Silent Scream 2 : Diez años.

Diez años han pasado, diez años en los que no solo el tiempo ha cambiado de sitio.

Tetsu-chan ya es un hombrecito de doce años, y Kuroko vive en familia con Makoto y sus dos hijos.

Aunque no hay día que no se pregunte si tomó la decisión correcta al volver a los brazos de su esposo.

Kagami sin embargo lleva diez años, sin pensar en él, sin querer saber, odiando a todos y a todo, castigándose por algo que el tiempo y la desidia, ha borrado de su mente hasta dejarlo en una simple y lejana amalgama borrosa de recuerdos.

Aunque aún puede asegurar algo; En algún lugar en mitad de todo ese resentimiento, queda la idea de que una vez, no sabe cuando, llegó a amar a alguien con todo su ser; y eso le hace odiarse mas.

Sabe que si vuelve a verle, su fachada de piedra se vendrá abajo...

Y entonces, el destino lanza la bola... hagan sus apuestas...

00000000000000000000000000000000000000000000000000000000000000

Silent Scream 2 : Diez años.

Capítulo siete: Quiero saber...

00000000000000000000000000000000000000000000000000000000000000

Sigue enfadado con Makoto, aunque ahora mismo sus ganas de darle una patada no importen mucho. Sobre la camilla y con las piernas abiertas no puede pensar mas allá de su vergüenza ante la postura.

Midorima no parece afectado, de hecho es tan común que ni lo tiene en cuenta. Su exploración es exhaustiva, toma todas las muestras que se le ocurren, incluso muchas que no son necesarias para resolver el misterio que tiene a Kuroko en esa postura.

Kuroko mantiene la mirada fuera de la consulta, en la calle. Hay una pequeña ranura entre las cortinas que le permite ver el edificio de en frente, y aunque siente con cada fibra de su cuerpo los dedos enguantados del médico explorándole, no parece tener la mente en esa misma consulta.

Solo cuando el característico sonido de los guantes al ser retirados le llega, es consciente de la realidad en toda su magnitud.

Midorima le palmea el muslo para indicarle que ha terminado, y anota con precisión cada uno de los números asignados a cada muestra y datos importantes para los análisis.

Rueda con la silla hasta ponerse a la altura de su cabeza y se inclina para hablar con él íntimamente.

– Espero que entiendas que tengo que preguntártelo. – Su voz suena demasiado seria incluso en un susurro. – Todo lo que he visto indica que... bueno, parecen marcas de una agresión... ¿Te ha forzado?

Kuroko niega, solo con la cabeza, sin emitir sonido alguno.

– Sabes que me lo puedes contar sin problema alguno, ¿cierto? – Mantiene sus verdes ojos en el hombre sobre su camilla, intentando mantenerse lo mas calmado posible. Aunque cuando se trata de un conocido, la pose médica parece romperse por algún lado.

– Lo sé, tranquilo. – Le mantiene la mirada, reafirmando sus palabras. – De verdad, no es lo que parece.

– Tienes un pequeño desgarro, laceraciones y marcas de agarre en los muslos, caderas... desde mi punto de vista es justo lo que parece. – Kuroko suspira y Midorima relaja el tono. – Solo quiero que sepas que estoy aquí para lo que necesites, tenlo presente.

Mientras Kuroko vuelve a vestirse, sale de la parte separada con biombo de la consulta para charlar con Makoto.

Sentado frente a la mesa no deja de mirar al lugar exacto en el que está su esposo.

Casi como si hubieran pulsado un resorte, se pone en pie en cuanto ve al médico aparecer.

– ¿Cómo está?, ¿Qué has visto? – Hace el gesto para quitarle la carpeta y leerlo por él mismo, pero Midorima es mas rápido y aparta los papeles de su alcance; le indica que tome asiento mientras él hace lo propio.

– A simple vista todo parece estar bien. – Garabatea unos últimos datos, fecha y hora, prioridad de laboratorio, señal de urgente en la parte superior de la hoja. – Hasta que no lleguen los resultados de las muestras que he tomado no puedo decirte nada mas concreto... eso si...

– ¿Eso si, que? – No le gusta el corte que ha hecho en mitad de la frase. – ¿Le ocurre algo?

– Nada grave. – Durante unos segundos se queda mirándole en absoluto silencio. Casi parece que está decidiendo las palabras que va a utilizar. – No es asunto mío, y por supuesto no te voy a decir nada al respecto, pero precisamente por que nos conocemos te pediría que la próxima vez tengas un poco mas de consideración.

– ¿Perdón? – No entiende muy bien a que viene esa puntualización ni mucho menos el tonito acusador con el que lo ha dicho. Y por encima de todo lo que menos le gusta es la mirada con la que le atraviesa.

– Tiene unas marcas en el cuerpo, claramente de agarre... y por supuesto asociadas a las prácticas íntimas... – Espera una respuesta que no llega. Le extraña que Makoto parezca tan sorprendido con el dato como él mismo. – Kuroko tiene una piel especialmente clara y sensible, cualquier presión o agarre con un poco mas de fuerza de la necesaria deja unas marcas reconocibles... Entiendo que os emocionéis con el tema, pero sé un poco mas cuidadoso la próxima vez. Si lo reconoce cualquier otro médico que no sea yo, podría pensar que le han asaltado o que le agredes...

– Makoto nunca me haría daño. – Kuroko aparece, extrañamente rojo como un tomate, seguro que de oír la conversación entre ellos; aunque es el único que sabe seguro que no ha sido su marido quien ha hecho esos rojeces en su cuerpo.

– No recuerdo haber sido especialmente efusivo anoche. – Ahora mira a su esposo con cierto apuro. – Si es así, lo siento. Te juro que no ha sido a propósito.

– No me has hecho daño, tranquilo. – A su lado, toma su mano con cariño. – Es lo que dice el doctor, mi piel es demasiado pálida y sensible, nada mas; será por la edad.

– Si es así, creo que hemos terminado. – Extiende la nota en dirección a Kuroko aunque es Makoto quien la toma entre sus dedos y la lee. – Os doy una nueva cita para dentro de dos semanas. Los resultados de la analítica estarán disponibles y a partir de ahí vemos que ocurre.

– Gracias Doctor. – Hanamiya se levanta y le tiende la mano. Midorima duda unos segundos antes de devolverle el apretón, y se queda mirando la puerta una vez que la pareja ha salido.

Toma su teléfono.

– Hola cielo. – Gira la silla para mirar por la ventana.

– Hola, mi amor. – Takao sonríe al escucharle. – ¿Ya has terminado el turno? Creí que hoy te quedarías hasta mas tarde.

– Aún no, pero me moría por escuchar tu voz. – No le cuenta nada de que ver esas pruebas en Kuroko le ha traído a la memoria la primera vez que Takao entró a su consulta... con unas marcas parecidas. – ¿Interrumpo algo importante?

– Tu nunca, ya lo sabes. – Ciertamente han parado la grabación del videoclip de su último tema para que contestase el teléfono, pero todo el grupo es consciente de que su cantante tiene una familia y que se debe a ella en cuerpo y alma. – ¿Ocurre algo?

Takao sabe que solo le llama cuando pasa algo importante que debe saber de inmediato.

– Nada, solo quería escuchar tu voz. – Con los ojos cerrados paladea cada respiración que le llega desde el otro lado del teléfono.

– ¿Musa está bien?, ¿Tú... seguro que no ocurre nada? – El tono calmado, casi meloso se transforma sutilmente en uno preocupado.

– Lo siento, no quería preocuparte. – Midorima se endereza en la silla, consciente de que, es posible, que haya cometido un error garrafal al llamarle. – Todo está bien, nuestra hija está perfecta y yo solo estoy... muy solo. Te extraño.

– Mi dulce doctor. – Sonríe. – Aún nos queda trabajo, pero te prometo que esta noche nos vemos, una vídeo llamada estaría bien. ¿Me concedes el capricho de verte?

– Ese es un deseo muy sencillo. –Toda la tensión del momento diluida simplemente hablando unos segundos. - Muero por que ya sea de noche...

– No me digas eso... o me meteré en el primer avión que me lleve hasta ti y mandaré a la porra el disco nuevo. –hace una pausa, apenas un par de segundos que le llenan por completo. –Te quiero. Sé bueno hasta que vuelva.

– Yo también. – Sonríe, sin mas. –Te veo esta noche. Hasta entonces.

Solo cuando cuelga la llamada es consciente de que está sonriendo, a boca llena.

Midorima parece volver al mundo en ese momento. Repasa el historial nuevo que ha abierto para Tetsuya y prácticamente memoriza cada sílaba ahí escrita.

El deber puede mas que la amistad y termina haciendo lo correcto por mucho que le duela.

– Comisaría de policía, ¿En que puedo ayudarle?. – Una voz femenina, nasal, atiende la llamada al otro lado.

– Necesito hablar con Aomine, por favor. –Recostado en la silla golpea la hoja con la punta del bolígrafo.

La espera se le hace eterna. Escucha de fondo el trasiego propio de una comisaría, los ordenadores a plena potencia, las conversaciones solapadas unas con otras, el sonido incesante de el resto de teléfonos sonando y siendo atendidos; incluso el hilo musical, lejano, le llega claramente con una canción conocida.

– Dime. – Escueto y directo, el policía no parece tener tiempo para perderlo, por lo que agradece que le atienda tan rápido.

– Sabes que estoy obligado a informar a las autoridades en caso de agresión o de cualquier indicio de la misma. – Hace una pausa a la espera de alguna pregunta, pero el silencio al otro lado le indica que el agente espera que siga y le brinde mas datos al respecto. – Me gustaría que vinieras, no quiero tener esta conversación contigo por teléfono.

– Entiendo. –Revisa su cuadrante de patrulla para esa mañana, y aunque no es la zona que le toca, hace una anotación al margen para acercarse aunque sea en su hora de descanso. – Me pasaré a medio día y me cuentas que ocurre.

– De acuerdo, hasta entonces.

El médico mira el teléfono mucho rato después de haber colgado. Sabe que Aomine acudirá, y que por supuesto escuchará sus sospechas, aunque ahora mismo, repasando un poco mas la visita, siente que hay algo que no cuadra del todo.

…...

Mira por la ventana.

La guardería rebosa energía por todas partes, y su clase se divierte en el patio con el resto de niños, despreocupados de un modo lógico y únicamente centrados en ese corto espacio de diversión.

La despedida de Makoto se le ha hecho pesada, incluso dolorosa. Su esposo ha bajado del coche nada mas aparcar en la puerta, y apenas si le ha dedicado un pequeño beso en la sien antes de subir al otro vehículo que ha ido a buscarle para trasladarle al aeropuerto y poner rumbo al otro lado del mundo.

Debería estar un poco preocupado por eso, o por el modo en el que Midorima le miraba, sospechando cosas que no son de su marido, pero su mente está muy lejos de acercase a esos pensamientos.

Suspira.

Aún puede sentirlo, de echo tiene la sensación de que su cuerpo al completo le ha recordado como si no hubiera pasado ni un solo día desde la última vez que estuvo en la cama con Kagami.

Tan distintos, tan opuestos.

Posa los dedos en el cristal, rememora cada segundo en aquel invernadero con facilidad pasmosa. Es cruel, y despiadado, no debería siquiera guardar el recuerdo, pero no sabe que hacer.

Es como si estuviera perdido en un laberinto en el que puede ver la salida frente a él, pero su instinto le gritara a girarse y recorrer el camino mas largo, pasando por todos y cada y uno de esos enrevesados y confusos pasillos.

La idea de contárselo a Makoto acude fugaz, pero del mismo modo es desechada de inmediato. Quizá es la excusa perfecta para finalizar su matrimonio, lo que lleva años buscando y no logrado encontrar.

Pero lo ama, de un modo diferente, pero es amor con todas sus letras.

Lo único que tiene claro es que no es feliz, tal y como está su vida en ese momento, no es lo que esperaba. Pero del mismo modo siente que tampoco tiene lógica su comportamiento ante Kagami.

Sabía que estaba esperando un hijo cuando se marchó. Podía haberle llamado, aunque fuera una maldita vez, o una carta, una nota, un recado con otra persona, algo; cualquier cosa. Pero en estos diez años no había sabido nada de él, nada.

Claro que él tampoco había hecho nada por encontrarle, ni siquiera cuando nació el pequeño.

Otro suspiro.

Sea como fuera, tenía que acabar con esto de inmediato. No podía permirtirse una nueva recaída en sus brazos. Él era un hombre felizmente casado, amaba a sus pequeños y Kagami era parte de su pasado, y ahí debía quedarse.

Hablaría con él una última vez, para dejar las cosas claras de una vez por todas y le sacaría de su vida para siempre.

Sí, eso era lo que iba a hacer.

El timbre que anuncia el final del recreo para los niños le devuelve de nuevo a la realidad. Tiene que terminar su jornada y después empezaría a buscar un modo de ponerse en contacto con Kagami; y terminar su historia de un modo u otro.

…...

Akashi hace una última visita al cuarto de su hijo, antes de ocuparse de la mas pequeña y sus necesidades.

Esa niña tenía la costumbre, mala costumbre de su padre de no dormirse hasta que no le había exprimido toda su energía por completo.

Muraki sonríe a su madre. Sentado en la mitad de su cama es completamente feliz con sus amigos ahí. El pijama de peluche le queda holgado, y de un modo cómico, el violeta de sus tonos hace juego con su cabello, ahora anudado en la nuca en una pequeña coleta.

Los otros dos chicos colocan sus sacos de acampada directamente en el suelo.

Están tanto o mas entusiasmados con la idea de hacer una pequeña acampada en el cuarto de su amigo, aunque Akashi no sepa nada de su misión secreta, que es lo que les tiene tan contentos y risueños.

El timbre de la puerta suena, insistente, y los tres chicos salen a la carrera casi al mismo tiempo.

Akashi les mantiene a un metro de la puerta para abrirla, como si se tratara de una pequeña jauría de perros y él su amo despótico.

– Hola Musa. – Acaricia el pelo negro de la chica y se inclina para recibir un beso en la mejilla como saludo, aunque la niña parece mas interesada en sus amigos que en el pelirrojo en ropa de estar por casa que le abre la puerta.

Sobre su hombro un saco de dormir, y una inmensa sonrisa.

Midorima le pasa la mochila de la chica directamente al abogado, sabe que en ese punto, con todos los niños gritando y riendo contentos, los dos padres son completamente invisibles.

– ¿Estás seguro? – El médico pregunta, solo por si acaso. Sabe que Akashi tiene trabajo de sobra con la pequeña como para tener que ocuparse también de una marabunta de pequeños histéricos, tal y como se comportan en ese momento ante sus padres.

– Si, tranquilo. – Abre un poco mas invitándole a pasar, pero el médico niega con la cabeza haciéndole entender que se va de inmediato. – Si alguno se pasa de listo conozco alguien que sabe como deshacerse de un par de cadáveres.

– Me alegra mucho oír eso. – Sonríen entre ellos al darse cuenta de que los niños les están mirando de lo mas atentos, y que obviamente han escuchado lo que Akashi acaba de decir. –Si ocurre cualquier cosa, me llamas. – Mira a la niña, la llama con el dedo. – Pórtate bien o Kazunari se enfadará.

– Claro. – De puntillas a su lado le da un beso pequeño en la barbilla. – Hasta mañana, papá.

Si espera algo mas efusivo va listo. Tras decir eso los cuatro se desvanecen de su vista y van a la habitación de Muraki a la carrera.

– Que te sea leve. – Agita la mano en una despedida divertida.

Akashi suelta el aire de golpe, y cierra la puerta despacio.

Sabe que los chicos no le darán problema alguno, son lo bastante mayores como para apañárselas por su cuenta.

Su batalla comienza con ese par de ojos azules que le miran divertido desde el parque, donde los peluches salen disparados en su dirección para acabar esparcidos por todo el salón.

– Desde que papá te ha enseñado a tirar cosas estás muy belicosa.. – La niña le sonríe, mostrando los dos dientecitos de abajo, salta un par de veces sin levantar los pies del suelo y vuelve a tomar otro peluche entre sus manitas, para demostrarle a su mamá lo lejos y alto que puede tirarlo. Le mira justo después de hacerlo, como si esperase algo.

Akashi aplaude, y la pequeña pega un gritito muy contenta.

…..

Las risas de su hermana le llegan claramente incluso con la puerta cerrada, pero ellos tienen que organizarse para su misión súper secreta.

–Hasta las diez o por ahí no llega mi padre. –Muraki se sienta de nuevo en la mitad de su cama, mientras la única chica del grupo coloca su propio saco a los pies de los otros dos. Están acostumbrados a que llame padre a Aomine aunque no lo sea, es hasta divertido escucharle. – Lo que podemos hacer es que uno se quede despierto y llame a los demás cuando mi madre se duerma.

– Yo me quedo despierta, he dormido un rato esta tarde y no estoy para nada cansada. – Musa es la que se ofrece en primer lugar y los chicos están todos conformes con esa propuesta.

– Yo no tengo nada de sueño. – Tai-kun no puede pensar en dormir ni un poco, menos con lo cerca que está de saber mas cosas de su padre.

– Vale, pues nosotros dormimos y vosotros hacéis la primera guardia. – Tetsu-kun no tiene intención alguna de discutir nada con nadie. Bosteza hasta el límite de su boca. Está cansado y aunque siente la misma curiosidad que su hermano, el sueño puede mas y se acurruca dentro de su saco con la noble intención de dormir un rato.

Muraki hace lo mismo que su amigo, se hace una bolita bajo las sábanas y se dispone a imitarle.

Musa por su parte rebusca en su mochila hasta dar con un pequeño portátil, que enciende al momento. Va a dedicar el tiempo en ver vídeos graciosos o cualquier cosa que la distraiga del sueño. Tironea del tobillo de Tai y le "obliga " a sentarse a su lado.

La pequeñita comienza una batalla campal en la bañera. Palmea y patalea con todas sus ganas. El agua no solo salpica a Akashi, que se afana en mantenerla sentada de todas las formas posibles, si no que todo el baño sufre de su ira desbordada.

Aunque le encantaría sacarla de ahí y meterla en la cuna, adora escuchar sus risas. Un poco de agua en la ropa no parece tan grave, por lo que aguanta un poco mas de "tortura" hasta que la nenita pelirroja empieza a aburrirse; y su tripa ruge de hambre.

El baño siempre le abre el apetito, y cruza los dedos mentalmente para que se duerma una vez vestida con el pijama limpio y la tripa llena; y si puede ser antes de que Aomine vuelva a casa y puedan estar juntos y tranquilos un poco de tiempo... unos minutos, aunque sea, le parece estupendo en ese momento del día.

La acomoda entre cojines en el sofá del salón. En su mano el tibio biberón con leche y cereales. Los chicos dormidos, o al menos en silencio desde hace un buen rato. Las noticias en la tele le llegan casi lejanas, volumen bajito, mas para hacer ruido que para atender con propiedad.

Alarga las dos manitas al biberón, reclama su alimento casi con el mismo ceño fruncido que siempre adorna la cara de su padre.

Akashi bosteza, centra su atención en su hija. Durante los siguientes segundos su vista está fija en la línea del alimento bajando por la botellita del biberón. Atento a los sonidos de succión, al modo en el que el ritmo baja de intensidad para indicarle que el hambre se ha ido, y por fin, aparece el tan esperado cansancio.

Levanta su cuerpecito con las manos en las axilas y la coloca sobre uno de sus hombros. Palmea su espalda, rítmicamente, casi como una canción que solo él escucha, y dibuja una sonrisa cuando escucha el eructo, alto y claro.

No sabe que le hace mas feliz, si la cara de satisfacción de la niña, o el bostezo seguido de una preciosa y adorable caída de párpados que indica, por fin, que va a dormirse.

….

Se ha retrasado. Aomine baja del coche con prisa, demasiada prisa. Un golpe seco cierra la puerta del coche y una docena de zancadas le ponen en la puerta de su hogar.

Silencio.

Medio giro de llave y abre la puerta.

Mas silencio.

Como si fuera un insecto nocturno va siguiendo la luz hasta el salón.

Casi suelta una carcajada ante la escena ante él.

Akashi duerme boca abajo en el sofá. Su mano derecha en el suelo, el conejo de peluche de la niña en la otra, aferrado con fuerza. La tele encendida, volumen bajo.

La camiseta levantada lo suficiente como para dejar al aire los riñones, le falta uno de los calcetines, seguramente perdido durante el proceso de búsqueda de la mejor postura en el espacio reducido del sofá.

Antes de hacer nada se asoma al cuarto, donde comprueba con una sonrisa mas plena que su hija duerme profundamente en su cunita, ajena a todo ruido o situación de fuera.

En el cuarto de Muraki tampoco parece haber nadie despierto, aunque no abre para comprobarlo.

Tarda un rato en decidir que hacer con su esposo. Por un momento las pérfida idea de dejarle ahí pasa por su mente, aunque el hecho de que no haga ni un solo ruido en su sueño le indica que está realmente cansado, como para dormir de ese modo.

– Sei... despierta. –Murmura prácticamente dentro de su oreja; no hay respuesta. – Venga, a la cama.

Nada.

–Está bien, tu ganas. –Derrotado en su propia batalla apenas necesita sacudirle un poco para que se medio despierte, aunque lo único que logra es que enrede los brazos en su cuello y le arrastre con él a tumbarse en el sofá. –A la cama he dicho.

Aprovecha la presa para levantarse con él en brazos. Akashi no pesa y la cama no está muy lejos. Suerte que la puerta está abierta, y la pequeña dormida.

Se acomoda casi al momento en su lado del colchón, ignorando al policía en pos del merecido y reparador sueño.

Daiki le arropa y sale de puntillas. Se asegura de cerrar bien la puerta y volver al salón.

Casi paladea esa intimidad como un regalo para él solo. Una cenita ligera, ropa cómoda, silencio, paz, tiempo para él...

Posa los pies en la mesa baja y cruza los tobillos. Da un largo trago a la fría cerveza y echa la cabeza hacia atrás, ojos cerrados.

Su instinto de poli se activa en el momento mas pacífico de la noche. Mira el reloj por el rabillo del ojo, son casi las dos de la mañana, no debería haber nadie despierto a esa hora.

Abre los ojos lentamente y devuelve su cabeza a una postura mas normal. Lo primero que ve es una camiseta de un grupo de metal anudada en la cadera derecha, dos o tres tallas mas grandes. Lo que parece ser una manga corta llega hasta el codo de la niña. Un par de ojos azules y una risita traviesa puestas en él.

– ¿Qué haces levantada, Musa? – Deja la cerveza en el suelo, junto a la pata de la mesa, lejos de la mirada de la niña.

– Queremos respuestas, madero. – Le apunta con el dedo, mosqueada de verdad. – Y si nos mientes lo sabremos.

El uso del plural le hace levantar la ceja izquierda y prestar un poco mas de atención.

Muraki se restriega los ojos claramente aún dormido, su almohada bajo el sobaco.

Tetsu-kun con los pelos de punta por la nuca, también medio dormido.

El pelirrojo sin embargo parece de lo mas espabilado, igual que la nena de Takao.

– ¿Puedo saber a que viene el interrogatorio? – Les sigue el juego aunque claramente podía mandarlos a la cama sin rechistar y no sentirse culpable por ello. – ¿Voy a necesitar un abogado?

La mención a esa profesión hace que el par que estaba medio dormido despierte de golpe.

–Queremos... – Tai-kun empieza a hablar, no muy seguro de que es lo que quiere decir en realidad.

– Queremos ver a su padre. – Muraki habla en susurros, señalando al pelirrojo. – Quiere saber que ha pasado y todas esas cosas de mayores tan rollo.

– No creo que sea asunto vuestro. – Aparta la mesa con el pie, dejando sitio entre él y el sofá para que los niños se sienten ahí.

– Está bien, polizonte. Vas a decirnos lo que queremos saber o estarás en un lío. – La niña le agarra la camisa, incluso se inclina sobre él para hacer mas presión. –Si no colaboras vas a pasarlo mal... – Hace una voz terrorífica y susurrante.

Una cosa es que quiera ser la mala, y otra muy distinta que quiera despertar a Akashi; con un solo villano en el salón es mas que suficiente.

– Está bien, está bien, me rindo. – Manos arriba, palmas a la vista. – ¿Qué queréis saber exactamente?

– Aquí las preguntas las hacemos nosotros. – Aomine hace un esfuerzo sobre humano para no estallar en carcajadas. –¿De que conoces a su padre?, ¿Desde cuando hacéis tratos?

Musa le apunta con el dedo, mas acusando que preguntando, está claro que no van a dejarle en paz hasta que responda.

– Desde el instituto.

Sus palabras calmadas hacen a los niños abrir la boca por la sorpresa. La verdad es que esperaban una regañina seguida de la clara obligación de volver a sus camas de inmediato y sin rechistar, y sin embargo, el policía parecía mas que dispuesto a colaborar con ellos.

– ¿De su misma clase? –Tetsu-kun se decidió por preguntar, aunque la chica volvió a tomar las riendas de la conversación, sentada en los muslos de Muraki, que no tenía problema alguno con servirle de silla.

– Eso luego, ahora nos interesa el padre de éste. – Señala al pelirrojo que simplemente se limita a estar ahí, atento a cualquier mueca que haga el adulto.

– Jugamos al basket, en equipos distintos. – Acaricia de un modo muy tierno a Tetsu-kun, respondiendo a su pregunta primero. – Nos encontramos en la cancha unas cuantas veces y nos hicimos mas o menos amigos.

– Mamá y papá ...Ellos... ¿se dejaron o algo así para que yo naciera? – Para Tai-kun Makoto era su padre, no podía pensar en ese señor como algo mas, ni siquiera entendía que sus padres se pelearan o algo parecido …

– Creo que cuando Kagami y Kuroko se conocieron, tu padre no estaba … "vivo". – Se sorprendió de que los hermanos no cambiaran la cara ni preguntaran nada al respecto.

– Sabemos lo del abuelo, y que el tío Shoi intentó hacerle algo muy malo a mamá y por eso está en la cárcel. –Tetsu-kun soltó la frase de una vez, casi sin respirar.

– En aquella época Kagami y yo compartíamos casa. – Miró a los chicos, atentos a sus palabras. –Kuroko no salía con nadie, de hecho tanto tú como tu padre no existíais. No es que se dejaran por que discutieran o algo así, es que no … Kuroko estaba solo, y Kagami tampoco salía con nadie en serio.

– Y, ¿qué pasó?. – Muraki se interesó en el tema llegado ese punto.

– Pues...

– El abuelo murió... y papá se enteró de donde estaba mamá, creo.

– Eso mismo. – Aomine intentaba ser sincero sin ser demasiado bestia. Seguían siendo niños después de todo.

– Quiero verle, llévame con él. – Tai-kun reafirma su idea inicial.

–¡Nosotros también! – Musa se pone en pie de un salto, levanta las dos manos y se tapa la boca con ellas de inmediato. Todos los presentes contienen el aliento mirando la puerta del cuarto, cruzando mentalmente los dedos para que Akashi no la haya escuchado.

– Bien, os propongo una cosa. – Baja la voz, casi tienen que pegarse a él para escucharle bien. –Volvéis a la cama, sin quejas, ni caras... y mañana os llevo a su casa. – Sus ojitos brillan de pura felicidad. – Pero como ya le dije a él, es muy posible que a Kagami no le gusten las visitas.

– Eso ya lo decidiremos nosotros. – Musa le acaricia el pelo, mandona. – Lo has hecho muy bien, poli. Por esta vez te has librado... ahora te dejamos, estamos rendidos y tenemos mogollón de sueño.

Tai-kun espera a que el resto vuelva a cuarto para quedarse a solas con Aomine.

– ¿Se enfadará? –Él ya le ha visto y aunque Kagami es realmente enorme a sus ojos, no le pareció para nada amenazador. Por alguna razón lo último que quería era que ese señor se enfadara con él, su hermano o sus amigos.

– No lo sé, seguramente si. – Una mano en su hombro, dándole calma. – Pero no dejaré que se pase de listo, ¿de acuerdo? –Asiente, seguro. – Ahora a dormir.

– Gracias. – Se despide con la mano y entra en el cuarto para dormir.

Aomine vuelve a su posición relajada en el sofá. Rescata su cerveza y la termina de un trago.

Va a ser estupendo ver la cara de Kagami cuando llegue a su casa con la panda de enanos como refuerzo. Si, va a merecer la pena incluso que Sei le eche una bronca de las que hacen historia.

…...

El maldito timbre insistente se clava en su cerebro desde el otro lado de la casa.

Supone que si lo ignora el suficiente tiempo, quien quiera que sea se irá a la mierda y dejará de joder con el puñetero botoncito.

Pero no.

Sigue y sigue sonando.

Bien, suficiente.

Lanza las sábanas al suelo y sale dando un portazo de su habitación.

Abre la puerta, mira todas las caras sin expresión alguna y del mismo modo, cierra de un solo movimiento.

– ¿Sabes que puedo tirar la puerta abajo sin consecuencias? Soy poli, siempre puedo decir que me pareció que estabas en peligro o algo así.

Kagami gira sobre los talones y abre de nuevo, aunque no se mueve para hacer hueco y dejarle pasar.

Frunce el ceño cuando ve que no está solo.

Mira al chico mas alto, pelo violeta, mirada tristona, una camiseta en tonos rosas lo suficientemente grande como para llegar a la mitad de su muslo, pantalón holgado.

A ese no le conoce, y a la chica tampoco. Una coleta alta, camiseta negra rota sobre otra roja que asoma en cada corte, unos vaqueros negros y un montón de pulseras de cuero fino en su muñeca. Una mirada azul limpia y curiosa.

A los otros dos niños si que los conoce.

– Has crecido un montón. – Se parece tanto a Tetsuya que no necesita nada mas para saber quien es. – La última vez que te vi eras un mico enano.

– Hola. – Desvía su mirada directamente a su hermano, que está mucho mas que encantado con estar a su lado. Musa le inspecciona como si fuera algo realmente increíble de ver.

– Eres enorme. – La chica le rodea, le empuja para mirarle por detrás y vuelve de nuevo al frente. – Te pareces un montón a mi amigo... pero jo, eres como un gigante musculoso... ¿Qué comes? Seguro que comes como lo cuatro o cinco personas sin pestañear...

– Y tú, ¿Quién eres? – Sus ojos se clavan en la chica muy serios. Aomine solo tiene que levantar un dedo para dejarle claro que no debe pasarse con los niños.

– ¡Ah! perdón, lo siento... – Toma su enorme mano en la suya, la aprieta y zarandea arriba y abajo con energía. – Soy Musa Midorima, mucho gusto.

– ¿Midorima? – Repite, mirando al policía...

– Bueno, eso da igual. – Le empuja intentando crear de nuevo un hueco por el que colarse, pero esta vez Kagami ni se inmuta. – Hemos venido a hablar...

– ¿Y si no quiero? – Kagami se inclina para estar mas cerca de la chica. Aunque los otros tres se asustan un poco, ver que Aomine está tranquilo de algún modo les tranquiliza a ellos también.

– Te lo sacaré por las malas, musculitos. – Pincha su nariz con el dedo de punta, y luego un par de veces mas en el pecho. – Pregúntale al poli...

– uhhh, que miedo. – Se aparta, abre la puerta del todo y les hace una señal con la cabeza para que pasen.

Todo está limpio y ordenado, huele bien y entra mucha luz.

Tai-kun y su hermano van casi de la mano hasta el sofá, se sientan y le miran directamente, esperando sus respuestas.

Muraki se limita a seguir a sus amigos, aunque se queda de pie junto al reposabrazos. Musa pasa por su lado, señalando sus ojos y los de Kagami con los dedos en uve, una clara advertencia de que tiene sus ojos puestos en él.

– ¿No vas a invitarnos a nada?. – La chica exige, tirana.

– No. – Mirada seria. – A ver que queréis y largo de una vez.

– Eres tonto. – Sacude la mano en el aire. – Pero …

– ¿Por qué no me dijiste nada? – Tai-kun empieza, serio. – ¿Mamá no quiere que me veas?

– Ya tienes un padre, no me necesitas. – La respuesta, aunque sincera es inesperada.

– Pero tu eres su padre. Podías llamarle o algo. – Musa se mete aunque nadie le haya pedido su opinión. – ¿No has podido?

– No he querido. – La respuesta surge automática, tanto, que el policía reconoce una conducta en él de auto-convencimiento. Era como si al repetirlo muchas veces se hiciera realidad. Que interesante.

– ¿Mi padre te ha dicho algo? –Tetsu-kun no es tonto, sabe leer entre líneas muy bien.

– Tu padre no sabe una mierda de nada. – Aomine le hace una advertencia, cuidado con el vocabulario, que hay niños presentes. – Esto no tiene que ver nada con tu familia. Trabajo mucho y viajo todo el año. No tengo tiempo para críos y esas tonterías.

– Eres tan idiota como una montaña. – Por alguna razón la niña parece mucho mas molesta que el interesado.

– ¿Tú estás bien?, ¿Eres feliz? –Kagami ignora a la niña y se centra en el chaval tan idéntico a él. Tai-kun asiente, una pequeñísima sonrisa en la comisura de sus labios. – Pues entonces no puede importarte lo que yo haga o deje de hacer. – Mira a la chica, que sigue de morros. – Ni a ti tampoco, mocosa del demonio.

– ¿Odias a mamá? –Tetsu-kun alza la voz. De verdad quiere saber eso, no por nada malo, simplemente curiosidad infantil.

Kagami suspira. Hace una pausa que parece eterna, todos los ojos puestos en él, en su camiseta negra sin mangas.

– Tetsuya eligió, y eso no es asunto mío.

Gracias a alguna divinidad lejana su móvil suena. Sea quien sea la persona que le llama, en ese preciso instante, lo ama profundamente y con todo su ser.

Tetsu-kun sigue con la mirada al bombero mientras contesta el teléfono caminando por el salón, de un lado a otro frente a él.

No está conforme con la respuesta, pero parece que no van a sacarle mucho mas.

Se echa hacia atrás, mas que sentado y mete las manos en el espacio que separa los cojines del asiento. Toca algo, frunce el ceño.

Aomine trata que convencer a la niña, que clama por la cabeza de ese gigante mazas clavada en un palo; es divertido pero de verdad, no puede dejar que la cría le diga esas cosas a Kagami. Muraki se entretiene siguiendo las conversaciones de unos y otros con cierta atención. La verdad es que ese señor enorme le ha impresionado mucho. Quizá por ser mucho mas serio de lo que se esperaba, conociendo a su amigo siempre contento y sonriente. Y que se parezcan tanto, es hasta extraño. Siente que es como una versión de su amigo mucho mas mayor y serio. Y es cierto, da un poco de miedo... aunque no tanto como su mami enfadado.

Akashi enfadado sí que es aterrador... y mas si el objeto de su enfado es ese Kagami. Sea lo que sea lo que ha pasado entre ellos hace a su madre sacar a la luz su parte mas diabólica... aunque para ser sinceros, Makoto tampoco le cae muy bien; eso Muraki se lo guarda para él mismo.

Tetsu-kun saca lo que está tocando con los dedos y lo mira. Se le hace terriblemente familiar.

– Mamá tiene uno igual en las llaves. – Tai-kun pega un grito al verlo. Aomine arruga la nariz y mira directamente al bombero. – Le venía de regalo con algo que se compró... no me acuerdo de que era...

Es una especie de dije metálico, en forma de flor puntiaguda. Y es muy común, pero lo suficientemente interesante como para que el policía dispare sus sentidos en esa dirección.

El Kagami hostil parecía haber salido de vacaciones y de repente se le veía mucho mas complaciente y agradable que nunca...

–Bueno, todo el mundo a tomar por culo. – Ahí estaba, el Taiga educado y agradable en el que estaba pensando él. –Tengo que irme al trabajo y no quiero a nadie aquí. ¿Qué es eso?

Tetsu-kun levanta el llavero en sus dedos y se lo da. Kagami lo mira un segundo y se lo devuelve.

– No lo sé, estaba en el sofá. – Se encoge de hombros, confuso. – ¿Es tuyo? Mi madre tiene uno parecido...

– No, no es mío. – Sonríe de lado, cosa que no pasa desapercibida para el agente. – ¿Sabes qué? Puedes quedártelo.

– Gracias.

– Volveremos, no te relajes, musculitos. – Musa se despide a su manera.

– Tendré cuidado, Musa Midorima. – Aprieta los puños y finge temblar de miedo.

– Mas te vale. – Le obliga a agacharse a su altura y le da un beso en la mejilla, para justo después pasarle la mano como si quisiera borrarlo de su piel.

– Adiós señor. Perdón por venir así. – Muraki hace una pequeña reverencia y se mueve con prisa sin esperar la respuesta ni nada que se le parezca.

– Tu y yo ya hablaremos. – Agarra a Aomine por el brazo, con fuerza. El policía le dedica una sonrisita de suficiencia que le pone los pelos de punta. – Me la cobraré, tenlo seguro.

– Vamos, no seas capullo. – Se suelta de un tirón. – Te he traído al chaval y a su séquito... sé agradecido por una vez en tu vida. – Le gira, obligándole a mirar a los chicos que juegan ajenos a los adultos en el descansillo. – Ha sido él quien quería verte, saber de ti... estoy seguro de que Tetsuya no tiene ni idea.

– Tengo que ir al trabajo, largo. – Le empuja con ganas hasta la puerta, aunque no le deja salir del todo. – La próxima vez, llama antes.

– Claro. …

Espera hasta que el jaleo al otro lado de la puerta se aleja lo suficiente de su hogar como para ser un eco lejano, antes de moverse de nuevo hasta su habitación.

– Ya se han ido. – Camina hasta el bulto oculto bajo las sábanas y posa la mano abierta en lo mas alto, acaricia la curva que se forma en su espalda por la postura con cierta ternura y pinza la tela dispuesto a tirar de ella. – Tengo que irme, y tu también.

No hay respuesta, pero eso no le impide seguir con su intención de vestirse.

Antes de volver a intentar sacarle de su cama, busca su ropa. Rebusca por sus bolsillos hasta que encuentra las llaves y comprueba que, efectivamente, a ese manojo le falta el llavero.

Kagami sonríe, ladino.

Lo mires como lo mires, tiene su gracia.

00000000000000000000000000000000000000000000000000000000000000

Perdón por la espera, pero aquí lo tenéis, disponible jejeje

Espero que os gusten los nenes tanto o mas que a mí.

Nos leemos en el siguiente

Besitos y mordiskitos

Shiga san