Hola! De nuevo findtheScissorhands a su servicio :)

Como dije, lento pero seguro, dejo aquí el capítulo 7 de "La boda real". Este es el capítulo en el que definitivamente empieza el verdadero nudo de todo esto, así que espero les guste, o estaré en serios problemas...

Mil gracias a los que envían mensajes o dejan sus reviews sobre esta historia, me animan mucho. Sé que no actualizo tan rápido como debería, pero en verdad hago lo que puedo. Saludos, y espero estén bien!


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Zaide Dio Amtertod era una figura inusual a la vista. No porque fuera extraño, rimbombante o deforme en algún modo, sino sencillamente porque no era lo que ninguno de los allí reunidos esperaba ver. La corte entera de Seyrun, y sobre todo Amelia, esperaba ver a un joven de aspecto ostentoso como lo había sido siempre el reino de Amtertod; bello con la hermosura de los sobreprotectores cuidados reales, de mirada segura y porte galante. Y Rina, que entre Phil y Pokota se había llevado más de un desengaño acerca de los príncipes del mundo, esperaba ver a otro hombrecillo feo o insoportable que definitivamente acabara de arrasar con sus ilusiones sobre la realeza. Sin embargo, sus cejas se alzaron involuntariamente en su rostro, y el primer pensamiento de la hechicera, contra su voluntad, fue "¡Vaya! Pero si no está nada mal..."

El príncipe de Amtertod era alto, casi tanto como Gaudi, si bien de constitución un poco menos fuerte. Tenía el cabello, de un color negro azabache, largo hasta los hombros y bastante desprolijo, como si hubiese estado a merced de un fuerte viento apenas segundos atrás. Sus ropas violáceas, lujosas, no daban la impresión de ir bien con su figura, como si se tratase de un muchacho del pueblo al que alguien había forzado a infiltrarse en un palacio... Aunque tal vez eso se debiera más que nada a su mirada, tímida y curiosa, con la que escudriñaba en silencio el paisaje y los rostros que lo rodeaban.

- ¡Su Majestad, el príncipe Zaide Dio, del reino de Amtertod! - volvió a anunciar el centinela escolta, como era costumbre, cuando el príncipe dio los subsiguientes dos pasos protocolares fuera del carruaje.

Y Zaide Dio, al parecer sin saber muy bien a quién mirar, hizo una marcada reverencia.

El patio se quedó en silencio un momento, pues quien debía proceder, es decir, la princesa, aguardaba quieta y con los ojos muy abiertos. Rina, atenta y a su lado, le dio un pequeño pero no muy disimulado codazo en las costillas.

- ¡Vamos, Amelia...! - susurró por lo bajo.

Amelia, parpadeando varias veces y sacudiendo un poco la cabeza, finalmente reaccionó. Se acomodó, dudosa, el vestido, y avanzó a paso lento por el suelo de piedra pulida, entre la gente y el ruido de sus zapatos de tacón. El príncipe supo entonces quién era, y volvió hacia ella la mirada. Frente a frente, se miraron largamente, como dos estatuas bien vestidas.

- Yo... - susurró Amelia, para luego aclararse la garganta y alzar la voz a su tono normal.- Yo, Amelia Will Tesla Seyrun, te doy la bienvenida a mi reino, esperando que hayas tenido un buen viaje y que tu estadía aquí sea agradable a tus deseos - concluyó.

Aquella era una bienvenida estrictamente formal incluso para la casa real de Seyrun, pero de acuerdo a los libros y los pomposos consejeros, así se estilaba en Amtertod, lugar tan tradicional como lejano. El príncipe aguardó mudo un instante más, un mutismo entre nervioso y evaluativo, y luego, contra todo pronóstico, sonrió.

- Muchas gracias por la bienvenida, Amelia Will. Estoy encantado de conocerte - dijo, con una voz suave que se correspondía con su semblante; no así con su sangre real.

Rina volvió a arquear las cejas involuntariamente. No esperaba aquel rostro introvertido, ni aquella voz que parecía luchar por salir. Intrusa en aquel ambiente, decidió dar un paso al frente y acercarse a ambos, para examinar qué reacción tenía el príncipe ante ella y su obvio aspecto de hechicera, pero cuando estaba a punto de hacerlo, el príncipe volvió a hablar.

- Yo... - murmuró, como lo había hecho Amelia antes.- Yo he traído esto para ti, en espera de que este encuentro también sea de tu agrado...

Y, tras revolver un poco en el interior de sus ropajes, sacó de pronto un hermoso prendedor. Tenía la forma de una rosa grabada en plata, con pequeñas gotas de rocío representadas por diminutos cristales. Se lo tendió a la princesa con un gesto inseguro pero firme, haciendo otra media reverencia.

"¡Joder, esta es la prueba infinita de que he tenido una suerte terriblemente mala! ¿Por qué yo no puedo hallar príncipes así?" se encontró pensando Rina, olvidada por un momento de su misión ante el tentador brillo de la valiosa joya.

Amelia no decía nada. Se quedó mirando el prendedor como si se tratase de un objeto extrañísimo del otro lado de los mares, y luego lo tomó con absoluto cuidado, de modo que apenas hubo contacto entre las manos de ambos. Cuando respondió al fin, aún parecía incómoda, pero con cierta perplejidad similar a la de Rina.

- Hemos preparado todo para tu comodidad... - dijo, revolviéndose un tanto el cabello sin poder evitarlo.- Podrás acomodarte a tu gusto en una habitación del palacio, junto con lo que hayas traído de equipaje. Ya está lista para un descanso, pero cambiaremos lo que requieras.

- Ah... No es necesario que te molestes... - murmuró el príncipe, echando un vistazo de reojo hacia atrás.- Yo estoy bien en cualquier parte, Amelia Will. Y no he traído mucho...

Al tiempo que lo decía, uno de los centinelas de Amtertod se encontraba bajando del carruaje una única maleta, cerrada con correas de cuero, pero aparentemente liviana. Amelia observó también esto, mientras que Rina observaba los tacones de Amelia juntarse uno con el otro y cambiaba una mirada grave con Pokota, quien, a pocos pasos, respondía con otra igualmente grave.

- Bueno... - dijo Amelia.- Bueno... - repitió. Se le habían agotado las formalidades, y las ideas para proceder. Cambió a su vez una fugaz mirada con sus amigos, y luego forzó una sonrisa que lució más bien como un gesto embarazoso y apresurado.- Bueno, mi gente aquí te ayudará a acomodarte para que descanses esta tarde... Esta es Ermine Tain, la copista del palacio... Y aquella es Silphiel, una fiel amiga de la casa... Y... ¡Nos vemos!

Y de pronto, tras saludar con una improvisada reverencia que casi la hace caer de cabeza al suelo, como de costumbre, Amelia dio media vuelta y regresó a toda velocidad al interior del palacio, llevándose de un brazo a Rina y tirando de la cremallera del pecho de Pokota con el otro.

El príncipe se quedó de pie en el patio de piedra, inmóvil y con expresión de absoluta confusión. El silencio, antes tan marcado, se descompuso entonces, y mientras que los bisbiseos empezaban a correr, los miembros y trabajadores de la corte corrieron igual de rápido a cumplir con sus funciones y guiar a sus nuevos huéspedes.

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- Lo admito, no me esperaba esto - dijo Rina más tarde, pensativa.

Ella, Amelia y Pokota estaban una vez más reunidos en la biblioteca del palacio. El mediodía había quedado atrás, y sin embargo no habían probado bocado, lo que era un claro indicador de la gravedad de la reunión.

- Dímelo a mí, que tuve que hablarle - replicó Amelia, apenada, tirada más que apoyada sobre la mesa.- No supe cómo actuar. Yo esperaba que fuera un viejo, o un joven extraño y con cara de asesino... Ya sabes, como todos esos sujetos que quieren matarnos cuando viajo contigo.

- ¿¡Qué se supone que significa eso?! - protestó Rina violentamente, levantando a la fuerza la cabeza de la princesa y ahogándola en el pliegue de su brazo derecho.

- ¡Rina... ajjj... no respiro...!

- ¡¿Y qué me dices de ti, salir corriendo de esa forma?! ¡Por poco arruinas todo!

- ¡Ajjj... Agh...!

- Esto complica mucho más las cosas - opinó Pokota, interrumpiéndolas. Estaba muy serio, casi malhumorado, por lo que se había sentado sobre una altísima pila de libros y las miraba desde allí, lejos.

- Bah, ni tanto... - dijo Rina, soltando a Amelia, cuya cabeza volvió a caer sin gracia sobre la mesa.- El plan sigue siendo el mismo... Amelia actúa normal mientras nosotros tratamos de encontrar qué demonios es lo extraño en el hechizo del viejo Phil, y aunque no lo encontremos, bueno, Gaudi llegará con Zelgadis, y presentaremos batalla con lo que sea que tengamos.

- Tu plan siempre es volar a todos al diablo - le espetó Pokota con aire aburrido.- Pero esta vez no sabes si este tipo es malo o no... Recuerda que según la carta de la reina esa, el príncipe Zaide no sabe nada de todo esto.

- Sí, pero la reina esa podría estar mintiendo.

- ...o podría estar diciendo la verdad. Yo veo a ese tipo y veo a alguien que no tiene pasta de chantajista. Podría ser un buen actor, o alguien que en verdad no tiene pasta de chantajista, ¿entiendes? No puedes simplemente quemarlo vivo el día de la boda.

- ¡Eres un fastidio! Una bola de fuego pequeñita no lo dejará tan muerto...

- ¿Quieres iniciar una guerra con Amtertod, pechoplano? ¿Eh?

- ¿Cómo me llamast...? ¡¿QUIERES PROBAR UNA BOLA DE FUEGO "PEQUEÑITA"?!

- ¡Basta, no peleen! - Amelia llamó a la paz con un vivo gesto de las manos.- Creo que Pokota tiene razón... Francamente no sé qué pensar.

Pokota sonrió con cara de sabihondo. Rina se cruzó de brazos, molesta, y crispó los puños de forma cansina.

- Amelia, este es el tipo con el que tendrás que casarte si no fuera por mi plan, ¿recuerdas? - bufó.

- Claro que recuerdo, esa boda está en mis pesadillas, junto con otras tantas cosas que he visto contig... Pero bueno, la cosa es que quizás el príncipe no esté involucrado - dijo Amelia rápidamente.

- Pero una bola de fuego pequeñi...

- ¡No, Rina! No se puede... No es justo... - el rostro de la princesa recuperó color.- ¡Eso no es justicia!

- Y dale con la justicia... - Rina puso los ojos en blanco.

- ¡El verdadero justiciero se desenvuelve con justicia, incluso cuando la causa es injusta para él! - exclamó Amelia, poniéndose repentinamente de pie sobre la montaña de libros que yacían en la mesa.- ¡No apalearemos a los actores ni permitiremos daños colaterales, hasta no poder probar que tal acción sería un justo castigo a una naturaleza perversa!

- ¡Oh, cállate!

Rina pateó la mesa, y Amelia, tambaleándose, cayó hacia atrás, y habría dado contra el suelo de no ser por Pokota, que consiguió atraparla en el aire tomándola de las ropas con una de sus patas de felpa.

- ¡Está bien! - gritó Rina entonces.- ¡Está bien, no discutiré con ustedes! Es casi tan inútil como discutir con Gaudi. Les diré qué haremos: hay que averiguar más sobre este príncipe, observarlo más de cerca, ver si es realmente quien parece ser o sólo un buen actor...

- ¿Quieres decir espiar? - tradujo Pokota.

Rina, sonriendo por vez primera, alzó un pulgar en alto.

- ¡Exacto!

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Gaudi miró a Zelgadis, y Zelgadis miró a Gaudi. Habría sido imposible decir quién de los dos estaba más anonadado. Encontrarse allí, en aquella zona despoblada del camino, era una casualidad impensada para cualquiera de ellos, sobre todo teniendo en cuenta las condiciones en que se habían separado. Pero, por supuesto, dada su naturaleza seria y desgastada, Zelgadis fue el primero en recobrar la compostura.

- ¿Qué haces aquí, Gaudi? - volvió a preguntar.

Y por supuesto, dada su muy distinta naturaleza, mucho más simple y práctica, Gaudi olvidó su sorpresa para sonreír ampliamente.

- ¡Zel, que bueno que estés aquí! Estaba justamente buscándote, la verdad. Ahora ya no tendré que caminar tanto - dijo con toda alegría.

- ¿Buscándome?

- Claro... De hecho, Rina me envió a buscarte. Te necesitamos en Seyrun, ¿sabes? Podríamos estar metidos en otro de esos problemas gordos.

- Oh... - Zelgadis dudó.- ¿Rina hizo volar algo al diablo?

- No... Bueno, al menos no lo había hecho aún cuando me fui - Gaudi también dudó.- No me lo creerás, pero esta vez Rina no tiene nada que ver...

Entonces, una vocecita aguda los interrumpió.

- ¡Le traje algo de comer, señor...!

Gaudi y Zelgadis voltearon, y entonces vieron venir a la niña del cabello castaño, que le sonreía al espadachín mientras corría hacia el camino con sus cuentos y su soga en una mano, pero una bonita canasta en la otra.

- ¡Eh, muchas gracias pequeña...! - empezó Gaudi.

Pero entonces, a menos de dos pasos de distancia, la niña se detuvo repentinamente. Se había fijado en Zelgadis, y sobre todo en el rostro de Zelgadis. Su sonrisa desapareció, y su rostro pálido se volvió aún más pálido. Gaudi miró a uno y a otro y, aunque tardó unos instantes de pesado silencio, llegó a comprender lo que sucedía.

- Gracias, pequeña... - volvió a decir, inclinándose despacio.- Este es mi amigo Zelgadis, ¿sabes? El amigo que dije que iba a buscar... Al parecer venía hacia aquí, lo que es un alivio, ¿no crees?

Zelgadis, acostumbrado y a la vez jamás lo bastante acostumbrado al temor de la gente, miraba hacia otro lado. La niña no respondió, y en cambio empequeñeció un poco detrás de la canasta.

Gaudi, nervioso, quiso hacer otro intento.

- Sé que se ve bien raro, pero yo también, ¿no es cierto? En el fondo es un gran tipo... Anda, Zelgadis, saluda a la pequeña...

Huelga decir que Zelgadis no se movió. Gaudi lo golpeó ligeramente con la punta de su enorme pie, y entonces la quimera se volvió hacia la niña. No obstante, su expresión era fría, tan pétrea como su propia piel. La niña empequeñeció un poco más tras la canasta. Tembló unos momentos y, de pronto, cruzó en dos saltos la distancia que la separaba de Gaudi y le estampó la canasta contra el estómago, arrojando allí sin querer el resto de las cosas que traía. Luego, sin decir nada más, echó a correr de vuelta al bosquecillo de donde había salido, cayéndose un par de veces, pero levantándose y continuando a toda prisa.

Gaudi, que había llegado a atrapar la canasta entre los fuertes brazos, la miró desaparecer con cierta tristeza.

- Como que podrías haber hecho un mejor esfuerzo, Zel - comentó.- Por eso no puedo hacer amigos... Si no huyen de Rina, huyen de ti. Debería empezar a viajar con Amelia, aunque no sé si podría soportarlo.

Zelgadis, para nada entretenido con aquellos comentarios, sólo se encogió de hombros y comenzó a caminar nuevamente, sin contemplar siquiera la posibilidad de hacer un alto. Suspirando, Gaudi lo siguió. La sequedad de la quimera era también algo que su escasa memoria no olvidaba.

Caminaron a paso rápido, aunque era en realidad relajado a comparación del que el espadachín venía llevando. Los esperaba otro largo tramo despoblado, sin posadas ni postas, así que Gaudi se apresuró a sacar algo de comida de la canasta. La niña, diligente, había metido allí unos empanados de carne con vegetales y un par de manzanas. Gaudi mordisqueó felizmente un empanado, que tenía muy buen sabor, y ofreció otro a Zelgadis, aunque éste no lo aceptó.

- Cuéntame en qué lío se han metido ustedes dos ahora - pidió en cambio.

- ¿Ustedes dos?

- Rina y tú.

- Ah, claro... Pues mira, como traté de decirte antes, Rina y yo no tenemos nada que ver... O bueno, ahora sí, pero sólo porque quisimos ayudar, si me entiendes. El que está en problemas es el viejo Phil, y también Amelia.

- No comprendo... ¿No estaba Amelia a punto de casarse?

- Ese es justamente el problema: debemos evitar que se case. Pero es complicado. El príncipe Phil está bajo un hechizo, algo que hizo una reina bruja de un reino de por ahí... Y la boda está arreglada por esa misma reina bruja - relató Gaudi a su modo, un modo bastante confuso.- Probablemente no lo estoy entendiendo del todo, pero es un asunto bastante turbio... Por eso Rina me envió a buscarte lo más rápido posible, casi que me echó a patadas. He corrido como no tienes idea, en verdad es un alivio que tú... - Gaudi se interrumpió.- Por cierto, ¿qué hacías tú aquí? - indagó.

Zelgadis volvió a encogerse de hombros.

- ¿Acaso es relevante? - respondió, sin responder en realidad.

- Pues... Yo diría que sí... - Gaudi miró hacia el frente.- ¿Estabas yendo hacia Seyrun?

Hubo un instante de silencio, y luego Zelgadis asintió con la cabeza, llevándose las manos a la cintura como quien ha cargado un objeto especialmente pesado y sin embargo está listo para más (aunque su rostro siguiese siendo el de alguien que llevaba varios meses sin dormir y no pretendía mostrarse optimista por ello).

- Mi investigación no estaba avanzando, y pensé que no me perdería nada por asistir a la boda - dijo, carraspeando.- Después de todo, sí fui el guardaespaldas de Amelia durante mucho tiempo... Y tienen buenas bibliotecas en Seyrun.

Gaudi no insistió. Había cosas vanas en su vida, e insistir a cualquiera de sus compañeros era una.

- No querrás ver esta boda - sólo dijo, volviendo sin querer a un tono algo triste.

- Es muy extraño lo que me dices... - Zelgadis caviló.- Aunque, por otro lado, me resulta difícil creer que Amelia vaya a casarse contra su voluntad - dijo luego, volviendo la vista hacia la distancia con ojos adustos.- Siempre está hablando de la felicidad y el amor. Debe haber un arreglo de ambas partes, o no lo haría.

- Créeme que no. Está atemorizada, y dispuesta a hacer cualquier cosa, porque su padre y su reino están en peligro. No entiendo muy bien eso de los hechizos, pero al parecer este es grave - Gaudi hizo memoria.- Nunca había visto a Amelia tan triste... A decir verdad, ni siquiera sabía que ella podía estar así de triste. Como tú dices, siempre está hablando de la felicidad y el amor y la justicia, y todo eso... Es insoportable. Pero ahora, no sé... Como que prefiero a la Amelia insoportable antes que a la Amelia que vi en Seyrun.

Zelgadis no dijo nada. Gaudi metió la mano en la canasta en busca de otro empanado, pero se tomó un instante para encontrar una palabra que buscaba desde hacía un rato.

- Está sufriendo... - dijo, con todo el énfasis que, en su simpleza, podía darle.

Volvió a hacerse un silencio, hosco y vacío. Zelgadis bajó la vista al suelo, ocultando los ojos.

- Vaya... Pobre niña - dijo Gaudi entonces, sacando la mano de la canasta.

Sujetaba, además del empanado, uno de los pequeños libros de cuentos.

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Hasta aquí hoy!

Saludos :)