"Qué buen insomnio si me desvelo sobre tu cuerpo"
Presentimiento
Severus abrió los ojos de golpe cuando un pitido sonó fuerte a su lado. Le costó un poco orientarse y recordar dónde se encontraba hasta que vio a Hermione profundamente dormida sobre su pecho. Volteó la cabeza hacia el origen de ese irritante ruido: un reloj digital sobre una mesita de noche marcaba las seis y treinta.
"¿Seis y treinta?", se preguntó con asombro. No podía recordar cuándo había sido la última vez que durmió una noche entera.
Palmeó sobre el mueble hasta que dio con el aparato, y luego de infructuosos intentos, logró apagarlo.
Se pasó una mano por la cara, frustrado ante el conocimiento de que no podría volver a dormirse.
Hermione se removió sobre él, y lentamente comenzó a despertarse.
El profesor esperó mientras le acariciaba el hombro. Sentir la piel suave y cálida de la chica contra la suya era la mejor manera de comenzar el día.
Ella alzó la cabeza, lo miró con los ojos abiertos apenas y le sonrió para luego volver a recostarse sobre él.
— Buenos días— musitó Severus ahora con su mano sobre los rizos castaños—. ¿Dormiste bien? — La chica se limitó a asentir con la cabeza.
El silencio se prolongó durante un par de minutos. Él sabía que Hermione ya no dormía, y le complació saber que se encontraba tan cómoda con él que no quería levantarse de la cama.
Pero el deber llamaba.
— Tengo que irme— dijo de mala gana en un susurro. Y es que no tenía absolutamente ningún deseo de abandonar el calor de las sábanas y de su cuerpo desnudo.
— Aún es temprano— reclamó Hermione con la voz amortiguada, arrimándose más a él.
La tácita petición lo hizo sonreír. Snape no era de los que se quedaba acostado luego de despertar, eso lo hacía sentir inútil, pensaba que era una total pérdida de tiempo. Sin embargo, se permitió quedarse así sólo un poco más.
Hermione se sentía afligida de sólo pensar en separarse de él. No quería que ese momento terminara… pero sabía que era inevitable.
— Tengo que regresar— insistió Severus pasados unos minutos.
— Podríamos reportarnos enfermos— murmuró la chica—. No ir a trabajar…
— Sabes que no puedo hacer eso— Hermione soltó un bufido de fastidio.
— Sí, lo sé. Qué sería de McGonagall sin su profesor favorito, ¿no?
Él rió con pesar. La idea de Hermione lo había atraído por un segundo, dejar de lado sus obligaciones para quedarse allí con ella era extremadamente tentador.
Besó la frente de la chica antes de incorporarse y apoyar los pies en el suelo. Entonces llegó la pregunta: "¿Dónde diablos está mi ropa?". Buscó a tientas en el piso hasta que dio con su ropa interior, la que se puso rápidamente para luego seguir buscando.
¿Qué clase de locura había sido la de la noche anterior? Eso sí, locura en el buen sentido de la palabra. Sonrió divertido mientras recogía la ropa desperdigada por todo el suelo.
Hermione lo observaba, mordiéndose el labio para no reír, el apresurado y tenso nerviosismo de Severus no podía ser más cómico.
Cuando el profesor estuvo vestido por completo, ella se atrevió a hablar.
— ¿Seguro tienes que irte? El desayuno comienza dentro de una hora— preguntó al tiempo que se tapaba con las sábanas en una clara incitación.
Snape la escrutó con la mirada como embobado, pudiendo imaginar su cuerpo bajo las mantas.
— Tengo que preparar clases, Granger— sentenció secamente, recomponiéndose, como si con el sólo hecho de llevar puesta su túnica negra lo devolviera al personaje de "detestable profesor".
— No lo he olvidado, señor— dijo Hermione continuando el juego—. Le ruego que me disculpe por haberle quitado su valioso tiempo— Terminó de decirlo y se dio la vuelta en la cama, arropándose mejor y haciendo como que dormía.
El profesor Snape reprimió lo que hubiera sido una gran carcajada. Se acercó silenciosamente a ella y la aprisionó entre el colchón y su propio cuerpo.
— Esa falta de respeto le valdrá una detención— murmuró en el oído de la chica, que se estremeció al oír de pronto la voz profunda de él tan cerca. Se giró para mirarlo a los ojos.
— Dígame el día y la hora, y ahí estaré— Severus sonrió de lado y la besó en los labios. Hermione le acarició la mejilla mientras una sonrisa asomaba en su rostro.
Cuando Snape sintió que ese beso llegaría a más, se separó unos centímetros.
— Le mandaré una carta durante la semana para citarla— manifestó en voz baja, y se irguió sin dejar de mirarla.
Era tan linda.
— Estaré esperándola— Hermione sonrió con cierta tristeza—. ¿No puedo ir a verte antes?
Severus frunció el ceño ligeramente, meditando la pregunta. Ella no sabía qué le podía molestar tanto… ¿que alguien se enterara? De cualquier manera, algún día todos lo sabrían, eso daba igual.
— No importa— dijo la castaña con un dejo de decepción en la voz—. Seguro que eso te complica y-
— ¿Me vas a dejar responder o no? — inquirió el profesor, impaciente. Ella se calló y esperó a que hablara—. Conectaré tu chimenea con la mía para que puedas ir directo a mi despacho— Hermione alzó las cejas en sorpresa.
— ¿De verdad puedes hacer eso? — Snape asintió—. Vaya, creía que sólo se podían conectar otras chimeneas con la de la oficina del director.
— Verás— comenzó a decir Severus, y Hermione notó algo de arrogancia en su tono—, me he ganado algunos… privilegios, por decirlo de alguna forma.
— Eso era de esperarse, señor Héroe de Guerra— ironizó Hermione sonriente. Sabía que él detestaba que lo llamaran así, por lo que estaba preparada para la expresión de desprecio que se dibujó en su rostro en el mismo instante en que pronunció esas palabras.
La chica se envolvió con las sábanas y se levantó, disfrutando de otro cambio en los gestos de Severus, que ahora se había ruborizado y le miraba todo menos los ojos. Cuando estuvo a su lado se puso en puntillas.
— Te voy a extrañar— susurró y le dio un pequeño beso en la mejilla.
Haciendo uso de todo su autocontrol, Severus se contuvo de despojarla de esa maldita sábana y llevarla de vuelta a la cama. Le mantuvo la mirada, serio. Ella le sonreía de esa forma que lograba derretirlo por dentro.
— Hasta entonces— Pudo decir luego de tomar las riendas de su atolondrado cerebro… y para saciar las ansias, la tomó de la cintura apenas rozándola, a lo que la chica respondió regalándole un beso dulce y tal vez un poco amargo por la despedida.
— Te amo— dijo la castaña contra su boca. Él no contestó, todavía demasiado apabullado con esas simples palabras.
Luego de separarse, el profesor la miró una vez más y se marchó.
Duchado y arreglado, caminaba por los casi vacíos corredores de Hogwarts, rogando porque nadie hubiera notado su ausencia.
Se sentía renovado, con un extraño sentimiento parecido a la paz queriéndose instalar permanentemente en su pecho. Se sentía raro.
¿Feliz? ¿Muy feliz?
Los pocos alumnos que se cruzaban con él, lo observaban con rostros perplejos por la leve sonrisa que llevaba en los labios. Sonrisa que el profesor no tenía ni idea que tenía, estando completamente sumido en sus pensamientos y recuerdos.
Y es que aunque era apenas una sombra de felicidad, para los niños era algo inédito.
Cuando notó que lo estaban mirando más de la cuenta, se percató de ello, volviendo a adoptar la expresión fría e inescrutable de siempre… quizás agregando un poco más de enfado en ella por haber sido "descubierto" en su felicidad.
Nadie se salvaba de los cotilleos en esa escuela. Nadie. Ni siquiera el más temido y odiado de los profesores. Aunque era consciente de que precisamente por su carácter odioso, solía ser blanco de las murmuraciones de los chiquillos.
Como fuera, le daba igual. Sólo le molestaba cuando eran los profesores los que tomaban una posición infantil, cotilleando acerca de su vida amorosa (porque sí, también sabía que lo hacían cuando creían que él no podía oírlos).
Por esa razón, se sobresaltó cuando vio a Minerva y Slughorn intercambiando palabras afuera del Gran Salón.
Snape se detuvo en seco, y cuando estaba a punto de girarse para volver a su oficina, oyó la irritante voz de la directora dirigirse a él.
— ¡Severus! — llamó McGonagall, haciendo un gesto con la mano para que se acercara.
El profesor, molesto, caminó con desgano hacia ella. Saludó con una imperceptible inclinación de cabeza, y esperó a que hablara.
— Que bueno que llegas. Horace te estuvo buscando anoche— Severus se mantuvo impertérrito a pesar de su corazón haber dado un salto. Alzando una ceja, miró a Slughorn. Éste parecía incómodo por la mirada profunda de Snape.
— Te fui a buscar a tu despacho, pero no te encontré— explicó titubeante y con una sonrisa que pretendía ser cordial.
— Estaba durmiendo— dijo Snape arrastrando las palabras. Evitó mirar a la bruja: sabía de sobra que lo estaría viendo con ojos escrutadores—. ¿Pasó algo? — añadió ante la tensión del momento.
— No es nada, no te preocupes. Sólo quería preguntarte si me puedes cubrir la clase de segundo de esta tarde— Severus frunció el ceño, por lo que el profesor Slughorn se apresuró a añadir: —. Lo que pasa es que me citaron en San Mungo por cuestiones de trabajo, y los chicos tienen examen hoy— terminó, poniendo cara de súplica.
"¿Al tarado de Horace lo llamaron de San Mungo 'por cuestiones de trabajo'… y no a mí?", se preguntó con soberbia. Era de conocimiento público que él era más diestro en la materia que Slughorn… pero también que era el más antipático y difícil de tratar.
Optó por dejar de lado esa estupidez, y asintió una vez con la cabeza.
— Gracias… pero no seas muy estricto con ellos, ¿sí? — dijo el profesor. Snape pudo ver un asomo de temor en sus ojos.
— No prometo nada— sentenció con la voz grave—. Alguien tiene que formarles el carácter a los mocosos… y no creo que tú lo hagas, ¿o sí?
Horace sonrió incómodo y se encogió de hombros, adentrándose en el comedor sin atreverse a decir más.
— Permíteme decirte que has hecho un muy buen trabajo con el carácter de los alumnos, Severus— manifestó la bruja con una ligera sonrisa. Snape no sabía si lo decía enserio o no. Se miraron unos segundos y luego Minerva atravesó las puertas de roble, dejándolo solo.
Él se quedó un rato parado en su sitio, dudando si entrar. Sin embargo, pensó que sería muy extraño que se devolviera si ya estaba ahí. Soltó aire con fastidio, y entró.
« Yardley Platt, sigo XV.
Mago penosamente reconocido por haber sido un frío y despiadado asesino en serie de duendes. Se presume que también dio muerte a más de un centenar de elfos domésticos ».
Hermione miró el techo de su oficina y suspiró. Otra mención a los elfos, y otra vez no era útil.
¿Qué rayos pasaba por la mente de ese hombre?
Ella podría sacar sus propias conclusiones a partir de aquella horrenda historia. Decir que los elfos se asustaron y temieron a los magos a partir de Yardley. Que decidieron que lo mejor era refugiarse en los magos para no morir en vez de intentar contraatacar.
Sin embargo, era sabido por muchos que la magia de los elfos domésticos superaba en muchos aspectos a la de los magos y brujas. Aunque sin hechos verídicos, nadie le creería. Ciertamente no podía basar su investigación en suposiciones.
"¿Por qué tiene que ser tan condenadamente complicado?", se preguntó mientras apoyaba la cabeza en sus manos.
Llevaba toda la mañana y gran parte de la tarde leyendo ese maldito libro. Una parte de su cerebro le decía que abandonara esa empresa, que no lograría cambiar una historia que estaba escrita con sangre desde hace siglos. Que ella, una simple hija de muggles, no podría contra la testarudez de un montón de viejos aristócratas.
Pero se negaba a pensar en eso. Se negaba a creer que no había ninguna posibilidad. Se decía que los elfos que aseguraban ser felices sirviendo, lo hacían con la única intención de no disgustar a sus amos.
Tenían miedo, y todo sería mucho mejor cuando éste desapareciera. Sabía que era así… sólo necesitaba demostrarlo.
Volvió los ojos al texto, y pasados unos largos minutos, se le cortó la respiración.
« Oswald Beamish, 1850 – 1932.
Mago del siglo XIX, pionero de los Derechos de los Duendes. Aunque él sólo estipuló en el tratado a los ya mencionados duendes, se incluyeron además a los Elfos Domésticos, como forma de crear igualdad entre ambas criaturas y generar un ambiente cordial entre magos y siervos. Éstos últimos, durante esa época, eran sometidos a arduas horas de trabajo constante (cabe mencionar que sin salarios ni vacaciones), por lo que gran parte de su población disminuyó, acarreando problemas a los amos.
Fue entonces que la propuesta de los Derechos de los Duendes de Oswald, fue llevada a las puertas del Ministerio de Magia para su correspondiente audiencia y legalización ».
"¿Sólo eso?", pensó Hermione apesadumbrada, pasando la página para cerciorarse de que no había más escrito al reverso.
Y no. Eso era todo. Se crearon derechos para duendes y elfos domésticos por la sencilla razón de que estaban siendo excesivamente explotados y esto les complicaba a sus "pobres" amos.
"Qué barbaridad".
Dirigió la vista al resquicio de la puerta, y vio que Bennett pasaba por allí y le echaba un pequeño vistazo sin dejar de caminar.
"Dos semanas", le había dicho el chico. Era el ultimátum del ministerio. Ya no le darían más tiempo ni dinero para continuar con el caso. La chica se sonrió con ironía, pensando lo descarados que podían ser esos viejos tontos. Ella había costeado la mayor parte de la investigación, y ahora venían a echarle en cara que no seguirían "pagándole". Una verdadera estupidez.
Pasó un montón de páginas más cuando el corazón le dio un vuelco. Abrió los ojos desmedidamente.
Lo encontró. Por fin lo encontró.
"¿Poción Crece-Pelo?", pensó Snape con fastidio y asombro mientras leía el patético trozo de pergamino que le había dejado Horace con las instrucciones de la clase. ¿Esa poción tan básica era el examen para el segundo año? Se regodeó al recordar que Hermione a esa misma edad ya podía hacer la poción Multijugos, la cual era infinitamente más complicada. Y por cierto la chica no sabía que él lo sabía.
Los pequeños alumnos esperaban en un silencio inquieto a que él dijera algo, ya que todavía se encontraba de pie frente al salón leyendo un pergamino sin haber dicho ni pío.
Después de un par de minutos, el profesor subió la cabeza y los evaluó con la mirada, pasando los ojos lenta y amenazadoramente por cada uno. Ellos temblaban de miedo.
— Antes de que hagan alguna pregunta estúpida, el profesor Slughorn tuvo que salir esta mañana, por eso estoy yo aquí— declaró Snape en apenas un murmullo, que como siempre, se oyó perfectamente—… y que sepan que no me hace ni una gracia— Se calló y los observó detenidamente. ¿Por qué seguían mirándolo como idiotas sin hacer nada?—. ¿Qué esperan?— preguntó en voz más alta de la requerida sólo para ver su sobresalto y divertirse un poco. Los chicos no tardaron en ponerse a trabajar. Él sonrió para sus adentros.
Fue a sentarse detrás del escritorio, y se quedó allí, muy quieto, reflexionando en lo realmente pequeños que eran… y que Granger también había sido así. No obstante, ella jamás se mostró tan débil ni temerosa. Siempre pensó que lo veía con algo muy parecido al respeto. Cosa rara, debido a que la gran mayoría de los Gryffindors (si no todos) cargaban miedo, rencor y odio en sus ojos.
Eso captó su atención durante algún tiempo esos años. Sin embargo, no le daba mayor importancia. Siendo hija de muggles, era lógico que no se dejase guiar por prejuicios, y que tratara de llevarse bien con todos, inclusive alguien tan detestable como él.
Pero tal vez no era sólo eso. Las cosas con ella jamás eran tan sencillas.
Él pasó gran parte de su vida estudiando, analizando los gestos, las palabras y los pensamientos de los demás como para no saber cuándo no le temían –aunque esto ocurría con muy poca frecuencia-, y ella nunca, ni siquiera cuando él se empecinaba en humillarla en público, le tuvo miedo.
Y ahora menos.
En un parpadeo volvió al mundo real. Se había hundido mucho en aquellos recuerdos, olvidando por completo dónde se encontraba y qué estaba haciendo.
Carraspeó y comenzó a caminar entre los estudiantes.
Entonces se dio cuenta de algo que no estaba nada bien: todos los chiquillos tenían sus libros de pociones sobre la mesa… y en un acto de descaro que él consideró inconcebible, lo estaban leyendo.
Se acercó con el mayor de los sigilos a una niña rubia y menuda. Hacía esfuerzos sobrehumanos para no perder la batalla contra la ira.
— Señorita Miller— susurró detrás de ella, que dio un brinco—. ¿Tendría la amabilidad de decirme… qué cree que hace?— inquirió calculando las palabras y el tono para sonar lo más amenazante posible.
— Profesor… yo… estoy haciendo… el examen— tartamudeó la chica sin atreverse a mirarlo y casi derramando el contenido de su caldero.
— Eso es evidente— continuó él mientras toda la clase observaba la escena sin respirar siquiera—. Mi pregunta, ya que al parecer no quedó suficientemente clara, es… ¿por qué demonios piensa que puede leer las instrucciones de su libro en un… examen?
Por un momento, Snape pensó que de alguna manera el tiempo se había detenido, dado que todos estaban mortalmente quietos, estupefactos, no se oía el más ligero rumor, ni la más mínima respiración.
Alzó las cejas para apresurar la respuesta de la niña.
— El… el profesor Slughorn nos deja…— musitó ella con la barbilla temblándole descontroladamente.
Severus torció el gesto y apretó los dientes con fuerza al tiempo que se erguía en todo su porte y se cruzaba de brazos.
— El profesor Slughorn los deja— repitió en tono mordaz, altivo—. ¿Me parezco yo al profesor Slughorn? — Era una pregunta retórica, obviamente, y más les valía no responderla—. Tengo entendido que este examen se les informo hace más de una semana… ¿o me equivoco? — La muchachita negó apenas con la cabeza, y Snape pudo oír un débil "no, señor". Entrecerró los ojos de manera intimidante—. Tiempo suficiente para memorizar una poción tan básica— Y como nadie parecía dispuesto a rebatirle ni decir absolutamente nada, tuvo que tomar una rápida decisión.
Resopló, armándose de paciencia. "Son sólo niños… son sólo niños…", se decía una y otra vez, como siempre que tenía que esforzarse al máximo por no sacar la crueldad que palpitaba en su interior y que parecía querer escapar escandalosamente.
Se alejó de la niña, quien bajó la mirada al suelo y soltó todo el aire que había estado conteniendo. Se paró nuevamente frente a la clase, y aguardó unos segundos dramáticos y muy bien estudiados antes de hablar.
— Cinco minutos— dijo con acidez, manteniendo el semblante impávido ante los rostros pálidos de los niños—. Tienen cinco minutos para leer las instrucciones— Estiró un brazo y apuntó hacia su escritorio—, luego dejen sus libros ahí… y por su propio bien, no quiero oírlos hablar— sentenció con voz tan grave que no dejaba lugar a réplicas. Y, claro, ninguno de los asustados alumnos se atrevió ni siquiera a abrir la boca.
Él se quedó de pie donde estaba. Pasados los cinco minutos, sacó su varita, y con un movimiento perezoso, todos los libros volaron hasta él, que no estaba de ánimos para seguir perdiendo el tiempo.
Al terminar el examen, y por fin a solas en el aula, Snape escrutó las muestras de lo que deberían haber sido pociones Crece-Pelo. Sin embargo, todas eran un rotundo fracaso. Se preguntó si quizás había sido demasiado estricto, pero desechó el pensamiento al instante. No era su culpa que Horace fuese un incompetente.
Fastidiado, suspiró. Agitó la varita, y los frascos se guardaron por sí solos en una gaveta del escritorio. No estaba dispuesto a calificar esas… cosas.
Los días que siguieron a la "fatídica" clase fueron normales. Eso sí, le extrañó que McGonagall no lo hubiera citado en su oficina debido a los reclamos de los estudiantes de segundo. Él suponía que deberían haberse quejado con Slughorn como los tontos niños mimados que eran… pero no.
Sin embargo, y dejando ese asunto de lado, las demás clases fueron… buenas. No extraordinarias, pero mejores de lo que él esperaba. Parecía que los alumnos le ponían más atención, estudiaban más y lo hacían enfadar menos. Era raro. Que él supiera, no había cambiado en nada su forma de enseñar… ¿o sí? ¿Podría ser causa de su nuevo estado de ánimo?
"¿Qué nuevo estado de ánimo?", se preguntó Snape un tanto irritado una noche tendido en su cama mientras intentaba quedarse dormido. Tal vez era por… Granger. ¡Granger! Con tanto trabajo, olvidó que había quedado de mandarle una carta… y ya era jueves. Pero ella tampoco le había escrito, pensó.
Tampoco era que la hubiera olvidado, claro que no. Eso le resultaba imposible, exasperantemente imposible. ¿Cómo podría sacársela de la cabeza a ella… a su último encuentro?
Exhaló con lentitud al tiempo que una sonrisa inconsciente se dibujaba en sus labios. Esa chica irreverente, atrevida y… encantadora pasaba gran parte del día en su cabeza, y aun así, olvidó escribirle.
Se dijo que probablemente ella también tenía demasiado que hacer en el ministerio, y que por eso tampoco había dado señales de vida. Porque no era posible que algo malo le hubiese sucedido.
Tras aquel pensamiento, una inquietud se materializó en su cerebro: el ardor en su brazo izquierdo que llevaba molestándolo esporádicamente hace días. Era más tiempo del que le hubiera gustado para estar tranquilo.
Abrió y cerró el puño concienzudamente. ¿A qué se debía? ¿Por qué? Si Voldemort ya estaba muerto.
Severus se sentó de golpe en la cama cuando una idea bastante alarmante cruzó su mente: ¿Mortífagos prófugos? Frunció el ceño. No era tan descabellado si lo pensaba con detenimiento. Esos tipos podían ser idiotas y todo, pero les sobraba crueldad y rencor…. Y él sí que sabía de esas cosas.
¿Podrían estar planeando un levantamiento? Si así era, él sería su primer objetivo, dado que fue la personificación de la traición entre sus filas.
Un escalofrío lo recorrió lentamente desde la punta de los pies hasta la nuca. Él no les temía, por supuesto que no.
Se restregó las manos en la cara, y negó con la cabeza, tratando de apaciguarse. Hace mucho que no se oía de nuevos ataques de mortífagos, al menos no que él supiera. Por otro lado, y por más que le disgustase pensarlo, estaba Potter en el Departamento de Aurores, el chico de seguro estaría haciendo un buen trabajo.
Volvió a tirarse en la cama, rendido. Nada sacaría estando allí en Hogwarts, alejado del "mundo real", donde no podía hacer absolutamente nada para saberlo. Además eran sólo conjeturas suyas. Seguro sólo eran tonterías.
Pensó que quizás debía mencionárselo a Hermione, a ver si ella podía conseguir información desde el Ministerio. Él no iba a rebajarse a buscar ayuda del tonto de Potter. Definitivamente no.
Ese viernes por la tarde, Hermione estaba radiante de alegría.
Oswald Beamish, redactor del Derecho de los Duendes, y a quien también se le atribuyó el pobrísimo Derecho de los Elfos Domésticos, había querido que éstos derechos abarcaran más de lo que había planteado en un principio. Buscaba más o menos lo mismo que ella, y aunque difería en algunos puntos, la idea base era prácticamente la misma.
Según el texto, el mago llevó su petición al Wizengamot, pero el día mismo de la audición, Oswald fue encontrado muerto en su casa. En la versión oficial decían que murió por causas naturales, a pesar de que los peritajes demostraron que el hombre opuso resistencia, y que en su domicilio todo estaba patas arriba.
Para Hermione era bastante obvio: los amos de los elfos domésticos lo mandaron a matar, ya que vieron amenazado su cómodo estilo de vida.
Era una total barbaridad, sí. Pero eran cosas bastante comunes esos tiempos, incluso en los que corrían ahora.
Y fue el mago Wigferth Rainside, empezando el siglo XX, quien retomó la iniciativa de Beamish, redactando esta vez un tratado que debería ser aprobado por ambas partes, y en el que se estipulaban los horarios de trabajo, las remuneraciones y algunos derechos, entre ellos, abolir la esclavitud de por vida.
El tratado nunca llegó a manos de los elfos domésticos, y éstos ni siquiera oyeron hablar de él alguna vez, puesto que Wigferth desapareció misteriosamente de la faz de la Tierra, dejando inconcluso el caso.
Ahora le tocaba a ella, Hermione Granger, retomarlo y pasar a ser parte de la historia.
Sabía que lo lograría. Bennett consiguió muy buenas declaraciones en San Mungo, y eso, sumado al particular caso que se daba en Hogwarts, le dejaban el camino prácticamente libre para lograr su cometido.
La audiencia se llevaría a cabo el viernes siguiente. Luego los jefes del Wizengamot deliberarían para dar su veredicto.
Hermione sabía que esas cosas llevaban tiempo, y que esos ancianos se demorarían todo lo que quisieran para buscar algún error y rechazar su petición. Pero sabía que no tenían cómo hacerlo, ya no vivían en la Edad Media… era su momento.
Con eso en mente, volvió a su apartamento entrada la noche sin poder dejar de sonreír.
Y lo mejor era que tenía una buena excusa para volver a Hogwarts al día siguiente: devolver el libro. Seguramente, Madame Pince estaría como loca.
Apenas estuvo en la comodidad de su hogar, se puso el pijama y se tiró en el sofá a ver la televisión. Un buen descanso, eso era lo que más necesitaba. Había sido una tortuosa semana de trabajo sin parar, sin un respiro.
Fue entonces en que reparó que Snape no le había mandado la carta para citarla a su "castigo". Tal vez también lo olvidó, como ella.
"Severus…", pensó con los ojos cerrados dando un largo suspiro. Con sólo recordar su nombre, se estremecía por dentro… sus manos, su aroma… sus besos.
Abrió los ojos bruscamente, y miró hacia la chimenea. Claro, él podía ir y venir de Hogwarts a su antojo, dado que era profesor. Ella no lo tenía permitido… pero cabía la posibilidad de que Severus no hubiera olvidado eso de conectar su chimenea con la de su despacho.
Vaciló unos instantes antes de ponerse de pie y caminar hacia la chimenea, tomó los Polvos Flu de la bolsita que reposaba sobre ésta y se encorvo para entrar.
No perdía nada intentándolo, y eran ya casi las once de la noche, de seguro no había nadie más aparte de él allí.
Sonrió para sus adentros y exclamó:
— ¡Despacho de Severus Snape, Hogwarts! — "Al menos eso dice él", pensó algo asustada de no haberlo hecho correctamente. Sin embargo, pronto se vio envuelta en un mar de llamaradas esmeralda.
Con el estómago en un puño, giró sobre sí misma hasta que sus pies tocaron un suelo frío. Lamentó no haberse abrigado más, las mazmorras eran siempre bastante heladas, y ella sólo tenía puesto su short de pijama y una camiseta de tirantes bastante inadecuada para el lugar.
El profesor Snape despertó sobresaltado al oír un estruendo fuera de su habitación. Se sintió molesto por la interrupción, esa era una de las pocas noches en que había podido quedarse dormido temprano. Además estaba teniendo un sueño muy profundo y agradable, pero ya no recordaba de qué iba.
Permaneció acostado en la oscuridad, y cuidando de no hacer ruido, tomó la varita que descansaba sobre su mesita de noche al lado de la cama.
Imaginaba que se trataría de chiquillos insensatos jugándole una de sus "astutas" bromitas. Murmuró un Lumos apenas audible, pero seguía sin escuchar nada más. ¿Habría sido su imaginación?
Y en el momento en que iba a ponerse de pie, la puerta de su dormitorio se abrió. Su corazón comenzó a bombear furiosamente, y estaba a punto de lanzarle una maldición a quienquiera que se hubiera tomado el atrevimiento de meterse donde no debía.
Sin embargo, se detuvo un segundo antes cuando distinguió el rostro de Hermione en la oscuridad. La chica lo observaba entre asombrada y divertida. Él tardó un poco en entender qué era lo que ocurría.
No era una alucinación, no. La extrañaba mucho, debía admitirlo, pero no estaba demente como para que fuera una simple fantasía.
— ¿Granger? — preguntó en un tono más sorprendido del que quiso. Ella ensanchó su sonrisa sin dejar de caminar hacia él—. ¿Qué haces aquí? — insistió Snape, feliz de haber recobrado su tono habitual.
— Vengo a verte— respondió Hermione llanamente a sólo un paso de la cama del profesor—. No aguantaba ni un minuto más sin ti— Apenas lo dijo, se tumbó sobre él, que estaba de espaldas recostado sobre los codos.
Severus no pudo reaccionar… y aunque hubiese podido, tampoco habría sabido qué hacer.
¿Qué se suponía que estaba haciendo Granger ahí… y vestida así? Era una provocación, sin duda.
"Una muy buena provocación…", pensó el lado más animal de él.
La chica, acostada sobre Snape, no se demoró mucho en empezar a besarlo con vehemencia, sin nada de la timidez que la había acompañado la última vez.
A Severus le tomó sólo una fracción de segundo retomar las riendas de su cuerpo y seguirle el juego a Hermione, agarrándola con fuerza de la cintura y atrayéndola lo que más podía hacia su propio cuerpo.
Los separaban las sábanas, pero el contacto seguía siendo exquisito.
Y le había encantado esa forma tan directa, tan descarada de reclamarlo. Después de todo, estaba tratando con Hermione Granger… ¿qué otra cosa podía esperar?
Hermione sonrió cuando sintió cómo la excitación de él crecía debajo de las mantas. Nunca hubiese llegado a pensar que causaría aquellas reacciones tan delirantes en él… y la volvían loca.
— ¿Y quisiste adelantar tu castigo? — preguntó Severus entre los labios de ella, que simplemente contestó con un asentimiento de cabeza para luego seguir besándolo.
Pronto, la varita que el profesor tenía en la mano, cayó al piso, deshaciendo el conjuro y dejando la habitación a oscuras… pero ninguno de los dos lo notó.
Los besos y las caricias se tornaron frenéticos, hartos de la ausencia de aquel placer de los días que pasaron separados.
Snape dejó la cintura de la chica para tomarla del cuello y profundizar más el beso, si aquello era posible.
Quería deshacerse entre sus brazos, fundirse con el calor de su piel semidesnuda.
Hermione tomó distancia y tiró de los cobertores que le estorbaban el camino hacia el cuerpo del hombre. Cuando lo hizo, él respondió tomándola por la espalda y abrazándola posesivamente, como si no quisiera dejar de sentirla ni un segundo.
— Parece que también me extrañabas— murmuró ella contra su oído. Snape no dijo nada, sólo se limitó a acariciarle el torso por debajo de la camiseta, logrando sacarle un gemido entrecortado.
Severus amaba tenerla así: toda para él, y él todo para ella.
De pronto, Hermione se movió hasta quedar a horcajadas sobre el profesor. Éste cerró los ojos y soltó de una vez todo el aire de sus pulmones, extasiado.
Necesitaba hacerla suya, ¡ya!
Se apresuró en sacarle la camiseta sobre los hombros; ella se dejó hacer sin oponer resistencia alguna. Era enloquecedora la forma en que Severus perdía el control. Él, en tanto, llevó sus manos directamente a los pechos de la muchacha sin ningún pudor, masajeando y sacándole más jadeos y gemidos.
En un momento, la tomó por las caderas e hizo un ademán para girarla y así quedar sobre ella, pero Hermione tensó el cuerpo y se lo impidió.
— No— dijo la joven, sonriéndole, aunque Snape no podía verla debido a la penumbra—. Me toca… — El profesor exhaló por la nariz a modo de carcajada.
El temor y los nervios de la vez anterior se habían esfumado. La chica aprendía con rapidez, pensó. Pero era obvio, si era la "insoportable sabelotodo".
Sumido en esos pensamientos, Severus, dócilmente, dejó que la castaña lo despojara de su playera y sus pantalones de pijama. Y ni la desnudez ni el frío de la habitación lograron disminuir ni un poco el calor ardiente de su cuerpo… ni el de ella.
Hermione comenzó a dejar un rastro húmedo con sus labios desde el ombligo de Snape hasta llegar a su cuello, donde mordió ligeramente, saboreando cada centímetro de su piel y cada gruñido ronco de él, que la sostenía con firmeza de las nalgas mientras movía su cadera contra la de ella, al borde de la desesperación.
Su palpitante y urgida virilidad lo estaba volviendo loco. No sabía cuánto tiempo podría soportar así. Granger lo estaba torturando, sí, eso era lo que hacía. Aunque no sabía que la chica había ansiado ese momento tanto como él, y su entrepierna húmeda ardía casi dolorosamente por el suplicio de la espera.
— Hermione…— farfulló con un hilo de voz. Sin embargo, no fue capaz de hablar más, ya que ella envolvió su miembro con una mano, ejerciendo la fuerza precisa.
Él apretó los párpados y los dientes. Se sentía demasiado bien… demasiado.
La luz de la luna proveniente de dos pequeñas ventanas era lo único que iluminaba el cuarto, por lo que Hermione apenas y podía distinguir entre las sombras la silueta de Severus. Aun así, sólo necesitó de aquel silencio y la tensión en sus músculos para saber cuál sería la expresión de su rostro.
Se regodeó, imprimiendo más fuerza al agarre, moviendo su mano en un vaivén lento y luego incrementando la velocidad.
Y, repentinamente, se detuvo. Snape tardó unos segundos en reaccionar, abriendo los ojos de golpe y soltando el aire contenido. Buscó en vano los ojos de Hermione.
Ella se inclinó y lo besó en los labios, esta vez con más paciencia, mientras Severus, con pulso tembloroso, acariciaba sus muslos.
— Te amo, Severus— murmuró Hermione con el rostro de él atrapado entre sus manos.
Él iba a decir algo justo cuando notó que la chica ya no llevaba nada puesto. Sorprendido, siguió buscando los shorts que, estaba seguro, hacía unos segundos estaban allí.
"Atrevida", pensó sonriente.
Entonces, Hermione empezó a mover sus caderas, causando que sus intimidades se rozaran y que a Severus se le escapara un gemido.
El profesor la tomó por la cintura y la elevó apenas unos centímetros para acomodar su virilidad en la entrada de la muchacha. Algo sobresaltada por la imprevista acción de Snape, Hermione se aferró a los hombros de él, enterrándole las uñas, y al ver que Severus se tensaba y cesaba el movimiento, volvió a besarlo para instarlo a seguir.
Sin dudarlo más, y ya sin poder contenerse, se introdujo lentamente en ella.
Hermione ahogó un gemido de dolor, todo su cuerpo se tensó por instinto.
Permanecieron en esa posición durante unos segundos. Severus sabía que a ella le dolería, así que juntó fuerzas para contener las ansias. Con delicadeza, la atrajo hacia su cuerpo, envolviéndola en un abrazo protector al tiempo que le besaba el cuello.
Cuando Hermione sintió que ya se acostumbraba a tener a Snape en su interior, le dio un beso largo y profundo, y se apoyó con las palmas sobre el colchón. De a poco, continuó con el movimiento anterior.
El doloroso escozor en su entrepierna menguó, dando paso a ese placer que tan intrigada la había dejado la vez anterior. Entonces acrecentó la velocidad, en tanto Severus la ayudaba marcando el ritmo con sus manos firmemente agarradas de sus caderas.
Si él había pensado que ya había experimentado el máximo gozo con Hermione, se había equivocado: ahora sí que estaba tocando el cielo.
Sus cuerpos sudaban, sus respiraciones eran descontroladas, la cama estaba echa un completo desastre.
Hermione sintió un escalofrío que sacudió su cuerpo, haciendo que se arqueara inconscientemente; Severus sintió las contracciones de la muchacha exprimiendo su miembro viril de una forma deliciosa, exquisita.
Sin medir su fuerza, la embistió en el momento preciso en que estallaba dentro de ella.
De verdad se había concentrado, había intentado controlarse… pero sencillamente no pudo más.
Un "te amo" quedó prisionero entre gemidos contenidos y caricias trémulas.
Jadeante, Hermione reposó sobre el cuerpo agotado de Severus.
Fue más intenso de lo que había esperado, pensó la chica. ¿Y aquello había sido un… orgasmo? Se dijo que sí, no hallaba otra explicación. Su cuerpo saciado era una buena y acertada respuesta.
A Snape le tomó un tiempo volver a tener el control de sí mismo. Entonces se percató de que Hermione descansaba sobre su cuerpo recargando todo su peso, al parecer igual de aturdida que él.
La rodeó por los hombros y le acarició el cabello (totalmente revuelvo y enmarañado).
Transcurridos unos minutos en que Severus ya pensaba que se había quedado dormida, la joven subió la cabeza, le sonrió, y consciente de que él no podía verla, lo abrazó con las pocas fuerzas que le quedaban, apoyando la cabeza en su pecho firme.
En ese instante, el profesor sintió aquel dolor tan fastidioso en su antebrazo, haciendo que tensara los músculos. Sin embargo, pasó más rápido de lo que esperaba, así que optó por obviarlo, dado la situación en que se encontraba. Se movió a un lado de la cama cuando Hermione comenzó a retirarse de encima.
La chica le dio la espalda, lo que él asumió de inmediato que era una evidente invitación a abrazarla.
Y así lo hizo, cogiendo las mantas, tapándolos a ambos y pasándole un brazo sobre la cintura mientras la besaba en el hombro con dulzura.
Hermione se acurrucó en el abrazo y se quedó dormida con una sonrisa en el rostro casi al instante. La semana la tenía completamente agotada, y no pudo contener más el sueño.
No obstante, Severus, a pesar de estar cansado, también se hallaba preocupado. Un temor muy grande se apoderó de su pecho al volver a sentir ese ardor en su brazo.
Se apegó lo que más pudo al cuerpo de Hermione, e intentando despejar la mente de pensamientos indeseables, entró en un sueño intranquilo.
Tenía un mal presentimiento.
Aquí estamos otra vez.
Originalmente, el capítulo iba a ser más largo, pero preferí dejarlo aquí... y darles el gusto de otro lemmon. Aunque esta vez fue más... no sé, ¿salvaje? xD
Algo pasa por la mente de Severus... y las cosas podrían no salir tan bien como espera... o quizá sí. jeje Sé que les prometí que este fic no sería tan trágico ni dramático como la pre-cuela, pero... cambié de opinión jiji. Eso sí, no quiero decir que la felicidad se vaya a acabar inmediatamente, seguiré con los momentos dulzones, pero no por mucho... ¿o sí?
xDD
En fin. Quiero agradecer a todos los que me ha dejado review, y también a quienes no lo hacen pero le dan fav/follow a la historia. Que sepan que cada uno/a de ustedes se ha robado un trocito de mi corazón. En serio.
Espero que les guste el capítulo a pesar de la demora en la actualización. La verdad es que mi ánimo ha estado muy raro, a veces en las nubes de felicidad y otras por el suelo de cansancio. Así que la inspiración fluctúa.
¡Muuchas, muchas, muchas gracias por leer!
Y recuerden, cualquier comentario que tengan (sea cual sea) es más que bienvenido. ¡Sólo anímense! Acepto consejos, críticas e ideas :)
¡Besos!
Que tengan una liiiinda semana.
