Capítulo 7: Salvación.


Se supone que cuando se está en una situación límite, al extremo de capacidades y recursos, totalmente fuera de lo que se podría llamar "un seguro" o una "posibilidad de vencer, de ganar, de escapar" y de manera altivamente consciente se entiende el terror del final, el siguiente instante lo da la esperanza, una luz en el camino que se oscureció para Ciel. Estar al límite significa ser torturado y abusado hasta que el cuerpo queda inerte y sin vida, cuyo único recurso termina siendo su gran voz de coraje y odio, la cual involuntariamente llama a la ayuda más siniestra conocida.

En ese contexto, ¿Sebastián seria su luz en el camino? Vaya chiste.

Ciel sabe que no ha sido salvado. Al menos, no por circunstancias normales. Cualquier personaje decente lo habría rescatado, cualquier honrado habría hecho algo por él, sin embargo, nadie lo era en esa secta de locos sádicos, así que no le quedó otra opción que llamar a Sebastián, al demonio que aguardaba que su voz alcanzara sus oídos con el solo fin de saber que tan desesperado y furioso estaba con el mundo para aceptar cualquier cosa por sobrevivir. Ciel sabe que no lo salvaron por moral, no porque era un Phantomhive (Porque lo capturaron y degradaron por eso), tampoco porque fuera lo mínimamente ético que cualquier otro hubiera hecho. No. Ciel sabe que no lo salvaron, ni por causalidad, ni siquiera Sebastián habría aparecido si no fuera por el palpitante odio que impulsaba su helado corazón y levantaba su cuerpo desnutrido, siendo capaz de llamar a un demonio entre la agonía.

No, para nada.

Ciel Phantomhive jamás fue salvado, ni se salvaría.

A veces, solía preguntarse si la salvación debía ser estrictamente hecha por alguien amable, alguien con escrúpulos. Pero no, cuando el demonio de botas espinosas apareció no fue ningún personaje de hadas ni el caballero que ampara a los jóvenes. Cualquiera podía recibir la ayuda de otra, siempre a cambio de algo. El trato era más que convencional. Su alma estaba fragmentada en horribles recuerdos y dolores insuperables, así que lo vio como un precio bajo a pagar. Si Sebastián quería su alma no podía importarle menos. Que la tuviera, es más, si pudiera quitarle su corazón para jamás sentir nada alguna vez en la vida, ni hacia su pasado o la gente querida que todavía quedaba, como Lizzie y su lealtad a la Reina, entonces se lo habría pedido y Sebastián, tal vez, se lo hubiera concebido. ¿Podría hacerlo? Debería preguntárselo después.

El ojiazul pensaba profundamente cuando los cuentos de Edgar Poe solían abrazarlo en el velo siniestro del misterio y la filosofía sobrenatural. Leer a Edgar Poe era como leer a otro contratista que, como el, habría hecho algún contacto con lo demoniaco o algo similar, y se dedicara a explicar sobre ello en forma de relato corto. Sea como fuera, le gustaban sus historias. Al momento de leer pensaba en Sebastián y en la manera que lo conoció. Porque sucesos así no se olvidan, especialmente cuando un demonio, el ser del que nadie debería fiarse, fue a su rescate cuando más lo necesito. Pero Ciel Phantomhive no estaba agradecido, no señor, para él solo fue una sucesión de hechos que debían darse de esa forma, no había coincidencia ni existía la casualidad en su sistema, simplemente ese demonio apareció porque lo quiso y así prosiguieron las cosas, como debían ser.

La salvación era una bobería, un esfuerzo inútil. Por eso solía burlarse de Abberline, el detective que siempre buscaba lo mejor para Inglaterra. Eran muy diferentes, considerando que su trabajo era cumplir como mandaba la regla y limpiar lo que sobraba, sin necesidad de tomarse demasiadas molestias con las victimas más allá de lo necesario. Ciel engaño a muchos y a veces pensaba que esconderles la verdad era una manera de salvarlos de ver el mundo, tal como lo veía el, la mayoría de las veces. No estaba para nada de acuerdo con el ideal positivo y enérgico de Lizzie, simplemente la respetaba como la pequeña dama que tiene fe y la frescura para lograrlo todo, como si se tratara de un tercio de lo que había perdido cuando lo destruyeron y le quitaron todo. No iría a salvarse, estaba seguro. Con Sebastián persiguiendo su alma pura, era más que lógico que tenía un pie en la tumba y no le importaba nada.

Porque a Ciel Phantomhive no lo salvo nadie, ni lo salvarían. El decidió su propio destino, decidió llamar a Sebastián y formular un contrato demoniaco, decidió continuar su vida como Perro de la Reina y estar al mando de su compañía, también decidió la vida de muchos que se cruzaron por su camino y marco a docenas con sus planes tan ingeniosos como perversos, dignos de la imaginación de un demonio. Aun así, Ciel prefería evitar decir que fue "salvado" cuando Lizzie se lo insinuaba y cuando, en el pasado, Madam Red se lo interrogaba.

Él no fue salvado y punto final.

En cambio, Sebastián pensaba ligeramente distinto a su joven amo. Era cierto que era un devorador de almas insaciable y monstruoso, que para variar otro contrato con el niño se hizo su mayordomo, tomando el traje y la formación que Ciel furiosamente le instruyo. La verdad, para Sebastián, es que la salvación es cosa de suerte. Y fue una increíble suerte cuando hallo esa pequeña, frágil y delicada alma implorando por ayuda, destellando una pureza fascinante, seductora para cualquier ser maligno.

Cuando el alma de Ciel era amenazada por ideas moralistas, por Abeerline e incluso cuando fue manipulado psicológicamente por Claude Faustus, pensó que realmente lo había perdido. Que su amo se había dejado llevar por las ideas estéticas de la benevolencia, la generosidad, los buenos sentimientos y el perdón. Por fortuna, no cayó. Abeerline le dejo confundido unos días, pero salió de su trance para declararse a sí mismo que seguía siendo el mismo, que la venganza lo movía y, por tanto, que lo necesitaba a él para llevarla a cabo. También, cuando Faustus grito a los cuatro vientos que el alma de su bocchan era deliciosa, nunca se sintió más odioso. Como demonio, el alma de su contratista era su propiedad, su recompensa, más allá del sentimiento de posesión, su ceño se contrajo abruptamente en una furia terriblemente abrumadora cuando otro le insinuó que tan bueno estaba el plato que, por mucho esfuerzo, debía ser suyo.

Sebastián solía pensar que, más allá del alma de Ciel, existía un intervalo bastante curioso. La primera vez que lo vio, no tuvo duda que esa alma le sería un manjar, que su dueño sería un mártir fascinante y que quería tiempo para aprender de él, así como también...El fuego, el fuego extraordinario e imponente de su alma aprisionada en los barrotes. Si acaso Alois Trancy tenía un alma apasionada, Ciel Phantomhive poseía un alma fuera de precedente, consumida por el odio y dolor a fuego, y era por mucho un gran platillo para la mejor cena de su vasta vida como demonio.

Como no, también era una delicia en los aposentos a altas horas de la madrugada, donde por mero capricho saboreaba su alma a través de la sangre que "accidentalmente" le hacía brotar al rasguñarle o morderle. El sabor del alma era sublime y su yugo se jactaba de orgullo al ver una vez más la marca del contrato en el ojo del niño, declarándolo suyo en todos los contextos. Porque era suyo.

Ciel Phantomhive tenía fuego en su alma, era tan claro como encender una vela en la oscuridad y su carácter imperioso y arrasador era demasiado impositor para cualquiera. Cualquiera que lo conociera no podría con él, ni con su genio, ni podría salvarse de formar parte de uno de sus viles planes para su venganza, o simplemente complacer a esa reina huidiza. Ciel era como un regalo, vistoso donde se viera. "Si Dios los trae al mundo, el Diablo los cría": nunca estuvo más de acuerdo con esa expresión.

Con un gesto de manos, Ciel era capaz de hacerlo todo, y Sebastián accedería a todo para cumplir con su voluntad. No podría existir otro como el, ni lo habría. Solo su bocchan.

Porque, a riesgo de humillarse con esta declaración, Ciel poseía un alma capaz de salvarlo del infierno.

Si, Ciel Phantomhive era capaz de salvarlo a él.