Gato enratado, no quiere pescado.
Kukai se levantó aquella mañana con una extraña sensación en el pecho: Algo va a ir mal.
¿Pero que podía ser? Se consideraba un hombre con suerte: sus notas eran excepcionales y su expediente deportivo, brillante. Probablemente de aquí a medio año, en cuanto acabara el bachillerato, cualquier universidad le ofrecería una beca para estudiar en el extranjero y se despediría de la aburrida vida en el pueblo para conseguir lo que siempre había deseado: el éxito. Ya lo había hablado con su familia, a pesar de que se fueran a distanciar sus hermanos le dieron todo el apoyo del mundo y le prometieron que cuidarían de su madre en su ausencia. Por otra parte, también se lo había dejado caer a Tadase, rey del instituto Seiyo. Realmente Kukai ya no tenía ninguna obligación para con él puesto que ya se había graduado en el instituto Seiyo, pero sentía que debía comunicárselo por lo menos a su mejor amigo. El rey lo entendió perfectamente y Kukai observó en sus ojos rubíes cuánto lo iba a echar de menos. No obstante, no supo por qué, esa mirada le removió las entrañas y le causó una sensación de inquietud. Tadase era el primero en saber que él se iría, pero ¿qué dirían los demás al saberlo? ¿Qué diría Amu?
No quería decírselo. Tenía ganas de empezar una vida desde cero, de conocer a nuevos amigos y quizás de encontrar un nuevo amor que pudiera reemplazar a Amu de su corazón. Desde que la conoció supo que ella ya tenía a alguien rondando en su cabeza y que no se trataba de él. Al principio creyó que se trataba de Tadase: cómo lo miraba, cómo se le caía la baba por cada cosa que él decía o hacía. Kukai nunca se había sentido tan inferior a nadie como en esos momentos, pero por suerte, su amistad con el rubio fue más fuerte que los celos que sentía hacía él. Se propuso dejar de prestar atención a todo lo que hiciese Amu. Le llevo mucho esfuerzo y mucha concentración hacia sí mismo no sonreír cada vez que ella le hablaba, o no estremecerse cada vez que le tocaba, pero al final a base de esfuerzo consiguió que Amu poco a poco fuera abandonado sus pensamientos.
¿Sería eso lo que notaba que no andaba bien? ¿Qué él seguía enamorado de ella y que la perspectiva de irse y de no verla le angustiaba? No sabía verificar ese sentimiento, ni definirlo. Era como una niebla que enturbiaba todos sus demás pensamientos, un sendero que de repente se encontraba bloqueado por un zarzal lleno de miles de espinas. No sabía porque se sentía así y se reprendió a sí mismo. Jamás había sentido nervios ni ante un examen, ni ante ningún partido ni ante nada. ¿Y ahora la perspectiva de una vida nueva le daba el mismo vértigo que asomarse al borde de un precipicio?
No.
Kukai se obligó a dejar de pensar en ello y continuó con su rutina escolar. Llego a su aula, donde, para variar, el profesor ya había comenzado a dar clase. Entró disculpándose y pasó a sentarse a su pupitre donde descansaban un montón de papelitos doblados con corazones dibujados. Los juntó todos en un montón y los arrastró con el dorso de su mano hasta el borde de la mesa, donde no pudieran molestarle. Todos los días Kukai recibía varias notas de amor de sus admiradoras secretas. Al principio le subía mucho la autoestima conocer que había personas (chicas, más concretamente) que se fijaban en él. Le gustaba ese poder que sentía, pero descubrió que a causa de ello los demás chicos de su clase o incluso de su mismo equipo empezaban a sentirse amenazados por él y que con cada día que pasaba y cada carta de amor que recibía, se ganaba un poco más el odio de sus compañeros. Sus notas comenzaron a bajar y los entrenamientos se hacían cada vez peores puesto que sus compañeros pagaban con él sus rechazos amorosos. Kukai entonces decidió que las mujeres no iban jamás a estar por delante de él o delante de su amistad con su equipo. Cada nota que recibía pasaba directamente y sin ser leída al fondo de su cartera.
Las clases continuaron y durante toda la mañana Kukai no consiguió sacarse de encima ese sentimiento de malestar. Ese día tenía partido. Quizas estuviese nervioso por ello; aunque no era un partido importante, una lucha amistosa entre los dos institutos vecinos. Kukai intentó concentrarse al máximo no obstante hubo momentos en los que no pudo evitar dejar la mente en blanco. Un tiro que iba dirigido a él falló y la pelota pasó por sus narices sin que él tuviera tiempo a reaccionar para golpearla ¿Qué me pasa? Si sigo así de desconcentrado nos costará el partido.
Después de una hora jugando y tras varias faltas leves más de Kukai, el partido terminó en empate. Gracias a la compenetración de su equipo y a que su cuerpo tenía ya aprendidas todas las técnicas, pudieron evitar haber perdido, pero Kukai se tiraba de los pelos por su mal juego. Estaba muy enfadado consigo mismo y cuando eso pasaba, sólo había una cosa que podía sacarlo de su enfado: Comer ramen.
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De: Kukai
Para: Utau
¿Te apetece una batalla de fideos si estás libre? Kukai
De: Utau
Para: Kukai
Llevo dos días comiendo prácticamente nada así que no esperes una batalla fácil. Te espero en el udon a las nueve. No tardes. Utau
Kukai volvió a mirar el móvil donde Utau le había enviado un mensaje. Marcaban las nueve y media y la muchacha aún no había dado señales de vida. Desde luego, hoy no era su día; aunque Utau siempre llegaba tarde a sus batallas de ramen, así que por otro lado no le sorprendía. Debido a su carrera de modelaje, Utau tenía una agenda apretadísima y unos horarios alocados, pero ni una sola vez le había dado largas cuando él le proponía quedar para celebrar una competición de comer fideos. Kukai se sorprendió cuando conoció a Utau; esperaba de ella que fuera como todas las demás chicas de su instituto: mujeres que se preocupaban por su belleza y que intentaban ser lo más femeninas y correctas posibles cuando estaban a su lado. Desde luego, Utau parecía encajar perfectamente con ese estereotipo: alta, rubia, de cuerpo impresionante y para más inri, modelo y cantante. Su aspecto exterior daba una imagen de niña egocéntrica y superficial pero en cuanto tuvo la oportunidad de conocerla más, Kukai se dio cuenta de lo equivocado que estaba.
Utau era como un chico; le encantaba comer, quedarse hasta tarde viendo películas de miedo o de acción y no se asustaba por los retos. Además, era una persona que tenía una gran capacidad dialéctica debido a toda la gente con la que tenía que hablar debido a su trabajo: managers, entrevistadores, televisiones, radios, revistas... La verdad es que casi por casualidad habían empezado a quedar para comer fideos en aquel puesto de udon al que no iba mucha gente y habían acabado estableciendo una rutina: cuando cualquiera de los dos quería tomarse un descanso de su ajetreada vida, quedaban allí para hablar. Competir era el pretexto para quedar y aunque no habían quedado más que cinco o seis veces desde que se conocieron, ninguno de los dos había fallado nunca a aquella reunión privada. No sabía porque pero con Utau podía hablar. Sentía como si ella fuese un hermano más, alguien ajeno a su vida diaria que al que contarle sus problemas y rogar por soluciones. Muchas veces se sorprendía ver como ella y él compartían casi en totalidad las mismas opiniones sobre los mismos temas; quizás fuera por ello por lo que para Kukai le era tan fácil abrirse ante prácticamente una desconocida. Fuera como fuese, Utau era de las pocas amigas que echaría de menos en cuanto se hubiera ido.
La puerta de entrada de Udon se abrió suavemente. Una joven de pelo rubio recogido en una trenza y con gafas de cristal opaco entró discretamente, sin que nadie realmente advirtiera sobre ella.
Kukai se volteó y pidió dos boles de ramen extra grande y extra picante para tomar.
– Esta mal que hagas esperar a un caballero, Utau.
– Lástima que aquí no haya ninguno. – Kukai sonrió mientras Utau se quitaba las gafas y el abrigo. El tendero les sirvió el ramen en dos tazones individuales gigantes que puso enfrente de cada uno y volvió a su trabajo. Sin mediar palabra, Utau y Kukai cogieron los palillos y comenzaron a comer, como mandaba la tradición.
Media hora más tarde, Utau pidió una botella de sake para celebrar su victoria.
– Está claro que hoy no es mi día. – Kukai se desplomó y apoyó la cabeza sobre la barra. Tenía la tripa tan pesada que creía que no podía dar ni un paso.
– ¿Qué te pasa? ¿Te sienta mal que una chica te haya vencido? – Kukai la miró con el rabillo del ojo lo suficiente para ver su sonrisa victoriosa.
– No cantes victoria todavía. Puedes haber ganado esta batalla pero no has ganado la guerra, todavía te saco un bol de ventaja.
Utau agarró el sake y vertió dos generosas raciones sobre las copas. Kukai se bebió la suya de un trago y la volvió a dejar sobre el mostrador para que Utau se la volviera a rellenar.
– No sé qué es lo que te pasa, pero si no se cura con alcohol, entonces es que es grave. – Utau le dio un sorbo a su copa y dejó que el amargo sabor se deslizara por su garganta.
– Técnicamente, soy menor de edad para beber alcohol y estas intentando emborracharme. Eso es un delito, jovencita. – Kukai sonrió. Es verdad que él casi nunca tomaba alcohol y este le estaba entrando deliciosamente bien. – Estoy preocupado por algo.
– ¿Y bien? – contestó Utau al ver que Kukai parecía no querer hablar más.
– No lo sé, es este sentimiento de que algo va a ir mal pronto. No sé qué es, solo sé que me he despertado esta mañana mal y que llevo todo el día preocupado por algo que no sé ni qué es – Kukai se pasó la mano por la frente, despeinándose todo el pelo y apuró el vaso de sake. Utau se lo volvió a llenar por tercera vez – Creo que tiene que ver con que seguramente el año que viene me iré a estudiar a una universidad lejos de casa.
– Vaya, ¿Cuándo pensabas contármelo? Creía que tú y yo nos lo contábamos todo… – Utau hizo un falso puchero frente Kukai y este le hizo una mueca de burla. – Y qué es eso de ``seguramente´´, ¿no te han cogido todavía?
– Aún no me han mandado la carta pero el director de mi instituto dice que el decano ha visto mi expediente y están muy interesados en mí, así que supongo que al año que viene estaré estudiando en el extranjero.
– Vaya, ¿pero eso es una buena noticia no? – Utau le dio otro trago al sake. La botella estaba peligrosamente acercándose a la mitad. – ¿Se lo has contado ya a tus amigos?
Kukai volteó la mirada hacia el suelo.
– Se lo he contado sólo a mi familia y a Tadase. Desde que estoy estudiando el bachiller en otra escuela casi no veo a ninguno de mis viejos amigos; ni a Yaya, ni a Nagihiko, ni a.. a…
– Amu. – terminó Utau. Kukai bajó aún más la mirada y Utau comprendió por donde iban los tiros – Aún te gusta y no quieres despedirte de ella.
Kukai se frotó la muñeca. Notaba como el sake estaba empezando a hacer efecto y la punta de sus dedos comenzaba a calentarse.
– No sé si es por ella o no. Últimamente está muy distante. Las pocas veces que la he visto parecía como si yo no existiera. Como si nadie existiera de hecho. Si la saludo ella me responde pero al momento su mirada se pierde y sus ojos relucen como si estuviera enamorada.
– ¿Le sigue gustando Hotori?
– Al principio creía que sí, pero pude ver con mis propios ojos que ahora Amu lo trata como a uno más. Antes el simple hecho de compartir sala con él la ponía nerviosa, sin embargo la última vez que la vi ni siquiera parecía percatarse que Tadase estaba allí con ella. Es como si tuviera la cabeza en otra parte. En otra persona.
Utau supo muy bien a quién se refería Kukai.
Ikuto.
Ella también había notado a su hermano más obnubilado que de costumbre. Su corazón sabía que su hermano jamás la querría como quería a esa niña. Utau observó a Kukai y no pudo más que sentir una enorme y desconsolada empatía por él. Al fin y al cabo, ambos eran víctimas de amores no correspondidos.
– Si quieres mi consejo deberías decírselo a ella cuanto antes y descubrir si es eso lo que te preocupa tanto. – sentenció Utau. – De todas maneras Kukai, no puedes luchar por ganar un corazón que no es tuyo. Sea lo que sea que sientas por Amu, deberías eliminarlo.
Utau se sintió miserable tras decir esas palabras, ella misma había ido detrás de Ikuto innumerables veces pero había sido a fuerza de todos los rechazos que sintió lo que le hizo madurar y aprender esa lección. Y ella no quería que Kukai pasara por el mismo dolor.
– Lo he intentado Utau, pero es como un bumerang. Pase lo que pase ella siempre vuelve – Kukai notaba que el alcohol estaba aflojando su lengua y que estaba hablando más de la cuenta, pero no le importo. Estaba con Utau y sabía que ella le iba a escuchar con tolerancia y paciencia – A veces hay noches que sueño con ella. Cuando creo que ya no siento nada por Amu, ella vuelve a aparecer en mis sueños y me dice todas esas palabras que quiero oír: que me quiere más que como su amigo, que siempre estará a mi lado y que nunca jamás me dejará marchar. – Utau frunció los labios reconociendo en las conductas de Kukai sus propios sentimientos hacia Ikuto. – Y en esos momentos soy feliz, no obstante cuando me despierto y me doy cuenta de que es todo un sueño y de que ella no me ama… me derrumbo.
Kukai fue quien acabó con el último trago de la botella de sake. Sus ojos estaban cristalinos, como si estuviera a punto de echarse a llorar y sus mejillas estaban coloreadas. Su flequillo castaño estaba desordenado de todas las veces que se había pasado la mano por la frente. El camarero se acercó a la barra y les retiro la botella vacía de sake.
– Disculpen amigos, es la hora de cerrar.
Kukai y Utau se levantaron en silencio y se marcharon. Ambos descubrieron que el sake había hecho más efecto del que pensaban y que les estaba costando un considerable esfuerzo caminar rectos. A pesar de ser otoño, había anochecido más rápido de lo normal. Las farolas estaban encendidas y se veían ya a pocos transeúntes circulando por las calles.
– Es tarde ya y esta zona de noche es peligrosa. Te acompañaré a casa.
Utau no dijo nada. Podía cogerse un taxi – tenía suficiente dinero para permitírselo – pero quería quedarse más cerca de Kukai. A pesar de los 2 años de diferencia de edad, con él estaba más a gusto que con la mayoría de las personas de su entorno.
Ambos fueron caminando en silencio a través de las calles de la ciudad. Utau notaba como Kukai se zarandeaba más de lo normal, seguramente debido a que el alcohol estaría ahora haciendo su efecto máximo en el cuerpo del chico. A pesar de todo, Kukai parecía mantener bien las formas. Ella había visto a muchos hombres más adultos que él perder el conocimiento con media botella de sake, y él había bebido casi tres cuartas partas y en lo único que se le notaba era en un leve desequilibrio motor. Utau supuso que tendría que ver con que a pesar de que él tenía solo dieciséis, ya era más alto que ella, de hecho le sacaba más de dos cabezas. Era también más pesado, con todos esos músculos sobredesarrollados debido a los entrenamientos. El alcohol lo tendría difícil para tumbarlo.
Utau se alegró de que alguien como él fuera su amigo. Estaba harto de los típicos hombres adultos que le baboseaban encima e intentaban seducirla desesperadamente. Por suerte ninguno había intentado sobrepasarse de momento.
Aunque si mi novio fuera alguien tan alto, fuerte e imponente como Kukai estoy segura de que ni se me acercarían…
Utau se paró en seco. ¿Qué estaba pensando?
– Hmm ¿por qué te paras Utau? – Kukai se volteó. – Estas roja. ¿Estás bien? No te habrás mareado con el alcohol ¿no?
Si, tiene que ser eso: el alcohol. Me hace pensar cosas extrañas.
– Si tranquilo, estoy bien no te preocu… – Kukai la miró fijamente y posó su mano sobre la mejilla de Utau. La chica detuvo en seco sus palabras. No podía ni respirar.
–Utau… – La cabeza de Kukai se acercó hacia ella. Utau sintió un escalofrío al oír su nombre dicho por ese tono rasgado que tenía su voz cuando susurraba. –… tenías una hoja seca entre el cabello.
– ¿Qué? Eh... oh... ¡Ah! – Utau reacciono y se apartó rápidamente de él. – Ah… Si claro, gracias. – Una risita nerviosa escapó de su boca y de repente se sintió muy mareada. La parte de su piel que había entrado en contacto con su mano estaba comenzando a arder muy intensamente.
– Sabes Utau... – comentó Kukai sin darse cuenta de que la rubia evitaba mirarle– Ya casi no tengo esa sensación en mi pecho de que algo irá mal, ¿por qué será?
– Eso es por el alcohol. – Respondió mirando al lado diametralmente opuesto a donde estaba Kukai – Emborrachándose se van las penas, ¡eres tan crio que ni habías probado tanto alcohol antes!
Kukai rio.
– Es verdad, nunca había bebido tanto. Pero me ha sentado bien, aunque ahora mismo noto como si todo me diera vueltas y como si mi boca no tuviera ningún filtro para no decir lo que pasa por mi mente.
– Ya verás, mañana desearás no haber nacido. Prepara mucha agua y una aspirina porque te dolerá la cabeza.
– ¡Eso no entraba dentro del trato! – sonrió. Kukai puso los brazos en jarra como si estuviera enfadado – Me has engañado ¡pagarás! – Y se lanzó sobre ella a intentar hacerle cosquillas.
– ¡No! Jajaja. ¡Para, no soporto las cosquillas! – Utau se intentó zafar de él pero era imposible. Siempre encontraba un hueco descubierto por el que meter la mano. Utau fue retrocediendo hasta que su espalda chocó contra una pared. Kukai siguió haciendo cosquillas, inadvirtiendo la posición en la que estaban, pero Utau sí que era peligrosamente consciente de lo pegados que estaban sus cuerpos. Podía notar el calor de su ropa pegándose a su piel y su perfume colándose por su nariz. Sus labios se secaron y de repente Kukai la tenía aprisionada entre su pecho y la pared. La cabeza de Kukai se deslizo sobre su hombro hasta que su boca quedó pegada a su oreja.
– ¿Crees que Amu no se fija en mí porque soy demasiado crio, como dices tú? – Utau oyó vagamente su susurro desgarrado. – Quizás es eso lo que me falta y lo que ella busca Utau… madurez, cordura. Experiencia….
Utau abrió los ojos. La mano de Kukai se deslizó sobre la espalda de Utau, bajando por su espalda hasta la zona donde su camiseta terminaba, obligándola a arquear la espalda y a pegar más su cuerpo contra el del chico. Utau notó un corazón latiendo a mil revoluciones por segundo, aunque no estaba muy segura de si se trataba del de Kukai o del suyo.
– Kukai… – Utau giró la cabeza hacía él y sus miradas se conectaron. Los ojos verdes de Kukai estaban vidriosos como si estuvieran a punto de llorar. Su cabeza era un caos ahora mismo. ¿Qué pretendía Kukai? ¿Por qué estaba diciendo todas esas cosas? ¿Por qué pensaba en Amu en un momento como ese? Lo único que tenía claro es que su cuerpo de repente había despertado unos instintos primitivos que pedían ser satisfechos. Algo tan real y tangible que le asustaba, pero que a la vez de excitaba a continuar. Se fijó en la boca de Kukai: sus labios estaban húmedos y enrojecidos y en el interior asomaban una hilera de dientes blancos de color nacarado y una lengua lisa y roja que de repente se le antojaba muy apetecible de morder.
Kukai sólo necesitó hacer un pequeño impulso sobre la base espalda para que sus bocas abiertas chocaran.
Ahí todo estallo.
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Ikuto contaba los minutos para que ella regresara.
Desde que se despidieron con un fogoso beso la noche anterior, en su balcón, su cuerpo había desarrollado algún síntoma de dependencia a Amu. Habían estado besándose durante una eternidad, tocándose con manos desvergonzadas sobre la ropa e Ikuto tuvo que hacer gala de un gran esfuerzo para separarse de ella e irse. En más de una ocasión durante el camino a su casa había sentido la tentación de volver, meterse en su cama y hacerla suya para compensar todos esos momentos en los que no había podido tocarla. Pero tuvo que contenerse. Al fin y al cabo, ella tenía solo 14 años y no quería ser un pervertido de verdad. Por eso aguantó, toda la noche y todo el día siguiente contando las horas para volver a verla.
Y todo hay que decirlo: fueron las horas más largas de su vida.
Fue una tortura: tenía el olor de Amu pegado por todo su cuerpo. Su comida sabia a ella, el tacto de su lengua todavía recorría su paladar. ¿Cómo era posible estar tan obsesionado? Ikuto se había besado con muchas mujeres, incluso había llegado a hacer el amor con ellas, pero nunca se había sentido así. Amu parecía ser la única bebida que quería beber y la única comida que quería saborear. Incluso tomándose varias duchas de agua fría no se pudo quitar la sensación de Amu por todo su cuerpo.
Y aún quedaban dos horas para que Amu regresara a casa…
Ikuto no pudo aguantar más y decidió salir de su apartamento. No podía aguantar estar ahí encerrado: todo le recordaba a ella. Aún tenía grabado a fuego en su memoria la vez que había traído a Amu a su apartamento cuando la encontró desmayada y febril en la calle. Su cuerpo al quitarle poco a poco la ropa…
No, no Ikuto. Tiene cinco años menos que tú. No sigas por ese camino…
El aire de la calle le vino bien. Estaba frío y le despejaba la cabeza. Decidió dar un paseo pero los pasos le condujeron traicioneramente al tejado donde solía tumbarse para desconectar y pasar el rato viendo las nubes. Ese lugar era su favorito, curiosamente porque desde ahí tenía unas vistas de primer plano hacía el balcón del cuarto de Amu…
Recordó aquella vez hace meses cuando entró a la habitación de la pelirosa por simple aburrimiento. Por aquel entonces Yoru aún estaba con él. Era una tarde de Febrero y él estaba aburrido así que decidió gastarle un susto a Amu. Rememoró su cara cuando ella entró a la habitación y le encontró con la mano metida en el cajón de su ropa interior – aún guardaba aquel sujetador negro que le robó, lo tenía escondido bajo llave en un cajón de su armario y no se había atrevido aún a sacarlo. Temía que el olor de Amu se evaporara. – La chica se había cabreado de lo lindo cuando le había pillado en su cuarto y rebuscando entre sus más íntimas pertenencias.
Recordó cómo sus ojos ambarinos le miraron con fuerza. Ella siempre había sido así, desde que la conoció jamás se había dejado amedrentar por él. Siempre se había mostrado orgullosa, aun cuando él encontrara la manera de avergonzarla. Para Ikuto, Amu no era más que una niña, o eso pensaba cuando la conoció. Es verdad que era muy divertido ver cómo se enfadada cuando él le soltaba un comentario subido de tono pero él jamás había sentido la necesidad de quererla como la quería ahora.
¿La quiero?
Ikuto se tumbó sobre el tejado y notó que su corazón se aceleraba cuando pensaba en ella. Su pulso se disparaba y sus dedos se volvían intranquilos cuando pensaba en acariciar su cabello.
En cuanto se dio cuenta, sus pasos se estaban dirigiendo hacia su habitación. Aterrizó suavemente sobre el suelo del balcón y con un movimiento felino se coló en su cuarto.
Sentía la excitación de estar allí otra vez. La habitación estaba en casi penumbra y los últimos rayos de la tarde entraban, dejando el mobiliario sutilmente teñido de color naranja.
Ikuto agudizó el odio, ¿habría alguien en su casa? Entreabrió levemente la puerta que daba al pasillo pero no oía ningún ruido. No quería arriesgarse a que los padres de Amu descubrieran que un ladrón se había colado en su casa. Si le pillaban podía darse por hombre muerto.
Ikuto decidió volver atrás y cerrar la puerta. Se sentó sobre la cama de Amu y no pudo evitar rememorar todas las escenas que había vivido la noche anterior con ella en ese cuarto. Cómo su cuerpo se había pegado al suyo y había sentido el deseo inflamando cada célula de su cuerpo…
Un bulto se movió cerca de sus pantalones
– ¿Pero qué…?
De repente un gatito negro emergió de entre las sábanas de la cama de Amu y se cayó al suelo de forma muy graciosa. Era el gato que él le había enseñado el día anterior. ¿Había decidido quedárselo?
El gatito era muy joven pero su pelaje se veía más brillante que cuando lo encontró. Seguramente Amu había convencido a sus padres de que lo adoptaran. Podía imaginar a Amu por la noche, dándole un baño al gatito con agua caliente y al animal maullando feliz entre sus manos.
Ikuto acarició el pelaje del felino. Un solo día con Amu y ya olía a ella. El animal le reconoció y se dejó acariciar, lamiéndole los dedos con su pequeña lengua áspera. Aún era muy joven, pero Ikuto estaba seguro de que ese gato tendría una buena vida allí.
El gato saltó de la cama a la vez que el ruido de la puerta principal de la casa se abrió.
– Mamá, ya estoy en casa – Amu entró en el recibidor pero comprobó que todas las luces estaban apagadas. Sus padres aún no estaban en casa. Que raro, dónde habrán ido, si para estas horas por lo menos Ami y mi madre están ya en casa…
Amu decidió no darle más importancia y decidió subir hacia su cuarto.
Ikuto oía cada paso de la muchacha. Su cuerpo se había congelado cuando la había oído hablar. ¿Qué diría ella cuando se lo encontrara ahí? La habitación estaba en penumbra, y aunque su vista estuviera acostumbrada a la oscuridad, ella cuando entrara no se percataría de su presencia.
Bien, quizás puedo sacarle partido a la situación al fin y al cabo…
Amu giró el picaporte de la puerta y vió como una sombra negra salía disparada a través del hueco. El gatito que Ikuto le había regalado el día anterior, salió corriendo a través de sus piernas y se dirigió al piso de abajo. Amu se quedó sorprendida
– ¿Qué pasa minino, hay algo en mi cuarto que te haya asustado?
Amu entró a su habitación y cerró la puerta tras de sí. No veía ni un ápice, pero sabía que solo dos pasos más a la izquierda se encontraría con el interruptor de la luz.
De repente una presencia apareció detrás de ella, agarrándole la mano antes de que pudiera dar la luz.
Amu dio un grito que dejó medio sordo a Ikuto. La otra mano libre agarró la boca de Amu y evitó que siguiera gritando. Amu se zarandeó intentando deshacerse de su opresor. Ikuto pasó su antebrazo por el pecho de la chica y le agarró la cabeza. Aprovechándose de la inmovilidad que la posición le confería, le mordió la oreja.
Amu se sorprendió. El mordisco le causó un escalofrió que la dejó durante unos instantes sin respiración. Era extraño, en una situación como la suya, los mordiscos así te deberían hacer sentir más nerviosa, pero a ella le había resultado extrañamente placentero. Su mente fue uniendo poco a poco todos los lazos hasta tejer una teoría bastante acertada de qué estaba pasando. Dejó de zarandearse.
– Eres un imbécil, Ikuto…
Ikuto sonrió apoyó la barbilla en el hombro de Amu.
– Es mi venganza por haberme hecho esperar tanto rato. ¿Cómo me has reconocido?
– Será porque ya me conozco tus trucos de gato callejero.
Amu sentía una bruma densa en su mente. La voz rasgada de Ikuto le anulaba la consciencia. Ikuto estaba tras de ella, y si no fuera porque la estaba sujetando, estaba segura de que se caería al suelo. Todo su cuerpo temblaba y sentía las piernas como de gelatina. ¿Por qué era Ikuto el único que la volvía así de loca? Ni Tadase ni ningún otro chico que ella hubiera conocido le provocaban esa clase de sentimientos tan intesos, tan viscerales. Ahora mismo lo único que quería era estar con Ikuto, sentir su cálida piel y sus dedos juguetones enredándose con su ropa.
Ikuto se movió para que el cuerpo de la chica quedara delante de él. Él tenía apoyada la espalda contra la puerta de la habitación y su pecho servía de sostén para que Amu no cayera al suelo – podía notar como todo el cuerpo de la muchacha emitía un leve temblor aunque no sabía si era del shock de su pequeña performance o era de otra cosa…
– Así que ya te conoces mis trucos ¿eh, amiga? – Ikuto pasó la mano por el pecho de Amu, deliberadamente con la mano abierta para abarcar la máxima superficie posible, y coló sus dedos entre el nudo de su corbata, deshaciéndola. La fina tira roja se posó en su palma y Ikuto la estiró con los dedos hasta que quedó tensa y horizontal sobre el cuello de Amu.
– ¿Qué vas a hacer? – La voz de Amu salió como un gemido. Todos los movimientos de Ikuto la sumían en un estado de caos. Su vientre comenzó a arder en llamas que se extendieron sobre todo su cuerpo.
Ikuto le dio un suave golpe a la parte posterior de las rodillas de Amu, haciendo que esta perdiera el equilibrio y cayera sentada al suelo. Ikuto hizo lo mismo y ambos quedaron sentados sobre el suelo; Ikuto, que tenía a Amu en su regazo, tuvo que concentrarse mucho para no abalanzarse sobre la chica y comenzar a besarla allí mismo. Sentía todo el calor de su cuerpo concentrado en aquellas zonas donde sus ropas se tocaban.
– Estoy haciendo que pagues el haberme hecho esperar – Ikuto, aun con la corbata en la mano, agarró los brazos de Amu y los hizo moverse hacia arriba. Amu obedeció sin rechistar. Sus brazos quedaron alzados y separados sobre la cabeza de Ikuto. Las manos tocaban la madera de la puerta, e Ikuto usó la corbata para atar ambas extremidades con un nudo fuerte pero indoloro. – ¿Te estoy haciendo daño?
Amu negó con la cabeza. Ikuto dejó que los brazos de la pelirosa descansaran sobre su cabeza y él comenzó a tocarla como nunca nadie la había tocado.
Ikuto se vio rápidamente sobrepasado por sus instintos. Amu – Ikuto no sabía si por instinto o a posta – arqueó su cuerpo hacia el exterior, haciendo que su camisa se entreabriera y dejando expuestos pequeños trozos de la carne de sus pechos. También flexionó las rodillas para que la falda de su uniforme bajara y dejara al descubierto casi en totalidad sus muslos. Ikuto vio como nunca antes había visto el cuerpo de Amu. Y se volvió loco.
¿Esa niña quería guerra? Pues entonces iba a tener guerra.
Ikuto deslizó sus manos lentamente por los costados de Amu, sintiendo como la tela blanca de su camisa se arrugaba con su paso. Acarició su abdomen, evitando a propósito la zona de sus pechos. Amu se revolvía bajo sus caricias, deseosa de más. Ikuto esparció besos por su cuello, ascendiendo por su mandíbula hasta llegar a mordisquearle otra vez la oreja.
– Ikuto… por favor… – Amu se estaba volviendo loca. El deseo se había hecho materializado en su cuerpo y lo único que quería es que Ikuto la tocará más y más rápido. En la posición en la que se encontraba, ella no tenía poder alguno sobre él. Sus manos estaban atadas sobre su cabeza y lo único a lo que llegaba era a acariciar con los dedos los mechones oscuros del pelo de Ikuto.
Ikuto la estaba acariciando con una lentitud tortuosa para ella. Quería sentir sus manos jugueteando con su piel y explorando cada rincón de su cuerpo. No sólo eso, ella quería tocarlo a él también. Quería besar cada rincón de su cuerpo y lamer cada trozo de su piel.
Ikuto obligó a Amu a separar las piernas y comenzó a acariciar sus muslos de arriba abajo, recorriendo las curvas de la muchacha. La otra mano entonces se introdujo por debajo de la camisa hasta que se encontró con el aro del sujetador. Los dedos de Ikuto, pícaros como su dueño, se colaron por debajo y arrastraron la prenda hacía arriba, dejando los pechos de Amu al aire.
Amu no pudo aguantar más su situación de pasividad y con un giro de caderas consiguió posicionarse frente a Ikuto y aún con las manos atadas y por encima de sus cabezas, le comenzó a besar con toda la pasión que corría por sus venas.
Ikuto dejó escapar un gemido inesperado. Eso no entraba dentro de sus planes. Se suponía que él era quien llevaba el control del juego y en un segundo esa niña se había hecho con el mando. Lo peor de todo es que le estaba gustando demasiado. Amu estaba sentada a horcajadas sobre su regazo y su pecho estaba medio al descubierto. Ikuto notó el calor que su cuerpo desprendía y su cuerpo reaccionó antes que su mente.
Aún con sus bocas en contacto, Ikuto desabrochó uno a uno los botones de la camisa de Amu, hasta que esta calló al suelo, arrugada. Su sujetador siguió el mismo camino pocos segundos después.
Amu notaba cómo el oscuro rincón entre sus piernas se humedecía cada vez más. No era la única; por dentro de los pantalones de Ikuto, algo comenzaba a crecer también.
Era curioso. El sexo siempre le había parecido algo vergonzoso y pudoroso. Siempre que se imaginaba haciéndolo con alguien le invadía una timidez violenta y se obligaba a cambiar el rumbo de sus pensamientos, pero ahora con Ikuto todo parecía distinto. Sentía que no había barreras que la frenaran ni vergüenza alguna que tuviera cabida en esa situación. Ikuto no se estaba riendo de ella por una vez en su vida; más bien sentía que por una vez en la vida la estaba tratando como una igual. Y vaya si le gustaba…
Ikuto aprovechó un momento de distracción de Amu para morderle el cuello
– Estas tan rica que podría comerte entera – Ikuto seguía mordiéndola por el cuello, bajando por su clavícula – Realmente desde hace mucho tiempo… – Ikuto pasó una mano por debajo de su falda y le agarró suavemente la curva de las nalgas. Amu echó la cabeza hacia atrás dejando que los escalofríos de placer inundaran su cuerpo – Tan rica… – E Ikuto atrapó un pezón con los dientes.
Y en ese momento, la puerta de la casa de Amu se volvió a abrir.
Amu abrió los ojos y su cuerpo se paralizó. Mierda, mis padres. Como subieran y se encontraran con esta escenita ya se podía despedir de su vida privada. Ikuto pareció pensar lo mismo porque en un abrir y cerrar de ojos se apartó de ella y la desató. Sin embargo, Ikuto no se movió de la habitación.
– Ikuto yo…. – Amu recogió la camisa y el sujetador del suelo. Seguía sintiendo sus piernas débiles y todo su cuerpo parecía un volcán. – siento que haya pasado esto así, de verdad…
Ikuto se pasó la mano por la frente. Su cabeza se sentía como llena de aire y le costaba mucho pensar, pero gracias a que se habían separado, Ikuto pudo verlo todo con más claridad.
– No Amu, perdóname tú a mí. Me estaba aprovechando de ti para satisfacer mis propios deseos. Es bueno que nos hayamos separado. A partir de ahora no te tocaré más. Eres la persona más importante de mi vida ahora mismo y no quiero que un momento de lujuria me separe de ti. Tú… eres aún demasiado joven…
Por dios Ikuto, tiene quince años. Eres un auténtico pederasta. Si no hubieran llegado sus padres la habrías desvirgado sobre el suelo de su habitación.
– Ikuto… – Amu notaba como algo no iba bien con el chico. Su cara cada vez estaba más sombría como si estuviera dándose cuenta de que estar con ella es un error. – Ikuto, yo… para mí… tú… – Las palabras quedaban atascadas en su boca. ¿Qué podía decir en una situación como esta? ¿Qué realmente quería entregarle su cuerpo? ¿Eso era Ikuto para ella? ¿Un simple objeto de placer?
– Amu, no hace falta que digas nada más. Lo siento. No he tenido en cuenta tus deseos y simplemente me he dejado guiar por mis impulsos. Tú no mereces a alguien tan despreciable como yo a tu lado. – Ikuto se dio la vuelta y se dirigió a la ventana.
– ¡Espera, no…!
Pero antes de que pudiera decir nada, Ikuto se había marchado.
Maldición.
¿Por qué había tenido que acabar todo así?
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¿Qué acababa de pasar?
Kukai llegó a casa y ni siquiera saludo a sus hermanos. Fue directamente a su habitación y se desplomó sobre la cama. ¿Qué le pasaba a su cabeza? ¿Cómo, de entre todas sus santas posibilidades, se había atrevido a besar a Utau?
Todavía sentía el sabor de su boca en el paladar.
Kukai cerró los ojos. La habitación le daba vueltas. Maldito alcohol. Todo lo que podía pensar era en Utau y su cuerpo pegado al de él. ¿Qué le había impulsado a besarla? Evidentemente el alcohol había sido un buen combustible, pero no era causa suficiente para haber querido besarla. ¿Tan desesperado de cariño estaba? Su mente estaba confusa. Los momentos previos al beso estaban borrosos para él. Recordaba sentirse muy triste por pensar que Amu jamás le aceptaría y luego pensó que besar a Utau sería un buen remedio para esa tristeza.
Kukai notó como su cara enrojecía al recordar lo que había hecho. Se dio de puñetazos a sí mismo. ¡Utau era su amiga! De hecho, era la única con la que podía tener una conversación, y ahora todo eso se había esfumado. La había perdido ¿Con que cara la iba a mirar la próxima vez?
Definitivamente, el día no podía ir a peor. Por lo menos, esa sensación extraña que sentía desde por la mañana parecía haberse mitigado. ¿Era porque ya no pensaba en Amu? Antes, cuando cerraba los ojos, pensaba en ella. Sin embargo ahora los cerraba y sólo podía notar los contornos de Utau pegados contra su cuerpo.
Maldición…
Los días siguientes fueron muy confusos para Kukai. Su mente estaba hecha un lio. De repente, Amu había desaparecido de sus pensamientos. Como si alguien le hubiera dado al botón de borrar. Incluso se atrevió a pasar por el instituto Seiyo para verla y descubrió que ya nada en su cuerpo respondía al encontrarse con ella. Es verdad que seguía pensando que era muy guapa, pero ahora ese sentimiento lo dejaba vacío. Amu ya no significaba nada para él.
Por otro lado, era Utau quien ocupaba ahora sus pensamientos. Todas las noches soñaba con el beso que habían compartido. Sentía con tortuosa exactitud cómo se habían tocado sus cuerpos y como sus manos se habían enredado en su cabello. Muchas veces Kukai se sorprendía queriendo más de ella. Por las mañanas cuando se levantaba, miraba el móvil con la esperanza de que ella le hubiera mandado algún mensaje. Él era tan cobarde que no se atrevía a volverla a llamar.
¿Qué era lo que le estaba pasando?
¿Ahora era Utau quien le gustaba? Hasta hace una semana ni se había planteado verla de ese modo; Amu era la única que tenía cabida en sus pensamientos. Sin embargo comparando sus sentimientos se dio cuenta de que Amu era sólo un amor platónico que jamás le había querido. Su romance existía solo en su imaginación. Sin embargo Utau siempre era la que estaba allí. La que permanecía cuando todo el mundo se había ido y la que le escuchaba. Su relación no tenía nada que ver con la de Amu; ella compartía su tiempo con él.
Cada día que pasaba Kukai se sentía mas ansioso por aclarar sus sentimientos hacia ella. A las dos semanas de haberla besado, Kukai aún seguía esperando que ella le hablara o le mandara algún mensaje al móvil. A las tres semanas, Kukai se hartó de esperar y decidió coger la iniciativa.
Marcó su número y esperó. Utau y él jamás habían hablado por teléfono – como mucho se mandaban mensajes de texto – así que la perspectiva de oir su voz le ponía aún más nervioso.
Kukai esperó
Beeeep…. Beeeep….
Beeeep….
Beeeep….
Y justo cuando Kukai iba a colgar, una voz salió del otro lado del aparato.
– ¿Ku…Kukai?
La voz de Utau paralizó a Kukai. Oía su respiración al otro lado del teléfono pero se vió incapaz de responder. Hasta ese instante no se había dado cuenta de las ganas que tenía de hablar con ella.
– Utau… – dijo finalmente. No supo muy bien como continuar – Utau yo… te llamaba para hablar sobre lo que paso hace unas semanas; yo… bueno… iba un poco borracho y no sé que cable se me cruzó la verdad. Te pido disculpas y te prometo que no volverá a pasar…
– Kukai yo…
– Utau –interrumpió Kukai –… entenderé que si me dices que no quieres volver a verme. Es lógico, me he comportado fatal y he abusado de tu amistad y te pido perdón por ello. – Kukai notó como las palabras iban saliendo sin control de su boca, como si alguien hubiera hecho una grieta en un embalse– Sin embargo a mí me gustaría no perder tu amistad. De hecho, y puede parecerte una tontería, desde que paso… eso… entre nosotros no he parado de pensar un instante en ti y le he estado dando muchas vueltas en mi cabeza. Nunca jamás me había pasado algo así, incluso he dejado de pensar en Amu. – Kukai se mordió el labio – De hecho, ahora mismo lo único que pienso es en volver a verte, Utau.
Kukai se tapó la boca. ¿Por qué le había dicho eso? Notaba como los colores se iban subiendo a sus mejillas.
Utau desde el otro lado del teléfono se quedó sin habla. Tras varios instantes de silencio, su voz sonó.
– Lo siento Kukai… – La voz de Utau sonaba extrañamente vacía y triste – No creo que podamos volver a vernos. Nos acaba de llamar nuestro tío desde América. Ikuto y yo nos marchamos de Japón. Para siempre.
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Penultimo capítulo. Esta historia es muy especial para mí y no quería dejarla inconclusa. Siento todos estos años de tardanza. Espero sus comentarios con ansía.
Finn.
