- Ni la historia ni los personajes me pertenecen -


POV Edward

¡Vaya, vaya! Así que todo esto le resulta extraño —murmuré, y estudié de nuevo el email que había impreso por la tarde en la editorial—. Mi querida Isabella, todo esto es más que extraño.

Suspirando, dejé el email a un lado y cogí de nuevo la carta, que entretanto me sabía ya de memoria y me gustaba mucho más que ese mensaje tan poco amable.

Las cosas empezaban a complicarse demasiado y, a pesar de todo, no podía dejar de sorprenderme de que una misma persona fuera capaz de escribir cartas tan diferentes. Me recliné en mi viejo sillón de cuero, encendí un cigarrillo y dejé caer la caja de cerillas de Les Deux Magots en la pequeña mesa auxiliar.

Había intentado dejar de fumar varias veces, la última después de la Feria del Libro, cuando el peor estrés parecía haber pasado ya y mi vida volvía a sus cauces habituales.

Le había podido dejar claro a la mañana siguiente a Zafrina, una ardiente portuguesa que desde hacía tres años me miraba echando chispas con sus ojos negros y que esta vez me había invitado primero a cenar y luego a su hotel, que por el momento estaba cubierta mi necesidad de mujeres a las que podía regalar un collar. Cuando Zafina por fin se marchó de muy mal humor (no sin antes arrancarme la promesa de que el año siguiente la invitaría a comer), pensé que el desafío del resto del año iba a consistir en repasar todos los manuscritos que la euforia de la feria me había hecho solicitar.

Pero desde el último martes los pequeños paquetes azules llenos de pitillos nocivos para la salud se habían convertido de nuevo en mis mejores acompañantes.

Los primeros cinco cigarrillos me los fumé cuando Emmett no me devolvía la llamada. Cuando por fin me llamó el jueves, guardé el tabaco en un cajón de mi mesa y decidí olvidar su existencia. Luego, por la tarde, apareció como caída del cielo esa chica de ojos verdes, y mis sentimientos sufrieron el mayor revuelo que yo había conocido. Me encontraba sumido en un bello sueño que era a la vez una pesadilla. Tenía que deshacerme de la testaruda señorita Swan antes de que descubriera la verdad sobre Anthony Masen, pero a la vez no deseaba otra cosa que volver a ver a esa mujer de arrebatadora sonrisa.

Después de que la señorita Swan desapareciera por el final del pasillo me había encendido otro cigarrillo. Luego me precipité hacia la secretaría, en la que durante el día mandaba Carmen, y rebusqué en mi bandeja de plástico verde hasta encontrar un sobre blanco alargado dirigido «A la atención del escritor Anthony Masen/Éditions Opale». Asomé de nuevo la cabeza por la puerta —no fuera a ser que la señorita volviera y me encontrara mirando el correo ajeno—, y luego abrí a toda prisa y sin usar el abrecartas el sobre escrito a mano que desde hacía un par de días había estado en distintos lugares de mi casa y cuyo contenido había leído una y otra vez.

París, noviembre de 20**

Estimado Anthony Masen: Esta noche me ha quitado usted el sueño y quiero darle las gracias por ello. Acabo de leer su libro La sonrisa de las mujeres. ¿Qué digo leer? He devorado esa novela tan maravillosa que cayó en mis manos por casualidad ayer por la tarde (se puede decir que cuando huía de la policía) en una pequeña librería. Con esto quiero decir que no buscaba su libro. Mi gran pasión es la cocina, no la lectura. Normalmente. Pero su libro me ha encantado, me ha entusiasmado, me ha hecho reír, y es sencillo y está lleno de sabiduría al mismo tiempo. En una palabra: su libro me hizo feliz un día en el que yo me sentía más desgraciada que nunca (penas de amor, visión pesimista de la vida), y el hecho de que yo encontrara su libro justo en ese momento (¿o fue su libro el que me encontró a mí?) fue para mí una suerte. Es posible que todo esto le resulte muy extraño, pero cuando leí la primera frase supe que esa novela iba a significar mucho para mí. No creo en las casualidades. Estimado señor Masen, antes de que piense que soy una loca debe saber un par de cosas: El Temps des Censes que aparece varias veces en su libro y que usted describe con tanto cariño es mi restaurante. Y su Sophie soy yo. La similitud es sorprendente, y si observa la foto que le adjunto entenderá a qué me refiero. No sé cómo encaja todo esto, pero me pregunto si nos hemos visto alguna vez. No lo recuerdo. Usted es un escritor inglés de éxito, yo una cocinera francesa de un restaurante no muy conocido de París. ¿Dónde han podido cruzarse nuestros caminos? Como podrá comprender, todas estas «casualidades», que de algún modo no pueden ser tales, no me dejan tranquila. Le escribo con la esperanza de que usted pueda darme alguna explicación. Por desgracia, no tengo su dirección y sólo puedo ponerme en contacto con usted a través de la editorial. Para mí sería un honor poder invitar a una comida preparada por mí en Le Temps des Cerises al hombre que escribe libros así y al que considero que debo tanto. Según deduzco de la reseña sobre usted que aparece en el libro (y también de su novela), usted adora París, y he pensado que a lo mejor viene por aquí con frecuencia. Me encantaría que pudiéramos conocernos personalmente. Y a lo mejor se desvelaban así algunos enigmas. Supongo que desde que ha aparecido su libro recibirá muchas cartas de admiración y que no tendrá tiempo de contestar a todos sus lectores. Pero yo no soy un lector cualquiera, en eso tiene que creerme. La sonrisa de las mujeres ha sido un libro muy especial para mí en todos los sentidos. Y es una mezcla de profunda gratitud, gran admiración e impaciente curiosidad lo que me ha hecho escribirle esta carta. Me alegra ría mucho recibir una respuesta por su parte, y me encantaría que aceptara la invitación a cenar en Le Temps des Censes.

Con mis más cordiales saludos,

Isabella Swan.

PS: Es la primera vez que escribo a un autor. Y tampoco suelo invitar a desconocidos a comer, pero creo que mi carta estará en buenas manos con usted, a quien considero todo un gentleman inglés.

Tras leer la carta por primera vez me dejé caer en la silla de Carmen y me fumé otro cigarrillo.

Tengo que admitir que si yo hubiera sido Anthony Masen, me habría considerado un hombre afortunado. No habría dudado un segundo y habría contestado a esa carta, que era mucho más que la carta de un lector convencional. ¡Ay! Habría dejado con gusto que esa bella cocinera me invitara en su pequeño restaurante a una diner à deux privada (la invitación sonaba tentadora) y tal vez a algo más (que imaginaba aún más tentador).

Pero yo era sólo Edward Cullen, un editor normal que hacía que era Anthony Masen, ese magnífico, divertido y a la vez serio escritor que llegaba al corazón de mujeres bellas y desgraciadas.

Di una calada al cigarrillo y observé con detenimiento la foto que Isabella Swan había adjuntado. En ella llevaba el mismo vestido verde (era evidente que se trataba de uno de sus vestidos favoritos), su pelo suelto caía sobre los hombros y sonreía con cariño a la cámara.

Y tampoco entonces iba dirigida a mí esa sonrisa. Cuando se hizo esa foto ella estaba sonriendo a alguien, probablemente al tipo que más tarde le rompió el corazón (penas de amor, visión pesimista de la vida). Y cuando la había metido en el sobre lo había hecho para sonreír así a Anthony Masen. Si hubiera sabido que iba a ser yo (y no su gentleman inglés) el que iba a abrir la carta, no habría mostrado una sonrisa tan encantadora, de eso estaba seguro.

Apagué el cigarrillo, tiré la colilla a la papelera y guardé la carta con el sobre en mi cartera.

Cuando por fin abandoné la editorial después de un día tan lleno de acontecimientos, ya se dirigían hacia mi despacho, riendo y parloteando, las mujeres filipinas que por las noches limpiaban las oficinas y se llevaban los residuos.

—¡Oooh, missiu Cullen, tlabaja siemple tanto! —exclamaron alegres, y asintieron con gesto apenado. Yo también asentí, si bien más distraído que alegre. Ya era hora de llegar a casa. Hacía frío, pero no llovía, cuando bajé por la Rue Bonaparte preguntándome por qué huiría la señorita Swan de la policía. No parecía una de esas personas que roban una camiseta en Monoprix. ¿Y qué significaba en ese contexto ese «se puede decir»? ¿Habría defraudado a Hacienda la propietaria de Le Temps des Cerises? ¿O es que el policía del que escapaba cuando se escondió en la librería era su novio, un tipo violento con el que había discutido y que la perseguía?

Pero la pregunta más importante me la hice cuando introduje el código con el que se abría el portal de la Rue des Beaux-Arts por el que se accedía a mi vivienda.

¿Cómo se conquistaba el corazón de una mujer a la que se le había metido en la cabeza conocer a un hombre al que admiraba y al que pensaba que le había unido el destino? Un hombre que —ironías de ese mismo destino— ni siquiera existía. Un ser creado por dos imaginativos aprendices de brujo que se creían muy listos y que trabajaban en un sector que vendía sueños.

Si hubiera leído esa historia en una novela, me habría parecido muy divertida. Pero cuando se tenía que representar el curioso papel protagonista en aquel asunto la cosa ya no tenía tanta gracia.

Abrí la puerta de mi casa y encendí la luz. Lo que necesitaba era una idea genial (que, por desgracia, no tenía todavía). Aunque una cosa sí sabía: Anthony Masen, ese perfecto gentleman inglés con su ridículo cottage que escribía tan bien, no cenaría jamás con Isabella Swan. Pero tal vez sí lo hiciera, si lo organizaba bien, el francés mucho más elegante Edward Cullen con su vivienda alquilada en la Rue des Beaux-Arts.

Ese elegante francés escuchaba pocos minutos más tarde su contestador automático, en el que encontró los reproches de su madre, que le pedía que se pusiera de una vez al aparato.

—¿Edward? Sé perfectamente que estás en casa, mon petit chou. ¿Por qué no contestas? ¿Vas a venir a comer el domingo? Podías ocuparte alguna vez de tu anciana madre, me aburro, ¿qué voy a hacer todo el día? No voy a estar siempre leyendo libros —lloriqueaba, y yo busqué nervioso el paquete de cigarrillos en el bolsillo de la chaqueta.

Luego se oyó la voz de Emmett.

— ¡Hi, Eddie, soy yo! ¿Todo bien? Mi hermano está en un congreso en Sant Angelo y no vuelve hasta el domingo por la tarde. Ja, ja, ja, cómo se lo pasan estos médicos, ¿verdad?

Se reía con toda tranquilidad, y yo me pregunté si acaso no se daba cuenta de que el tiempo corría. ¿Es que su hermano no tenía móvil? ¿Es que no había teléfonos en ese Sant'Angelo (dondequiera que estuviese)? ¿Qué estaba pasando?

—He pensado que será mejor que llame a Seth cuando vuelva a casa y tenga la cabeza despejada —añadió Emmett—. Anyway, te llamaré cuando haya hablado con Seth, el fin de semana vamos a estar con unos amigos en Brighton, pero puedes llamarme al móvil cuando quieras.

—¡Sí, sí, claro, puedo llamarte al móvil cuando quiera! —Y encendí otro cigarrillo.

—Bueno, cuídate. ¡Ah, Edward! —Alcé la cabeza—. Y no temas, amigo. Llevaremos a Seth a París.

Asentí con resignación y me dirigí a la cocina para ver qué quedaba en la nevera. El resultado no estuvo nada mal. Encontré una bolsa de judías verdes frescas que cocí en agua con sal y me freí un filete de ternera. Inglesa, naturalmente.

Cuando terminé de cenar me senté a la mesa redonda del cuarto de estar con una copa de Cotes du Rhone y una hoja de papel y anoté mis reflexiones estratégicas acerca del asunto Isabella Swan = I.S. Dos horas más tarde había escrito las siguientes anotaciones:

1. Anthony Masen ignora la carta y no contesta. Probablemente I.S. se dirige a su persona de contacto en la editorial para ver qué pasa con el autor. Edward Cullen = E.C. dice que el autor no quiere tener contacto con nadie. E.C. no da más información. I.S. no insiste y en algún momento pierde el interés por el asunto. Tampoco le interesa E.C. como posible mediador.

2. Anthony Masen no contesta la carta, pero E.C. le ofrece su ayuda. Con ello se gana el afecto de I.S. Pero los pensamientos de I.S. se dirigen en la dirección equivocada, esto es, hacia el autor, no hacia el editor. ¿Puede él ayudarla realmente? No. Pues Anthony Masen no existe. E.C. tiene que ganar tiempo para demostrar a I.S. que es un tipo encantador (y que el inglés es en realidad un estúpido, pero debe hacerlo como de pasada).

3. Anthony Masen contesta con amabilidad, pero sin interés. La llama se mantiene encendida. El autor remite a I.S. a su magnífico editor (E.C.) y le indica que quizá viaje pronto a París, pero que no sabe si va a ser posible un encuentro, ya que tiene muchos compromisos.

4. E.C. organiza algo. Le pregunta a I.S. si quiere unirse a una cita que tiene con Masen (¿una cena?). Ella acepta y está agradecida. Naturalmente, no acude el autor, que supuestamente se disculpa en el último momento. I.S. se enfada con el autor, dice que no se puede confiar en él. I.S. y E.C. pasan una velada estupenda e I.S. se da cuenta de que le gusta más el simpático editor que el complicado autor.

Asentí satisfecho cuando leí otra vez el punto 4. No era una mala idea para empezar. Faltaba por ver si era genial. En cualquier caso, quedaban un par de preguntas sin contestar:

1 ¿Merecía la pena montar todo ese teatro por Isabella Swan? ¡Sí, por supuesto!

2 ¿Debía saber ella la verdad en algún momento? ¡No, nunca!

3 ¿Qué pasaría si Seth McCarthy viniera a París haciéndose pasar por Anthony Masen para hacer una entrevista y una lectura de su libro e I.S. se enterara?

A esas horas de la noche ya no se me ocurría ninguna respuesta para esta última pregunta. Me puse de pie, vacié el cenicero (cinco colillas) y apagué la luz. Estaba terriblemente cansado y lo que más me preocupaba era qué iba a pasar si Anthony Masen no venía a París.

El viernes por la mañana el señor Vulturi me esperaba en mi despacho.

—¡Ah, mi querido Cullen, ya está usted aquí, bonjour, bonjour! -exclamó al verme, balanceándose adelante y atrás con sus zapatos de ante marrón y con ganas de conversación—. Le he dejado sobre su mesa el manuscrito de una joven y bella autora. Es la hija del último galardonado con el Premio Goncourt, al que me une una gran amistad, y haciendo una excepción le pediría que lo mirara lo antes posible.

Me quité la bufanda y asentí. En todo el tiempo que llevaba en Éditions Opale no me había ocurrido nunca que Aro Vulturi no quisiera algo lo antes posible. Lancé una mirada al manuscrito de la hija del galardonado con el Goncourt, que estaba guardado en una carpeta de plástico transparente y tenía el melancólico título de Confessions d'une fille triste (Confesiones de una chica triste). Eran como mucho quinientas páginas y, probablemente, bastaría con leer cinco de ellas para estar harto de la habitual introspección narcisista que en la actualidad se presenta tan a menudo como literatura trascendental.

—Sin problema, le diré algo antes del mediodía —dije, y colgué mi abrigo en el estrecho armario que había junto a la puerta.

Vulturi tamborileó con los dedos en su camisa de rayas azules y blancas. No es que fuera bajo, pero yo casi le sacaba dos cabezas y era bastante más ancho que yo. No obstante, sabía vestirse bien. Odiaba las corbatas, llevaba zapatos hechos a mano y bufandas de cachemir y, a pesar de su corpulencia, parecía sumamente ágil.

—Magnífico, Edward. ¿Sabe? Eso es lo que me gusta de usted. Es tan poco pretencioso... No es grandilocuente, no hace preguntas innecesarias, hace fáciles las cosas. —Me miró con sus brillantes ojos azules y me dio una palmada en el hombro—. Llegará lejos. —Luego me hizo un guiño—. En caso de que sea una basura, escriba un par de frases constructivas sobre el argumento, ya sabe, tiene un gran potencial y se espera con impaciencia lo que la autora pueda escribir, etcétera, etcétera, y rechácelo con delicadeza.

Asentí y esbocé una sonrisa. Y luego, cuando ya me tenía entre la espada y la pared, Vulturi se giró de nuevo y pronunció la frase que yo había estado esperando.

—¿Y bien? ¿Ya está arreglado lo de Anthony Masen?

—Estoy en contacto con su agente, Emmett McCarthy, y éste no pierde la esperanza —contesté. El viejo señor Crowley (el que hacía poco se había caído de un árbol cuando recogía cerezas) me había dado una vez un consejo. «Si mientes, mantente lo más cerca posible de la verdad, chico», me había dicho una vez que hice novillos un precioso día de primavera y quise contarle a mi madre una mentira que ponía los pelos de punta, «será más fácil que te crean».

—Dice que conseguiremos a Masen —añadí con valentía y mi pulso se aceleró—. En el fondo se trata sólo de... eh... sintonización. Creo que el lunes sabré algo más.

—Bien... bien... bien... —Aro Vulturi salió por la puerta con gesto de satisfacción y yo rebusqué en mi cartera. Y después de haber recibido una pequeña dosis de nicotina (tres cigarrillos) me tranquilicé un poco. Abrí la ventana y dejé que entrara el aire limpio y frío.

El manuscrito de Vanessa Prits era muy pobre. Aparte del hecho de que una joven que no sabe muy bien lo que quiere (y cuyo padre es un conocido escritor) viaja a una isla del Caribe y allí nos hace participar en sus experiencias sexuales con un habitante negro de la isla (que se pasa todo el tiempo colocado), no había nada digno de mención. Cada dos párrafos describía la situación de la protagonista, que en realidad no interesaba a nadie, ni siquiera al amante caribeño. Al final, la joven se marcha, la vida se abre como un gran interrogante ante ella y no sabe por qué está tan triste.

Yo, por mi parte, tampoco lo sabía. Si yo de joven hubiera tenido la oportunidad de pasar ocho increíbles semanas en una isla de ensueño y dejarme distraer por una belleza caribeña en todas las posturas y en playas de arena blanca, no me habría sentido triste y melancólico, sino loco de alegría. A lo mejor carecía de la hondura necesaria.

Redacté una nota discreta e hice una copia para Aro Vulturi. A mediodía entró Carmen con el correo y me preguntó con desconfianza si había fumado.

La miré con gesto de ingenuidad y alcé las manos.

—Usted ha fumado, señor Cullen —dijo ella, y examinó el pequeño cenicero que había sobre mi mesa detrás de la bandeja del correo—. Ha fumado hasta en mi despacho, lo he olido esta mañana al entrar. —Sacudió la cabeza con gesto de desaprobación—. No empiece otra vez con eso, Cullen, es muy poco saludable, ya lo sabe.

Sí, sí, sí, ya lo sabía todo. Fumar era poco saludable. Comer era poco saludable. Beber era poco saludable. Todo con lo que se disfrutaba era poco saludable o engordaba. Estar excitado era poco saludable. Trabajar mucho era poco saludable. En el fondo, la vida en sí era una empresa peligrosa, y al final uno se caía de una escalera mientras recogía cerezas o le atropellaba un coche de camino a la panadería, como a la portera de la novela La elegancia del erizo.

Asentí sin decir nada. ¿Qué iba a decir? Tenía razón. Esperé a que Carmen saliera del despacho para sacar otro cigarrillo del paquete, me recliné en mi asiento y unos segundos más tarde estaba observando cómo se desvanecían lentamente los pequeños aros de humo blanco que soltaba en el aire.

Desde que Carmen me reprochara haber fumado en el despacho habían pasado otras cosas inquietantes que, lamentablemente, ponían en peligro mi modo de vida saludable. El momento más sano y menos excitante había sido probablemente la comida del domingo con mamá en Neuilly, aunque no podría afirmar que unos platos llenos de chucrut, carne de cerdo y salchichas (la madre de mi madre procedía de Alsacia, de ahí que el chucrut sea para ella una necesidad) fueran lo mejor para el cuerpo. Tampoco el hecho de que la «sorpresa» que maman me había anunciado por teléfono resultara ser su hermana, siempre enferma, y su prima favorita, una mujer habladora y sorda (lo que la hacía hablar a gritos y no la convertía en mi prima favorita), a la que habían invitado, consiguió que la comida con vajilla alsaciana fuera un placer para mí. El chucrut me cayó como una piedra en el estómago, y las tres ancianas, que no paraban de dirigirse a un tipo como yo, de treinta y ocho años y un metro ochenta y cinco de estatura, como mon petit boubou o mon petit chou (mi pequeño repollo), casi acabaron con mis nervios. Por lo demás, todo transcurrió como siempre, aunque multiplicado por tres.

Me preguntaron si no estaba más delgado («¡no!»), si no me iba a casar pronto («¡en cuanto aparezca la persona adecuada!»), si mamá podía confiar en tener pronto un nieto al que poder alimentar con chucrut («¡seguro, qué ilusión!»), si me iba todo bien en el trabajo («¡claro, todo va genial!»). Entremedias, no paraban de pedirme que comiera un poco más o que les contara «qué novedades había».

—¿Qué hay de nuevo, Edward? ¡Cuenta, cuenta!

Tres pares de ojos me miraban expectantes y yo era algo así como un programa de la radio. Esa pregunta resultaba siempre fastidiosa. Las verdaderas novedades de mi vida no las podía contar (¿o alguien de aquella mesa habría entendido que estaba muy nervioso porque había adoptado una segunda identidad como escritor inglés y el asunto estaba a punto de destaparse?), así que las entretuve con la última rotura de una cañería en mi viejo edificio, y no estuvo mal, porque la capacidad de concentración del trío de damas no aguantó mucho (a lo mejor es que lo que yo les contaba no era suficientemente interesante). En cualquier caso, la prima dura de oído me interrumpió enseguida con un fuerte «¿quién se ha muerto?» (repitió esa misma frase unas cinco veces a lo largo de la comida, sospecho que cada vez que ya no podía seguir el hilo de la conversación), y nos centramos en temas más importantes (las citas médicas, las flebitis, las reformas de la casa, los jardineros que no trabajan bien o las asistentas descuidadas, los conciertos de Navidad, los entierros, los concursos de la televisión y la vida de vecinos desconocidos para mí o personas de un pasado lejano), antes de que por fin se sirvieran el queso y la fruta.

Llegado ese punto, la capacidad de mi estómago y yo estábamos tan agotados que me disculpé un momento y salí al jardín a fumar (tres cigarrillos).

A pesar de que me tomé tres comprimidos masticables contra la acidez, pasé la noche del domingo al lunes dando vueltas en la cama (el queso de cabra y el camembert me habían acabado de rematar) y tuve horribles pesadillas en las que el hermano de Emmett, el atractivo autor de bestsellers, estaba en su moderna consulta de odontólogo, tumbado en una camilla con una Isabella Swan a medio vestir, abrazándola y gimiendo con pasión, mientras yo permanecía sentado en el sillón de dentista sin poder moverme (y también gimiendo) porque una ayudante me estaba sacando las muelas.

Cuando me desperté bañado en sudor estaba tan alterado que me habría gustado ponerme a fumar en ese momento.

Pero todo aquello fue un verdadero placer comparado con lo que me esperaba el lunes.

Emmett llamó bien temprano a la editorial con la noticia de que, aunque al principio su hermano se había enfadado un poco, al final había captado la gracia de todo el asunto Masen y estaba dispuesto a colaborar por esta vez.

En cualquier caso, las nociones de francés de Seth tenían sus límites naturales, era todo lo contrario a un hombre de letras y sus conocimientos sobre coches antiguos eran escasos.

—Bueno, me temo que antes tenemos que instruirle bien —dijo Emmett—. Para la lectura en público puedes prepararle unos párrafos y así él sólo tendrá que ensayar. —En cuanto a lo de afeitarse la barba... Bueno, eso iba a requerir un cierto trabajo de convicción por parte de Emmett.

Nervioso, me tiré del cuello alto del jersey, que de pronto parecía querer ahogarme. Naturalmente, sería mejor que Anthony Masen tuviera el aspecto de Anthony Masen (el de la foto) y el dentista tuviera el aspecto del dentista, le hice saber. Todo aquello se estaba complicando demasiado.

—Sí, claro —dijo Emmett—, hago lo que puedo. —Y luego añadió algo que me hizo necesitar enseguida los cigarrillos—. Por lo demás, Seth podría ir el lunes que viene no, el siguiente... Bueno, quiero decir que sólo puede ir ese día.

Fumé lo más deprisa que pude.

—¿Estás loco? —grité—. ¿Y cómo vamos a arreglarlo?

La puerta del despacho se abrió sin hacer ruido, Irina se asomó con mirada interrogante y una carpeta de plástico transparente en la mano y se quedó esperando.

— ¡Ahora no! -grité muy nervioso, moviendo la mano en el aire—. ¡Por Dios, no me mire con cara de tonta! ¿No ve que estoy hablando por teléfono? —gruñí.

Me miró horrorizada. Luego su labio inferior empezó a temblar y la puerta se cerró tan en silencio como se había abierto.

— Ahora tampoco va a ir —dijo Emmett con tono tranquilizador, y volví a prestar atención al teléfono—. El lunes sería perfecto. Yo llegaría con Seth el domingo y así podríamos hablar con calma.

—Perfecto, perfecto —resoplé—. ¡Sólo faltan dos semanas! Algo así hay que prepararlo bien. ¿Cómo vamos a conseguirlo?

— It's now or never(N/A: Es ahora o nunca) -se limitó a replicar Emmett—. ¡Deberías alegrarte de que funcione!

—Me alegro como un loco —dije yo—. ¡Qué bien que no sea mañana!

—¿Cuál es el problema? Le Figaro ya está preparado, según tengo entendido. Y con respecto a la lectura en público, probablemente sea mejor que tenga lugar en un sitio pequeño. ¿O preferirías una lectura en la Fnac?

—¡No, claro que no! —respondí. Cuanto menos forzáramos la situación, mejor. Todo el asunto debía resultar lo menos espectacular posible. ¡Faltaban dos semanas! Me entró calor. Apagué el cigarrillo con dedos temblorosos—. ¡Tío, me encuentro fatal!

—¿Y eso? Todo marcha bien —replicó Emmett—. A lo mejor es que no has desayunado como deberías. —Me mordí el puño—. Tostadas, huevos y beicon: con eso tienes energía para todo el día —me aleccionó mi amigo inglés—. El desayuno que hacéis vosotros... ¡eso es para debiluchos! Galletas y un cruasán. ¡Nadie puede vivir con eso!

—No entremos ahora en detalles, ¿vale? —repliqué—. Si no, tendré que hablar yo también de la cocina inglesa.

No era la primera vez que discutía con Emmett acerca de las ventajas e inconvenientes de nuestra cultura culinaria.

—¡No, no, por favor! —Pude ver cómo Emmett sonreía—. Prefiero que me digas que la fecha está bien antes de que mi hermano se arrepienta.

Cogí aire con fuerza.

Bon. Hablaré ahora mismo con nuestro departamento de prensa. Por favor, ocúpate de que tu hermano conozca al menos a grandes rasgos el argumento de la novela antes de venir.

—Lo haré.

—¿Es tartamudo?

—¿Estás loco? ¿Por qué iba a ser tartamudo? Habla perfectamente y tiene una dentadura preciosa.

—Eso me tranquiliza. Y, Emmett, otra cosa...

—¿Sí?

—Sería bueno que tu hermano tratase todo este asunto con la máxima discreción. No debe contar a nadie por qué viaja contigo a París. Ni a sus viejos amigos del club, ni a sus vecinos y, preferiblemente, tampoco a su mujer. Una historia así corre entre la gente más deprisa de lo que uno piensa y el mundo es muy pequeño.

—No te preocupes, Eddie. Los ingleses somos muy discretos.

Frente a todos mis temores, Victoria Whiterlade se alegró mucho cuando oyó que Anthony Masen quería venir pronto a París.

—¿Cómo lo ha conseguido tan deprisa, señor Cullen? —exclamó sorprendida, e interpretó un verdadero trémolo con su bolígrafo—. ¡El autor no parece tan complicado como usted siempre dice! Hablaré ahora mismo con Le Figaro. He contactado también con dos pequeñas librerías. —Cogió su tarjetero y rebuscó entre las tarjetas—. Es estupendo que todo haya salido bien y... ¿quién sabe? —Me sonrió, y sus pendientes negros en forma de corazón se movieron alegres en torno a su esbelto cuello—. A lo mejor podemos hacer en primavera un viaje promocional a Inglaterra... ¡una visita al cottage de Anthony Masen! ¿Qué le parece?

Se me encogió el estómago.

—Magnífico —dije, y creí saber cómo se siente un agente doble. Decidí que el bueno de Anthony Masen debía morir en cuanto hubiera terminado su visita a París.

Con el viejo Corvette por un terraplén sin quitamiedos. Desnucado. Qué tragedia, al fin y al cabo no era tan mayor. Sólo había sobrevivido el perro. Y, por fortuna, no podía hablar. Ni escribir. Como fiel consejero y bondadoso editor de Masen que yo era, tal vez debiera hacerme cargo del pequeño Rocky.

Tras la blanca frente de Victoria Whiterlade se veía su cerebro trabajando.

—¿Sigue escribiendo? —preguntó.

—Oh, creo que sí —me apresuré a contestar—. Aunque cada vez se toma más tiempo... y no sólo debido a su entretenido hobby. Ya sabe, siempre está trabajando en sus coches antiguos. —Hice que pensaba—. Creo que para su primera novela necesitó... siete años. Sí. Casi como John Irving. Aunque peor.

Reí satisfecho y dejé a Victoria confusa en su despacho. Me encantaba la idea de matar a Masen. Sería mi salvación.

Pero antes de morir, el gentleman inglés debía hacerme un pequeño favor.

El email de Isabella Swan me llegó a las 17.13. Hasta entonces no había fumado ningún cigarrillo... todavía. Curiosamente, casi sentí mala conciencia al abrir el mensaje. Al fin y al cabo, había leído la carta que con tanta confianza ella le había escrito a Anthony Masen. Llevaba su foto en mi cartera sin que ella lo supiera.

Todo aquello no estaba bien. Pero tampoco estaba tan mal. Pues ¿quién si no yo iba a abrir el correo dirigido al escritor?

El encabezamiento del mensaje ya me hizo sentir intranquilo.

Asunto: ¡Preguntas sobre Anthony Masen!

Solté un suspiro. Tres admiraciones no presagiaban nada bueno. Sin conocer el resto del email tuve la desagradable sensación de que no iba a poder responder a las preguntas de la señorita Swan de forma satisfactoria.

Estimado señor Cullen:

Hoy es lunes y han pasado ya algunos días desde nuestro encuentro en su editorial. Espero que entretanto haya enviado ya mi carta a Anthony Masen y, aunque usted no me diera muchas esperanzas, confío en recibir pronto una respuesta. Es probable que una de sus tareas consista en proteger a su autor de los admiradores insistentes, pero ¿no cree que se toma su labor demasiado en serio? En cualquier caso, le agradezco su amabilidad y tengo hoy un par de preguntas que seguro que usted puede contestar.

1. ¿Tiene Anthony Masen algo así como una página de internet? Por desgracia, no he podido encontrar nada en la red.

2. También he buscado la edición original inglesa y, curiosamente, no he podido encontrar nada. ¿En qué editorial apareció la novela de Masen en Inglaterra? ¿Y cuál es el título en inglés? Cuando se introduce el nombre de Anthony Masen en sólo hay una entrada de la edición francesa. Pero el libro es una traducción del inglés, ¿no? En él aparece al menos el nombre del traductor.

3. En nuestra primera conversación telefónica usted mencionó que era posible que el autor viniera pronto a París para hacer una lectura en público. Me gusta ría mucho asistir. ¿Se ha fijado ya alguna fecha? Si es posible, quisiera reservar dos asientos.

Con la esperanza de no haber abusado de su amabilidad y de su tiempo, espero su pronta respuesta.

Saludos cordiales,

Isabella Swan

Cogí el tabaco y me dejé caer pesadamente en la silla. Mon Dieu, Isabella Swan quería saber demasiado. ¡Maldita sea, qué obstinada era! Tenía que detener sus investigaciones como fuera. Los dos últimos puntos especialmente me daban dolor de tripa.

¡Prefería no imaginar lo que podría ocurrir si la entusiasmada señorita Swan se encontraba con un Anthony Masen, más conocido como Seth McCarthy, al margen de todo e iniciaba una conversación personal con él!

Pero la probabilidad de que la bella cocinera tuviera conocimiento de la lectura programada era mínima. Yo, al menos, no se lo iba a contar. Y como la entrevista en Le Figaro aparecería como pronto al día siguiente, tampoco había ningún peligro por esa parte. Entonces todo habría pasado y ya se me ocurriría algo si ella descubría el artículo o se enteraba de que había habido una lectura en público.

(El hecho de que la señorita Swan quisiera reservar dos asientos me había llamado la atención de forma desagradable. ¿Por qué necesitaba dos invitaciones? Era imposible que tuviera ya un nuevo admirador si acababa de sufrir su peor fracaso sentimental. Si hacía falta, yo podría consolarla).

Encendí otro cigarrillo y seguí pensando.

El punto dos, la pregunta sobre la versión original, era más problemático, ya que no existía ninguna versión en inglés y menos aún una editorial inglesa. Tendría que pensar una respuesta que resultara satisfactoria y que no llevara a Isabella a buscar al (inexistente) traductor. Tampoco iba a encontrar en internet nada sobre este tipo. Pero ¿qué pasaría si llamaba a la editorial y levantaba la liebre? Sería mejor que añadiera enseguida al traductor a mi lista de muertos. No había que infravalorar la energía de esa delicada mujer. Con lo decidida que estaba, seguro que al final llegaría hasta el mismísimo Vulturi.

Imprimí el email para llevármelo a casa. Allí podría pensar tranquilamente en lo que se podía hacer.

El papel salió de la impresora con un sonido apagado, me incliné hacia delante y lo cogí. Ya tenía dos cartas de Isabella Swan. Aunque ésta no era demasiado agradable.

Repasé otra vez las líneas impresas e intenté encontrar alguna palabra amable para Edward Cullen. No hallé ninguna. Esa joven podía tener la lengua muy afilada. Se podía leer claramente entre líneas lo que pensaba del editor con el que había hablado una semana antes en los pasillos de la editorial: ¡nada! Era evidente que no había causado una gran impresión en Isabella Swan.

Aunque habría esperado un poco más de agradecimiento. Sobre todo si se tenía en cuenta que en realidad habíamos sido mi libro y yo los que la habíamos hecho feliz cuando más hundida estaba. Había sido mi humor el que la había hecho reír. Habían sido mis ideas las que la habían cautivado.

Sí, tengo que admitir que me dolió un poco que me despachara con unas pocas palabras, que tampoco eran muy amables, y unos «saludos cordiales» mientras mi alter ego era cortejado con elegancia y despedido con «mis más cordiales saludos».

Enfadado, di una calada al cigarrillo. Había llegado el momento de iniciar la fase dos y dirigir la admiración de Isabella Swan hacia la persona adecuada.

Era evidente que mi aparición en el pasillo no había sido precisamente como para dar alas a la fantasía de una mujer. Había guardado silencio, había tartamudeado, la había mirado fijamente. Y antes, al teléfono, me había mostrado impaciente. Sí, grosero. No era de extrañar que la chica de los ojos café no se dignara mirarme.

De acuerdo, yo no era un tipo tan encantador como ese dentista de la foto del libro. Pero tampoco estoy tan mal. Soy alto, elegante y, a pesar de que en los últimos años no he hecho mucho deporte, mi cuerpo está bien entrenado. Tengo los ojos verde esmeralda, el pelo de un color casi cobrizo, la nariz recta y las orejas pegadas a la cabeza. Y la discreta barba que llevo desde hace un par de años no le ha gustado nunca a mamá Esme. Al resto de las mujeres les parece muy «masculina». Al fin y al cabo, Victoria me había comparado recientemente con el editor de la película La casa Rusia.

Pasé el dedo con delicadeza por la pequeña estatua de bronce de Dafne que decoraba mi mesa. Lo que necesitaba, y lo necesitaba enseguida, era una oportunidad para mostrar a Isabella Swan mi cara más dulce.

Dos horas más tarde estaba yo en mi casa dando vueltas a la mesa del cuarto de estar, en la que reposaban en pacífica armonía una carta escrita a mano y un email impreso. En el exterior un viento desapacible barría las calles y había empezado a llover. Miré afuera: una señora mayor se peleaba con su paraguas, que amenazaba con darse la vuelta, y dos enamorados se cogieron de la mano y echaron a correr para refugiarse en un café.

Encendí las dos lámparas que había a derecha e izquierda del aparador, debajo de la ventana, y puse el CD de Paris Combo. Sonó la primera canción. Unos rítmicos acordes de guitarra y una suave voz de mujer inundaron la habitación.

«On n'a pas besoin, non non non non, de chercher si loin... On trouve ce qu'on veut à côte d'chez soi...», entonó la cantante, y yo escuché sus dulces palabras como si fueran una revelación. No siempre había que buscar lejos, a veces se encuentra muy cerca lo que se está buscando.

De pronto supe lo que tenía que hacer. Escribiría dos cartas. Una como Edward Cullen. Otra como Anthony Masen. Isabella Swan recibiría esa misma tarde en su correo el email de respuesta del editor. Y la carta de Anthony Masen se la echaría yo personalmente en su buzón el miércoles, pues por desgracia el despistado autor había tirado el sobre con la dirección y me había enviado la contestación a mí para que se la entregara a ella.

Lanzaría dos anzuelos, y lo mejor de todo era que en ambos casos sería yo el pescador. Y si mi plan salía bien, el viernes por la noche Isabella Swan se sentaría en La Coupole y pasaría una agradable velada con el señor Cullen.

Cogí mi portátil y lo abrí, luego escribí la dirección de correo electrónico de Isabella Swan y dejé los formalismos a un lado.

Asunto: ¡Respuestas sobre Anthony Masen!

Querida señorita Swan:

Dado que ya nos conocemos un poco, me gustaría renunciar al «Muy estimada señorita Swan», y espero que a usted no le parezca mal. En cuanto a su pregunta más importante, si bien no ha sido formulada directamente: naturalmente que le he enviado su carta a Anthony Masen, incluso la he mandado como «urgente» para que su paciencia no se agote demasiado. ¡No piense tan mal de mí! No puedo reprocharle que me considere un tipo raro. El día que apareció usted tan de repente en la editorial pasaron cosas poco agradables, y lamento que tuviera la impresión de que yo trato de evitar de algún modo que usted contacte con Anthony Masen. Es un autor magnífico y yo le aprecio mucho, pero también es un hombre bastante testarudo que vive apartado del mundo. No estoy muy seguro de que conteste a su carta, pero le deseo a usted que lo haga. Una carta tan bonita no puede quedar sin respuesta.

Borré esta última frase rápidamente. Yo no podía saber si la carta era bonita o no. Al fin y al cabo, me había limitado a enviársela a Anthony Masen. Debía tener mucho cuidado para no ponerme en evidencia. En vez de eso escribí:

Si yo fuera el autor le contestaría a usted inmediatamente, pero eso no va a servirle de nada. Es una lástima que el señor Masen no pueda ver lo guapa que es la lectora que le escribe. ¡Debería haberle enviado una foto suya!

No pude evitar incluir esa pequeña indirecta.

En cuanto al resto de sus preguntas:

1. Por desgracia, Anthony Masen no tiene página web. Es, como ya le he mencionado, un hombre muy reservado y no quiere dejar huella en internet. Hasta tuvimos dificultades para conseguir una foto suya para el libro. A diferencia de la mayoría de los autores, no le gusta que le reconozcan por la calle. No hay nada que odie más que alguien se pare de pronto delante de él y diga: «¿No es usted Anthony Masen?».

2. En realidad, no existe edición inglesa de la novela. Por qué es así, es una larga historia con la que no quiero aburrirla en este momento. Sólo le diré que el agente que representa a Anthony Masen, también un inglés al que conozco bien, llegó directamente con el manuscrito a nuestra editorial y nosotros lo tradujimos. Hasta el momento no se ha publicado una versión en inglés. Puede ser que la novela no sea demasiado adecuada para el público inglés o que el mercado inglés demandara otros temas en ese momento.

3. En la actualidad no está claro si el señor Masen va a estar disponible para la prensa próximamente, de momento parece que no.

Esto era mentira, pero también era verdad. En realidad, a París vendría un dentista que iba a contestar un par de preguntas y firmar un par de libros como si fuera Masen.

Para él fue un golpe muy duro que su mujer lo abandonara, y desde entonces le cuesta tomar decisiones. En cualquier caso, si viniera a París para una lectura en público sería para mí un placer reservarle a usted una, o mejor dicho, dos invitaciones.

Hice una pausa y repasé la carta. Todo sonaba muy creíble, me pareció. Y, ante todo, el conjunto no era nada grosero. Y entonces lancé mi primer anzuelo:

Querida señorita Swan, espero haber respondido a sus preguntas con este email. Me gustaría poder ayudarla más, pero entenderá que no puedo ponerme por encima de los deseos (y derechos) de nuestro autor. En cualquier caso (y si me promete que no divulgará el secreto), a lo mejor se puede organizar un encuentro informal. Casualmente, me reuniré con Anthony Masen el próximo viernes para hablar con él de su nuevo libro. Ha sido una idea imprevista, ese día él tiene cosas que hacer en París y, aunque no dispone de mucho tiempo, nos vamos a ver para cenar. Si le apetece y tiene tiempo de organizarse, tal vez podría dejarse caer por allí, como por casualidad, y brindar con nosotros, de este modo tendría al menos la oportunidad de saludar personalmente a su autor favorito. Es lo único que puedo hacer por usted de momento, y lo hago sobre todo para que no vuelva a escribirme emails con un tono tan ofendido. Bien, ¿qué le parece?

Era lo mejor y más inmoral que podía hacer por ella de momento y estaba bastante seguro de que Isabella Swan iba a morder el anzuelo. Era inmoral sobre todo porque al final la persona que le interesaba no iba a acudir a la cena. Pero eso no podía saberlo la señorita Swan.

Envié el mensaje con «muy cordiales saludos» y me dirigí con paso firme a mi mesa para coger una hoja de papel y un bolígrafo.

Seguro que ella venía, sobre todo cuando leyera la carta de Anthony Masen que me disponía a escribir. Me senté a la mesa, me serví una copa de vino y di un buen trago.

«Dear Miss Swan»(N/A: Querida señorita Swan), escribí con letra pomposa.

Y luego estuve un rato sin escribir nada. Estaba delante de un papel en blanco y ni siquiera sabía cómo empezar. Mi facilidad de palabra había desaparecido. Tamborileé con los dedos en la mesa y traté de pensar en Inglaterra.

¿Cómo escribiría un tipo que se llamaba Masen y que vivía solo y abandonado en un cottage? ¿Y cómo debía reaccionar a las preguntas de Isabella Swan? ¿Era una casualidad que la protagonista de su novela fuera igual que la autora de la carta? ¿Era un misterio? ¿Ni siquiera él mismo se lo podía explicar? ¿Era una larga historia que algún día él le contaría a ella con calma?

Saqué la foto de Isabella de la cartera, dejé que ella me sonriera y me perdí en agradables fantasías.

Pasado un cuarto de hora me puse de pie. Aquello no tenía ningún sentido.

—Señor Masen, no es usted nada disciplinado —dije con tono de reproche.

Era poco después de las diez, el paquete de tabaco estaba vacío y necesitaba comer algo cuanto antes. Me puse el abrigo e hice un gesto de despedida hacia la mesa.

—Enseguida vuelvo, entretanto puede ir usted pensando algo —dije—. Ya se le ocurrirá algo... ¡es usted escritor!

Seguía lloviendo cuando empujé la puerta de cristal empapada de La Palette, que a esa hora estaba bastante lleno. Me rodeó un animado barullo de voces y vi que en la parte posterior del bistró, en penumbra, estaban todas las mesas ocupadas.

La Palette, con sus sencillas mesas de madera y las paredes atestadas de cuadros, era muy frecuentado por artistas, galeristas y estudiantes, pero también por la gente del mundo editorial. Iban allí a comer o simplemente a tomar un café o una copa de vino. El viejo local estaba a sólo dos pasos de mi casa. Yo iba allí con frecuencia y casi siempre me encontraba a algún conocido.

— Salut, Edward. Ça va?(N/A: Hola Edward. Cómo va?) -Nicolás, uno de los camareros, me saludó con la mano—. Un tiempo de perros, ¿no?

Me sacudí un par de gotas y asentí.

—Pues sí.

Me abrí paso entre la gente, me acerqué a la barra y pedí un croque-monsieur y una copa de vino tinto.

Curiosamente, el alegre bullicio que reinaba a mí alrededor me sentó bien. Me bebí el vino, di un mordisco al pan caliente, pedí otra copa de vino y eché un vistazo al local. Después de un día tan ajetreado, noté cómo la tensión iba disminuyendo y me sentía más relajado. A veces bastaba con alejarse un par de pasos de un problema para verlo todo mejor. Escribir una carta como Anthony Masen era un juego de niños. Al fin y al cabo, se trataba tan sólo de insistir en la idea fija de Isabella Swan hasta conseguir interponerme entre el autor y ella.

No siempre era una ventaja trabajar en un sector que vivía exclusivamente de palabras, historias e ideas, y había habido momentos de mi vida en los que me habría gustado tener algo más palpable, más real, más monumental, algo que se creara con las manos, como hacer una estantería de madera o un puente, algo que fuera más materia y menos espíritu.

Cada vez que veía la Torre Eiffel alzarse tan audaz e imperturbable en el cielo de París pensaba con orgullo en mi bisabuelo, un ingeniero que ideó muchos inventos y participó en la construcción de ese impresionante monumento de hierro y acero.

¡Qué magnífica sensación debía de ser poder crear algo así!, me había dicho yo con frecuencia. Aunque en ese momento no me habría querido cambiar por mi bisabuelo. Yo no podía construir ninguna Torre Eiffel (ni siquiera una estantería de madera, la verdad), pero sabía manejar las palabras. Podía escribir cartas e inventar la historia adecuada. Algo que sedujera a una mujer romántica que no creía en las casualidades.

Pedí otra copa de vino tinto y me imaginé la velada con Isabella Swan, a la que pronto le seguiría, de eso estaba seguro, una cena mucho más íntima en Le Temps des Cerises. Sólo tenía que mover los hilos con habilidad. Y un día, cuando Anthony Masen llevara ya mucho tiempo olvidado y tuviéramos muchos maravillosos años de convivencia a nuestras espaldas, tal vez incluso le contara toda la verdad. Y nos reiríamos los dos juntos.

Ése era el plan. Pero, naturalmente, nada salió según lo previsto.

No sé por qué, pero de algún modo las personas no pueden evitarlo. Hacen planes y planes. Y luego se sorprenden si esos planes no funcionan.

Y así estaba yo, sentado en la barra y recreándome en mis visiones de futuro, cuando alguien me dio un golpecito en el hombro. Una cara sonriente apareció ante mí y enseguida regresé al presente.

Delante de mí estaba el señor Banner, mi viejo profesor, con el que había dado algunas clases el año anterior para refrescar mi italiano ya oxidado.

— ¡Ciao, Edwaed, me alegro de verte! —dijo—. ¿Quieres sentarte con nosotros? —Señaló una mesa a su espalda en la que había dos hombres y tres mujeres. Una de ellas, una atractiva pelirroja con pecas y una bonita boca, nos miró sonriendo. Banner siempre andaba rodeado de chicas especialmente guapas.

—Ésa es Gina —dijo Banner, guiñándome un ojo—. Una nueva alumna. Preciosa, y todavía hay posibilidades... —Hizo un gesto a la pelirroja—. Bueno, ¿qué? ¿Vienes?

—Es muy tentador —dije, sonriendo—, pero no, gracias. Tengo cosas que hacer.

—¡Ay, ahora olvídate del trabajo! Trabajas demasiado. —Banner gesticuló.

—No, no. Esta vez es un asunto privado —dije yo con ademán pensativo.

—Aaaah, quieres decir que... tienes un plan, ¿no? —Banner me miró con picardía y esbozó una sonrisa.

—Sí, se podría decir que sí. —Le devolví la sonrisa y pensé en el papel en blanco que había dejado en casa y que de pronto empezaba a llenarse de palabras y frases. Me entró mucha prisa.

— Pazzo, ¿por qué no me lo has dicho? ¡Bueno, entonces no quiero ser un estorbo! —Banner me dio un par de palmadas en el hombro antes de volver a su mesa.

—¡Chicos, tiene planes! —oí que decía, y los demás hicieron gestos y se rieron.

Cuando me dirigí hacia la puerta abriéndome paso entre los clientes que charlaban y bebían en la barra, creí ver durante unas décimas de segundo una figura esbelta de pelo largo, café y oscuro que estaba sentada al fondo y gesticulaba ostensiblemente.

Sacudí la cabeza. ¡Qué locura! Isabella Swan estaba en ese momento en su pequeño restaurante de la Rue Princesse. Y yo estaba un poco bebido.

Entonces se abrió la puerta, entró un chorro de aire frío y con él un hombre desgarbado con el pelo rizado y rubio y una chica morena con un abrigo rojo carmín que se pegaba mucho a él.

Parecían muy felices y me aparté para dejarles pasar. Luego salí a la calle con las manos en los bolsillos.

En París hacía frío y llovía, pero el tiempo no importa cuando se está enamorado.


Bueno, bueno! Parece que la cosa se está poniendo interesante:) Si puedo subo otro esta noche. Espero que les esté gustando esta adaptación. A mi la verdad me encantó cuando leí la original, así que decidí hacerla Twilight :)

Déjenme sus comentarios para saber su opinión!

Saludos! aandre (: