Capítulo 7: ¿Y qué es lo que sigue?

Habían pasado tres días desde la última vez que toqué la nariz de Naga, poco después de que llegásemos a la isla. Debido a que aquella visión extraña me había hecho pensar que ella no estaba bien, le pregunté si todo estaba en orden; le pregunté por su salud, por si sentía algo descompuesto o, simplemente, si sentía algo diferente. Habían sido días de un trato indiferente: yo comencé a tratar de alejarme de ella, y ella de mí… ¿Por qué?

Durante el día me encargaba de buscar frutos frescos con los lémures del templo, quienes me recibieron de manera muy atenta; en ocasiones conversábamos sobre el brillo del sol, algunas de las nubes que se posaban sobre nuestro islote, en fin, cosas sin suma importancia. A veces uno de ellos parloteaba animadamente en tanto veía a Naga cazar mariposas en la lejanía; vigorosa, llena de vida, con la fuerza de cientos de maestros en sus fauces, sus garras… con una lealtad que sólo yo había conocido en otra ocasión, o en otra vida.

Esa Naga que veía en el campo de juego no era la misma que miré en las visiones que me perseguían durante las noches. Bolin llegó a pensar que me encontraba atestado de una infección o algo desconocido, quizás algunos bichos en el estómago; despertaba jadeando, con la lengua seca y, podría decir, que con un par de gotas de lluvia en mis ojos. Estas pesadillas iban en aumento, y cada vez más me desmentían las cosas; éramos Naga y yo…

Quizás la penúltima visión que me atacó fue la más fuerte de todas, y desperté sudoroso de aquella experiencia:

Me hallaba sentado sobre el suelo, con los cabellos mal peinados y en desorden total; mis harapos, más bien, mostraban señales de días de angustia y desesperación. Un montón de mujeres y hombres vestidos con trapos blancos iban y venían, ninguno teniendo en cuenta la angustia que me estaba quemando el pecho, la boca del estómago, el ombligo y el resto de mí.

-Debería descansar, señor. Ha estado aquí más de dos días sin comer ni dormir – me sugirió una de esas hembras humanas que vestían de blanco.

-¡No me moveré de aquí! – le grité, haciendo la lluvia en mis ojos de nueva cuenta – No, al menos hasta que Naga esté bien, o que me dejen verla. ¡¿Dónde tienen a Naga?!

Desconocí a mi propio yo; tomé del cuello a la hembra humana, y con ambas manos la levanté contra la pared. Ella, asustada ante lo que había hecho, me transmitió sus temores a través de sus ojos verduzcos… Y comprendí que no debía de tratarla así.

-Yo… lo siento – susurré, consternado y tratando de reparar el daño.

-¿Qué es lo que sucede? – preguntó un humano más avejentado, el cual portaba un artefacto extraño en la cabeza, y otro alrededor de su cuello, similares a los de aquel hombre que me revisa cuando me siento enfermo.

-Es el esposo de la mujer de la dos cuarenta – contestó aquella secamente.

El macho humano posó su mirada cubierta de otros ojos transparentes sobre la mía. ¿Por qué tenía tanto temor a lo que me pudiera decir?

-Acompáñeme – me pidió, y ambos salimos a un saloncito más grande y repleto de gente herida, algunos enfermos, y lo que parecían ser algunos muertos. Prosiguió:

-Señor, yo… No sé cómo decirle esto pero… - suspiró cientos de veces, y por más que le pedí que escupiera las palabras, éste no parecía dar su mayor esfuerzo.

-¡Dígame ya, doctor! – le grité… ¿Ése era su nombre?

-¡Su esposa se va a morir! – contestó con una tristeza furibunda, y en cuanto terminó de gritarlo, su expresión me indicaba algo de arrepentimiento.

Mis rodillas se doblaron, y no pude evitar que el corazón se me había caído del pecho… ¡Naga no se iba a salvar! ¿De qué no se iba a salvar? ¿Por qué me dolía tanto perderla? ¡¿Qué estaba ocurriendo?! ¿Por qué nadie me despertaba de esa pesadilla?

Tiré mi espalda en contra de la pared, y de a poco me fui sentando sobre el suelo de roca pulida. De repente todo comenzó a alentarse a mi alrededor; el "doctor" huyendo de mí, cabizbajo; algunos niños llorando, camillas corriendo a lo largo de algunos pasillos y gente que no evitaba lanzar plegarias hacia los espíritus, y algunos ayudantes cargando cuerpos sin vida. El desfile de la vida y la muerte en frente de mí, sin pena y sin gloria, en pequeños pasos sin prisa, sin ánimos de avanzar y terminar…

Mis latidos no eran eso sino enormes rocas caminantes adentro de mí; brazas completamente vivas que me exterminaban en cada respiración… Mis ojos ya no eran gotitas de llovizna; más bien, eran cascadas tupidas de agua negra, de algún lamento que desconocía, provocadoras de esa rabia que no me podía sacar. Debía de extirparme todo, y dejar vacío ese huequito de mis costillas…

O-O-O-O-O-O

El lugar se encontraba en total calma. No había nadie salvo nosotros y un florero lleno de azucenas panda. Pensé que Naga había despertado ante mi presencia en el cuartito, pero al parecer la suerte le estaba ganando. Tomé un lugar justo a un lado de donde reposaba, y retiré algunos mechones de su frente que, en lugar de tener ese tono tostado que tanto adoraba se había hecho blanco; el color de su piel se estaba yendo paulatinamente, dejando ver algunas ojeras pesadas justo por debajo de sus ojos cerrados que recordaba tan azules como el cielo.

-Cariño – le susurré al oído, y en su frente dejé eso que los humanos denominan "beso", aunque no pude evitar partirme en dos ante ese gesto; tomé su pata delantera entre las mías, y allí permanecí durante un largo rato, intentando brindarle un poco del calor que me quedaba, sintiendo que en ella ya no quedaba mucho. Naga se iba a ir de mi lado.

Al parecer llevaba bastante tiempo en vigilia, y dormí por un par de horas. Me encontraba sobre una silla reposando a medias, y encontré a ese tal "doctor" sentado junto a mi hermosa Naga. No tengo idea qué habrá estado haciendo en ella. Empero, pude ver una mueca de preocupación en su semblante de anciano, por lo que enseguida se dirigió hacia mí, y me dijo:

-Será mejor que le diga lo que quiera ahora mismo. Pronto será su hora…

¿La hora? ¿Su hora? No…

-Yo ya no puedo hacer más. Que los espíritus tengan piedad con ella – exclamó el macho humano justo antes de dejar la habitación, como esperando algo de mí.

Entonces éramos sólo Naga y yo… Y la muerte, claro. Inesperadamente, ella despertó:

-Cariño – me dijo en un tono muy bajito, enredando sus deditos con los míos.

La miré, analizando cada uno de sus gestos. Sabía que todos y cada uno de ellos eran los últimos ¿Qué estaba haciendo mal?

-Te amo. No olvides nunca eso – me dijo, tomando todas las fuerzas que podía, acumulando cada una de ellas en su pecho, subiendo a su esófago y de repente explotando como palabras humanas en ella. Después, sacando fuerzas de algún lugar que desconocí, me regaló un pequeño beso en mis labios…

-Lamento no haber podido hacer mucho por ti – susurré, apretando cada vez más mis dedos de humano, más fuertes que mis dedos normales, esperando a que se quedara conmigo.

-Ya hiciste mucho por mí – se le estaba yendo la vida en eso – Te amo… nunca lo olvid…

Sin embargo, su mano comenzó a perder fuerza en cuanto iba a hablar de no olvidarme; su nariz se vistió con la marca de la muerte (la misma que observé en mis padres aquella noche que cayeron al pozo). Súbitamente, aquella mujer rellena de energía, vitalidad y poder, se me estaba yendo de las manos… Por más que le grité, ella jamás me hizo caso. Entonces el "doctor" me observó desde la puerta, a sabiendas de que esto pasaría, como si esto lo viera a diario.

Naga, mi Naga; se me había ido de las manos. No dije nada, y sólo me quedé respirando la pesadez de mi pecho por unos instantes. De manera inesperada, algo me entró por debajo de los oídos; un rugido desesperado, un grito o lamento desgarrador, y de sólo escucharlo me tembló el rabo (que en lugar de ello, tenía un trasero común)… Se sentía como algo lejano, algo que retumbaba en eco, y subía hasta la última fibra de los nervios de la cabeza, transmitiendo exactamente su origen; un dolor profundo, algo que no se curaba con hierbas o alguna de esas cosas que Bolin suele usar para curarme. Después, me di cuenta que ese lamento no era de nadie más que de mí mismo, encontrándome tirado sobre el cuerpo de Naga. Pasé de ser un gritar a musitar.

-Mi vida - le decía cosas que ni siquiera yo alcanzaba a entender, pero lograba compadecerme de mí mismo - ¿Por qué cariño? ¿Por qué?

Me encontraba exteriorizando mi coraje en forma de gotitas de agua salada; mis ojos dolían, y comenzaban a enrojecer. Pero el cuerpo de Naga seguía frío, y por más que implorara por su regreso, ella no podía ni escucharme ni abrir sus ojos. Ya no estaba conmigo.

No entendí muy bien por qué me ardía el corazón, ni tampoco el motivo por el cual se me estaba azotando en latidos tormentosos; ya no quería vivir, no sin ella. Sollozando estrepitosamente, no solté su cuerpo hasta que unos sujetos vestidos de negro me la quitaron de los brazos, tomándola como cualquier presa de cacería… Sí, quizás, presa de la muerte. Imploré para que me dejaran con ella, pero ellos insistieron en que debía esperar... ¿Esperar a qué? ¿Debía buscar mi propio fin?

Ese tal "doctor" me tomó entre sus patas delanteras, forcejeando, y tratando de calmarme. En eso, sacó de algún lado un artefacto como un tubo, que tenía una garra finísima y delgada con la que me introdujo un líquido raro. Entonces todo se volvió nebuloso, tormentoso y, al final, quedé viendo algo completamente negro.

O-O-O-O-O-O-O-O

Encontré su cuerpo tendido encima de una pequeña mesa, sin ningún impulso; una cáscara con su nariz que ya no tomaba aire, sus ojos dejaron de brillar, y su corazón ya nunca más sintió. No escuché su marcha cuando coloqué mi oído sobre su pecho, sin dejar de hacer la tormenta en mi rostro, y con mi toque, tratando de darle un poco más de calor a su cuerpo:

-Regresa… regresa. No me dejes aquí, que tengo miedo – le repetí durante mucho rato, sin despegarme de su lado. Montones de personas similares a Korra, o al menos con harapos similares a los de ella, se encontraban en ese lugar junto conmigo; algunos también me acompañaban en la pena, y de la misma manera en que me desplomaba ante lo que había quedado de ella, ellas se llenaban de señales de afecto y palabras para darse fuerza. Nadie me hacía caso, y sentí que era lo mejor que podían hacer.

Al mismo tiempo que sentía la pesadez que me embargaba en ese momento, sentía una similar a la que me causaban el amor e indiferencia de Naga afuera de ese cuerpo humano. Ha sido una de las peores pesadillas en las que estaba, incapaz de hacer algo y carente de fuerzas para cualquier cosa, salvo quedarme en guardia durante una noche completa; no dormí ni en pausas, y es posible que con ello se me hubiesen terminado mis reservas de sal, de agua y de cualquier otro ánimo de vivir. Peor aún, me comía otra cosa más que no entendía bien… Si fui humano, y ahora no soy más que un hurón de fuego, no logro entender cómo es que no podía entender todo cuanto acontecía adentro de mí… ¿Por qué los humanos son tan complicados?

Le pedí a la gente que me dejaran solo, que se fueran, que necesitaba esto sólo para mí; me comía ese sentimiento que da justo cuando dejamos algo sin concluir, que debíamos de terminarlo pero no lo logramos, y que ya no habrá momento para eso. No lo habría.

Cuando dio el amanecer, algunas personas trataron de desenredar mis dedos de los de Naga, diciéndome que debía dormir, y que a ese paso pronto tendrían que festejar el velorio de alguien más.

-No importa – les decía –, para mí es mejor.

-¡No puedes hablar así! – me gritaban, tomándome por la cabeza, sacudiéndome con violencia.

-¿Qué voy a hacer yo? ¡Estoy solo! ¡¿Sabes lo que va a ser llegar a mi casa, tenderme sobre la cama sin arreglar, y sentir que algo me falta?! ¡¿Lo sabes?! Todo me recuerda a ella…

Me seguí quebrando. No obstante, ya estaba sumamente seco, dado que ya no me salió ninguna gota salada de los ojos cuando un macho humano me tomó contra su pecho para quitarme todo lo que me quedaba adentro. Igual, él intentó llorar conmigo.


-Hola Pabu – me saludó Naga una mañana de tantas en el templo. Me encontraba comiendo bayas con uno de los lémures.

-¡Hey! Es un hermoso mamífero – dijo uno de ellos, provocando risillas generales en la multitud. Sólo sentí un pequeño calor por debajo de mis ojos, el mismo que solamente Naga me provocaba.

-¡Silencio! – les chillé, y pronto todos se callaron.

-¡Qué poder! – exclamó Naga al ver la reacción de los lémures ante mi petición.

-¿Qué sucede? – pregunté.

-Claro, yo estoy bien, ¿Y tú?

-Bien, ¿Cómo estás?

-Preocupada. Escuché a Korra decir que habías estado enfermo en los días pasados. ¿Todo bien?

-He tenido malas noches… No es como que vaya a irme sin dejar algo pendiente.

Su mirada me desconcertó; era la misma de aquella hembra resplandeciente por la que se me estaba yendo la vida en mis visiones de la noche, en esa otra realidad que yo desconocía y que yo no era yo. Su preocupación me dejó claro que necesitábamos un tiempo a solas; me subí a su silla, y nos fuimos con rumbo a algún acantilado para observar el mar y sentir las ondas salinas. Estaba harto de ese tipo de agua.

-Yo sé de qué hablas, Pabu – me dijo después de un breve instante.

-¿Sí?

-Cuando yo era muy pequeña, alcancé a ver a un cachorro de humano. Era una hembra que me ofrecía algunos trozos de carne de foca, y que intentaba ayudarme. Hasta mucho después di con Korra bajo esas circunstancias y, en realidad, ella me ayudó a buscar a mi madre. Supe que la habían matado los otros de su clan pero de cualquier manera aprendí a querer a Korra.

Los gases emergentes de la ciudad nos calaban en las narices.

-Tus visiones pueden ser normales. Quizás pasen o pasarán… Todos estamos juntos.

-Todos… ¿Nosotros también? – le pregunté.

Me miró con susto… ¿Qué había dicho? Gruñó, y prosiguió:

-El otro día en la arena… Yo… - tartamudeó.

-Tú…

-Yo… Nada. Es una locura.

-De acuerdo – dije – ¿No preguntarás sobre mis visiones?

Coloqué mi patita sobre sus garras. Hicimos un silencio ensordecedor, alimentado por el vaivén de la hojarasca seca.

Inesperadamente, la voz de Bolin se escuchó a lo lejos.

-Debes irte – gruñó a medias, pensativa.

-Pero yo…

Luego Bolin llegó detrás de mí:

-¡Aquí estás! Iremos con uno de los acólitos del templo. Es un excelente veterinario y, verás qué bien te vas a sentir. Vamos, pequeño.

Divisé el lomo de Naga alejarse de mí con lentitud para desengañarme. Ese momento lo era todo o nada, era "obtén al oso polar" o "sé un perdedor aquí y ahora". Tomé la segunda opción, y ella me la regaló de manera automática. No, al parecer no recordaba nada de nuestra vida pasada porque, en todo caso habría preguntado sobre esas extrañas visiones en las que me derrumbaba por su causa, por su muerte. Todo por ella, por esa magia bestial que nos hace ser a todos, y que Mako y Bolin llaman "amor"; se vive y se siente, y hasta un triste Pabu como yo se desgarra por ese sentimiento sin forma, que se deletrea y nos derroca con todas sus letras, desde la A a la R.


Hola, y antes que nada me gustaría disculparme por no haber subido capítulos desde hace más de medio año. Si están leyendo esto, les agradezco infinitamente por haber seguido esta historia que, como podrán ver, apuntó a algo completamente diferente. Hasta ahorita no había tenido idea de cómo terminar la historia… y por eso tardé. En serio, muchas gracias a todos y cada uno de ustedes. ¡Tlazohcamati!