Capítulo 6

Yo os declaro marido y mujer.

Todo había terminado.

Ya estaba hecho, no había vuelta atrás.

Hermione estaba temblando por dentro, pero se negaba a permitir que Harry viera lo alterada que estaba.

¿Alterada?

Un ligero temblor hizo estremecer su cuerpo dentro del vestido color crema de Vera Wang que no había querido ponerse, pero que la estilista personal incluyó en sus compras y que por alguna razón se sintió obligada a llevar. Después de todo, era el día de su boda. Experimentó un nuevo temblor.

¿Qué le estaba sucediendo? ¿Qué esperaba? ¿Corazones y flores? ¿Una declaración de amor eterno? Era con Harry con quien se casaba. No la había mirado ni una sola vez durante la breve ceremonia que tuvo lugar en la fría oficina del registro, dejando muy claro lo poco que deseaba que fuera su esposa. Bueno, ella tampoco quería que fuera su marido.

Harry miró hacia la mano izquierda de Hermione. El anillo que acababa de deslizarle en el dedo anular estaba un poco suelto, aunque tendría que haberle quedado perfecto. Estaba demasiado delgada y parecía seguir adelgazando. Pero, ¿por qué debería importarle su fragilidad?

No le importaba. Las mujeres eran adictas a crear imágenes falsas para engañar a los demás. Sin duda para sus hijos Hermione era una madre querida, una presencia constante y segura en sus vidas. A su edad eso era lo que él había sentido hacia su madre. Una oleada de amargura le atravesó, lanzando su veneno.

En los años posteriores a la muerte de sus padres, Harry se había preguntado con frecuencia si su padre se había rendido tan rápidamente a las exigencias económicas de su madre porque la amaba en secreto aunque supiera que ella le despreciaba, y su madre, al saberlo, había utilizado ese amor en contra de su padre. Harry había jurado que aquél no sería jamás su destino. Y sin embargo se había casado, y con una mujer en la que ya sabía que no podía confiar. Una mujer que se le había entregado con una sensualidad tal que incluso ahora, después de tantos años, no lograba arrancarse de la memoria las imágenes que le había dejado. Había sido un estúpido por permitir que se acercara en aquella ocasión tanto a él. No iba a permitir que volviera a suceder de nuevo.

Ninguno de los dos habló en el taxi que los llevó de regreso al hotel. Hermione ya sabía que Harry tenía asuntos que atender, lo que por suerte significaba que ella tendría tiempo para sí misma. Así podría analizar el compromiso que acababa de adquirir.

Harry los acompañó a la suite y luego les dio un beso a los niños y se marchó y sin decirle a ella ni una palabra. Hermione se recordó entonces que no sólo había estado dispuesta a casarse, sino que fue ella la que lo sugirió.

Los niños estaban cansados, agotados por la emoción de estar en Londres, pensó Hermione. Les, vendría bien a todos dormir un poco y podría ayudar a aliviar las náuseas de su estómago y el dolor de cabeza.

Tras quitarse el vestido de novia y ponerse su vieja bata, acostó a los gemelos. Cuando se hubo asegurado de que estaban dormidos, entró en su cuarto de baño y rebuscó en su bolso para encontrar las pastillas para el dolor de cabeza. Pero sin querer levantó la pestaña de las píldoras anticonceptivas.

Eso le recordó que, aunque Harry le había obligado a tomar la píldora, no debía permitirse desearle. Le temblaron las manos mientras las volvía a guardar para sacar la caja de aspirinas.

Aquella simple acción había hecho que volviera a dolerle la cabeza, pero por suerte esa vez no tenía ganas de vomitar.

Se dio un baño para relajarse, y luego estaba tan cansada, que apenas tuvo fuerzas para secarse, y menos para ponerse el camisón. Se metió bajo el edredón de la cama y se quedó dormida casi al instante.

Se despertó a regañadientes, una sensación de urgencia la había arrancado del sueño. Tardó sólo unos segundos en darse cuenta de qué la había provocado. El silencio. No oía a los gemelos. ¿Cuánto tiempo llevaba dormida? El corazón le latió con angustia dentro del pecho cuando miró el reloj y se dio cuenta de que habían transcurrido más de tres horas desde que acostó a los gemelos. ¿Por qué estaban tan callados?

Temblando de miedo, retiró la ropa de cama, agarró la toalla que se había quitado antes y, envolviéndose en ella, corrió descalza hacia la habitación de los gemelos.

Estaba vacía.

El corazón le dio un vuelco y luego comenzó a latirle frenéticamente a causa del miedo.

Hermione atravesó corriendo la suite con piernas temblorosas, abriendo puertas y gritando sus nombres, incluso comprobó el cerrojo de la puerta de entrada a la suite por si habían conseguido abrirla de alguna manera. El temor de lo que podría haber sucedido la asaltó.

Sólo un padre podía comprender lo que era escuchar un silencio que debería estar lleno con las voces de los niños. En el aterrador silencio de la suite, Hermione se dejó caer sobre uno de los sofás. La razón por la que los gemelos no estaban allí tenía que deberse a que Harry se los había llevado. No podía haber otra explicación. Debió haber regresado mientras ella dormía y había aprovechado la oportunidad.

No quería casarse con ella, del mismo modo que Hermione no quería casarse con él.

Lo que quería era a los gemelos.

Sus hijos.

Y ahora ya los tenía.

¿Estarían ya en el mundo mágico? La mansión de Harry, donde él manejaba las protecciones y donde ella nunca podría llegar hasta ellos.

Él tenía sus protecciones de sangre sobre su mansión.

Por eso fue una ceremonia muggle y no mágica, la magia la habría reconocido como una Potter y así tendría fácil acceso a la mansión sin permiso de Harry.

Asombro, dolor, miedo y furia... podía sentirlo todo, pero por encima de aquellos sentimientos estaba la preocupación por sus hijos y el horror de que Harry pudiera haberles hecho algún daño.

Oyó un sonido: la puerta de entrada a la suite abriéndose, seguida de la charla alegre de dos voces familiares.

¡Los gemelos!

Hermione se puso al instante de pie, apenas se atrevía a creer que no estuviera imaginando que los oía, y entonces los vio allí, en la habitación, corriendo hacia ella mientras le explicaban emocionados:

-Papá nos llevó a una cafetería a merendar porque tú estabas dormida.

Olían a aire libre y frío. Hermione se puso de rodillas y los abrazó No se atrevía a hablar, se limitó a abrazar los pequeños cuerpos. Eran su vida su corazón, todo. No podría soportar perderlos.

Harry estaba de pie mirándola, haciéndola que fuera muy consciente cuando hizo un esfuerzo por ponerse de pie de que lo único que cubría su desnudez era la toalla en la que estaba envuelta.

Regresó a su dormitorio, se quitó la toalla y se puso unas braguitas limpias antes de ponerse su gastada bata. Estaba demasiado cansada y demasiado ansiosa por volver al lado de los gemelos como para que le importara su aspecto o lo que Harry pudiera pensar. El hecho de que no se los hubiera llevado, como ella temió en un principio, era una insignificancia comparada con el hecho de que podría haberlo hecho.

Ahora que había probado lo que significaba pensar que los había perdido, supo más que nunca que haría cualquier cosa con tal de estar con ellos.

Le temblaban las manos cuando se ató el cinturón de la bata.

Desde el salón llegaba el sonido de las voces de los dibujos animados de la televisión, y cuando volvió, los niños estaban sentados juntos viendo un programa infantil mientras que Harry estaba sentado en un pequeño escritorio con unos papeles desplegados delante de él.

Ninguno de los dos había hablado, pero la tensión y la hostilidad que había en el aire era evidente para ambos.

Tal vez el dolor de cabeza hubiera desaparecido, pensó Hermione cuando se sentó una hora más tarde para leerles un cuento a los niños, que ya estaban bañados y acostados. Pero había sido reemplazado por una sensación de culpabilidad igual de desagradable. Observó cómo se dormían tras escuchar su cuento. Aquel día había sucedido algo que nunca antes habían experimentado. Se había dormido tan profundamente, que no había escuchado nada cuando Harry volvió y se llevó a sus hijos. ¿Cómo era posible? ¿Cómo podía haber sido tan descuidada? No quería dejarles. Quería quedarse toda la noche con ellos. Se abrió la puerta del dormitorio y Hermione se puso tensa al instante.

-¿Qué quieres? -susurró.

-He venido a darles las buenas noches a mis hijos.

-Están dormidos.

Hermione se levantó y se acercó a la puerta con la intención de cruzarla y cerrarla tras ella, dejándole fuera, pero Harry la estaba sujetando y Hermione fue la que se vio obligada a salir y observar cómo él se acercaba a besar sus rostros dormidos.

Hermione se giró sobre los talones y se dirigió a su habitación. Pero antes de entrar, su autocontrol se vino abajo y miró hacia Harry.

-No tenías derecho a llevarte a los niños sin pedírmelo primero.

-Son mis hijos. Tengo todo el derecho. En cuanto a decírtelo... «Decírselo», no pedírselo. Hermione fue consciente de su corrección.

Estaba consumida por la rabia que seguía al miedo y que era una forma de alivio al descubrir que lo malo no había sucedido después de todo.

-Estabas dormida.

-Podrías haberme despertado. Tendrías que haberme despertado. Es mi derecho como madre saber dónde están.

-¿Tú derecho? ¿Y qué hay de sus derechos? ¿Qué hay de su derecho a tener una madre que no anteponga sus propias necesidades a las de ellos? Supongo que una mujer que sale por la noche a conquistar hombres necesita dormir durante el día. Y conociéndote, imagino que eso es lo que tú haces.

Asqueada por lo que estaba insinuando, Hermione contestó furiosa: -¿Conociéndome? Tú no me conoces en absoluto. Y el desagradable escenario que te has inventado no ha tenido lugar nunca ni nunca lo tendrá. Nunca he salido por la noche y he dejado a los gemelos, y menos para conquistar hombres. La razón por la que me quedé dormida es porque no me sentía bien. Aunque no espero que me creas. Tú prefieres inventarte algo con lo que poder insultarme antes que escuchar la verdad.

-Conozco de primera mano la verdad de quién eres tú.

A Hermione le ardió el rostro.

-Estás basando tu juicio sobre mí en un breve encuentro, cuando yo...

-¿Cuándo estabas demasiado borracha para saber lo que hacías?

Su cínico desprecio fue demasiado para la compostura de Hermione. Durante años, se había torturado y atormentado por lo que había hecho. No necesitaba que Harry añadiera más peso a su castigo y a su dolor.- Negó furiosa con la cabeza. -Cuando yo era lo suficientemente ingenua y estúpida para crear un cuento de hadas con algo y con alguien que en realidad pertenecían a una historia de terror -dijo amargamente.

Descontrolada por la ira, continuó.

-No es necesario que malgastes tu desprecio en mí, porque no puede estar a la altura del desprecio que siento yo por mí misma por haberme engañado al pensar que eras alguien especial. Hermione se sentía enferma y mareada. Los recuerdos de lo que habían compartido en aquella ocasión estaban abriéndose paso, destrozando sus barreras mentales y cobrando vida dentro de ella. Había sido una estúpida al estar tan dispuesta a correr a sus brazos, a buscar en ellos la seguridad que había perdido, y al pensar, en su ingenuidad, que la encontraría uniéndose a él de la forma más íntima posible.

-Cuánto drama -se burló Harry-. Y además resulta innecesario, porque sé que se trata de un engaño.

-Tú eres el que se está engañando al creer lo que piensas -le espetó Hermione.

-¿Te atreves a acusarme de autoengaño? -inquirió Harry acercándose a ella mientras hablaba, obligándola a retroceder hacia su dormitorio.

Lo hizo tan deprisa, que terminó pisando el cinturón de la bata, que le arrastraba un poco. La suave tela cedió al instante, dejando al descubierto la pálida curva de su seno y la piel más oscura del pezón. Harry vio lo que había ocurrido antes de que Hermione fuera consciente, y su voz adquirió un tono cínico cuando dijo:

-Así que esto es lo que quieres, ¿verdad? La misma Hermione de siempre. Bueno, ¿y por qué no? Está claro que me debes algo.

-¡No! -exclamó Hermione desesperada.

Pero su grito se perdió, aplastado bajo la cruel fuerza de su boca cuando se apretó contra la de ella. Harry dio un portazo para cerrar, y ella supo que no tenía ya posibilidad de escape.

La bata se abrió rápidamente ante la pericia de las manos decididas de Harry, y se deslizó por el cuerpo de Hermione mientras él la castigaba con sus besos. Harry pudo ver en el espejo la estrecha curva de su espalda desnuda. La piel, luminosa y pálida, le recordó al interior de las conchas que aparecían en la playa que había debajo de su casa. Sin que él quisiera, se despertaron viejos recuerdos de cómo Hermione había temblado bajo sus caricias, gritando su nombre con frenesí, fácilmente excitada incluso con la mínima caricia.

Era una mujer desinhibida que no había hecho amago de disimular la pasión que la conducía, y que exigía a gritos ser complacida.

Harry le deslizó la lengua entre los labios con todas sus fuerzas para dejar atrás aquel recuerdo. La melosa sensualidad de la boca de Hermione lo envolvió, invitando a la punta de su lengua a explorar sus rincones más dulces y ocultos. Las sencillas braguitas blancas que llevaba puestas desentonaban con la salvaje sexualidad de su propia excitación. Quería verla desnuda y receptiva, liberada de las mentiras con las que estaba acostumbrada a ocultar su personalidad. La obligaría a admitir quién era, le demostraría que conocía su auténtica realidad. La sujetó para quitarle la bata.

Era todo lo perfecta que podía ser una mujer o lo sería si pesara unos cuantos kilos más, reconoció Harry. Desde los hombros, su torso se estrechaba hacia la cintura antes de curvarse en sus femeninas caderas y en las altas y redondeadas nalgas. Tenía las piernas largas y esbeltas, diseñadas para enredarse eróticamente en el cuerpo del hombre a quien hubiera elegido para que le diera el placer que ella anhelaba. Los senos eran grandes y suaves, y Harry recordó lo sensibles que eran sus pezones, cómo los había succionado, haciéndola gritar de éxtasis.

¿Por qué se estaba atormentando con los recuerdos cuando por fin la tenía allí y podía hacerla suya y su cuerpo temblaba entre sus brazos anticipando el placer? Estaba desnuda y a su merced. Hermione podía defenderse y rechazarlo. Quería hacerlo, pero su cuerpo le pedía otra cosa.

Su cuerpo deseaba a Harry.

Como si fuera un poder oscuro conjurado por un hechicero, el deseo se apoderó de ella, acabando con la razón y el orgullo, encendiendo una necesidad tan intensa, que sintió como si una fuerza sobrenatural estuviera poseyéndola, dictándole acciones y reacciones que le resultaba imposible controlar. Era como si en brazos de Harry se convirtiera en otra persona, en una mujer salvajemente apasionada y sensual que sólo quería ser poseída por él.

Tal vez quisiera luchar contra lo que sentía, pero su destino era rendirse a ello mientras la boca de Harry se apartaba de la suya para realizar una exploración igual de erótica en el cuello, entreteniéndose allí donde el pulso daba fe de su excitación.

No era suficiente tenerla desnuda y acariciarla. Necesitaba sentirla piel con piel. No podía descansar hasta que la hubiera conquistado y ella se hubiera sometido a su pericia. Deseaba, necesitaba escuchar cómo gritaba de deseo antes de permitirse él mismo dejarse llevar por su propio deseo hacia ella. Necesitaba que le ofreciera su placer antes de poder perderse en ella. Estaba atrapado en una trampa tan antigua como la propia Morgana, atrapado y sujeto en la sedosa red de un deseo que sólo ella tenía la capacidad de tejer. Era una forma de locura, una fiebre, a la que no podía escapar.

Tomándola en brazos, Harry llevó a Hermione a la cama, observando cómo ella lo miraba mientras la colocaba sobre el colchón. Luego se quitó la ropa mientras era testigo de cómo reaccionaban sus ojos al verle desnudo y dispuesto para ella.

Con los ojos oscurecidos y abiertos de placer, Hermione extendió la mano para acariciar el formidable grosor de la erección de Harry, maravillándose ante la textura de su piel. Absorta e hipnotizada, deslizó las yemas de los dedos por su longitud, liberando su glande, de forma que la sensible piel que había debajo quedó expuesta.

Ya no era la mujer que conocía, sino una Hermione que estaba poseída por la oscura fuerza de su deseo mutuo, una Hermione cuya respiración se agitaba y cuyo vientre se estremecía por el placentero deseo.

Miró hacia Harry y vio en sus ojos la misma pasión que ella estaba sintiendo. Retiró la mano de su cuerpo, y como si eso hubiera sido una señal para él, Harry la tumbó sobre la cama y la siguió, moldeándole los senos con las manos, alimentando la necesidad de placer erótico que ella sabía que podía darle con el calor de sus labios y de su lengua sobre los pezones hasta que se arqueó contra él, gimiendo bajo la insoportable intensidad de su propio placer.

La sensación de la mano de Harry cubriéndole el sexo no fue algo que le gustara. Era algo que necesitaba. Tenía el cuerpo húmedo y preparado para él, como en la otra ocasión. Durante un segundo, la desconfianza que había heredado de su madre hizo su aparición y se antepuso al deseo de Harry. No debía haber otro embarazo no deseado.

-La píldora...-comenzó a decir.

Hermione asintió con la cabeza.

Un brillo de sudor brillaba sobre la bronceada piel de Harry, y el aroma de su excitación intensificaba la suya. Resultaba aterradora la intensidad de aquel deseo, aquella intensificación de los sentidos. La había asustado seis años atrás y todavía la aterrorizaba. El deseo que Harry despertaba en ella la obligaba a entregarse por completo a él. Lo que ahora le estaba pidiendo no era nada comparado con eso.

-Sí, la estoy tomando.

-¿Lo juras?

-Lo juro.

Harry oyó el tono tembloroso de su voz. Estaba impaciente por él, pero no más de lo que lo estaba él por ella. Había hecho un esfuerzo por contener la marea de su deseo desde el instante en que volvió a verla. No había servido de nada intentar negarlo, y ahora le estaba abrumando. El fuego de su interior le estaba consumiendo. En aquel momento, en aquel preciso instante, nada más importaba. Estaba a merced de una fuerza tan poderosa, que tenía que someterse a ella.

Se movieron juntos sin necesidad de palabras en un duelo compartido de deseo y furia. El cuerpo de Hermione recibió al de él con ansia, exigiéndole que se moviera más deprisa y más profundamente, dirigiéndoles a ambos hacia aquel lugar en el que podrían rozar el cielo y luego caer en picado a la tierra.

Ya estaba allí... aquel estremecedor clímax que los desgarraba a ambos, provocando que él expulsara las semillas de una nueva vida en su interior. Solo que esa vez no habría nueva vida porque estaba tomando la píldora.

Se quedaron tumbados en la oscuridad, con las respiraciones agitadas sonando en medio del silencio.

Ahora que todo había terminado y su piel estaba bañada por la fría realidad de lo rápidamente que se había entregado a su deseo por ella, Harry se vio obligado a aceptar la verdad.

No podía controlar el deseo físico que despertaba en él. Se había apoderado de él, y volvería a hacerlo. Aquella certeza fue un golpe amargo para su orgullo.

Sin mirarla, le dijo con frialdad:

-A partir de ahora yo seré el único hombre con el que tendrás relaciones sexuales, ¿queda claro? No permitiré que mi mujer me humille ofreciéndose a otros hombres. Y para asegurarme de que no lo hagas, me encargaré de satisfacer tu voraz apetito sexual.

Harry sabía que sus palabras no eran más que una máscara de la realidad: no podía soportar la idea de que estuviera con otro hombre ni podía controlar el deseo que sentía hacia ella, por mucho que se despreciara a sí mismo por su debilidad.

Hermione sintió cómo el rostro le ardía de humillación. Quería decirle que no comprendía qué le pasaba cuando estaba en sus brazos. Quería decirle que otros hombres no le producían el mismo efecto. Quería decirle que él era el único con el que había tenido relaciones sexuales. Pero sabía que no la escucharía.

Más tarde, a solas en su dormitorio, Harry trató de explicarse por qué en cuanto Hermione le tocaba se sentía invadido por la compulsión de poseerla. Su deseo por ella era tan fuerte que no podía controlarlo con la fuerza de voluntad. Lo que le hacía sentir era especial, por mucho que odiara tener que admitirlo.