Capítulo 7

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Abandoné la casa por el mismo camino por el que había llegado: salí por la ventana del piso superior, bajé por la pared exterior y atravesé el suelo de ruiseñor. Éste siguió dormido bajo mis pies, pero juré que lo haría despertar la próxima vez que caminara sobre él. No volví a escalar la tapia para saltar a la calle; en cambio, corrí en silencio por el jardín, me hice invisible y, colgado de las rocas como una araña, crucé el orificio que atravesaba el muro, por donde el arroyo desembocaba en el río. Me dejé caer en la embarcación más cercana, solté las amarras, agarré el remo colocado en la popa y empujé la barca hacia la corriente.

La barca crujió ligeramente bajo mi peso mientras las aguas la sacudían. Para mi desgracia, el cielo se había despejado de nubes; hacía más frío y la luna en cuarto creciente emitía una estela de luz. Al escuchar el sonido de pisadas que llegaba de la orilla, envié mi segundo cuerpo de regreso a la tapia y me agazapé en la barca; pero no logré engañar a Sasuke, quien dio un salto desde la ribera como si estuviera volando. Me hice invisible otra vez —aunque sabía que él me descubriría—, y salté desde la barca hasta otro bote amarrado junto a la tapia. Desaté las amarras a toda prisa y con ayuda del remo me adentré en el río. Pude ver cómo Sasuke se posaba sobre la barca que yo acababa de abandonar y se esforzaba por mantener el equilibrio. A continuación, dio otro salto y salió volando hacia mí, justo cuando yo me desdoblé en dos y, dejando mi segundo cuerpo en el bote, me precipité hacia la primera barca. Noté cómo nos cruzábamos en el aire. Controlando la fuerza de mi caída, aterricé en el primer bote, empuñé el remo y comencé a avanzar a toda velocidad. Cuando Sasuke atrapó mi segundo cuerpo, éste se desvaneció, y observé cómo mi enemigo se disponía a saltar otra vez. Sólo podía escapar adentrándome en el río. Saqué el cuchillo y, en el momento en que Sasuke se precipitaba sobre la barca, intenté clavárselo con una mano. Él se movió con su rapidez habitual y esquivó el ataque con facilidad. Yo, que había previsto su movimiento, le golpeé con el remo a un lado de la cabeza. Entonces cayó, momentáneamente aturdido, mientras que yo, que había perdido el equilibrio por el violento balanceo de la embarcación, estuve a punto de caer por la borda. Dejé el remo y me agarré con fuerza al lateral de madera. No quería acabar en las aguas heladas a menos que pudiera arrastrar a Sasuke conmigo y ahogarle. Mientras me dirigía hacia el otro lado de la barca, éste se recuperó. Dio un salto hacia delante y me agarró; caímos juntos y me sujetó por el cuello.

Yo permanecía en estado invisible, pero no tenía escapatoria, pues mi oponente me tenía inmovilizado bajo su cuerpo como una carpa bajo el mazo del cocinero. Noté que mi visión se ennegrecía y entonces él aflojó un poco los dedos.

—¡Traidor! —exclamó—. Kakashi nos advirtió que al final volverías con los Sennin. Me alegro, porque he deseado verte muerto desde el primer día en que nos conocimos. Ahora lo vas a pagar caro por tu insolencia con los Shinobi, por la herida que me hiciste en la mano... y por Sakura.

—Mátame —dije yo—, como tu familia mató a mi padre. Nunca escaparás de nuestros fantasmas. La maldición te perseguirá hasta el día de tu muerte por haber asesinado a alguien de tu propia sangre.

La barca se mecía a nuestros pies y se alejaba empujada por la marea. Si entonces Sasuke hubiese hecho uso de sus manos o su cuchillo, yo no estaría contando esta historia; pero no pudo resistir la tentación de lanzarme una última ofensa.

—Tu hijo será mío. Le criaré como es debido, como un verdadero Shinobi —me zarandeó con violencia—. Enséñame la cara —rugió—. Quiero ver tu expresión cuando oigas que le enseñaré a odiar tu memoria. Quiero verte morir.

Acerco su rostro al mío y sus ojos buscaron los míos. La barca a la deriva llegó hasta la estela de luz que proyectaba la luna. Al contemplar el brillo de ésta, dejé que regresara mi visibilidad, le miré directamente y vi lo que quería encontrar: el odio y los celos que le nublaban el juicio y le hacían vulnerable.

Al instante se dio cuenta de su error e intentó apartar la mirada, pero el golpe del remo debió de haber aminorado su celeridad habitual y ya era demasiado tarde. Estaba mareado y a punto de caer dormido bajo los influjos del sueño de los Shinobi. Se desplomó hacia un lado como un fardo y movió los párpados repetidamente intentando abrir los ojos. La barca se balanceó con más fuerza y el propio peso de Sasuke le hizo caer de cabeza al río.

El bote siguió a la deriva, cada vez más deprisa, arrastrado por la creciente marea. Bajo la estela de luz que atravesaba el agua vi que su cuerpo emergía y flotaba con suavidad. No quise regresar para darle muerte, aunque abrigaba la esperanza de que se ahogase o muriera helado. Le abandoné en manos del destino. Entonces, recogí el remo y empujé la barca hasta el otro lado del río.

Cuando llegué a la orilla tiritaba de frío. Los primeros gallos lanzaban sus cantos y la luna empezaba a descender por el firmamento. La hierba de la ribera estaba rígida a causa de la escarcha, y las piedras y los juncos se veían cubiertos por una brillante capa blanca.

Estaba exhausto, aunque demasiado agitado como para conciliar el sueño; de todas formas, tenía que moverme para entrar en calor. Caminé a paso decidido por la estrecha carretera de montaña en dirección al suroeste. La luna brillaba, y yo conocía el camino. Al despuntar la mañana atravesé el primer puerto y me dirigí ladera abajo hasta una pequeña aldea. Casi todos los habitantes dormían, pero me encontré con una anciana que avivaba los rescoldos del fogón de la cocina y que me ofreció un poco de sopa caliente a cambio de una moneda. Me quejé ante ella de mi anciano amo, quien me enviaba en una absurda búsqueda a través de las montañas hasta un templo remoto. Sin duda el invierno acabaría con él, y yo me quedaría, desamparado, en el santuario.

La anciana se rió con estridencia, y dijo:

—Entonces, ¡tendrás que hacerte monje!

—Nada de eso; me gustan demasiado las mujeres.

Mi comentario le agradó y me regaló varias ciruelas encurtidas como acompañamiento del desayuno. Cuando reparó en las monedas que yo llevaba, me ofreció alojamiento. Los alimentos habían provocado que el demonio del sueño se acercara aún más a mí, y ansiaba poder tumbarme; pero me asustaba la idea de que pudieran reconocerme, e incluso lamentaba las explicaciones que le había dado a la mujer. Yo había dejado a Sasuke en el río, pero sabía que las aguas siempre devuelven a sus víctimas —a las vivas y las muertas— y temía que me persiguiera. No me sentía orgulloso de mi deserción del Gremio tras haber jurado obediencia, y bajo la fría luz de la mañana comencé a darme cuenta de lo que haría el resto de mi vida. Había decidido regresar con los Sennin, pero ya nunca me libraría del miedo a ser asesinado; toda una organización secreta me buscaría para castigarme por mi deslealtad. Si quería escapar de sus redes, debía moverme con mayor rapidez que cualquiera de sus mensajeros; tenía que llegar a Kusagakure antes de que la nieve empezara a caer.

Cuando llegué a Konoha en la tarde del segundo día el cielo había adquirido un tono plomizo. Mis pensamientos regresaron al momento en que había conocido allí a Hinata, y recordé la sesión de entrenamiento en la que me enamoré de ella. ¿Acaso su nombre ya estaba inscrito en el censo de los difuntos? ¿Tendría que encender velas en su memoria durante el Festival de los Muertos, año tras año, hasta mi muerte? ¿Nos reuniríamos en el otro mundo, o tal vez estábamos condenados a no volver a encontrarnos ni en la vida ni en la muerte? La congoja y el remordimiento me corroían. Ella me había dicho: «Sólo me encuentro a salvo a tu lado»; pero yo la había abandonado. Si el destino fuese bondadoso conmigo y ella volviera otra vez junto a mí, nunca la dejaría marchar.

Me arrepentí amargamente de haberme unido a los miembros del Gremio y repasé los motivos por los que había tomado esa decisión. Era cierto que había hecho un pacto con ellos y mi vida les pertenecía; pero además yo culpaba a mi propia vanidad. Había deseado conocer y desarrollar el lado oscuro de mi persona que había heredado de mi padre, de los Shinobi, del Gremio; aquella tenebrosa herencia que me otorgó los poderes extraordinarios que tanto me enorgullecían. Yo había respondido con entusiasmo y voluntariamente a la llamada del Gremio, a la mezcla de adulación, condescendencia y brutalidad con la que solía manipularme. Me pregunté si lograría escapar de ellos.

No paraba de dar vueltas a tales pensamientos y, a medida que caminaba, el letargo me envolvía. Al mediodía eché una cabezada en un hoyo que encontré junto a la carretera, pero el intenso frío me despertó. La única forma de mantenerme en calor era continuar caminando. Rodeé la ciudad, descendí por un puerto de montaña y volví a salir a la carretera cerca del río. El caudal había disminuido con respecto a la crecida causada por las tormentas que nos habían retenido en Konoha; los destrozos de las orillas se habían reparado, pero el único puente en muchos kilómetros a la redonda, una pasarela de madera, aún estaba derruido. Pagué a un barquero para que me llevara hasta el otro lado del río. Nadie viajaba a una hora tan tardía y yo era su último pasajero. Noté que me miraba con curiosidad, pero no me dirigió la palabra. Yo no le identifiqué como miembro del Gremio, pero me sentía incómodo en su presencia. Me dejó en la orilla y me alejé a toda velocidad. Cuando giré en la curva de la carretera, él me seguía observando. Hice un gesto con la cabeza, pero no se dio por aludido.

El frío era cada vez más intenso; el aire, húmedo y helado. Lamentaba no haber buscado refugio para pasar la noche; si me quedaba atrapado por una ventisca, tendría pocas posibilidades de sobrevivir. Estaba seguro de que junto a la frontera del feudo había una casa de postas, pero a pesar de la carta de Pa y de mi disfraz de sirviente no quería pasar la noche allí, pues me encontraría con demasiados curiosos y demasiados guardias. No sabía qué hacer, de modo que continué caminando.

Llegó la noche. Hasta con mis ojos entrenados por el Gremio, me resultaba difícil ver el camino. En dos ocasiones me desorienté y tuve que regresar sobre mis pasos. Caí en una zanja que acumulaba agua y me mojé las piernas hasta la altura de las rodillas. El viento rugía, y de los bosques llegaban extraños sonidos que me recordaban a las leyendas de monstruos y duendes y me hacían creer que los muertos caminaban a mis espaldas.

Para cuando el cielo empezó a palidecer por el este yo ya estaba helado hasta los huesos y tiritaba de forma incontrolable. Me alegré de la llegada del alba, pero ésta no me alivió del intenso frío; al contrario, me recordó mi profunda soledad. Por primera vez se me ocurrió que si la frontera del feudo estaba custodiada por hombres de Obito, me entregaría. Ellos me llevarían ante su señor, pero antes me ofrecerían algo caliente. Me llevarían al interior de la construcción para protegerme del frío y harían té para mí. La idea del té caliente me obsesionaba; notaba el vapor en la cara, el calor del cuenco en las manos. Tan obsesionado estaba, que no reparé en que me seguían.

De repente noté la presencia de alguien a mis espaldas. Me di la vuelta, atónito por no haber oído las pisadas ni la respiración de quien me seguía. Me sorprendí, incluso me asusté, pues parecía haber perdido mi capacidad de audición. Daba la impresión de que aquel viajero hubiera caído del cielo o hubiera llegado caminando por encima del suelo, como hacen los muertos. Al momento comprendí que o bien el agotamiento me había desquiciado o realmente me encontraba ante un fantasma, pues el hombre que caminaba detrás de mí era Gaara, el paria, a quien, según yo tenía entendido, los hombres de Obito habían torturado hasta la muerte en el país de la hierba.

La impresión al verle fue tan intensa que creí desmayarme. La sangre me dejó de fluir a la cabeza y me tambaleé. Mientras caía, Gaara logró sujetarme. Sus manos no eran las de un espíritu; eran reales, fuertes y sólidas, y olían a cuero. La tierra y el cielo empezaron a dar vueltas a mi alrededor y la vista se me nubló. Gaara me ayudó a sentarme y me puso la cabeza entre las rodillas. Algo me bramaba en los oídos, un ruido tan fuerte que me ensordecía. Permanecí en aquella postura, sujetándome la cabeza con las manos, hasta que el rugido disminuyó y la oscuridad se alejó de mi visión. Me quedé mirando el suelo. La hierba estaba cubierta de escarcha y minúsculas partículas de oscuro hielo rodeaban las piedras del camino. El viento soplaba con fuerza en los cedros. Con la excepción de su silbido, lo único que se oía era el castañeteo de mis dientes.

Entonces, Gaara habló. No había duda, era su voz:

—Perdóname, señor; no quería asustarte.

—Me dijeron que habías muerto. No sabía si eras tú... o tu fantasma.

—Creo que estuve muerto durante un tiempo —susurró Gaara—. Eso es lo que pensaron los hombres de Obito cuando me arrojaron a la ciénaga; pero el sabio tenía otros planes para mí y me envió de vuelta a este mundo. Mi trabajo aquí aún no ha terminado.

Levanté la cabeza lentamente y le miré. Una cicatriz reciente le cruzaba el rostro, de la nariz a la oreja, y le faltaban varios dientes. Le tomé la muñeca para mirarle la mano; le habían arrancado las uñas y los dedos estaban deformados a causa de los golpes.

—Debería pedirte perdón —dije yo, impresionado ante lo que veía.

—Nunca nos sucede nada que el sabio no haya proyectado —replicó él.

Yo me pregunté por qué la tortura tenía cabida en los planes de los dioses, pero no me hice eco de mis pensamientos.

—¿Cómo me encontraste?

—El barquero vino a verme y me contó que había transportado a un pasajero que podrías ser tú. Llevo tiempo esperando noticias tuyas; sabía que regresarías —Gaara recogió el hatillo que había dejado a un lado de la carretera y lo desató—. Por fin se cumplirá la profecía.

—¿De qué profecía hablas?

Gaara no respondió. Sacó dos pastelillos de mijo, entonó una plegaria y me ofreció uno de ellos.

—Siempre me alimentas —le comenté, agradecido—, pero ahora me siento incapaz de comer.

—Entonces, bebe —replicó Gaara, mientras sacaba un tosco recipiente fabricado con bambú. Yo dudé si debía aceptarlo, pero después pensé que el licor me haría entrar en calor. En cuanto el líquido me llegó al estómago, la oscuridad se cernió sobre mí otra vez y vomité varias veces con tanta violencia que me puse a temblar de forma incontrolable.

Gaara chasqueó la lengua como se hace con los caballos o los bueyes. Tenía la paciencia propia de quien está acostumbrado a tratar con animales; no en vano, él era quien les daba muerte y después despellejaba sus cadáveres. Cuando recobré el habla, acerté a decir, a pesar del castañeteo de los dientes:

—Tengo que seguir mi camino.

—¿Hacia dónde te diriges? —preguntó Gaara.

—A Kusagakure. Pasaré allí el invierno.

—Entiendo —dijo él, sumiéndose en uno de sus familiares silencios. Estaba rezando, prestando atención a una voz interior que le indicara cómo actuar—. Está bien —exclamó por fin—, cruzaremos la montaña. Si viajaras por la carretera, te detendrían en la barrera y, aunque eso no sucediera, tardarías demasiado; nevaría antes de que llegases al país de la Hierba.

—¿Cruzar la montaña? —pregunté, extrañado, llevando la mirada hacia los escarpados picos que se extendían en dirección noroeste.

La carretera que discurría entre Konoha y el País de la Hierba rodeaba la falda de las montañas, pero Kusagakure se encontraba justo al otro lado de la cordillera. Las nubes grises cubrían las altas cumbres y emitían el húmedo resplandor que presagia la llegada de la nieve.

—El camino es muy escarpado —dijo Gaara—. Tienes que descansar antes de ponerte en marcha.

Empecé a contemplar la idea de incorporarme.

—No tengo tiempo. Debo llegar al templo antes de que nieve.

Gaara elevó la vista hacia el cielo y respiró profundamente.

—Esta noche no nevará, hace demasiado frío, pero la nieve podría empezar a caer mañana. Le pediremos al sabio de los seis caminos que la detenga.

Gaara se levantó y me ayudó a incorporarme.

—¿Estás en condiciones de andar? Mi casa no queda lejos; allí podrás descansar. Después te llevaré a ver a unos hombres que te mostrarán el camino que atraviesa las montañas.

Yo me sentía desfallecer; era como si mi cuerpo hubiese perdido su materia, como si me hubiese desdoblado en dos y me hubiera marchado con mi segundo cuerpo vacío. En ese momento agradecí la doctrina del Gremio, con la que había aprendido a encontrar las reservas de energía que la mayoría de las personas desconoce. Concentré la respiración, y poco a poco recobré algo de vigor y resistencia. Sin duda, Gaara atribuyó mi recuperación al poder de sus plegarias. Me observó durante unos instantes con sus ojos hundidos, luego se dio la vuelta esbozando una ligera sonrisa y comenzó a desandar el trayecto que había recorrido.

Yo dudé por un momento, en parte porque detestaba la idea de volver sobre mis pasos, de regresar por el camino que tanto esfuerzo me había costado recorrer, y en parte porque me disgustaba estar en compañía de un paria. No me importaba hablar con él de noche, a solas; pero caminar a su lado, ser visto en su presencia, era algo muy diferente. Me recordé a mí mismo que todavía no era un señor Sennin, que tampoco pertenecía ya al Gremio, que Gaara me estaba ofreciendo ayuda y refugio; pero mientras le seguía me envolvió una sensación de incomodidad.

Anduvimos durante casi una hora y a continuación giramos por un angosto sendero que partía desde la carretera, discurría a orillas de un pequeño río y atravesaba dos míseras aldeas. Unos chiquillos salieron corriendo a nuestro encuentro suplicando comida, pero se detuvieron en seco al reconocer al paria. En la segunda aldea, dos niños algo más mayores se atrevieron a arrojarnos piedras, y una de ellas estuvo a punto de golpearme en la espalda; pero yo pude oír cómo se precipitaba por el aire y me aparté justo a tiempo. Cuando iba a darme la vuelta para castigar al descarado muchacho, Gaara me lo impidió.

Mucho antes de llegar a la curtiduría, se distinguía un intenso olor a cuero. El torrente se fue ensanchando hasta desembocar en otro río de mayor caudal. En la confluencia de ambos había varias hileras de bastidores de madera sobre los que las pieles estaban extendidas. En este húmedo y abrigado lugar quedaban protegidas de la escarcha; aunque, cuando llegase lo más crudo del invierno, los curtidores retirarían los cueros de los marcos y los guardarían hasta la primavera. Varios hombres estaban ya trabajando —todos ellos parias, desde luego—; a pesar del frío estaban medio desnudos y, como Gaara, eran tan delgados que se les adivinaban los huesos. También tenían el mismo aspecto derrotado, como de perros apaleados. Sobre las aguas flotaba la bruma, que se mezclaba con el humo procedente de las hogueras de carbón. Un puente flotante, construido con cañas de bambú unidas con cuerdas, cruzaba el río. Recordé que Gaara me había pedido que acudiera al puente de los parias siempre que necesitara ayuda, y me asombré de que el destino me hubiese llevado hasta allí; sin duda él diría que yo había sido guiado por el poder del sabio de los seis caminos.

En el extremo más alejado de las hileras de bastidores se veían varias chozas de madera; su apariencia era tan frágil que daba la impresión de que una ráfaga de viento podría derrumbarlas. Seguí a Gaara hasta el umbral de la cabaña más cercana. Aunque los hombres seguían trabajando, percibí que me observaban, y en sus miradas detecté una especie de súplica, como si yo fuera alguien importante para ellos y pudiera ayudarlos.

Intenté disimular mi reticencia y entré en la choza sin quitarme las sandalias, pues el suelo era de tierra. En el hogar ardía un pequeño fuego y los ojos me escocían por el humo que llenaba el ambiente. En una esquina, acurrucada bajo una pila de piezas de cuero, se encontraba una persona. En un primer momento creí que se trataba de la esposa de Garra, pero luego se acercó arrastrando las rodillas e inclinó la cabeza hasta tocar el suelo. Era el barquero con el que había cruzado el río.

—Caminó casi toda la noche para decirme que te había visto —dijo Gaara con tono de disculpa—. Tiene que descansar antes de regresar a su casa.

Yo era consciente del sacrificio que el barquero había llevado a cabo. No sólo había caminado en solitario gran parte de la noche bajo la oscuridad habitada por los espíritus, sino que se había expuesto a ser atacado por los bandoleros o detenido por las patrullas; además, había perdido los escasos ingresos de un día de trabajo.

—¿Por qué hiciste eso por mí?

El barquero se incorporó, elevó los ojos y me miró durante un instante. No pronunció palabra, pero reconocí la misma mirada de los curtidores; era una mezcla de consuelo y de hambre. Hacía varios meses yo había visto aquella misma expresión en los rostros de las gentes con quien Jiraiya y yo nos cruzamos en nuestro viaje de vuelta de Kusagakure al país de la Hierba; aquellas miradas estaban lanzando una súplica a Jiraiya, pues en él habían encontrado la promesa de justicia y compasión. Ahora aquellos hombres buscaban lo mismo en mí; lo que Gaara les había contado me había convertido en su esperanza.

Algo en mi interior me hizo reaccionar ante sus súplicas, de la misma forma en que lo había hecho ante los aldeanos o ante los granjeros y sus campos de cultivo secretos. Los parias eran tratados como perros, golpeados y condenados al hambre; pero yo los consideraba como los hombres que eran, con un cerebro y un corazón tan humanos como los de cualquier guerrero o comerciante. Yo me había criado entre los Jinchūriki y había aprendido que el sabio de los seis caminos veía a todo hombre con los mismos ojos. No importaba en lo que llegase a convertirme, no importaba qué otras enseñanzas hubiera podido recibir de los Sennin o del Gremio... Incluso a pesar de mi propia oposición, me era imposible olvidar tales creencias.

En ese momento, Gaara intervino:

—Ahora él te pertenece; como yo, como todos nosotros. Sólo tienes que reclamar nuestra presencia.

Gaara sonrió abiertamente y sus dientes rotos brillaron en la penumbra. Había hecho té y me pasó un pequeño cuenco de madera. Noté el vapor en la cara, y percibí que la infusión estaba elaborada con tallos, como la preparábamos en Uzushiogakure.

—¿Y por qué tendría yo que reclamaros? ¡Lo que necesito es un ejército! —exclamé. Con el primer sorbo de té, noté una agradable sensación de calor.

—Sí, necesitas un ejército —convino Gaara—. Tienes ante ti muchas batallas. Eso dice la profecía.

—Entonces, ¿cómo podéis ayudarme? Les está prohibido matar.

—Los guerreros se encargarán de matar —explicó Gaara—. Pero existen muchas otras labores que los soldados no realizan y que son igualmente necesarias; labores que consideran indignas, como levantar edificaciones o descuartizar y enterrar a los muertos. Tú mismo te darás cuenta cuando nos necesites.

El té me asentó definitivamente el estómago. A continuación, Gaara trajo unos pastelillos de mijo, pero yo no tenía apetito y dejé que el barquero diese cuenta de mi ración. Gaara tampoco probó bocado, y guardó el pastel restante. Vi como el otro hombre seguía los alimentos con la mirada y le entregué unas monedas antes de que se pusiera en camino. Él no quería aceptarlas, pero se las puse en la mano.

Gaara murmuró la bendición con la que se despedía del barquero y después apartó unas piezas de cuero para que yo me colocase bajo ellas. El calor del té permanecía en mi interior. El cuero apestaba, pero me libraba del frío y amortiguaba los ruidos. Por un instante me vino a la mente el pensamiento de que cualquiera de aquellos hombres me podría delatar por un cuenco de sopa caliente, pero yo no tenía otra alternativa más que confiar en Gaara. Dejé que la oscuridad cayese sobre mí y me sumergiera en un profundo sueño.

Gaara me despertó varias horas después, bien pasado el mediodía. Me ofreció té —apenas agua caliente— y se disculpó por no tener comida.

—Debemos partir inmediatamente —dijo— para poder encontrarnos con los carboneros antes de que anochezca.

—¿Los carboneros? —pregunté aún aturdido; normalmente me espabilaba con rapidez, pero aquel día estaba atontado por el sueño.

—Todavía siguen en la montaña. Las veredas que utilizan para atravesar los bosques te conducirán hasta la frontera, pero ellos se marcharán con la caída de las primeras nevadas —Gaara hizo una breve pausa, y prosiguió—: De camino tenemos que hacer una visita.

—¿A quién?

—No nos llevará mucho tiempo —replicó, dedicándome una de sus tenues sonrisas.

Salimos de la choza, y yo me acerqué a la orilla del río para refrescarme la cara. El agua estaba helada; como Gaara había previsto, la temperatura había descendido y se notaba menos humedad en el aire. Hacía mucho frío y el ambiente estaba demasiado seco como para que nevara.

Me sacudí el agua de las manos mientras dirigía unas palabras a los hombres, quienes volvieron su tímida mirada hacia mí. Cuando partimos, dejaron de trabajar y se arrodillaron con la cabeza gacha a medida que yo pasaba junto a ellos.

—¿Acaso saben quién soy? —pregunté en voz baja a Gaara, temiendo de nuevo que aquellos pobres hombres me traicionasen.

Saben que eres Sennin Naruto —replicó—, aquel que traerá la paz y la justicia. Eso dice la profecía.

—¿Qué profecía? —pregunté yo nuevamente.

Y él respondió:

—Lo averiguarás por ti mismo.

Me sentí lleno de recelos. ¿Qué hacía yo poniendo mi vida en manos de aquel loco? Sabía que si desperdiciábamos un solo momento no me sería posible llegar a Kusagakure antes de que me atraparan las nevadas... o los asesinos del Gremio; pero también era consciente de que mi única esperanza era salvar la montaña. No tenía más remedio que seguir a Gaara.

Atravesamos el río corriente arriba, por una presa. Nos cruzamos con muy pocos caminantes: un par de pescadores y algunas muchachas cargadas con comida para los hombres que quemaban los tallos de arroz y extendían estiércol en los campos sin cultivar. Las muchachas se desviaron del camino para no toparse con nosotros, y uno de los pescadores nos escupió, mientras que el otro maldijo a Gaara por mancillar el agua. Yo mantuve la cabeza baja para esconder el rostro, pero ninguno de ellos me prestó atención. De hecho, evitaron mirarnos directamente, como si tan ligero contacto pudiera deshonrarlos y traerles mala suerte.

Gaara no daba muestras de que aquella hostilidad le perturbara, y se ocultaba en sí mismo como si una capa negra le cubriese; pero cuando nos alejamos de los hombres, intervino:

—No nos permiten utilizar el puente de madera para transportar las piezas de cuero; por eso tuvimos que construir nuestra propia pasarela. Y ahora que su puente está derruido, ellos se niegan a utilizar el nuestro —sacudió la cabeza en señal de negación, y susurró—: Ojalá conocieran al sabio de los seis caminos…

Al llegar a la otra orilla seguimos el curso del río por espacio de unos dos kilómetros y después giramos hacia el noroeste y empezamos a escalar la ladera. Los arces y los robles de ramas desnudas dieron paso a los pinos y los cedros. A medida que el bosque se hacía más denso, el sendero se hacía más oscuro y más empinado, hasta que llegamos a unas formaciones rocosas por las que a menudo teníamos que avanzar a gatas. Había conseguido librarme del sueño y ya notaba que la energía regresaba a mí. Gaara ascendía sin descanso y apenas le faltaba la respiración. No resultaba fácil calcular su edad. La pobreza y el sufrimiento habían hecho mella en él, y parecía un anciano; pero puede que no sobrepasara los 30 años. Había algo en su persona que parecía proceder de otro mundo, como si efectivamente hubiese regresado del universo de los muertos.

Por fin coronamos una cima y alcanzamos una pequeña meseta atravesada por una enorme roca que se había desplomado desde el peñasco de más arriba. A nuestros pies se divisaba el cauce que dibujaba el río casi hasta Konoha; la bruma y el humo flotaban en el valle; las nubes, a baja altura, ocultaban la cordillera de enfrente. La ascensión nos había hecho entrar en calor, incluso sudar; pero cuando nos detuvimos, nuestro aliento se tornó blanco a causa del intenso frío. En los arbustos casi desnudos algunas bayas tardías desprendían un suave resplandor rojo y constituían la única excepción a la falta de color generalizada, pues incluso los árboles perennes mostraban un tono oscuro, semejante al negro. Escuché el goteo del agua, y desde la roca llegó el graznido de dos cuervos que se llamaban el uno al otro. Cuando las aves se quedaron en silencio, oí que alguien respiraba.

El sonido, lento y acompasado, llegaba de la roca misma. Disminuí el ritmo de mi respiración, alerté a Gaara tocándole el brazo e hice un gesto con la cabeza en dirección a la roca.

Él me sonrió, y dijo con calma:

—No te preocupes, es la persona que hemos venido a visitar.

Los cuervos graznaron de nuevo, y sus reclamos sonaron ásperos e intimidantes. Comencé a temblar mientras el frío me invadía por momentos; los temores de la noche anterior amenazaban con salir de nuevo a la superficie. Yo quería seguir mi camino; no deseaba encontrarme con alguien que se escondía tras la roca y cuya respiración era tan lenta que no parecía propia de un ser humano.

—Ven —me indicó Gaara.

Bordeamos el peñasco mientras él apartaba los ojos del precipicio que se abría a nuestros pies.

Detrás, había una cueva horadada en la ladera de la montaña. El agua goteaba del techo. A lo largo de los siglos el continuo goteo había formado pilares calcáreos y estalactitas, y había perforado un túnel en el suelo que conducía a un pequeño y profundo estanque, cuyos lados eran tan regulares como los de un aljibe y tan blancos como la cal. El agua era negra.

El techo de la cueva se inclinaba adaptándose a la montaña, y bajo la zona más elevada y seca se sentaba una persona que yo hubiera tomado por una estatua de no haber sido porque percibía su respiración. Era de un blanco grisáceo, como la roca caliza, como si llevara allí sentada tanto tiempo que hubiera empezado a calcificarse. No se distinguía si era hombre o mujer, aunque percibí que se trataba de uno de esos personajes centenarios —tal vez un ermitaño o un fraile, quizá una monja— que traspasan las barreras de la carne y se acercan tanto al otro mundo que casi se convierten en espíritus. El cabello le caía por encima del cuerpo como un manto blanco; su cara y sus manos eran tan grisáceos como un antiguo pergamino.

Aquella persona desconocida se hallaba sentada en el suelo de la cueva en actitud de meditación y no daba señal alguna de cansancio o incomodidad. Frente a ella se veía una especie de altar de piedra sobre el que reposaban algunas flores marchitas —los últimos lirios del otoño— y otras ofrendas: dos naranjas amargas con la piel arrugada, un pequeño trozo de tela y varias monedas de poco valor. Era similar a otros santuarios de montaña, pero en la piedra estaba tallado el signo de los Jinchūriki, el mismo que la señora Tsunade me había trazado en la mano cuando, tiempo atrás.

Gaara desató su hatillo y sacó el último pastel de mijo. Se arrodilló y lo colocó cuidadosamente sobre el altar; después, inclinó la cabeza hasta tocar el suelo con la frente. La persona que permanecía sentada abrió los ojos y los volvió hacia nosotros; pero nos miraba sin vernos, pues estaban nublados por la ceguera. La expresión que vi en su semblante me impulsó a caer de rodillas y a hacer una reverencia; era una expresión que transmitía una infinita ternura y compasión, mezcladas con una profunda sabiduría. Sin duda me encontraba ante un ser sagrado.

—Haruto —dijo con una voz que me pareció más de mujer que de hombre.

Había pasado tanto tiempo desde la última vez que me habían llamado por el nombre que mi madre me había otorgado, que noté cómo el vello de la nuca se me erizaba y me puse a temblar, aunque no de frío.

—Incorpórate —me indicó—. Tengo unas palabras que decirte, y debes oírlas. Eres Haruto, de Uzushiogakure, aunque te has convertido en Sennin y en Shinobi. En ti se mezclan tres sangres. Naciste entre los Jinchūriki, pero tu vida ha quedado al descubierto y ya no te pertenece. La tierra cumplirá el deseo del cielo.

Se quedó en silencio y fueron pasando los minutos. El frío me llegaba a los huesos, y me pregunté si la anciana proseguiría con su discurso. Al principio me había quedado sorprendido porque supiera quién era; pero después pensé que Gaara debía de haberle hablado de mí. Si aquélla era la profecía, resultaba tan confusa que yo no acertaba a entender su significado. Me daba la impresión de que, si seguía arrodillado allí por más tiempo, moriría congelado; pero la fuerza de los ciegos ojos de aquella mujer me mantenía en mi sitio.

Escuché nuestras respiraciones y presté atención a los sonidos: el áspero graznido de los cuervos, el murmullo de los cedros mecidos por el viento del noroeste, el insistente goteo del agua y el quejido de la montaña, cuyas rocas se encogían por el frío cada vez más penetrante.

—Tus tierras se extenderán de costa a costa —sentenció por fin la anciana—, pero la paz sólo se alcanza con el derramamiento de sangre. Para conseguirla, librarás cinco batallas... Ganarás cuatro de ellas, pero perderás una. Muchos deben morir; pero tú estarás a salvo hasta que caigas en manos de tu propio hijo.

Volvió a reinar otro prolongado silencio. Oscurecía por momentos, pues se acercaba el crepúsculo, y el aire se hacía cada vez más frío. Recorrí la cueva con la mirada, y junto a la anciana pude ver una ruleta de plegarias colocada sobre un pequeño pedestal de madera tallado con hojas de loto. Me sentía desconcertado; los santuarios de montaña que yo conocía estaban vetados a las mujeres y ninguno disponía de tal mezcolanza de símbolos. Daba la impresión de que el sabio de los seis caminos y los espíritus de la montaña habitasen juntos en aquel lugar.

La anciana habló como si leyera mis pensamientos, y su voz denotaba una mezcla de júbilo y asombro.

—Todos son uno. Guarda siempre este pensamiento en tu corazón. Todos son uno.

A continuación, acercó la mano a la rueda y la hizo girar. Tuve la impresión de que el compás de la ruleta se adentraba en mis venas y se mezclaba con mi sangre. La anciana empezó a entonar un monótono cántico en voz baja. Pronunciaba palabras que yo jamás había oído y que me resultaban incomprensibles; pero finalmente éstas flotaron a nuestro alrededor y fueron arrastradas por el viento. Más tarde, cuando volvimos a escucharlas, se habían convertido en la bendición de despedida de los Ocultos. La anciana nos entregó una copa y nos pidió que bebiésemos agua del estanque antes de partir.

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Sobre la superficie del estanque se había formado una delgada capa de hielo, y el agua estaba tan fría que noté un latigazo en los dientes. Gaara no quería perder tiempo y me apremió para que nos alejásemos a toda prisa, mientras miraba con ansiedad hacia el norte. Antes de desaparecer tras el peñasco, miré a la anciana por última vez. Permanecía sentada sin mover un músculo; desde aquella distancia parecía formar parte de la roca, y yo no podía creer que pudiera aguantar allí sola toda la noche.

—¿Cómo es posible que sobreviva? —pregunté a Gaara—. Se morirá de frío.

Éste frunció el entrecejo.

—Dios la mantiene... Además, a ella no le importa la muerte.

—Entonces, es como tú.

—Es una persona sagrada. Antes yo creía que era un ángel; pero es un ser humano, aunque transformado por el poder del sabio de los seis caminos.

Gaara no quiso continuar con aquella conversación y me dio la impresión de que mis prisas se le habían contagiado. Descendimos por la ladera a paso rápido hasta que llegamos a una formación rocosa que tuvimos que remontar. Del otro lado partía un angosto sendero trazado por las pisadas de los hombres que habían recorrido el oscuro bosque en fila de a uno. Al llegar a él, empezamos a ascender de nuevo.

Las hojas caídas y las agujas de los pinos amortiguaban el sonido de nuestras pisadas. Bajo los árboles era casi de noche, y Gaara aceleró la marcha. El rápido ritmo me alivió algo el frío que sentía, pero al tiempo tenía la sensación de que los brazos y las piernas se me iban convirtiendo en piedra poco a poco, como si el agua calcárea que había bebido me estuviera petrificando. Mi corazón también estaba helado a causa de las enigmáticas palabras de la anciana y sus augurios sobre mi futuro. Nunca había pensado en combatir... ¿Libraría realmente cinco batallas? Si el derramamiento de sangre era el precio exigido por la paz, tras cinco batallas el coste sería bien alto, desde luego. La idea de que mi propio hijo, aún no nacido, sería quien me diera muerte me llenaba de una tristeza insoportable.

Alcancé a Gaara y le agarré del brazo.

—¿Qué significa?

—Significa lo que dice —replicó él, aminorando un poco el paso para recobrar el aliento.

—¿Te había dicho ella esas mismas palabras antes?

—Las mismas.

—¿Cuándo?

—Cuando después de morir regresé al mundo de los vivos. Quise vivir como ella, ser un ermitaño en la montaña. Pensé que tal vez me aceptase como su siervo o su discípulo. Pero ella respondió que mi labor en el mundo aún no había terminado y me dijo las mismas palabras que a ti.

—¿Le dijiste tú quién era yo? ¿Le contaste mi pasado y todo lo demás?

—No —respondió él pacientemente—. No hizo falta decirle nada porque ella ya lo sabía todo. Me dijo que yo debía ponerme a tu servicio porque sólo tú traerás la paz.

—¿La paz? —repetí.

¿Era la paz a lo que la anciana se refería cuando había hablado del deseo del cielo? Ni siquiera yo estaba seguro de lo que tal término significaba. La idea misma de la paz me parecía una de las fantasías de los Jinchūriki, una de aquellas historias que mi madre solía susurrarme al oído por las noches. ¿Sería posible que alguna vez los clanes dejasen de luchar entre sí? Todos los guerreros libraban batallas, pues habían sido criados y entrenados para el combate. Aparte de sus tradiciones y sus códigos de honor, existían otras consideraciones: la constante necesidad de adquirir tierras con las que mantener a los ejércitos, que a su vez ganarían más tierras; los códigos militares y el cambiante entramado de alianzas, y la insaciable ambición de señores de la guerra como Pain y, casi con toda seguridad, Obito.

—¿La paz a través de la guerra? —insistí.

—¿Es que existe alguna otra forma? —replicó Gaara—. La guerra es inevitable.

«Ganarás cuatro batallas, pero perderás una», pensé.

—Por eso nos estamos preparando. Has visto a los hombres de la curtiduría y te has fijado en sus ojos. Desde que entraste al castillo de país de la Hierba te consideran un héroe; después, lo que hiciste por el señor Jiraiya en Amegakure... Incluso sin la profecía habrían estado dispuestos a luchar por ti... y encima ahora saben que los dioses están contigo.

—La anciana se sienta junto a un altar y utiliza una ruleta de plegarias... —intervine yo—. Y sin embargo, nos bendijo según las costumbres de tu gente.

—Nuestra gente —me corrigió.

Yo negué con la cabeza.

—Ya no sigo la doctrina de los Jinchūriki. He matado muchas veces. ¿Crees que ella habla realmente por boca de tu sabio?

Le hice esta pregunta porque los Jinchūriki mantenían la creencia de que el sabio es el único verdadero y que las deidades que otras gentes veneran sólo son falsas ilusiones.

—Yo no sé por qué el sabio de los seis caminos me pide que escuche a la anciana —admitió—, pero yo sigo sus indicaciones.

«Está loco», pensé. «La tortura y el miedo le han hecho perder la razón».

—Ella dijo que todos son uno, pero seguro que tú no piensas así.

Entonces Gaara susurró:

—Yo creo en la doctrina del sabio, la he seguido desde mi niñez. Sé que es la verdadera; pero también creo que existe un lugar más allá de sus enseñanzas, más allá de las palabras, donde puede ser verdad que todos sean uno, donde todas las creencias provengan de la misma fuente. Mi hermano era sacerdote y habría considerado tales ideas como una herejía. Yo todavía no he llegado a ese lugar, pero allí es donde ella habita.

Yo me quedé en silencio y reflexioné sobre cómo las palabras de Gaara podían aplicarse a mí mismo. Podía sentir los tres elementos que componían mi naturaleza y se agazapaban en mi interior como tres serpientes distintas, y pensé que cada una de ellas debía de ser tan mortal como las otras si se le permitiera atacar. Yo nunca podría vivir un tipo de vida y renegar de los otros dos. Mi única alternativa era seguir avanzando, trascender las divisiones y encontrar una forma de unir los tres elementos.

—Y tú también habitas allí —añadió Gaara, leyendo mis pensamientos.

—Eso me gustaría creer —dije finalmente—; pero para ella ése es un lugar de profunda espiritualidad... Sin embargo, yo soy más pragmático. Para mí, sencillamente, es el único que tiene sentido.

—De modo que serás tú quien traiga la paz.

Yo no quería creer en la profecía, que me deparaba mucho más, y también mucho menos, de lo que yo esperaba de mi vida; pero las palabras de la anciana habían penetrado en lo más profundo de mí y no podía librarme de ellas.

—¿Estarían los hombres de la curtiduría, tus hombres, dispuestos a luchar?

—Algunos sí —replicó Gaara.

—¿Saben combatir?

—Pueden aprender... Además, hay muchas otras cosas que saben hacer: levantar construcciones, transportar cargamentos o guiarte por senderos secretos.

—¿Como éste?

—Sí, los carboneros han trazado esta vereda y ocultan las entradas con rocas. Han creado caminos como éste por toda la montaña.

Campesinos, parias, carboneros... Supuestamente no debían portar armas o unirse a las guerras de los clanes. Me pregunté cuántos más habría como el granjero al que maté en Takigakure o como Gaara. Era una lástima que tanto valor e inteligencia se desperdiciaran al no contar con gentes como ellos. Si yo los entrenase y les proporcionara armas, podría disponer de todos los hombres que necesitaba. Pero ¿querrían los guerreros combatir junto a ellos? ¿O tal vez me considerarían a mí como otro paria?

Me hallaba sumido en estos pensamientos cuando percibí un ligero olor a quemado; tras unos instantes escuché el distante murmullo de voces y otros sonidos propios de la actividad humana: el golpe de un hacha, el crepitar del fuego... Entonces Gaara se dio cuenta de que yo giraba la cabeza.

—¿Ya los has oído?

Asentí con un gesto, mientras escuchaba y contaba cuántos eran. Cuatro estaban hablando, según me pareció, y tal vez había otro que permanecía en silencio pero que se movía con un paso peculiar; no había perros, lo que me resultó extraño.

—Sabes que tengo sangre Shinobi, del Gremio. Poseo muchas de sus dotes.

Gaara no pudo evitar un ligero sobresalto. Los Jinchūriki consideraban que los poderes extraordinarios eran cosa de brujería. Mi propio padre había renunciado a todas sus dotes del Gremio cuando abrazó la fe de los Jinchūriki y había muerto por haber jurado no volver a matar.

—Ya lo sé —replicó Gaara.

—Necesitaré de todos mis poderes para llevar a cabo lo que esperas de mí.

—Los miembros del Gremio son hijos del diablo —masculló él, y rápidamente, como ya hiciera otra vez, añadió—: Pero tu caso es distinto, señor.

Sus palabras me hicieron darme cuenta de los riesgos que Gaara estaba corriendo por mi culpa; peligros no sólo atribuibles a las fuerzas humanas, sino también a las sobrenaturales. La sangre del Gremio que había en mí debía de mostrarme ante sus ojos tan peligroso como un trasgo o un espíritu del río. De nuevo me admiré de la fuerza de las convicciones que Gaara albergaba... y de cómo yo me había puesto totalmente en sus manos.

El olor a quemado se intensificó, y sobre las ropas y la piel empezaron a caernos motas de ceniza que me traían el espantoso recuerdo de la nieve; el suelo fue tomando un tinte grisáceo. El sendero llevaba hasta un claro entre los árboles donde estaban dispuestas varias carboneras cubiertas de arcilla y turba; sólo una de ellas seguía ardiendo, y por sus grietas asomaba un intenso resplandor de color rojo. Tres de los hombres se afanaban en desmontar los hornos que ya estaban fríos y en hacer fardos con el carbón; otro de ellos estaba arrodillado frente a una hoguera en la que hervía una tetera colocada sobre un soporte de tres patas. Eran cuatro, y sin embargo yo aún tenía la sensación de que faltaba uno. Entonces pude oír a mis espaldas el sonido de unos pesados pasos... así como la aspiración involuntaria de aire que suele hacerse justo antes de un ataque. Empujé a Gaara hacia un lado y giré de un salto para enfrentarme a quienquiera que estuviese intentando tendernos una emboscada.

Se trataba del hombre más voluminoso que jamás había visto. Ya había alargado los brazos con intención de atraparnos. Pude ver una mano gigantesca... y también un muñón. La visión de su deformidad me hizo dudar sobre si debía o no causarle más daños. Dejé mi imagen en el sendero, me deslicé tras él y le llamé para que se volviera. Mientras tanto, sujeté el cuchillo de manera que pudiera ver la hoja con claridad y pensara que iba a cortarle el cuello.

Entonces, Gaara gritó al desconocido:

—¡Soy yo, estúpido! ¡Soy Gaara!

El hombre arrodillado junto al fuego soltó una sonora carcajada y los carboneros se acercaron corriendo.

—No le hieras, señor —me suplicaron en voz alta—. No quiere hacerte ningún daño. Se ha asustado... Eso es todo.

El gigante había bajado los brazos y permanecía en pie con la mano extendida en señal de sumisión.

—Es mudo —me explicó Gaara—; pero incluso con una sola mano tiene tanta fuerza como dos bueyes juntos, y es un buen trabajador.

Los carboneros estaban consternados ante la idea de que yo pudiese herir a un compañero tan valioso. Se arrojaron a mis pies y me suplicaron misericordia. Yo les pedí que se levantaran y que mantuvieran a su gigante bajo control.

—¡Podría haberle matado!

Todos se incorporaron y, tras pronunciar unas palabras de bienvenida, dieron unas palmadas a Gaara en el hombro, me hicieron otra reverencia y me apremiaron a sentarme junto al fuego. Uno de ellos me sirvió té que no quise imaginar cómo había sido preparado. Su sabor era diferente a todo cuanto había probado, pero al menos estaba caliente. Gaara se los llevó a cierta distancia, y allí mantuvieron en susurros una apresurada conversación que yo pude oír palabra por palabra.

Gaara les explicó quién era yo, y ellos, boquiabiertos, realizaron repetidas reverencias. También les contó que tenía que llegar a Kusagakure lo antes posible. Discutieron durante unos instantes sobre cuál era la ruta más segura y sobre si debíamos partir de inmediato o esperar hasta la mañana siguiente. Después regresaron junto a la hoguera, se sentaron formando un círculo y clavaron sus miradas en mí. Sus ojos brillaban en sus ennegrecidos rostros, pues estaban cubiertos de ceniza y hollín; apenas llevaban ropas y, sin embargo, no parecían sentir frío. Hablaban como grupo, y daba la impresión de que sentían y pensaban como una sola persona. Imaginé que allí, en el bosque, seguían sus propias reglas y vivían como salvajes, prácticamente como animales.

—Nunca antes han hablado con un señor —me informó Gaara—. Uno de ellos quería saber si eres el héroe Yoshitsune que regresa del continente. Yo les he explicado que, aunque recorres la montaña como él y te persiguen todos los hombres, tú serás un héroe mayor, porque Yoshitsune falló, pero los dioses han asegurado tu triunfo.

—¿Nos permitirá el señor que cortemos leña donde queramos? —preguntó uno de los hombres de más edad. No se dirigían a mí directamente, sino que en todo momento le hablaban a Gaara—. Hay muchas partes del bosque donde ya no nos permiten ir; si talamos un árbol allí... —y en este punto hizo un gráfico gesto simulando que se cortaba el cuello.

—Por un árbol, la cabeza; por una rama, la mano —terció otro, levantando el brazo mutilado del gigante. El muñón se le había curado dejando una cicatriz retorcida y blanquecina, y se apreciaban huellas grisáceas allí donde le habían cauterizado—. Los oficiales de los Akatsuki le hicieron esto hace un par de años. Él no los entendía, pero a pesar de todo le cortaron la mano.

A continuación, el gigante acercó el muñón hacia mí, asintiendo varias veces con la cabeza mientras su rostro mostraba indefensión y desconcierto.

Yo sabía que el clan de los Sennin también disponía de leyes que prohibían la tala indiscriminada de árboles con el fin de preservar los bosques; pero me hubiera extrañado que aplicasen castigos tan severos. Me pregunté qué sentido tenía dejar a un hombre incapacitado... ¿Es que acaso una vida humana vale menos que la de un árbol?

—El señor Sennin reclamará todas estas tierras —les informó Gaara—. Su dominio se extenderá de costa a costa. Él traerá consigo la justicia.

Todos los presentes hicieron otra reverencia y juraron que me servirían. Yo les prometí que haría por ellos todo lo que estuviera en mi mano cuando llegara el momento.

Después nos dieron de comer carne: pequeños pájaros y una liebre. ¡Carne! Últimamente la había probado en tan contadas ocasiones... Intenté recordar la última vez que la había comido y entonces vino a mi memoria el estofado de pollo que había tomado en la escuela de los luchadores. Desde luego, aquel pollo me había resultado más tierno que la liebre, pues los carboneros la habían cazado hacía una semana y la habían ocultado para celebrar su última noche en la montaña, enterrándola en un lugar apartado de la vista de los soldados de cualquiera de los clanes que pudiese pasar por el campamento. La carne del animal sabía a tierra y a sangre.

Mientras comíamos discutieron sus planes para el día siguiente, y decidieron que me asignarían un guía que me llevaría hasta el camino de la frontera. Ellos no se atrevían a cruzarla, pero pensaban que el trayecto de descenso hasta Kusagakure no debía de ser muy complicado. Mi acompañante y yo partiríamos al alba y, de seguir sin nevar, tardaría unas 12 horas en alcanzar mi destino.

El viento había cambiado ligeramente hacia el norte y su crudeza resultaba amenazante. Los carboneros decidieron desmontar el último horno a la caída de la tarde e iniciar el largo camino de descenso por la mañana. Gaara podía ayudarlos si pasaba la noche con nosotros y luego se quedaba para sustituir al hombre que me guiaría.

—¿No les importa trabajar contigo? —le pregunté más tarde.

Los carboneros me desconcertaban. Comían carne, contraviniendo la doctrina del Sabio; no rezaban dando gracias por la comida, como hacían los Jinchūriki, y aceptaban que un paria comiese y trabajase junto a ellos, algo impensable para los habitantes de las aldeas.

—Ellos también son parias —me explicó Gaara—. Además de madera, queman cadáveres. Pero no pertenecen a los Ocultos. Veneran a los espíritus del bosque, al dios del fuego en particular; creen que su dios los acompañará mañana en el viaje, habitará con ellos todo el invierno y mantendrá sus casas calientes. Al llegar la primavera regresarán junto con el espíritu del fuego de vuelta a la montaña —la voz de Gaara adquirió un ligero matiz de desaprobación—. Yo intento hablarles del sabio de los seis caminos —añadió—; pero ellos alegan que no pueden abandonar a la deidad de sus antepasados, pues de ser así, ¿quién encendería el fuego para las carboneras?

—Tal vez todos son uno —bromeé, pues la comida y la calidez del fuego me habían levantado el ánimo.

Gaara me dirigió una de sus sutiles sonrisas, pero no habló más del tema. Al observar su aspecto, comprendí que estaba sumamente cansado. Ya casi había oscurecido y los carboneros nos invitaron a compartir su refugio, una tosca construcción hecha con ramas y cubierta con piezas de cuero que, probablemente, habían intercambiado por carbón con los curtidores. Entramos a gatas y nos apiñamos para protegernos del frío. Mi cabeza, que quedaba relativamente cerca de la carbonera, estaba lo bastante caliente, pero notaba la espalda helada. Cuando me di la vuelta, temí que los párpados se me quedaran congelados.

No dormí mucho, sino que permanecí tumbado escuchando la profunda respiración de los hombres que me rodeaban mientras reflexionaba sobre mi futuro. Yo había creído que con mi actitud me había granjeado la sentencia de muerte del Gremio, y cada día esperaba morir antes de la llegada de la noche; pero la ermitaña me había devuelto la vida. Si mi hijo naciera el año próximo y empezase a desarrollar sus poderes extraordinarios a mí misma edad, pasarían 15 o 16 años hasta que yo muriese a sus manos. Era casi el doble de lo que yo había vivido, y contaba con tiempo más que suficiente para llevar a cabo mi misión. Aquel pensamiento me infundió una enorme confianza.

A veces creía en la profecía y otras no; eso es lo que me ha venido sucediendo durante toda la vida.

Al día siguiente llegaría a Kusagakure. Tendría en mi poder los documentos de Jiraiya relativos al Gremio, y otra vez empuñaría a rasengan entre mis manos. Durante la primavera iría a visitar a Obito, y armado con la información secreta sobre el Gremio, buscaría su apoyo contra los tíos de Jiraiya. Quedaba claro que mi primer combate tendría que ser contra ellos, pues al vengar la muerte de mi padre adoptivo y hacerme cargo de mi herencia lograría lo que más necesitaba: un acuartelamiento poderoso en la impenetrable ciudad de Myoboku.

Gaara dormía inquieto, gemía y se agitaba sin cesar. Me percaté de que probablemente sus dolores eran crónicos, aunque no daba muestras de ello. Hacia el amanecer, el frío remitió un poco y me quedé profundamente dormido más o menos durante una hora. Me desperté con un suave sonido que me llenaba los oídos, el sonido que más temía. Alcancé a gatas la entrada del refugio y, a la luz del fuego, pude ver cómo los copos de nieve empezaban a caer, y escuché el débil siseo que producían al fundirse en los rescoldos. Acto seguido, empecé a zarandear a Gaara y a los carboneros.

—¡Está nevando!

Todos se incorporaron de inmediato, encendieron ramas a modo de antorchas y procedieron a desmantelar el campamento. Al igual que yo, no deseaban en absoluto quedar atrapados en la montaña. El precioso carbón obtenido en el último horno ya estaba envuelto en las piezas de cuero que antes habían cubierto el refugio. Elevaron una rápida oración sobre las ascuas del fuego, y las colocaron en un recipiente de hierro para llevarlas con ellos montaña abajo.

La nieve aún era fina como el polvo, y de momento no cuajaba y se derretía al contacto con el suelo. Sin embargo, a medida que se acercaba el amanecer, notamos que el cielo se volvía plomizo y las nubes amenazaban con más nieve. También se estaba levantando viento; cuando los copos empezaran a ser más gruesos, habría ventisca.

No quedaba tiempo para tomar alimento alguno, ni siquiera té. Cuando el carbón estuvo preparado, los hombres se mostraron ansiosos por partir. Gaara se hincó de rodillas ante mí, pero yo hice que se levantara y le di un abrazo. Su cuerpo se mostraba tan frágil y delgado como el de un anciano.

—Nos encontraremos de nuevo en la primavera —le aseguré—. Te haré llegar un mensaje al puente de los parias.

Él asintió con la cabeza, sobrecogido por la emoción, como si no pudiera soportar el hecho de separarse de mí. Uno de los hombres agarró un tardo y se lo colocó a la espalda, a la altura de los hombros. Los otros ya se encaminaban en fila ladera abajo. Entonces Gaara me hizo un último gesto, algo a medias entre una señal de adiós y una bendición. Después se dio la vuelta y, tambaleándose un poco bajo el peso del fardo, se alejó caminando.

Le observé durante unos instantes, y sin apenas darme cuenta susurré las familiares palabras que los Jinchūriki utilizan en las despedidas.

—Vamos, señor —me apremió mi acompañante, preocupado.

Me di la vuelta y le seguí colina arriba.

Ascendimos durante unas tres horas. El guía sólo se detenía de vez en cuando para doblar ramas que más tarde le indicarían el camino de regreso. La nieve caía de igual forma, ligera y seca, pero cuanto más ascendíamos, más y más cuajaba, hasta que el suelo y los árboles se cubrieron de una fina capa de helado polvo blanco. La rápida caminata me quitó el frío, pero el estómago me rugía de hambre; la carne de la noche anterior le había dado falsas esperanzas. Era imposible calcular la hora del día. El cielo mostraba un uniforme color gris parduzco, y el suelo empezaba a reflejar la extraña y desorientadora luz de los paisajes nevados.

Mi acompañante se detuvo cuando nos encontrábamos a medio camino de la ladera que ascendía hasta la cumbre principal de la cordillera. El sendero que habíamos recorrido empezaba a retorcerse cuesta abajo y, a través de la cortina de nieve, pude ver el valle, donde las ramas de las hayas y los cedros ya se estaban cubriendo de blanco.

—No puedo acompañarte más —me aseguró el guía—. Tú también deberías regresar conmigo. Se aproxima una ventisca. Incluso con buen tiempo, desde aquí se tarda casi un día entero en llegar al templo. Si continúas, perecerás en la nieve.

—Me es imposible regresar —repliqué—. Acompáñame un poco más; te pagaré bien.

Pese a mi insistencia, no logré persuadirle, y en el fondo tampoco lo deseaba. El hombre parecía sentirse inquieto y abatido por no encontrarse junto a sus compañeros. Le entregué la mitad de las monedas que me quedaban y, a cambio, él me dio una pata de la liebre, en la que aún quedaba algo de carne.

Me indicó el camino que debía seguir y señaló algunos lugares de referencia al otro lado del valle, aunque bajo la débil luz resultaba difícil distinguirlos. Aunque yo ya lo sabía desde hacía tiempo, me dijo que el valle estaba atravesado por un río, y que éste marcaba la frontera del feudo. No había ningún puente, pero uno de los tramos era lo suficientemente estrecho como para atravesarlo a pie. En los remansos habitaban los espíritus del agua y la corriente formaba rápidos, por lo que tenía que tener cuidado de no caerme al río. Aquél era el lugar más accesible para cruzar y, aunque solía estar protegido por patrullas, lo más probable era que en un día semejante no hubiera vigilancia.

Una vez alcanzado el siguiente feudo, debía continuar en dirección este y descender hasta un pequeño santuario donde el camino se bifurcaba. Allí tenía que tomar el sendero de la derecha y proseguir hacia el este, pues de otro modo volvería a ascender la cordillera. En aquel momento el viento llegaba del noroeste, por lo que siempre tenía que notarlo en el hombro izquierdo.

Para que quedara clara su explicación, el guía me tocó el hombro dos veces y me miró a la cara con sus ojos rasgados.

—No pareces un señor —confesó, contrayendo sus rasgos en una especie de sonrisa—; pero, de todas formas, que tengas buena suerte.

Le di las gracias, e inicié el descenso de la ladera a la vez que mordisqueaba el hueso de la liebre, lo abría con los dientes y chupaba el tuétano. La nieve se hizo más densa y húmeda, y se derretía más lentamente sobre mi cabeza y mis ropas. Aquel hombre tenía razón, yo no parecía un señor. Desde que Sakura me había cortado el pelo al estilo de los comediantes, no me lo había vuelto a arreglar, y ahora me cubría las orejas; además, llevaba días sin afeitarme. Mis ropas estaban sucias y empapadas y, desde luego, el olor que despedía no era el propio de un señor. Intenté calcular cuándo me había bañado por última vez, y de repente, de nuevo, me vino a la mente la escuela de los luchadores, donde pasamos la primera noche tras la partida de Takigakure. Recordé el enorme pabellón de baños y la conversación que yo había escuchado entre Sasuke y Kiba.

Me pregunté dónde estaría Sakura y si se habría enterado de mi deserción. Me sentía incapaz de pensar en el niño que ella estaba esperando. Una vez conocida la profecía, la idea de que mantuvieran a mi hijo apartado de mí y le enseñaran a odiarme me resultaba aún más dolorosa. Me acordé de las palabras de Sasuke... Por lo visto, los Shinobi conocían mi carácter mejor que yo mismo.

El rugido de las aguas se incrementó y se convirtió casi en el único sonido en aquel paisaje nevado, pues hasta los cuervos permanecían en silencio. Cuando divisé el río, la nieve empezaba a cubrir las rocas de las orillas. Corriente arriba, el agua caía en cascada y después se desparramaba entre empinados riscos, desplomándose por los peñascos y formando rápidos, antes de introducirse en un estrecho canal que discurría entre dos farallones planos. Junto a los riscos colgaban antiquísimos pinos retorcidos, y daba la impresión de que aquel paisaje cubierto por la nieve aguardaba la llegada de Sai, quien lo plasmaría en una de sus pinturas.

Me agazapé bajo una roca junto a la que un pequeño pino se aferraba a duras penas y, aunque más parecía un arbusto que un árbol, me proporcionó algo de refugio. La nieve cubría el sendero, pero el trazado aún se distinguía y yo podía divisar el punto donde tenía que cruzar el río. Me quedé mirándolo un rato y agucé los oídos.

El fluir de las aguas del río sobre las rocas seguía un ritmo inconstante. De vez en cuando la corriente se calmaba y se producía un extraño silencio, como si yo no fuera la única criatura que se detenía a escuchar. Era fácil imaginar cómo los espíritus que habitaban bajo el agua detenían la corriente y la volvían a empujar, gastando bromas y provocando a los humanos, y arrastrándolos con artimañas hasta la orilla.

Incluso llegué a pensar que podía oír la respiración de los espíritus; pero entonces, justo cuando había logrado aislar aquel sonido, el murmullo y el oleaje arrancaban de nuevo. Era desesperante. Sabía que estaba perdiendo el tiempo allí, agachado bajo un arbusto cada vez más cubierto por la nieve y escuchando a los espíritus; pero poco a poco me fui convenciendo de que alguien respiraba a poca distancia de mí.

Justo detrás del estrecho cruce, el río caía unos metros más y formaba varios remansos profundos. Percibí un repentino movimiento y vi que una rana, casi totalmente blanca, pescaba en uno de ellos como si la nieve no le importara en absoluto. Interpreté su presencia como una señal —el blasón de los Sennin en la frontera del feudo del clan—; podía tratarse de un mensaje de Jiraiya con el que me indicaba que por fin yo había tomado la decisión adecuada.

La rana se encontraba en la misma orilla que yo y se acercaba hacia mí avanzando por el remanso. Me pregunté qué alimento podría encontrar en mitad del invierno, cuando las ranas y los sapos se ocultan en el barro. Parecía tan tranquila como imperturbable, convencida de que nada la amenazaba en aquel solitario lugar. Mientras la observaba —con el mismo sentimiento de seguridad— y pensaba que en cualquier momento me encaminaría hacia el río y lo cruzaría, algo la asustó, pues giró su cabeza en dirección a la orilla y al instante se lanzó al agua.

¿Qué la habría espantado? Concentré mi mirada en aquel lugar. El río se quedó silencioso por unos instantes, y entonces pude oír el sonido de una respiración. Aspiré profundamente, y el viento del noreste me trajo un débil olor humano. No podía ver a nadie, y sin embargo sabía que había alguien invisible tumbado sobre la nieve.

Mi enemigo estaba emplazado de tal forma que, si yo me dirigía directamente hacia el cruce, podría impedirme el paso con facilidad. Había logrado mantener su estado de invisibilidad durante tanto tiempo que no me cupo duda de que pertenecía al Gremio, por lo que conseguiría verme en cuanto me aproximara al río. Mi única esperanza era sorprenderle y, alejándome corriente arriba, saltar desde otro lugar donde el cruce era más ancho.

No tenía sentido seguir esperando. Respire profunda y silenciosamente, salí corriendo desde el pino que me ocultaba y me dirigí ladera abajo. Me mantuve en el sendero mientras me fue posible, pues la nieve lo cubría por completo y me hacía dudar. Cuando abandoné el camino para dirigirme al río, miré hacia un lado y vi al hombre, que se estaba incorporando. Vestía de blanco de pies a cabeza y por un instante sentí alivio al ver que llevaba ropas de camuflaje y no se había hecho invisible —tal vez no perteneciera al Gremio, quizá sólo se trataba de uno de los guardias de la frontera—. En ese momento llegué hasta el punto en el que se veía el oscuro abismo a mis pies y me precipité de un salto hasta el otro lado del río.

Las aguas rugieron y después se quedaron mudas, y en el silencio pude oír cómo algo llegaba girando por el aire a mis espaldas. Cuando caí sobre la otra orilla, me arrojé al suelo y, al intentar agarrarme a una roca helada, estuve a punto de ser arrastrado por las aguas. El objeto que me habían lanzado pasó silbando por encima de mi cabeza; de haber estado de pie, me habría golpeado en la nuca. Ante mí pude ver el agujero con forma de estrella que el arma había dejado en la nieve. Sólo el Gremio emplea esa clase de cuchillos arrojadizos y generalmente utilizan varios, uno detrás de otro.

Me eché a rodar hasta alcanzar un lugar seguro y, todavía tumbado en el suelo, me hice invisible de inmediato. Sabía que podía mantenerme en ese estado hasta llegar al bosque, que me serviría de refugio, pero ignoraba si mi enemigo podía verme o no, y no caí en la cuenta de las huellas que yo dejaría sobre la nieve. Por suerte para mí, él también se resbaló al saltar por encima del río y, a pesar de que parecía más grande y fuerte que yo y que probablemente podría correr más rápido, le llevaba ventaja.

Una vez al abrigo de los árboles, me desdoblé y envié mi segundo cuerpo ladera arriba mientras yo bajaba el sendero corriendo, aunque era consciente de que no podría dejarle atrás durante mucho tiempo; sabía que mi única esperanza era tenderle una emboscada. Más adelante, el camino se curvaba alrededor de un enorme farallón, por encima del cual colgaba la rama de un árbol. Rodeé la roca, di marcha atrás pisando mis propias huellas y de un salto me subí a la rama. Saqué mi cuchillo y deseé haber podido empuñar a rasengan entre mis manos. Las otras armas que portaba eran aquellas con las que se suponía que iba a haber matado a Pa: un garrote y un pincho; pero es difícil matar a los miembros del Gremio con sus propios métodos, al igual que es casi imposible engañarlos con sus mismos trucos. Mis esperanzas se centraban en el cuchillo. Aminoré la respiración y me hice invisible; entonces, percibí cómo el hombre vacilaba al ver mi segundo cuerpo y oí como echaba a correr otra vez.

Yo sabía que sólo contaba con una oportunidad, y me lancé sobre él desde la rama. Mi peso le hizo perder el equilibrio y, mientras se tambaleaba, encontré un hueco en la protección que llevaba en el cuello y le clavé el cuchillo en la arteria principal de la garganta, arrastrando después la hoja hacia un lado hasta cortarle la tráquea, tal como Kakasi me había enseñado. Mi oponente, asombrado, emitió un gruñido —un sonido que a menudo había escuchado de los miembros del Gremio que no esperan desempeñar el papel de la víctima— y a continuación cayó de rodillas. Me aparté, y él se llevó las manos al cuello, donde el aliento se le escapaba con un fuerte silbido y la sangre le manaba a borbotones. Acto seguido, cayó tumbado con la cara en el suelo y la nieve se tino de rojo.

Le revisé las ropas y me hice con el resto de sus cuchillos y su espada corta, que resultó ser de excelente calidad. También me apoderé de varios venenos que portaba, pues en aquella época yo carecía de ellos. No tenía ni idea de quién era. Le quité los guantes y le miré las palmas de las manos, pero éstas no mostraban la peculiar línea recta de los Shinobi y, por lo que pude ver, su cuerpo tampoco tenía tatuajes.

Dejé el cadáver a merced de los cuervos y los zorros, pues pensé que sería un alimento que agradecerían dada la crudeza del invierno, y me puse en camino lo más rápida y silenciosamente posible, temiendo que aquel asesino pudiera pertenecer a una banda cuyos miembros podrían estar observando el río, esperándome. La sangre se me aceleró en las venas; la huida y la breve lucha me habían hecho entrar en calor y me sentía profundamente feliz de no ser yo el que quedaba tendido sobre la nieve.

La idea de que el Gremio me hubiera alcanzado con tanta rapidez y hubiera sabido adonde me dirigía me alarmaba. ¿Acaso el cadáver de Sasuke había sido descubierto y ya se habían enviado mensajeros a caballo al país de la Hieba? ¿Es que Sasuke seguía vivo? Me maldije a mí mismo por no haberme detenido a acabar con su vida. Quizá el enfrentamiento que había tenido con él debía haberme atemorizado más; tal vez tendría que haberme dado cuenta entonces de que el Gremio me perseguiría durante el resto de mi vida. Ahora ya lo sabía; pero me enfurecía el hecho de que hubieran intentado matarme en el bosque como a un perro, a la vez que me alegraba de que hubieran fallado en aquel primer intento. Era cierto que el Gremio había logrado asesinar a mi padre, pero el propio Kakashi me había dicho que no habrían podido siquiera acercarse a él si éste no hubiera jurado no volver a matar. Yo era consciente de que poseía sus mismos poderes extraordinarios, y tal vez en mayor medida. No permitiría que el Gremio se acercase a mí. Continuaría con el trabajo de Jiraiya y acabaría con el poder de la organización.

Tales pensamientos se arremolinaban en mi mente mientras avanzaba con dificultad sobre la nieve. Me proporcionaban energía y acrecentaban mi determinación por sobrevivir. Una vez destruida el Gremio, mi furia se volcaría contra los señores de los Sennin, cuya perfidia me parecía aún mayor. Los guerreros postulaban que el honor y la lealtad eran fundamentales para ellos y, sin embargo, sus traiciones y engaños eran tan profundos y egoístas como los del Gremio. Los tíos de Jiraiya le habían enviado a la muerte y ahora intentaban despojarme de mi herencia. No sabían lo que les aguardaba.

Si pudieran verme en aquel momento, hundido en la nieve hasta las rodillas, pobremente vestido y equipado, sin hombres, dinero o tierras, seguro que no perderían un minuto de sueño a causa de la amenaza que yo les pudiera suponer.

No podía detenerme a descansar. No tenía elección: debía intentar llegar a Kusagakure o morir en el intento.

De vez en cuando, me separaba del camino y aguzaba el oído para comprobar si alguien me seguía. No oía nada, excepto el gemido del viento y el siseo de los copos al caer; sin embargo, cuando se acercaba el crepúsculo, me pareció escuchar un débil sonido que procedía de más abajo.

Era lo último que yo habría esperado oír en la montaña, en medio de aquellos bosques nevados. Parecía música de flauta, una melodía tan melancólica como el viento que mecía los pinos, tan ligera como los copos de nieve. Un escalofrío me recorrió el cuerpo no sólo por el habitual efecto que la música provoca en mí, sino porque me invadió una profunda sensación de miedo. Creí que me había acercado demasiado al filo del mundo y que estaba escuchando a un espíritu. Pensé en los trasgos del bosque, que atraen a los humanos con artimañas y los mantienen cautivos bajo tierra durante miles de años. Deseé poder elevar las plegarias que mi madre me enseñara, pero tenía los labios paralizados y, de todas formas, ya no creía en el poder de aquellas oraciones.

El sonido aumentó de intensidad. Yo me iba aproximando al lugar del que procedía y me resultaba imposible dejar de caminar; era como si la música ejerciera un hechizo sobre mí y me atrajera irremisiblemente hacia ella. Tras una curva, vi que el sendero se bifurcaba. Recordé de inmediato lo que mi guía me había explicado y comprobé que efectivamente había un santuario, apenas visible, ante el cual se habían colocado tres naranjas cuyas pieles brillaban bajo los capuchones de nieve. Detrás del santuario había una pequeña choza con paredes de madera y techumbre de paja. Mis miedos se desvanecieron por completo y estuve a punto de soltar una carcajada. No era un espíritu lo que había escuchado, sino algún monje o ermitaño que se había retirado a la montaña en busca de iluminación espiritual.

Percibí el olor a humo, y el calor me atrajo de forma irresistible. Imaginé que las ascuas de carbón me secaban los pies, que para entonces parecían bloques de hielo; casi sentía la quemazón en la cara. La puerta de la cabaña estaba abierta con el fin de que entrara la luz y saliera el humo. El flautista ni me vio ni me oyó. Estaba completamente entregado a su melancólica melodía, una música que parecía de otro mundo.

Incluso antes de verle, supe de quién se trataba. Yo había escuchado esas mismas notas antes, noche tras noche, mientras, desconsolado, velaba la tumba de Jiraiya. Era Bee, el monje que me había dado consuelo. Se hallaba sentado con las piernas cruzadas y los ojos cerrados, y tocaba la flauta larga de bambú, aunque en el cojín que tenía junto a él reposaba una flauta travesera de menor longitud. Un brasero ardía, humeante, junto a la entrada. Al fondo de la cabaña podía verse un lecho; apoyado en la pared, reposaba un palo de madera de los utilizados para el combate, pero no había otras armas a la vista. Entré en la choza —a pesar del brasero hacía casi tanto frío como en el exterior—, y dije en voz baja:

—¿Bee?

Él no abrió los ojos ni dejó de tocar.

Le llamé otra vez. Algunas notas musicales oscilaron... y Bee se separó la flauta de los labios. Habló con un susurro, y su voz denotaba fatiga:

—Déjame. No me atormentes más. Lo siento, lo siento mucho... —seguía sin levantar los ojos.

Cuando se llevó la flauta a los labios otra vez, me arrodillé delante de él y le puse la mano en el hombro. Entonces abrió los ojos, me miró y, pillándome por sorpresa, se puso en pie de un salto y arrojó la flauta a un lado. Se apartó de mí. Agarró el palo y lo blandió de forma amenazante. Sus ojos desbordaban sufrimiento y su rostro se mostraba tan delgado que se diría que había estado ayunando.

—Aléjate de mí —murmuró con voz ronca.

Yo también me incorporé.

—Bee —exclamé con delicadeza—, no soy tu enemigo. Soy yo, Naruto.

Di un paso hacia delante y de repente él hizo oscilar el palo con la intención de golpearme en el hombro; pero por suerte lo vi venir y logré en parte desviar su trayectoria. Debido a la estrechez de la estancia, Bee no pudo imprimir demasiada fuerza en el golpe, pues de lo contrario me habría partido la clavícula; de todas formas, el impacto me hizo caer al suelo. Pero al momento, afectado por la violencia con que había actuado, dejó caer el palo de sus manos y, atónito, se quedó mirándolas. Entonces volvió los ojos hacia mí, que seguía en el suelo.

—¿Naruto? —exclamó—. ¿Eres tú realmente? ¿No eres un fantasma?

—Soy tan real que casi me has dejado fuera de combate —respondí, mientras me levantaba y flexionaba el brazo. Cuando me hube asegurado de que no estaba roto, metí la mano entre mis ropas en busca del cuchillo; me sentía más seguro sintiendo su contacto.

—Perdóname —suplicó—. Nunca te habría herido... Lo que ocurre es que veo tu fantasma con mucha frecuencia —me dio la impresión de que iba a alargar el brazo para tocarme, pero cambió de opinión—. ¡No puedo creer que seas tú! ¿Qué extraño destino te trae hasta aquí en este momento?

—Me dirijo a Kusagakure. Dos veces me han ofrecido refugio en el templo. Y ahora tengo que aceptar el ofrecimiento... hasta la primavera.

—No puedo creer que seas tú —repitió—. Estás empapado; debes de estar muñéndote de frío —miró a su alrededor—. Tengo muy poco que ofrecerte —se giró hacia el lecho, y al hacerlo tropezó con el palo y se agachó para recogerlo; lo dejó de nuevo apoyado en la pared y retiró de la cama una de las delgadas colchas de cáñamo—. Quítate la ropa; la secaremos. Arrópate con esto.

—Tengo que continuar mi viaje —le dije—. Sólo me sentaré un momento junto al fuego.

—No podrás llegar a Kusagakure esta noche. Dentro de un rato reinará la oscuridad y el templo se encuentra a cinco horas de camino. Pasa aquí la noche, y partiremos juntos por la mañana.

—Para entonces la ventisca habrá bloqueado el camino —repliqué yo—. Mi intención es quedarme aislado dentro del templo, no fuera de él.

—Ésta es la primera nevada del año —recordó Bee—. Es intensa en la montaña, pero desde aquí hacia abajo es más bien aguanieve.

Empecé a tiritar; al quedarme quieto, noté que en verdad me estaba congelando. Empecé a quitarme las ropas mojadas, y Bee las fue recogiendo y las extendió frente al brasero; añadió un poco de leña a la lumbre y avivó las ascuas.

—Están manchadas de sangre —advirtió Bee—. ¿Es que estás herido?

—No, intentaron matarme en la frontera.

—¿La sangre es de quien te atacó?

Asentí con un gesto, al tiempo que dudaba si debía darle más explicaciones, tanto por su seguridad como por la mía.

—¿Te persigue alguien ahora?

—O me están siguiendo o bien están esperándome en algún lugar para atacarme. Así será el resto de mi vida.

—¿Quieres explicarme cuál es el motivo? —Bee encendió una vela con el fuego del brasero y acercó la llama a la mecha de una lámpara, que se encendió a regañadientes—. No queda mucho aceite —se excusó, antes de levantarse para cerrar las contraventanas.

Teníamos por delante toda la noche.

—¿Puedo confiar en ti?

La pregunta le hizo soltar una carcajada.

—No tengo ni idea de lo que ha sido de ti desde que nos encontramos por última vez, ni sé qué te trae por aquí en estos momentos. Tú tampoco sabes nada sobre mí; si me conocieras, no me preguntarías esas cosas. Más tarde te lo contaré todo; mientras tanto, sí, puedes confiar en mí. Quizá no puedas fiarte de nadie más, pero a mí me puedes otorgar tu confianza.

En su voz se detectaba un matiz de profunda emoción. Se apartó, y dijo:

—Calentaré un poco de sopa. Lo siento, no tengo vino ni té.

Recordé cómo Bee me había consolado del terrible sufrimiento que yo sentí tras la muerte de Jiraiya. Me había tranquilizado cuando me encontraba atormentado por el remordimiento hasta que el dolor se desvaneció.

—No puedo permanecer con el Gremio —aseguré—. Los he abandonado, y me perseguirán hasta que logren darme muerte.

Bee tomó una vasija de un rincón y la colocó con cuidado sobre las ascuas. Entonces, volvió la mirada hacia mí.

—Me pidieron que encontrara los documentos sobre el Gremio que Jiraiya guardaba —dije—. Me enviaron a Myoboku. Mi misión consistía en matar a Pa, mi preceptor, y entregar a los maestros del Gremio los documentos; pero éstos no estaban en la casa.

Bee sonrió, aunque siguió sin pronunciar palabra.

—Ésa es una de las razones por las que tengo que llegar a Kusagakure, porque los archivos están en el templo. Tú lo sabías, ¿no es así?

—Te lo habríamos dicho si tú no hubieras optado por marcharte con el Gremio —confesó Bee—. Nuestra obligación para con Jiraiya no nos permitió correr el riesgo. Él nos confió los documentos porque sabía que nuestro templo es uno de los pocos que existen donde el Gremio no se ha infiltrado.

Bee sirvió la sopa en un cuenco y me lo entregó.

—Sólo dispongo de un cuenco. No esperaba visita alguna... ¡y mucho menos a ti!

—¿Por qué estás aquí? —le pregunté—. ¿Tienes la intención de pasar el invierno en esta choza?

Pensé que no lograría sobrevivir, pero no convertí en palabras tal pensamiento; tal vez Bee no deseaba seguir viviendo. Bebí un poco de sopa. Estaba caliente y salada, pero carecía de sustancia. Por lo visto era el único alimento del que Bee disponía. ¿Qué había sido del enérgico monje que conocí en Kusagakure? ¿Qué le había conducido a aquel estado de conformismo, casi de desesperación?

Me ajusté la manta que me cubría y me acerqué más al fuego. Como siempre, agucé el oído. El viento había cobrado fuerza y silbaba a través de la techumbre de paja. De vez en cuando una ráfaga hacía vacilar la llama, y en la pared de enfrente se perfilaban sombras de formas grotescas. El sonido que procedía del exterior no era el débil suspiro de la nieve al caer; era más pesado y recordaba al aguanieve.

Con las contraventanas cerradas, el interior de la cabaña se fue calentando poco a poco y al secarse, mis ropas empezaron a desprender vapor. Terminé la sopa y le pasé el cuenco a Bee, que lo rellenó, dio un sorbo y lo colocó en el suelo.

—Pasaré aquí el invierno o quizá el resto de mi vida, lo que resulte ser más largo —dijo Bee, mirándome, para después bajar la vista—. Me resulta difícil hablar, Naruto, ya que mi situación tiene mucho que ver contigo; pero el Sabio ha tenido a bien traerte hasta aquí, por lo que debo darte una explicación. Tu presencia lo cambia todo. Como te dije, tu fantasma ha estado conmigo de forma constante; me visitas de noche, en mis sueños. Llevo tiempo esforzándome por superar esta obsesión —Bee sonrió con amargura—. Desde que era niño he intentado distanciarme del mundo de los sentidos; mi única ambición era la iluminación espiritual. Deseaba con todas mis fuerzas alcanzar la santidad. No quiero decir con esto que nunca tuviera relaciones carnales; ya sabes lo que ocurre cuando los hombres viven solos, alejados de las mujeres, y Kusagakure no es una excepción. Pero nunca me había obsesionado como me sucedió contigo —de nuevo sus labios esbozaron una sonrisa—. No voy a explicarte cuál es la razón porque no es importante y, además, tampoco estoy muy seguro de ella. Sin embargo, tras la muerte del señor Jiraiya, el sufrimiento te estaba haciendo enloquecer; tu dolor me conmovió. Yo deseaba ser tu fuerza.

—Y lo hiciste —dije yo en voz baja.

—¡Para mí fue más que eso! No imaginaba los profundos sentimientos que nuestro encuentro me iba a provocar. Me encantaba sentir que podría ser tu fuerza y de utilidad para tu futuro; por otra parte, lo detestaba. Hacía que mis esfuerzos espirituales parecieran un engaño. Me dirigí a nuestro abad y le expuse mi determinación de abandonar el templo, regresar al mundo y acompañarte en tu destino. Él me recomendó que me alejara durante un tiempo y meditara mi decisión. En el oeste tengo un amigo de la niñez que insistía en que fuera a visitarle... Ya sabes que soy aficionado a tocar la flauta.

Bee hizo una pausa. El viento lanzó un pequeño remolino de copos contra la pared y la llama de la lámpara parpadeó tan violentamente que estuvo a punto de apagarse. No tenía idea de lo que Bee me iba a contar a continuación, pero el corazón se me aceleró y noté que el pulso me golpeaba la garganta. Era el miedo a oír algo que no quería escuchar.

Entonces, el monje prosiguió:

—Mi amigo vive en la residencia del señor Ootsutsuki.

Negué con la cabeza, pues nunca había oído hablar de él.

—Es un noble que fue exiliado de la capital; sus tierras lindan con las de los Hyūga.

Con sólo escuchar el nombre de la familia de Hinata, sentí como si me golpearan en el estómago.

—¿Viste a Hinata?

Bee asintió con un gesto.

—Me dijeron que se estaba muriendo.

Mi corazón me golpeaba en el pecho con tal fuerza que pensé que se me iba a salir por la garganta.

—Estaba muy enferma, pero se recuperó. El médico del señor Ootsutsuki le salvó la vida.

—Entonces, ¿está viva? —me dio la impresión de que la tenue llama de la lámpara cobró brillo y la cabaña se inundó de luz—. ¿Está viva Hinata?

Bee me examinó la cara, y su propio rostro mostró una profunda tristeza.

—Sí, y me alegro enormemente, porque si hubiera llegado a morir yo habría sido el culpable.

Fruncí las cejas, intentando descifrar sus palabras.

—¿Qué ocurrió?

—Todos en la residencia de Ootsutsuki conocían a Hinata como la señora Sennin; creían que el señor Jiraiya se había casado con ella en secreto en Kusagakura cuando él acudió a visitar la tumba de su hermano, el día en que nos conocimos. Lo último que yo esperaba era encontrar a Hinata en casa de Ootsutsuki, y nadie me habló de aquel supuesto matrimonio. Cuando me la presentaron me quedé atónito; di por hecho que era contigo con quien se había casado, y que tú mismo te encontrabas allí junto a ella. Sin apenas darme cuenta, saqué tu nombre a relucir. En ese momento fui consciente de hasta qué punto seguía fascinado por ti, a pesar de que me había engañado a mí mismo pensando que me estaba recuperando de mi obsesión. Además, en aquel instante dejé al descubierto la artimaña de Hinata en presencia de su padre.

—Pero ¿por qué motivo simuló ese matrimonio?

—Por el mismo motivo que lo haría cualquier otra mujer. Estuvo a punto de morir porque perdió el hijo que esperaba.

No pude articular palabra.

Bee continuó:

—Su padre me interrogó sobre el matrimonio de su hija. Yo sabía que no se había celebrado en Kusagakure; intenté eludir sus preguntas, pero él mismo tenía sospechas y lo que yo había dicho las confirmó. Yo entonces no lo sabía, pero la mente de Hiashi Hyūga estaba muy alterada y a menudo hablaba de acabar con su vida. Poco después, se clavó un cuchillo en el estómago delante de su hija; lo más probable es que Hinata perdiera a la criatura a causa de la conmoción.

En ese momento, intervine yo:

—El hijo era mío. Hinata debería haber sido mi esposa. Algún día lo será.

A medida que oía mis propias palabras, la sensación de haberla traicionado se me acrecentaba. ¿Sería Hinata capaz de perdonarme?

—Eso me imaginé —dijo Bee—. Pero ¿cuándo ocurrió? ¿En qué estabas pensando? ¡Con una mujer de rango y familia semejantes...!

—Pensábamos que nuestra vida iba a terminar. Fue durante la noche que murió Jiraiya y cayó Amegakure. No queríamos morir sin... —me sentí incapaz de proseguir.

Tras unos instantes, Bee continuó:

—Yo no podía vivir en paz conmigo mismo. Mi pasión me había llevado a un mundo de profundo sufrimiento del que yo había creído escapar. Sentí que había hecho un daño irreparable a otro ser sensible, aunque fuese una mujer; pero al mismo tiempo los celos me hacían desear que Hinata muriera, porque sabía que tú la amabas y que ella también debía de haberte amado. Como ves, no quiero ocultarte nada; deseo mostrarte lo peor de mí mismo.

—Nunca te condenaría. Mi propia conducta ha sido mucho más cruel que la tuya, a juzgar por los resultados.

—Pero tú perteneces a este mundo, Naruto; vives en él. Yo anhelaba ser diferente; incluso ese deseo se me reveló como el más odioso de los orgullos. Regresé a Kusagakure y solicité el permiso del abad para retirarme a esta pequeña cabaña, donde podría dedicarme por completo a practicar con la flauta; ni siquiera confiaba en alcanzar su iluminación espiritual, pues no soy digno de ello.

—Todos vivimos en el mundo —repliqué—. ¿En qué otro lugar nos sería posible vivir?

Mientras hablaba me pareció escuchar la voz de Jiraiya: "Al igual que el río siempre está a la puerta, así está siempre el mundo de puertas afuera. Y es en ese mundo donde estamos obligados a vivir".

Bee tenía la mirada clavada en mí; de repente, su expresión se animó y los ojos le brillaron.

—¿Es ése el mensaje que yo debo escuchar? ¿Ése es quizá el motivo por el que has sido enviado hasta aquí?

—Apenas conozco los planes para mi propia vida —repliqué—. ¿Cómo puedo averiguar los tuyos? Pero ésta es una de las enseñanzas que recibí de Jiraiya: es en el mundo donde estamos obligados a vivir.

—Entonces, sigamos sus indicaciones —terció Bee, mientras yo percibía que la energía volvía a fluir en su interior. Momentos antes parecía haberse resignado a morir, pero ante mi atenta mirada estaba regresando a la vida—. ¿Vas a llevar a cabo los deseos de Jiraiya?

—Pa me dijo que debo ejercer la venganza contra sus tíos y reclamar mi herencia, y ésa es mi intención; pero no tengo ni idea de cómo lograr mi propósito. Debo casarme con Hinata; ésa era también la voluntad de Jiraiya.

—El señor Ootsutsuki desea contraer matrimonio con ella —exclamó Bee con cautela.

Yo no quise prestar atención. No podía creer que Hinata fuera a casarse con nadie que no fuera yo. Sus últimas palabras fueron: «Nunca querré a nadie más que a ti», y antes, me había dicho: «Sólo me encuentro a salvo a tu lado». Yo conocía los rumores que corrían sobre Hinata: se decía que todo hombre que la deseara, moriría. Yo había yacido con ella... y seguía vivo. Le había dado un hijo y después la había abandonado. Ella había estado a punto de morir tras perder a la criatura... ¿Sería Hinata capaz de perdonarme?

Bee prosiguió:

—Ootsutsuki prefiere los hombres a las mujeres; pero por lo visto se ha obsesionado con Hinata. Él no se propone consumar el matrimonio; su intención es protegerla. Por otra parte, no debe de ser indiferente a la herencia. Lamentablemente, Hyūga se encuentra en un estado casi ruinoso.

Como yo guardé silencio, Bee continuó:

—Ootsutsuki es coleccionista y Hinata pasará a ser una de sus posesiones. Sus piezas nunca ven la luz del día; únicamente son mostradas a un reducido grupo de amistades privilegiadas.

—¡Eso no puede sucederle a Hinata!

—¿Qué otra alternativa tiene? Puede considerarse afortunada, pues el matrimonio la salvaría de la deshonra. Haber sobrevivido a la muerte de tantos hombres relacionados con ella ya es de por sí humillante; pero también tiene algo antinatural. Dicen que ordenó matar a dos de los lacayos de su padre que se negaron a servirla; además, lee y escribe como si fuera un hombre y, por lo visto, está organizando un ejército para reclamar Senju en primavera.

—Tal vez ella misma sea su mejor protección —dije yo.

—¿Una mujer? —replicó Bee con desprecio—. ¡Imposible!

Mi corazón se hinchó de admiración hacia Hinata. Sería una aliada magnífica. Si nos casáramos, poseeríamos el territorio Senju, me ofrecería todos los recursos que yo necesitaba para enfrentarme a los señores Sennin. Una vez que hubiera terminado con ellos, sólo el corazón del territorio que antes era Akatsuki y ahora pertenecía a Obito impediría que nuestras tierras se extendiesen de costa a costa.

Debido a la llegada de la nieve, cualquier plan tendría que esperar hasta la primavera. Me encontraba exhausto, aunque por dentro ardía de impaciencia. Temía que Hinata tomara una decisión irrevocable antes de que nos encontrásemos otra vez.

—¿Me acompañarás al templo, como dijiste?

Bee asintió con un gesto.

—Partiremos al despuntar el día.

—Si yo no hubiera aparecido por aquí, habrías pasado en esta choza todo el invierno...

—No quiero engañarme —replicó—. No creo que hubiera podido sobrevivir; puede que me hayas salvado la vida.

Seguimos conversando hasta bien entrada la noche; en realidad, fue Bee quien habló, como si la presencia de otro ser humano le hubiera dado rienda suelta tras semanas enteras de silencio. Me contó parte de su pasado. Era mayor que yo y había nacido en una familia de guerreros de bajo rango que sirvió a los Sennin. Tras la derrota sus parientes fueron obligados a trasladar su lealtad a los Akatsuki. Bee había sido criado como guerrero, pero era el quinto hijo de una familia numerosa cada vez más empobrecida. Desde que era niño sus padres habían fomentado su amor por el conocimiento y su interés por la religión, y cuando la familia comenzó su declive le enviaron a Kusagakure. Tenía 11 años. Un hermano suyo —que entonces contaba con 13 años de edad— también fue enviado al templo como novicio, pero tras el primer invierno huyó del lugar y nada se había vuelto a saber de él desde entonces. Su hermano mayor murió combatiendo; su padre, poco después. Sus dos hermanas se casaron con guerreros Akatsuki y hacía años que no sabía nada de ellas. Su madre aún vivía en la granja familiar con sus otros dos hijos y sus respectivas familias. Ya apenas se consideraban como parte del clan de los guerreros. Bee veía a su madre una o dos veces al año.

Hablábamos como viejos amigos, y recordé cuánto había añorado un compañero como él cuando viajaba con Sasuke. Mayor que yo y mucho más instruido, Bee ostentaba una seriedad y una capacidad de reflexión que contrastaban con mi naturaleza inquieta. Sin embargo, como yo averiguaría más tarde, también era fuerte y valeroso... Seguía siendo un guerrero detrás del monje y el erudito que habitaban en él.

Entonces, pasó a relatarme el sentimiento de horror e indignación que recorrió Kusagakure y Amegakure tras la muerte de Jiraiya.

—Estábamos armados y preparados para un alzamiento. Pain llevaba tiempo amenazando con la destrucción de nuestro templo, consciente de que con el paso de los años nuestra riqueza y poder aumentaban. El señor de la guerra conocía el profundo resentimiento de la población, que había sido obligada a servir a los Akatsuki, y albergaba la esperanza de abortar cualquier intento de rebelión desde su inicio. Tú fuiste testigo del aprecio que la población sentía hacia el señor Jiraiya. Cuando murió, el sentimiento de pérdida y desconsuelo fue terrible. Yo nunca he visto nada parecido. Las revueltas en la ciudad —que los Akatsuki ya habían temido en vida de Jiraiya— estallaron con inusitada violencia tras la fatal noticia de su muerte. Se produjo una insurrección espontánea: antiguos guerreros Sennin, ciudadanos armados con estacas, incluso campesinos con guadañas y piedras tomaron el castillo. Nosotros nos encontrábamos preparados para unirnos al ataque cuando llegó la noticia de la muerte de Pain y la victoria de Obito en Amegakure. Las fuerzas de los Akatsuki se batieron en retirada y las perseguimos. Nos encontramos contigo en la carretera, cuando portabas la cabeza de Pain. Para entonces casi todos sabían cómo habías rescatado a Jiraiya.

Bee lanzó un suspiro y después sopló los rescoldos intentando avivarlos. La lámpara de aceite se había apagado hacía tiempo.

—Cuando regresamos a Kusagakure, en absoluto parecías un héroe. Te encontrabas más perdido y desconsolado de lo que cualquiera pudiera imaginar, y te enfrentabas a decisiones que te desgarraban el corazón. Me interesé por ti nada más conocerte, pero te encontraba extraño; dotado de talento, cierto es, pero débil. Tu capacidad auditiva parecía fuera de lo normal, y me recordaba a la de los animales. Creo que normalmente sé juzgar a los hombres. Me sorprendió que te invitaran a regresar al templo, y la confianza que Jiraiya depositaba en ti me desconcertaba. Entonces, me di cuenta de que no eras lo que aparentabas, entendí la valentía que debías de haber mostrado e intuí el ímpetu de tus emociones.

Y tras una pausa, añadió:

—No volveré a hablar de ello.

—No pasa nada —repliqué—. En realidad ocurre lo contrario. Lo que más necesito en el mundo es un amigo.

—Lo que más necesitas... —dudó él— ¿a excepción de un ejército?

—Eso tendrá que esperar hasta la primavera.

—Haré cuanto esté en mi mano para ayudarte.

—¿Qué será de tu llamada divina, de tu búsqueda de la iluminación espiritual?

—Tu causa es mi llamada —respondió—. ¿Por qué otro motivo te habría traído hasta aquí el Sabio, si no fuera para recordarme que vivimos en el mundo? Entre nosotros existe un fuerte vínculo, y de pronto he entendido que no tengo por qué luchar contra él.

El fuego casi se había extinguido, y ya no veía el rostro de Bee. Bajo la delgada manta, yo tiritaba de frío. Me pregunté si lograría dormir, si volvería alguna vez a conciliar el sueño, si dejaría en algún momento de estar alerta ante la respiración de un asesino. En un mundo que parecía dominado por la hostilidad, la devoción de Bee me emocionó profundamente. No se me ocurría nada que decir. Tomé su mano y la apreté por un instante en señal de agradecimiento.

—¿Te importa mantener tú la vigilancia mientras duermo un par de horas?

—Claro que no.

—Despiértame, y después podrás dormir un rato antes de que partamos.

Asintió con la cabeza. Me envolví con otra manta más y me tumbé. Del brasero llegaba un tenue resplandor, y yo podía percibir su susurro agonizante. En el exterior, el viento había amainado bastante, y del alero de la techumbre caían algunas gotas; un pequeño roedor estaba escarbando en la paja y, cuando una lechuza ululó, permaneció inmóvil. Me quedé dormido y soñé con niños que se ahogaban... Yo me lanzaba una y otra vez a las oscuras aguas, pero era incapaz de salvarlos.

.

.

El frío me despertó cuando la aurora empezaba a iluminar la choza. Bee permanecía sentado en actitud de meditación; su respiración era tan lenta que yo apenas podía oírla, y sin embargo no había duda de que el monje estaba totalmente alerta. Le observé durante unos instantes. Cuando abrió los ojos, yo aparté la mirada.

—Deberías haberme despertado.

—No estoy cansado; necesito pocas horas de sueño —y a continuación, preguntó con curiosidad—: ¿Por qué nunca me miras?

—Porque podría sumirte en un profundo sueño. Ésa es una de las dotes que he heredado del Gremio. Debería lograr controlarla, pero a veces hago dormir a la gente sin quererlo; por eso no suelo mirar directamente a los ojos.

—¿Quieres decir que tienes más poderes extraordinarios, aparte de tu capacidad de audición? ¿Qué más sabes hacer?

—Puedo hacerme invisible el tiempo suficiente como para confundir a un adversario o pasar junto a un guardia. Además, soy capaz de permanecer en un lugar una vez que me he marchado, y de estar en dos sitios a la vez; es lo que conocemos como utilizar el segundo cuerpo —observé a Bee disimuladamente mientras me escuchaba, pues me interesaba comprobar su reacción.

Y el monje no pudo evitar un pequeño sobresalto.

—Semejantes poderes recuerdan más a los de un demonio que a los de un ángel —masculló—. ¿Disponen todos los miembros del Gremio tales habilidades?

—Los miembros del Gremio cuentan con dotes distintas. Por lo visto yo he heredado muchas más de las que me correspondían.

—Yo no sabía nada sobre el Gremio, ni siquiera conocía su existencia, hasta que nuestro abad habló de ti y de tu vinculación con esa organización tras tu visita al templo el verano pasado.

—Muchos piensan que los poderes extraordinarios son cosa de brujería —aseguré yo.

—¿Es eso cierto?

—No lo sé, porque ignoro cómo los adquirí. Vinieron a mí, yo no los busqué; ahora bien, se pueden mejorar con el entrenamiento.

—Supongo que, como todas las dotes, pueden emplearse para hacer el bien o el mal —replicó él pausadamente.

—Es verdad, pero el Gremio sólo las utiliza para sus propios objetivos —le informé yo—. Ésa es la razón por la que no me permitirán seguir con vida. Si me acompañas, te enfrentarás al mismo peligro que yo. ¿Seguro que estás dispuesto a hacerlo?

Él asintió con un gesto, antes de añadir:

—Sí, estoy dispuesto; pero ¿no te asusta? Cualquier hombre se sentiría aterrado.

Yo no supe cómo responder. Muchas veces se ha dichoque no conozco el miedo, aunque tal afirmación no es del todo cierta. Al igual que la invisibilidad, un don con el que nací, la ausencia de miedo no es más que un estado que viene a mí de vez en cuando y que, además, tengo que esforzarme por mantenerlo.

Conozco el temor, como cualquier hombre; pero en ese momento no deseaba pensar en ello. Me incorporé y recogí mis ropas, que no estaban secas del todo. Me las puse, y al contacto con mi piel las note pegajosas. Salí al exterior para orinar; el aire era frío y húmedo, pero había dejado de nevar y la nieve que quedaba en el suelo estaba a medio derretir. Alrededor de la cabaña y el santuario no se veían más huellas que las mías, e incluso éstas apenas se apreciaban ya. El sendero desaparecía ladera abajo y se encontraba en buen estado. Con la excepción del silbido del viento, en el bosque y en la montaña reinaba el silencio. Desde lo lejos llegaban a mis oídos los graznidos de los cuervos, y algo más cerca un pájaro de menor tamaño emitía su melancólico canto. Yo no escuchaba nada que evindenciara actividad humana alguna: ni hachas golpeando troncos, ni campanas de templo repicando, ni perros ladrando desde una aldea... El arroyo del santuario emitía un débil borboteo; me lavé la cara y las manos en el agua oscura y helada, y bebí con avidez.

Aquella agua fue todo nuestro desayuno. Bee empaquetó sus pocas pertenencias, se colocó las flautas bajo el cinturón y recogió el palo de combate. Era su única arma. Le entregué la espada corta que le había quitado a mi asaltante el día anterior, y él la guardó junto a las flautas, debajo del cinturón.

Al iniciar nuestra marcha empezaron a caer algunos copos, y siguieron cayendo el resto de la mañana. Sin embargo, la capa de nieve que cubría el sendero no era demasiado gruesa y, además, Bee conocía bien el camino. De vez en cuando yo me resbalaba sobre una placa de hielo o caía en un agujero y me calaba hasta las rodillas; al poco rato mis ropas estaban tan mojadas como la noche anterior. El sendero era estrecho; caminábamos uno detrás del otro a paso rápido y apenas hablábamos. Daba la impresión de que Bee se hubiera quedado sin palabras, y yo empleaba mi tiempo en aguzar el oído intentando discernir el sonido de una respiración o el de una rama al troncharse, el golpe seco de la cuerda de un arco o el silbido de un cuchillo surcando el aire. Me sentía como un animal salvaje: siempre acosado, siempre en peligro.

La luz adquirió un tono gris perla y permaneció así unas tres horas; entonces, empezó a oscurecer. Los copos caían con más fuerza y la nieve formaba remolinos y comenzaba a cuajar. Alrededor del mediodía, paramos para beber en un pequeño arroyo, pero nada más detenernos el frío nos atacó con renovada fuerza y nos apresuramos a continuar el viaje.

—Éste es el río del norte que fluye junto al templo —aseguró Bee—. Tenemos que seguir el curso hasta llegar a Kusagakure; quedan menos de dos horas de camino.

Daba la impresión de que era el tramo más fácil que yo había recorrido desde que salí de Myoboku. Empecé a relajarme, pues el templo quedaba relativamente cerca... y yo caminaba en compañía de un amigo. Juntos nos dirigíamos a Kusagakure y allí me encontraría a salvo durante el invierno. El murmullo del río ahogaba cualquier otro sonido, por lo que no me percaté de que unos hombres nos estaban esperando.

Eran dos, y se lanzaron hacia nosotros desde el bosque, como si fueran lobos. Sin embargo, como esperaban a un solo hombre —a mí—, la presencia de Bee los desconcertó en un principio. Pero supusieron que se trataba de un simple monje, y le atacaron de inmediato, en la creencia de que saldría huyendo. Pero éste derribó al primero de los atacantes con un golpe en la cabeza que debió de fracturarle el cráneo. El segundo de los hombres blandía un sable, y eso me sorprendió, porque los miembros del Gremio no suelen utilizar tales armas. Cuando ya iba a aséstame un golpe, me hice invisible, me acerqué a él y con mi cuchillo intenté hacerle un corte en la mano con la que empuñaba el sable, en un intento de desarmarle. La hoja rebotó en el guantelete de mi adversario; clavé el cuchillo de nuevo e hice que mi segundo cuerpo apareciera a sus pies. A la segunda puñalada logré mi propósito, y cuando el hombre levantó su arma de nuevo, de su muñeca derecha comenzó a brotar la sangre. Mi segundo cuerpo se desvaneció y yo, todavía invisible, salté sobre mi enemigo e intenté cortarle el cuello, mientras añoraba la presencia de rasengan entre mis manos para poder darle una digna muerte. Él no podía verme, pero me agarró los brazos y lanzó un grito de terror. Noté que volvía a hacerme visible y que él se percataba de ello al mismo tiempo. Se me quedó mirando a la cara como si estuviera viendo un fantasma; sus ojos se agrandaron a causa del terror y al instante se cerraron... porque Bee le atacó por la espalda y con el palo le asestó un terrible golpe en el cuello. Nuestro adversario se desplomó como un buey y me arrastró al suelo con él.

Salí como pude de debajo del cadáver, y empujé a Bee hasta las rocas, donde podríamos encontrar refugio en caso de que hubiera más enemigos aguardando en la ladera. Yo temía sobre todo a los arqueros, que podrían alcanzamos desde la distancia; pero en esta zona el bosque era demasiado denso como para utilizar un arco. Nadie más daba señales de vida.

Bee respiraba con dificultad, y los ojos le brillaban.

—¡Ahora entiendo lo que me contaste!

—Eres muy hábil con el palo. Gracias.

—¿Quiénes son?

Me acerqué a los cadáveres. El primer hombre era Shinobi, pues le delataban las manos; pero el segundo lucía el blasón de los Sennin bajo su armadura.

—Éste es un guerrero —dije, mientras contemplaba la rana—. Eso explica que portase un sable. El otro pertenece al Gremio: es un Shinobi.

Yo no conocía a este hombre, pero debíamos de ser parientes. Estamos vinculados por las líneas de las manos.

El guerrero Sennin me inquietó. ¿Venía de Myoboku? ¿Qué hacía en aquel lugar con uno de los asesinos del Gremio? Por lo visto era de todos conocido que yo me dirigía a Kusagakure. Mi pensamiento regresó a Pa, y recé para que no le hubieran sonsacado información. También pensé que podría tratarse de Gaara o de uno de aquellos pobres hombres cuya traición yo había temido. Puede que los tipos que yacían ante nosotros ya hubieran estado en el templo y que allí nos esperaran más enemigos.

—Te desvaneciste por completo —exclamó Makoto—. Yo sólo pude ver tus huellas en la nieve. Es extraordinario —me sonrió, y su semblante se transformó. Parecía increíble que fuera la misma persona que el flautista desesperado que encontré la noche anterior—. Hacía tiempo que no participaba en una lucha que entrañara tanto peligro. Es sorprendente cómo el contacto con la muerte otorga tanta belleza a la vida.

La nieve se veía más blanca y el frío era más intenso. Yo sentía un hambre terrible y anhelaba las comodidades que alegran los sentidos: un baño caliente, comida, vino, y el cuerpo de una mujer junto al mío.

Reiniciamos el viaje con energías renovadas. Debíamos apresurarnos, pues desde hacía una hora el viento soplaba con más ímpetu y la nieve empezó a caer con fuerza otra vez. Yo tenía motivos para que creciera el agradecimiento que sentía hacia Bee, porque aunque al final caminábamos a ciegas, él conocía el camino a la perfección y no se perdió en ningún momento. Desde la última vez que yo había estado en el templo, habían erigido una muralla de madera alrededor de los edificios principales, y antes de llegar al portón de entrada unos guardias nos pidieron que nos identificáramos. Cuando Bee respondió, ellos le dispensaron una calurosa bienvenida. Habían estado preocupados por él, y su decisión de regresar les proporcionaba un gran alivio.

Atrancaron de nuevo el portón, y cuando Bee y yo nos encontrábamos en la garita de los guardias, éstos me miraron con curiosidad, sin estar seguros de conocerme o no. Bee intervino entonces:

—El señor Sennin busca refugio aquí para el invierno. Ir a informar al abad de su llegada.

Uno de ellos salió corriendo y atravesó el patio; inclinado para protegerse del viento, su cuerpo se iba haciendo blanco a medida que avanzaba hacia el claustro. Los enormes tejados de las naves principales estaban cubiertos de nieve, y las desnudas ramas de los cerezos y los ciruelos, cargadas con las flores heladas del invierno.

Los guardias nos hicieron señas para que nos sentáramos junto al fuego. Al igual que Bee, eran monjes jóvenes y sus armas consistían en arcos, lanzas y palos de combate. Nos sirvieron té. Nada hasta entonces me había parecido tan delicioso. La sabrosa infusión y nuestras ropas emanaban vapor al mismo tiempo, y creaban un confortable y cálido ambiente. Pero yo intenté no relajarme; aún quería mantenerme despierto.

—¿Ha venido alguien en mi busca?

—A primera hora de la mañana se han visto extraños en la montaña; rodearon el templo y continuaron ascendiendo en dirección al bosque. En ningún momento se nos ocurrió que te estuvieran buscando. Estábamos preocupados por Bee, pues creímos que podría tratarse de bandidos, pero el tiempo era lo suficientemente infernal como para enviar a nadie a perseguirlos. El señor Sennin llega en un buen momento. El camino por el que ha llegado ya se ha hecho infranqueable, y el templo quedará aislado hasta la primavera.

—Tu regreso es un honor para nosotros —aseguró uno de los monjes con timidez, y las miradas que se cruzaron entre ellos me indicaron que tenían ciertas sospechas del significado de mi presencia en Kusagakure.

Pasados unos 10 minutos, el monje regresó corriendo.

—Nuestro abad da la bienvenida al señor Sennin —anunció—, y le pide que se dé un baño y tome algo de comida. Le gustaría hablar contigo cuando finalicen las oraciones del atardecer.

Bee apuró su té, me hizo una ceremoniosa reverencia, y dijo que debía prepararse para las oraciones vespertinas, como si hubiera pasado todo el día en el templo con el resto de los monjes en lugar de haber caminado penosamente bajo la nieve y acabado con la vida de dos hombres. Su actitud era seria y solemne. Yo sabía que bajo su apariencia se encontraba el corazón de un verdadero amigo, pero en el templo Bee era uno más de los allí retirados, mientras que yo tenía que aprender de nuevo a comportarme como un señor. El viento rugía golpeando los gabletes, y la nieve caía sin descanso. Yo había llegado a salvo a Kusagakure; el invierno me pertenecía, y durante su curso debía dar nueva forma a mi vida.

El joven encargado de comunicarme el mensaje del abad me condujo hasta una de las habitaciones del templo reservadas para los huéspedes. De haber sido primavera o verano, aquellas estancias estarían abarrotadas de visitantes y peregrinos, pero ahora se encontraban desiertas. Aunque las contraventanas estaban cerradas como protección contra la ventisca; el frío era penetrante. El viento gemía a través de las rendijas de las paredes, y por algunas de ellas, más dilatadas, se colaba la nieve. El mismo monje me mostró el camino que conducía al pequeño pabellón de baños construido sobre un manantial de agua caliente. Me despojé de mis ropas sucias y mojadas, y me limpié con fuerza por todo el cuerpo; después, me introduje en el agua, que casi hervía. La sensación fue incluso más placentera de lo que había imaginado. Me acordé de los hombres que habían intentado matarme en los dos últimos días, y me sentí inmensamente feliz por haber sobrevivido. El agua burbujeaba y emanaba vapor a mí alrededor, y me invadió un sentimiento de gratitud hacia ella. Era sorprendente que viniendo desde las montañas bañara mi dolorido cuerpo e hiciera que mis congeladas extremidades volvieran a su ser. Reflexioné sobre otro tipo de montañas, las que escupen fuego y cenizas y sacuden con fuerza sus laderas derribando edificios como si fueran simples astillas de madera; pensé en los hombres que, como insectos, se arrastraban escapando de los troncos ardientes. La montaña que había superado podría haberme atrapado y congelado hasta darme muerte, y sin embargo, ahora me ofrecía sus aguas humeantes.

Los brazos me dolían desde que, brutalmente, me los había atenazado el guerrero, y en el cuello tenía un corte largo —aunque "superficial— donde su sable debió de rozarme. La muñeca derecha, que me había venido molestando de vez en cuando desde que en Amegakure Sasuke me la torciera hacia atrás y me desgarrara los tendones, se encontraba más fuerte. Mi cuerpo parecía más delgado que nunca, pero por lo demás me encontraba en buena forma tras el viaje.

En ese momento escuché unas pisadas que procedían de una sala contigua, y el monje me llamó diciendo que me había conseguido ropas secas y comida. Salí del agua, con la piel enrojecida por el calor; me sequé con los paños dispuestos para tal propósito y, bajo la nieve, salí corriendo por la pasarela de madera de regreso a la habitación.

La estancia estaba vacía y las ropas se encontraban colocadas en el suelo: calzones limpios, ropa interior acolchada y una túnica de seda —también acolchada— con fajín; ésta era de color púrpura, con dibujos en un tono más oscuro y el blasón de los Sennin bordado en plata a la espalda. Me vestí lentamente, disfrutando del tacto de la seda; había pasado mucho tiempo desde que yo había vestido por última vez un manto tan exquisito. Me pregunté por qué aquella prenda estaría en el templo y quién la habría dejado allí. ¿Tal vez fue Jiraiya? Sentí que su presencia me envolvía. La mañana siguiente iría a visitar su tumba; él me diría cómo lograr mi venganza.

El olor a comida me hizo darme cuenta de lo hambriento que estaba; desde hacía días no había probado nada tan sabroso, y en sólo dos minutos devoré los alimentos. No quería perder la agradable sensación de calor que el baño me había proporcionado, y tampoco deseaba quedarme dormido, por lo que realicé algunos ejercicios y después me senté un rato a meditar.

Desde más allá del viento y de la nieve, desde la nave central del templo, llegaban hasta mis oídos los cánticos de los monjes. La noche nevada, la habitación desierta —con sus recuerdos y sus fantasmas— y las serenas palabras de los antiguos manirás que entonaban me provocaron una exquisita sensación agridulce. Un escalofrío me recorrió el cuerpo. Sentí deseos de expresar aquella emoción y lamenté no haber prestado más atención a Pa cuando intentó enseñarme el arte de la poesía. También ansiaba sostener el pincel en la mano: si no era capaz de transmitir mis sentimientos con palabras, tal vez pudiera plasmarlos con los trazos de un dibujo.

«Vuelve a nosotros», me había dicho el anciano sacerdote, «cuando todo haya terminado...». Por una parte, yo deseaba quedarme en Kusagakure y pasar el resto de mis días en aquel apacible lugar; pero recordé que incluso allí había escuchado planes de guerra. Los monjes estaban armados y habían fortificado el templo. La lucha no había terminado; en realidad, estaba a punto de comenzar.

Los cánticos cesaron y escuché el sonido amortiguado de pisadas a medida que los monjes se dirigían en fila a tomar la cena; después, dormirían varias horas hasta que el tañido de la campana los hiciera abandonar el lecho a medianoche. Desde el claustro se acercaban pasos, y el mismo monje que me había atendido hasta ese momento abrió la puerta corredera. Hizo una reverencia, y dijo:

—Señor Sennin, nuestro abad desea verte ahora.

Me puse en pie y le seguí por el claustro.

—¿Cómo te llamas?

—Norio, señor —contestó, antes de añadir en un susurro—: Nací en Myoboku.

No dijo nada más, pues según las normas del templo no se debe hablar innecesariamente. Rodeamos el perímetro del patio, ya cubierto de nieve; dejamos a un lado el refectorio, donde los monjes estaban arrodillados en silenciosas hileras y tenían un cuenco de comida ante sí; después atravesamos por la nave central, con su olor a incienso y a cera de velas, donde la estatua dorada del Sabio emitía su resplandor bajo la penumbra y, por fin, llegamos al tercer extremo del patio. Allí había varias salas de pequeño tamaño que se utilizaban como oficinas y cuartos de estudio. Desde la última de las estancias me llegaba el chasquido de la hilera de abalorios utilizada para la oración y el susurro de un mantra. Nos detuvimos entonces ante las puertas de la primera sala, y Norio anunció en voz baja:

—Abad, nuestro huésped ha llegado.

Me avergoncé al verle, pues se trataba del anciano sacerdote que ya había conocido. Vestía las mismas ropas desgastadas. En mi última visita, yo le había confundido con uno de los viejos monjes del templo; no sospeché que pudiera tratarse del abad. En aquellos tiempos yo me hallaba sumido en mis propias preocupaciones y ni siquiera me detuve a pensar de quién se trataba. Me hinqué de rodillas hasta tocar la estera con la frente. Con su habitual conducta desenfadada, él se acercó a mí, me pidió que me incorporara y me abrazó. Entonces, se retiró un poco hacia atrás y me examinó, mientras su rostro se iluminaba con una sonrisa. Yo también sonreí, pues noté la alegría que sentía al verme y quise corresponderle.

—Señor Otori —exclamó—, me alegro de que hayas regresado sano y salvo. He pensado mucho en tí. Has vivido tiempos oscuros.

—La oscuridad no ha terminado; pero ahora busco su hospitalidad para el invierno. Son muchos los que me persiguen, y necesito un refugio seguro donde prepararme.

—Bee me ha explicado tu situación. Aquí siempre eres bienvenido.

—Deseo exponer mis intenciones sin más tardanza. Me propongo reclamar mi herencia y castigar a los responsables de la muerte de Jiraiya... y eso tal vez pueda entrañar riesgos para el templo.

—Estamos preparados para ello —replicó con serenidad.

—No merezco tanta benevolencia.

—Descubrirás que aquellos de nosotros que mantenemos antiguos vínculos con los Sennin nos consideramos en deuda contigo —afirmó él— y tenemos una fe ciega en tu futuro.

«Más que yo», pensé, notando que me ruborizaba. No podía creer que el abad me elogiase, después de todos los errores que yo había cometido. Me sentí como un impostor, vestido con la túnica Sennin, con el cabello recortado; carecía de dinero, propiedades, hombres o sable.

—Todas las grandes hazañas comienzan con una sola acción —continuó el abad, como si pudiera leerme la mente—. Y la tuya ha consistido en llegar hasta aquí.

—Me envió Pa, mi preceptor, quien acudirá al templo en la primavera para encontrarse conmigo. Me ha recomendado que busque la protección de Obito; eso es lo que debería haber hecho desde el principio.

El abad sonrió y sus ojos se rodearon de arrugas.

—No, el Gremio no te habría permitido seguir con vida. Por aquel entonces eras mucho más vulnerable, pues no conocías a tu enemigo. Ahora ya tienes conocimiento de su poder.

—¿Qué sabe sobre del Gremio?

—Jiraiya solía confiarme sus asuntos y a menudo me pedía consejo. Durante su última visita hablamos largo y tendido sobre ti.

—No escuché la conversación.

—Lo sé. Jiraiya tomó la precaución de hablar junto a la cascada para que no pudieras oírnos. Después regresamos a esta misma sala.

—Y aquí hablaron de la guerra...

—Jiraiya quería que yo le asegurara que el templo y la ciudad se sublevarían una vez que Pain hubiera muerto. El todavía dudaba de los planes para asesinar al señor de los Akatsuki, pues temía que pudiera haberte enviado a una muerte segura. Luego resultó que fue su propia muerte la que encendió la mecha de la insurrección y, aunque hubiésemos querido, no habríamos logrado detenerla. Sin embargo, Obito mantenía una alianza con Jiraiya, pero no con el clan Sennin, y si tiene oportunidad de apoderarse de sus territorios, sin duda lo hará. En la primavera estallará la guerra.

El abad se quedó en silencio unos instantes, y después prosiguió:

—Los señores Sennin tienen la intención de reclamar las tierras de Jiraiya y declarar ilegal tu adopción. No contentos con participar en la conspiración que le llevó a la muerte, ahora quieren mancillar su memoria. Por eso me alegro de que tengas el propósito de exigir tu herencia.

—No sé si los Sennin me aceptarán —alargué las manos con las palmas hacia arriba—. Tengo la marca de los Shinobi.

—Hablaremos de eso más tarde. Te sorprendería saber cuántos son los que esperan tu regreso. Lo comprobarás en primavera, cuando tus hombres vengan a buscarte.

—Un guerrero Sennin ha intentado matarme —exclamé yo con escepticismo.

—Bee me lo ha contado. Es cierto, el clan sigue dividido, pero Jiraiya lo sabía y lo aceptaba. No era su culpa; las semillas del odio quedaron sembradas cuando, tras la muerte de su padre, le usurparon el poder.

—Estoy convencido de que los tíos de Jiraiya son los responsables de su muerte —aseguré—, pero cuanta más información tengo, más me sorprende que le permitieran vivir tanto tiempo.

—Es el destino el que decide la duración de nuestras vidas —terció el abad—. Los señores Sennin temen a su propia gente. Los granjeros no confían en sus señores a causa de hechos pasados, y nunca se han dejado dominar por completo, al igual que los campesinos gobernados por los Akatsuki. Jiraiya los conocía y los respetaba; a cambio, se ganó su admiración y su afecto, y eso le protegió de sus parientes. Ahora trasladarán esa admiración y ese afecto hacia ti.

—Puede que así sea —acepté yo—, pero ahora me enfrento a otro problema más grave: el Gremio me ha sentenciado a muerte.

Pese a todo, el rostro del abad se mostraba tranquilo, y bajo la luz de la linterna parecía que fuera de marfil.

—Imagino que ésa es otra de las razones por las que has venido al templo.

Por un momento pensé que el anciano monje proseguiría, pero se quedó callado. Me observaba con una mirada expectante.

—El señor Jiraiya guardaba documentos —dije pausadamente, rompiendo el silencio que reinaba en la sala—, unos archivos referentes al Gremio y sus actividades. Albergo la esperanza de que me los facilite.

—Los hemos guardado aquí para ti —confesó él—. Enviaré a buscarlos. También he estado custodiando algo que te pertenece.

Rasengan, el sable de Jiraiya —exclamé yo.

Él asintió.

—Vas a necesitarlo.

El abad llamó a Norio y le pidió que acudiese al almacén en busca del arcón y el sable.

—Jiraiya no deseaba influir en ninguna decisión que pudieras tomar —me informó el abad, mientras yo escuchaba las pisadas de Norio, que resonaban en el claustro—. Él era consciente de que tu herencia te causaría conflictos de lealtad. Estaba preparado para que eligieses a los Shinobi, en cuyo caso nadie habría tenido acceso a los documentos, salvo yo mismo. Dado que has optado por el bando de los Sennin, los archivos son ahora de tu propiedad.

—Con mí llegada al templo he logrado unos meses más de vida —dije yo, con cierto tono de desprecio hacia mí mismo—. No existe nobleza en mi decisión. Aunque finalmente voy a actuar según la voluntad de Jiraiya, lo cierto es que no me quedaba alternativa, pues mi vida con el Gremio estaba alcanzando su fin. Con respecto a mi parentesco con los Sennin, sólo es por adopción y por testamento, y todos lo cuestionarán.

De nuevo una sonrisa iluminó su semblante; en sus ojos brillantes se percibía un matiz de comprensión y no menor sabiduría.

—El testamento de Jiraiya es una razón poderosa.

Tuve la impresión de que el abad disponía de cierta información que más tarde compartiría conmigo, pero en ese instante pude oír unas pisadas que se acercaban hacia nosotros y no pude evitar ponerme en alerta hasta que reconocí los pasos de Norio, más pesados en esta ocasión porque venía cargado con el cofre y el sable. Éste abrió la puerta corredera, entró en la sala e, hincándose de rodillas, colocó su carga sobre la estera. Yo no giré la cabeza, pero logré percibir el débil sonido que ambos objetos emitieron al ser depositados en el suelo. Ante la idea de empuñar a Rasengan entre mis manos, el pulso se me aceleró, y sentí alegría y temor al mismo tiempo.

Norio cerró la puerta, se arrodilló de nuevo y colocó las valiosas pertenencias frente al abad, de modo que yo también pudiera verlas. Tanto el cofre como el sable estaban envueltos en paños viejos, posiblemente para enmascarar su valor. El abad desenvolvió a rasengan, lo sujetó con ambas manos y lo acercó hacia mí. Yo lo recogí de igual forma, lo levanté sobre mi cabeza e hice una reverencia mientras notaba el familiar peso del arma alojada en su vaina. Anhelaba desenfundarlo y hacerle cantar su melodía de acero, pero delante del abad no me atreví. Con gran respeto, lo coloqué en el suelo, junto a mí, mientras el abad retiraba los paños que cubrían el cofre.

El olor a hojas de ruda inundó el ambiente, y yo reconocí el cofre de inmediato. Se trataba del que yo había cargado por el sendero de la montaña pensando que contenía ofrendas para el templo. Kakashi caminaba a mi lado. ¿Acaso él ignoraba lo que guardaba?

El anciano abad abrió la tapa del arca, que no estaba cerrada con llave, y el olor a ruda se intensificó. El abad extrajo uno de los rollos de pergamino y me lo entregó.

—Según las instrucciones de Jiraiya, tienes que leer éste en primer lugar —mientras yo lo tomaba en mis manos, el abad, con profunda emoción, añadió—: Nunca pensé que llegaría este momento.

Le miré a los ojos, hundidos en su anciano rostro pero tan brillantes y vivaces como los de un joven de 20 años. Él aguantó mi mirada, y de pronto comprendí que el viejo abad nunca sucumbiría al sueño de los Shinobi. En la distancia, una de las campanas sonó tres veces. Imaginé a los monjes elevando sus plegarias en actitud de meditación. Sentí con fuerza el poder espiritual de aquel lugar sagrado, concentrado y reflejado en la persona del anciano que tenía frente a mí. De nuevo me invadió una oleada de gratitud hacia su persona, hacia la doctrina que profesaba y hacia las deidades que, a pesar de mi falta de fe, parecían haber tomado mi vida y mi seguridad a su cargo.

—Léelo —me apremió entonces—. Puedes examinar el resto de los documentos más tarde, pero ahora tienes que leer éste.

Desenrollé el pergamino, y cuando vi el contenido fruncí las cejas; enseguida reconocí la mano de Jiraiya y los caracteres, e incluso pude ver mi propio nombre; pero las palabras carecían de sentido para mí. Mis ojos se desplazaban hacia arriba y hacia abajo recorriendo las columnas. Extendí el rollo un poco más y me encontré ante un océano de nombres. Me pareció que se trataba de una genealogía como la que Asuma me había descrito en Takigakure. Cuando caí en la cuenta, empecé a descifrarla. Regresé al comienzo y leí muy despacio el escrito inicial. Después volví a leerlo por tercera vez. Levanté la mirada y clavé mis pupilas en el abad.

—¿Es cierto?

Él soltó entonces una risa ahogada.

—Parece que sí. Tú no te ves el rostro, por lo que no encuentras pruebas en él. Puede que tus manos sean Shinobi, pero todos tus rasgos son Sennin. La madre de tu padre trabajaba como espía para el Gremio, y fue contratada por los Akatsuki y enviada a Myoboku cuando el padre de Jiraiya, era poco más que un muchacho. Mantuvieron relaciones, al parecer sin el permiso del Gremio, y tu padre fue el resultado. Tu abuela debió de ser una mujer inteligente, pues mantuvo en secreto su embarazo, se casó con uno de sus primos y crió al niño como Shinobi.

—Entonces, ¿Jiraiya y mi padre eran hermanos? ¿Jiraiya era mi tío?

—Por tu aspecto, nadie lo negaría. Cuando Jiraiya te vio por primera vez, quedó impresionado por tu parecido con su hermano menor. Ellos dos se parecían mucho. Si llevaras el cabello más largo, serías la viva imagen de Jiraiya de joven.

—¿Cómo lo descubrió?

—Parte de la historia la conoció a través de su propia familia. Su padre siempre había sospechado que aquella mujer había concebido un hijo, y le hizo esta confesión a Jiraiya poco antes de morir. El resto lo averiguó por sí mismo. El rastro de tu padre le llevó hasta Uzushiogakure, y se enteró de que éste había dejado un descendiente antes de morir. Tu progenitor debió de sufrir el mismo conflicto que tú: a pesar de haber sido criado por los Shinobi y de estar dotado de poderes extraordinarios —superiores a los de otros miembros del Gremio—, intentó escapar de su entorno. Tal actitud indica claramente que su sangre estaba mezclada y que carecía del fanatismo propio de los auténticos miembros de la organización. Jiraiya estuvo recopilando documentos sobre el Gremio desde que conoció a Hatake Kakashi. Ambos eran jóvenes entonces y simpatizaban mutuamente. Kakashi participó en la batalla y fue testigo de la muerte del hermano de Jiraiya —el abad clavó su mirada en rasengan; recuperó su sable y se lo entregó a Jiraiya. Quizá conozcas esta historia.

—Kakashi me contó algo en cierta ocasión —afirmé.

—Además de la simpatía que Jiraiya y Kakashi se profesaban, cada uno de ellos resultaba útil para el otro. Con el paso de los años intercambiaron información sobre numerosos asuntos, incluso a veces, hay que reconocerlo, de manera inconsciente. Creo que Kakashi nunca llegó a enterarse de lo inescrutable, e incluso retorcido, que Jiraiya podía ser.

Yo permanecí en silencio. El descubrimiento que acababa de hacer me había dejado perplejo, aunque, al pensar en ello, cada vez todo cobraba más sentido para mí. Era mi sangre Sennin lo que me había empujado a aprender las lecciones de venganza cuando mi familia fue masacrada en Uzushiogakure, y esa misma sangre había forjado mi vínculo con Jiraiya. De nuevo sentí dolor ante su pérdida y lamenté no haber conocido mis orígenes con anterioridad, aunque también me alegraba de que él y yo compartiéramos el mismo linaje y me enorgullecía ser un auténtico Sennin.

—Esto confirma que he tomado la decisión adecuada —exclamé por fin, con la voz quebrada por la emoción—. No obstante, ya que voy a ser uno de los Sennin, un guerrero, tengo mucho que aprender —señalé los pergaminos guardados en el cofre—. ¡Y ni siquiera puedo leer con fluidez!

—Tienes todo el invierno por delante —replicó el abad—. Bee te ayudará con la lectura y la escritura. En primavera debes acudir junto a Obito para aprender los secretos de la guerra. Mientras tanto, tienes que estudiar la teoría del combate y entrenarte en el uso del sable.

En ese momento hizo una pausa y sonrió otra vez. Imaginé que aún guardaba otra sorpresa para mí.

—Yo seré tu maestro. Antes de ser llamado al servicio del Sabio me consideraban un experto en estas lides. Creo que este invierno lo pasaremos bien; haremos mucho ejercicio para mantenernos en calor. Recoge tus pertenencias, señor Sennin. Comenzaremos por la mañana. Cuando acabes con tus estudios, te unirás a la meditación de los monjes. Bee te despertará.

Hice una reverencia, abrumado por tanta generosidad. Él me hizo un gesto como para quitarle importancia.

—Sólo estamos pagando la deuda que tenemos contigo.

—No —repliqué yo—. Soy yo quien siempre estará en deuda. Haré cualquier cosa que me pidas; estoy a su completo servicio.

Ya me encontraba junto a la puerta, cuando el abad me habló de nuevo:

—Quizá hay algo que puedes hacer por mí.

Me giré en redondo y caí de rodillas.

—¡Lo que sea!

—¡Déjate crecer el cabello! —exclamó él bromeando.

Aún se escuchaban sus risas mientras yo seguía a Norio de regreso a los aposentos de los huéspedes. El joven acarreaba el cofre, pero yo portaba a Rasengan. El viento había amainado algo, y la nieve, que se había tornado más húmeda y pesada, amortiguaba los sonidos, cubría la montaña como una manta y aislaba el templo del resto del mundo.

Sobre la estera de la habitación habían extendido un colchón y la ropa de cama. Di las gracias a Norio y me despedí de él hasta el día siguiente. Dos linternas encendidas iluminaban la estancia. Desenvainé a Rasengan, contemplé su afilada hoja, y pensé en la fragua que lo habría forjado y le habría otorgado semejante combinación de fuerza y delicadeza, algo que lo convertía en un arma letal. Los pliegues del acero le proporcionaban un hermoso aspecto; parecía que fuesen olas. Era el regalo que yo había recibido de Jiraiya, junto con mi nombre y mi vida. Lo empuñé con las dos manos y realicé los movimientos tradicionales que él me había enseñado en Myoboku.

Rasengan entonó para mí su melodía de guerra y de sangre.

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