¡Y el capítulo siete por fin está aquí!
Me ha costado horrores escribirlo. Mis musas en parte tienen la culpa, pero también se debe a que el capítulo es muy diferente a los demás (si hasta el título, que no es parte de una reacción química, da cuenta de ello). Se darán inmediatamente cuenta a lo que me refiero cuando lo lean.
Cromatografía en placa es una técnica muy usada en los laboratorios de química. Usando las propiedades de densidad y capilaridad de los compuestos químicos, se estudia cómo se comporta una reacción con el paso del tiempo: en el tiempo cero hay reactantes, luego al hacerse la CEP se ve que hay reactantes, intermediarios y una ínfima cantidad de producto; y ya al hacerse de nuevo después de un determinado tiempo, habrá una ínfima cantidad de reactantes, pocos intermediarios, y una gran cantidad de producto (idealmente si la reacción ha ocurrido).
Este capítulo es parecido a esta técnica: muesta cómo ha ido avanzando Scorpius, comparando el presente con el pasado.
Capítulo beteado por la beta-reader más excepcional del mundo: sara_f_black.
Espero que disfruten el capítulo.
VII: Cromatografía en placa
El frío le golpeó la cara, despertándolo del sopor del largo y tranquilo viaje.
La estación King Cross estaba como siempre atiborrada de personas. Scorpius le dirigió una mirada molesta a un niño que lo golpeó con su baúl mientras corría a encontrarse con dos adultos, sus padres seguramente. Entendía la emoción por reencontrarse con sus familias después de varios meses de separación, pero eso no justificaba el comportamiento casi animal de muchos estudiantes. Los gritos, conversaciones acaloradas, y las personas sumergidas en abrazos grupales le hacían perder la paciencia.
Después de atravesar el sector con más problemático (los padres de los de primer año se abalanzaban al tren y prácticamente bloqueaban las salidas), Scorpius y Bulstrode se encontraron con la hermana del último.
-Nos vemos el sábado –dijo Bulstrode luego de la usual conversación de rigor sobre cómo había sido el viaje, cómo estaba todo en la escuela, etc.
-Agradece a tus padres por la invitación. Nuestra familia está encantada de asistir –añadió su hermana, sonriendo.
-Sí, claro –comenzó a girar el cuerpo-. Nos vemos.
La fiesta navideña de los Malfoy era un evento que su madre había organizado la primera navidad como miembro oficial de la familia. Para ayudar a limpiar la imagen de los Malfoy, su madre pensó que abrir las puertas de la mansión al público era la mejor manera de lograrlo, especialmente si se hacía en una fecha que evocaba el significado de la familia. Con los años se seguía celebrando, y se había convertido una tradición para las familias más acomodadas y respetadas del mundo mágico. Reportajes sobre los invitados, la decoración, música, y comida repletaban los periódicos y revistas los días posteriores a la fiesta.
Todos los años era lo mismo: los familiares de los estudiantes que estaban invitados recitaban un agradecimiento casi aprendido de memoria por la invitación de un modo automático; y después de decirle quiénes daban las gracias, debía soportar varios minutos de su madre comentando las razones de por qué estaban invitados ése año. Un aspecto positivo de estar alejado de Zabini y el resto de chicos, era que este año sólo debería recitar las gracias de los Bulstrode y tener que escuchar un simple "Por supuesto que este año están en la lista. Ninguna otra familia en Gran Bretaña tiene negocios en todos los países de Europa. Además, el señor Bulstrode es amigo de tu tía Daphne. No quiero pensar qué haría mi hermana si sabe que no los invité."
Se alejó de los hermanos Bulstrode, tratando de ignorar el alboroto en general. No había podido dormir bien el las últimas noches, por lo que se sentía cansado y con menos paciencia de la habitual. Normalmente todo el revuelo en la estación sólo le molestaba, pero esta vez tenía las enormes ganas de lanzar un encantamiento silenciador a todos los presentes. La idea de llegar al sepulcral silencio de la mansión nunca se le hizo tan tentadora como ahora.
La figura de una mujer apareció entre el gentío, resaltando por la distancia que tomaba de la multitud, y por su vestuario cuidadosamente elegido. Su ropa combinada a la perfección no sólo llamaba la atención, sino que desde que tenía memoria, había visto a Astoria Malfoy usar accesorios como collares o cintas en el cabello en toda ocasión. La palabra elegante siempre venía a la mente de Scorpius cuando la veía por primera vez al regresar de Hogwarts.
Al divisarlo, la mujer sonrió y abrió un poco los brazos.
-Scorpius –dijo mientras le daba un corto abrazo.
Cuando lo soltó, el chico notó que le miraba el rostro como tratando de encontrar algo diferente a dos ojos, una nariz y una boca.
-Estoy bien, madre –dijo, rodando los ojos-. No necesitas pensar si deberías darme otro abrazo, o besarme en la frente, o hacer cualquier otro gesto que demuestre tu afecto maternal.
Sus facciones se relajaron y volvió a sonreírle como segundos antes, dejando de buscar alguna señal del mal tiempo que vivió. Parecía conforme con la respuesta, pero Scorpius estaba seguro que en los siguientes días le preguntaría si realmente estaba bien respecto a Lily y Zabini. Primero lo observaría antes de acercarse a él para obligarlo a conversar.
Comenzaron a ponerse al corriente, repitiendo las mismas preguntas y respuestas que intercambiaron en la correspondencia de los últimos meses. El tono de emoción con que su madre relataba las mismas noticias que Scorpius ya había leído lo obligaba a fingir interés en lo que le contaba. Siempre había admirado la capacidad de narración que tenía. Ya fuera un cuento infantil o un cambio en el ministerio, las palabras salían con las pausas y los énfasis necesarios para capturar al oyente. Por lo mismo al chico no le molestaba prestar atención y asentir de vez en cuando. Escuchar uno de sus casi monólogos era una función agradable de presenciar. Además, le gustaba su voz. Cuando Tom Zabini le preguntó un invierno qué era lo que más extrañaba de vivir en la mansión Malfoy, pensó inmediatamente en las notas de calma y alegría en la voz de su madre. Sus relatos escritos en las cartas era lo más parecido que podía obtener de ésta, acercándolo aunque fuera en un papel a la idea que tenía de hogar.
Como todavía no cumplía la mayoría de edad, debían ir a casa por medio de la red flu. El Callejón Diagon se encontraba a dos calles de distancia de la estación King Cross. A pesar de tener que transitar por Londres muggles unos minutos, no le molestaba para nada. Solía ser mucho menos asfixiante que el grupo de niños y padres gritando como si hablando a volumen moderado nadie escuchara.
-¿Recuerdas que no te gustaba tu habitación? –preguntó su madre, chasqueando la lengua-. Compré muebles de Venecia y cambié el papel tapiz... Bueno, los elfos me ayudaron porque la primera vez que traté de hacerlo sólo logré dejar un desastre… Y ha quedado preciosa, Scorpius. Cuando lo veas sabrás a qué me refiero. Ahora los muebles son de un color…
Técnicamente a ella no le gustaba la decoración de la habitación. Cuando se lo habían mencionado dos veranos atrás, él simplemente se alzó de hombros y dijo que no estaba mal. Como solía ocurrir cuando su madre no obtenía ninguna oposición evidente; su respuesta poco candente fue sinónimo de redecorarla por completo.
La verdad era que casi nunca estaba casa (poco más de tres meses si se consideraban las vacaciones de navidad) y lo único por lo que tenía cierto apego material eran sus libros, y esos se los llevaba consigo a Hogwarts, así que no le importaba en lo más mínimo si toda la mansión hubiera sido remodelada. Lo que sí no podía negar era que le llamaba la atención cómo estaría su habitación. Se preguntaba qué muebles antiquísimos eran los que su madre había decidido conservar. No le cabía duda que sus abuelos, especialmente el paterno, insistió en que todos los que hubieran estado en la familia Malfoy siguieran en su lugar. La simple redecoración de su cuarto no era más que otro capítulo más en el largo enfrentamiento de la sombra tradicionalista de su abuelo contra los deseos de renovación de su madre. Sería interesante ver quién había ganado en esta ocasión.
Al llegar al pilar que funcionaba como portal entre la estación de trenes muggles y del mundo mágico, Scorpius le pidió a su madre que deshiciera el encantamiento que Bulstrode había puesto en el baúl para que flotara detrás de él.
-Eres igual a tu padre –comentó ella, guardando la varita dentro de su capa. El rubio enarcó las cejas mientras ponía el baúl sobre uno de los carritos metálicos para poder llevarlo con más facilidad-. Siempre se quejaba de lo pesado que estaba el baúl.
-Pensé que los elfos domésticos cargaban su equipaje –dijo con extrañeza.
-Sí, pero de algún u otro modo para todas las fechas que regresábamos de Hogwarts, siempre conseguía que tu abuelo estuviera enojado con él y nunca enviaba a los elfos a ayudarlo.
-Qué suerte para los elfos –musitó, haciendo una mueca.
Al parecer su madre no lo había escuchado, sino lo miraría con consternación. No le gustaba su crudo humor, especialmente cuando usaba a familiares o amistades de la familia para su "material de comediante amargado", como solía decirle totalmente seria.
Scorpius dio una última mirada a la estación.
Entre la multitud resaltaba un grupo de cabezas pelirrojas. Eran de distintas tonalidades: unas más naranjas, otras de rojo oscuro, y otras más bien cobrizas; pero sobresalían entre la monocromía de cabezas oscuras del lugar. Las miró fijamente durante unos segundos, sin poder distinguir quién era quién. A aquella distancia y entre tantas personas, le fue imposible identificar los rizos que buscaba.
Con frustración, volteó la cara y movió la cabeza levemente hacia el pilar, dejando que su madre atravesara al mundo muggles antes que él.
Cuatro veces al año lograba presenciar el espectáculo de Londres muggles, pero la época navideña era la ocasión más extraña de todas. Estaba lleno de personas con aquellos aparatos llamados teléfonos móviles pegados a sus orejas, tratando de hablar, abrirse paso entre la gente, y cargar las bolsas llenas de regalos de navidad con éxito. Era increíble que todos lo consiguieran. Tal vez recibían clases en la escuela para lograrlo. Y lo que más le llamaba la atención eran los hombres de traje rojo, largas barbas blancas mal colocadas, y gafas con vidrios de forma semilunar cantando y gritando "¡Feliz navidad!" frente a las tiendas. En Estudios Muggles le habían explicado que eran personas disfrazadas de Santa Claus y que eran contratados por los comerciantes para promocionar sus productos bajo el concepto de que aquel hombre hacía la navidad una época significativa y alegre. Le daba risa notar que la mayoría de los supuestos Santa Claus lucían expresiones de hastío o se quejaban del mal pago que recibían por tener que soportar niños sentados en sus faldas todo el día. Si él fuera muggle, jamás iría a pedirle regalos a un hombre cansado, huraño y mal disfrazado. Además, el hecho de sentarse en sus piernas era francamente repulsivo. ¿Cuál era la necesidad de tener tanto contacto físico entre un adulto desconocido que actuaba ser un hombre obeso, esclavizador de enanos y niños pequeños?
Después de adentrarse en el callejón, el viaje volvía a ser relativamente aburrido y tedioso. Scorpius se dedicó a mover los hombros en círculos, volviendo a quejarse del baúl y de lo inútil que resultaba ser un mago cuando no podía usar magia mientras su madre tocaba los ladrillos con su varita para abrir la entrada al Callejón Diagon.
-Estarás de cumpleaños en enero. No queda nada –le dijo ella, enarcando las cejas.
-Lo que digo es que-
-Hijo, mira mi cara –movió una mano sobre ésta-. No hay arrugas. Nadie cree la edad que tengo. ¿Sabes por qué? Porque la magia no es la respuesta para todo. Simplemente acepto las condiciones de la vida y lidio con ellas sin amargarme.
-No puedo creer que no hemos estado más de veinte minutos juntos y ya hablas de tu aspecto físico –rodó los ojos.
El Caldero Chorreante se encontraba con pocas personas. El público aumentaría dentro de pocos minutos, cuando las familias en compras navideñas o regresando de recoger a sus hijos en la estación King Cross invadieran el lugar para almorzar. Su madre saludó a dos mujeres que la reconocieron y se disculpó de no poder quedarse más rato para charlar, puesto que debía ir a casa con su hijo. Scorpius simplemente sonrió, tratando de no voltear los ojos ante las incómodas frases del estilo "has crecido tanto", "ya te ves como un hombre", y "te has convertido en un joven muy guapo" que llenaron sus oídos.
A pesar de ser un transporte un poco incómodo y sucio, la red flu era mucho mejor que la aparición. Por motivos de seguridad, la mansión estaba encantada para que nadie pudiera aparecerse dentro de ella. El hecho de tener que volver al frío glacial del exterior no le causaba mucha gracia. Especialmente cuando las puertas de la mansión se abrían con una lentitud abismal.
El salón principal de la mansión Malfoy lo recibió con la quietud y frialdad que lo caracterizaba.
Scorpius soltó el baúl y caminó hacia el centro de la habitación, limpiándose el hollín de la túnica.
-Bienvenido a casa, amo –saludaron dos elfos domésticos con una pequeña reverencia.
-Gracias –contestó.
-El almuerzo será dentro de una hora –anunció su madre, colgando la túnica en un opulento colgador de plata. De la parte superior del grueso cilindro vertical, salían varias serpientes que se contorneaban para sostener la ropa. Él la imitó y dejó su capa en una de ellas-. Vamos a que veas tu habitación. Te va a encantar –dijo, tomándole la muñeca para llevarlo-. Oh, ¿puedes llevar el baúl al cuarto de Scorpius, Naomi? Muchas gracias.
Entre los nuevos muebles de Venecia, el papel tapiz pintado por magos franceses, y la última anécdota de tía Daphne y su trabajo; Scorpius preguntó por su padre. En el fondo sabía que era algo estúpido hacerlo, puesto que todos los años era lo mismo: uno de los negocios sufría una emergencia, él debía estar todo el día afuera y regresaba casi en la noche, aparentando no estar cansado y que tenía un ápice de interés en participar en la forzada conversación que su madre hacía en la cena.
Y así ocurrió. Draco Malfoy llegó a la mansión casi a las siete de la noche y Scorpius no se sorprendió. Todos los años era igual.
Cuando Lily le había pedido asistir a una cena en su casa, Scorpius sabía que éste sería uno de los momentos más difíciles de toda su vida. Llevaban cinco meses saliendo oficialmente y a juzgar por el revuelo que había causado en Hogwarts su relación, estaba esperando una invitación para conocer formalmente a los padres de su novia. No todos los días se podía tener a un Malfoy como yerno.
El miedo que cualquier adolescente debe enfrentar al conocer a los progenitores de su novia era casi estúpido. Scorpius estaba consciente que no era perfecto, pero no tenía ninguna característica que lo encasillara como alguien indeseable para salir con Lily. Su preocupación se debía principalmente por otro asunto.
"Los Potter no te matarán" dijo su madre cuando leyó le contó que iría a cenar con ellos el día anterior a año nuevo. Y tenía razón. Por lo que sabía según la prensa y comentarios de algunos allegados a la familia, Harry y Ginny Potter eran dos personas sensatas y amables… aunque no sabía cuánto lo serían al tener el pasado caminando tras sus espaldas. Nunca había escuchado nada en boca de sus padres, pero la mirada esquiva de Draco Malfoy y lo que decían los libros de historia bastaban para hacerle entender que se iba a enfrentar a los agrios recuerdos de la guerra.
-¿Se encuentra bien, amo? –preguntó Naomi. Los ojos de la elfa doméstica estaban clavados en su rostro-. Si quiere puedo ir por su madre y-
-No, no. Estoy bien –dijo, forzando una sonrisa para apaciguar su preocupación. Lo que menos necesitaba era que sus padres bajaran para constatar el terrible miedo que sentía. Esa mañana les había asegurado que no estaba nervioso, sabiendo muy bien que aquellas palabras se transformarían en una mentira cuando llegara la hora de ir a la casa de los Potter-. Dile a mamá que no me espere despierta.
Naomi asintió.
Suspirando, ingresó a la chimenea. Se sentía ridículo pensando todo esto de nuevo. Cuando había comenzado a sentirse atraído por la pelirroja, sabía muy bien que el pasado de sus padres era un gran factor a considerar si realmente quería estar con ella. Desde hacía mucho tiempo estaba preparado para enfrentarse a esto. ¿Por qué ahora sentía tanto miedo que las manos le temblaban?
-Haré té, amo. Lo dejaré en su habitación para que lo beba antes de dormir.
Scorpius no pudo evitar sonreír a modo de agradecimiento. Estaba seguro que necesitaría algo más fuerte que un té para poder calmar sus nervios cuando regresara a casa, pero aún así la bebida lo ayudaría a relajarse.
-Un té suena bien. Gracias –dijo, sintiendo su propia voz como la de otra persona.
-Buenas noches, amo. Que tenga una velada agradable –bajó la cabeza y su cuerpo se dobló un poco, haciendo una reverencia corta.
-Espero que sea así –musitó.
Soltó el puñado de polvos recitando la dirección que Lily le había enviado y había aprendido de memoria.
-¡Scor! –unos brazos lo rodearon. No se había dado cuenta que había cerrado los ojos. Los abrió y se encontró con Lily, ayudándolo a sostenerse en pie-. ¿Estás bien? Merlín, luces… ¿Estás bien? –repitió, alarmada.
-No –admitió con completa sinceridad.
La chica lo guió hasta un sillón y lo sentó. Scorpius cerró nuevamente los ojos, tratando de buscar concentración para tranquilizarse. Después de repetirse varias veces que este momento sabría que vendría y que debería enfrentarlo, su respiración comenzó a ser más pausada y profunda. No tenía nada que temer, puesto que esta noche ya la había vivido en su imaginación varias veces y con distintos resultados. No habría ninguna sorpresa, así que era una estupidez ser presa del pánico de algo que inevitablemente había accedido a vivir cuando decidió que Lily Potter fuera su novia.
-Ni que lo digas –sus manos comenzaron a dar pequeños golpecitos por todo su cuerpo. El rubio abrió los ojos y se dio cuenta que estaba limpiando el hollín de su túnica-. Pareciera que hubieras visto un boggart.
-Bueno, ya estoy mejor –se puso de pie y se quitó la túnica-. Creo que empezaré con el pie izquierdo si dejo lleno de hollín el sillón…
Mientras Lily fue a guardar la túnica en el minúsculo armario que había bajo las escaleras, el chico se dedicó a observar por primera vez la casa.
El salón principal no era muy grande, pero tampoco pequeño. Permitía que la mesita de centro entre los dos sofás y tres sillones, la aparatosa chimenea, y los dos estantes llenos de libros, artefactos mágicos y fotografías se distribuyeran bien dentro del espacio, dando la sensación que la habitación se había acomodado a la cantidad y disposición de los muebles, y no al revés.
Junto a la chimenea, casi en un rincón, estaba un árbol de navidad bastante aparatoso. Estaba rebosado de adornos (la mayoría eran ángeles), dando la apariencia que en cualquier momento sus ramas se caerían con tantos objetos colgando de ellas.
Se dirigió al estante que estaba cerca del minúsculo pasillo que conectaba el salón, la escalera hacia la segunda planta y la entrada principal. La mayoría de los libros eran sobre quidditch. También había varios de encantamientos y hechizos. Le llamó la atención que sólo dos eran de historia.
Cruzó nuevamente el salón, deteniéndose un poco para observar las flores que adornaban la mesita de centro. Debían estar encantadas para que no se marchitaran hasta la primavera, ya que en pleno diciembre era imposible conseguir otras para renovarlas. Parecían ser flores silvestres. Si no recordaba mal, los abuelos de Lily vivían en la zona rural de Londres. Tal vez ellos las traían. Las flores colocadas en un florero abultado de cristal, combinaban a la perfección con los colores cálidos usados en la tela de los sillones y sofás, y el papel tapiz anacarado de las paredes. Scorpius tuvo la sensación de estar en los jardines de Hogwarts cuando era verano, disfrutando de un libro mientras se recostaba bajo la copa de un árbol, deseando que nunca anocheciera para poder quedarse en ese lugar para siempre.
El otro estante estaba lleno de artefactos mágicos y fotografías. Había muchas personas en ellas, apiñándose para que todos pudieran aparecer. En varias no pudo reconocer a nadie, debido a que eran de familiares que no conocía o simplemente fueron tomadas hacía muchos años. No pudo evitar sonreír cuando encontró una más actual: Lily aparecía discutiendo con su hermano mayor, James, y rápidamente se acomodaba para sonreír angelicalmente a la cámara. Una mujer tras Lily rodaba los ojos, mientras a su lado, un hombre alto y de gafas redondas se veía realmente divertido por la pelea de sus hijos. La última persona en la fotografía era igual al hombre de gafas, pero más joven. Albus posaba ajeno al ajetreo de sus hermanos y tratando de tener una pose perfecta frente a la cámara.
Un brazo lo envolvió a la altura del estómago y sintió el peso de otro cuerpo a su lado, reposando con suavidad.
-James decía que le tapaba la cara. Según él, todos los hermanos debíamos estar en el mismo plano –Lily suspiró-. Sí, claro… El muy idiota quería aparecer en primer plano. Siempre ha sido igual. Su discurso del hijo mayor, de llevar el legado de la familia, y la demás basura que dice confirman mi teoría de que tiene un ego más enorme que un dragón obeso.
Scorpius rió, y le dio un beso en la coronilla.
-¿Qué es eso? –preguntó, señalando un extraño reloj colgado sobre la chimenea.
-Un reloj que mi abuela hizo –dijo, invitándolo a acercarse para que pudiera verlo mejor-. Cada puntero tiene el nombre de un miembro de la familia y apunta en qué lugar o situación estamos. Ahora todos apuntan en casa…
Había seis categorías: casa, escuela, trabajo, jardín, hospital, y peligro mortal.
-Mamá lo modificó un poco, según los lugares o situaciones que le importaban. Antes hasta podía saber si estábamos en la cama o no –contó, sonriendo-. Por cierto, mis padres ya vienen a saludar. Hubo un problema con la cocina y están tratando de solucionarlo…
-¿Y tus hermanos?
-No sé. Supongo que ya bajarán –se alzó de hombros-. ¿Acaso quieres estar con ellos? –al ver la expresión en su rostro, lanzó una gran carcajada-. Sé que te gustaría que fuéramos sólo nosotros, pero lamentablemente James estará aquí... Y también mis primos –añadió con lentitud. Scorpius trató de mostrarse indiferente ante la presencia de más Weasley-. Lo siento mucho. Apenas pude conseguir que la cena fuera aquí, sin los abuelos y mis tíos y el resto de mis primos; pero tía Hermione y tío Ron son los mejores amigos de papá. Y Hugo y Rose son prácticamente mis hermanos. Es imposible tener un evento familiar privado sin ellos.
Cuando Tom Zabini le había dicho que atarse con la etiqueta de noviazgo significaba ser novio también de toda la familia de Lily, nunca creyó que fuera tan literal. ¿Por qué los Weasley siempre debían estar juntos? ¿Acaso la idea de sólo padres e hijos no existía en el vocabulario del clan Weasley?
-Bueno, Hugo me cae bien –dijo con resignación.
El estómago comenzó a dolerle. Scorpius sabía que no se trataba precisamente de un problema digestivo, sino de nervios. Había sentido las mismas puntas afiladas clavándose en la zona abdominal cuando entró en el tren escarlata que lo llevaría a Hogwarts. En aquel tiempo la pregunta era si sería capaz de coexistir con las decenas de personas que lo mirarían como el hijo de un asesino, mientras que ahora la interrogante era si podría vencer los estigmas y prejuicios de cuatro importantes figuras que lucharon contra Lord Voldemort en la segunda guerra. Y tal como hacía cinco años atrás, la sensación de puntas desangrando su estómago no era nada placentera.
Su abuelo ciertamente se reiría al verlo. Él más que nadie se oponía a que estuviera involucrado con Lily, especialmente de modo romántico. Su regocijo por observar sus pronósticos convertidos en realidad sería infinito. Le había advertido que pondría pie en un terreno lleno de enemigos, y que debía ser un idiota para creer que saldría ileso al final de la velada.
La sola idea de darle aquella satisfacción a Lucius Malfoy lo enfermaba. Le demostraría a él, a sus padres y a Lily que podía dar una buena impresión y no salir herido en el intento.
Sus miedos se fueron aplacando lentamente con el transcurso de las horas.
Ginny Potter lo saludó con una gran sonrisa, y en todo momento se preocupó de hacerlo sentir cómodo. Parecía estar muy consciente de cuán fácil podría tornarse la cena en una situación infernal. Sus constantes atenciones le hicieron gracia, especialmente cuando James comenzó a decir que ni al ministro de magia trataría con tanta preocupación.
Los hermanos Potter se comportaron como esperaba: Albus fue bastante amable con él. No eran cercanos, pero el hecho de ser compañeros de curso y el haber tenido más oportunidades para tratar el uno con el otro jugaban un papel importante en la conversación ligera que mantuvieron. James por otro lado, pareció adoptar la misma actitud intimidante que tomaba con él en la escuela. Con ácidos comentarios se dedicó a darle lata. Él era el típico Gryffindor que veía a cualquier Slytherin como un ser malvado. Aún más si se trataba de un Malfoy. Y especialmente cuando ése Malfoy que pertenecía a Slytherin era el novio de su hermana pequeña. Las intervenciones de Lily y sus padres fueron efectivas para detenerlo. El resto de la noche simplemente se dedicó a taladrarlo con la mirada. Scorpius contuvo la risa. James le parecía tan ridículo. Como si él pudiera intimidarlo. Era casi seguro apostar que en un duelo, el mayor de los Potter terminaría perdiendo su varita casi al instante de haber comenzado.
Tampoco hubo ninguna sorpresa con los hermanos Weasley: Rose estuvo la mayoría del tiempo con Albus. Siempre había pensado que ambos eran una especie de gemelos inseparables, como siameses. En cambio, Hugo y él compartieron casi toda la velada. Al tratarse del mejor amigo de Lily (eran la versión joven de Albus y Rose), ya habían compartido antes en muchas ocasiones. El chico era muy divertido. Era tan despistado, que siempre se perdía en medio de una conversación y comenzaba a hacer preguntas para tratar de entender, llegando a un punto donde creaba un tema ficticio y sacaba a relucir un tema imposible de relacionar con lo que estaban hablando. A Scorpius se le hacía imposible no reírse de él. Ciertamente su presencia lo hizo sentirse mucho más cómodo.
A pesar que todos los miembros de la familia eran importantes, los que le producían más ansiedad eran Harry Potter, Hermione y Ron Weasley. El trío de amigos más relevante de la historia mágica. Durante el transcurso de la cena, el rubio sentía que un nudo aparecía en su garganta cada vez que debía dirigirle la palabra a uno de los tres. De pronto todas las advertencias que sus padres y abuelos le habían dicho cuando pequeño, sobre el pasado de los Malfoy, cobraron un significado mucho más real y atemorizante. "Tu apellido puede llegar a ser tu tumba" le dijo su padre el día en que recibió su carta de aceptación en Hogwarts. Ahora entendía que ante estas tres personas, su apellido y la sangre que corría por sus venas cargaban una historia difícil de dejar atrás.
Harry Potter y Hermione Weasley lo recibieron con mucha amabilidad. Por lo que había escuchado sobre sus personalidades gracias a Lily, esperaba que fuera así. Ambos parecían estar preparados para separar el pasado del presente, y no mezclar a su padre con él. El momento más incómodo fue cuando el señor Potter preguntó por sus padres. Scorpius respondió vagamente que se encontraban bien, mientras sentía todas las miradas de los asistentes puestas en él. Seguramente Lily lo había puesto al corriente de cómo habían tomado la noticia de su relación con ella, por lo que el hombre sólo asintió y cambió de tema hacia temas banales. A pesar de esto, el hombre más famoso del mundo mágico seguido de Merlín, pareció bastante satisfecho al darse cuenta que le iba bien en la escuela y que no se involucraba en problemas. Y que, obviamente, no tenía el mismo tipo de intereses que su padre.
-A mi hermanita le gustan los santurrones. Scorpius es como la versión femenina de Rose –dijo James con sorna. La aludida rodó los ojos-. Es de los chicos buenos. El mundo dejaría de existir si uno de los dos obtiene un castigo o fueran los responsables que a sus casas les restaran puntos.
Con el que no tuvo mucho éxito fue con Ron Weasley. El alto hombre pelirrojo casi no le dirigió la palabra, pero estaba muy pendiente de él. Muchas veces lo encontró observándolo, como si quisiera encontrar algún secreto oculto o mentira. Cuando llegó el tema favorito de todos, quidditch, el señor Weasley no se mostró particularmente encantado de saber que no le gustaba. Por respeto a la familia, especialmente a la madre de Lily, soportó treinta minutos cargados de la tabla de puntuaciones del torneo nacional y los resultados del último partido de los Tornados.
Mientras Albus, Rose, la señora Potter y la señora Weasley ayudaban a llevar las tazas de té a la cocina; el señor Potter desapareció con el señor Weasley.
-¡Es tan igual a él, Harry!
-No grites.
Las voces provenían del comedor.
Hugo dejó de hablar, mirando nerviosamente hacia las dos puertas blancas cerradas que separaban ambas habitaciones. Incluso la mueca burlona del rostro de James se desvaneció, entrecerrando los ojos con una expresión que sólo se le podía atribuir el calificativo de vergüenza.
-No puedo creerlo. Es igual a él. El mismo pelo, la misma cara… -el señor Weasley hizo una pausa-. Y esa maldita actitud pedan-
-Ron –le cortó el señor Potter, en un tono claramente amenazador.
-Cuando lo veo a los ojos no puedo olvidar, Harry. No puedo olvidar ese día en la mansión Malfoy… Sé que no es Draco Malfoy, pero me parece imposible… -su tono de voz comenzó a bajar gradualmente-. Es como si estuviera aquí y… y… No puedo olvidar. No puedo.
Se escuchó un largo shhh, seguramente del señor Potter, y las palabras se transformaron en murmullos inaudibles.
Entre la pesadez que se cernía sobre ellos y las molestas miradas silenciosas que los demás le dirigían, Scorpius bajó la cabeza, sintiéndose el ser más pequeño e indefenso del planeta. Durante casi toda su vida había evadido este momento y ahora, en menos de tres horas, todos los miedos generados por crímenes que no había cometido le caían encima, dificultándole la respiración hasta asfixiarlo. Y lo peor de todo, es que le era imposible escapar. La culpa ajena que se había sembrado en él con las humillantes historias de su familia y penosos relatos de la comunidad mágica, parecía haber echado raíces en el sofá, inmovilizando su cuerpo para que el repudio del señor Weasley, la desesperación del señor Potter, el nerviosismo de James, y la pena de Hugo siguieran atacándolo hasta que todo el peso del pasado consiguiera caer sobre él y aplastarlo.
Unas cosquillas subieron desde la punta de sus dedos hasta la muñeca y miró su mano derecha: los delgados dedos de Lily se deslizaban entre los suyos, cerrándose con una seguridad impresionante. Su dedo pulgar comenzó a acariciar el dorso de la mano.
Y con la mano de Lily entre la suya, sintió que respirar se le hacía menos difícil.
Su nuevo cuarto no estaba mal. Incluso le gustaba más que el anterior. A pesar que el verde le gustaba mucho, estar rodeado de una paleta de colores azules lo hacía sentirse más cómodo. Le recordó los días de verano en la playa. Aquellas tardes de lectura con el olor salino perforando sus narices y la imagen de infinitud que entregaba el mar encontrándose con el cielo en el horizonte era lo que más le hacía ilusión de las vacaciones de verano. Lo hacía sentirse diferente; más vivo y libre que nunca.
Scorpius hizo una nota mental para agradecerle a su madre por la redecoración de la habitación.
Los días transcurrieron con cierta normalidad y aburrimiento. La mayoría del tiempo el rubio se la pasó encerrado en la biblioteca leyendo, o devorando cada revista y periódico que llegaba a sus manos. Le llamaba la atención las opiniones vertidas por políticos o personas involucradas en las noticias respectivas. El ministro de magia particularmente le hacía gracia. ¿Cómo alguien que apenas podía decir una oración coherente y se perdía en analogías innecesarias podía estar a cargo de dirigir el mundo mágico? Todas las mañanas se hacía la misma pregunta. Y cuando no podía ponerse al día con la prensa o encerrarse en la biblioteca, se debía a que se veía obligado a asistir a su madre en los preparativos para la fiesta de navidad.
Éste día había sido particularmente agotador. Con sólo dos días restando para el evento más esperado de la elite de la sociedad mágica, Scorpius tuvo que lidiar con las crisis de estrés de su madre. Astoria Malfoy solía ser muy tranquila, pero los deseos de tener todo listo cuando antes la convertían en una de las personas más insoportables sobre la faz de la tierra. El chico estaba seguro que no cabía duda que podía convivir en perfecta calma con "la población de estúpidos en Hogwarts", como llamaba a sus compañeros, cuando debía enfrentarse a las peticiones estrafalarias, órdenes contradictorias, y monólogos cargados de insultos hacia el pastelero o a la encargada de la ornamentación una vez todos los años. Llevar acabo la fiesta perfecta era un dolor de cabeza.
Cuando llegaron a la mansión en la tarde, Scorpius subió directamente a su cuarto y se recostó en la cama.
Había notado que estaba más cansado de lo normal en esta ajetreada época del año. No leía más de quince minutos, ya que los párpados se le cerraban o su atención se enfocaba en vagar por pensamientos poco coherentes. Lo peor de todo era que sentía un permanente dolor en la frente, acentuándose con el paso de las horas; lo que se traducía en tener menos paciencia. Fue toda una odisea conseguir no abandonar a su madre en medio del Callejón Diagon mientras hacía un lío por la tela que el sastre había usado para confeccionar los manteles de las mesas de los invitados. Lo único que deseaba era regresar a la mansión para poder alejarse de todo y todos, y así descansar.
Los motivos de su agotamiento extremo todavía eran desconocidos. Tenía la certeza que algo le faltaba, como si hubiera olvidado algún objeto importante en la escuela. Había traído todo lo que tenía en Hogwarts, así que no entendía por qué se sentía así. Debía tratarse de algo importante, porque el no tenerlo lo hacía sentirse cansado e irritable. Además que su mente se desviaba en cada oportunidad posible para buscar la identidad del supuesto algo que faltaba, lo que se traducía en dar vueltas una y otra vez en su cama antes de poder conciliar el sueño. Tal como ahora le estaba ocurriendo…
De repente, Scorpius abrió los ojos y se dio cuenta que se había quedado dormido al ver el cielo oscuro asomarse por las ventanas.
Emitiendo un gemido, se sentó y bostezó. Debía haber dormido dos o tres horas y se sentía un poco mejor. Al menos ahora la cabeza no le explotaba.
Mientras cerraba las cortinas, el estómago le gruñó. Había almorzado al mediodía nada más que un pequeño trozo de pollo con ensaladas. Su madre atravesaba una fase de dieta ligera y según sus reglas (las que Scorpius ya no trataba de entender), él debía también comer lo mismo que ella; por lo que no le extrañaba que tuviera hambre.
Este cuarto es realmente azul, pensó cuando se quitaba los zapatos para ponerse las pantuflas. Cualquiera que entrara creería que se trataba de la habitación de un Ravenclaw. De seguro a Rose le encantaría.
Salió y bajó hacia la cocina, encontrando bastante divertida la sola idea de imaginar alguna razón para que Rose Weasley estuviera en su cuarto.
El árbol de navidad en medio del hall principal calzaba a la perfección con el meticuloso orden y elegancia de la mansión. Las luces blancas en conjunto con las cintas de colores plateados y dorados le daban un aspecto pulcro, como el de los árboles que montaban en el interior de las tiendas. Si el profesor Flitwick lo viera, no cabía duda que comenzaría a invocar cuanto adorno se le ocurriera para llenar cada rama hasta no dejar ninguna sin nada. Nunca le había gustado cuán sobrecargado era el árbol navideño de la escuela (o el de los Potter). El ver aquel gran árbol con las cintas dispuestas a distancias casi medidas con regla lo hacía sentir una calma grandiosa, como si estuviera en un lugar conocido, seguro y agradable. Navidad era la única época donde la mansión le resultaba un lugar más cálido y aquel objeto era la fuente del calor.
Como ya era más de las nueve, los elfos domésticos no estaban en la cocina. Aún así Scorpius encontró una bandeja con la cena sobre la mesa central. Naomi siempre se preocupaba de que se alimentara bien, por lo que se la había dejado con un encantamiento para que la comida se conservara caliente.
Agradecido por la atención de la elfa, el chico sacó los cubiertos y se sirvió un vaso de jugo de manzana.
Después de haber estado comiendo un exceso de verduras en los últimos días; el tener pavo, muslos de pollo, puré de patatas, y tortilla de calabaza frente a él era algo excepcionalmente maravilloso.
-Cualquiera pensaría que no hubieras probado bocado en semanas.
La figura de su padre apareció en el umbral de la puerta. A pesar que su voz contenía un tono burlón, no había ninguna sonrisa en su rostro que lo acompañara. Más bien tenía una expresión extrañada, como de quien está presenciando un evento inusual que no le llama tanto la atención como para despertar su curiosidad.
Entró y sacó un vaso de una gaveta al lado opuesto de la habitación.
-Tu madre está preocupada –dijo, sentándose frente a él-. Cree que estás enfermo.
-¿Le preocupa mi salud o el que no esté en condiciones de asistir a la fiesta? –preguntó, sonriendo. El hombre lo imitó-. Estoy convencido que dormir no es algo peligroso o dañino para mi bienestar.
Mientras Scorpius se llevaba un pedazo de pavo a la boca, el hombre apuntó con la mano derecha el vaso sobre la mesa y éste comenzó a llenarse de agua. Sólo lo había visto hacer hechizos o encantamientos pequeños como el Aguamenti, pero le parecía poco probable que pudiera conjurar otros más complejos. De todos modos siempre se asombraba al verlo practicar magia sin varita. Debía tenerse una gran seguridad y concentración para poder canalizar la magia a voluntad sin la necesidad de tener un material que cooperara en la fluidez de la energía.
Bebiendo un sorbo del jugo, notó lo extraño de la situación. ¿Por qué su padre había bajado a la cocina a buscar un vaso cuando siempre tenía uno en la mesita de noche junto a la cama?
-Hiciste un largo viaje por un vaso de agua –comentó después de limpiarse la boca con la servilleta. Las cejas del hombre subieron un poco, haciéndolo lucir más relajado-, ¿no lo crees así?
Draco Malfoy era mucho más inteligente que su esposa en el ámbito de abrir posibilidades para entablar conversación con su hijo. Usando tácticas tan simples como ir a la cocina a buscar un vaso era capaz de encontrar un momento para hablar. No solía ocurrir con mucha regularidad, por lo que Scorpius estaba intrigado en conocer lo que su padre quería decirle. Prácticamente todo lo que debían saber el uno del otro lo obtenían gracias a la correspondencia que intercambiaban cuando él estaba en la escuela o en las conversaciones que tenían en familia cuando cenaban juntos. Y desde que Scorpius había aprendido rápidamente cómo funcionaban los negocios familiares dos veranos atrás, su progenitor no había mostrado interés en él.
Los ojos de su padre se detuvieron en un punto fijo en la pared tras él. Parecía muy pensativo, tratando de buscar las palabras adecuadas para comenzar.
-Lily Potter es una buena chica –Scorpius lo miró, sorprendido. La única vez que lo había escuchado iniciar un diálogo tan directo y sin sus extravagancias usuales, fue cuando le contó quién fue Lord Voldemort y el rol que jugó la familia Malfoy en las guerras por la purificación de la sangre. Dejó los cubiertos apoyados en el borde del plato, sintiéndose repentinamente inapetente-, pero no porque lo sea significa que sea buena para ti.
Esta conversación debería ser distinta. Su madre se le acercaría un día, tratando de aparentar tranquilidad, y de algún modo llegaría a relacionar una de sus nuevas capas compradas en Milán con el quiebre de su relación con Lily. Y él debería decir que estaba bien, que se estaba preocupando demasiado, que exageraba, que los hombres no recordaban tantos detalles como para darle un relato pormenorizado de los sucesos que llevaron a que Lily le dijera que ya no lo amaba y no podía seguir con él. Ella seguiría insistiendo hasta que desistiera con un "eres igual a tu padre. Deberías ser más honesto respecto a tus sentimientos" tan típico de ella.
Hubo una gran pausa, en la que Scorpius repitió las palabras de su padre una y otra vez en su cabeza.
Cuando les informó a sus padres que Lily Potter era su novia, la única reacción que obtuvo de su parte fue un silencio agobiante. Mientras su madre le preguntaba cómo, por qué, cuándo y dónde había ocurrido todo esto; él lo observaba con el rostro más pálido que nunca. Por un momento creyó que iba a desmayarse, pero no fue así. Escuchó con atención la única vez que su hijo estaba dispuesto a dar lujo de detalles para aplacar el esperado efecto negativo de su noticia. Y cuando acabó, simplemente asintió y no dijo nada más respecto al tema. Scorpius temía que trataría de negar la relación, pero cuando escuchó la acalorada discusión que sostuvo con el abuelo en su despacho días después, supo que aceptaba la decisión que su hijo había tomado. Pero entre el comentario ocasional lleno de malicia sobre los Potter o los Weasley, o su manera cordial de tratar a Lily cuando la veía en vacaciones; nunca había emitido alguna opinión respecto a ella. Mientras su madre sentía simpatía por la chica, lo que su padre opinaba de ella era un completo misterio.
-Es la primera vez que escuchó lo que piensas de ella –bajó la mirada, sonriendo tristemente. Aprovechándose de la inusual oportunidad, continuó:-. Me gustaría saber qué opines de Lily.
-¿Por qué debería? Ya no está relacionada contigo. No tengo la necesidad siquiera que malgastar mi tiempo en… -bufó, notablemente irritado. Bebió lo que le quedaba de agua en el vaso de un solo trago-. Bueno, para venir de una familia llena de personalidades desagradables, me parece que es bastante tolerable, lo cual es muy positivo.
Scorpius enarcó las cejas. Sólo Draco Malfoy podía considerar el adjetivo "tolerable" como algo muy positivo.
Lo miró, encontrándose con una expresión muy seria. Realmente estaba concentrado en encontrar las palabras correctas. Al menos debía darle puntos por intentarlo. A pesar de ser una persona muy moderada, cuando se trataba de los Potter o los Weasley, los adjetivos que usaba no eran precisamente tan buenos como "tolerable". Para evaluar a Lily sin tener a su familia en consideración, debía estar haciendo un esfuerzo monumental.
-Linda. Es una chica linda… Demasiado conversadora para mi gusto. Con tu madre es suficiente… Pero supongo que por eso te gustaba –añadió, rápidamente-. Muy conocedora del quidditch.
-Eso último sonó a una crítica. ¿No te gustó el equipo que apoya?
-Supongo que lo hace porque Ginny Weasley jugaba para el equipo... –apoyó los codos en la mesa y apoyó el mentón sobre las manos-. Recuerda que somos dueños de un tercio de las Arpías de Holyhead, hijo. ¿Por qué habría de ser malo que fuera una fan de ese equipo?
Era demasiado extraño tener esta conversación con su padre. Por un momento, Scorpius tuvo la impresión que estaba hablando con el cínico de Bulstrode. Se daba mil vueltas antes de llegar a contestar de manera satisfactoria la pregunta inicial.
-¿Entonces por qué dijiste lo de ser conocedora del quidditch? –frunció el ceño, analizando su rostro-. Me pareció notar un tono crítico en ello. Quisiera saber por qué.
-Porque a ti no te gusta –dijo resueltamente.
Un latido. Dos. Cinco. Veintidós latidos y el silencio seguía entre ellos.
Intercambiaron una larga mirada, donde Scorpius sintió que su padre lo estaba observando por primera vez desde hacía una eternidad de tiempo. Y él debía reconocer que lo mirada de igual modo. Para la edad que tenía, Draco Malfoy se conservaba bien. Lo único que revelaba el paso de los años en su cuerpo, eran las pronunciadas entradas del cabello. ¿Cuándo su impecable cabellera rubia platinada había comenzado a caerse?
Con la tenue iluminación de la habitación, su palidez lo hacía lucir como un fantasma. En el futuro él también luciría igual: una figura fantasmagórica cuando no fuera de día. No por nada era una réplica exacta de su padre, a excepción de algunas facciones menores heredadas de su madre.
-A ti te gusta leer y ella no es para nada fanática de la lectura. ¿Me equivoco? –la pregunta fue una mera formalidad, puesto que todo en él expresaba completa seguridad en su afirmación-. Cuando se es joven uno entabla relaciones iniciadas en múltiples emociones, situaciones y cosas. Pero cuando no hay nada en común, nada que sea simple y cotidiano, entonces no hay una base en la cual centrarse –su voz era suave, casi dulce. Aún así se notaba el temblor en ella, evidencia inequívoca del esfuerzo que hacía para hablarle de ese modo-. Los dos desearán eventualmente cosas distintas en la vida.
Scorpius buscó otro lugar para mirar, sintiéndose repentinamente incómodo.
¿Cuántas veces había traído a Lily a la mansión? Sólo en tres ocasiones. ¿Cómo era posible que reuniéndose con ella tres veces pudo sacar todo eso en limpio?
Los recuerdos de aquel fatídico día vinieron a atormentarlo. Las palabras de Lily eran demasiado parecidas a las de su padre. La diferencia estaba en que las de ella no estaban adornadas con una ejemplificación tan simple como los pasatiempos que cada uno tenía, sino que se aferraban a algo más complicado y significativo: ellos mismos.
-No te das cuenta, ¿verdad? –el rubio respiró profundamente. Recordaba perfectamente cómo los ojos de Lily comenzaron a llenarse de lágrimas y la voz le temblaba. Estaba haciendo todo el esfuerzo posible contener sus emociones para poder hablar-. No me importa que empujes al resto del mundo, pero… Pero sí me importa cuando me apartas a mí. Es inútil que intente aferrarme a ti. Merlín sabe cuánto he tratado de hacerlo –cruzó los brazos mientras dos grandes lágrimas caían por sus mejillas. Se veía tan desesperada y desolada-. Quiero aferrarme a ti, pero no me dejas. Me empujas, me alejas, me apartas, y… y… Y ya no puedo más. Necesito que me retengas. Necesito que abras tu corazón hacía mí. Necesito que me necesites –evadió su mirada, sorbiendo la nariz-. ¿Por qué me dejas a la deriva, sin un lugar seguro al cual pueda aferrarme cuando más te necesite? ¿Por qué no me dejas entrar? ¿Por qué tienes todavía esta barrera, impidiéndome entrar y ser alguien importante en tu corazón?
Ésa conversación era la que más deseaba olvidar. Y ahora, casi tres meses más tarde, su propio padre se la recordaba en un raro intento de acercamiento emocional hacia su hijo.
Quiso enojarse con él, pero en el fondo sabía que sería injusto. Las intenciones de su padre a pesar de ser extrañas y repentinas, carecían de malicia. Tan sólo estaba diciendo lo que pensaba, lo cual resultaba ser endemoniadamente cercano a la realidad.
-Eres demasiado observador, papá –dijo Scorpius, fingiendo tranquilidad. Tomó nuevamente el tenedor y se llevó un poco de puré de patatas a la boca-. Lees bien a las personas. Supongo que eso ya lo sabes –sus ojos se encontraron.
Le había costado años tratar de comprenderlo. Finalmente, con un pie en la adultez y con otro en la adolescencia, se hizo una idea de por qué Draco Malfoy actuaba y era del modo que lo hacía. Nunca se lo había preguntado, pero optó por aceptar su propia teoría como la verdad: la única forma de criar a su hijo considerando lo que le tocaría vivir por los errores cometidos por su propio padre y él mismo, era dar un paso hacia atrás y ser un tramoyista de la vida de su hijo. Antes, lo veía como un maldito observador; pero estaba seguro que era un tramoyista. Una persona que en silencio y en las sombras, cooperaba con los preparativos para las escenas de la obra teatral. Cuando encontró un periódico antiguo arrumbado en un rincón de la biblioteca y preguntó quién era la tal Bellatrix Lestrange que se mencionaba en la portada, Draco Malfoy tuvo que contarle sobre los mortífagos y Lord Voldemort; cuando la carta de aceptación de Hogwarts llegó y preguntó cómo decidirían en qué casa entraría, Draco Malfoy lo llevó a pasear al enorme jardín de la mansión, y le contó sobre las rivalidades y prejuicios que podían acabar destruyendo a la escuela; cuando el abuelo prometió con desheredarlo por estar "saliendo con la niña Potter", como la llamaba, Draco Malfoy le mostró una llave y le dijo que cuando cumpliera la mayoría de edad le daría una bóveda de Gringotts con una pequeña fortuna sin importar lo que establecieran los testamentos y promesas familiares. Así era. Cuando Scorpius necesitaba respuestas para ingresar a una nueva etapa de su vida, su padre siempre encontraba el modo de acercarse a él y responderlas. Un tramoyista que salía a preparar la utilería y escenario para la siguiente escena.
Todo buen tramoyista, debía ser un excelente observador para tener una idea clara de cómo se desarrollaba la obra. Scorpius creía que esa capacidad la había heredado de su padre. A pesar no era capaz de decir que leía a todas y cada una de las personas alrededor de él (Rose era un buen ejemplo), sí tenía la certeza que podía hacerse una idea muy exacta del carácter y situación de muchas personas con sólo prestarles atención durante unos momentos. Aunque tenía la ligera impresión que el hombre ante él era mucho más perceptivo que él.
Una extraña sonrisa se formó en los labios de su padre. Fue raro verlo sonreír. Estaba seguro que podía contar con los dedos de las manos las veces que lo había visto. Aún así, Scorpius advirtió un brillo de diversión en sus ojos.
-¿Alguien te está obligando a comer? –inquirió burlonamente.
El tenedor con un pedazo de pollo se quedó a medio camino entre el playo y la boca de Scorpius. Estaba obligándose a comer, como si la acción fuera la más importante en su trabajo de fingir que la conversación que habían tenido no lo afectaba en lo más mínimo. Por supuesto que su padre había notado sus intentos por aparentar calma, y le hacía muchísima gracia los métodos empleados.
Enarcando las cejas, el hombre tomó el vaso y rodeó la mesa, llevando el vaso hasta el fregadero.
Aparentemente notó que ya había hablado lo justo y necesario, por lo que caminó hacia la puerta.
-Si tienes problemas para dormir, anda a mi despacho. Tengo una poción para dormir en el tercer cajón del escritorio –antes de salir se giró-. Bebe un sorbo pequeño y luego te vas a la cama. No quiero que tu madre crea que su hijo ha muerto.
-Lo que menos necesita el mundo mágico es que los niveles de estrés de Astoria Malfoy se multipliquen al doble –comentó, riendo. Su padre sonrió, haciendo un gesto con la cabeza a modo de despedida-. Papá, espera.
Ésta era una oportunidad en un millón. No todos los días podría estar a solas, conversando como seguramente ocurría con normalidad en otras familias. Y mucho menos Scorpius tendría el coraje para desvelar una de sus dudas más grandes del último tiempo:
-¿Crees que me parezco a ti?
Draco Malfoy había cometido muchos errores en su vida y no quería que su hijo hiciera lo mismo. Quizás por eso decidió convertirse en un padre silencioso, casi invisible y distante. Así se explicaba Scorpius la disfuncional relación que tenían. Quería creer que dentro de sus miradas escrutadoras y sus ausencias recurrentes, existía el deseo de no ver a su hijo arrastrado por la historia del apellido Malfoy. Draco admiró tanto a Lucius Malfoy, que olvidó sus propios miedos para llenar las expectativas de su padre. En cambio, si Scorpius no lo admiraba, entonces la historia no volvería a repetirse. Tan sólo sería una figura paterna distante y desconfiada. Alguien que no representaba un fin o un propósito en su vida.
-No –hubo una gran sombra de tristeza en su rostro. Aún así seguía sonriendo-. Me alegra que no seas como yo, Scorpius –parpadeó un par de veces, antes de suspirar-. Buenas noches, hijo.
-Buenas noches –dijo mientras la figura del hombre se perdía entre las sombras.
Sin ser realmente consciente de ello, Scorpius estaba llenando las expectativas de su padre: no ser como él.
Aquel descubrimiento le causó un sentimiento cálido, pero extraño. No sabía realmente si estaba feliz, triste, sorprendido o abatido. Y el cansancio, cayéndole nuevamente sobre los párpados, ciertamente no ayudaba mucho a esclarecer qué emoción le provocaba la confirmación de todas las suposiciones que hizo respecto a por qué su padre actuaba del modo que lo hacía con él.
Tal vez fuera agradecimiento y alivio. Agradecimiento y alivio por saber la verdad, y por comprobar que Draco Malfoy sí lo quería. A su modo, se preocupaba por él.
Ésa noche Scorpius se durmió apenas su cabeza tocó la almohada. No tuvo la necesidad de usar la poción para dormir, ya que aquel vacío que lo perseguía constante fue aplacado por una gran tranquilidad. Estaba seguro que no sería eterno, que al día siguiente nuevamente sentiría que había olvidado algo importante, pero era cómodo tener esa sensación reconfortante en el pecho.
Con la excusa de mostrarle el pueblo, Lily lo rescató del tormentoso ambiente que había en la casa. La señora Potter parecía saber a qué se debía el gran silencio en el salón, puesto que asintió y les dijo que podían tardar todo lo que quisieran. De seguro deseaba tener todo el tiempo posible para calmar los ánimos de su hermano.
El Valle de Godric era un pueblo muy pequeño. Parecía una versión en miniatura de Hogsmeade, aunque se notaba que era un sector plenamente residencial por la tranquilidad de las calles.
-Casi todo se encuentra en el centro. Por aquí simplemente hay casas… Ah, y el hostal –dijo la pelirroja, hundiendo un pie dentro de la nieve y pateándola-. Parece que somos los únicos despiertos –la casa de los Potter era la única con las luces encendidas-. El pueblo está lleno de ancianos.
Scorpius enarcó las cejas, observándola con diversión.
-¿Estoy hablando mucho, no? –preguntó, arrugando la nariz. Él asintió-. Lo siento. Está tan silencioso aquí que necesitaba llenarlo de palabras –sus ojos se dirigieron a la casa-. El silencio me estaba matando.
Se dirigieron a la plaza, el centro del pueblo.
La iglesia resaltaba a primera vista: era muy alta y antigua. Tras ésta había un cementerio que se perdía entre la oscuridad. Había leído en varios libros de historia que allí se encontraban enterrados importantes magos; tales como uno de los hermanos Peverell, dueño de una reliquia de la muerte, miembros de la familia Dumbledore y los abuelos paternos de Lily. Parecía un cementerio sin grandes lujos, con todas las lápidas parecidas y sin mantenimiento. Qué extraño que un lugar así mantuviera los restos de tan significantes figuras del mundo mágico.
Le llamó la atención que las luces de la taberna estuvieran encendidas. Al acercarse, se escuchó música y varias voces.
-Aparentemente los ancianos tampoco duermen –comentó, sacándole una gran sonrisa a la chica.
Llegaron hasta una banca que estaba ubicada en la misma plaza. Scorpius limpió la delgada capa nieve cubriéndola y se sentaron.
-Disculpa a mi familia –dijo, de repente. No podía verle el rostro, puesto que había apoyado la cabeza en su hombro. Su voz sonaba pesada, como si estuviera conteniendo lo que realmente quería decir-. Estaba preparada para enfrentarme a cada uno, pero nunca creí que tío Ron… -suspiró-. No creí que reaccionaría así. Digo, lo supuse, pero no pensé que sería tan maleducado como para gritarlo en la habitación contigua.
-Nos hubiéramos engañado si creímos que nada así ocurriría, así que no te disculpes –pasó un brazo por sus hombros y apoyó la mejilla en su cabeza. Inhaló el aroma a frutilla de su cabello-. De algún modo u otro se habría desencadenado lo mismo.
-Pero eso es lo que me molesta –replicó obstinadamente-. Los conozco y sé tan bien qué tipo de personaje son, que nunca pensé que realmente esto ocurriría.
-¿Personaje? –preguntó, confundido.
-Sí, personaje. Dentro de una numerosa y especial familia como la mía, cada miembro tiene un modo de actuar definido y predecible.
Scorpius lanzó una carcajada y la abrazó:
-Creo que tienes un lado demasiado Slytherin en ti –dijo, sintiéndose mejor que momentos atrás. Lily alzó la cabeza y le mostró la lengua juguetonamente para luego depositar un corto beso en la punta de la nariz. Scorpius sintió cosquillas-. Debes entender que el pasado nunca lo conoceremos bien. Hay muchos recuerdos dolorosos para nuestros padres, para tus tíos…
Gracias a su abuelo, él sí tenía un mejor conocimiento del pasado. Cuando éste se había enterado que su nieto salía con la hija de Harry Potter, lo obligó a escuchar varias historias de los días en que los Malfoy eran una de las principales familias que seguían a Lord Voldemort. De regreso en Hogwarts, no pudo ver a Hugo Weasley a los ojos durante semanas. No sólo hubo prisioneros en la mansión, sino que su madre, Hermione Weasley, fue torturada por horas en el mismo salón en el que Naomi le servía el té después del almuerzo.
No podía culpar al señor Weasley por sentirse así cuando tuvo que cenar con él. Sería muy difícil, por no decir imposible, olvidar los ensordecedores gritos de su entonces novia pidiendo piedad.
-Al menos a mis padres les caíste bien –Lily le sonrió con dulzura. Parecía haber notado que se encontraba sumergido en una serie de pensamientos nada placenteros y quería animarlo-. Y tía Hermione podría inaugurar un club de fans de Scorpius Malfoy. ¿Viste cuán emocionada estaba cuando supo que has leído todas las ediciones de "Hogwarts, una historia"?
Aunque Lily no supiera todo lo que había ocurrido entre sus padres y tíos, sí estaba en lo correcto cuando se enfocaba en ver su relación desde un punto más egoísta y simple: ellos. Sólo ellos dos. Porque ellos no era Draco Malfoy, ni Harry Potter, Hermione Granger o Ron Weasley. Ellos nacieron diecinueve años después. Una cosa era aceptar y convivir con las consecuencias del pasado, y otra muy distinta era tomarlas como si ellos lo hubieran cometido.
Sonriendo, Scorpius puso una mano en la parte trasera de su cuello y la atrajo hacia sí para besarla.
El frío lo golpeó en la cara, obligándolo a cubrirse hasta la nariz con la bufanda. No tenía ninguna preferencia sobre el clima o estación del año, pero no le desagradaba el invierno. O el frío, mejor dicho. Se sentía mucho menos ansioso, como si la brisa invernal invadiera cada órgano de su cuerpo y los obligara a funcionar a un ritmo más lento.
Recordó que la única vez que también había pensado en ello, fue cuando cenó en la casa de los Potter. La compañía de Lily fue muy efectiva, pero estuvo seguro que una caminata por las nevadas calles del Valle de Godric también jugaba un papel importante en calmar su humor.
Aquel día se había sentido claustrofóbico dentro de la mansión. Sabiendo que su madre no lo dejaría en paz hasta que consiguiera una respuesta concreta (¿por qué en este tema debía oír lo que su hijo realmente pensaba y no decidía por él, ignorando su opinión?), salió y se refugió en los jardines.
No tenía idea exactamente de cuánto tiempo llevaba caminando entre los árboles, arbustos, y diversas plantas cubiertas de nieve; pero a juzgar por el color azulino de sus manos, debía llevar un buen rato. Volvió a introducir las manos en el bolsillo trasero de los pantalones, observando distraídamente el paisaje. Nada había cambiado desde el verano. Tal vez el jardinero había puesto nuevas flores o hecho nuevos senderos para caminar entre la exquisita vegetación del lugar, sin embargo, con la gruesa capa blanca cubriendo todo, le era imposible identificar algún cambio.
Se quedó viendo el agua congelada de la pileta ubicada en la parte posterior de la mansión. Cuando pequeño siempre había querido patinar en ella y casi lo había conseguido, sino fuera porque uno de los elfos domésticos le reveló a su madre el plan. Fue su primer y único castigo. Tuvo que ir a la cama sin cenar. A pesar del hambre, se quedó dormido pensando que no importaba lo que opinara su madre. El abuelo le había dicho que en Hogwarts había un gran lago y que en invierno podría patinar en él todo lo que quisiera. Conseguiría su sueño de todos modos.
Las cosas eran tan simples en aquel entonces.
Inevitablemente, pensó en lo que le había dicho su madre hacía un rato atrás: en un ataque de frustración, Scorpius le había contado que sentía que había olvidado algo en Hogwarts y no conseguía saber qué era cuando trajo todo de regreso. Le dijo que estaba confundido y enojado porque no podía convencerse que era una locura extraña de su mente cuando sentía que era real. Algo valioso le faltaba y necesitaba tenerlo con él en ese instante.
-Eso suena a que extrañas a alguien, hijo –le respondió como si fuera algo evidente-. ¿Acaso…? –sus ojos se abrieron-. ¿Acaso extrañas a Lily?
-No, mamá –rodó los ojos, sintiendo que las mejillas le ardían-. Y no quiero que veas esto como la oportunidad perfecta para que te cuente cómo terminamos. Estoy bien.
Obviamente la mujer no hizo caso a lo último, y comenzó a golpearlo con miles de preguntas, dejando los preparativos de la fiesta de navidad completamente olvidados.
-¿Cómo vas a estar bien? Ha sido tu primera novia, tu primera relación seria y ya no están juntos. ¿Cómo es posible que esa chica te haya dejado? Eres el chico más guapo, inteligente, y adorable de todo el mundo mágico –dijo en una actitud maternal muy protectora-. Es imposible que estés bien si la extrañas. ¿Es que acaso tienes otra novia de la que no me has hablado? –soltó, riéndose como si hubiera dicho una broma-. ¡Tonterías! Necesitas desahogarte, querido. Tu madre está aquí para apoyarte.
Scorpius salió prácticamente corriendo del salón. Maldiciendo el hecho de no ser mayor de edad para aparecerse en otro lugar, abrió la enorme puerta de entrada y se fue a los jardines.
Ahora más sereno, no podía negar que todo lo que sentía sí se parecía a los síntomas de extrañar a una persona. ¿Pero a quién?
Definitivamente no se trataba de Lily. Con lentitud esa herida se iba cerrando y hasta le parecía ridículo pensar que se subconsciente la extrañaba. Tampoco extrañaba a Zabini. El dolor de la traición seguía latente como para hacerlo. Y mucho menos era Bulstrode. A pesar de necesitar conversaciones de índole más filosóficas y serias, donde podía sentirse bien al repudiar la estupidez de las personas en general; no podía decir que lo extrañaba. Lo vería en la fiesta de navidad.
La vehemencia con la que negó a los demás se extinguió rápidamente cuando pensó en la siguiente persona.
Agitado, Scorpius regresó a la mansión. Se le hacía más simple tener que soportar a su madre que tener que seguir pensando en quién extrañaba. La respuesta parecía estar ante él, pero no quería verla. No estaba preparado para hacerlo. ¿Por qué debería extrañarla? Sobretodo cuando la última vez que se habían visto no quedaron en los mejores términos como para idealizarla y sentir que era una persona importante que le hacía falta.
Eso suena a que extrañas a alguien, hijo.
No obstante, cuando esa noche le pidió a Naomi que hiciera flotar unas velas sobre su cama, describiendo un círculo, Scorpius tuvo que enfrentar la temida respuesta: la persona que le hacía falta, a la que había olvidado en el Bosque Prohibido con razones contradictorias y una indiferencia dolorosa, a la que extrañaba, era nada más y nada menos que Rose Weasley.
