—¿Dónde está?

—¿Qué cosa?

—¿¡Dónde está!?

—¿¡Qué cosa, loco alterado!?

Al pasar casi todo el día en las nubes a causa de la reciente experiencia en el cementerio, Akaashi había olvidado completamente recordarle a Bokuto que debía entregar su ramo. Sin embargo, este último tenía la intención de presentárselo antes de cerrar la tienda, así le sorprendería. Pero esto se tardó más de lo pensado, siendo que no encontraba el ramo por ningún lado de la tienda.

—¿Seguro no lo vendiste?

—Si entendieras de qué hablas, te lo haría saber.

Bokuto chasqueó la lengua, dándose la vuelta y volviendo al despacho a revisar nuevamente. Keiji lo venía esperando con las bolsas de comida en mano y el local a punto de cerrar. Suspiró levemente. Realmente luego de su experiencia reveladora en el cementerio se sentía extrañamente cansado y decaído; estando en ciertos momentos a punto de cancerlarle a Bokuto el "Día de soltería". Aunque, por mal que se encontraba no quería quitarle la ilusión al mayor, siendo este quien se ofreció a comprar la comida y poner casa, además de esa gran sonrisa brillante de siempre.

—Akasheeee —lloriqueó, arrastrándose por los suelos totalmente rendido. Keiji lo miró de arriba y mantuvo su paciencia, como siempre.

—¿Me vas a decir qué estás buscando tan desesperado? Tenemos que cerrar.

—Por casualidad no viste en la parte de atrás un ramo de Glicinas violetas y Margaritas blancas en una jarra de metal, ¿no? —se rindió, finalmente. Tan concentrado en su chasco como para no notar los varios intentos lastimeros por hablar de Akaashi.

—Eh, mhm, bueno… —siguió insistiendo en contestar, reconociendo aquél ramo en su memoria al instante. Sin embargo, era mucho por explicar el porqué tomó aquél ramo. Realmente las fuerzas no le daban para afrontar nuevamente a su padre en un mismo día. Fue cuando Bokuto le miró expectante que decidió seguir—. Creo que la entregué a un cliente.

—¿¡Qué!? —sus ojos se circularon en un segundo por el impacto de la noticia, volviendo su cuerpo al suelo en una gran desilusión—. Era para ti —susurró de labios besando el suelo.

—¿Era el que te pedí ayer? —Cuestionó Keiji, rememorando aquél bello ramo acompañando la olvidada lápida entre ventiscas fantasmales.

—Sí.

Keiji sonrió, apoyando las bolsas sobre el suelo y agachándose para jugar un momento animadamente con los cabellos del otro por segunda vez en el día.

—Te quedó hermoso.

Bokuto le sonrió de vuelta.

—¿Lo pudiste ver bien? ¿Crees que debería haber cambiado algo? ¿La jarra quedó bonita con el ramo? —Preguntó entusiasmado.

«Caminé media hora con él, imposible no verlo bien», pensó.

—Oye, en serio quedó muy bonito. Creo que la jarra le dio un buen toque Vintage.

Así como así, Bokuto había vuelto a la normalidad, pensando constantemente de forma orgullosa que a Keiji le había agradado su arduo trabajo; sin saber la verdadera belleza de esa fusión como para ser capaz de encontrarse sobre la tumba del padre del pelinegro.


—Eso no puede pasar.

—¿Cómo sabes? —retó Bokuto, dirigiendo su intensa mirada para el muchacho al otro lado del sillón—. ¿Nunca viste a un gato usando una computadora?

Keiji levantó una ceja de forma guasa.

—¿Alguna vez viste a un gato que realmente utilice una computadora? No puedes culpar al maldito gato de hackear el sistema, Bo.

Llevaban debatiendo aquello en un receso de la película donde, supuestamente, Bokuto iría a preparar más palomitas de maíz y traería chocolate de nuevo a la mesa.

El film era interesante. Tratándose de acción, siendo protagonizada por un personaje fuerte y frío quien lideraba un escuadrón élite del ejército y encontrándose con un extraño hacker que robaba papeles del gobierno mediante sus tácticas computadorizadas. Claro, era un buen argumento pero el desarrollo podría haberse producido mejor, por lo que cada cinco minutos habían análisis de Keiji respecto a cómo podría mejorarse la trama.

—Te reto a jugar al Twister. Si tú ganas, yo traigo la comida y cambiamos de película. Si yo gano, el gato termina siendo el hacker, seguimos viendo la película y tú me traes un licuado.

—¿Y si el gato no es el hacker, al final?

—Lo va a ser, porque es obvio que mi lógica tiene sentido.

—Nada de lo que dices tiene sentido, Bokuto —rió Keiji; levantándose del cómodo sillón en busca de la soporte colorido para comenzar a jugar.

Al ser solo dos personas no podía utilizar la suerte manual, así que encontraron una aplicación con el mismo propósito que las flechas en la tapa de la caja, siendo expresadas en una voz femenina las instrucciones cada cinco segundos de forma automática.

—¿Listo para seguir viendo al gato hacker? —avivó Bokuto, sonriendo creído y de manos en las caderas mientras el pelinegro abría la aplicación.

—Estoy preparado para cambiar esa película sin sentido.

Así comenzaron, de pie derecho en amarillo y mano izquierda en rojo. Terminando, sin entender mucho, totalmente enredados en el otro. Entre quejidos por estar medio cuerpo sobre Bokuto y tratando de alcanzar el otro extremo, Keiji escuchó las palabras milagrosas:

"Mano derecha en azul".

Azul como el cielo, el agua, mar o la camiseta de Bokuto. Sonrió ante su victoria poco merecida. Cuando el de cabello bicolor quiso acordar, ya se encontraba en el suelo sintiéndose totalmente traicionado.

—¡Me empujaste!

—Gané de forma justa. La máquina dijo de poner la mano en azul. ¿Tú que crees que hice? —rió Keiji, enderezándose sobre el plástico.

Por más debate que hubiera, Keiji ya se había posicionado cómodamente en el sofá y tomado el control remoto en busca de una nueva película. Mientras reía al escuchar la grave voz de su amigo quejarse de a ratos por perder injustamente.


Terminaron viendo una película dramática donde la protagonista era una pequeña niña quien pasaba por el asesinato de alguien allegado a ella. De vez en cuando hacían ciertos chistes sobre el tema que se tratara la escena solo para sobrellevar la trágica trama.

Ocurrió hasta que el personaje principal expresó sus sentimientos a su mamá respecto a la muerte de su tío, aquél hombre asesinado a sangre fría quien nunca aparecía en la trama, pero la llevaba adelante. Bokuto iba a realizar un chiste sobre el claro efecto de photoshop como fondo, dirigiendo su mirada hacia su compañero y parando el carril de palabras cuando estas estaban a punto de salir de la estación.

Le observó como siempre le gustaba hacerlo. Libre y sin miedo. Admiró como sus curvadas pestañas se asemejaban a las finas cuerdas de un violín y danzaban a cada momento formando sinfonías y como sus ojos reflejaban el brillo de la televisión en sus iris, encontrándose estos más cristalizados de lo usual. Tomó en cuenta la expresión de su cuerpo, abierta, tirado sobre el posabrazos y abriendo levemente las piernas de forma distraída mientras las doblaba para hacerle suficiente espacio a Bokuto. Dibujó una línea en su imaginación del movimiento leve que formuló su mano de camino a su boca, posando esta sobre sus labios y concentrándose en el contenido tecnológico. Así lo pudo ver Bokuto durante el tiempo donde acomodaba sus pensamientos.

—¿Todo bien? —preguntó, ciertamente inseguro. Nunca lo había presenciado así: Pensativo e ido.

—Sí, ¿por qué? —Contestó luego de volver a la realidad y mirar con cobardía a los ojos del otro.

—No sé, te veo medio raro.

—¿Por qué? —trató de reír ante la incertidumbre del otro, largando su voz ahogada en nerviosismo.

—Parece que te falta algo.

Keiji mordió su cachete.

«Ya lo admití en voz alta, suficiente de admitir por hoy», pensó callando las palabras.

Bokuto se lanzó entre sus piernas, sobre él, llevando los brazos a los costados de su cabeza y posicionándose bruscamente arriba suyo como una bolsa de papas, haciéndole doler el pecho al menor.

—¿Qué haces? —cuestionó Keiji, sintiendo como el aire y cordura lo dejaban de lado.

Ahora Koutaro cerraba los brazos para acariciar suavemente los oscuros cabellos de Akaashi mientras picaba con los suyos la mejilla pálida del muchacho de pecho descontrolado. Así era él, de accionar y luego pensar.

—Parecía que necesitabas un abrazo.

Keiji sentía el peso muerto sobre él, aunque el calor del opuesto le llamaba más la atención que ese gran detalle. Podía sentir como el pecho de Bokuto se inflaba lentamente y su corazón bombeaba tenaz en un hermoso acorde y ante esto su cuerpo se relajó levemente, tentado a tocar su espalda, recorrerla con sus dedos y apretar sus brazos contra su piel en busca de algo a qué sujetarse mientras su mente caía un poco más donde no debía.

¿Acaso Bokuto le estaba abrazando para que le contara qué le ocurría? Keiji no lo entendía del todo, pero ante la comodidad de aquél agasajo por su mente pasaba la idea de contarle a un humano ajeno a su situación lo que en su memoria no dejaba de revivir cada catorce de febrero.

Ante el molicie de la situación no pudo contener sus manos de subir por la remera azul de su compañero en busca de tomar esa gran espalda entre sus manos y apretarlo con la intención de que aquello no parara por algunos momentos más a pesar de lo que sus labios confesaran.

—Mentí. El ramo que me hiciste lo elegí para dárselo a mi papá cuando fui a visitarlo al cementerio —la voz le salió suave y correctamente decidida para lo que su conciencia demostraba.

Impidió que Bokuto se levante a mirarlo apretando un poco más su espalda, sintiendo igualmente el impulso del otro por hacerlo. No pretendía ver esa mirada en los ojos de Koutaro. No sabía exactamente qué tipo de sensación le transmitirían esos ojos brillantes en ese momento, pero no quería encontrarse con ella. Ya sea preocupación, lástima o tristeza, no se permitiría aquello luego de un bello día como ese.

—¿Tú lo amabas?

Keiji tardó en contestar, cuestionándose qué clase de pregunta era aquella. Claro que lo quería, incluso en sus días más oscuros irradiaba un amor indescriptible hacia él y su familia. ¿Cómo no amar un brillo así en tu vida?

—Sí.

Aunque esta vez Keiji volviera a apretar la espalda del otro en un lastimero esfuerzo, Bokuto se sentó entre sus piernas con una gran sonrisa emocionada; tal cual si nada pasara.

—Te voy a llevar a un lugar y te va a encantar —canturreó, levantándose energético del sillón y arrastrando de la mano a Keiji, quien recién se encontraba descendiendo a la realidad confusamente.

—Bo, son casi la una de la madrugada, ¿a dónde piensas ir?

—Ya vas a ver.

No necesitaron abrigo, porque al abrir la puerta de entrada el calor subió a las mejillas de Keiji y Bokuto susurró un: "Hace un buen clima ahora".

En el pasillo del apartamento de Bokuto se encontraba aquél muchacho de cabellos oscuros que había presenciado Keiji el primer día de conocer a Bokuto con otro chico de menor estatura y cabellos rubios teñidos hasta llegada la barbilla. Los divisó tomados de la mano, entrelazando sus dedos y sin dejar mucho espacio entre ambos brazos; hablando animadamente de algo que él no podía escuchar, como si estuvieran en su propio mundillo. Casi nunca presenciaba escenas tan naturales y románticas al mismo tiempo, siendo su mirada dirigida la mayor parte de su vida a sus quehaceres y no sentimientos.

—¡Kuroo! —llamó Bokuto al salir del apartamento y cerrar la puerta detrás suyo—. Volvieron, que bueno. Hay comida en el micro, si quieren comer.

—Buenas —saludó el pelinegro a ambos muchachos—. Nosotros fuimos a comer a un restaurante, así que andamos bien de hambre, la verdad.

—Bueno, entonces nos vamos. Pasen una linda noche, chau, chau.

Bokuto habló con energía, incluso tomó de la mano a Keiji con energía y corrió por el pasillo, también energético.

—¿Por qué corrimos? —preguntó a Keiji luego de su maratón hasta el ascensor.

—Porque dejé toda la casa hecha un desorden y si estoy cerca de Kuroo cuando se dé cuenta, me va a cortar la cabeza —sinceró Bokuto ciertamente nervioso. Habiendo pasado esto varias veces. Incluso antes de cerrar las puertas del ascensor se escuchó un grito proveniente del pasillo pronunciando el nombre del mayor en un arrebato de enojo.

Koutaro apretó seguidamente el botón de "Planta baja", entrando en pánico al ver como su mejor amigo se acercaba por el pasillo con algo en mano. El compañero a su lado admiraba la escena escéptico, aunque a punto de estallar en risa cada vez que caía en esa realidad. Las puertas comenzaron a cerrarse y el mayor sonrió ganador, enderezándose en su lugar y mirando desde arriba al pelinegro, quien en fracción de segundos cambió su destino de "Pegarle con la chancleta" a "Tirarle con la chancleta", lanzando esta como si de Baseball se tratara, pegándole de lleno en la cara con la zapato negro.

—¡Aprende a limpiar, sucio!

Ahí fue cuando Keiji explotó en risa frente al hombre caído a su lado y la chancleta estampada en su cara, carcajeándose a todo volumen a pesar de ser ya la una de la madrugada.


—¿Nos piensas emborrachar? —cuestionó Keiji al ver la caja repleta de botellas de cerveza que levantó Bokuto al entrar a un terreno baldío a un kilómetro y algo de su casa. El mencionado rió.

—Están vacías.

El pelinegro se guardó la pregunta en la punta de su lengua, siendo esta una constante duda en su subconsciente. Caminaba extrañamente seguro sobre una propiedad privada acompañado de un tipo llevando una caja de botellas alcohólicas vacías. Usualmente se sentía así con Bokuto.

Llegando frente a una pared griffiteada con mil mensajes, el mayor dejó caer la caja al suelo y sacó las botellas para dejar cinco de su lado y el resto unos tres metros de su espacio. Guió a Akaashi hasta su posición sin ninguna oposición y comenzó a explicar, finalmente, lo que se encontraban haciendo allí.

—Esta es una técnica barata que me enseñó Kuroo para descargar la ira y antes que digas nada, realmente funciona. Así que, tomas una botella y visualizas lo que te hace estar enojado, entonces la rompes contra la pared y dices lo que te da ira en voz alta. Es fácil.

—¿Por qué tengo que decirlo en voz alta? —preguntó, ciertamente indeciso de informar a Bokuto sobre sentimientos encadenados al silencio por años.

—Lo mismo le pregunté a Kuroo y me respondió que si no lo decía en voz alta, tal vez no lo aceptaba. Pero creo que si se dice en voz alta lo dejas plasmado en algún lado; conmigo, con tus recuerdos o el aire en sí. Qué se yo.

Keiji rió levemente ante lo último, sabiendo que las palabras de Bokuto eran realmente suyas, pero veía cierta vergüenza aceptarlo. Incluso hubo segundos de silencio luego de aquello, en los que ambos absorbieron el sonido de autos y varias cigarras cantando para ellos a su alrededor.

—¿Quieres que empiece yo? —Preguntó Bokuto al no ver indicios del otro. Keiji asintió y permitió el tiempo adecuado de preparación para el otro, pensando constantemente en lo fácil que debía ser esto para su amigo. Aunque la realidad estaba alejada de ello.

Koutaro usualmente decía lo que sentía, pero llegado un momento en que los demás se preocupaban mucho y le miraban con cierta lástima, paró de explicar los porqué de sentirse mal. Eran cosas simples o eso creía hasta enfrentarse a esa pared frente a él en los momentos donde algo dentro de él sin mucha explicación amenazaba con escapar por cada poro existente en su cuerpo.

Usualmente esto ocurría al encontrarse con alguien que le trate como incapaz de cosas simples solo por comportarse de forma aniñada la mayoría del tiempo, tomándolo como insuficiente sin ver siquiera la mitad de quien llegaba a ser, teniendo la capacidad de ponerse serio, alegre o intentar ayudar cuando se ameritaba.

Apretó el vidrio oscuro en su mano derecho y llevó esta al costado de su cabeza, tensionando los músculos de su brazo y pretendiendo realmente cómo lanzaba las bajas expectativas en él hacia aquella pared; las partía en mil pedazos y apretaba la mandíbula al recordar cada momento incómodo y noches inseguras que le provocaban.

—¡Odio que me traten de estúpido!

O, tal vez, algo de razón tenían dichos comentarios. Después de todo, él había perdido las nacionales, graduado de la secundaria a duras penas y abandonado la universidad, siendo la vergüenza de su generación en Fukorodani. ¿Qué pensarían sus compañeros de él, si lo veían ahora?

—¡Nunca soy suficiente!

Keiji le admiraba como lo hacía con una escultura rota: Impresionado y maravillado. A pesar de encontrarse constantemente frente al hombre quien no pensó que podría matar una mosca sin llorar (o romper una planta sin hacer un berrinche), ahora daba de frente con la otra cara de la misma moneda. Su expresión comenzó dura y dolida, de movimientos bruscos y memorias borrosas. E incluso así acaparó toda su atención, haciéndole caer en cuenta que esa cara no era mala, sino que real.

El de cabellos bicolor pensó en los rostros ajenos mirándole desde arriba o sin siquiera poder dirigir la mirada, notando la decepción sobre él. Cómo no, si había mandado a cagar todo lo clasificado como bueno que tenía y arrastrado a varias personas con su fracaso. En las nacionales dejó caer a su equipo sin tener la capacidad de apoyarlos en la derrota o calmarlos en la batalla. Apenas pudo con la secundaria, estudiando todas las vacaciones para rendir el examen final e igualmente pasándolo de pedo como el fracasado que era, porque siempre a pesar de esforzarse al máximo nunca parecía ser suficiente. Incluso en la universidad donde la vida no dejaba de ser monótona y solitaria por esforzarse estudiando sus promedios no eran los mejores. Además, había logrado alejar a su mejor amigo al punto de irse a vivir solo en aquél viejo apartamento donde Keiji lo había ido a encontrar hacía unos meses en medio de un colapso nervioso. Era un inútil por él solo, sin dudas. Aunque esa era la otra parte de la historia. Era un chiste (se encontraba consciente de ello), pero no pretendía que todos se rían de él.

¿Cuándo le empezó a costar tanto respirar?

—¡Y decepciono a todos a mi alrededor!

Aunque, peor, no solo era a ellos, sino que él mismo era su propia decepción cuando los días llegaban a un final y su mejor amigo era obligado a contenerlo porque las lágrimas no eran capaces de hacerlo por si solas. Él era el causante de sus problemas e igualmente se preguntaba un porqué a las desgracias de su vida, como llegado sus veintiún años no era nadie. Ya nadie le elogiaba por ser una estrella en el equipo o del top, ahora era el entrenador de Fukurodani. Siquiera en la universidad le daban créditos a sus esfuerzos con el sudor, horas de sueño y estrés perdido en trabajos que luego terminaba desechando al fuego de su cocina con bronca. Tuvo sus oportunidades y no las perdió, sino que desperdició cada una de ellas, llegando a la nada.

Ese era su punto de ruptura y ambos lo veían. Cuando las lágrimas furtivas caían en cascada por las mejillas y el pecho quemaba, en los momentos donde Keiji pretendía correr hacia su amigo y apoyarle con un abrazo, porque también era malo hablando; pero no podía. Sentía ese momento propio de Bokuto, como si le tocara y el muchacho se alejaría rápidamente de su tacto porque ahí Keiji no entraba en escena. Así que lo miró a la distancia, con ojitos preocupados y labios fruncidos al no poder hacer nada. Solo podía dejarlo soltar todo y esperar a su turno debidamente.

La ruptura de la penúltima botella fue ruidoso y, de una torcida manera, precioso. Cuando los pedacitos de vidrio volaron en todas direcciones por la fuerza impuesta al lanzar la botella y la luna los iluminó como de un cuento de hadas se tratara, uno un poco triste y real.

—Porque tuve la oportunidad de ser alguien y terminé siendo nadie.

Esta vez fue en un susurro llevado por el viento, nada de gritos como los anteriores. Porque eso era lo que él no supo hasta realmente lo pensó, la razón escondida detrás de la primer oración gritada con fuerza esa noche. Incluso juró olvidar dónde se encontraba o con quién. Ensimismado en su propio mundo y aún envuelto en la más reciente confesión había dejado de lado la realidad y finalidad de estar allí: Ayudar a Keiji.

—Es tu turno —anunció como pudo, quitando las lágrimas de sus mejillas y poniéndose presentable.

Akaashi no cambió su mirada, ni de dirección o expresión, parecía encontrarse en el mismo estado en el cual Koutaro se hallaba hasta hacía unos momentos. Incluso Bokuto pudo empatizar con él durante un momento, pensando lo raro que sería verle de aquella reveladora forma a él, cuando usualmente era conocido por su buen humor y armonía alegre.

Cuando Akaahi notó la expectativa en los ojos de su amigo fue que volvió a la realidad, tomando una botella en del pico rápidamente y postrándose incómodamente frente a la gran pared que parecía acecharle.

Si existiera un espejo frente a él juraría que no era esa persona. Estaba a punto de demostrar su furia, o eso esperaba, cuando nunca en su existencia tuvo la oportunidad. De pequeño, cuando aún él estaba con ellos e incluso podía llorar libremente por un raspón, era un niño totalmente expresivo. De sonrisas amplias, risas ruidosas, gestos grandes y afectuosos.

"Si lloras, él se pondrá triste", recordó las palabras de su madre durante el funeral de su padre en un hermoso día de primavera, donde los enamorados aún caminaban por las calles tomados de la mano, entre besos arrebatados y miradas mimadas. Justo en un día donde todos parecían felices mientras él se desmoronaba; pero, claro, por su madre podía hacer cualquier cosa. Así que ese día se mantuvo de pie como si se pudiera realmente sostener. Así lo siguió siendo los siguientes años, en una de esas por eso nunca se sintió muy allegado a sus compañeros de clase o siquiera amigos. Nunca los dejó ver lo peor de él.

Cuando quiso acordar la botella a su lado fue lanzada contra el muro, entiendo cómo se sentía imaginar su estabilidad por la borda.

—Porque siempre me guardo todo.

Igualmente, esto no era su culpa. Ningún suceso catastrófico en su cierta medida luego de la ida de su papá había sido causado por él. Tampoco podría acusar a su madre, a pesar de todo lo poco que había ocurrido entre ellos con el pasar de los años. Ciertamente era imposible tachar a una persona por la muerte de Akaashi Akihito. Y sería lo mismo inculpar al destino o Dios de ello, como muchos lo hacían; porque no puedes culpar a algo o alguien que no existe.

—No hay a quien culpar.

Y tal vez su vida hubiera sido diferente si él estuviera ahí. No buscaría flores para una tumba cada catorce de febrero, al igual que un culpable, tampoco se mantendría las cosas para él solo o, tal vez, podría haber vivido esos años de forma libre y despreocupada como lo hacía Akihito. Podía imaginar viajes en auto por la carretera invernal, navidades mirando la televisión, veranos muriendo de calor en la florería, felicitaciones al tener el mejor promedio de su clase y seguidillas de momentos críticos en su vida los cuales solamente podría presenciar en sus sueños más vivaces.

—¡Porque después de que te fuiste no tuve ni voy a tener la oportunidad de una familia!

¿Cuándo su cuerpo había empezado a descontrolarse tanto? En ningún momento Keiji notó el cambio de palabras claras a gritos, o la expresión dolida en su rostro, de cejas fruncidas y labios apretados, agarre fuerte y movimientos bruscos. Eso lo pudo ver Bokuto con el pasar de las confesiones.

Akaashi era codicioso y envidioso, era la verdad. Porque odiaba vivir en una casa amueblada en blanco y negro, pero sin un solo color alrededor; por eso con los años llenó de flores su casa. Al menos algo vivo además de él le acompañaba. Porque no existía en su llegada nocturna a su hogar con su madre presente, o siquiera un amigo. Incluso admitía odiar la navidad y las películas navideñas eran su peor enemigo, haciéndole dar cuenta de lo solitario que se encontraba y que eso no tenía remedio. Se había criado alejado de todos y a sus veinte se le hacía tan difícil ver la posibilidad de una verdadera familia como las plasmaban en películas, haciéndole desear algo prácticamente imposible y envidiar sin fuerzas los cuentos de hadas planteados frente a sus narices. Toda relación alrededor suyo se había desmoronado desde infante, en cierto punto se acostumbró al silencio aunque lo odiara. Porque el silencio significaba la soledad y a él le rodeaba una calma desquiciada.

Después de todos esos años por fin se sintió lo suficientemente cómodo como para empapar todo con su celeste tristón.

—Porque siempre me sentí solo y recién me doy cuenta.

Juró sentir como las rodillas le fallaban y el aliento se atoraba en su garganta sin remedio alguno. Podía jurar que se iba a desmayar ante el ambiente borroso, aunque algo dentro le advertía la normalidad de ese fenómeno poco visto en él.

Ahí estaban ellos dos, desvistiendo sus corazones individualmente en frente al otro, viendo las dos caras de una misma moneda sin muchas pistas, pero viéndola al fin y al cabo. Caído de rodillas y ocultando su rostro con las manos en busca de no ser visto, Akaashi dejó una apertura inconsciente entre sus piernas para Bokuto, haciéndose este un lugar en medio de ellas para tomarlo por la cintura y arrimarlo a él, subiendo una de sus manos hacia la cabeza del pelinegro y removiendo su cabellos con la yema de los dedos cual masajista. Lo escuchó sollozar por un tiempo indescriptible, sin intención de apartarse u obviar sus lamentos, haciéndole masajes en la espalda, también.

Cuando Keiji sintió como el pecho ya no daba para más se separó lentamente de su punto de apoyo para limpiarse el desastre de su cara, llevando lágrimas en sus manos y mocos en la manga. Bokuto le miraba de cerca, alejando tristemente la manos de la tibieza ajena.

—Ya no estás solo —convenció en voz baja, casi privada y suya, mirándole a los ojos aunque esto le hiciera caer un poco más. Keiji intentó sonreír, lo pudo ver en la forma que sus labios se fruncían y la comisura de estos subía levemente, además de la forma en que sus ojos claros le miraban enternecidos.

—Y tú eres increíble.

Keiji dejó pasar el pensamiento por un momento sin analizarlo mucho, pero dándose cuenta de lo lejos que todo había llegado esa noche, finalmente aceptando lo inevitable: ¿Cómo no amar un brillo como Koutaro en tu vida?