Saludetes! Otra vez más por aquí, esta vez sin tanta demora JUASJUAS.

Como siempre, lo primero agradecer los amables reviews de Kagome-Black, AliciaMalkavian, kittycaymiaww, Soy YO-SARIEL, Nyra8 y Ocean Lady. También a quien lea aunque no comente pero sea capaz de disfrutar de la historia :D.

Para Ocean Lady (al no comentar con cuenta y yo no saber qué hacer con eso, soy un poco retarded con la tecnología XD), un comentario a resaltar del último review, jaja. Era sobre lo de que Kili por antonomasia es el "enano más sexy" (en las películas, se entiende). A mí me pasa algo curioso... Kili no me parece sexy (bueno... matizo, no EL MÁS sexy), más bien "mono", "cuco" o como se quiera llamarle; en cambio Fili sí me parece totalmente explosivo. Pero no sé por qué con los actores que los interpretan me pasa a la inversa... Aidan Turner es un total sex-bom para mí, y en cambio a Dean O'Gorman lo encuentro adorable. ¿Soy la única? POR FAVOR, DECIDME QUE NO XD.

En fin, ya basta... Allá va el capítulo.


VI. Un Bolsón de Bolsón Cerrado

Fili estaba deseado atrapar al que martilleaba su cabeza, incrementando su malhumor e impidiéndole pensar al mismo tiempo. Estaba algo mareado y aun no era del todo consciente de dónde estaba ni por qué. Se llevó una mano a las sienes al tiempo que forzaba su vista a enfocarse adecuadamente.

La noche era aún joven pero las estrellas brillaban con fuerza en la bóveda. El paisaje ante sus ojos era bucólico y casi ideal, un todo de colinas que debían ser verdes bajo la luz del sol, punteadas de luces de faroles, estanques y árboles aislados. Huertos de cultivo delimitados por muros bajos de roca se mezclaban con aquellas peculiares casas excavadas en el suelo mismo, todas con sus portezuelas circulares. Podía oír risas y música desde allí, una fiesta allá abajo seguramente endulzada con cerveza y tabaco.

El hobbit regresó y dejó caer una manta de alegres colores sobre él; Fili se apresuró a envolverse con ella para cubrirse. No es que el pudor fuera algo muy arraigado en los enanos, pero tampoco era cuestión de pasearse en cueros frente a la puerta de un desconocido. Miró al hombrecito con el ceño fruncido, sintiéndose vagamente culpable por pagar con él su desazón.

―¿Quién se supone que eres…? ―masculló.

―Bilbo Bolsón, si es que te importa ―apuntó el hobbit de malos modos―. Aun así la cortesía establece que eres tú el que debe presentarse, ya que estás en mi jardín. Aunque por supuesto eres bien recibido en mi casa, señor…

―Señor nada ―gruñó Fili, malhumorado y aún confundido―. Solo Fili.

Al intentar sentarse sobre sus rodillas, el brazo herido le recordó sin amabilidad alguna que aún estaba allí. Al ver la flecha incrustada en su carne, la sangre que manchaba lentamente la hierba, los recuerdos regresaron a él como un alud.

La huida, el bosque. Orcos. Huargos. Dolor y más dolor. Su vuelo instintivo hacia el Oeste y su caída final.

Kili. Kili tendido en el barro con una herida desfigurándole el cuello. Solo. Solo

―¿Eso es una flecha…? ―sugirió el tal Bilbo. Por el punto de histeria en su voz parecía capaz de desmayarse―. H-hay que curar esa herida…

Fili no le escuchaba, suspendido en un agónico paradigma del dolor. Oh, Kili… Estaba solo ahí fuera, y él le había abandonado.

Un nudo increíblemente doloroso ascendió por su cuerpo, y tuvo el tiempo justo de darle la espalda al hobbit y vomitar aparatosamente sobre la hierba. Solo fue bilis ácida, ya que no había comido en días, pero sirvió para ser consciente de aquella angustia que le consumía las entrañas.

―¿Te encuentras bien…? ―balbuceó el hobbit, inclinándose a su lado y poniéndole ambas manos en los hombros. La pregunta le sonó estúpida hasta a él―. Por favor: pasa a dentro y curaré tu herida.

―No… ―murmuró Fili con la mirada ida, intentando desesperadamente ponerse en pie―. Tengo que volver… Tengo que volver a por Kili…

―¿Kili? ―sugirió Bilbo, tironeando al mismo tiempo de sus brazos para incorporarle.

―Mi hermano… ―repuso Fili―. Aüle, ¿qué he hecho…?

Bilbo aprovechó la aparente incapacidad del enano para decidir qué hacer para conducirle a través de la puerta circular pintada de verde a un interior agradablemente cálido. Si Fili no hubiera sido presa de la angustia, hubiera apreciado lo acogedora que era aquella madriguera hobbit, tan distinta de las grutas en las que a menudo los enanos se refugian durante los viajes. Había luz de velas y candelabros en lugares estratégicos, proporcionando una iluminación casi natural, y ventanas en todas las paredes que daban a la colina. El mobiliario era rico, con estanterías atestadas de libros, tapices, mapas y cuadros decorando cada pedazo de pared desnuda. En realidad Bilbo era un hobbit bastante caótico respecto al orden (no así con la rutina), pero Fili no había conocido a otros como para establecer la comparación.

El hobbit le condujo al salón en el que había sofás y sillones suficientes para acoger a una docena de visitas y le instó a sentarse en uno de brazos junto al fuego que ardía alegremente. En su nulidad de capacidad de acción, Fili se limitó a obedecer con la mirada perdida en las llamas que danzaban y chisporroteaban sobre la madera.

No supo cuántos minutos pasó en aquel estado, compadeciéndose más y más de sí mismo mientras Bilbo daba vueltas a su alrededor y murmuraba, solo que un dolor agudo y repentino en el brazo herido le hizo volver de golpe y porrazo a la realidad. Se volvió fugazmente para ver al hobbit asiendo la flecha con ambas manos e intentando tirar de ella.

―¿¡Qué haces!? ―gruñó Fili, alarmado, arrancando el brazo del alcance de Bilbo―. ¡Parte la flecha primero y luego sácala!

―Mis disculpas por no saber qué hacer en estos casos ―repuso Bilbo con ironía. Partió la flecha y la sacó de un tirón, haciendo dar un respingo a Fili―: no todos los días tengo el honor de acoger a un enano desnudo con una flecha incrustada en el brazo ―dejó caer la madera ensangrentada con un gesto asqueado en una palangana que había dispuesto a su lado en algún momento.

―Solo una cuestión, señor Bolsón ―inquirió Fili, siseando entre dientes. La saeta había salido limpiamente pero la sangre manaba a borbotones―. ¿Vas a recordarme constantemente que estaba desnudo?

Bilbo carraspeó, notablemente incómodo con el tema de la conversación. Los hobbits amaban las visitas siempre que avisaran con antelación, demostraran un mínimo de modales y, por supuesto, fueran conocidos. Aun así todos eran hospitalarios por naturaleza con aquellos que lo necesitaban. Simplemente… la situación era demasiado irregular para el bueno de Bilbo.

―No es precisamente lo que se espera de un huésped corriente ―aclaró mientras utilizaba un paño para taponar la hemorragia.

Parecía que el hobbit tenía la imperiosa necesidad de tener siempre la última palabra, así que Fili optó por no seguir replicando. En su lugar se concentró en lo miserable que se sentía y en el miedo pertinaz que seguía matándole como un puñal que se abriera paso hasta su corazón.

Era de noche: pocos enemigos había allá afuera para un huargo tan inteligente como Kili… o al menos así debía ser. Su hermano estaba herido, con una patrulla de orcos a sus espaldas. ¿Y si no había sido capaz de huir? ¿Y si le habían capturado?

¿Y si, sencillamente, la herida no le había permitido resistir hasta la caída del sol…?

―No tengo tiempo para esto ―dijo Fili, poniéndose en pie con brusquedad, intentando espantar aquel pavor que hacía languidecer sus piernas―. Mi hermano está herido… Podría estar incluso muerto o ser presa de nuestros enemigos.

―No entiendo nada de lo que estás diciendo, pero no puedo permitir que un invitado se vaya de aquí con semejante herida ―insistió Bilbo, tironeando de su antebrazo―. Así que siéntate y no repliques ―añadió, empujándole para dejarle caer de nuevo en el sillón.

Sin darle tiempo a replicar, el hobbit cogió los enseres que había traído y se dispuso a ocuparse de la herida. La furiosa "hospitalidad" de aquel Mediano parecía suficiente como para noquearle si hacía falta, así que Fili se dejó hacer con todo su pesar.

Tampoco sabría por dónde empezar a buscar aunque saliera allá afuera, así que tal vez lo más sensato era… recuperarse y esperar, por mucho que las palabras latieran dolorosamente en su cráneo.

Bilbo trabajaba deprisa y eficientemente. Retiró cuidadosamente las astillas incrustadas en la piel y limpió la herida por ambos lados con agua tibia mezclada con hierbas. Después añadió contra la piel unas cuantas hojas de olivo machacadas antes de ajustar el vendaje. Era un remedio casero para prevenir infecciones que le había enseñado su madre, Belladona, un día que su padre volvió con una herida considerable en un brazo. Él también había sido un niño bastante inquieto en su infancia, de esos que reciben a las visitas con espadas de madera y trepan a los árboles para tener mejor perspectiva de las estrellas. De no ser por Belladona, tal vez no hubiera llegado a la mayoría de edad.

―Le he dejado solo… ―balbuceó de pronto Fili.

Bilbo levantó rápidamente la mirada y vio los ojos del enano fijos en el fuego. Algo parecía muerto en ellos, relucientes por lágrimas que se formaban sin control en las comisuras y desbordaban los párpados.

―Él me dijo que lo hiciera, y me resistí al principio pero luego… ―prosiguió el enano con un nudo en la garganta.

Su gesto se contorsionó y una lágrima traicionera se deslizó por su mejilla hasta perderse entre la corta barba dorada que cubría su mandíbula. Parecía haber estado resistiendo el peso de la agonía por demasiado tiempo, viéndose finalmente quebrado.

―No pensaba… No podía pensar… ―balbuceó, llevándose una mano a las sienes y tironeando de su cabello. Más lágrimas se unieron a la primera―. Aüle, ¿qué he hecho?

El enano parecía tan desamparado y sumido en el dolor que Bilbo no supo inmediatamente cómo reaccionar. La desesperación y el desánimo no eran habituales en un lugar como La Comarca, donde un mundo idílico e inmutable no permitía siquiera la añoranza por tiempos mejores. Agachó la cabeza mientras sostenía el brazo herido de Fili, preguntándose qué situación había llevado a alguien tan joven (relativamente) de una raza en las últimas a un lugar tan al Oeste, roto por dentro y por fuera.

―No tengo ni idea de lo que ha sucedido, pero tal vez él se sentiría feliz de que estés a salvo ―se aventuró Bilbo, haciendo un último nudo al vendaje―. Listo. Con esto debería aguantar hasta…

―¿Oyes eso…? ―sugirió de pronto Fili. Su voz sonaba esperanzada mientras se ponía en pie e intentaba ubicar el origen de aquel sonido.

El hobbit guardó silencio y escuchó. Claro que lo oía (bien sabido es que la Gente Pequeña tiene un oído muy fino debido a sus orejas): algo rascaba la puerta desde el exterior, como si estuviera llamando a la misma o quisiera captar la atención de su dueño.

―Discúlpame un momento ―repuso Bilbo, incorporándose y saliendo a pasos decididos del salón.

El golpeteo se volvía más insistente a medida que el hobbit recorría el pasillo en dirección a la puerta. ¡Y él que había pensado pasar una noche tranquila! Esperaba por lo menos que no fuera Lobelia, que venía a registrar de nuevo la casa con la esperanza de encontrar su tan famoso cofre de oro. Bilbo ya esbozó mala cara con antelación cuando puso la mano en el picaporte y abrió la puerta.

En honor a la verdad, el hobbit estuvo a punto de caer de espaldas por culpa de la impresión cuando vio lo que estaba en su umbral. Bueno, en su defensa hay que decir, ¿quién no se asustaría al topar inesperadamente con un lobo cuyos ojos están por encima de la cabeza de uno estando sobre sus cuatro patas?

Bilbo emitió un grito mudo que no llegó a oírse, balbuceando palabras inentendibles. A continuación cogió para defenderse lo primero que tuvo a mano, así que en cuestión de segundos se estaba enfrentando a un huargo de casi tres metros de longitud con una escoba de paja.

―¡Fuera! ¡Fuera…! ―tartamudeó, agitando la escoba―. Lobo malo… ¡Lobo malo! ―chillaba el pobre señor Bilbo como si se dirigiera a un perro que acabara de robarle un pedazo de jamón de la despensa.

El huargo siguió avanzando poco a poco, ladeando la cabeza con aire confundido como si no comprendiera la presencia de aquella pequeña criatura ni por qué le atacaba con una escoba. Fue una suerte que Fili apareciera en aquel instante detrás de Bilbo, y sus ojos se abrieron como platos al contemplar la escena.

―Tranquilo, Bilbo ―dijo, encontrando la situación casi cómica―. No te hará daño. Debe haberme olfateado hasta aquí…

Al oír su voz, al verle, el lobo emitió lo que pareció un llanto de alivio y pasó de largo de Bilbo para lanzarse sobre Fili, lamiendo cada pedazo de piel descubierta a su alcance. Aquella vez, al enano no le importó lo más mínimo que el huargo se lanzara sobre él con todo su peso y le tumbara al suelo, dispensándole lametazos y moviendo la cola con gozo al mismo tiempo.

―Para ya… ―le recriminó Fili, presa de las cosquillas, con lágrimas de alivio punteándole los ojos―. Por favor, compórtate…

Ante aquella última puntualización, el huargo se retiró y se sentó obedientemente sobre sus cuartos traseros, observando a un patidifuso Bilbo con aquellos enormes ojos castaños y la lengua rosada asomando entre los dientes blancos. Fili se puso en pie, apoyando una mano en el lomo del huargo, y también se dirigió al hobbit.

―Bilbo, te presento a mi hermano Kili ―anunció.

El hobbit los miró alternativamente a ambos con los ojos achicados y la boca abierta sin emitir sonido alguno.

―¿Qué? ―inquirió cuando por fin pudo recomponerse―. ¿Es alguna metáfora típica de enanos?

―Es largo de explicar… ―murmuró Fili, limpiándose las lágrimas restantes de los ojos con el dorso de la mano―. Si me permites que…

―¡Eh, eh! ―le cortó de pronto Bilbo, pasando de largo de él―. ¿A dónde… vas?

Kili se había deslizado con escaso disimulo hacia el interior de la casa, husmeando cada rincón a su alcance. Levantó la cabeza con interés cuando encontró lo que parecía la despensa, pero Bilbo se interpuso entre él y la puerta con notable cara de susto.

―Ah, no… ¡No, ni hablar…! ―empezó a protestar el hobbit, agitando las manos en un gesto tajante. La voz le tartamudeaba, probablemente por estar dirigiéndose a un animal que las leyendas pintaban de terrorífico―. Una cosa es dejar que un enano comparta mi mesa y pase la noche en mi casa, pero un huargo… ―miró al lobo como si le pidiera perdón, incapaz de encontrar palabras no hirientes para hacérselo entender.

Oh, pero poco conocía Bilbo el arma secreta de Kili. El lobo esbozó su expresión más triste, fijando en él aquella mirada castaña que resultaba extrañamente angelical. Fili rió entre dientes, porque Kili había utilizado aquel truco un millón de veces con su tío, abuelo e incluso con Dwalin para que le permitieran hacer cualquier cosa o le perdonaran las más gordas trastadas.

Nadie, NADIE, podía resistirse a aquella expresión. Bilbo carraspeó sonoramente y rompió el contacto visual.

―Cerrad antes de que os vea alguien ―repuso, dándoles la espalda y yendo a correr las cortinas de la entrada.

Fili se apresuró a obedecer, con la manta multicolor ondeando a su espalda, y cerró el picaporte. Bilbo miró con nerviosismo hacia el exterior antes de cerrar las contraventanas. A continuación se miró con desconcierto los pies, notándolos húmedos, y sintió arcadas al ver sus propias huellas marcadas en sangre reciente sobre la moqueta. Había ido dejando todo un rastro, aparentemente al pisar sendos goterones escarlata que formaban una senda desde la puerta.

―Por todos los… ―murmuró, lívido.

Fili también lo vio, y se volvió de inmediato hacia Kili para inspeccionar su cuello. Apartó el pelaje con cuidado y vio que la sangre se escurría en finos hilos de las hendiduras que aún perforaban la carne, apelmazando el pelo, y que solo los coágulos impedían una hemorragia masiva.

―Sangras otra vez… ―se lamentó con angustia.

Kili gimoteó lastimosamente y le miró con los grandes ojos castaños implorantes. La noche aceleraba su proceso de curación, pero no parecía haber sido suficiente. No había notado ni el dolor ni la debilidad desde que el crepúsculo descendió a besarle, dándole un nuevo arranque de fuerzas y conduciéndole instintivamente hasta Fili.

Bilbo se acercó de puntillas, frotándose nervioso las manos.

―¿E-es grave? ―murmuró, atragantándose con las palabras―. ¿Necesitáis algo…?

Fili habló sin quitar los ojos del lobo, que se había dejado caer sobre su estómago en el suelo del salón. El rostro del enano había perdido todo el alivio y la alegría que le desbordaban solo unos minutos antes.

―Aguja e hilo ―pidió―. También paños y agua caliente, si no es mucha molestia.

Bilbo obedeció por instinto, pero una parte de su cerebro empezó a recriminarle mientras llenaba una cacerola con agua y la ponía al fuego. Tenía un enano y un lobo huargo en SU salón. Debía estar volviéndose loco. ¡Ay, qué diría su pobre padre Bungo si le viera!

Volvió a la habitación con tres trapos limpios en el brazo y el agua y la caja de costura de Belladona en las manos. La última vez que había tenido que usarla con fines curativos el pequeño Frodo se había golpeado la frente al caer de un árbol al que estaba trepando. De eso hacía más de quince años, y Bilbo hacía esperado no tener que volver a coser una herida en su vida.

Fili se había sentado en el suelo al lado del lobo y tenía una mano frente a su hocico, de modo que la respiración caliente impactaba en su palma abierta.

―Te pondrás bien, Kili… ―canturreaba el enano con ternura.

Su otra mano acariciaba gentilmente el cuello ensangrentado del huargo, que había pegado la cabeza al suelo y gemía miserablemente. Su larga cola peluda se mecía de un lado a otro, aparentemente una muestra de tranquilidad.

Bilbo se acercó con cautela y le dio a Fili todo lo que había traído.

―Gracias ―repuso el enano con una sonrisa genuina.

El hobbit no se movió de su sitio, sino que se inclinó hacia adelante apoyando las palmas en sus rodillas mientras observaba atentamente al lobo. Desde luego no era tan aterrador como le había parecido en un principio, pero sus colmillos blancos y afilados y sus poderosas garras tampoco inspiraban confianza alguna.

―¿Cómo se ha hecho esto…? ¿Y cómo te heriste tú…? ―quiso saber, sinceramente preocupado.

Fili quiso hacerle callar, señalándole que el huargo podía comprender cada palabra que decían, pero la última pregunta ya había llamado la atención de Kili. Olisqueó el vendaje del brazo de su hermano, dispensándole lametazos como si pretendiera curar la herida que había debajo. Fili había descubierto tiempo atrás que la saliva de los lobos era curativa, pues Kili se había encargado de aliviarle a lametazos muchos rasguños.

―No te preocupes ―murmuró el enano en tono tranquilizador, acariciándole detrás de las orejas―. No es nada. Bilbo me ha atendido bien.

Los ojos del huargo vagaron hasta encontrarse con el hobbit. Bilbo jamás olvidaría aquel contacto visual, la humanidad y la gratitud que fue capaz de percibir en un rostro a todas luces no humano. Había algo oculto tras toda aquella extraña situación, algo real y tangible que solo estaba empezando a revelarse ante sus ojos.

―No tienes por qué estar aquí, Bilbo ―repuso Fili sin mirarle, empapando uno de los paños en el agua tibia―. Puede no ser agradable.

El hobbit abrió la boca para replicar pero al final carraspeó, giró sobre sus talones y salió de la habitación. ¡Fantástico! ¡Sus huéspedes le invitaban amablemente a abandonar su propio salón!

Mientras Bilbo maldecía su propia benevolencia, Fili había apartado los mechones de pelo apelmazado que rodeaban la herida de Kili y la examinaba por diversos ángulos. Seguía sangrando lentamente y los bordes tenían un aspecto blanquecino: le preocupaba más una posible infección que la gravedad de la hendidura en sí. Con sumo cuidado, acercó el paño húmedo al corte y empezó a limpiarlo. Kili se removió con inquietud.

―Tranquilo… ―murmuró Fili, intentando tranquilizarle―. Escuece porque la herida está sucia. Pronto pasará.

Siguió con renovada precaución, eliminando la suciedad de la herida y dejándola expuesta al aire libre. Procedió a limpiar el pelo circundante mientras soplaba sobre la carne viva para aliviar el escozor. Después sacó una aguja que esterilizó en la llama de una vela, la ensartó con el hilo más fino que encontró y empezó a coser la carne.

Kili emitió un gemido bajo, muy parecido a un llanto, y sus grandes ojos marrones se puntearon de lágrimas.

―Sé que duele… ―se conmiseró Fili, intentando que no le temblara el pulso―. Resiste un poco, por favor…

Dio gracia a haber mostrado interés en su momento por las habilidades curativas de los enanos, primitivas pero aun así efectivas. Le habían sido muy útiles desde el día de su destierro, y hoy volvería a salvarles la vida.

Los minutos pasaban con una lentitud desquiciante. Fili agradeció que Kili estuviera en forma de lobo, porque al parecer dicha forma incrementaba su tolerancia al dolor. La mirada del enano topó en un momento dado con un jarrón de cerámica lleno de frescas flores azules que descansaba sobre una repisa.

―Nomeolvides… ―susurró Fili con una sonrisa melancólica―. ¿Recuerdas cuando nos hacíamos coronas de ellas en las faldas de La Montaña?

Oh, claro que lo recordaba, se dijo Kili, bombardeado por los recuerdos y alejándose momentáneamente del dolor físico. Jamás olvidaría el contraste abrumador del azul intenso de las flores con el dorado imposible del cabello de su hermano. Aquel simple pensamiento logró transportarle de vuelta a aquellos días felices, a las risas incansables y al canto de los pájaros mezclado con el arrullo del viento.

A un tiempo en el que el futuro se presentaba infinito y brillante.

El lobo se mantuvo callado mientras el enano daba puntada tras puntada, denotando que sentía dolor solo por la respiración que escapaba superficial por entre sus mandíbulas fuertemente cerradas. Bilbo los observaba desde un rincón a la sombra de la puerta, habiéndose quedado a escuchar con el sigilo natural de su raza. Aquello no tenía sentido para el hobbit: cualquier animal salvaje arrancaría la cabeza del pobre desdichado que lo dañara, aunque fuera por su propio bien. No obstante, si Fili decía la verdad… ¿no era aquel su hermano? Eso había dicho.

Bilbo empezaba a tener dolor de cabeza. ¿Cómo podía un enano tener un hermano huargo? ¡Incluso para él, aficionado a cuentos y leyendas, no tenía ni pies ni cabeza!

Se ocultó un poco más en las sombras cuando oyó que Fili empezaba a hablar.

―Has sido tan valiente… ―decía en voz baja―. Me instaste a marcharme aunque tú no podías seguirme. Thorin se sentiría orgulloso.

Bilbo se asomó con cautela, deseando que no notaran su presencia allí. No estaba en la naturaleza de los hobbits inmiscuirse en los asuntos ajenos, pero bien podía hacer una excepción en aquel caso. Eran los invitados más peculiares que había tenido nunca.

Fili había terminado de coser la herida y acariciaba repetitivamente la cabeza del lobo, suavemente. El animal pestañeaba en exceso, como si por fin el cansancio empezara a abatirle, pero no dejaba de mirar directamente al enano sentado a su lado.

―No quería irme, pero un orco me disparó en el ala ―murmuró Fili, sin mirarle. Sus ojos brillaban húmedos―. No intento justificarme, es solo que… Por un momento olvidé quién era y qué hacía allí… Solo podía pensar en huir de aquel lugar…

Sorbió con fuerza y las lágrimas despuntaron en sus ojos, acumulándose en sus párpados. Un sonido roto manó de su garganta mientras cerraba los ojos y ladeaba la cabeza para apoyarla en la mejilla del lobo.

―Lo lamento tanto… ―sollozó cerca de una de las orejas―. Perdóname, Kili… No entiendo lo que sucedió… ni cómo fui capaz de abandonarte…

Le temblaban los labios y sus ojos eran pedacitos de un azul arrebatadoramente triste.

―Por favor, espero que puedas perdonarme… ―balbuceó, las lágrimas muriendo entre sus labios.

Kili le observó sin moverse por unos instantes, para después volver la cabeza y emprenderla a lametazos cariñosos con su nariz y mejillas, borrando el rastro de las lágrimas. Fili emitió una carcajada espontánea entre llantos, abrazándose al cuello del huargo con toda la fuerza posible sin dañarle. Las palabras no eran necesarias, ni tampoco el perdón.

Nunca lo habían sido.

En aquel momento, Bilbo se retiró silenciosamente y volvió a la cocina, reanudando la preparación de la cena que había empezado justo antes de descubrir a aquel enano tendido en su jardín.

Cuando terminó, casi media hora más tarde, se dirigió a una de las habitaciones más interiores de su madriguera hobbit y empezó a rebuscar en los cajones mientras echaba bocanadas de humo de pipa por la comisura de los labios. Tras encontrar lo que buscaba, regresó a pasos silenciosos al salón y se asomó para mirar al interior.

Fili se estaba lavando las manos en la palangana que Bilbo le había traído, aunque el agua era más roja que transparente a aquellas alturas. El lobo seguía tendido en el suelo, dándoles la espalda, pero su respiración era tranquila y rítmica.

―Se ha dormido ―confirmó el enano en un susurro al notar la presencia del hobbit―. Estará agotado por la pérdida de sangre… A saber cuántas leguas habrá recorrido hasta llegar aquí.

El enano se puso en pie en silencio, asegurándose de no despertar a su hermano, y salió del salón con Bilbo. El hobbit no dijo nada hasta que hubo cerrado la puerta, y después pareció recordar de golpe qué quería decirle a Fili.

―Toma esto ―repuso, tendiéndole una prenda de ropa blanca cuidadosamente doblada―. Era una camisa de mi padre Bungo que se le quedó grande. Lamento no tener pantalones o calzas…

―Gracias ―murmuró Fili, tomando la tela entre las manos. Era algodón áspero por el uso, pero era mejor que nada que hubiera llevado en los últimos cinco años.

Sin pudor alguno, se desprendió de la manta y se pasó la camisa por la cabeza, ajustándose los lazos del cuello. Bilbo tuvo el tiempo justo de apartar la mirada mientras se ruborizaba hasta las orejas. Los enanos parecían tener un sentido de la decencia bastante laxo.

El resultado podía haber sido peor. La camisa le quedaba algo corta a Fili, exponiendo hasta un poco más arriba de las rodillas unas piernas cubiertas de un vello denso pero tan rubio que apenas se veía. Pero por supuesto era mejor que ir desnudo. Casi podía pasar por una túnica.

―He preparado algo de cena ―anunció Bilbo, echando a andar hacia el comedor―. Imagino que tendrás hambre.

¿Qué si tenía hambre? El enano sería capaz de comerse un lechón entero sin cocinarlo ni nada. Se maldijo internamente: quizás empezaba a pensar demasiado como una rapaz.

El comedor de Bilbo, al que se accedía por una entrada circular en la que tuvo que agacharse, era tan acogedor como el resto de la madriguera-hobbit. Nada más entrar, a Fili le llamó la atención un mapa de la Tierra Media colgado en una de las paredes laterales. Se acercó por instinto y observó el viejo pergamino con detenimiento.

Sus dedos se deslizaron con añoranza por el dibujo de un solo pico aislado cerca del gran Bosque Verde. Erebor, La Montaña Solitaria. Allí había nacido y crecido, arropado por la gente que le quería, hasta que la guerra llamó a sus puertas. Después de aquellos días infernales, el peso de la pérdida parecía más insostenible que nunca.

―¿Te apetece un té? ―sugirió Bilbo a sus espaldas, sacándole de sus ensoñaciones.

Fili se volvió, parpadeando para despejarse, y asintió en silencio. Preferiría una buena cerveza, pero consideró que ya había abusado suficiente de la hospitalidad del hobbit. En otras circunstancias más alegres muy probablemente hubiera entrado en la despensa sin permiso para servirse él por su cuenta.

Se sentó a la mesa en la silla que Bilbo había dispuesto frente a la suya. Había un bol con panecillos en el centro, y en el plato pescado asado con patatas, cebolla y berenjenas. No consideró educado comentar que aquello no era suficiente ni por asomo para un enano, ya fuera joven o adulto, así que una vez más optó por la mesura.

―Bueno… ¿A tu padre no le importará que me hayas prestado su ropa? ―repuso Fili, tomando un bollo y tragando la mitad de un bocado.

―Mi padre murió cuando yo era muy pequeño ―le informó Bilbo, llenando la taza del enano con una tetera―. Mi madre le siguió unos años más tarde, por desgracia. Bolsón Cerrado es mío desde entonces.

―Entonces… ―murmuró Fili, mirando derredor con gesto apenado. Sonaba como si el hobbit fuera alguien muy solitario.

―¡Oh, no! No vivo solo en absoluto ―se apresuró a decir Bilbo, vertiendo el té en su propio vaso―: mi sobrino Frodo vive aquí conmigo. Es un buen muchacho: sus padres murieron en un accidente hace ya varios años. Ahora está en Gamoburgo pasando unos días con unos parientes.

Tomó asiento mientras se instauraba un silencio tenso entre ellos, solo roto por el ruido que hacía Fili al comer. Su voracidad evidenciaba los días que habían transcurrido desde que tomó una comida decente. Ni siquiera le importó derramarse el jugo de la comida por la barba, ante la mirada escandalizada de Bilbo.

El hobbit rodeó la taza caliente con ambas manos mientras observaba cómo el vapor ascendía en finas volutas rizadas.

―Podéis quedaros cuanto queráis ―dijo de pronto, tragando saliva―. No seré yo el que desampare a dos… lo que seáis vosotros, en vuestro estado.

El enano levantó la vista de su plato y miró a Bilbo con estupor.

―Gracias, pero no nos quedaremos mucho ―confesó, limpiándose los labios con el dorso de la mano―. Disfrutaremos un día o dos de tu hospitalidad y seguiremos nuestro camino.

Bilbo asintió con aire comprensivo, dando un trago al té y dando vueltas a la taza con aire pensativo.

―Algo me dice que tienes… ―se corrigió―… tenéis una historia que contar.

Fili sonrió de medio lado. "Historia" era un bonito eufemismo.

―La hay ―admitió―. Aunque no todos la creerían.

―Bueno, no tengo nada mejor que hacer ―repuso Bilbo ajustándose el lazo de la bata y repantigándose en la silla―. Y siempre agradezco oír un buen relato.


Mientras Bilbo Bolsón escuchaba ojiplático aquella historia increíble que un día incluiría en un libro de su puño y letra, Gothmod observaba las luces titilantes de Hobbiton desde una loma que ofrecía una visión envidiable del valle a sus pies.

Detestaba tanto aquel pacífico panorama como la impotencia que le corroía por dentro.

Uno de sus secuaces había herido al halcón en un ala, pero lejos de desplomarse la maldita criatura se había alejado hacia el Oeste, lejos de su alcance. Habían buscado incansables al otro hermano, a sabiendas de que estaría herido y solo en algún lugar, pero la alimaña se había mantenido oculta hasta la caída del sol. Los huargos habían rastreado al lobo más pequeño hasta los caminos que conducían a Hobbiton, pero por mucho que Gothmod deseara arrasar con aquel lugar hasta dar con los enanos el buen juicio le hizo ser precavido.

En su memoria aún vivía el recuerdo de las historias de La Comarca, de aquellos seres pequeños y aparentemente inofensivos que habían expulsado a los orcos de aquellas tierras comandados por el legendario Toro Bramador Tuk (de quien se dice que inventó el golf decapitando al comandante de los orcos). Bree estaba llena de Hombres, aquella raza cobarde y solo preocupada por sí mismos, pero los Medianos defendían con fiereza lo que era suyo a pesar de su estatura.

Si dos enanos habían conseguido menguar de aquel modo sus números, no quería pensar lo que sucedería si se atrevía a atacar La Comarca con tan pocos efectivos. Gothmod se volvió para mirar a sus subordinados. Solo quedaban siete orcos y cinco huargos de los veinte que le habían seguido hasta Bree.

Somos pocos ―gruñó Gothmod con desazón―. Esperaremos los refuerzos y al mismo Azog si hace falta.

Se volvió de nuevo hacia la aldea, gruñendo en la oscuridad con una creciente sed de sangre.

Desplegaos al Sur y al Oeste ―ordenó―. No irán más allá de La Comarca.


Bilbo entreabrió un ojo, gruñendo entre dientes, cuando un rayo de sol traicionero incidió en su rostro y le despertó de su sueño apacible. Se arropó con una sonrisa plácida entre las cobijas, pegando las rodillas al pecho y disfrutando del canto de petirrojos y ruiseñores en el exterior.

De pronto aquella sensación de inquietud en la parte trasera de su cabeza cobró sentido, recordándole que no estaba solo en casa, y saltó de la cama sin molestarse en cambiarse el pijama.

¿¡Cómo había podido olvidar los asombrosos sucesos de la noche anterior!? Había estado escuchando el relato de Fili hasta altas horas de la noche mientras ambos fumaban en pipa (una buena cosecha del Viejo Tobby, debe señalarse). Cada palabra hacía que el interés y la estupefacción de Bilbo aumentaran al mismo tiempo que aquella aletargada sed de aventuras. ¡Cuánto habían vivido aquellos dos hermanos en apenas cinco años! Era una historia digna de ser transmitida, con batallas, maldiciones y héroes.

Bilbo no sospechaba aún que él mismo formaba ya parte de aquella historia, en realidad desde mucho antes de encontrar a un enano inconsciente frente a su puerta. Y el ingenuo hobbit, acostumbrado a su vida cómoda y predecible, tardaría en darse cuenta.

Por suerte Bolsón Cerrado tenía habitaciones de invitados suficientes para acoger a medio Hobbiton, así que no había habido problema alguno en acomodar a Fili en una de las mejores camas que tenía. Más cuando se acercaba a la habitación con intención de despertar a su huésped, alguien apareció en medio del pasillo.

No era Fili. Era un enano joven de desordenado cabello castaño oscuro (desordenado, apelmazado y entrelazado con hojas y ramitas, cabe añadir). Llevaba la misma camisa que Bilbo le prestara a Fili la noche anterior, aunque le iba un más corta debido a su estatura ligeramente superior.

―Buenos días, señor Bolsón ―saludó el muchacho con una sonrisa. Pareciera que saludara a un amigo de toda la vida.

El hobbit no supo qué decir inmediatamente, así que abrió la boca varias veces sin emitir sonido alguno.

―Tú debes ser… Kili, ¿no? ―preguntó. No veía ningún parecido familiar entre ellos.

―Así es ―repuso el enano. Hizo una inclinación acompañada de una floritura con la mano―. A vuestro servicio.

Bilbo le miró de arriba abajo una vez más, como si no acabara de creérselo.

―Entonces tú… ―empezó, haciendo un gesto circular con la mano como si intentara elegir las palabras― …anoche eras…

―Un huargo, sí ―terminó Kili por él, como quien comenta el tiempo que hace. Después relajó un poco su sonrisa―. Lamento mi aparición de anoche, por cierto ―se disculpó, aunque no parecía sinceramente arrepentido―. Seguí a Fili hasta aquí por su olor, pero ni siquiera me planteé lo obvio de la situación. Ni tan solo sé cómo conseguí entrar en Hobbiton sin ser visto.

―Era noche de verbena. La gente estaba allá abajo en el pueblo ―dijo Bilbo, intentando darle una explicación.

El enano se rascó la cabeza con aire ausente mientras miraba derredor. Llevaba un vendaje laxo y ensangrentado alrededor del cuello que no le pasó desapercibido a Bilbo, y debajo se entreveían puntos sobre la piel del cuello.

―¿Te encuentras mejor? ―inquirió el hobbit.

―Me curo muy rápido durante la noche ―reveló Kili, restándole importancia mientras se llevaba una mano al cuello―. Mañana seguramente apenas quedará una cicatriz.

―No he podido acabar de creérmelo hasta… ahora ―admitió Bilbo, sin saber qué hacer con las manos―. Anoche eras un lobo, pero…

Kili sonrió de medio lado, haciéndole un gesto con la mano para que le siguiera. Movido por la curiosidad, el hobbit le acompañó hasta la habitación donde Fili había dormido aquella noche y se asomó con cautela.

Enredado en las sábanas de la cama había un halcón, las alas doradas pegadas al cuerpo, dormido de medio lado como si fuera... en fin, humano. Kili sabía que las escasas veces que Fili dormía siendo un halcón solía hacerlo de pie, aferrado a alguna rama, a menudo con un ojo abierto para vigilar los alrededores. Otras se aovillaba en su regazo para conservar el calor en invierno, en ocasiones bajo su abrigo. Transformarse en su forma humana mientras estaba dormido no era habitual.

―Esto es… increíble ―admitió Bilbo, notando cómo le faltaba el aire―. Siempre supe que existía la magia, pero de ahí a verla con mis propios ojos…

Kili asintió en silencio, soñador, mientras observaba al halcón dormido salpicado por la luz del sol. La forma animal de Fili siempre le había parecido hermosa, desde aquel amanecer después de su huida en la que se elevó ante sus ojos como un fénix en llamas.

En aquel momento había llorado de pura emoción, porque sus plumas eran del mismo oro que su cabello. Aquel que había contemplado toda su vida desde atrás, trenzado a la nuca, meciéndose sobre unos hombros que le habían acompañado cada instante de su juventud.

Ambos se retiraron en silencio, cerrando la puerta para dejar descansar a Fili. El hobbit le condujo a uno de los dos cuartos de baño en dirección contraria al salón.

―Será mejor que te tomes un baño ―repuso Bilbo, reprimiendo las ganas de soltar un comentario sobre la higiene corporal del enano―. Fili lo hizo anoche. No hay nada como un buen baño caliente. Prepararé el desayuno mientras tanto.

Aquellas palabras fueron como música en los oídos de Kili, que tardó lo que dura un parpadeo en introducirse en el cuarto de baño y desnudarse.

Bilbo había tenido el detalle de llenar la tina, en la que cabrían cómodamente cuatro personas, con agua perfumada. Kili gimió de puro placer cuando su cuerpo agotado y dolorido se hundió en la bañera, el agua caliente llegándole hasta los hombros. Valar, cinco años sin tomar un baño caliente era demasiado tiempo. Las heridas y arañazos se resintieron por la subida de temperatura, pero sus preocupaciones se disolvieron en el agua al mismo tiempo que la mugre y el agotamiento.

Se tomó su tiempo en frotar cada rincón de su cuerpo, disfrutando de los diferentes aceites aromáticos (la mayoría florales) que el hobbit había dejado a su alcance. De nuevo pensó con una mezcla de escepticismo y esperanza que alguien les estaba mirando y velaba por ellos.

Al salir desempañó con una mano el espejo oval que había en un lado del cuarto y contempló su reflejo por primera vez en años. Estaba pálido, ojeroso y delgado. Podía contarse las costillas a simple vista, algo harto preocupante en una raza donde la edad solía hacer que uno creciera a lo ancho. Su pelo era un completo desastre, apelmazado y enredado aunque notablemente más limpio. Su barba era rala como la notaba bajo los dedos pero irregularmente recortada, con zonas más afeitadas que otras.

Resultaba patético, se dijo con ironía. La corte se llevaría las manos a la cabeza si pudiera ver el aspecto que presentaba uno de los príncipes de Erebor.

Tardó casi media hora en desenredarse el pelo, dejándolo tan impoluto y suave que su tío Thorin se habría sentido orgulloso de su aspecto. Se preocupó en trenzarse el cabello a la nuca, un motivo sencillo que utilizaba a menudo para que no le molestara en los ojos al cazar. El día que se permitiera anudar su pelo al estilo de la familia de Durin, con las trenzas que le señalaran como descendiente de su gente, sería Fili el que lo hiciera.

Cuando salió del cuarto de baño le recibió el apetecible olor de dulces recién hechos y leche caliente, y la boca se le hizo agua ante tal mezcla de tentadores perfumes. Los siguió por instinto y apareció en el comedor de Bilbo, donde el hobbit estaba atareado poniendo tres platos a la mesa.

Fili estaba allí, asido al respaldo de una silla, inmóvil hasta que le oyó entrar. Entonces emitió un sonido de triunfo y se soltó de su sitio. Lo esperable era que revoloteara grácilmente hacia él, pero su vuelo fue torpe hasta que se aferró al antebrazo extendido de Kili. Éste tomó con cuidado el ala herida, de donde había caído la venda que pusiera Bilbo, y la desplegó para observar los daños: el hueso apenas se había resentido, pero los tendones y los músculos habían sufrido desgarrones.

―No podrás volar bien en un tiempo ―murmuró con pesadumbre. Miró a Bilbo de medio lado con una sonrisa genuina―. Y eso que nuestro anfitrión tuvo el buen haber de curarte, cosa que le agradezco en extremo.

―Cualquiera hubiera hecho lo mismo ―carraspeó el hobbit, incómodo ante los halagos―. El desayuno está listo.

Cinco minutos después, Bilbo pensó que podía sufrir un ataque de histeria.

Por norma general los enanos no tenían demasiados modales en la mesa, y Kili no era una excepción por mucho que su tío hubiera intentado inculcarle un poco de distinción por ser miembro de la casta real (tampoco lo había logrado con Fili, hay que añadir). El enano comía con la boca abierta, derramando migas en el mantel y sobre la camisa, y la leche se le escurrió por la barba rala al beber directamente de la jarra. Probablemente si no hubiera estado tan hambriento hubiera tenido más protocolo y no se hubiera ganado aquellas miradas escandalizadas por parte de Bilbo.

―Necesitáis ropa ―opinó el hobbit con el ceño fruncido, mientras Kili hacía cuenta de su quinto panecillo con mantequilla―. Buscaré algunas más de mi padre, que era más alto y fornido que yo. En cuanto a… ―murmuró, mirando bajo la mesa los pies desnudos del enano, proporcionalmente tan grandes como los de un hobbit pero sin aquella densa mata de rizos―. Podría intentar conseguiros botas en el mercado. Y tal vez pantalones y algún abrigo de acorde para viajar.

―Podemos pagarte ―se apresuró a decir Kili―. Bueno, al menos cuando consiga recuperar nuestros fardos… Llevé las armas conmigo hasta una legua al este de aquí: las escondí en un tocón vacío. Puedo ir a buscarlas en cualquier momento.

―No supondrá un desembolso excesivo ―le cortó Bilbo―. Por favor, insisto en que no me paguéis por ello.

Kili esbozó una de aquellas sonrisas tan anchas que iluminaban una habitación por sí solas.

―Maldición… ¿Dónde has estado todo este tiempo, señor Bolsón? ―sugirió.

Bilbo, siempre perturbado ante las alabanzas, enrojeció de golpe y se puso en pie murmurando algo sobre ir a buscar su abrigo mientras salía del comedor a pasos acelerados.

El hobbit tardó poco en arreglarse, aunque la primera vez que salió de la habitación olvidó que aún iba en ropa de cama. Cuando volvió al comedor, acomodándose el abrigo sobre los hombros, Kili estaba alimentando a Fili dándole pedacitos de embutido de ternera en el pico (que había cogido de la despensa de Bilbo sin pedir permiso). Parecía que estuvieran jugando más que cubriendo una necesidad básica. El enano le miró con expresión inocente, como un niño pillado haciendo alguna trastada.

Bilbo suspiró con una mezcla de resignación y confusión al salir por la puerta. No comprendía su propia actitud y ello le ponía de mal humor, se dijo mientras descendía a grandes zancadas el camino empedrado que conducía a Hobbiton.


En su visita al mercado Bilbo se topó con todos los conocidos habituales que le saludaban con cortesía. Incluso se permitió mantener una corta conversación con Campanilla Buenchico, la esposa de Hamfast Gamyee.

Mientras iba llenando de comida variada la cesta, no obstante, el señor Bolsón notó algo distinto en el ambiente. Tal vez no eran los demás los que estaban diferentes, sino él, temeroso de que descubrieran que había acogido en su casa a dos enanos embrujados. No quería ni imaginar el escándalo que supondría si alguien se enteraba. Los Bolsón ya habían adquirido un poco de "mala fama" debido a sus viajes de juventud, y alentar los rumores nunca le había importado hasta aquel momento.

Para cuando llegó al puesto de ropas la cesta pesaba tanto que apenas podía andar con ella. Le dejó en el suelo con un gruñido de esfuerzo mientras revisaba el género expuesto. ¿Qué tipo de ropa llevaban los enanos, de todos modos? Hacía tantos años que no veía ninguno que ya no recordaba tal detalle. Al final optó por guiarse únicamente por lo más práctico y de acorde a la estatura de sus invitados y centrarse en el detalle más importante.

―¿Botas? ―sugirió el vendedor cuando el hobbit preguntó por ello―. Señor Bolsón, ningún hobbit me ha pedido jamás algo semejante.

La estupefacción del tendero era comprensible, pues los hobbits caminan descalzos incluso en los terrenos más difíciles. Aquello no haría más que engrosar una ya de por sí dilatada lista de excentricidades del buen señor Bolsón. Pero Bilbo no tenía paciencia ni razones para explicarse.

―¿Las tiene o no? ―sugirió, moviéndose nervioso con las manos en los bolsillos.

El avispado mercader bien sabía que pocos hobbits podían pagar tanto como el famoso Bilbo Bolsón, así que no tardó ni dos minutos en rebuscar en el fondo de su carromato hasta traerle cinco pares de botas de la mejor calidad. Bilbo eligió las dos que consideró más adecuadas para sus huéspedes y depositó cinco monedas de oro en la mano del vendedor.

Pagó tres veces el precio real de lo adquirido, pero no le importó. Los hobbits no daban demasiada importancia al oro a no ser que viajaran a las tierras de la Gente Grande.

Y Bilbo no tenía pensado viajar en el futuro cercano… ¿cierto?

Mientras ascendía trabajosamente la colina verdeada que llevaba a Bolsón Cerrado, el hobbit se preguntó por un viejo amigo. Gandalf solo aparecía en las Fiestas de Primavera y en su Cumpleaños para maravillar a la humilde gente de Hobbiton con sus fuegos de artificio. ¿Qué diría el viejo mago Gris si supiera a quién tenía acogido en su casa? Gandalf siempre tenía respuestas para todo, y lejos de su fama de "Portador de Infortunios" Bilbo deseó con todas sus fuerzas que estuviera allí.

Al abrir la puerta circular pintada de verde empezó a rezar internamente porque su vajilla siguiera intacta, su despensa llena… y en general no hubiera ningún destrozo resaltable.

―¿Hola? ―saludó al entrar. Después deseó golpearse contra la pared. ¡Aquella era su casa!

No oyó movimiento alguno ni voces (algo normal, por otro lado. ¿Qué se le dice a un halcón si no esperas respuesta?). Dejó las compras en la cocina y avanzó por los corredores de su madriguera con el sigilo digno de algo que no pisaba el suelo para moverse. Parándose frente a la habitación de invitados, se asomó cautelosamente a la puerta entreabierta y levantó las cejas al mirar adentro.

Kili dormía plácidamente con una mano cerca de la cara y un pie asomando por un lado de la sábana. Su rostro era la viva estampa de la paz, y en cierto modo ello le hacía parecer casi un niño. Imaginaba que ninguno de los dos había tenido demasiadas oportunidades de dormir en una cama en los últimos años, así que aquella imagen era comprensible.

Bilbo sonrió por inercia. Le recordaba demasiado a Frodo, el hobbit de cabello oscuro y rizado cuyos ojos le habían seguido con cariño y entusiasmo desde que era un niño. Comparativamente no debían tener edades tan dispares, en realidad…

Fili permanecía de pie en la mesilla de noche, observando al enano dormido sin pestañear. Incluso Bilbo fue capaz de descifrar la devoción y el afecto infinitos en la mirada desconcertantemente azul del halcón. El ave volteó fugazmente a mirarle, y el hobbit adivinó lo más parecido a una sonrisa en una cara que no podía sonreír.

―Nunca he tenido hermanos, así que desconozco ése sentimiento ―admitió Bilbo. Después ensanchó su sonrisa―. Sois afortunados.

Como era de esperarse, Fili no respondió. Sencillamente volvió a su muda y fervorosa contemplación. Aún seguía allí cuando Bilbo se marchó, dejándoles en aquel ambiente de íntima soledad.


Las colinas verdes de Hobbiton eran doradas bajo un sol de fuego. El ocaso se acercaba y Kili y Fili lo esperaban, estoicos, ante una de las ventanas de Bolsón Cerrado. Kili estaba sentado en uno de los sillones de Bilbo, el cielo rojo reflejándose en sus ojos castaños, mientras acariciaba la cabeza del halcón que permanecía parado en el reposabrazos.

Aquel sería el primer cambio que podían compartir en paz desde lo sucedido en el bosque. ¿Qué debían decirse, hacer? Aquella vez era distinta a todas las anteriores, a los miles de amaneceres y anocheceres que habían vivido bajo el abrazo de su funesta maldición.

Anar se hundió finalmente entre los altozanos, solo una mancha naranja entre nubes pálidas y alargadas.

Kili cerró los ojos, sonriendo con placidez, y al abrirlos de nuevo era Fili el que estaba frente a él. Fili con sus ojos de un azul imposible, inclinado sobre él en el sillón y con los labios rosados imitando su sonrisa.

El corazón de Kili dio un vuelco, mezcla de tristeza y dicha. ¿Cómo podía experimentar a la vez sensaciones tan contrapuestas? Solo supo que en un instante eran lágrimas ardientes las que descendían por sus mejillas, y que no podía borrar la sonrisa de su rostro.

Aquella vez no se permitieron ser tan estúpidos como para desperdiciar tan valiosos instantes. Fili puso una mano en la nuca de Kili para acercar sus cabezas y juntar sus frentes. Había tan poco espacio entre ellos que parecían respirar el mismo aire.

―Creí que te había perdido… ―murmuró Fili contra los labios de su hermano.

―Calla… ―repuso Kili en un susurro―. No ahora…

Rodeó el cuerpo de su hermano con los brazos, apretándole contra él como si nunca fuera a dejarle marchar. Las cálidas manos de Fili le imitaron, quedando unidos en un abrazo aparentemente irrompible.

Fili ladeó la cabeza y sus mejillas se tocaron. Sus labios besaron efímeramente la comisura izquierda de los de Kili, y deseó haber sido lo bastante sutil como para que éste no lo notara.

Un pequeño consuelo para su corazón roto, eternamente enamorado, pero carente de esperanzas.


Adoro a Bilbo, y me gusta verle como una especie de figura paterno-filial alternativa para los tontacos de Fili y Kili. Ais :3

Las líneas temporales están alteradas a más no poder. Frodo tiene la edad que tiene en El Señor de los Anillos, por ejemplo (y los parientes con los que está son Pippin y Merry, o sea... de juerga hobbit por Gamoburgo como quien se va a la Oktoberfest xD).