El campo se encontraba resplandeciente.
Tras la primera gran lluvia de primavera la vegetación relucía; los colores de la naturaleza eran acentuados no sólo por la humedad, sino también por la luz de sol, que se abría paso con fuerza por entre las nubes grises, arrancándoles destellos plateados.
Las mañanas eran entonces más perfumadas debido al aroma de las flores que viajaba en la brisa y permanecía casi hasta el mediodía, cuando el viento dejaba de soplar y se instalaba la tranquilidad. A esa hora ni un tallo de pasto hacía ruido, los árboles permanecían quietos y las aves no emitían su canto: era entonces que el silencio de mediodía, como Candy recordaba que el joven amo William le llamaba a ese momento de paz tan especial, envolvía el bosque con un encanto casi místico.
Pocas cosas eran tan bellas como el bosque en primavera: las flores abundaban, los árboles se cubrían de hojas y los arroyuelos crecían con el deshielo; era la época de las bayas, los salmones y las flores silvestres; la estación que el joven amo William y sus halcones más amaban, pensó Candy, permitiendo a sus labios curvarse en una sonrisa jubilosa, la primera de muchas que dibujaría en la temporada.
La primavera la hacía más feliz que ninguna otra estación del año, eso todos lo sabían, y también sabían que habrían de tolerar su burbujeante ánimo sin excepción. Eran días en que saltaba del lecho ya vestida de alegría y brotaba de ella una energía incontenible que, cual cálido huracán, arrasaba con todo a su paso.
Con el correr de los años, desde su llegada al castillo, se hizo evidente para todos que no habría primavera sin que alguna memorable travesura de Candy quedara registrada para la posteridad:
El primer año la preciada colección de vidrios del señor había sido su objetivo y sólo la autoridad del amo la había salvado de la zurra que Mary estuvo a punto de propinarle. Esa ocasión había traído como consecuencia la instalación de una pesada reja en los aposentos del amo, misma que aún permanecía ahí y sobre la que el amo hacía, de cuando en cuando, un comentario gracioso a sus costillas.
Luego, precisamente el último año que William hijo permaneciera en St. Andrews, se le había ocurrido explorar sin permiso una bodega en el ala sur, que de ordinario permanecía cerrada, pero que aquel día estaba misteriosamente abierta y, para su mala fortuna, había tropezado con una vieja armadura, gracias a lo cual se había llevado un susto mayúsculo, creyendo que se trataba de un mounstruo.
Un sonriente joven Wiliam había dicho entonces, mientras la sostenía en sus brazos hecha un mar de llanto, que sus gritos se habían escuchado hasta la última vivienda de St. Andrews, afirmación a la cual ella había replicado con una airada mirada de reproche, el llanto olvidado instantáneamente en pos de una actitud razonablemente ofendida; porque cierto era que Candy no podía gritar: ningún sonido salía de su garganta, por muy alterada que estuviera. William había reído con ganas al verla enfadada, feliz por conseguir su objetivo de hacer que dejase de llorar y ella, tras su desconcierto inicial, se había unido a su risa, dejando olvidada la furia, perdidos ambos en un silencioso entendimiento que no compartían con ninguno más.
La primavera también era su cumpleaños: toda la estación; hecho que se debía a una serie de incidentes que, aún en la actualidad, arrancaban sonrisas al jefe William y a los mayores:
Años atrás, pocos días después de que el joven amo William la rescatase de la cascada y la llevase a vivir al castillo, a Anthony, el hijo de Rose, la esposa del leñador del castillo, quien en aquel entonces contaba casi veinte años y que había convertido en una costumbre el llevarla consigo cuando iba a traer leña al bosque, se le había ocurrido que podían elegir entre todos una fecha para celebrarla, y había sugerido el once de noviembre, porque ese día iniciaba, cada año, la feria en St. Andrews. Stirr y Archibald, los gemelos hijos de Janet, la niñera de William hijo, se habían mostrado en claro desacuerdo con esa fecha; ellos también le tenían cariño y buscaban, siempre que podían, llevársela consigo a sus labores, pese a que no habían sido pocas las veces que Archibald había sufrido las travesuras de Candy en el telar y Stirr en la herrería.
La discusión entre los tres hombres había crecido rápidamente hasta llegar a los golpes, terminando todos hechos un lío de pies y manos y siendo sorprendidos por el jefe William en persona, quien había llegado, alertado por el escándalo, tan sólo para descubrir, alarmado, a una sonriente Candy, aplaudiendo emocionada por lo que consideraba un juego, trepada muy muy alto sobre una pila de leños a punto de derrumbarse.
El jefe William se había enfadado con los rijosos y impartiéndoles un castigo ejemplar, más por no cuidar adecuadamente de la niña que por la pelea y se había alejado llevándose a Candy consigo para enseñarle algunos cristales nuevos: él también estaba convirtiendo en un hábito el llevársela a sus aposentos, donde le dejaba tocar la campanilla para llamar a las criadas, ante la exasperación de Mary, quien encontraba el asunto tremendamente bochornoso.
La discusión fue momentáneamente olvidada hasta que, al enterarse el joven William del pleito y la causa de éste, había protestado enérgicamente alegando que no le correspondía a ninguno, sino a él, elegir la fecha de cumpleaños para Candy; ante lo cual Neal, un huérfano que el amo había tomado bajo su protección hacía varios años y que era un poco mayor que él, había replicado que no tenían porqué celebrar el cumpleaños de una harapienta molestia como lo era Candy.
Las palabras de Neal provocaron que William, de ordinario tan calmo y pacífico como ningún joven de su edad, montara en cólera y se le fuera encima con ferocidad tal que tuvo que gritar pidiendo ayuda, al descubrirse incapaz de defenderse. Acudieron todos, las doncellas y los mozos, pero ninguno se atrevió a intervenir, especialmente por dos razones: lo extraordinario del asunto y el hecho de que ninguno entre la servidumbre apreciaba demasiado a Neal, ya que ordinariamente era él quien golpeaba a William y no a la inversa; siempre a espaldas del jefe William, por supuesto, y siempre sin que William hubiese jamás respondido a ninguna de sus injustas agresiones.
Ni toda la firmeza y la fuerte voz del jefe William habían servido en aquella memorable ocasión para detener a su hijo, quien se negaba a dejar de golpear a Neal, pese a que ya estaba bastante maltrecho; no obstante, había sido el llanto de una asustada Candy el que finalmente acabara con el episodio, pues un arrepentido William había tenido qué concentrar toda su atención en tranquilizarla como sólo él lo conseguía.
El jefe William había escudriñado la escena con expresión grave y guardado silencio, sin exigir explicaciones a nadie: conocía a los suyos y no le tomó demasiado adivinar las razones de todos. El incidente fue olvidado y tanto William como Neal escaparon tan sólo con la suspensión de la cena durante una semana; aunque en el joven hijo del jefe subsistió la furia por más tiempo aún y no resultó raro en aquellos días verlo salir del castillo en compañía de Rebelde desde el amanecer y regresar hasta que comenzaba la noche.
Días después, fue el mismo jefe William quien, tras reflexionar en el asunto, comunicó a los habitantes del castillo que, dado que parecía cuestión de vida o muerte para todos celebrar el cumpleaños de Candy, les dejaba a cada quien la libertad para escoger la fecha que gustasen, siempre y cuando fuese durante la primavera:
William, por supuesto, había elegido el 7 de mayo, justo el día en que rescatara a Candy de la cascada, y lo había hecho así debido a lo especial que ese día era para él; aunque, obviamente, no pudo celebrar ese año el cumpleaños y hubo de esperar hasta el siguiente año.
Archibald y Stirr, los gemelos, habían elegido el 7 de junio; sólo que uno de la media noche hacia adelante y otro a partir del medio día, para no discutir y así tener a la niña con ellos durante toda la jornada.
Anthony, para no quedar atrás, se había dejado para él el primero de junio, el día que siguió al anuncio del jefe William, obteniendo en respuesta una furibunda mirada de William hijo, dado que de esa manera él fue el primero en celebrarle el cumpleaños a la pequeña.
Y así, bajo la sonrisa complacida del jefe William, el calendario poco a poco fue conformándose, hasta que no hubo semana de la primavera que no tuviese una fecha de cumpleaños puesto que todos los habitantes del castillo decidieron escoger un día, a veces solos y a veces en grupo.
Neal, por su parte, pese a su reticencia inicial y fiel a su rebeldía apartó también, en secreto, una fecha: el día de la primera nevada invernal. Cada año, sin fallar uno sólo, en tanto Neal estuviera en el castillo, un enorme muñeco de nieve aparecía frente a la puerta de las cocinas, en espera de que una adormilada Candy tropezara con él.
Los años transcurrían, y la primavera era la estación cuando Candy esperaba con impaciencia descubrir obsequio tras obsequio; a veces tan sencillos como un ramito de flores silvestres o un cubo de moras frescas y en otras ocasiones tan lujosos como los listones que solía entrelazar con sus rebeldes rizos; obsequio, este, del amo, que siempre amanecía, puntual, sobre sus cobijas, el último día de primavera. Todo la emocionaba: desde un plato nuevo, hasta la primera rosa de la ladera; y si bien ella prodigaba sonrisas generosas y gran entusiasmo como pago al esfuerzo de todos, lo cierto era que su más bella sonrisa estaría destinada, indudablemente, al regalo que el joven William le enviaría puntualmente con Angus, el mensajero que siempre permanecía viajando entre St. Andrews y donde quiera que William estuviese asignado.
Había sido muy triste para Candy separarse del joven amo William y eso todos lo sabían; porque todos la recordaban llorando sin parar durante más de dos semanas, refugiada en el cobertizo de los halcones, de dónde sólo la sacaban hasta que la vencía el cansancio, ya muy entrada la tarde. La mañana en que William partiera, Candy no se había despedido de él, porque se había quedado dormida y había despertado tan sólo para encontrarse con la mirada vigilante de Rebelde y una hermosa y cara cruz pendiendo de su cuello y, al momento, había salido corriendo a todo cuanto daban sus pequeños pies hasta el patio de armas, donde, después de mirar hacia la reja principal, había roto a llorar con tanto desconsuelo que nadie se sintió capaz de intentar alegrarla.
─No sé cómo estuvo tan segura de que el joven William no regresaría pronto. Nunca lloró así cuando él partía de viaje a principios del otoño, para visitar a su abuelo o cuando marchaba con usted a las inspecciones y se demoraban varios días en los corrales ─comentaba Mary al jefe William, en ese preciso momento en las cocinas del castillo; ambos charlaban amigablemente, recordando lejanos días y a sus únicos hijos, como lo hacían a menudo desde que el joven William partiera─. Despertó y supo que se había ido, sin necesidad de buscarlo y sin que alguien se lo dijera. Me partió el corazón ver su pequeño rostro, tan triste que me parecía estar viendo a un ángel abatido ¡No sé qué condenada idea se le metió aquel día de escaparse de madrugada para ir a dormir al cobertizo! El joven William estuvo a punto de no verla antes de marcharse.
─William no la pasó mejor aquel día, te lo aseguro ─indicó el jefe William entonces, con una sonrisa pensativa─. Había discutido con Sir Johnson y llevaba horas buscándola: registró cada palmo del castillo y hasta echó una vuelta al bosque ayudado por Stirr, Archibald y Anthony; todos angustiados de sobra, sabiendo perfectamente que no podían irse sin saber que ella estaba bien y sin atreverse a decir palabra a sir Johnson al respecto. Si lord Johnson hubiera conocido la razón del retraso lo habría entendido; pero William es obtuso y hermético como el que más y no quiso explicarle nada. Dudo mucho que, incluso ahora, gracias a lo que pasó, alguna vez le haya contado algo sobre Candy ¡No sé cómo a ninguno de esos taimados se le ocurrió echar un vistazo al cobertizo, antes que todo!
─Estaban nerviosos ─recordó Mary con una sonrisa indulgente─. Aunque algunos eran ya bastante mayores, todos eran simples muchachos de campo que partían a un territorio lejano y hostil, donde nuestra gente no es muy apreciada. Era lógico que no pensaran con claridad. Además, tengo entendido que Archibald sí revisó el cobertizo; pero no la vio porque estaba muy al fondo, dormida cerca de la jaula de Rebelde.
─Y apuesto a que mi hijo aún lo aporrea de cuando en cuando por ese descuido ─comentó el jefe William de buen humor, haciendo reír también a la responsable de las doncellas─. ¡Ay! ¡Querida Mary! ¡Esa niña tuya es muy especial! Jamás pensé que William se separaría alguna vez de esa cruz que perteneció a su madre. La atesoraba tanto que sólo la sacaba del joyero para mirarla de vez en cuando; pero aquel día partió a Inglaterra dejándola con Candy ¡Mi muchacho! ¡Parecía tan sereno al bajar corriendo de ese cobertizo! ¡No derramó ni una sola lágrima al montarse en ese corcel mañoso para seguir a sir George! Pensé que se me saldría el corazón del pecho de tanto orgullo que no cabía en mí.
─¡Y esa atolondrada hija mía! ─exclamó Mary con sentimiento─. ¡Nunca ha consentido quitársela, ni siquiera para dormir! ¡Me desespera! ¡Siempre ha creído que es un juguete y no una joya de mucho valor! Todavía siento pena con usted, amo, porque me parece incorrecto que el joven William se la haya entregado. Mi hija no es una dama como lo era su madre, la esposa de usted, Dios la tenga en su santa gloria ─concluyó en tono preocupado; dejando sin explicar el verdadero motivo de sus recelos.
─Mary, Mary; te he dicho siempre que no estoy ofendido por eso ─replicó el jefe William, pensativo; su voz calmada y profunda teñida con sinceridad─: no puedo ofenderme porque sé de sobra que ninguna mujer entre las que tú llamas damas, valoraría esa cruz como lo hace tu hija. Para Candy, esa joya es más que oro, rubíes y distinción: es, simplemente, un tesoro. Su único lazo con William, cuya ausencia ha sufrido durante diez largos años.
─Igual que usted, amo ─fue la sentida respuesta de Mary, entendiendo muchas cosas de pronto─; por eso sólo usted puede comprenderla y tranquilizarla cuando la angustia se apodera de ella sin razón.
─Candy y yo somos compañeros de la misma pena, Mary; en eso te doy toda la razón ─estuvo de acuerdo el jefe William, con voz triste─; pero si quieres conocer mi opinión, te diré que estoy seguro de que mi sufrimiento es sólo un pálido reflejo de el de tu hija. Peor aún, querida Mary; para ser sincero, debo decirte que me he comenzado a preguntar si el verdadero sufrimiento de tu niña no comenzará justo el día en que William regrese a casa.
─¡Amo...!
─Candy atesora una vaga imagen del William que partió de aquí hace diez años, Mary; una imagen intachable e inamovible ─declaró el jefe William con tristeza, a lo cual Mary asintió en silencio─. Y me apena, por sobre todas las cosas, no poder asegurarle, con el corazón en la mano, que mi hijo será el mismo joven de corazón noble con quien ella reía todo el tiempo; y, más que ninguna otra cosa, lamento mucho no poder asegurar que él regresará para quedarse.
─Usted piensa que se marchará de nuevo ¿Verdad? ─preguntó Mary, con preocupación genuina; sabía bien que la salud del señor no era la mejor y no quería comenzar a temer lo que un golpe como ese le haría.
─No porque así lo desee él, Mary ─fue la cansada respuesta del señor─; sino porque ha jurado obediencia al rey y ahora se ha convertido en un hombre muy importante, que debe permanecer siempre bajo las órdenes de su majestad y cumplir con sus deberes en la corte. Quizás pronto reciba también alguna propiedad y hasta le sea otorgada una esposa entre las damas de aquel reino y entonces quedará obligado a permanecer allá para siempre y St. Andrews ya no será lo más importante para él. Además; ve tú a saber cómo piense ahora ese condenado muchacho: ya no es un niño que suspira por su hogar, sino un caballero; uno de los mejores guerreros del rey, acostumbrado a la vida ruda y a siempre partir de nuevo, sin permanecer demasiado tiempo en ningún lugar. Ha visto mundo y conocido mejores territorios que este y no puedo negar que me angustia pensar, por sobre todo, que al regresar a este sitio que lo vio nacer lo encuentre indigno de su nueva posición.
─El joven amo no puede haber cambiado tanto ─declaró Mary con seguridad, entendiendo parte de las preocupaciones del señor─. Él es bueno. Un buen hijo y un buen hombre. Ese trovador miente, estoy segura y, por supuesto, ni se diga que Candy lo está también. Y, si nuestro Señor ha de atender a alguna súplica por seguro atenderá la de mi Candy. Dios no permitirá que mi niña sufra una desilusión, eso sería peor que arrojarla de nuevo a esa cascada. Ella sólo encontró consuelo cuando usted le aseguró que el joven amo volvería algún día, y ha vivido para ese momento desde entonces.
El jefe William permaneció pensativo; sopesando las palabras de quien consideraba una gran amiga y luego, comentó:
─He estado pensando mucho respecto al futuro de nuestra Candy, querida Mary ─comenzó a decir, escrutando la reacción de su interlocutora─. Y, por más que pienso, debo admitir que no sé qué hacer. No deseo que ella se marche de aquí y tampoco encuentro la manera de asegurar su vida como no sea con el matrimonio; porque estoy seguro de que la vida de servicio no es para ella...
─¡Pero amo William! ─protestó Mary, no queriendo aún tratar ese tema─. Mi niña es...
─Tu niña, querida Mary, ya no lo es más ─atajó el jefe William con convicción; su mirada celeste clavándose en la oscura de la mujer─: a su edad ya hay varias mujeres que son madres y esposas; de hecho, debió haberse casado ya, lo sabes mejor que yo.
─Todavía no puedo separarme de ella, amo ─declaró Mary con angustia─. ¡No sé que haría sin mi niña! Y además, esa condenada muchacha es tan arisca que creo que nunca alguien se va a fijar en ella; peor todavía: Candy no parece interesada en modo alguno en los mancebos. Yo pensé que ese trovador que llegó apenas por aquí había conseguido llamar su atención, para variar; pero ¡Claro! ¡Tenía que meter la boca donde la tienen los estúpidos y decir esas cosas terribles sobre el León escocés! Candy no puede ni mirarlo tantito cerca porque ¡Hay qué verla!
─¡Ya! ─exclamó el jefe William, torciendo el gesto en claro signo de diversión ante lo que escuchaba─. No me digas que sigue atacándolo con las coles del huerto...
─¡Ojalá hubieran sido coles! ─replicó Mary, seriamente mortificada.
─¿Y entonces? Si no fueron coles ¿Qué fue? ─inquirió el jefe William, intrigado, alzando la ceja interrogativamente. Mary lo miró por un largo momento, antes de responder, visiblemente apenada:
─Los panes recién cocidos de la canasta que tenía reservada para la cena de esta noche.
