VII
Kanto: VII
Vuelta al comienzo.
Observaba atentamente sus manos, las cuales estaban a la altura de su abdomen, parcialmente extendidas ante sus ojos. Percibía minuciosamente todos los pliegues de sus fatigados y tiznados dedos mientras la sangre discurría a través de ellos, como auténticos ríos del más brillante escarlata. El líquido se acumulaba entre las arrugas, que formaban pequeñas concavidades donde se guardaba el recuerdo de tal feroz y extenuante enfrentamiento. Sus brazos, apoyados ambos en sus rodillas –raspadas y goteantes como sus manos-, se sentían pesados e incapaces de realizar cualquier movimiento, generalizando aquella fatiga al resto de su maltratado cuerpo; aunque él mismo desconocía su estado. Tal concentración dedicaba a sus manos que intentaba ignorar lo que se encontraba a su alrededor, mas sin embargo, era consciente de que, tarde o temprano, tenía que afrontar su situación. Pasó su vista desde sus dedos a través de sus brazos, donde se dio cuenta de que uno de ellos era el nacimiento de la corriente carmesí. Un profundo surco cruzaba su antebrazo, goteando aquel líquido carmín que manchaba su rodilla y el suelo donde acababa. Las gotas de sangre que habían entrado en contacto con la tierra del camino se secaban al instante, quizás por la aridez de la arena, quizás por el sofoco veraniego que les rodeaba que, a pesar de ser nocturno, no apaciguaba su temperatura. O quizás, y solo quizás, era porque él mismo deseaba que su sangre, toda la sangre que había acabado en sus manos, se extinguiese tan expeditamente como lo hacían aquellas gotas. Pero él, más que nadie, era consciente de que la sangre siempre deja marca.
Sintió un ligero tirón en su camiseta, manchada y adosada a su cuerpo debido al sudor y a la adherente sangre que también discurría por su torso. Pero, a pesar de tal aviso, no se atrevió a girarse hacia el origen de aquel leve agarre. Un intenso miedo comenzó a inundar su maltratado pecho al ser devuelto a la realidad por aquel contacto físico. A pesar de haber estado hacía apenas minutos en una de las batallas más despiadadas y temerarias a las que se había enfrentado en su vida, nada le parecía tan terrorífico como enfrentarse a la dura realidad, una realidad que se cernía sobre él inevitablemente y de la que sabía que, esta vez, no podría escapar a ella, por mucho que su corazón latiese aceleradamente mientras parecía querer decirle con sus precipitado ritmo: «Corre». Pero no era por el penoso estado físico en el que se encontraba, o por las heridas que volvían a decorar su cuerpo. No. Era su propio miedo el que le impedía cualquier movimiento, el que le impedía levantar la vista de sus maltratadas manos, el que le recordaba una y otra vez dónde estaba y, sobre todo, quién estaba a su lado.
—¡HIDROBOMBA!
Una orden clara y precisa resonó a través de sus oídos, los cuales parecían haber estado inconexos hasta ese mismo momento. La adrenalina que comenzó a circular por su hendido sistema circulatorio consiguió desplazar al miedo que comenzaba a pesar en su cavidad torácica, y su cerebro volvió a conectarse de nuevo. Él conocía a la perfección aquella reacción, y su irracional intuición le advertía del peligro. Así, ignorando cualquier pensamiento menos aquel mandato venido desde su espalda, se levantó de un salto y se apartó justo antes de que un potente chorro de agua a presión impactase en el mismo sitio donde antes estaba sentado con parsimonia. Contempló como la tierra y grava del camino absorbían gran parte del agua debido, posiblemente, a la sequedad de ambiente, tratando desesperadamente de hidratarse. Levantó la vista y lo primero que pudo percibir fueron unos ojos castaños, dos pupilas que le observaban atentamente mientras irradiaban la más profunda rabia e ira a su vez. En ellos distinguió a su antiguo rival, pseudo amigo desde su más tierna –y ahora sin dudarlo- infancia, el muchacho junto al que creció en el mismo sitio que pisaban ahora sus polutos zapatos. Su fisonomía representaba el mismo enfado que mostraban sus ojos, manifestándose en la tensión de su cuerpo y en el tono blanquecino que habían adquirido sus puños debido a la fuerza ejercida sobre sus nudillos. A su lado, una enorme tortuga se alzaba, con el mismo pronóstico de aquel muchacho.
—¡Blastoise! ¡Hidrobomba de nuevo!
La tortuga gigante no se hizo esperar y volvió a apuntar los dos potentes cañones que salían de su caparazón cobrizo, a ambos lados de su cabeza azulada. Sus ojos negros brillaban con intensidad y, tras un gutural grito salido por su dientuda boca, otros dos caños acuosos salieron en su dirección, con clara intención de impactar contra él. A pesar de estar preparado para esquivar ese nuevo ataque, no tuvo que hacerlo. Un dorado cristal apareció delante suya, desviando el agua a presión a ambos lados de la pantalla, impidiendo que llegasen siquiera a mojar su ropa. No le hacía falta reconocer al autor de aquella pantalla pero, aún así, bajó su mirada para encontrarse con su fiel amigo delante, protegiéndole como llevaba haciendo la mitad de su vida, desde que ambos se conocieron. Sus patitas marrones estaban extendidas, y su fisonomía mostraba la misma fiereza que sus adversarios, mientras que él no podía más que mantener su rostro serio, intentado ocultar la mezcla de emociones que en ese momento bullía en su interior. El calor se disipaba a través de su herida, la cual comenzó a escocerle al haber entrado en contacto con la arenisca de la carretera al levantarse con tanta presura. Aún notaba cómo la sangre goteaba por sus dedos y, en un gesto inconsciente, se llevó la mano a la herida, intentado evitar el ya molesto río que manchaba todo a su paso.
"¡Rai!". Tras acabar con su ataque defensivo, su amigo gritó provocativamente hacia sus dos rivales, con clara intención de confronte; algo que él, aunque sabía –inconscientemente- que estaba en riesgo, no compartía con su compañero. Sin embargo, conociendo a su noble amigo, haría cualquier cosa por protegerle de cualquier daño. De sus mejillas amarillentas comenzó a saltar chispas en clara provocación a su rival, que no escatimó en inclinarse sobre sus dos gruesas patas traseras y volcar su caparazón hacia delante, con clara intención de ataque.
—¡¿Es que no vas a luchar, COBARDE?!
A pesar de recibir sus propios impulsos y los estímulos externos, los sonidos sonaban distantes a su alrededor. Aún así, escuchó claramente la última palabra pronunciada, y no pudo estar más de acuerdo con ella. No obstante, no tenía el mismo concepto de cobardía que su antiguo rival, y no atacar en ese momento no le parecía una acción amilanada, sino que, simplemente, no veía la necesidad de combatir en ese momento. Pero no iba a dejarse menoscabar.
Tanto él como Raichu esquivaron prestamente otro Hidrobomba lanzado contra ellos y, esta vez, Blastoise no perdió el tiempo y embistió directo contra su compañero eléctrico, el cual le repelió sin orden alguna con un fiero puñetazo impregnado de electricidad que hizo retroceder a la tortuga acuática varios metros atrás, llegando incluso a salirse del camino y posar sus patas en la oscura y fresa hierba que oscilaba tranquilamente gracias a la ligera brisa que acompañaba a la noche cerrada. Blastoise, lejos de amedrentarse al igual que su entrenador, volvieron a encarar a sus supuestos enemigos.
—¡Rayo hielo! —volvió a gritar con furia.
Blastoise abrió sus fauces y, en su interior, una bola de energía azul comenzó a crecer, hasta lanzar un poderoso rayo helado. El ratón eléctrico contestó a tal ataque con pura electricidad irradiada de su cuerpo, lanzada mediante sus sacos dieléctricos y su cola puntiaguda, en coincidente forma de un rayo. Los dos ataques impactaron uno contra otro, generando una explosión cargada de energía que levantó aún más gravilla en todas partes. No pudo evitar gruñir ante la irritación ocasionada, de nuevo, con el contacto de la sucia arena contra sus múltiples cortes y heridas, emponzoñándolas e irritándolas. Se tapó los ojos con su brazo intacto, en un intento de evitar que la arenisca llegase también a herir sus retinas.
—¡Gary, ya basta! —gritó una voz añeja y desazonada a un lado de donde se encontraban. El nombrado tan solo gruñó con cólera, apretando fuertemente los dientes.
—¡No, abuelo! —encaró a su mentor, de nuevo con los puños cerrados y una mirada intimidante, que se había desviado de su objetivo hacia el anciano—. ¡Mira en qué se ha convertido! ¡En un asqueroso criminal! ¡Un delincuente! ¡Un-!
Percibía la ira de su infantino rival que se mostraba, también, a través de sus palabras, cuales escupía con desprecio, con clara intención de herir al destinatario de tales improperios. Pero lejos estaba de lastimar, o incluso propiciar en él alguna emoción. Se había repetido tantas veces a sí mismo aquellas palabras que ya no tenían el trascendental significado que poseían en un principio. Tenía asumido lo que era, lo que él había querido ser.
Mientras Gary Oak seguía mirando a su anciano mentor con la rabia que le era dirigida hacia él, desvió la mirada hacia su fiel compañero, en un intento de evitar percibir nada más a su alrededor. Se fijó que su amigo le miraba fijamente desde abajo, con una curiosa expresión en su rostro, que parecía mezclar desazón y enfado al mismo tiempo; muy al contrario de su semblante, que trataba por todos medios seguir manteniendo la seriedad que solía caracterizarle en estos momentos.
—¡Cinco malditos años buscándote! —volvió a gritar Gary, y esta vez supo que se dirigía directamente a él, mas no levantó su rostro hacia su interlocutor—. ¡Cinco años llorando tu desaparición, ¿para qué?! ¡¿Para qué hayas estado en una banda criminal, robando pokémon, hiriendo a personas inocentes?! ¡Eres un maldito cobarde! ¡Podrías habernos dicho dónde estabas, LA BASURA QUE ERES AHORA!
Siguió sin dirigir la mirada hacia el emisor de tales verdades debido a que un miedo iracundo a cruzarse con otros ojos anidaba, cada vez con más peso, en su cavidad. Inconscientemente, se agarró con más fuerza su brazo herido, sintiendo como la sangre -aún conservarte de cierto calor corporal- discurría con más brío por su brazo.
—¿¡Y sigues sin decir nada, estúpido perdedor?! ¡Te vas a enterar! ¡Blastoise! —el pokémon totuga contestó a su entrenador con un alarido, listo para continuar la pelea.
—¡Deja al jefe en paz!
Reconoció aquella voz como la de Annastasia, su devota subordinada. Conocía a aquella enérgica muchacha desde antes incluso de haber ingresado ella en las Sombras de Kanto, y era consciente de la personalidad de aquella joven rubia, que lejos estaba de ser lo que aparentaba. Por ello, despegó la mano de su herida y la levantó hacia un lado.
Ann comprendió al instante la orden dada por su jefe, pero no entendía la razón por la cual ese mandato había quedado de manifiesto. No llegaba a comprender por qué su jefe, tan fuerte e inteligente como era, se dejaba atacar de manera tan pasiva por aquel irrespetuoso –a su juicio- chico. Sin embargo, no se atrevía a desobedecer las órdenes de su superior, por lo que decidió callar y guardarse todo comentario y acción mordaz que pudiese llevar contra el muchacho.
—Jefe, estás herido.
Nico se encontraba al borde de la histeria al ver a su jefe, antes que nada amigo, en tal precario estado. Aquel corte en su antebrazo sangraba más de lo que parecía a simple vista, aunque él parecía no notarlo demasiado.
—Es cierto. Entremos a curarte, tanto a ti como a tus pokémon.
Esta vez sí levantó la vista, asombrado ante la reconocida voz que se dirigió a él sin temor o rabia, sino al contrario, un tono de voz fraternal y preocupado que recordaba con gran estima y nostalgia de tiempo mejores. Allí, delante de él, se encontraba Brock, uno de sus antiguos mejores amigos, un compañero inestimable que le había acompañado durante, prácticamente, toda su temprana adolescencia en sus interminables viajes a través del mundo, cuando aún tenía un sueño, cuando aún creía en el mundo y en sí mismo. No pudo evitar que la sombra de su miedo interno se asomase peligrosamente por sus ojos ante tal trato altruista. Brock se acercó hacia él y, por pura inercia, retrocedió un paso. No podía soportar la mirada bondadosa que le ofrecía su amigo, una mirada de la que no era merecedor. Sin embargo, el doctor pokémon no detuvo su marcha y se inclinó al lado de Raichu, el cual también le miró escépticamente al principio, hasta que el moreno comenzó a acariciar con cariño su pelaje, entre sus puntiagudas orejas. Debido al sobresalto, el ratón pokémon no pudo evitar lanzar una pequeña descarga, aunque Brock no apartó su contacto. Siguió acariciándolo hasta notar cómo el pokémon se relajaba bajo su toque.
"Chaa". El pokémon emitió un sonido de concordancia conforme a aquella cariñosa carantoña, súbitamente más tranquilo con su presencia. Cuando Brock dejó de acariciarle y se irguió de nuevo, dirigió miradas apenadas entre el moreno y su entrenador, intentando trasmitirle a través de sus pequeños ojitos negros que su amigo necesitaba ayuda, lo cual Brock entendió sin complicaciones.
—Me alegro de verte, Ash —Brock sonrió con inmensa alegría hacia el joven que se alzaba varios pasos por delante, un joven que no parecía su mejor amigo pero que, por otra parte, seguía existiendo parte de la esencia de aquel joven e intrépido muchachito que conoció hace nueve años.
Ash no tardó en ocultar el temor que había asomado por sus ojos, sustituyendo su semblante sorprendido por uno completamente serio. No iba a permitir que su antiguo amigo mintiese de forma tan descarada, pero no a él, sino a sí mismo. Era imposible que se alegrase de volver a verle cuando Ash no estaba allí. Aquel al que Brock observaba no era Ash, no era él. Pero, a pesar de ello, ninguna palabra salió de sus labios sellados.
La sonrisa de Brock disminuyó al notar el cambio de expresión de su amigo ante sus palabras. Quizás había sido un error dirigirse así hacia su pasado camarada, porque podría ser que ese que estaba en frente no fuese Ash, sino un total y completo desconocido. Desechó rápidamente aquellos pensamientos y dudas de su cabeza e intentó centrarse en lo verdaderamente importante: su amigo estaba allí, había vuelto a pesar de este largo tiempo y, por fin, todos volvían a estar juntos. Dirigió una disimulada mirada a su amiga pelirroja esperando encontrar otra expresión de júbilo como la suya, pero no pudo estar más equivocado.
Misty se había levantado del suelo, el sitio donde apareció tras la teletransportación realizada por los dos pokémon psíquicos, aún portando a un debilitado Marill en sus brazos. Sus piernas y su pantalón se habían ensuciado debido a la arena que conformaba la vía, e incluso algunas piedrecillas se habían incrustado en el tejido de su short o en su piel, pero no le importaba. No sabía que sentir en ese mismo instante, mientras observaba a aquel perfecto desconocido que se alzaba a varios pasos de ella, firme y serio, distante e ignoto. Su rostro, iluminado por tan solo un lado gracias a la luz de la entrada de la casa de los Ketchum, era un cuadro anónimo e increíblemente atrayente para ella. Nuevos ángulos se habían acentuado en estos años ausentes, descubriendo una faceta adulta, acrecentada por la expresión seria de la que hacía gala. Su semblante era lozano y atractivo, de una marcada mesura y gravedad en él. Su cabello, semejante al color del ébano, seguía siendo tan alborotado como lo recordaba; y evocó que, en tiempos pasados, solía pensar que su pelo era tan indomable como lo era su personalidad. Su fisonomía también había sufrido un drástico cambio, y también se había perfilado con el paso del tiempo. Había crecido desmesuradamente, una gran metamorfosis en comparación a la baja estatura de la que exponía cuando era un niño. A pesar de la oscuridad reinante y la poca luz del ambiente, se podía apreciar su estructura atlética y fibrosa que mostraba su cuerpo delgado, el cual parecía listo en cualquier momento para moverse a gran velocidad. Sus brazos, ya despojados de la chaqueta negra que antes los cubría, se mostraban fuertes y veloces al mismo tiempo, y su musculatura marcaba finas líneas en sus antebrazos, que hacían sombra con la escasa iluminación existente. Su torso, al estar cubierto por una camiseta negra como la noche, no era tan apreciable como su rostro o sus brazos, pero aún así la luz delimitaba su delgada y nervuda figura, que atraía con magnetismo. El pantalón que portaba, también negro, estaba rasgado por algunas partes, y tan sucio como sus piernas o sus hombros, cubiertos por su sangre reseca.
Y sus ojos… sus ojos poseían aún más fascinación que su cuerpo en sí. Aquellos ojos, tan cercanos y distantes a la vez, tan conocidos e ignorados al mismo tiempo, eran los mismos que recordaba con gran estima en lo más recóndito de su corazón, pero no poseían el mismo brillo que solía caracterizarlos en tiempos pasados. Aquel brillo valiente y centelleante como ninguno había sido aplacado, incluso sustituido por una llama oscura, tan oscura como sus ropajes. Y, cuando aquellos sugestivos ojos se posaron finalmente en ella, no pudo evitar que una corriente eléctrica circulase a través de su columna vertebral, erizándole los pelos de la nuca y acelerando inexorablemente su pulso cardíaco. Aquellos ojos habían dejado de destilar seriedad al temblar levemente ante el contacto visual, y Misty no pudo hacer más que quedarse prendada de aquellos castaños irises que, a pesar de la poca luz, nunca los había visto tan hermosos como en ese mismo momento. Pero, a pesar del deseo consumado de la pelirroja por seguir contemplando tan bellos ojos, estos rompieron el contacto desviándose rápidamente, azarados.
Quería acercarse a él, quería sentir en su propia piel su presencia, la certeza de que él estaba allí de verdad, tras años y años de inane búsqueda, lágrimas y lamentos por su ausencia. Pero, a pesar de aquel anhelo, su cuerpo era incapaz de moverse, tal vez por el cansancio físico o por la impresión causada por aquel cautivador joven. Tan solo podía seguir observándole, intentando desentrañar todos los nuevos e inexplorados recovecos de su fisonomía, mientras su mente y su corazón eran un completo bullicio de sentimientos y emociones, que no solo residían allí, sino que se desplazaban a través de sus nervios hasta la totalidad de su piel.
Aquel temor que anidaba en su corazón desde su llegada allí se había manifestado en aquellos serafines ojos aguamarinos que le observaban con atención, si no era la repulsión que se merecía. Desvió la mirada tan rápido como fue capaz cuando notó aquella mirada en contacto con la suya, aterrado por si podría descubrir sus sentimientos y pensamientos a través de ellos. Ella siempre le había leído con tanta facilidad… siempre sabía lo que pensaba -o lo que sentía- en cualquier momento, y le acobardaba que pudiese hacer lo mismo ahora, porque él sabía que ella era capaz, de eso y mucho más. Misty nunca había sido una persona que se diese por vencida prontamente; pero, esta vez, había cosas que residían y arraigaban en su oscuro interior que no debían ser descubiertas.
De pronto, sintió un tirón en su brazo intacto. Desviando la vista hacia él, divisó una larga cabellera castaña dispersa entre su extremidad y el poseedor de aquel lacio cabello, reconociendo a su propietario en cuanto sus grandes ojos chocaron abruptamente con los suyos, ambos del mismo tono castaño. Aquellos tiernos ojos comenzaron a inundarse con incipientes lágrimas que amenazaban con abandonarlos y comenzar a discurrir sin control. Por puro impulso, ya que odiaba ver esas lágrimas desde lo más profundo de su acongojado corazón y siempre trataba de hacer lo imposible para evitarlas, abrazó a la persona que aún agarraba su brazo, envolviendo las hebras cobrizas en su –ya de por sí- húmedo pecho.
Aunque, lejos de conseguir su objetivo, provocó todo lo contrario: la joven niña que se había agarrado con desesperación no pudo evitar romper a llorar al sentir el suave abrazo que su hermano le brindaba. Habían pasados dos años desde la última vez que se vieron, dos años en los que ella había tratado de cumplir con su mandato, sin dejar de pensar un solo día en el estado de su hermano mayor. Se preocupaba por él y, tras presenciar tal agresiva batalla, así como la angustia que casi la domina por completo al verle sucumbir en el vacío de la noche, no pudo hacer más que intentar liberar tal turbación a través del agua salina. Sintió un ligero vaivén y, súbitamente, ese movimiento le llevó a su infancia, cuando su hermano le acunaba sobre él mientras ella se lamentaba por alguna caída o algún raspón en la rodilla, que no se podía comparar a la profunda y sangrienta herida que dividía en dos su antebrazo.
—Hay… hay que… curarte… —pretendió pronunciar mientras intentaba sorber sus lágrimas con profundas inhalaciones. Separándose ligeramente del cálido torso que la mecía, se limpió sus lágrimas con el bajo de su camiseta, empapándolo al momento. Cuando levantó la vista hacia el rostro de su hermano, pudo ver como este le sonreía levemente. Negó con la cabeza y, acto después, se arrodilló en el suelo y sacó un pañuelo de su bolsillo, un fragmento de tela rosáceo con bordes granates, donde el centro, también purpúreo, estaba rodeado por filamentos amarillentos que formaban rayos dorados. Con aquel lienzo limpió los restos lacrimógenos que aún permanecían en sus sonrojadas mejillas, y enjuagó aquellas lágrimas que aún perduraban en sus retinas.
—Estoy bien —le susurró a Elizabeth, con un tono bajo y personal que había echado de menos usar con su hermana pequeña.
El ritmo acelerado que acrecentó el corazón de Misty se detuvo abruptamente al reconocer aquel ligero pañuelo que limpiaba el rostro de Eli cariñosamente. Aquella tela no era otra sino la cual había entregado a su mejor amigo en el momento de su separación, antes de que ambos tomasen caminos distintos: ella hacia su gimnasio, su responsabilidad familiar; y él hacia una nueva e inexplorada región, su realización como entrenador pokémon y como persona, ya que él era un alma libre, un aventurero por naturaleza, un espíritu errante que no podía permanecer en el mismo sitio durante, cada vez, periodos de tiempo más cortos. Él había mantenido consigo durante todos estos años aquel regalo consigo, e incluso cuidándolo solícitamente, ya que parecía en perfecto estado, casi más impoluto que cuando Misty se lo entregó con devoción y tristeza al separarse de él. Un profundo sentimiento comenzó a florecer en el pecho de Misty, inundando todo su ser. Y no era más que tibia esperanza, esperanza por reconocer a su mejor amigo de nuevo, a Ash.
Elizabeth, aún agarrando el brazo de su hermano, comenzó a tirar de él hacia la casa de Delia Ketchum, mientras trataba por activa y por pasiva de no romper a llorar de nuevo. Y su hermano, derrotado, se dejó guiar, en otro intento de disminuir su llanto. Raichu no dudó en acompañarles, al igual que Brock. Los demás solo pudieron quedarse estáticos mientras les observaban dirigirse hacia la casa.
En un momento dado, el joven pelinegro se paró en sec, y se giró lo suficiente para dirigirse a Annastasia, evitando cruzarse de nuevo con las temidas miradas.
—Annastasia —dijo en un tono firme, sin necesidad de levantar la voz—. Trae nuestras mochilas.
—¡A la orden! —exclamó Ann con energía, llevando su mano a la frente en forma de saludo, muy mitigado de la seriedad que solía acompañar al típico gesto—. Alakazam, usa teletrasporte de nuevo y trae nuestras bolsas, ¿de acuerdo?
El pokemon psíquico no tardó ni medio minuto en desaparecer y volver a aparecer en un destello de luz azulada, la misma que les había traído a la seguridad de Pueblo Paleta. Pero, a diferencia de su ida, en su vuelta portaba en ambas manos tres mochilas de diferentes formas y colores. Ann abrazó a su pokémon mientras agradecía su ayuda y, asiendo su bolsa –la más colorida y excéntrica de las tres, con un curioso toque infantil-, sacó una pokéball de su cinturón y encerró a Alakazam en ella. Zhang cargó la suya y la sobrante, que debiese ser del ordenancista, y ambos siguieron a Elizabeth hacia la casa.
—Yo me voy de aquí —Gary rompió el silencio que les había envuelto de nuevo. Devolvió a Blastoise a su pokéball, y dio la espalda a la casa de los Ketchum. Su semblante aún detonaba rabia, pero se había ido sustituyendo gradualmente por firmeza y seriedad, casi tanta como el rostro que había mostrado su oponente.
—¿A dónde vas? —le preguntó su abuelo, sin interrumpir su marcha.
—Al laboratorio. Nos vemos allí —y, sin decir palabra alguna más, acabó la conversación y anduvo, lento pero sin pausa, lejos de aquella modesta y acogedora casa de campo, que adornaba pintorescamente los verdes prados de Pueblo Paleta.
Mientras que los demás observaban la silueta de Gary, la cual desaparecía por momentos entre la oscuridad de la noche, Delia no podía dejar de mirar la puerta entreabierta por donde había entrado a su casa. Su hijo, por fin, había vuelto. Pero, a pesar de este hecho que había esperado de forma tan vehemente durante todos estos años, un insoportable sentimiento de culpabilidad trataba de arrastrarla hasta el mismo centro de la tierra. Sabía que había sido su culpa por la que Ash había abandonado su casa; toda, absolutamente la totalidad de la culpa, disentía sobre sus hombros. Y, también, ella era la única responsable de, probablemente, todos los malos momentos que él hubiese pasado a lo largo de su estancia en tal horrible sitio, que le habrían azotado hasta convertirlo en el joven que vio enfrente suya, con una mirada totalmente diferente a la que su hijo solía dedicarle, llena de amor y fascinación. Aquel sentimiento la quemaba por dentro, e incluso parecía desear salir como Elizabeth lo había manifestado, pero intentó guardar la poca compostura que quedaba en ella. Lentamente comenzó a caminar hacia su casa y, con cada paso que daba, más lejos se sentía del que alguna vez fuese su "hijo".
El profesor Oak también comenzó a caminar tras Delia, preocupado por su estado actual, seguido por Tracey y Daisy. Misty, aún dominada por el estupor y sus emociones a flor de piel, se quedó anclada justo en el sitio donde había observado al joven desconocido, mirando en dirección a la casa que alumbraba el sitio con una luz atrayente y generosa, pero sin enfocar el hogar. Fue un ligero quejido producido por su malherido Marill la que le hizo reaccionar levemente, despertando momentáneamente de su estupor. A pesar del inconsciente miedo que le producía entrar en aquella casa y encontrarse de nuevo con él, debía curar a su compañero con urgencia, el cual quedó gravemente herido tras la batalla contra Mathieu que, a pesar de haber acontecido apenas una hora atrás, parecía tan distante en el tiempo que aparentaba formar parte del pasado –como así era, pero un pasado ya remoto-. Aunque, aparte de aquellos pensamientos y emociones, una parte de ella gritaba de acelerada emoción por volver a observar aquellos añorados castaños ojos otra vez. A paso lento y displicente, se dirigió hacia la pequeña casita rural, entre tumbos que ella no llegaba a notar.
El único que no ingresó en la morada fue Giovanni. Cuando se vio solo en aquel camino desierto, pudo hacer lo que realmente deseaba. Se deslizó del camino arenoso y se sentó sobre la húmeda tierra, entre los vivos y verdes pastos que oscilaban como olas gracias al ligero viento veraniego. A pesar de que la oscura noche atenuaba el brillo verdoso de las hojas, aquel color había oscilado a un verdinegro, sin dejar de resplandecer. El rocío comenzaba a aglutinarse en las brácteas dada la hora de la madrugada que les envolvía, pero lejos estaban de sueño o del descanso. Se permitió relajarse por un momento, algo extraño para él, pero también increíblemente valioso. Él siempre sabía advertir el valor de todas las cosas posibles, y la tranquilidad o la simple naturaleza no les eran desconocidas. Aquellos sonidos, aquellos aromas producidos por la humedad de la tierra, le recordaban a un tiempo pasado, feliz y despreocupado, que añoraba con todo su corazón pero que, también, le causaba un profundo dolor al recordarlo, ya que él había sido el causante de su fin. En aquellos momentos conseguía admirar cualquier cosa, por banal que fuese, gracias a una persona… una sola persona que ya no estaba junto a él, por su culpa, y aquello era difícil de soportar. No iba a quedarse junto a ellos, debía irse, irse a cualquier sitio, lejos. Sonriendo, pensó que sus hijos estarían mejor sin su presencia, sobre todo su primogénito. Había encontrado su lugar aunque él no lo admitiese, como sabía que lo estaba haciendo en esos mismos instantes; pero solo él podía darse cuenta de su error. Perdió hace tiempo su jurisdicción como padre, y ahora no podría ayudarle de ningún modo; aunque él tampoco la necesitaría, al menos, no su ayuda. Con ello en mente, decidió disfrutar unos instantes más de aquella placentera sensación que le envolvía, que predominaba a la tempestad que le aguardaba. Luchar por algo que ni siquiera ya tenía en consideración, porque para él, todo se había perdido mucho, mucho tiempo atrás.
Cuando Misty irrumpió en la casa, lo primero que la recibió fue la cálida luz de la entrada, que brillaba tanto o más que la de afuera. Avanzó lentamente, tratando de no llamar la atención, y se asomó primero hacia la cocina, por pura e ilógica inercia. Allí vio sentada alrededor de la mesa a Delia, con un semblante sombrío y afligido. Samuel se encontraba al lado suya, sujetando su mano cariñosamente, que yacía inerte sobre la superficie de madera; mientras que Daisy y Tracey tan solo se miraban mutuamente, preocupados por la situación. Turbada por la imagen que la señora Ketchum mostraba, decidió salir de allí inmediatamente, dirigiéndose hacia el salón. Ella misma no se encontraba en un estado más favorable que el de la señora de la casa, por lo que tuvo miedo de malograr aún más la delicada condición en la que se sumía Delia.
Por ello, avanzó rápidamente al salón, y allí la imagen que se le ofrecía no era más propicia que la que había dejado atrás, aunque mucho más extraña. La televisión había sido encendida, y los cuatro miembros de las Sombras –Tina, Nico, la chica rubia que había sido llamada Annastasia y otro muchacho, con un semblante tan o más serio como el de su jefe, que desconocía su nombre- se aglutinaban en el sofá de la estancia, quedando recluido el reservado chico hacia el reposabrazos, debido a la escasez de espacio. La pelirroja dirigió una rápida mirada al aparato, que mostraba imágenes de un programa de cocina que solía ver a veces, con la ingenua esperanza de llegar a ser capaz de ampliar sus artes culinarias más allá de los espaguetis. Divisó a lo lejos de la sala, y su mirada encontró los demás inquilinos que habían ingresado antes que ella en la morada. Brock asistía a Raichu aplicándole una hiperpoción en sus heridas. El espray producía en el ratón irritaciones y picores, que el pobre pokémon trataba de disminuir mediante pequeños soplos. Mientras tanto, Elizabeth vendaba la herida de su hermano con cuidado, mientras el alto muchacho se dejaba hacer.
—Misty —le llamó Brock cuando advirtió su presencia—. Acerca a Marill, trataré de curarle lo mejor que pueda.
De forma mecánica, Misty pasó entre medias del televisor y sus espectadores y se acercó al moreno, tendiéndole a Marill con extremo cuidado, tratando de evitar que el pequeño se lastimase más de lo que estaba. Brock lo meció en sus brazos y analizó todas sus heridas, palmo por palmo, hasta acabar asintiendo con la cabeza.
—Raichu, ¿podrías pasarme unas pastillas que tengo en mi mochila? Ah, y dame otra hiperpoción, por favor —el pokémon eléctrico levantó sus orejas ante el mandato de Brock, para inmediatamente después hacer lo que el doctor pokémon le había pedido. Metió su cabeza en la mochila de Brock para después sacar con sus dientes una tira de pastillas, y con su cola extrajo otro frasco que contenía aquel líquido purpúreo. Se los tendió a Brock con una sonrisa, que fue respondida a su vez por otra del doctor.
—Vaya —Misty se giró sorprendida ante aquella voz, y encontró a la emisora de aquella exclamación. La muchacha rubia que antes había identificado se doblaba graciosamente con el fin de observar a Brock y a Raichu, ya que ambos estaban tendidos en el suelo de madera y era difícil distinguirlos. Una enorme sonrisa adornaba su bello rostro—. Raichu no suele obedecer a nadie que no sea el jefe. ¡Vaya!
—Es que él y yo somos amigos, ¿verdad? —le sonrió de nuevo Brock, obteniendo un alegre "¡Ray!" por parte del pokémon eléctrico.
Brock comenzó a tratar a Marill a base de ungüentos y pastillas. Hizo ingerir al pequeño pokémon una de las cápsulas que Raichu le había facilitado, y le aplicó diversas pomadas y pociones que tenía dispersas a su alrededor. Pero, mientras llevaba a cabo su cometido, la líder no podía evitar desviar su mirada hacia el pelinegro, que parecía sumamente concentrado en la herida que le era vendada. En uno de esos deslices, sorprendentemente su mirada chocó contra la del muchacho, que no tardó en apartar tan velozmente la vista como lo hiciera antes de ingresar en la morada. Sintió como su sangre hervía dentro de su cuerpo, amenazando peligrosamente con salir al exterior de una u otra forma.
No era justo. No era justo que él ni siquiera le dirigiese una mirada, una palabra, una justificación, algo. Necesitaba oír su voz de nuevo, necesitaba sentir en su corazón la cálida sonrisa que con tanta facilidad regalaba antes de su separación, necesitaba cerciorarse de que Ash Ketchum estaba realmente allí, en casa, junto a ellos. Pero él no hacía más que huir cobardemente de todo contacto, y ello acaecía que un sentimiento ardiente y furioso estallase dentro de ella pero que, inconsciente, confundió con enfado –que así parecía-, cuando lo que realmente era la consecuencia directa de la quiebra de su esperanza, un profundo miedo y aprensión.
Nublada completamente por sus emociones, no pudo dominar sobre sus acciones. Sus piernas se movieron sin consentimiento, avanzando prestamente hacia el muchacho. Antes siquiera que él se hubiese fijado en su cercanía, su brazo se irguió sin tregua y la palma de su mano impactó disonantemente en su mejilla, apagando todo sonido que permaneciese en aquel acogedor salón; incluso el volumen del televisor parecía un inoportuno zumbido que se alejaba más y más de ellos.
Cuando Misty retomó la conciencia de sus actos, levantó asustada la cabeza hacia el joven pelinegro. Su rostro estaba ladeado producto de la bofetada, y su mano se sobaba lastimosamente el lugar del impacto, ligeramente rosado. Su mandíbula estaba tensada y delineada con presteza, y sus ojos tenían tal pesadumbre y culpa que encogía hasta el más férreo corazón. Sin poder soportarlo más, Misty le abrazó rápidamente, rodeando su firme torso con ambos brazos, ocultando su apenado semblante en él. Todas las lágrimas que había retenido durante todos estos años salieron sin su consentimiento, como una esplendorosa cascada rebosante de penurias y dolor, imparable e insondable.
Ashton no pudo evitar tensarse ante tal contacto, pero toda la incomodidad que sintió fue sustituida por más culpa aún al sentir el incontrolable llanto de la pelirroja, que acongojaba a cualquiera que lo oyese, y sabía que él era el responsable de tal lamento.
—Eres… un… idiota… —masculló Misty entre jadeos, aún más opacadas sus palabras por la húmeda camiseta de Ash, que recogía tanto las lágrimas de Elizabeth como las de ella—. ¡Eres el mayor idiota del mundo, Ash Ketchum! ¡Cinco años, MALDITA SEA! Maldita sea… cinco años sin saber… sin saber si estabas bien… idiota… ¡IDIOTA!
Sin poder soportar más aquel nudo en su garganta que se negaba a desenlazarse, producto de todo el dolor que había sentido y sentía en ese momento, comenzó a golpear el firme pecho del pelinegro. Trataba de liberar toda su impotencia, pero lo único que conseguía era que más lágrimas fluyesen desde sus cristalinos orbes aguamarinos, aún más desconsoladoras que antes. Su puño impactaba contra el torso en el que aún apoyaba su frente y, con cada golpe, su fuerza disminuía equitativamente. Y, a su vez, la culpa del muchacho aumentaba a la par que la tristeza de la pelirroja discurría por sus mejillas; lejos de producirle daño físico, cada impacto cargaba en su corazón su profusa y creciente responsabilidad.
Pero ambos eran ajenos a todo lo que coexistía a su alrededor, a pesar de la angustia y el pesar, de la culpa y la tristeza. Porque ellos volvían a estar juntos, y ambos eran conscientes de ello.
Los presentes, que no eran ajenos a la escena allí acontecida, no sabían cómo reaccionar. Habían enmudecido ante la dispuesta bofetada que la pelirroja había escatimado contra el joven, y tras ello, su efusivo abrazo. Brock y Raichu se habían asustado ante el arrebato mostrado por Misty pero, al ver la expresión desazonada de Ash, no pudieron hacer otra cosa que observar con tristeza aquel reencuentro. Elizabeth se asustó, posicionando ambas manos sobre sus labios, los cuales se habían abierto debido a la sorpresa ejercida por la brusca interrupción de su ejercicio sanador, aunque su corazón se había encogido en su interior al escuchar tal desconsolador llanto; incluso varias lágrimas amenazaron con volver a discurrir ante tal desconsuelo. Mientras tanto, las cuatro Sombras no atinaban a reaccionar adecuadamente ante el agravio y la ofensa hacia su líder. Sin embargo, su expresión taciturna y su pasividad les desconcertaban, sobre todo a Tina, quien se había levantado con intención de encarar a la insolente y desagradecida pelirroja. Aunque, al observar cómo se había ceñido a su jefe y la inacción del mismo en rechazarla hizo que detuviese su avance, mientras una intensa sensación indescriptible para ella se apoderaba de su ser. Siendo incapaz de soportar más aquella escena, abandonó la sala sin que los demás se percatasen de ello. Tan solo Nico, con una mirada apenada, acompañó su marcha.
Misty cesó sus golpes y se quedó estática, aún oculta por la oscuridad de la polera. Sus lágrimas habían cesado, y su llanto se había reducido hasta una pesada respiración debido a la congestión provocada por los sollozos. Aquella angustia que había anidado en su garganta por fin había aflorado, y ahora se encontraba en un estado relativo de calma. Se sentía segura sintiendo la suave y acompasada respiración del muchacho, que se manifestaba en el vaivén de su firme torso, que no había retrocedido ni un palmo ante la fuerza de sus impactos. Sin embargo, la vergüenza de aquel arrebato fue abriéndose camino, y se sentía incapaz de levantar la vista más allá de su camiseta.
Ashton, aún conmocionado por el frenesí de la pelirroja, no distaba mucho de sus sentimientos. Hacía mucho tiempo que no sentía tanta paz y calma como el que le proporcionada el tibio contacto de Misty, pero sabía que no era merecedor de la ternura o de la amistad de la chica. Y conocía a la líder demasiado bien para saber que, ante sus insultos y sus reprimendas, sus golpes y sus peleas, siempre estaba oculto el afecto y el apego que sentía por él; y también era conocedor de que, en esta ocasión, no era diferente. Porque ella no era consciente de que Ash Ketchum no estaba junto a ella, sino una sombra de lo que aquel niño soñador solía ser. Una sombra del mismo, sin sueños ni esperanzas, amparo de un oscuro pasado que acarreaba acciones de las que se sentía poco orgulloso.
Con gran cuidado y delicadeza, posó la punta de los dedos en los hombros de la pelirroja, sobresaltándola más de lo necesario. Ashton no pudo evitar asustarse, retirando con presteza aquel contacto. Lentamente, Misty separó la cabeza de su cuerpo y fue levantándola, hasta que sus ojos volvieron a conectarse. La dureza de sus ojos castaños se derritió al instante al observar la vidriosidad de sus orbes, donde su color azulado había oscilado hasta alcanzar un claro tono verdoso, casi trasparente, como adquiría en mar en días soleados, dejando entrever los secretos del fondo marino. Al igual que el vasto océano, sus ojos mostraban todas las emociones que sentía y, con sorpresa, Ashton encontró entre todos esos sentimientos una genuina alegría, que se manifestaba en un intenso brillo que brotaba desde el fondo. Sus mejillas estaban coloreadas, dándole aún más belleza a su ignoto rostro, el cual siempre le había parecido bello, pero en ese momento le parecía tan empíreo como inobservable.
Perturbado por aquella imagen, desvió la mirada hacia el suelo. Había tal turbación de emociones y sentimientos de nostalgia, culpabilidad y tristeza en su mente que creía en su inminente explosión. Consideró huir lejos de aquel sitio –y de ella sobre todo- en varias ocasiones, pero su cuerpo se sentía renuente a mover un solo músculo. Y, entre la bruma de pensamientos que le atormentaba, una simple frase atravesó raudamente aquella espesura, tan rápido que ni siquiera él pudo procesar aquellas palabras, que salieron sin su consentimiento por sus labios.
—… lo siento…
Se sorprendió a sí mismo disculpándose de tal modo. A pesar de ser consciente de que sus acciones no habían sido las más justas o altruistas que podían ser, a juicio de su antiguo yo, nunca había sentido la necesidad de disculparse, exceptuando contadas ocasiones, siendo una de ellas esta. Era conocedor de la desdicha que había causado a su antigua mejor amiga, y ella, a pesar de haber estado separados largo tiempo antes incluso de su desaparición, fue la única que partió en su busca; porque él lo sabía, porque él trató de ocultarse de ella durante todo este tiempo, ya que no era lo suficientemente valiente como para encararla. Y, cinco años después, seguía siendo el mismo cobarde incapaz de justificarse, porque no había explicación posible para desmentir sus viles actos. Sin embargo, y contra todo pronóstico, Misty se mantuvo en silencio, sin exigir un alegato, un argumento, nada. Volvió a dirigir una veloz ojeada a la pelirroja, encontrándola con la misma expresión insensible que encerraba un inmenso mar de sentimientos. Y, de nuevo, su cuerpo bloqueaba cualquier movimiento, torturado por su apabullada mente.
—Será mejor que te vayas a dar una ducha… —interrumpió Brock sobresaltando a ambos muchachos, que dirigieron ambos sus miradas hacia el oriundo doctor, arrepentido al ver su estorbo—. Es decir… será bueno para desinfectar tus heridas… y eso…
Por fin, su cuerpo reaccionó gracias a la impresión causada por Brock. Asintiendo levemente, pasó rozando el brazo de Misty y se dirigió rápidamente hacia las escaleras, subiendo los peldaños de dos en dos. Cuando se halló encerrado en el baño, se apoyó azorado contra la puerta y suspiró enérgicamente, intentando liberar algo del peso que sostenía su corazón. Cuando se hubo calmado parcialmente, abrió el grifo de la ducha y observó ensimismado el correr del agua, y no pudo evitar que aquel torrente acuífero le recordase aquellos ojos aguamarinos que había admirado segundos antes.
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—¡Vaya! Así que tú eres Misty, ¿verdad? ¡Un placer!
Justo en el momento en el que Ash abandonó la sala, y antes de que Misty pudiese reaccionar, una chica de cabellos dorados apresó sus manos con fuerza y comenzó a zarandearla, mientras gritaba saludos y comentarios que no llegaba a entender debido al volumen y a la poca vocalización de la rubia, gracias a la emoción que sentía en ese instante.
—Yo soy Annastasia, pero puedes-no, debes llamarme Ann —se presentó la rubia, aún azotando el aturdido cuerpo de la líder—. ¡Hemos oído hablar mucho sobre ti! Aunque el jefe omitió la parte de tu carácter… ¡Pero no te preocupes! A veces necesita un buen tortazo pero, como somos sus subordinados, no podemos hacerlo. ¡Me gustas mucho! ¡Vamos a ser las mejores amigas! Ah, Eli, no te pongas celosa, ¡seremos las tres las mejores amigas del mundo!
Sin previo aviso, Annastasia abrazó a Misty y a Eli sorpresivamente, mientras seguía inmersa en su escandaloso monólogo. Elizabeth no pudo evitar reír quietamente ante la efusividad de su amiga, devolviendo su gesto, mientras que los demás observaban la escena graciosamente.
—Venga, Ann, déjalas, las vas a ahogar —Zhang agarró el brazo de Ann y tiró de ella, liberando a las dos chicas de su prisión. Pero la rubia, lejos de molestarse, continuó con su diálogo propio—. Me alegro de volverla a ver, señorita Elizabeth.
—Igualmente, Zhang —respondió Eli con una ligera reverencia.
—¡Ay, Eli! —exclamó de pronto Ann, sobresaltando al resto—. ¡Yo también te he echado muy mucho de menos! ¡Estás preciosísima!
Esta vez fue solo Elizabeth la víctima del cariño profesado por la alegre rubicunda, el cual fue correspondido de grata manera. Aunque la efusiva reunión fue interrumpida por un quejido que tambaleó el corazón de los presentes, ya susceptibles ante la imagen presenciada hace escasos momentos. Preocupados, todos ellos se dirigieron hacia el foco del lamento, la cocina, donde encontraron a una desconsolada señora Ketchum tapándose el rostro con ambas manos, mientras sus hombros temblaban incontroladamente. A su lado, Daisy, Tracey y el profesor Oak se alzaban tristemente tras la señora, sin conocimiento de lo que podían hacer para animarla.
Cuando Delia notó la presencia de todos en su pequeña cocina, trató de tranquilizarse. Suspiró con fuerza y se limpió del rostro las indomables lágrimas que se habían asomado, tratado de que ninguno de los asistentes se percatasen de ellas. Cuando levantó la vista, escudriñó por los alrededores al notar la ausencia del más importante inquilino en su casa.
—¿Dónde…? —trató de decir, pero su voz se rompió lánguidamente. Carraspeó, tratando de retomar la compostura—. ¿Dónde está Ash?
—Se ha ido a dar una ducha —contestó Brock.
—Ah… —Delia bajó la cabeza. Sabía que, tarde o temprano, debía dar el paso y contar la verdad, la verdad nunca dicha antes. El peso de aquel secreto cada vez era más pesado dentro de ella, y había acarreado terribles consecuencias, tanto para ella como para su familia. Pero debía hacerlo, se sentía en deuda con aquellas personas que, por activa y por pasiva, habían velado por el bienestar de su hijo en todo momento. Les debía una explicación—. Chicos, yo… os tengo que contar una cosa.
Misty no pudo evitar tensarse ante la frase dicha por Delia Ketchum. Había intentado en múltiples ocasiones hablar con ella y preguntarle el porqué de su anterior estado, y aún resonaban los gritos que profesó la señora en su reencuentro con el exlíder del Team Rocket, Giovanni. Por fin su curiosidad iba a ser saciada, pero sabía los riesgos que acarreaba. Insegura de poder resistir la inminente nueva, Misty se sentó en una de las sillas dispuestas alrededor de la mesa. A su lado, Eli tomó asiento, al igual que Annastasia, que se veía extrañamente ilusionada, como un niño pequeño cuando le van a contar un cuento. Los demás se ubicaron alrededor del mueble, respetando el espacio de la señora de la casa.
Cuando Delia escuchó el agua discurrir por las tuberías, señal de que el grifo había sido abierto, decidió comenzar la narración de su mayor y más íntimo secreto.
—Os debo una explicación a todos. Os he mentido durante tanto tiempo… a vosotros, a Ash… —de nuevo, el llanto subió por su pecho y amenazó con descolocarla, pero trató de guardar la compostura por todos los medios. Finalmente, bajó la cabeza, en un intento de evitar las miradas que estaba segura de que recibiría—. Yo no… yo no soy… la verdadera madre de Ash.
De pronto, la mente de Misty se quedó completamente en blanco, como un lienzo en el que se veía impreso las últimas palabras dichas por Delia. Trataba de entender aquella decisiva frase, incluso intentaba sorprenderse ante ellas, pero solo podía atinar a quedarse en un estado indefinido e impreciso.
—¿Qué…? —tartamudeó Tracey, sin poder continuar la pregunta al no encontrar más palabras en su vocabulario. Su boca y sus ojos se habían abierto desmesuradamente debido a la impresión, al contrario que Misty, que seguía imperturbable.
—¿Delia, qué estás diciendo? —continuó Brock, cada vez más alterado.
—Es cierto… —continuó Delia. De pronto, sintió una mano en su hombro y, alterada, se giró en dirección de aquel contacto. Detrás de ella se encontraba Samuel, con una lánguida sonrisa marcada en su austero rostro, tratado de insuflarle el valor que a ella le faltaba. Suspiró de nuevo, e intentó continuar—.Yo no soy… la madre biológica de Ash.
Esta vez, el silencio hizo acto de presencia en la sala, en espera que la señora Ketchum estuviese preparada para seguir con su explicación. Mientras tanto, estaban acompañados por el sonido de las cañerías mientras el agua caía desde el piso superior.
—Hace años, muchos años… yo trabajaba en la residencia de Giovanni. En ese momento, él aún no era el líder de la banda criminal, pero su madre sí era un activo fundamental en el Team Rocket. Cuando ella murió, él se hizo cargo de la empresa familiar. Cuando eso sucedió… decidí marcharme de ese sitio. No podía soportar que estuviese trabajando para alguien así y, por eso, iba a huir de su mansión sin tan siquiera decir nada. El día en el que tuve preparadas todas las maletas y me despedí de todos mis compañeros allí… —hizo una pausa, sonriendo con tristeza—, llegó una mujer. Era alguien… extraña, con ropas que jamás había visto en mi vida, y un acento que no conseguía relacionarlo con ningún lugar que conociese. Sin embargo, su gran sonrisa y sus ojos avellana irradiaban tanta luz y paz… Nos pidió asilo por una noche. Explicó que se encontraba en un viaje alrededor del mundo, pero se había extraviado y necesitaba un lugar en el que pasar la noche. Algunos de mis amigos y yo misma no pudimos negarnos, y decidí quedarme tan solo esa noche más. Había algo que aquella mujer que… encandilaba con tan solo mirarla. Intentamos evitar que Giovanni se enterase, pero al final…
Respiró hondo mientras levantaba la vista hacia sus invitados, dirigiéndoles una pequeña sonrisa, que contrastaba con la tristeza que sugerían sus ojos.
—Al final él se enteró de su presencia. Y aquella muchacha… al final… se quedó allí, en la mansión, durante más tiempo del que hubiese estado jamás en un sitio, según me contó. Y yo… me quedé junto a ella. Nunca había conocido a nadie tan extraordinario como ella. Era pura inocencia, y me preocupaba lo que Giovanni podría hacerle. Aunque, al igual que ella se coló en mi corazón, su pureza también caló en su interior. Giovanni cambió por completo. Nunca le había visto tan feliz como en esos momentos…
—¿Cómo… cómo se llamaba? —preguntó Daisy con voz tenue.
—Se llamaba… Eileen.
—Mi… mi madre… —Elizabeth se tapó la boca con una mano, sorprendida ante la pronunciación de aquel nombre.
—Así es —asintió Delia, con pesar—. No te reconocí la primera vez que te vi, pero… te pareces tanto a ella, Elizabeth…
—Señora Ketchum, ¿por qué…? —trató de preguntar Daisy, pero se detuvo al ver la grave expresión de Delia.
—Espera, querida, todo a su tiempo… —continuó—. Ella y Giovanni se enamoraron y, al final, Eileen se quedó junto a él, abandonó su viaje y se casó. Ella y yo nos hicimos buenas amigas. Me contó que venía de un sitio muy lejano y muy separado del nuestro, donde su cultura era completamente contraria a la nuestra. Nunca entró en detalles, pero una vez… me explicó que ella había abandonado a su pueblo porque no se sentía parte de ellos. Traté muchas veces de preguntarle sobre ello, pero… nunca me contó nada más que eso. Pero era feliz, ambos lo eran, y la felicidad y pureza de Eileen era como una onda musical que lo envolvía todo… De pronto, todos nos vimos inmersos en una alegría como nunca antes habíamos sentido, incluso el Team Rocket quedó parcialmente olvidado tras su llegada. E, ignorantes a que esa felicidad pudiese aumentar… nació un bebé en la casa. Su llanto acompañó a la melodía, brindándonos aún más esperanza y gozo. Y a ese pequeño bebé… se le llamó Ashton.
Todos los presentes no pudieron evitar sentirse desazonados con toda la historia aún por completar. Por ello, sin decir una palabra, dejaron proseguir a Delia sin interrupciones, a pesar de las millones de preguntas que se formulaban.
—Ashton fue… como un rayo de luz en la inmensa luminosidad en la que vivíamos, un foco que aumentaba aún más nuestra alegría. Y el más feliz de todos, sin duda, era Eileen. Deberíais haberla visto con Ashton… repetía una y otra vez que no había visto nada tan precioso en el mundo como él —rió quietamente, mientras una iracunda lágrima discurría por su mejilla—. Pero la calma siempre conlleva a la tormenta… Eileen comenzó a ayudar a Giovanni en unos proyectos que tenía en desarrollo, y yo era la encargada de cuidar de Ashton, su niñera. Y cada día que pasaba… aquella melodía que nos había acompañado durante tanto tiempo empezó a atenuarse, y el brillo que nos iluminaba empezó a apagarse… Y, un día, Eileen estaba tan débil que no podía levantarse de la cama. En ese momento se encontraba embarazada de su segundo hijo, y todos los sirvientes de la mansión trabajábamos día y noche para tratar de atenderla y mejorar su estado, pero… empeoraba día tras día. Hasta que, durante el nacimiento de una pequeña niña, Eileen falleció.
Todos guardaron un considerado silencio, mirando con disimulo a Elizabeth, tratando de no mostrase irrespetuosos, pero a la vez preocupdos por el estado de la pequeña niña. Incluso Ann había sustituido su alegre y risueña mirada por una expresión grave y seria, muy insólita en ella.
—Pero, justo la noche antes de su fallecimiento, Eileen nos llamó a Ashton y a mí. Cuando fuimos a su alcoba, su pálido rostro pareció iluminarse a ver al pequeño Ashton, aunque… rompió en lágrimas cuando abrazó a su hijo, mientras repetía una y otra vez, entre lágrimas y sollozos, que lo sentía. De pronto, una luz azulada comenzó a emanar de ambos, y Ashton calló dormido en el lecho de su madre. Preocupada, me acerqué corriendo a ambos, y fue entonces cuando… Eileen me contó su pasado —hizo una pausa, dirigiendo su mirada hacia Brock—. Brock… tú eres quien ha acompañado a mi hi… a Ash durante, casi, todo su viaje, ¿verdad?
Brock solo pudo asentir, presa del aturdimiento que le imposibilitaba el habla y el razonamiento.
—Alguna vez… ¿viste a Ash hacer algo extraño?
—¿A qué… se refiere? —inquirió el doctor, pronunciando las palabras con gran esfuerzo.
—Utilizar alguna clase de poder o fuerza extraña… el aura.
De repente, Misty vio como Brock se tensaba en su sitio, atiesando su espalda casi al mismo instante en el que Delia pronunció aquellas palabras.
—Ahora que lo dices… sí —asintió Brock, mientras su mano derecha sujetaba con firmeza su mentón, como solía hacer cada vez que reflexionaba sobre un tema importante—. Alguna vez durante nuestro viaje Ash utilizó unos poderes extraños… nos pasó cuando viajábamos por Hoenn y conocimos al Lucario de Sir Aaron, o cuando nos encontramos con Riley en Sinnoh.
—Bien —Delia asintió a su vez, bajando su vista de nuevo—. Todo ello… tiene una explicación. Existe un pueblo… Una tribu muy alejada de nosotros, tanto física como en cultura o conocimiento. Son conocidos como los auras. Los auras son un pueblo muy antiguo y arraigado a vetustas tradiciones, con una característica: son capaces de utilizar su aura, es decir, la energía que fluye dentro de todos nosotros, una especie de alma. Todos los seres vivos, tanto humanos como pokémon la tienen, es su misma esencia; pero tan solo los pokémon y algunos humanos, los auras, son capaces de utilizar tal poder. Hace mucho, mucho tiempo, una guerra aconteció en el mundo… se enfrentaron pokémon y humanos contra sí y, al finalizar, los auras se retiraron a los sitios más recónditos del planeta, rechazando a todo ser humano. Incluso ellos dejaron de denominarse a sí mismos personas, siendo esto un término despectivo para ellos. Prohibieron cualquier contacto con el mundo exterior, y se recluyeron en su pueblo y en sus tradiciones, despreciando a todos los humanos.
—Sir Aaron y Riley dijeron que eran guardianes del aura, y ellos estaban fuera cuando les conocimos… —murmuró el oriundo muchacho para sí mismo.
—Así es. Los guardianes del aura son guerreros que luchan, o luchaban, por defender al pueblo de los aura, y son capaces de utilizar el poder del aura de diferentes formas, cada una más espectacular que la anterior. No conozco a ninguno de ellos ni sus motivos para estar fuera, pero sí los de Eileen… Eileen era un aura, que había abandonado su pueblo para explorar el mundo de los humanos. Ella no estaba de acuerdo con la condena a la raza humana, ni con su veto a los sentimientos. Los auras, al parecer… no admitían los sentimientos que nosotros podemos considerar como cotidianos: el amor, la tristeza, la ira… para ellos, todo ello era percibido de manera diferente. Eileen siempre fue una chica curiosa y, abandonando a sus familiares y amigos, partió en busca de la verdadera razón por la que su pueblo odiaba con tanto fervor a los humanos. Pero, aquí, tan solo encontró un mundo bello lleno de amor… aunque Eileen era demasiado inocente como para ver la maldad en el mundo.
La voz de Delia se quebró ante las últimas palabras, y necesitó varios minutos para recomponerse de nuevo. Pero, por cada palabra dicha, más esfuerzo le costaba continuar con su relato.
—Eileen me contó todo esto en su lecho de muerte, mientras Ashton dormía a su lado. Y después… me pidió que me llevase lejos de allí a su hijo. Ashton había heredado parte de sus poderes pero, a su vez, era en parte humano: un mestizo, como lo dijo ella. Eileen tenía miedo de que alguien pudiese aprovecharse de su inocencia, o que su pueblo le pudiese hacer daño… por eso me pidió que huyese junto a Ashton, y que le ocultase de todo mal que pudiese herirle. Me suplicó que actuase como su madre, ya que Eileen… había bloqueado los recuerdos de su hijo, así como su poder como semi-aura, pero ese veto no duraría eternamente. Un día… los poderes de Ashton resurgirían, porque Ashton era especial. No era una persona, pero tampoco un aura… Y Eileen tenía miedo de que Ashton no fuese aceptado en ningún sitio, y prefirió que viviese en el mundo de los humanos, aquel que le había fascinado tanto… Le pregunté desesperadamente por la niña que albergaba en su interior, y me dijo que ella no nacería con poderes como Ashton, ya que no tenía… aura suficiente para entregarle a su hija.
—¿Por qué no lo tenía? —preguntó sorpresivamente Ann, sobresaltando a todos los presentes, inmersos al completo en el relato de la señora Ketchum.
—No lo sé. Eileen estaba muy enferma, pero no presentaba los síntomas de ninguna enfermedad especial. Comenzó a debilitarse cuando empezó a ayudar a Giovanni, pero nunca dijo nada al respecto, ni nunca se quejó. Es más… antes de que me marchase me dijo que, si alguna vez me encontrase de nuevo con él, le dijese… que le amaba, y que él no era el culpable de nada.
—¿Giovanni… le hizo algo? —inquirió Zhang, intercambiando miradas interrogantes con Annastasia.
—Tampoco lo sé, no tuve mucho más tiempo. Cuando Eileen se durmió, cogí al pequeño Ashton y, sin apenas equipaje ni víveres, salí corriendo por la puerta trasera tan lejos como mis piernas me permitieron. Cogí autobuses, trenes… Cuando Ashton se despertó por primera vez, tuve que decirle que «todo iba bien, porque mamá estaba allí». No recuerdo ningún momento en el que me haya sentido tan miserable, al mentirle a un inocente niño de cinco años sobre su familia, su pasado y su propia existencia, pero él… solo me regaló una enorme sonrisa, como las que solía regalar a todo el mundo…
De nuevo, Delia rompió en llanto, sobrecogiendo aún más a todos los presentes. Varias lágrimas se asomaron en todos los rostros al conocer la terrible historia que escondía aquella familia, en apariencia tan modesta y feliz, en comparación al oscuro pasado que cargaban en sus hombros.
—Llegué a Pueblo Paleta… y el profesor Oak me ayudó a comprar esta casa —dirigió una apenada mirada a Samuel, mientras sorbía las irascibles gotas saladas—. Siento haberte mentido durante tanto tiempo, Samuel.
—Vamos, Delia, no te preocupes —el profesor Oak trató de consolarla posicionando una mano en el hombro de la mujer, de nuevo.
—Crié a Ashton con todo el cariño que pude, como si fuese mi propio hijo, porque de verdad así lo sentía. Le registré como mi hijo en la Liga, Ash Ketchum, de madre soltera. Era un niño tan alegre y enérgico… fueron los mejores años de mi vida. Era la viva imagen de su madre, viendo la belleza en cualquier parte, emocionándose por todo, llevándose bien con cualquiera… sin embargo, sus poderes eran apreciables a pesar del veto hecho por Eileen. Ash siempre se ha llevado extrañamente bien con los pokémon, mucho más que la mayoría de la gente, y siempre había estado extrañamente ligado a la naturaleza. Pasaba mañanas y tardes enteras en el Bosque Verde, acompañado por diferentes pokémon, cada cual más apegado a él. A veces, parecía que se sentía más a gusto con ellos que con las propias personas… Por eso, no me extrañó nada cuando Ash me dijo que quería ser entrenador pokémon. A pesar de que era algo peligroso… no podía negarle algo que brillaba en sus ojos y latía en su corazón. Y así fue como le conocisteis…
Un silencio sepulcral puso fin al relato de Delia Ketchum, cual tal hondo les había penetrado a todos en su corazón. Elizabeth, Tracey y Nico no podían evitar que las lágrimas discurriesen por su rostro, tapándolo este último con su brazo. Brock, Annastasia y Daisy también estaban sumamente emocionados, mientras que Misty, Zhang y Tina mostraban una expresión difícil de interpretar, también consternados por la historia contada.
—Señora… —Ann captó la atención de la señora con voz queda—. ¿El jefe… el jefe lo sabe? Es decir, ¿sabe todo esto?
—Debe saberlo… —contestó Delia pesadamente—. Supongo que por eso dejó esta casa… le mentí durante tanto tiempo, y encima, él… él no se enteró por mí… Y… ha tenido que pasarlo tan mal durante estos años… todo por mi culpa… debe odiarme…
Delia no pudo soportarlo más y rompió en un estremecedor llanto que apesadumbró aún más a los chicos allí presentes. Habían sido años cargando con tal secreto, y su "hijo", a quien tan egoístamente le había ocultado toda la verdad, había averiguado todo de la peor manera posible. A pesar de haber revelado su más íntima y pesada confidencia a los presentes, sabía que le debía una explicación a Ashton, a pesar de que él supiese o no la verdad sobre este asunto. Sin embargo, con tan solo pensar en ello, su acongojado corazón se estremecía de miedo y vergüenza al pensar en encarar a la persona a la que había mentido vilmente durante, prácticamente, toda su vida.
Pero el llanto y los pensamientos de la señora Ketchum fueron interrumpidos por un fuerte portazo.
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El agua tibia discurría sin cesar por todo su cuerpo, consiguiendo despejar, en parte, su saturada mente. Sus músculos, mucho más tensos de lo que había notado en un primer momento, se relajaron ante la calidez de la lluvia que proporcionaba la ducha que, a pesar de ser pleno verano, su tibieza era gratamente recibida. Aún le perturbaba la escena vivida minutos atrás en el salón de su antiguo hogar, y no conseguía quitarse la humedad de las lágrimas de su pasada amiga, a pesar de haberse desprendido de su camiseta. Desistiendo de su intento por clarificar su desazón como la espuma que cubría su cuerpo, acabó de ducharse y cerró el grifo. Se secó tranquilamente con una de las toallas allí expuestas, que tenían el mismo olor a Marsella que recordaba de su más tierna infancia. Se vistió, agradeciendo que esa misma noche hubiese metido una muda de ropa en su mochila en casos de necesidad. Ya dispuesto con otra camiseta negra impoluta –en estos años se había aficionado a llevar ropa oscura, que lo atribuyó como gajes del oficio- y unos vaqueros oscuros, observó durante un momento el penoso estado de sus prendas, que recaían en el cesto de la ropa sucia, deliberando si merecía la pena lavarlas o era conveniente tirarlas sin más. Optando por lo segundo, las metió en la mochila y salió del baño, con el pelo aún húmedo, que combatía contra el intenso calor campestre del verano. Nada más salir, se encontró de frente con la puerta que ocultaba su antiguo cuarto. Con gran discusión, finalmente decidió girar el dorado pomo, abriéndose paso hacia una habitación completamente en penumbra. Cuando pulsó el interruptor de la sala, la nostalgia le atravesó tan rápido como la luz tardó en extenderse por la amplitud que delimitaban las cuatro glaucas paredes. Todo estaba tal y como lo había dejado cuando se marchó de su casa sin ningún aviso, exceptuando todos sus trofeos y medallas ganadas con esfuerzo y sudor, tanto suyo como de sus inestimables compañeros pokémon. Demasiado turbado para seguir contemplando aquel cuadro tan doloroso, ya que ese cuarto pertenecía a un chico que ya no existía sobre la faz de este mundo, cerró la puerta con rapidez y bajó las escaleras, deteniéndose en el umbral al escuchar una conversación procedente de la cocina.
"Cuando Ashton se despertó por primera vez, tuve que decirle que «todo iba bien, porque mamá estaba allí». No recuerdo ningún momento en el que me haya sentido tan miserable…"
Su corazón se paró al instante al reconocer la voz pertinente que trataba el tema del que siempre había huido, como el cobarde que era ahora. No pudo hacer nada más que quedarse estático en el nacimiento de las escaleras, oculto tras la pared que le separaba de aquella conversación, mientras escuchaba con atención todo lo que allí se estaba esclareciendo. Su respiración se entrecortaba por cada minuto que pasaba.
"Eileen…"
"Y… ha tenido que pasarlo tan mal durante estos años… todo por mi culpa… debe odiarme…"
Sin poder soportarlo más, soltó su mochila y se dirigió corriendo hacia la entrada, abriendo y cerrando la puerta con un fuerte golpe. Tras ello, comenzó a correr desesperadamente, buscando algo que sabía perdido, tratando de buscar a aquel chico que desapareció hace mucho tiempo o, simplemente, tratando de huir de ellos, del mundo, aquel mundo cruel que había hecho de su vida una triste y penosa obra de teatro, donde él no era más que una estúpida marioneta barriobajera. Percibía gritos a su espalda, pero no iba a girarse, no iba a escucharles. Aumentó aún más su velocidad hasta que solo oía su respiración entrecortada y solo sentía su corazón palpitante. Corría como nunca antes lo había hecho, entre prados que ya no consideraba suyos, entre un pueblo que ya no consideraba su hogar.
Y siguió corriendo hasta que su cuerpo le exigió que parase. Allí, en medio de la oscuridad, apoyando sus manos en sus rodillas flexionadas mientras sus pulmones trataban exasperadamente de compensar la falta de oxígeno que le faltaba, gritó. Gritó sin aire, sustituido por dolor, rabia e impotencia. Y gritó, y gritó, hasta que su voz abandonó sus cuerdas vocales. Y, entonces, se permitió llorar, llorar por nada y por todo a la vez, en otro vano intento por salvarse a sí mismo, aunque él era el único consciente de que no quedaba nada, ni nadie, por salvar.
Continuará.
Disclaimer: Pokémon no me pertenece, es en su totalidad de Nintendo y Game Freak.
Eh, bueno... ¿boom? Sin duda es una gran sorpresa... yo... *huye*.
Vale, de acuerdo, no, ¡aunque soy consciente de que es un gran giro argumental! Quizás sea algo difícil de entender y aún hay muchos cabos sueltos, pero todavía queda tanto por contar como incógnitas hay. Por ello solo os ruego paciencia, ya que habrá un momento y lugar para explicarlo todo. Y, relacionado con esto, quizás tenga el deber de decir que Ash, como habéis comprobado en este capítulo, es un personaje OoC, es decir, "Out of Character", y todo ello se debe a lo que he intentado plasmar en este capítulo. Aún así, Ash es uno de los personajes que más desarrollo tiene durante toda esta historia, por eso solo os vuelvo a pedir paciencia, porque todo tiene una explicación y una razón de ser.
Y, bueno, sin mucho más que decir, me despido de vosotros. Espero que este capítulo os guste tanto como me ha agradado -y costado- escribir. He intentado darle un toque mucho más personal e interno a los personajes, y en ocasiones ha sido complicado, pero no está tan mal el resultado. Agradecer infinitamente a Morphenatos por animarme a escribir y leer mis terribles borradores, porque de nuevo es una fuente de inspiración para mí. ¡Muchísimas gracias por leer, y espero que nos volvamos a ver pronto!
