Los personajes de Saint Seiya no me pertenecen a mi si no a Masami Kurumada, esto es sin ningún fin de lucro. Contiene texto explícito sexual. Fic correlacionado con Huracán y Resplandor.

Capítulo 7 Géminis I

Saga x Miho

No tenía idea del porque había escogido ese lugar, solo sabía que su única visita años a aquel lugar le había dejado un buen recuerdo a su corazón, por lo que cuando pudo tener un poco de libertad tras unos años de calma, sin guerras ni violencia en el mundo y escoger un lugar cortesía de su diosa para pasar unos días lejos del Santuario como si de una especie de vacaciones se tratara, había decidido volver a aquella ciudad japonesa, donde alguna vez radico su diosa, pues "siempre hay oportunidad de volver a aquellos lugares donde uno ha sido feliz, aunque sea por poco tiempo".

Tomo su maleta de la banda del aeropuerto y se dispuso a tomar un taxi en aquel aeropuerto nipón, con la firme intención de ir a hospedarse a aquel hotel que había pedido específicamente, ese mismo que tenía preciosa vista a la ciudad y que le recordaba una de las mejores noches de su vida junto a una bella dama de cabellos azulados que había conocido por casualidad en un bar.

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Tras largos minutos de observar por la ventana del taxi, Saga suspiro nostálgico pues todo parecía tal cual lo había dejado hace un par de años atrás. Los mismos ríos de gente, el mismo ruido, los mismos arboles de cerezo floreciendo y las luces de los edificios brillando por doquier.

Bajo del auto al llegar a su destino, repartiendo un par de billetes de su cartera y se adentró a aquel enorme hotel, solicitando en la recepción un número de habitación específica, antes reservada.

Enseguida recibió la llave, y con firme decisión, subió por el elevador con su maleta, recordando momentáneamente y con una sonrisa en sus labios, aquel jugueteo en su abrazo con aquella dama de su pasado, hurgando en su cuello en el elevador ante su seducción aquella noche de copas.

La puerta del elevador se abrió en el segundo piso y tras avanzar entre algunas puertas de habitaciones, reconoció el número de la suya y se adentró a ella, dejando caer su maleta a un lado. Todo seguía igual. Las mismas paredes, el mismo inmueble, el mismo balcón, las mismas ventanas, todo lo mismo cual recordaba en su mente. Abrió la ventana del balcón, dejando que la brisa avivada se adentrara a su habitación, así como los ruidos de las ambulancias y autos pasando a cercanía suya y se echó sin reparo de la cama, acariciando con sus palmas las sabanas bajo si, como si los recuerdos de aquella noche de pasión volvieran a su realidad.

Recordó aquel aroma, aquella piel virginal de la acompañante de su memoria y color de cabello en un par de coletas, su fino rostro de muñequita que mantenía sus lágrimas de rímel secas y que él había besado, ardiendo en sus deseos al reclamarle por primera vez. No entendía como una chiquilla como ella se había quedado tan firme en su memoria, quizás aquella cercanía de ella con Seiya había sido determinante, pero ella seguía firme en su recuerdo.

Y en sus divagaciones, pronto su estómago le hizo ronronear. No había probado alimento y la tarde ya pintaba de azul la ciudad, recordándole que había pasado un largo vuelo desde Grecia sin probar alimento. Y aunque pudo pedir comida a su habitación esa vez, su intuición le hizo querer ir a explorar la ciudad.

Tomó su billetera y llave de habitación y salió de su habitación y hotel para andar sin reparo por las enormes calles de Japón.

De inmediato, el geminiano recordó aquella única vez entre esas calles y se mimetizo entre el rio de gente, aunque en esa ocasión al ir ligeramente ebrio, no estaba tan presente en su memoria, por lo que todo le resultaba nuevo, y la curiosidad le acercó a un pasillo turístico donde en diversos puestos se vendían alimentos callejeros.

Saga hizo andaba en algunos de ellos, donde la gente se arremolinaba alrededor de ellos ante las humeantes delicias y se posó frente a un puesto de brochetas de pollo y panecillos de arroz. Eligio un par de ellas, y cuando recibió la bolsa de ellas, continuo su camino entre las calles, observando las enormes tiendas de curiosidades, ropa y souvenirs. Japón era un lugar extraño para sí.

Luego entonces, Saga continúo caminando por la ciudad, explorando cada rincón con la mirada y asombrándose ante la forma en que esa ciudad tan aprisa funcionaba, muy distinto a la calmada Atenas.

Sin mucho que hacer y ligeramente perdido, el santo se sentó en una pequeña banca junto a una estación de tren y ahí saco de una bolsa sus alimentos antes comprados, comiendo de ellos ante el pasar de la gente indiferente. Quizás después encontraría un buen restaurant para comer decentemente.

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Justo a metros de él, una bella jovencita de largos cabellos azulados sueltos caminaba entre las tiendas de ropa, abrazada de su mejor amiga Eris y señalando las vitrinas donde hermosos vestidos reposaban.

-Vamos Eris, probemos ese, se ve muy bonito. -decía la de cabellos azulados observando fuera de la tienda.

-Miho, es muy caro y hoy ya hemos comprado muchas cosas. -señalo la rubia hacia su amiga que portaba enormes bolsas de compras en sus manos.

-No te preocupes, yo te lo compró, así podrás usarlo para el día de tu aniversario con Hyoga, te verás muy bonita, ¿acaso no somos amigas por eso?

La rubia le negó con firmeza y la morena le jalo hacia la tienda, invitándole a entrar casi a la fuerza. Miho invito a Eris a adentrarse al probador con la prenda elegida mientras oteaba por toda la tienda, sin darse cuenta que, a través del cristal donde observaba los vestidos, a su frente, Saga reposaba en una banca comiendo sus panecillos de arroz y brochetas.

Miho escucho a Eris salir del probador tras algunos minutos y le sonrió aprobando lo bonita que se veía la rubia en el vestido elegido. - Sabía que era para ti, amiga.

Eris asintió apenada y volvió a penetrar al vestidor para cambiarse y llevar consigo la prenda. Luego entonces terminada la tarea, ambas damas salieron de la tienda con un vestido más y un poco de billetes menos.

Saga, quien entonces observaba a su frente mientras comía sus brochetas, de pronto vio salir de una tienda a un par de jovencita al frente de la calle, sin embargo, una en particular llamó enteramente su atención.

Frunció sus ojos y enfoco completamente en una de ellas… se parecía a aquella dama a la que había conocido años atrás y gran motivación para aquel viaje a esa ciudad. ¿Acaso era tanta casualidad del destino?, se preguntó el geminiano, alzándose de la banca. El santo de inmediato percibió el bombeo agitado de su corazón e intentando no perder el rastro de aquella chica entre toda la gente, tiro en un cesto de basura sus alimentos, comenzando a caminar entre el murmullo de gente detrás de ellas para ver de cerca a aquel par de damas.

Eris y Miho ante el murmullo abrumador de gente, se adentraron a una tienda de chocolates un instante y Saga, quien las buscaba e intentaba a seguir entre el murmullo, en segundos les perdió el rastro.

Decepcionado, el santo manoteo al aire, situándose justo en la puerta de la chocolatería donde Miho y Eris habían penetrado y suspiro resignando. Había perdido su oportunidad, quizás, de "ver a esa jovencita otra vez".

Se apegó a la puerta ante el rio de gente que pasaba por aquella calle y suspiro. Sin duda, odiaba los tumultos.

En segundos y sin esperarlo, la puerta de la tienda a su espalda se abrió, empujándolo. Saga giro su rostro y sin prevenirlo, se enfrentó a los enormes ojos de Miho. El destino le había ayudado.

Miho palideció ante aquel rostro a su frente que recordaba a perfección de años atrás y como si hubiese visto un fantasma, se mantuvo quieta y sin respiración. "Aquel su primer hombre en las artes del amor", se dijo mentalmente.

Aquellos ojos verdes esmeraldas tan profundos, aquel cabello azulado largo y fino rostro como de modelo de televisión le revolvieron los sentidos, llenándole de escalofríos el cuerpo. "Jamás creyó volver a verle".

En segundos, la mente de Miho vago a aquel recuerdo de ellos juntos, de aquella noche de lágrimas por Seiya, de sus tragos de alcohol en aquella reunión de sus amigos, de aquella habitación de hotel y los tulipanes que le había dado aquel hombre, mismos que ella había conservado secos en el interior de un libro.

- ¿Eres tú…? - suspiro Saga al ver a Miho ligeramente cambiada por los años. Ya no era aquella adolecente que conoció de coletas y rímel corrido, sino una bella mujer de bonitas formas en jeans entallados y suéter rosa suelto, descubierto del hombro, maquillaje discreto y cabello largo suelto. - ¿Miho, cierto?

Los ojos centellantes de Miho y boca seca poco pudieron contestar ante la cuestión del hombre. Estaba completamente loca y absorta de sorpresa. Saga seguía siendo guapo con sus sencillas ropas, aunque su rostro parecía más serio, quizás era el paso de los años los que le habían sentado bien al santo, quien aún mantenía su porte y elegancia tan cautivante.

-Saga…-por fin suspiro ella con una bella sonrisa.

El corazón latió centellante para ambos y el mundo entero eclipso ante el encuentro, manteniéndose unidos por la mirada a pesar del mar de gente a su alrededor.

- ¿Qué haces aquí, cómo es qué estás aquí? -pregunto ella acercándose al geminiano.

-Vine de vacaciones otra vez, yo tampoco creí volver, pero… tuve una oportunidad y pues… -el santo observo al cielo. -Estoy aquí.

-Me alegra verte. – respondió apresurada la peli azul. - ¿Por qué no vamos por un café y platicamos?

-De acuerdo.

-Bien, déjame me despido de mi amiga que está adentro de la tienda, vuelvo pronto.

Y Miho así lo hizo, se despidió de su amiga Eris dentro de la chocolatería y fue acompañada de Saga hacia una pequeña cafetería relajada del bullicio y gente unas calles adelante.

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Tras pedir sus vasos con café, ambos se sentaron uno frente al otro y se sonrieron observando aquellos vasos de café entre sus manos, desviándose ligeramente la mirada. Saga, entonces, rompió el silencio.

- ¿Así que te ha ido bien estos años, Miho?

Ella respiro hondo. - Bueno, no he hecho mucho, sigo cuidando un orfanato, estudie por correo Pedagogía gracias al apoyo de la señorita Saori, la dueña del mismo y les doy clases a los pequeños para que puedan valerse por sí mismos algún día. - suspiro la dama a aquellos ojos verdes, brillantes. - Quiero verles llegar lejos a esos pequeños, más que yo.

-Eso es muy gentil, Miho. - suspiro Saga mientras bebía café. - ¿Y …Seiya, tu antiguo chico, que sucedió con él? - preguntó el geminiano, aunque claramente sabia la respuesta, ya que aquel santo de Pegaso no había quitado pie de Grecia, pues no era un secreto que él y Saori estaba enamorados y mantenían una relación bajo la solapa de todos ellos.

Miho sonrió apenada. No creía como aquel hombre aún mantenía aquel nombre presente.

-No he sabido mucho de él, solo sé que está en Grecia con su hermana, justo de dónde eres tú. - Miho suspiro con la mirada nostálgica. –Debe estar feliz y me siento bien por él. –murmuro ella y luego le regalo una mirada traviesa sonrojada. -Siendo sincera, desde aquel día que te conocí, lo deje ir de mi corazón y le desee lo mejor, pero le quiero, como se quiere a un buen amigo.

Saga sonrió complacido recordando momentáneamente lo triste del rostro de Miho aquel día.

- ¿Y tú Saga, háblame más de ti?, según recuerdo, estabas de vacaciones aquí la única vez que estuviste aquí y tenías un hermano, fue lo único que supe de ti aquel día.

- ¿Yo? - objeto el geminiano nervioso jugueteando con sus pulgares sobre el vaso de café. - Bueno, soy un "maestro" también y he dedicado mi vida, desde que recuerdo a proteger el mundo.

- ¿Eres ambientalista? -Miho hizo conjeturas propias en su mente sin saber. - ¡Eso es genial!

Saga solo asintió tras haberse salido con la tangente sobre quien era él en realidad y sonrió suavemente. Miho sin duda no sabía cuan cerca estaban sus destinos entrelazados debido a Seiya.

De pronto, un ruido singular resonó en el bolso de Miho, interrumpiendo su charla y ella saco del bolso su celular, observando con detenimiento un mensaje en él tras disculparse por quitarle la atención.

Miho de inmediato se levantó de su silla y se dirigió al santo. -Debo irme Saga, me están esperando, pero te daré mi numero por si algún día regresas a Grecia, será genial vernos de nuevo. -La de cabellos peli azules saco un papel y rápidamente escribió en el papel, dejándolo sobre la mesa, despidiéndose con prisa.

Saga entonces, se alzó de la mesa sin entender. - ¡Espera!, no te vayas…

La de cabellos azulados no le prestó atención y marcho hacia la puerta de salida mientras el santo tomaba el papel en sus manos, observando el número telefónico en él.

Él no se resignó, quizás aquella sería la última vez para verle pues solo estaría un par de días en aquel lugar, por lo que salió de la cafetería buscándole.

El santo fue algunos pasos detrás de Miho que con prisa se removía entre las calles, como si tuviera algo muy urgente que hacer y el no claudico.

Miho corrió por las calles, seguida de Saga a metros de si, hasta que por fin ella llegó a un parque. Saga se detuvo en seco cuando ella se dirigió a un castaño y en la esquina de un edifico observo una escena en particular.

Miho se acercó a un par de pequeños niños del orfanato sobre un columpio custodiado por el que reconocía por el Santo de Unicornio, regalándole un sutil beso en los labios al arribar. Su corazón se agito, Miho ahora salía con el unicornio.

El santo sonrió irónico, después de todo, aquella jovencita al fin había encontrado la felicidad y el amor.

Sin más por hacer, Saga dio media vuelta y regreso a su hotel. No había más lugar para sí ahí.

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La noche alcanzo hasta la madrugada en el encierro de su habitación al geminiano, en medio de su cama, únicamente cubriendo su desnudez con su ´sabana ante el calor de la noche. El geminiano, no podía dormir, por lo que, tras dar algunas vueltas en la cama, tomo el papel de su buró con el teléfono del Miho y comenzó a pensar en ella.

¿Y si se había equivocado aquella noche de años atrás al dejarle ir solamente así y si, como juego, de pronto envidiaba al unicornio al tener un amor como el de Miho, acaso un hombre como él podría algún día vivir una felicidad así o debía vivir por siempre en soledad?

Ansioso y con tantas cuestiones, Saga se levantó fastidiado de su cama, y tomo sus pantalones y bóxer tirados a un lado, tomando ahí sobre la cama, el teléfono de la habitación y marcando aquel número totalmente impulsivo. Tenía muchas preguntas en mente y no descansaría hasta conocerlas todas.

Tras varios minutos de espera debido a la hora, Miho le contestó y sin premeditarlo, Saga le cito en plena madrugada en la puerta de aquel café en que le había dejado, haciendo que ella sin entender aquella sorpresiva petición, le accediera.

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Saga firme, salió de su habitación y en plena madrugada, fue en busca de su encuentro con la japonesa. Y ahí espero en medio de la noche en la puerta de aquel café a que Miho llegara, solamente media hora después de su llamada. Y cuando la vio, Saga no dudo, acercándose hasta ella con ansiedad y tomándole de los brazos.

- ¿Qué pasa Saga? - pregunto Miho con un gesto de preocupación ante lo abrupto de la situación. -Creí que algo te había sucedido.

- ¿Eres feliz, lo amas? - pregunto con su característica seriedad e imponencia el dorado.

- ¿Qué?

- ¿Qué si amas a Jabú, Miho? - pregunto el santo, interrumpiendo sus dudas.

- ¿Cómo es que sabes su nombre, que sucede? - esbozo ella con sorpresa.

-Miho…solo contéstame. - sentenció el geminiano con determinación.

-Saga, no sé cómo conoces a Jabu, pero soy feliz con él, salimos hace poco y…- la mujer suspiro esquivándole la mirada. - Yo…pensé que jamás volvería a verte y …- de pronto, los ojos de Miho se tornaron llorosos y comenzaron a sollozar ante el santo. –No me hagas hablar, por favor, Saga.

Miho se estaba dejando llevar por el sentimiento. El santo entonces se limitó a consolarle, como lo hizo años atrás, apresumbrado por verle tan melancólica.

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Miho por sugerencia de Saga, le acompaño hasta su hotel para platicar, como había sucedió años atrás. Ella se sorprendió al ver que aquel santo había elegido aquel lugar y habitación misma donde había pasado la única noche a su lado y aún nostálgica, se adentró a ella, sentándose en la cama junto al santo.

-Ha pasado tiempo. -suspiro ella con melancolía.

-Lo sé. -objeto Saga con la mirada fija en el suelo, apoyado en sus rodillas con sus codos. -No he olvidado aquel día contigo.

Miho observo al taciturno Saga. Miho suspiro al escuchar aquel santo y le acaricio los mechones que caían en su mejilla, pasándolos tras su oído, en un gesto dulce de ánimo.

-Te extrañe Saga. -pronuncio la dama de ojos brillosos. Saga ladeo su rostro entre el silencio y observo a aquella sincera jovencita de mirada triste. -Siempre fuiste un hermoso sueño para mí. -suspiro con una risa tímida. - Una chica como yo, con alguien como tú, y con tú calidez de aquel día que calmo mis lágrimas, era mucho para mí, por eso no te esperé, pero estoy tan agradecida de haberte conocido.

Saga rio en un gemido suave y respondió enternecido. -Me equivoque contigo, era yo quien no merecía a una chica tan dulce como tú, Miho.

La peli azul bajo su mirada entre largos minutos de silencio y dejo escapar un par de lágrimas frente al santo, haciendo que él girara su cuerpo y con sus pulgares limpiara sus mejillas una vez más.

-No llores, no por mí.

Saga acerco su cuerpo hacia Miho y suspiro a centímetros de su rostro.

-Alguien que solo da alegría como tú, no debe llorar. -Saga sonrió. -Aunque luzcas hermosa, aun así.

Saga tomo el rostro de Miho y beso su frente con cariño, luego entonces descendió por el puente de su nariz y ella quieta, pronto sintió los gruesos labios del santo momentáneamente, apretarse a los suyos. La morena suspiro con los ojos apagados, dejando escapar las últimas gotitas en sus mejillas. Era tan mágico sentirle de nuevo.

Aquel fugaz beso les había encendido el corazón a ambos, provocándoles el deseo en el interior de su habitación.

Saga deslizo suavemente sus manos por el cuello de Miho, observando en su beso, la fineza sus hombros y aquella curvatura en su espalda que se veía a través de su suéter descubierto, justo como recordaba aquella su dulce piel.

-Miho, no me abandones esta noche, por favor. -suplico Saga, separándose momentáneamente de ella.

Miho tembló ante la propuesta, pues en su mente no podía abandonar el recuerdo del unicornio con quien salía, pero Saga le hacía temblar cada nervio como la primera vez en su encuentro. Miho no contesto, pero Saga, volvió a tomar sus labios, jugueteando con ellos y nublando en instante su razón.

Miho disfruto de la caricia unos segundos, sin embargo, la cordura volvió a ella y se alzó, separándose violentamente de la cama, acercándose hacia la puerta. Saga se levantó a su paso, justo detrás de ella y la acorralo sobre la puerta por la espalda, antes de que si quiera ella pudiera abrir, hundiendo su nariz en el hombro descubierto por su suéter.

-Miho, por favor.

Ella se mantuvo quieta y llena de ansiedad. Saga tras algunos segundos de delicioso calor emanado de ella, alcanzo el botón de la luz cerca de la puerta y lo apago, dejando solo sombras entre ambos.

Miho suspiro ante tanta cercanía, Saga realmente le hacía estremecer.

Para Saga, envuelto en aquel ambiente, realmente era bello el color de su piel a la luz de la noche, como si una luna estuviera medianamente eclipsada por la joven. Miho era realmente hermosa a través de los años. Avivado y sintiendo la presión en sus venas arder, Saga la hizo volver hacia la cama lentamente y apego su silueta en la espalda de ella, dejándole sentir cada musculatura de su cuerpo, que se sentía a plenitud a pesar de las ropas. La quería suya, como desde el primer día que la vio.

Saga bajo lentamente su mano por el vientre de la dama en aquel abrazo por la espalda, deslizándose por su pantalón y ropa interior y aprisiono con su índice y pulgar aquel centro de placer de su intimidad, acicalándolo con delicadeza en movimientos sutiles mientras percibía los tímidos suspiros de ella ante el tacto y como entregada, recargaba el peso de su cabeza en su hombro. El santo entonces, pudo tener la distancia apropiada para morder ligeramente la curvatura de su cuello y el inicio de su oído, elevándole el placer con el rozar húmedo de sus dientes y jugueteo de labios. Ella cedía ante sus encantos.

Miho estaba completamente rendida a sus brazos, por lo que, con su única mano libre, le estimulo el curvilíneo pecho bajo el suéter, meciendo su palma sobre de ella. Al menos esa noche, no le dejaría ir.

-Saga…-susurro la morena cegada por aquel tacto del geminiano que descubría cada borde de su intimidad, rozando con su índice el umbral de su vientre mientras ella sujetaba su fornido brazo bajo su vientre y con otra le sostenía del cuello para que no abandonara su oído, quizás jamás pues tener un hombre tan bello y ardiente de aquella manera para ella era como una bendición de los dioses.

Miho se arqueo totalmente cuando uno de los dedos del santo sostenida de aquella manera, se adentró lentamente a su estrechez, llenándola de electricidad que su cuerpo reflejo en humedad e instinto. Él era fuego puro.

La locura les hizo avanzar en aquel contacto hasta el borde de la cama, donde una vez que sus rodillas rozaron su límite, echaron sus cuerpos sobre las sábanas dispuestos a entregarse a verdad. Ya no habría marcha atrás.

Con el sigilo de la noche, Saga se levantó unos segundos para despojarse de su camisa, mostrando sus fortalecidos músculos que estaban esculpidos uno a uno con sus entrenamientos, como si un diestro artista los hubiese diseñado, y que, iluminados con la luz oscura de la ventana con la postal de Tokio a su lado, lograran una imagen casi perfecta de pintura para ella. El santo aun de pie, abrió la cremallera de sus pantalones y fragmentando el tiempo entre suspiros anhelantes, mostro por fin su piel desnuda.

El calor de la habitación comenzó a resentirse en la piel, haciendo que ella se quitara el suéter a voluntad y fue en aquel instante que el santo acaricio los níveos muslos de ella hasta el filo de sus caderas deslizando en un movimiento ardiente y poético su ropa interior y pantalones, mismo donde ella pudo percibir los largos cabellos azules de él desbordantes de su espalda, hacerle cosquillas a su paso. Luego entonces, entre sombras de color azul, Saga la hizo girar y dominante, con la mirada encendida y el cuerpo musculoso abrillantado por su temperatura corporal, tomo sus tobillos y los coloco sobre sus hombros como diestro maestro del amor.

En segundos, Saga posiciono su virilidad al borde de su interior a pesar del temblar de ella y sin prevenirlo, se adentró lentamente en su frágil figura, viéndola agonizar de placer y dolor al llegar tan profundamente en su vientre en aquel momento. Por fin sus ansias de tenerla se hacían realidad. Ante el invasivo primer momento de luz, el santo se detuvo unos momentos en su interior, esperando el acostumbrar de su cuerpo al suyo y tan pronto ella le consintió, él continuo con su apasionada labor. La elevaría hasta el cielo a cada movimiento. Su deliciosa humedad se percibía tan gloriosa como la primera vez que estuvo en sus brazos, era tan suya, una vez más.

Aquel instante de acople corporal, solo el inicio de su suplicio.

La magnética mirada de Saga, estática le miro desde arriba, observando el femenino cuerpo de la peli azul con tal imponencia que dibujo un ligero rubor en las mejillas de ella. La luz y brillo intenso en la mirada de Saga, le hizo percibir dominantes cosquillas enloquecedoras por todas sus piernas, mismas que estaban sometida a voluntad del santo. Saga era energía y vigor puro, calor y ardor en intensivas embestidas reclamantes de pasión.

Saga descendió a pesar de sus avivados movimientos a escasos centímetros de ella, rozando su pecho contra el suyo y sin pudor su frente sudorosa, busco refugio en el pecho de la morena mientras apresuraba a su cuerpo con dominancia en ella para que le llevara a la calma, alcanzando el cielo ante la intensidad de su reclamo. Era tiempo de perder la razón.

El nivel más alto de perdición pronto llegó para el agitado santo, quien, en un último aliento, gruño con braveza al sentir su virilidad hinchada descargar su esencia en el interior de la dama mientras ella esbozaba su nombre con resonancia pro toda la habitación. Nunca un orgasmo le había resultado tan exultante y placentero como ese, Miho realmente le saciaba la piel de su ardiente deseo.

Miho sonrió al igual que Saga al escuchar sus agitadas respiraciones como si hubiesen terminado de correr un maratón y él santo se quedó ahí sobre su pecho, tratando de recobrar su fuerza personal perdida minutos atrás.

Luego entonces, tras largos suspiros y segundos de silencio, la morena acaricio los cabellos del santo, quien desnudo le cubría la piel en la oscuridad de su habitación. Miho tras saber que aquel tiempo infinito de placer y quietud había terminado, sintió cierta melancolía que le hizo mantenerse callada por largos segundos y formándole un hueco en su pecho.

Saga lo notó de inmediato aun exhausto y le pregunto sobre su pecho. - ¿Sucede algo?

-Me tengo que ir…hice mal, no debí...

-Miho…

Casi de inmediato, el de ojos verdes al ver aquellos ojos nostálgicos gritándole "quiéreme, aunque sea un poquito, quiéreme y hazme confiar en ti", se alzó de aquel abrazo, vencido y se removió sobre de ella, cubriéndole con su abrazo como si de un felino se tratará mientras le veía fijamente con sus preciosas esmeraldas.

-Mírame a los ojos y dime, ¿te quedarías a mi lado si te lo pidiera, Miho?

Ella dudo con ansiedad ante aquella propuesta. De pronto todo su quieto mundo se removía por Saga.

-Miho, - objeto Saga de ojos centellantes. - ¿Te quedarías sin importar que o quien soy, confiarías en mí a pesar de no saber si funcionará o no, confiarías en lo que sentimos ahora?

Miho no concibió tanta seguridad con la que hablaba aquel hombre de mechones azulados, Saga era vida o muerte en solo un instante. Era dejarlo todo por él, pero, ¿acaso alguna vez lo tuvo?

Miho sonrió y le asintió con la mirada brillante. No necesitaban más.

Saga complacido, beso fugazmente sus labios. Quizás era una locura impulsiva, pero Miho realmente el hacía sentir en calma, lleno de paz un instante en su alma.

-Entonces no lo vuelvas a dudar, cuidare de ti, es una promesa.-. sentenció el santo y de inmediato se acomodó en aquella cama, pretendiendo ser el refugio de ella con su abrazo. La peli azul sonrió. Quizás el destino le había sonreído tras tanto dolor.

-Y yo a ti, Saga.

Sin duda aquel día comenzaría una nueva historia en el corazón de Saga que calmaría su sed y lo llenaría de paz personal, como todos los demás, pues si, ahora realmente era "especial" para alguien que también había sido lastimado por su destino. Era momento de confiar en esa vida de esperanza y paz infinita.

Continuará…

(Milo anuncia desde su celda). - Debido a que la autora tenía una promesa en su fic Huracán de continuar la historia y su poco convencimiento del capítulo antes publicado, se ha cambiado la historia de Don Neurótico Saga-Baja novias, disculpas anticipadas.

(Aioros sonríe, se acerca y habla también). - ¡Hey!, ¿Me leen allá lectores?, hola soy Aioros, solo quiero agradecer de parte de todos, el apoyo. Tengan buena noche y saludos de todos nosotros desde el Santuario. ¡Síganse con el de mi hermano!