No sabía dónde estaba. La última vez que había entrado a ese lugar (con Cynder para rescatar a Meadow de los Simios Malditos), parecía una cueva dentro de un volcán activo, o muy debajo de la tierra. Tenía luces voluminosas que provenían de hongos pequeños y gruesos, pero todas esas luces eran tapadas por el fulgor de la lava ardiente. También, recordaba, muy vagamente, que en los rincones del pasillo, que deberían ser estrechos pero ahora era bastante amplio, habían piedras con formas irregulares y redondeadas.

Y ahora, desorientado, se hallaba en el extremo de una sala muy grande, apenas iluminada. Altísimas columnas de piedra talladas con dragones de rostros desconocidos, se elevaban para sostener un techo que se perdía en la oscuridad, proyectando largas sombras negras sobre la extraña penumbra púrpura que reinaba en la estancia.

Con el corazón latiéndole muy rápido, Spyro escuchó aquel silencio de ultratumba. ¿Estarían los simios malditos asechando en algún rincón oscuro, detrás de una columna? ¿Acaso fueron ellos los que destruyeron la cueva desde adentro y lo convirtieron en un nuevo refugio? ¿Y dónde estaría Cynder?

Abrió la boca y avanzó por entre las columnas decorados con dragones. Sus pasos resonaban en los muros sombríos. Iba con un líquido de hielo en sus fauces, dispuesto a dispararlo, como una flecha, al menor indicio de un enemigo revelándose, para congelarlo y paralizarlo. Le parecía que los dragones de piedra lo vigilaban desde las cuencas vacías de sus ojos. Más de una vez, el corazón le dio un vuelco al creer que alguno se movía.

Al llegar al último par de columnas, vio una estatua, tan alta como la misma cueva, que surgía imponente, adosada al muro del fondo.

Spyro tuvo que echar atrás la cabeza para poder ver el cuerpo completo y gigantesco que la coronaba: era un dragón antiguo, simiesco y familiar, con una cara que poseía una mueca desagradable e intimidante, una cola repleto de cuernos que enrollaba su cintura hasta sus patas traseras, alas grandes y rasgadas; abiertas de modo que le daban demasiado atención a algo que sostenía con las garras delanteras, donde había un emblema u estatua con la forma tétrica de una «S» púrpura. La cabeza del dragón de piedra parecía fijarse peligrosamente en ella. Y entre las patas de abajo, boca abajo, vio una pequeña figura draconiana con alas rojas apagadas y escamas negras como la noche.

— ¡Cynder! —Susurró Spyro, corriendo hacia ella e hincándose a cuatro patas—. ¡Cynder! ¿¡Me oyes!? ¡Despierta, por favor! —Se levantó, tocó a Cynder por el cuello con el hocico y le dio la vuelta. Tenía la cara tan gris y fría como el cemento, aunque los ojos estaban cerrados y podía oírla respirar, así que no estaba muerta. Pero entonces, alguien tuvo que haberla…—. Cynder, por favor, despierta, si el que te hizo esto todavía está aquí… —Susurró Spyro con desesperación, agitándola con una garra. La cabeza y las alas se movieron, inanimadas, de un lado a otro.

— Es inútil —Dijo una voz suave y horriblemente familiar.

Spyro se enderezó de un salto, se giró y llegó a considerar que, realmente, estaba dentro de un sueño o, mejor dicho, de una pesadilla.

Un dragón joven, con la misma estatura que él, con unas escamas negras que desprendían extraños humos negros de su cuerpo, estaba sentado en una de las columnas más próximas, mirándole. Tenía los ojos tan blancos que ni se le llegaban a apreciar sus pupilas, como si fuese un ciego. Pero, Spyro, como si se mirara en un espejo, uno muy extraño y perturbador, no tenía dudas sobre quién era.

— Eres… ¿Eres yo?

La réplica oscura de Spyro asintió con la cabeza, sin apartar los ojos del rostro de Spyro.

— ¿Cómo es posible de que tú estés aquí? —Preguntó Spyro desesperado, sacudiendo la cabeza para despertar—. ¿Qué le has hecho a Cynder?

— No le hice nada —Contestó la figura oscura. Su voz era igual a la de Spyro, pero distorsionada y sombría—, sólo está descansando…

Spyro lo miró detenidamente, intentando no perder la cordura. Había agarrado aquella forma antes, lo recordaba muy fugazmente. La primera vez era en el Pozo de las Almas cuando peleaba contra Gaul, el antiguo rey de los simios, pero éste había destruido accidentalmente el suelo y terminaron por caer juntos en el piso más bajo de aquella torre diabólica. Por error, Spyro acabó aterrizando en el medio de un hilo de energía púrpura que absorbía la torre y, entonces, sucedió… El eclipse dio inicio y él estaba en el centro. Un poder oscuro había chocado en el pequeño cuerpo de Spyro, y él, sin poder evitarlo, lo tomó y se convirtió en… Eso: un monstruo oscuro, cuyo único fin era destruir todo lo que veía. Luchó contra Gaul en esa forma y ganó, pero convirtiéndolo en piedra y, posteriormente, destruyéndolo, sin piedad alguna.

La segunda vez era la más dolorosa, cuando perdió a Ignitus en el Anillo de Fuego. Estaba enojado, decepcionado consigo mismo por no haberlo salvado. Casi pudo haber dañado a Cynder, si ella no le hubiese dicho que no lo dejaría solo. Es más, fue gracias a ella que había recuperado la cordura la primera vez que se transformó. Y, ahora, estaba allí su lado oscuro, como si tuviera vida propia.

— ¿Qué eres exactamente? —Preguntó Spyro, dubitativo.

— Soy un fragmento —Respondió la versión oscura tranquilamente— provenido del lado más oscuro de la energía más pura que ha existido en estas tierras durante millones de años.

La figura oscura señaló hacia las gigantescas garras de la estatua del dragón. Allí se encontraba, brillando, la pequeña emblema que Spyro había visto muchas veces, más bien, en todos lados. En Templo Dragón, la vestimenta del Cronista, la armadura destruida de Ignitus, los escudos de los cuatro elementos. Durante un segundo, Spyro se preguntó si tendría alguna vinculación con él. Pero tenía asuntos más importantes en los que pensar.

— No —Dijo Spyro, volviendo a levantar la cabeza de Cynder—. Eres una ilusión, no eres real. Yo juré que no iba a volver a involucrarme contigo…

La Oscuridad no se movió, ni habló. Spyro, sudando, logró levantar a medias a Cynder del piso, y se volteó a ver la salida.

¡FUM!

Una barrera de fuego púrpura salió del suelo, perdiéndose más allá del oscuro e infinito abismo del techo, y bloqueó completamente el camino. A regañadientes, Spyro retrocedió.

— Oh no… ¿Por dónde…?

Giró los ojos, desesperado. Torpemente, se fue moviendo de un lado para otro, buscando otra salida, pero no encontraba nada. Miró atrás. La figura oscura seguía mirándolo…, y jugueteando con una flama pálida entre las garras delanteras.

— ¡Desaparézcalo, ahora! —Ordenó Spyro, echando humo negro por la boca para que lo tomara en serio.

Una sonrisa curvo las comisuras de la boca de Spyro Oscuro. Siguió mirando a Spyro, jugando indolente con el pequeño fuego.

— ¡Como gustes! —Dijo Spyro con impaciencia. Las rodillas se le doblaban bajo el peso muerto de Cynder—. ¡No voy a perder tiempo contigo!

Expulsó una bola de fuego por la boca. Iba como una bala y el objetivo en la que apuntaba no se movía, ni siquiera un poco, de su lugar, viéndola con bastante gracia. Sin más, impactó contra su objetivo y generó una explosión tan fuerte y grande que cubrió todo el lugar con una barrera neblinosa y oscura. Spyro, exhausto, sonrió triunfante, pensando que lo había lastimado o, mejor, desintegrado a cenizas. A medida que el humo desaparecía, fue perdiendo más y más su sonrisa, al punto de quedarse en blanco y estupefacto.

Al otro lado del muro, todavía intacto, Spyro Oscuro continuaba sonriendo pero, esta vez, con una barrera transparente cubriéndolo totalmente. Era obvio que se había protegido del ataque, pero de una manera que Spyro no se esperaba. Preso del pánico, dio inconscientemente unos pasos hacia atrás hasta que tocó el cuerpo de Cynder con la cola y, mostrando los colmillos del enfado, quedó mirando a su doble oscuro.

— No seas ingenuo, Spyro —Dijo la Oscuridad, desapareciendo su escudo con un gesto suave, dejó flotar la llama a su costado y sonrió con malicia—. Yo siempre viviré en ti, no importa lo que hagas...

Con el humo desaparecido, Spyro volvió a posar a Cynder en el suelo, incapaz de sostenerla.

— ¿Qué quieres decir? —Preguntó—. Mira, no sé lo qué quieres de mí, pero dudo mucho que lo consigas.

La sonrisa de Spyro Oscuro se hizo más evidente.

— Va a ser inevitable.

Spyro lo miró, aterrado.

— ¿A qué te refieres, acaso yo…?

— Finalmente, mi deseo se hizo realidad, joven púrpura —Interrumpió la Oscuridad—. Tenía ganas de verte. Mirarte, cara a cara, y hablarte.

— No quiero continuar —Dijo Spyro, perdiendo la paciencia—, lo he dicho muchas veces: no seguiré los pasos que tomó Malefor, y tú no volverás a controlarme, nunca jamás.

— Es sólo cuestión de tiempo —Dijo la Oscuridad, sin dejar de sonreír, y caminó unos pasos para ponerse al frente de Spyro—. Y decidiremos eso ahora mismo.

Spyro lo miró de reojo. Allí sucedía algo muy raro.

— ¿Sabes cómo llegamos a Valle de Avalar? ¿Por qué estamos aquí? —Preguntó, hablando despacio.

— Bueno, ésa es una cuestión interesante —Dijo Spyro Oscuro, con agrado—. Es una interesante historia. Supongo que el verdadero motivo por el que estás aquí es que abriste tu corazón y dejaste que una fuerza desconocida entrara en ti.

— ¿De qué hablas? —Preguntó Spyro.

— Del poder púrpura —Respondió la Oscuridad—. De nuestro verdadero don. El terrorífico Malefor ha estado destruyendo el mundo durante muchos años, insistiéndote a que lucharas con él, y cuando tú, y ella, lo debilitaron… —A Spyro Oscuro le brillaron los ojos—, el dragón, el legendario, el heroico, el gran Spyro terminó por sucumbir al poder púrpura, nuestro elemento original, para reparar lo que Malefor causó…

Mientras hablaba, Spyro Oscuro mantenía los ojos fijos en Spyro. Había en ellos una mirada casi ávida.

— No sabría explicarte cómo se creó este mundo en realidad —Siguió—. Fue un milagro para mí, si te soy sincero. Verte convivir con todos. Estabas como en casa, desconociendo lo que realmente estaba pasando afuera, incluso esa tonta de Cynder te alentaba —Tosió, imitando la voz de la dragona—: No te preocupes, Spyro, tú no eres igual que Malefor. Tienes tus virtudes, puedes ser tú mismo… Es lo que más me agrada de ti…

La Oscuridad se rió con una risa potente y fría que parecía ajena. A Spyro se le erizaron las escamas del cuerpo.

— ¿Dices que es…, un sueño? —Dedujo, casi sin voz—. Este lugar… ¿No es real?

— Si es necesario que te lo digas tú mismo, Spyro, la verdad es que siempre fuiste un dragón lento, me costaba creer que pertenecía a ti, pero me ha fascinado tu potencial, a pesar de que siempre lo retenías. Creí que nunca iba a suceder, pero, por desesperación, abriste tu alma, y era precisamente tu alma lo que yo quería —Miró a su alrededor con fascinación—. Me siento libre. Me hago cada vez más fuerte, alimentándome de tus temores. Me hago más poderoso, mucho más que la debilucha de Cynder lo fue alguna vez. Con bastante consciencia para empezar a alimentar tu ser con mi propia energía, para que empieces a entender tu verdadera vocación…

— ¿Qué quieres decir? —Preguntó Spyro, con la boca completamente seca.

— ¿Sigues sin descifrarlo, Otro Yo? —Dijo sin inmutarse Spyro Oscuro—. Estás desaparecido. No pudiste salvar tu preciado mundo y lo dejaste hecho pedazos. Estás atrapado aquí, en este mundo que creaste para ti. Digamos que estás en una delgada línea entre la vida y la muerta… ¿Y sabes qué me divierte? Esa Cynder… No es real.

— No —Susurró Spyro, echando un rápido vistazo de incredulidad al cuerpo inconsciente de Cynder.

— Sí —Dijo Spyro Oscuro con calma—. Soy tú, y sentí curiosidad por saber los traumas que sufrió esa tonta de Cynder. Fueron muy… —Rió con burla—. Interesantes… Me hubiese gustado que Ignitus diera más detalles de su vida cuando se los explicó… ¿Cómo empezaba…? Érase una vez —Relató, contemplando la horrorizada cara de Spyro—, un huevo de dragón que nació con otros en una pequeña cesta en un reino bastante lejano. Sus padres estaban emocionados, felices y orgullosos de tener a un hijo, o hija, que protegería a los de su especie. Ah pero, por tragedia del destino, pasó algo inesperado y nunca pudieron ver ese sueño realizarse. Fue la invasión que comandó Gaul, y trató de destruir la raza de los dragones, pero los pocos que quedaron se refugiaron en un pequeño templo, casi extinto, y los huevos que sobrevivieron quedaron ahí, incluyendo la pobre de Cynder, cuyo destino todavía tenía planes para ella.—Abrió los ojos, fingiendo sorpresa—. ¡Capturada, de todos, ella fue la elegida para portar el poder púrpura!

Spyro tenía las garras clavadas en el piso y arrugaba enfadado el hocico.

— Del otro lado de tu opinión, yo, le llevó bastante tiempo a ese bruto de Gaul entender que ella era una inútil para servir a Malefor —Explicó Spyro Oscuro, caminando alrededor de Spyro, con pasos lentos y silenciosos—. Pero al final accedió y transfirió el poder púrpura del Maestro Oscuro a Cynder. Y entonces, el elemento verdadero de los dragones purpuras se manifestó e infectó su cuerpo, manchando su alma y acelerando su envejecimiento. ¡Fue así como se convirtió en el Terror de los Cielos! ¡Y qué ironía! Entre tantos dragones, fuiste túquien la salvó; un dragón púrpura como su antiguo maestro. Usaste nuestro elemento puro para salvarla, pero la oscuridad ya había dejado una marca permanente en sus escamas y en sus elementos. Si tan sólo hubieras querido saber más de tus raíces, probablemente habrías conseguido borrarle ese color.

— ¿Y por qué quieres que aprenda del "verdadero" elemento de los dragones púrpuras? —Preguntó Spyro, sin seguirle el paso con la mirada. La ira lo embargaba y tenía que hacer un gran esfuerzo para mantener firme la voz.

— Bueno, verás, vi todo a través de ti, Spyro —Dijo la Oscuridad, deteniéndose en su espalda—. Sé de toda tu fascinante aventura… —Sus ojos vagaron por el símbolo extraño que tenía agarrado la estatua del dragón, y su expresión se volvió más ávida—. ¿Y qué podía hacer yo? ¿Una semilla de oscuridad que su portador no le daba importancia? Me aburrí, quise decirte lo que yo sabía, guiarte para que descubrieras tu verdadero poder —Frunció el ceño, con rencor—. Una acción que nuestros estúpidos maestros fueron tan cobardes de explicarnos…

— Ellos son mi familia —Dijo Spyro, con voz temblorosa—. Ellos no pudieron haberme ocultado la verdad, de seguro no lo saben…

La Oscuridad volvió a reírse con su risa sonora.

— ¿O si lo hicieron? Somos uno, yo sé de tus miedos; dentro de ti no está seguro sí esa teoría sea verdad —Prosiguió con seguridad, gozando de la cara de duda que ponía Spyro—. Pero admito que yo me sorprendí cuando Malefor quiso darnos un poco de su apoyo al intentar explicarnos sobre la raza púrpura. Imagino que nuestros mentores intentaron desviarnos del camino que él escogió, y se limitaron a que supiéramos únicamente de los elementos básicos del dragón púrpura, pero nunca de nuestro quinto elemento.

— Confío a que mis mentores intentaron protegerme de mi naturaleza, Malefor se equivocó al querer abrazar ese poder oscuro que tú dices… —Dijo Spyro, cerrando los ojos y rechinando los dientes.

— Pues, es verdad que él se precipitó demasiado al controlar ese poder, pero eso lo llevaron a convertirse en lo que es ahora —Dijo Spyro Oscuro sin darle importancia—. Se volvió loco, pero pudo ser uno con su oscuridad, y siguió la verdadera ideología de los dragones púrpuras: erradicar, infectar y partir el mundo en pedazos para probar lo que su elemento real era capaz de hacer.

— ¡Cynder, y yo, lo vencimos! —Dijo Spyro en tono triunfante—. Fracasó con su plan, ni siquiera ha podido alcanzar todo su poder con ese elemento púrpura. Gracias a los Ancestros, Malefor quedará encerrado por el resto de la eternidad, y nadie podrá saber de sus macabros planes.

— ¿No entiendes todavía —Dijo Spyro Oscuro con suavidad— que nunca me importo los planes ni del bienestar de Malefor? Desde que desperté en ti, mi único objetivo has sido… Tú —Spyro se volvió y lo miró—. Imagina mi disgusto cuando en dos ocasiones pude tomar control de tu cuerpo, y en ninguna pude someterte, por culpa de Cynder. Ella, por alguna razón, te hace alejarte de mí con sus palabras. ¿Acaso es el poder púrpura que está ligada a ella todavía? ¿Y sí, yo me volviera más fuerte, ella dejaría de interrumpir mis momentos? Esa mocosa me ha detenido durante tres años, pero ya no más. Yo ya sabía lo que tenía qué hacer. Era evidente que tú ibas a sacar fuerzas de alguna parte para detener a Malefor. Por todos los recuerdos que he indagado en tu mente, yo sabía que estarías tan desesperado por recurrir a estas fuerzas que se escapaban de tu comprensión…, y más si involucraban a tus seres queridos. Y, «pum», liberaste un poder descomunal de tu elemento púrpura, tan grande que cubrió el planeta entero, y se lo transferiste para arreglarlo. Por desgracia, manejar tanto poder puede llevar a uno a grandes consecuencias.

»Así fue cómo perdiste tus elementos cuando luchaste contra el Terror de los Cielos. Transferiste demasiada energía pura en ese ataque para derrotarla, y tu cuerpo pequeño no lo pudo soportar. Ahora —Suspiró, contento—, no te queda mucho tiempo de vida: habías puesto demasiada energía púrpura en esa explosión para restaurar el mundo. Lo suficiente para que yo pudiera sumergirme en nuestro equilibrio, y así tuviera por fin control sobre ello. Aun así, mi objetivo no está completo, porque tú sigues existiendo. Por eso, he estado esperándote desde que este mundo de fantasía se creó. Tengo muchas cosas que resolver contigo, mi Otra Mitad.

— ¿Cómo qué? —Soltó Spyro, con las garras aún clavadas.

— Bueno —Dijo la Oscuridad, sonriendo—, ¿quién de nosotros dos obtendrá el control total? Si fuese yo, ¿haría un mejor trabajo que había hecho Malefor?... Sé cómo llevarnos a la grandeza… Más de lo que él pudo conseguir con sus patéticos intentos.

En aquel momento, apareció un extraño brillo púrpura oscuro en su mirada blanca.

— ¿Cómo sabes todo eso? —Dijo Spyro, despacio—. Tú exististe dentro de mí hace tres años, deberíamos tener el mismo conocimiento. Es imposible que sepamos más que Malefor.

— Malefor —Dijo la Oscuridad imperturbable— fue una simple víctima del gran poder púrpura, Spyro, al igual que tú.

Agitó las alas, saltó y voló en el aire hasta aterrizar entre las garras de la estatua, enfrente del símbolo púrpura. Abriendo las alas, se puso en una posición de superioridad, como si fuese una clase de deidad.

— ¡SOMOS LAS MITADES DEL ÉTER! ¡LA FUENTE DE ENERGÍA MÁS PODEROSA E INFINITA DEL UNIVERSO!

El emblema desprendió un brillo púrpura. Un púrpura pálido se extendió por toda la cueva, proyectando una tenebrosa figura en la lejanía del camino. Impresionado, Spyro tuvo que utilizar una de sus alas para protegerse de aquella iluminación. No perdía de vista a Cynder, y se mantenía cerca de ella.

— ¿Lo ves ahora? —Gritó—. Representamos un poder ilimitado, aunque sólo soy una pequeña semilla del lado oscuro del éter, claro —Bajó la mirada, viendo a Spyro con arrogancia—. ¿Creíste que los dragones púrpuras podían manejar solamente cuatro elementos? No… ¡Somos más poderosos de lo que tú crees! ¿Por qué otra razón Malefor, que era un descendiente del poder más perfecto, quería perfeccionarlo? No necesito conocerlo, porque puedo deducir fácilmente lo que le pasó, al igual que el resto de nuestra raza. Si uno es infectado por una magia oscura tan poderosa, o el mismo dragón se corrompe, despierta el otro lado del éter; ¡La oscuridad! ¡Y tú, Lado Puro del Éter, tuviste la fortuna de conseguirlo! Mi misión es aniquilar tu consciencia, llevarte a nuestras verdaderas raíces —Extendió una de las garras, la abrió, e hizo un gesto con ella como si aplastase algo imaginario, con una sonrisa desquiciada—. ¡En un nuevo Maestro Oscuro!

A Spyro le pareció que el cerebro se le bloqueaba. Miraba atontado a Spyro Oscuro, la fuerza oscura que lo impulsaba a hacer cosas terribles, un fragmento oscuro de un núcleo de poder ilimitado que él podría manifestar… El culpable de tantos desastres… Al final hizo un esfuerzo por hablar.

— Te equivocas —Dijo. Su voz, aparentemente calmada, estaba llena de odio.

— ¿Me equivoco en qué? —Preguntó la Oscuridad bruscamente.

El emblema paró de brillar, destacando los ojos blancos llenos de ira de Spyro Oscuro, en medio de aquella oscuridad.

— Tú no decides mi naturaleza —Dijo Spyro, con la respiración agitada—. Lamento desilusionarte, pero no eres el único lado del éter que existe. Lo acabas de decir, con tus propias palabras. El lado puro también existe en nosotros. Salvé a Cynder, gracias a eso. Si elijo ese camino, tu existencia dejará de tener significado para mí.

De la cara de Spyro Oscuro había desaparecido la sonrisa, y había ocupado su lugar una mirada de desprecio absoluto.

— ¡El simple contacto con la oscuridad desintegró todo rastro de pureza en Malefor! —Dijo la Oscuridad, irritado.

— Me aseguraré de que no se repita—Replicó Spyro. Hablaba casi sin pensar, con la intención de asustar a su copia oscura y deseando, más que creyendo, que lo que afirmaba fuese verdad.

Spyro Oscuro abrió la boca, y un aura púrpura emergió de ésta.

Todo había pasado muy rápido. Spyro Oscuro expulsó un rayo voluminoso para dibujar una línea ondulada en los pies de Spyro, y cerró las fauces. Aquel dibujo comenzaba a brillar cada vez más fuerte. Era inquietante y sobrenatural. A Spyro le pareció que el corazón iba a salirse del pecho y se dio cuenta de que el cuerpo inconsciente de Cynder rozaba peligrosamente el extremo de la línea. Luego, cuando la línea alcanzó un brillo tan potente que Spyro sospechaba que iba a explotar, se dirigió corriendo hacia Cynder y, saltando con las patas delanteras abiertas, la empujó, y salieron girando sobre el piso.

¡BAM!

Piedras salieron disparadas, una onda púrpura chocó contra las cuatro paredes de la gran sala, que temblaba bruscamente. Spyro tenía cubierto a Cynder, y a él, con las alas, y, apartándose una de éstas, miró alrededor con cautela. El lugar parecía intacto y tétrico, tan silencio que podía oír su acelerada respiración, y la de Cynder, y llegó a pensar que la sala no había recibido daño alguno, pero, cuando sus ojos miraron al suelo, cambió de idea.

La zona que había recibido el impacto estaba agrietada, con algunas rocas salidas como estalagmitas. Cuando sintió que era seguro, Spyro revisó a Cynder y vio que seguía igual; exhausta y debilitada. No entendía el porqué. A pesar de que sabía que era un sueño nada más, y la que tenía enfrente era una réplica falsa de la verdadera Cynder, no quería dejarla sola e indefensa.

Dejó a Cynder y se levantó en cuatro patas, dándose cuenta de que habían aterrizado bajo los pies de la gran estatua principal.

— Qué admirable —Dijo Spyro Oscuro, devolviéndole una mirada perspicaz, y sentado aún en las garras del dragón de piedra.

— ¡Todavía puedo luchar! —Gritó Spyro, mirándolo desde abajo, preparándose para dar un gran salto.

— Dudo —Cuestionó Spyro Oscuro, jugueteando nuevamente con la flama que tenía, con una sonrisa perturbadora— que puedas mantenerte por más tiempo.

Por desgracia, así era. Cansado, agitado y nervioso, Spyro pendía de un hilo para dejarse caer rendido.

Spyro Oscuro volvió a reír. Rió tan fuerte que su risa se multiplicó en la oscura cueva, como si estuvieran riendo diez replicas oscuras al mismo tiempo.

— ¿Eso es lo que el legendario dragón es capaz de lograr? ¿Esconderse y esperar a que surja un milagro? ¿Te sientes más valiente protegiendo a una falsa Cynder? ¿Crees poder detener tu inevitable final con esas acciones?

Spyro no respondió. No veía la manera de despertar a Cynder, o si iba a abrir los ojos en algún momento, pero quería protegerla, y aguardó con creciente valor a que Spyro Oscuro dejara de reír.

— Qué vulnerable —Dijo la Oscuridad, sonriendo todavía con ganas—. Es increíble donde te puede llevar esa inocencia —Se recostó en la emblema, como si fuera un trono—. Quiero que me expliques. ¿Cómo un dragón tan débil como tú se niega a aceptar un poder tan grande como yo? Si nos hacemos uno —Añadió con voz suave—, podremos ver un mundo más allá de nuestra imaginación.

Spyro pensó, deprisa, observando sus posibilidades. Spyro Oscuro tenía casi todo el control de aquella macabra pesadilla, cuya única finalidad era forzarlo a seguir los pasos, o los errores, de Malefor; él tenía a una dragona inconsciente y cuatro elementos, que no sabía si iban a resultar en una batalla imaginaria. Estaba contra la espada y la pared, sin muchas posibilidades de sobrevivir. Sintiéndose con menos fuerzas, había percibido algo de pronto: en el tiempo que llevaba en la cueva, los humos negros de Spyro Oscuro se habían vuelto menos espesas, con una figura más clara, más realista. ¿Acaso lo estaba absorbiendo en el tiempo que llevaban charlando? Era inevitable que él tendría que luchar contra su lado oscuro, buscar el modo de ganar para que no terminase como Malefor.

— Sé muy bien lo que sentí al tener tu fuerza —Dijo bruscamente Spyro—. Y no me gustó. Y sé muy bien por qué no pudiste controlarme: porque mi familia y mis amigos me enseñaron cosas. Mi insignificante familia de libélulas y mis compañeros de corazones puros —Añadió, temblando de rabia—; me ayudaron a evitar que viera algo bueno en ti. Malefor pudo haber pensado lo mismo si hubiera tenido mi suerte. Eres un parásito. Te alimentas de mis miedos, pero tú mismo eres uno. Temes a que yo pueda vencerte, y dejes de tener control sobre mí —Dibujó una sonrisa desafiante en su cara—. ¡Eres un enemigo más al que tengo que derrotar!

Spyro Oscuro tenía el rostro contorsionado. Forzó una horrible sonrisa.

—¿Tu familia y amigos te salvaron? Sí, ése es una poderosa fuerza de voluntad que puede contrarrestarme. Me di cuenta de unas curiosidades, ¿sabes? Porque existe una extraña afinidad entre tú y Malefor. Incluso tú lo habrás notado, por las mismísimas palabras de éste. Ustedes dos son dragones púrpuras, cariñosos y puros, los dos criados por los guardianes, con la misión de cuidar el mundo. Tal vez sean los únicos que pudieron manifestar como elemento el éter. Incluso despertaron su oscuridad. Quizás, sea por eso que Malefor vio una pequeña similitud en ti… Pero, después de todo, sólo fue suerte lo que te salvó de mí; la mancha de la oscuridad del éter. Eso es lo que quería saber.

Spyro permaneció quieto, tenso, aguardando que Spyro Oscuro abriera la boca para que disparara otro rayo de energía oscura. Pero la Oscuridad se limitaba a exagerar más su sonrisa contrahecha.

— Es tiempo de que decidamos quién de los dos poseerá este cuerpo —Dijo la Oscuridad, emocionado—. Si son sólidas tus palabras, intenta derrotar esto…

Spyro Oscuro dirigió una mirada socarrona a Cynder, y luego anduvo volando unos cuantos metros. Spyro, notando que el miedo se le extendía por las patas, vio que su doble oscuro se detenía entre los cuernos superiores de la gran estatua del dragón y dirigía la mirada al símbolo del éter, que brillaba con un color púrpura en la oscuridad. Spyro Oscuro desapareció, dejando una niebla en el aire, pero se insertó en los ojos vacíos del dragón de piedra… Y Spyro sintió que el suelo se movía.

El gigantesco dragón de piedra sacudió las alas, causando que la sala misma temblase bruscamente. Fue tocando el piso con una garra, mientras que con la otra sujetaba el emblema púrpura. Luego, Spyro vio, horrorizado, que la estatua miraba a Cynder con sus cuencas vacías y parecía inundar su boca con un aura púrpura.

— ¡No la metas en esto! —Gritó Spyro, desesperado.

El aura púrpura salió de la boca de la estatua, arropando a Cynder, al punto de que su cuerpo dejara de verse.

Spyro, aterrado, corrió hasta quedar al frente de aquella barrera de niebla púrpura y forzó la vista para buscar la figura draconiana de la dragona. Sintió que una cola le rozaba una de las patas delanteras. Spyro quiso sonreír de alivio, pero su felicidad fue destruida cuando notó que la figura crecía más y más, hasta convertirse en una forma serpentina.

— ¿Cynder? ¿Estás bien? —Musitó, dando marcha atrás a medida que la dragona salía de la piscina de niebla.

En un pestañeo, Cynder desvaneció la niebla con un aleteo de alas (empujando a Spyro), y con una nueva apariencia. Partiendo de ser una pequeña dragona negra y flacucha, terminó siendo una criatura con apariencia amenazadora. Había crecido mucho; sus cuernos parecían sables, sus ojos se volvieron amarillos, sus alas parecían de murciégalo y la punta de su cola parecía una guadaña.

Aterrizando, rebotando y deteniéndose a mitad de la sala, Spyro sacudió la cabeza y la miró, sin dar crédito a lo que sus ojos estaban viendo. ¿Ella recuperó sus viejos hábitos? ¿Por qué? ¿Aquella visión formaba parte de la pesadilla? Sin darse mucho tiempo para pensar, oyó una voz sepulcral salir de la boca de la estatua.

Terror de los Cielos, mi títere, te ordeno que mates a Spyro, el dragón púrpura.

— ¡No tengo razones para pelear contra ella! —Repuso Spyro, furioso.

Muere entonces… ¡Ve, mi sierva!

La dragona se movía hacia Spyro, éste podía ver su larga cola deslizándose amenazadoramente por el polvoriento suelo repleto de escombros. Asustado, Spyro se incorporó y comenzó a moverse hacia la derecha, esquivando el coletazo de la dragona con un salto, y aterrizó detrás de ella. La miró darse la vuelta, acercándose peligrosamente hacia él, con pasos que no reproducían casi ningún ruido. Spyro iba retrocediendo hasta tocar la pared, y oía la risa de la Oscuridad resonando por la gran y profunda cueva…

Ella dio saltó hacia adelante. Sus movimientos fueron ligeros, como una pantera, y sus garras comenzaron a atacar a Spyro.

— ¡Cynder, escúchame! —Dijo Spyro, angustiado, al tiempo de que se movía a la izquierda para esquivar un zarpazo—. ¡No hay razón para luchar! —Se movió ágilmente por la derecha para esquivar otro—. ¡Sólo estás siendo…!

De repente, soltando un aullido de dolor, fue azotado por la cola de Cynder, y salió volando. Cruzando el otro lado de la cueva, chocó de espalda contra la pared y cayó boca abajo contra el frío suelo. Notando el dolor entumeciéndole las extremidades, abrió uno de los dos ojos.

La dragona, con un rojo carmesí y brillante sobresaliendo de su hocico, se había alzado en dos patas, abriendo las alas con imponencia, y, descendiendo bruscamente el cuello, expulsó una gran llamarada de fuego extrañamente oscura. Temblando, Spyro esquivó por un pelo aquella ráfaga, y preparándose para atacar en cuanto la dragona hiciera un ademán de volver, y entonces vio que, detrás de ella, la flama que cubría la salida había desaparecido.

Entonces Spyro corrió. La cola de la dragona golpeaba muy cerca de Spyro, y antes de que pudiera dar un salto para pasarla por encima, la dragona oscura volvió a pararse en dos patas. Spyro miró arriba y se dio cuenta de que Cynder exhalaba un nuevo humo grisáceo, aquel humo que significaba una nueva e infernal llamarada negra. Dando un salto, Spyro disparó una pequeña esfera de hielo por la boca, y golpeó de lleno la cara de Cynder. Con humo en la cara, tambaleaba como borracha, y cayó boca arriba, mientras veía con impotencia a Spyro volar por encima de ella, y aterrizar en el otro lado. Spyro siguió corriendo.

¡Síguelo!—Oyó Spyro gritar a su réplica oscura—. ¡Desaparecelo de su consciencia! ¡Qué sólo quedé yo en píe!¡Has que sufra!

La dragona herida se incorporaba desorientada, con nubes grises tapando todavía su rostro. Disparaba de allí para allá proyectiles de fuego, mientras largaba un rugido potente que, como el sonido de una sirena aguda, se extendía por toda la cueva. Con ese rugido perforándole sus oídos, Spyro esquivó como desesperado aquellos ataques, y de los escombros que caían de los dragones de piedra. Quiso gritar: « ¡Detente, Cynder, por favor! » Pero ¿de qué iba a valer sus palabras para una Cynder que ni siquiera era real?

— ¡Tengo que despertar! —Se dijo Spyro, enloquecido. Abrió las alas y salió disparado de la cueva. Cynder lo perseguía.