos que terminaron exagerando el número, y ahora la justicia era una maraña de cláusulas, jurisprudencias y textos contradictorios que nadie conseguía entender cabalmente.

Tanto es así que cuando Dios decidió cambiar de idea y mandar a Su Hijo para salvar al mundo, ¿qué sucedió? Cayó en las redes de la justicia que Él había creado.

La maraña de leyes terminó generando tanta confusión que el Hijo acabó crucificado. No fue un proceso sencillo: Jesús pasó de Anás a Caifás, de los sacerdotes a Pilatos, quien adujo que no existían leyes suficientes según el Código romano. De Pilatos a Herodes que, a su vez, alegó que el código judío no contemplaba la condena a muerte. De Herodes otra vez a Pilatos, que aún intentó una apelación ofreciendo un acuerdo jurídico al pueblo: azotó al acusado y mostró sus heridas, pero no sirvió de nada.

Como hacen los modernos promotores, Pilatos resolvió promoverse a costa del condenado: ofreció entonces cambiar a Jesús por Barrabás, sabiendo que la justicia a estas alturas ya se había convertido en un gran espectáculo donde era preciso un final apoteósico, con la muerte del reo.

Finalmente, Pilatos usó el artículo que facultaba al juez —y no a quien estaba siendo juzgado— el beneficio de la duda: se lavó las manos, lo que quiere decir «ni sí, ni no». Era un artificio más para preservar el sistema jurídico romano sin dañar las buenas relaciones con los magistrados locales; permitía, además, que el peso de la decisión fuese transferido al pueblo en el caso de que aquella sentencia acabara creando problemas tales como la venida de algún inspector de la capital del Imperio para verificar personalmente lo que sucedía.

Justicia. Derecho. Aunque fuese indispensable para ayudar a los inocentes, no siempre funcionaba de manera que agradase a todos. Rosalie se alegró de estar lejos de todo ese ambiente, aún cuando esa noche, con aquel piano tocando, no estuviese tan segura de que Villete fuera el lugar más indicado para ella.

«Si alguna vez decido salir de aquí, nunca me implicaré en el mundo de la justicia, no pienso convivir con locos que se juzgan normales e importantes, pero cuya única función en la vida es dificultar la de los otros. Prefiero ser modista, bordadora o vendedora de fruta frente al teatro Municipal; ya cumplí mi parte de locura inútil.»

En Villete estaba permitido fumar, pero estaba prohibido tirar el cigarrillo en la hierba. Con placer hizo lo que estaba prohibido, porque la gran ventaja de estar allí era no respetar los reglamentos y, a pesar de ello, estar a resguardo de las consecuencias.

Se acercó a la puerta de la entrada. El vigilante (siempre había un vigilante allí; al fin y al cabo, ésta era la ley) la saludó con la cabeza y abrió la puerta.

—No voy a salir —dijo ella.

—Bonito piano —respondió el vigilante—. Lo oigo casi todas las noches.

—Pues no por mucho tiempo mas —contestó Rosalie mientras se alejaba velozmente para evitar dar explicaciones.

Se acordó de lo que había leído en los ojos del chico cuando entró en el refectorio: miedo. Miedo. Edward podía sentir inseguridad, timidez, vergüenza, falta de libertad, pero ¿por qué miedo? Este sentimiento sólo se justifica ante una amenaza concreta —como animales feroces, personas armadas, terremotos—, jamás por un grupo reunido en un refectorio.

«Pero el ser humano es así —se consoló—. Sustituye gran parte de sus emociones por el miedo.»

Y Rosalie sabía muy bien de lo que estaba hablando, porque éste había sido el motivo que la llevó a Villete: el síndrome del pánico.

Rosalie mantenía en su cuarto una verdadera colección de artículos sobre la enfermedad. Hoy ya se hablaba abiertamente del tema, y recientemente había visto un programa en la televisión donde algunas personas relataban sus experiencias. En este mismo programa, una pesquisa revelaba que parte de la población humana sufre el síndrome del pánico, aún cuando todos los afectados procurasen esconder los síntomas por temor a ser considerados locos.

Pero en la época en que Rosalie había sufrido su primer ataque, nada de eso era conocido para ella. «Fue el infierno. El verdadero infierno», pensó, encendiendo otro cigarrillo.

El piano continuaba sonando; el chico parecía tener la energía suficiente como para pasar la noche en vela.

Desde que Edward llegara al sanatorio, muchos internos se habían visto afectados por su presencia, y Rosalie era una de ellos. Al principio había procurado mantenerse alejada, temiendo despertar sus ganas de vivir; era mejor que continuase deseando la muerte, ya que no podía evitarla. El doctor Cullen había propagado el rumor de que, aunque continuase aplicándole inyecciones todos los días, el estado del chico se deterioraba claramente, y no conseguiría salvarlo de ninguna manera.

Los internos habían entendido el mensaje, y se mantenían distantes del condenado. Pero, sin que nadie supiese exactamente por qué, Edward había comenzado a luchar por su vida, aunque fueran pocas las personas se le hubieran aproximado: Alice, Jasper, Emmett y ella misma. Además de Bella, pero ella era distinta.

Rosalie necesitaba tener una conversación con Bella: ella siempre la escuchaba con respeto. ¿Es que la joven no entendía que lo estaba devolviendo al mundo? ¿Y que eso era lo peor que podía hacer con una persona sin esperanza de salvación?

Consideró mil maneras de explicar el asunto; pero todas ellas iban a crearle un sentimiento de culpa, y esto ella no lo haría nunca. Rosalie reflexionó un poco y decidió dejar las cosas correr a su ritmo normal.

Pero la presencia del chico había afectado a mucha gente allí, y algunos estaban dispuestos a replantear sus vidas. Alguien había intentado explicar la diferencia de este caso: la mayoría de los fallecimientos en Villete ocurrían de repente, sin dar tiempo a que nadie meditara en ello, o al final de una larga enfermedad, cuando la muerte es siempre una bendición.

En el caso de aquel chico, sin embargo, el panorama era dramático: porque era joven, estaba deseando volver a vivir y todos sabían que eso era imposible. Algunos se preguntaban: ¿Y si esa me estuviese pasando a mí? ¿Y yo, que tengo una oportunidad, la estaré aprovechando?»

Otros no se preocupaban por la respuesta; hace mucho tiempo que habían desistido y ya formaban parte de un mundo donde no existe ni vida ni muerte, ni espacio ni tiempo. Pero muchos, no obstante, se veían obligados a reflexionar, y Rosalie era uno de ellos.

Edward dejó de tocar el piano por un instante y vio a Rosalie allá afuera, afrontando el frío nocturno con escaso abrigo; ¿querría suicidarse?

«No. Quien quiso hacerlo fui yo.»

Volvió al piano. En sus últimos días de vida había plasmado finalmente su gran sueño: tocar con alma y corazón, como y cuanto quisiera. No tenía importancia que su único auditorio fuese una muchacha esquizofrénica; ella parecía entender la música, y era eso lo que importaba.


CAPITULO SEIS: Hola! Como están? Bueno como se que este capitulo se trata mas sobre Rosalie pensé que quizás podría subir el capitulo que le sigue a este. Por lo que dentro de un hora mas o menos subiré el capitulo 7. Creo que el próximo capitulo les va a gustar mucho! Así que, que dicen…?

¿Review?

Creo que lo merezco por subirles dos capítulos en un día no? Jejej

Besitos enormes y hasta dentro de una horita… Bye