CAPÍTULO 7

Al día siguiente era sábado.

Yo llevaba tres noches quedándome con Thiago hasta después de las doce y había decidido que sólo un holocausto nuclear conseguiría sacarme de la cama antes de que estuviera preparada. Cuando me desperté a las ocho, me tapé bien con la sábana y volví a cerrar los ojos. Eso duró aproximadamente quince minutos, hasta que noté que el colchón se hundía al sentarse otra persona en el borde.

Abrí un ojo. Era Tefy.

—Esto no es Mar del Plata —le dije con voz adormilada—. Aquí no hay gallos.

—Te traigo café.

Aquello cambiaba un poco las cosas. Abrí los dos ojos.

—¿Porqué?

—Quiero que me cuentes todo lo que ha pasado entre Thiago y tú.

—¿A las ocho y cuarto de un sábado?

—Tengo que estar en el museo de arte a las nueve —explicó.

Abrí la boca y volví a cerrarla. Quería volver a dormir más de lo que quería saber por qué tenía que ir al museo a esa hora ridícula.

Alai entró en la habitación.

—Mamá, Tef está aquí.

Al fin me rendí. Me senté contra el cabecero y acepté la taza de café que me tendía mi amiga..

—Todo —repitió ella.

—Tenemos un acuerdo —dije.

Tomé un sorbo de café y esperé a que Alai volviera a sus dibujos animados.

—Nos vamos a tomar un respiro del sexo opuesto una temporada. El uno con el otro.

—Eso ya lo sé. Es lo que ha dicho él. Quiero tu versión.

—¿Thiago te ha hablado de esto? —aquello me sorprendía—. ¿Y qué te ha dicho?

—Que le gustaría que se le hubiera ocurrido hace tiempo.

—Eso no está mal —decidí.

Tefy sonrió.

—Hacéis muy buena pareja. Siempre lo he dicho.

—Sólo es un acuerdo.

—Llámalo como quieras. Ese hombre está pilladísimo contigo.

Me atraganté un poco con el café.

—Estaréis así un tiempo —pronosticó Tefy—. Después os enamoraréis locamente y cuando quieras darte cuenta, Alai tendrá un hermanito o una hermanita. O las dos cosas.

—No todo el mundo quiere tener muchos hijos — dije con rapidez—. Además, ya soy mayor para eso.

—No lo eres.

— Seguramente no ocurrirá así —dije con suavidad, para no decepcionarla—. Creo que él no quiere volver a recorrer ese camino. Si le ocurre, será con alguien que lo pille por sorpresa y lo lleve al altar antes de que haya tenido tiempo de salir de la nube.

—Eso también es romántico, pero tú te quedarías fuera.

—No importa —mentí—. Lo que hacemos ahora está muy bien.

Sus ojos se iluminaron de nuevo.

—¿En serio?

—Espectacular.

Estefania suspiró.

—Eso es maravilloso —miró el reloj de la mesilla—. Lo siento, tengo que irme.

—¿Por qué tienes que irte a un museo a las nueve de la mañana de un sábado?

—Los padres solteros que tienen a sus hijos de visita en casa los suelen llevar al museo.

—No, los llevan a restaurantes de comida rápida y al zoo —la desengañé yo.

—Si son intelectuales, van al museo.

—Los padres divorciados olvidan la parte intelectual hasta que los hijos terminan el instituto —expliqué. Después de todo, soy abogada de divorcios y entiendo de esas cosas.

—¿Sugieres que vaya al zoo? —preguntó Tefy, que parecía decepcionada.

—Yo en tu lugar empezaría por allí. Luego puedes probar en un parque un poco más tarde.

Ella pensó un momento.

—Eso es bonito. Un paseo por el parque. Podría enamorarme de un hombre que saca tiempo para algo así.

—Ah, flaqui—carraspeé—. Seguramente encontrarás lo que buscas jugando al fútbol o al disco volador con sus hijos, no paseando contemplando las flores.

Suspiró y me miró a los ojos.

—Thiago y tú me habéis dado esta idea. He comprendido que necesito alguna guía, un plan predeterminado. Hasta ahora iba por la vida como un pez en un lago, esperando que alguien me pesque y me eche en la sartén.

Recordé el viejo adagio de que no encuentras al hombre ideal hasta que dejas de buscarlo.

—No te esfuerces demasiado —sugerí.

Se marchó y yo miré mi reloj y pensé si podría volver a dormir un rato. Acababa de cerrar los ojos cuando oí la voz de Alai desde la sala.

—¡Mamá! ¡Thiago está aquí!

Me senté con rapidez. Entró en mi dormitorio y miré sus pantalones amarillos con la boca abierta.

—¿Qué llevas puesto?

—Voy a jugar al golf con el juez Bauer —explicó—. Tiene tu caso.

El corazón se me encogió un poco. Había confiado en la jueza Inchaustin y su afinidad con la sonrisa de Thiago.

—¿Cuándo te has enterado?

—Ayer por la tarde, pero no te lo dije anoche porque no quería estropear la velada.

Habíamos ido a cenar y al cine. Y él tenía razón. La noticia me habría puesto de mal humor. Los dos sabíamos que tenía más probabilidades con Inchaustin.

Thiago se sentó en la cama.

—¿Qué planes tienes para hoy?

—Alai necesita unas deportivas nuevas y tendré que contratar un servicio de limpieza o fregar el suelo de la cocina. ¿Y los tuyos?

—Hacerle la pelota al juez y después he pensado que podríamos sentarnos juntos y escribir una respuesta a la petición de Arrechavaleta.

Aquello era importante. Sólo teníamos de tiempo hasta el viernes para entregarla.

—También recuerdo que dijiste que tenías entradas para La Miss Tijuana este fin de semana —continuó.
Lo miré sorprendida. Me había olvidado por completo de aquello.

—¡Es esta noche! —salté de la cama.

—Estás muy guapa en ropa interior —sonrió Thiago. Bajé la vista. Llevaba bragas y la camiseta amarilla del canguro.

—¡Oh, mierda! —abrí un cajón de la cómoda y saqué un pantalón corto—. ¿Quieres ir conmigo? Suponiendo, claro, que pueda encontrar canguro en el último momento.

—Claro que sí —dijo él—. Silvia Casamento vive para tus pesos.

—Pero a Alai no le gusta tanto como para quedarse a pasar la noche con ella.

Los dos nos miramos.

—¿Se va a quedar toda la noche? —preguntó él al fin.

—Puede ser tu recompensa por llevar mi caso.

—Cierto. ¿Te llevarás las mallas negras?

Asentí con la cabeza.

—Seguramente terminará tarde y hay una hora de regreso a Buenos Aires —dijo él—. Sí, lo mejor es pasar la noche allí. Tef se quedará con Alai, ¿no?

Yo sabía que lo haría.

—¿Cómo encaja esto en nuestras reglas? —pregunté.

—Bueno, para empezar, cada uno se llevará su cepillo de dientes.

Creo que me reí un poco.

—Pero descartamos las noches completas.

—Esto son circunstancias extraordinarias.

—No tanto —dije yo—. No estamos hablando de San Carlos de Bariloche, sólo de La Plata.

—¿Estás intentando que cambie de idea?

Me mordí la lengua con tanta fuerza que me hice daño.

—Sólo quiero dejar claro nuestro acuerdo.

Thiago sonrió de pronto.

—Eres genial. Eres la única mujer en el mundo con la que podría funcionar esto.

Mi corazón brincó un poco, pero no sabía si aquello era bueno o malo.

—¿Qué habríamos hecho antes de nuestro acuerdo? —preguntó él.

—Muy fácil. Habríamos compartido habitación para pagarla a medias.

—Y cada uno habría dormido en una cama —dijo él.

—Sí.

—Pues haremos eso. Yo me ocupo del alojamiento y tú de la canguro. ¿Dónde es el concierto?

—En el Tropicana.

—De acuerdo. Primero probaré en el Tropicana. Lo peor que puede ocurrir es que tengamos que ir a otro hotel después del espectáculo.

Salió de la habitación y yo me puse inmediatamente en marcha. Tenía mucho que hacer antes de ir a La Plata.

—No te muevas —le dije a Alai cuando pasé por la sala.

—¿Adónde vas? —me preguntó sin apartar la vista de la televisión.

—Al apartamento de Vale.

—Te va a pegar. No son ni las nueve y media.

Aquello era cierto, pero tenía que arriesgarme.
Tuve que llamar tres veces a la puerta antes de que Vale contestara.
Me sorprendió su anticuado camisón de franela.

—¿Qué llevas puesto? —pregunté.

—Por la noche tengo frío. ¿Quién se ha muerto?

—Necesito un favor —le expliqué.

Vale se dirigió a la cocina, la seguí y la encontré enchufando la cafetera.

—Necesito que Alai se quede aquí esta noche. Es una emergencia. Si no, no te despertaría a estas horas.

—Faltan unas cuantas horas para la noche.

—Tengo que saber si voy a ir o no para salir de compras. Necesito algo que ponerme esta noche.

Aquello sí atrajo su atención.

—¿Adónde vas?

—A La Plata. Al concierto de la Miss Tijuana.

—Eres una mala amiga por no haberme invitado. Hace semanas que tienes esas entradas.

—No podía invitarte sin invitar a Tef y sólo tengo dos entradas. Además, tú no puedes hacerme lo que me hace Thiago.

—De acuerdo, de acuerdo, envía a Alai aquí. Le diré a Tefy que está de guardia —frunció el ceño—. Por cierto, ¿dónde está? ¿Por qué no te ha abierto ella?

—Ha ido al parque a buscar pareja.

—Ah.

Sirvió dos tazas de café y nos sentamos a la mesa de la cocina.
Cuando volví abajo, Alai seguía pegada a la televisión.

—Tienes que lavarte los dientes —le dije.

—Esto está a punto de terminar, mamá. Antes quiero verlo entero.

—Está bien, pero cuando salga de la ducha quiero verte vestida y de pie delante del espejo del baño —le advertí.

Diez minutos después, cerraba el grifo y apartaba la cortina de la ducha. Alai se cepillaba el pelo ante el espejo.

—¿Adónde vamos? —preguntó.

—A comprar unas deportivas.

Eran ya las dos cuando volvimos a casa, con una bolsa de ropa nueva para Alai y lencería nueva para mí.
A las tres y diez minutos, Alai había subido con Vale y yo estaba desnuda en la puerta de mi armario sin saber qué hacer. Íbamos a compartir una habitación y, en circunstancias normales, yo me habría vestido allí para el concierto. ¿Pero eso no parecería demasiado relajado e íntimo después del acuerdo? ¿Era mejor ponerse ya la lencería de seda roja y el vestido negro?

Oí una llamada a la puerta, me puse la bata y salí a abrir.

—El concierto es a las ocho, ¿verdad? —preguntó Thiago—. Tenemos que irnos ya.

—Faltan cinco horas —repuse, algo malhumorada por todas aquellas reglas.

—Cuatro y media. Pero tenemos que llegar con tiempo de cambiarnos de ropa y relajarnos un poco, ¿no?

Suspiré. Acababa de resolver mi dilema.

—De acuerdo. Voy a ponerme unos vaqueros.

Me siguió al dormitorio. Eché la bata sobre la cama y enseguida se me lanzó encima.
Se acercó por detrás, me abrazó por la cintura y me besó el cuello. Deslicé una mano por su pelo y un momento después estábamos los dos sobre la cama.

—Aunque por otra parte, ¿cuánto tiempo necesitamos para cambiarnos de ropa? —preguntó él.

—¿Media hora? —sugerí yo.

—Sí.

Nuestro acuerdo era joven todavía, pero estaba aprendiendo cosas de él que antes no sabía, como que sentía la necesidad de hacer el amor con un cierto orden. Una noche me había confesado que, siempre que cumpliera con un plan determinado, sabía que probablemente satisfacía a su compañera. Y esa vulnerabilidad me había conmovido tanto como la confesión sobre su ex mujer.

Decidí que los amantes por acuerdo tenían la obligación de alterar el orden de vez en cuando, así que, cuando llegó a la parte en que bajaba la boca hacia mis pechos, me senté, le puse las manos en los hombros y lo empujé hacia atrás.

Pareció asustado.

—¿Qué ocurre? —preguntó.

Yo no contesté con palabras, aunque dejé que mi boca hablara por mí.
Le mordisqueé el cuerpo siguiendo la senda de mis labios.

—¿Cuál es el punto donde más te gusta que te toquen? —pregunté.

—Ése —repuso él con voz vibrante—. No, ése.

—Decídete.

—Sigue e intentaré decidirlo.

Seguí. Después me coloqué encima de él y lo recibí dentro. Sus manos sostenían mis caderas, pero de pronto todo cambió. Se incorporó, tomó un mechón de mi pelo con las manos, y de pronto me encontré tumbada con él encima y su boca en la mía. Se mostraba hambriento y fiero, como exigiendo algo, aunque yo no sabía qué era. Pero no importaba, estaba dispuesta a dárselo todo.

Los dos nos quedamos luego en silencio. A veces hablábamos y a veces no. Y si los antiácidos se abrían paso en la conversación, eso no implicaba un ataque a mi feminidad.

—¿De verdad queremos ir a ese concierto? —preguntó al fin Thiago con pereza.

—Las entradas me costaron 150 pesos —contesté yo.

—En ese caso, me visto enseguida.

Al final conseguimos salir de mi apartamento a las cuatro y media. Yo subí a abrazar a mi hija una vez más y nos marchamos. Estábamos ya en la autopista cuando Thiago sacó el tema del golf de la mañana.

—Bauer se va a retirar de tu caso.

Lo miré. Conducía él.

—¿Porqué?

—Dice que has trabajado muchas veces con él y que le caes bien.

—¿De verdad? —a mí me daba la impresión de que me miraba con burla siempre que tenía la temeridad de poner los pies en su sala.

—Dice que siempre tienes el corazón en su sitio y que no quiere tener que decidir algo relacionado con tu hija.

—¿Y quién nos queda?

—Inchaustin no. También se ha disculpado.

Yo no podía creerlo.

—Le gusto yo —dijo Thiago—. Y sabe que a mí me gusta Alai. Tiene más o menos los mismos problemas que Bauer.

—¡Oh, esto es mala señal!

—No necesariamente. He decidido trasladar el caso fuera del condado. Así la reputación de Arrechavaleta y su familia no tendrán tanto peso.

Eso era verdad. Y si descontábamos aquello, yo no tenía gran cosa que temer.

—Presentaré la solicitud el lunes a primera hora —dijo.

Lo cual nos daría cuatro semanas más antes de la vista para ponernos al día con los papeles. Aquello me gustaba.

Entre otras cosas, porque Arrechavaleta se acercaría peligrosamente a la fecha de las elecciones y, si Thiago y yo conseguíamos un aplazamiento, las elecciones ya no entrarían en juego. Y no podía evitar pensar que en ese caso a Arrechavaleta ya no le interesaría la custodia.
Thiago empezó a cantar uno de los grandes éxitos de la Miss Tijuana. Hasta entonces no me había dado cuenta de hasta qué punto desafinaba.

—¡Basta! —le supliqué, con las manos en los oídos.

—¡Eh, eso es criticismo!

—Las reglas lo permiten.

—No estoy seguro.

—¿Uno de los dos no dijo algo sobre la sinceridad?

Nos echamos a reír y todo fue de maravilla hasta que llegamos a La Plata. Estábamos cruzando el vestíbulo del Tropicana en dirección a la recepción cuando Thiago se detuvo de pronto para mirar un largo pasillo de baldosas.

—¿Qué? —pregunté. Vi una tienda de regalos al final del pasillo.

—Esa muñeca le encantaría a Alai —dijo él.

Era una muñeca de metro y medio de altura con los brazos y las piernas largos y finos y un frutero en la cabeza. Estaba en el escaparate de la tienda.

—Te contó lo de los Albaricoque —dije.

—Arandanos —repuso él—. Sí, me lo contó. Además, creo que esa muñeca es de las que puedes atarte a los pies y bailar con ella. Alai estudia ballet, ¿no?

—Sí.

—Se la voy a comprar —se alejó hacia el pasillo—. Amo a esa niña.

Sentí que se me doblaban las rodillas y no pude evitar desear que me amara a mí también. Y en aquel momento empecé a comprender la estaba enamorada de él y quería que fuéramos una familia.


Hola!Ya se que debi actualizar hace un par de dias pero entre cierto cumpleaños que me tiene de cabeza y que no habia reviews pues decidi dejarlo para el finde que tengo mas todas formas no me tarde tanto no?

¿Os gusto? Mar ya se dio cuenta que siente por Thiago pero ¿Que sentira Thiago por ella?.Cuantos mas reviews haya mas rapido subo sino,nos veremos el fin de semana que viene :)