Sirius nació con las hojas de otoño, las castañas y el chocolate. Cubierto por la estela de Orión, fue recibido entre seda, plata y la mirada brillante de Walburga Black, que con una sonrisa orgullosa lo cobijó en el calor de su pecho. Bajo el cuidado de cientos de elfos domésticos e institutrices, aprendió etiqueta, bailes de salón, a tocar el piano, política, genealogías, geografía, economía, literatura, historia, filosofía, lenguas clásicas y contemporáneas, y hechizos.

— Para mandar —le decía su institutriz—; es necesaria la ciencia, para obedecer basta una discreción natural, y a veces la ignorancia sola.

De la mano de Orión Black, padre, fue que comprendió que debía siempre mantener la frente en alto porque él nunca se equivocaría.

—El honor, hijo —exclamó—, ha de ser tu más grande aliado. Si lo sigues, jamás podrás errar.

De Walburga, que siempre sería la persona más importante en el salón de baile, de la que su opinión valiera más.

—Los Malfoy y los Bulstrode trabajan nuestras tierras desde hace siglos —explicó—. Mantenlos endeudados contigo y mantendrás tu poder. Y con poder.

—Puedo tener lo que quiera.

Walburga sonrió.

—Correcto.

Que siempre tendría más influencia, que su sangre, pura y regia, le conferiría más dominio terrenal que los demás.

— ¿Cómo te llamas?

Que podría tener lo que quisiera.

— Mi nombre es Sirius Orión Black, perteneciente a la Noble y Ancestral Casa de los Black, primogénito de Orión Black padre y Walburga Black.

Y luego terminó, contra todo pronóstico, con una tanda de tarados sin clase.

Lo mira sorprendido antes de sonreír con diversión. Se ríe ligeramente y dice con toda la seriedad que puede reunir—: Pues, Lord Black, mi nombre es Remus John Lupin, perteneciente a la Casa Lupin e hijo único de Lorraine Lupin y John Lupin padre. Mucho gusto.

Bueno, algunos no tanto. Para alguien sangresucia, por supuesto.

— ¡Sirius, apaga la jodida luz, carajo!

—Potter, que seas incapaz de levantarte no es asunto mío —dijo arrastrando las palabras—. Algunos sí queremos desayunar —se terminó de abotonar la camisa, intentó arreglarse la corbata, fijó su cabello hacia atrás con gel y salió de la estancia dando un fuerte portazo que hizo chillar a Peter y maldecir a James.

Sonrió con diversión mientras bajaba.

— ¡Black!

El cielo amaneció gris y tormentoso, llevando la misma carga de pasiones, cubriendo las cabezas de los estudiantes y llevando el aroma de la primavera que iniciaba. Al entrar al Gran Comedor, Remus lo recibió con el aleteo de pestañas, la mirada amarilla enfrascada en un libro y los dedos de pianista pasando por oraciones, escribiendo palabras, rayando frases. Suspirando, apretó los libros contra su pecho hasta que los nudillos se le pusieron blancos y fue caminando lentamente hacia su mesa, embebiendo la imagen de Remus distraído y con el desayuno olvidado con la mañana y la tormenta. Y cuando alzó su mirada, sus ojos brillaron del castaño amarillento y su sonrisa le dijo "Buenos días" con dientes blancos y labios rosados.

—Hola —dijo, intentando sonar sereno. Se sentó delante de él y dejó sus libros a un lado. Remus miraba los movimientos regios, la forma en que las manos ajenas temblaban ligeramente intentando lucir calmados y los dedos perderse con la corriente de aire. Le regaló una pequeña sonrisa que esperaba lo pudiera tranquilizar antes de devolverle toda su atención al libro. Escribía con la pluma las partes más importantes y fruncía el ceño cuando no entendía algo, ajeno al escrutinio, a la mirada anhelante y curiosa que Sirius tampoco sabía que tenía al observarlo, y que se había convertido en un pésimo hábito que no se podía quitar —. ¿Qué…? —Remus alzó la mirada y él la desvió, pasando su lengua por los labios de repente demasiado resecos para su gusto. Frunció el ceño ligeramente, enfadado consigo mismo, y reuniendo el valor que nunca lo había caracterizado y la circunspección de la que enorgullecía, dijo—: ¿Qué lees?

Su voz sonó ahogada, menos fuerte y autoritaria de la que le hubiera gustado, y con un matiz quizá demasiado tímido como para avergonzar a todos su ancestros. Los Black no balbucean, por Merlín. Remus se rio ligeramente y pasó el grueso libro por sobre la mesa. Pociones, Ingredientes Y Su Buena Preparación.

—Oh.

—Sí —exclamó, sonriendo con pena. Sirius apretó las manos en su regazo, demasiado concentrado en el sonrojo que cubrió las mejillas y la risa que pareció iluminar el cielo raso y los ojos brillantes—. No comprendo bien por qué es tan importante el corte en julianas, en dados o el tiempo de reposo o por qué debemos removerlo contra las agujas del reloj o viceversa —se encogió de hombros—. Supongo que el profesor nos lo explicará en su debido momento, pero me gustaría ir preparado.

Sirius se mordió los labios un momento, asintiendo a lo dicho; pero le parecía una duda tan básica que no entendía por qué alguien tan inteligente como Remus se paraba a pensar siquiera en eso.

—Bueno, es obvio —comenzó, intentando por todos los medios que sus palabras fueran suaves y ligeras. Que es Remus, no San Idiota Potter ni Señor Busca-medias—; cambia el sabor de los componentes, por lo que también lo hace la esencia mágica.

— ¿Y a qué se debe?

—No sé cómo explicarlo —frunció el ceño, pensando—. Es…por ejemplo, el cuerno de bicornio. Pulverizado funciona como estabilizador en la poción multijugos, su función es evitar que se efectúe una transformación completa y que por lo tanto pueda dañar al individuo; pero si lo agregamos en trozos, lo que creamos es un compuesto corrosivo muy peligroso. En el polvo lo que se hace básicamente fue mezclar todo el compuesto, pero en el otro caso…

—Solo sacamos una parte —continuó, sonriendo. Sirius le devolvió el gesto, satisfecho de que lo haya comprendido—. Entonces, lo que quieres decir es que los ingredientes tienen sustancias en su estructura que inhiben a las otras, creando algo que puede ser peligroso como también puede ser inservible.

—Exacto —asintió.

Remus se rio, encantado.

—Muchas gracias, Black —le apretó la mano un momento antes de soltarla cuando el grito de James: "¡Ya me levante, plebeyos!", resonó en el Gran Comedor; pero fue suficiente para que Sirius tuviera que aguantar la respiración y se quedara mirando su mano, preguntándose por la corriente de magia que se unió a la suya por un instante y la emoción envolvente y desconocida de la piel tocando la piel que con doce años no lograba entender del todo. Apretó la mano y la ocultó en su regazo, manteniendo la mirada en su plato olvidado de avena, decidido a ignorarlos todo el tiempo que le tomara terminar su desayuno. Remus, quizá dándose cuenta de su turbación, no le volvió a dirigir la palabra, lo que agradeció inmensamente porque le tardaría más de veinte minutos poder hablar sin que la voz se le quebrara—. Buenos días a ti también, James.

—Black, ¿es cierto que tus padres son primos? —dijo Clark Jordan, un estudiante de séptimo curso. Sirius apretó los dientes y se negó a caer en tan aberrante circo, estrujó sus libros y alzó el mentón, siguiendo su camino. Uno de los amigos de Jordan, Jeremías Parker, le bloqueó el pasillo. Sirius enarcó una ceja y suspiró, pensando en que debía irse y que la Biblioteca cerraba temprano los sábado. Hay que joderse.

— ¡Qué asco! —siguió—. Follarte a tu prima. Por Merlín.

— ¿No tienen nada mejor que hacer? —preguntó, destilando todo el desprecio que pudo. Sonrió con sorna y, cuando estuvo a punto de mandarlos a llorar, Potter, por supuesto, tuvo que malograrla.

—Eh, Jordan, métete tus preguntas por el culo —le gritó James, que bajaba las escaleras. Sirius puso los ojos en blanco, deseando internamente no haberse levantado ese día. Se puso a su lado y alzó la cabeza para mirarlos. Los tipos eran dos veces más grande que James (todo el mundo era más grande que Jimmy en esa época, Lunático), pero se mantuvo firme, más enojado que Sirius. Qué chico más raro—. Dos contra uno no es muy justo, ¿no crees?

—Bueno, ya llegó su novio para defenderlo —se burló Jordan. Sacó la varita y su amigo le imitó. Sirius abrió los ojos por la sorpresa y le jaló la camisa a James, que parecía haberse tomado muy en serio la idea de batirse en duelo con ellos. Es que es tarado, no le hicieron estimulación cuando era pequeño, joder.

—Potter, este es asunto mío —espetó más fuerte de lo que pretendía, pero a esas alturas no le importaba. Estaba intentando salvar sus traseros y Potter, que se quería zafar, no le ayudaba en nada. Puso los ojos en blanco. Dios, qué paciencia—. No necesito que me defiendas. Soy capaz de cuidarme yo solo, por si no lo sabías.

— ¡Black, no estás ayudando! —le gruñó en voz baja. Sirius frunció el ceño, mucho más ofendido de que el idiota de Potter se molestara cuando lo único que quería era que no los frieran a maldiciones que con los estúpidos que pensaron que solo con semejantes bromas de mal gusto lo intimidarían. Son de séptimo, saben más que nosotros. Por Merlín, apenas sabemos el Leviosa. Potter tiene que ser tarado—. ¡No sean maricas! ¡Comiencen, no les tenemos miedo!
— ¡Habla por ti! —le gritó.

No terminó nada bien. Sirius exprimió su cerebro por recordar todo lo que le hubieran enseñado, pero no fue suficiente y tanto James como él terminaron en el armario de Pociones, con frío y sin posibilidad de pedir ayuda a la una de la mañana. Fantástico.

—Esto no puede estar pasándome —gruñó. Se cogió la cabeza con ambas manos y suspiró con la ira renovada, toda dirigida al idiota con ínfulas de héroe que lo metió en ese aprieto—. Te dije que lo tenía controlado, ¿por qué no podías seguir tu camino y dejarme en paz?

—Oh, así que ahora todo es mi culpa, ¿no? —espetó James, indignado. ¡Encima! — ¡Todo esto no hubiera pasado si no fueras tan insoportable!

— ¡Solo lo hacen porque soy un Black! ¡Aun cuando fuera una mosquita muerta como tú no me dejarían en paz!

— ¡No es por eso! —su voz sonó cada vez más apagada mientras hablaba, volviéndose casi un susurro, como si él tampoco confiara mucho sus palabras. Al final, decidió bufar y sentarse al lado de Sirius, que no parecía inclinado a perdonarlo en un tiempo cercano—. Me dio rabia —le confesó—, rabia porque eres de primero y no tenías forma de defenderte, y por más que me digas que es mi culpa que estemos aquí, conozco a los de su clase, no te hubieran dejado en paz. Estoy feliz que al menos no estés solo —terminó, sonriendo y Sirius, que nunca lo había considerado alguien remotamente normal ni agradable, sintió que se le oprimía el pecho al ver al niño de once años con una valentía inquebrantable, una lealtad innata, demasiada bondad, demasiado honorable, que él no llegaba a entender; pero que podía, sino admirar, por lo menos encontrar su acción bastante loable. Bueno, para alguien corto de luces, por supuesto.

—Eres bastante raro —balbuceó al darse cuenta que lo había estado mirando por mucho más del tiempo del que era aceptable. James se rio y lo abrazó por los hombros, murmurando un "y tú un pijo creído y arrogante, y mira que nunca he dicho nada". Sirius le golpeó en el estómago y sonrió cuando James se dobló, haciendo como si le doliera.

—Oye, pero hablando en serio, Black, nunca supe que eras tan bueno en maldiciones.

Sirius se encogió de hombros con indiferencia y suspiró, sabiendo que no podría ignorarlo ahora que tendría que estar con él por todo una noche.

—Tuve institutrices toda mi vida, Potter, como tú, creo —frunció el ceño y lo miró—. Las tuviste, ¿no? Digo, eres el primogénito.

—Soy hijo único, mamón, nada de primogénito —Sirius enarcó una ceja y James bufó—. No, ¿feliz? Mis padres se encargaron de mi educación, como a una persona normal —dijo usando la voz mucho más suave y pausada, como si estuviera hablando con un niño. Sirius apretó los labios y James se rio—. ¡Vamos, Black, no seas tan denso!

Sirius abrió la boca para mandarlo al infierno hasta que James le palmeó la espalda y dijo:

—Ya, que es una broma. No tienes que estar en guardia conmigo. ¡Mira que terminé en este armario por defenderte! —sonrió y él, que estaba empezando a pensar que seguía siendo el mismo idiota de siempre, suspiró con resignación—. No te preocupes, Black, nos vengaremos —dijo, creyendo que Sirius estaba triste por haber sido encerrado—. Venga, no te pongas así.

—No me siento mal —murmuró—. Solo estoy cansado. Mejor hay que dormir, Potter.

—No, no, espera Black —le cogió del brazo e hizo que se volteara a verlo. Tenía la mirada brillante, enloquecida, y viraban por el suelo, recorriendo las grietas y manchas, la estela del sueño y de la noche que se acababa—. ¿Y si nos vengamos? Podríamos tratar.

—Potter, no sabes ni defenderte, ¿y quieres hacerles una broma a estudiantes que te doblan el tamaño? —preguntó incrédulo. No puede ser tan tarado. Pero James asintió tan entusiasmado que a Sirius le dolió un poco tener que cortarle las esperanzas—. No tenemos el conocimiento suficiente.

— ¿Entonces no defenderás el honor de tu familia, Sr. Lord?

Sirius puso los ojos en blanco y negó con la cabeza.

—Una cosa es el honor y otra el sentido de autopreservación y la inteligencia que obviamente no tienes —dijo. James frunció el ceño—. Vamos, Potter, usa la cabeza. ¿Qué podríamos hacer?

—No lo sé —se encogió de hombros al tiempo que Sirius trataba por todos los medios de no jalarse los pelos de la frustración—. Mira, Black, ponte a pensar en esto: no estábamos preparados para esta pelea, pero para la siguiente sabremos más.

—Y ellos también, genio —espetó—. Y no pienso permitir que me vuelvan a humillar.

— ¡Justo por eso debemos devolvérsela! —gritó—. Black, eres un blanco fácil, y no me mires así, que sabes que tengo razón —dijo al ver que Sirius enarcaba una ceja. Suspiró, irritado—. Sin ofender, pero no tienes amigos. Bueno, Remus no cuenta. Él es amigo de todo el mundo —dijo, luego de pensarlo un poco. Negó con la cabeza y lo volvió a mirar—. Siempre andas solo, vuelves muy tarde al dormitorio y eres un enano delgado y hablador.

—Gracias —espetó.

—Déjame terminar —dijo, sonriendo. Sirius puso los ojos en blanco, pero asintió—. Y por eso debemos mostrarles que puedes protegerte. Vamos, Black, ¿o eres marica?

Sirius frunció el ceño y lo empujó.

—No lo soy —gruñó—. Y entonces, ¿cuál es el plan? No estoy aceptando nada, Potter, no te emociones todavía —se apresuró a agregar—; solo quiero saber qué tan malo es tu plan para ver si merece la pena.

—Suficientemente justo —exclamó, asintiendo—. Bueno, esto es lo que pensé…

El profesor Slughorn los encontró a las ocho de la mañana, acuclillados uno al lado del otro, riendo porque "Por supuesto que colecciono cromos, ¿quién crees que soy?".

—No es mi culpa que seas tan subnormal.

—Mira quién habla.

A partir de ese día, Sirius caminó al lado de James. Hablaban en susurros, dibujaban en las esquinas de sus ratos libres, reían por la noche y cotilleaban por las tardes. James no se volvió a separar de su lado y siempre era el primero en saltar cuando alguien se metía con él, sintiéndose casi más indignado que el propio Sirius. Vamos, Potter, calma, que no me importa.

— ¡Soy James, coño! —se quejó, enfurruñado. Sirius se rio—. No es difícil, te lo juro.

—Es costumbre —decía para defenderse, encogiéndose de hombros, queriendo restarle importancia cuando la verdad era que le daba pena tutearlo. Jamás he tuteado a nadie. Bueno, mi hermano no cuenta, creo—. Ya se acerca el día —exclamó, cambiando de tema. James se rio y lo abrazó por los hombros—. ¿Tienes todo?

—Por supuesto que sí —canturreó—. Haremos que tengan el peor día de su vida, Sirius.

—Ya lo creo.

Fue en uno de los últimos días de clases antes de las vacaciones de Navidad que ocurrió. Sirius no había variado mucho su rutina de la mañana, quizá solo por el hecho de que dormía media hora más. No es un crimen dormir, Sirius; es más, es uno de los mayores placeres de la vida. Y que al salir intentaba no hacer tanto ruido para no despertar a James. No tanto a Peter, que consideraba la única molestia de su actual amistad con Potter. Es un mal necesario, se dijo mientras ingresaba al Gran Comedor. Y esa costumbre de ver a Remus un momento antes de entrar por el portal tampoco se la había podido sacar. Los ojos amarillos persiguiendo las palabras, la sonrisita que bailoteaba intentando escaparse y la forma en la que se mordía los labios cuando algo le daba gracia y no quería reír porque se vería muy raro. Su cabello con tirabuzones enmarcando la cara, los dedos buscando la cuchara olvidada y las pestañas rizadas y la dulce voz de Remus cuando decía "Buenos días".

Retuvo el aliento y caminó despacio, embebiendo la imagen de Remus distraído a las siete de la mañana. Y, contra todo lo que le gritaba su cerebro, fue el primero que habló.

—Hola.

Remus, luego de mostrarse sorprendido por un breve instante, le sonrió con calidez y dijo su habitual "Buenos días, Black".

— ¿Qué lees? —preguntó, sentándose.

—Orgullo y prejuicio, de Jane Austin.

—Oh.

Remus miró un momento su libro y luego a él antes de decidirse por cerrarlo y centrar los ojos cálidos en Sirius, que con el pasar de los meses sus expresiones y sonrisas se habían dulcificado, convirtiéndolo en un niño que para Remus era de lo más entrañable.

— ¿Lo has leído?

—No —dijo—. ¿De qué trata?

—Es de una historia de amor entre una chica del campo y un Lord —le contó, sonriendo y apoyándose sobre sus palmas.

—Oh —miró la portada del libro un momento antes de volverlo a mirar—. No parece una historia que tú leerías.

—Esto es más por placer que porque lo tenga que leer —se encogió de hombros—. ¿Habías escuchado de Jane Austin?

—La verdad es que no. No la tenemos en la biblioteca de los Black —frunció el ceño.

—Ten —le tendió el libro—. Ya lo leí y varias veces, pero tú no y eso me parece inconcebible —su sonrisa se ensanchó cuando lo vio tomarlo con un cuidado casi reverencial. Sirius acarició el empastado y repasó con los dedos el título escrito con hilos dorados—. Te lo regalo. Es una historia preciosa y de seguro querrás leerla de nuevo.

—Pero yo…

—Insisto —le interrumpió con cuidado—. Y cuando regreses de vacaciones, podrás decirme qué te pareció.

Sirius pareció pensárselo un momento antes de asentir.

—Perfecto —se cruzó de brazos mientras lo miraba, pensando—. Siempre pensé que te parecías mucho al señor Darcy.

— ¿El de la novela? —Remus asintió—. ¿Y eso es…malo?

—No, no lo es —le regaló una sonrisa divertida y cuando Sirius estuvo a punto de pedirle que le explicara a qué se refería, se escuchó una explosión seguida de un olor a huevo podrido y carne descompuesta. A ambos les dio arcadas, se taparon la nariz con las manos y miraron para todos lados hasta que vieron a dos de sus compañeros de séptimo año, Jeremías y Clark, volar por los cielos a base de estarse tirando pedos de colores. Sirius le tendió su bufanda a Remus para que se tapara y él, con los ojos iluminados por la diversión, se tapó la nariz con su camisa.

—Joder, Sirius, ya comenzó.

— ¿Ustedes han hecho esto? —preguntó Remus, incrédulo. James asintió, encantado con la situación y Sirius, ligeramente sonrojado, hizo una mueca de culpabilidad hasta que escuchó la risa de Remus —. ¡Por Merlín, están locos!

—Siempre estuvimos contigo, ¿sí, Rem? —le pidió James.

—Por supuesto. Estuvimos haciendo la tarea de Transformaciones —les guiñó un ojo y Sirius, que pensó que nada podría superar la imagen de él leyendo, se quedó sin aliento.

— ¡No jodas! ¿Teníamos tarea? —gritó James.

En el compartimiento que los llevaría de regreso a casa, James le enseñó a hacer un globo de chicle. No puedo creer que nunca lo hayas hecho, maldición. Remus les enseñó a eructar hasta la letra J y Peter, que había visto todo el proceso con la boca abierta del asombro, se rio tan fuerte que casi se atraganta con la rana de chocolate.

Cuando el tren paró, el primero en salir fue James. ¡Mamá, papá! Luego, Peter. ¡Eh, James, espérame! Y cuando no quedó nadie más, Sirius se armó de valor y le susurró un "Feliz Navidad" a Remus tan suave y lejano que casi se lo pierde. Él le sonrió con agradecimiento y le dijo:

—Feliz navidad para ti también, Sirius.

—Ten —le tendió una bolsa. Remus abrió los ojos, asombrado. Sirius se encogió de hombros—. También me diste un regalo.

— ¿Puedo abrirlo?

—Mejor hazlo en casa —pidió, sonriendo—. Ya sabes, es de mala suerte abrir regalos antes de Navidad.

Pasó los días montando sobre la escoba, escribiéndose con James y cuando llegó la mañana de Navidad, presuroso, abrió el regalo de Sirius. Era un dibujo de él en clase con el cabello despeinado y la mirada de carboncillo siguiendo la explicación invisible del profesor. Sonrió con cariño y lo colocó con cuidado en su cajón, pensando en cuándo habrá tenido el tiempo para hacerlo y cómo es que nunca se dio cuenta.

Su sonrisa no mermó en todo el día, para claro desconcierto de sus padres.

—Hola.

—Hola —le sonrió, nervioso. Se cruzó de brazo y suspiró—. ¿Y? ¿Te gustó mi regalo?

—Es muy bueno, Sirius —le confesó—. Me gustó mucho, gracias.

Y si le dio vergüenza admitirlo, desapareció cuando la carita de Sirius se iluminó. Retuvo la respiración y se sonrojó, odiándose por ponerse así. Soy tan lamentable, carajo.

—De nada.

— ¡Siri! ¡Rem! —gritó James al verlos desde la otra esquina del andén. Sirius no tuvo ni tiempo de voltearse antes de ser aplastado por un hiperactivo James, que se rio cuando ambos cayeron encima de Remus.

— ¡Potter! —se quejó.

— ¡Es James, coño!

Fue unos meses después de que regresaran a Hogwarts que comprendió por qué James se pegaba a Peter, por qué se desvivía buscándolo con la mirada y jugaba con él cuando nadie más le hacía caso. Era porque, al igual que como lo fue Sirius, era un blanco fácil. Era el más débil de los cuatro, el más pacífico, el más asustadizo, y eso lo convirtió en el punto de mira, en el eslabón más débil.

—Miren, allá va el gordinflón.

Sirius iba saliendo del Gran Comedor cuando vio a sus compañeros empujar a Peter, haciéndolo caer de bruces contra el suelo y pisando los libros esparcidos como si no valieran nada. Apretó los puños y fue hacia él, lo ayudó a pararse y cogió los libros, sin prestarles atención a los demás. Le dijo: "Vamos, Pettigrew", y se lo llevó lejos del pasillo. Cuando se dio cuenta que no había nadie más que ellos, le gruñó:

—La próxima vez los maldices —suspiró, intentando serenarse cuando lo vio encogerse—. Pettigrew —dijo esta vez más calmado—, son mocosos de nuestra edad, puedes con ellos.

—No quiero pelear —susurró horrorizado, como si la sola idea fuera descabellada. Sirius enarcó una ceja—. No quiero hacerle daño a nadie.

Sirius lo miró como si le hubiera salido una cabeza extra, pero no le dijo más. Allá él. Asintió y lo abrazó por los hombros, instándolo a seguir caminando.

—Venga, ve al cuarto. Te llevaré el almuerzo —le entregó sus libros y se dio la vuelta, avanzó unos pasos antes de decir—: Ni se te ocurra volver al Gran Comedor solo —le amenazó. Peter asintió y se fue caminando, presuroso.

Satisfecho, Sirius también regresó por donde vino, y cuando vio que los chicos que habían molestado a Peter seguían en la esquina, riéndose, los apuntó con la varita y murmuró un: "Solidoque eruptiones quaedam pusularum et asinum et stercoris odorem suavissimum", y automáticamente todos se llenaron de granos verdes y morados. Sonrió con macabro placer cuando escuchó sus chillidos perderse por las piedras del castillo y el inicio de la tarde.

—Agradezco a Merlín no ser tú, Pettigrew.

Se guardó la varita en la manga de su túnica y continuó su camino a las cocinas.

— ¿En serio? ¿Granos verdes?

—Y morados —añadió James, sonriendo—. McGonagall está hecha una furia porque no sabe quién lo hizo.

—Y no te olvides de Madame Pomfrey —exclamó Remus—. No sabe cómo quitarlo.

— ¿Y quiénes fueron?

—Los que te molestaron en la tarde —dijo Sirius arrastrando las palabras, sin despegar la vista de su libro. No se dio cuenta, pero los demás abrieron la boca, sorprendidos—. No se sale, por lo menos hasta dos semanas después —alzó la mirada y la fijó en Peter, que parecía más sorprendido de lo que debería—. Tienes que aprender a defenderte. Potter, Lupin o yo no estaremos siempre para cuidarte la espalda, Pettigrew.

—Bueno, creo que si le has puesto granos en la cara a alguien para defenderlo, puedes comenzar a llamarlo Peter —dijo Remus, que fue el primero en salir de su estupor, sonriendo con cariño—. ¿No es así, Pete?

—Sí, claro —balbuceó él, todavía sorprendido.

—Esa es la declaración más bonita que he visto en mi vida —se burló James—. ¡Eh! ¿Y por qué no has hecho algo así por mí, desgraciado?

—Porque no lo necesitas —dijo, sonriendo ligeramente.

Y por último, cuando la noche se rompió y su mirada no pudo encontrar la diferencia entre la tormenta del cielo y de los ojos que lo miraban con asombro y miedo, y que se perdieron entre los chillidos. ¡Váyanse! Entre los gritos. ¡Sirius, vámonos! Entre la noche. ¡Remus! Y cuando el día terminó con el suplicio, pensó en el cabello negro lleno de tirabuzones, en la sonrisa tímida y los "¿Qué lees?" que ya no volverán. Piensa y piensa y piensa. Piensa en el grito perdido de Peter. ¡Oh, Dios! En la palidez enfermiza de James. ¡Sirius, aléjate de él! En la mirada sorprendida de Sirius. ¡Remus! Y cuando siente las lágrimas picarle por las orejas, se da cuenta que luego de dos años, por fin lo ha llamado por su nombre antes de caer en la inconsciencia.


—Nosotros somos los Merodeadores —exclamaron al mismo tiempo—. Y por la presente, pedimos perdón de antemano al profesor Flitwitch por lo que vamos a hacer.

—Y el señor Lunático quiere aclarar que ha sido coaccionado a prestar colaboración—siguió Sirius con una sonrisa—. Pero todos sabemos que eso es mentira.

Hogwarts no había cambiado mucho desde la última vez que había recorrido los pasillos de piedra. Embutido en un traje que había conocido tiempos mejores y leyendo mientras caminaba hacia el aula de clases, esquivó una manada de sobreexcitados alumnos de primero y hechizó a Peeves cuando quiso tirarle un par de globos de algo que estaba seguro no era agua.

— ¡Insolente! ¡Insolente!

—También te extrañé —le respondió con una sonrisa.

Cuando estaba preparándose para ser profesor, recuerda haber hablado muchas veces con Sirius de lo que haría una vez pudiera entrar en el personal de Hogwarts, recorrer con besos traviesos y risas de medianoche, las torres lejanas, bailar por los salones atestados de alumnos, robar tiempo en las esquinas oscuras de la biblioteca y pensando y pensando en el mañana que no tendrían, hechizando a los profesores en sueños, haciendo que las voces del pasado se distorsionaran y crearan un mundo mejor del que tenían.

— ¿Te lo imaginas? Sería como cuando íbamos a clases, pero mejor porque ahora no nos pueden castigar.

—Pero sí despedirme, que vendría a ser peor—respondía—. Recuerda que ahora soy un maestro y no puedo dejarte hacer lo que quieras.

—Pero ser casi tu esposo debe de darme algún tipo de beneficios —le dijo antes de reírse cuando Remus le hizo cosquillas—. Vale, ya lo dejaré. Pero quiero que sepas que estás exagerando.

—No lo hago, solo estoy cuidando de que no me boten antes de tiempo —apoyó su cabeza entre los rizos de Sirius y cerró los ojos, suspirando. Apretó su abrazo y sonrió cuando Sirius se rio de nuevo—. ¿Crees en verdad de que me quieran dentro? Es decir, soy…bueno, nunca lo he tenido tan fácil, ¿sabes?

Y Sirius, con una sonrisa, se volteaba.

—Lo lograremos —rodeaba su cintura y dejaba que Remus lo aprisionara en un abrazo. Lo recuerda besando su mejilla, amándolo, tranquilizando sus miedos con miradas llenas de calma. Juntar sus narices, besarse con las pestañas, compartir momentos desaparecidos entre sábanas viejas y roídas—. Ya lo verás.

Trece años después, él estaba en Hogwarts; pero el Sirius que estuvo a su lado esa noche se esfumó con la primera helada, huye de su memoria y baila con los recuerdos muertos de su memoria.

—Todo saldrá bien, Lunático, ya lo verás.

Hogwarts no es como lo recordamos, le diría si pudiera, es mejor. Peeves se aleja con una mueca y Remus camina pavoneándose porque, por Merlín, que nadie ha podido plantarle los pies en todo esos años que él se ha ido. Cierra su libro con una mano les sonríe a sus alumnos de quinto año que lo miran con la boca abierta.

— ¿Se quedarán ahí parados? Venga, entren.

Con un movimiento de varita, los pupitres desaparecen y las ventanas se abren. Se saca la capa y la deja pulcramente colgada en el respaldar de la silla.

—Buenos días, soy Remus Lupin y seré su profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras —metió sus manos en los bolsillos y se encogió de hombros—. Como descubrirán en el tiempo que estemos trabajando juntos, prefiero realizar la parte teórica sobre la marcha. Comprenderán mejor y yo me ahorraré el problema de estar escribiendo en el pizarrón, así ganamos todos. Ahora, hoy realizaremos un hechizo básico y sencillo. Repitan conmigo: Expelliarmus.

Expelliarmus —corearon.

—Más fuerte —dijo. Al fondo, un par de cabezas pelirrojas se reían discretamente. No les prestó atención, más concentrado en la mayoría que sí le hacía caso—. Bien, ahora todos pónganse de a dos y empiecen a practicarlo con sus compañeros.

Murmuró un Moenia iuncis strata y miró a sus alumnos. A algunos les salía con más o menos suerte y otros no pudieron hacer más que una ridícula lucecita que desaparecía con facilidad.

—Tu mano está muy tensa —le dijo a Lee Jordan, que miraba a su varita como si le hubiera traicionado—. La magia es parte de ti, al igual que tus brazos y piernas. Así como le pides a tus dedos que se muevan, también lo tienes que hacer con tu magia —se posicionó detrás de su alumno y puso su mano en la que estaba sosteniendo su varita—. No digo que la pongas laxa, sino que la mantengas firme y segura —le apuntó a la compañera con la que estaba practicando y luego lo soltó—. Bien, ahora hágalo.

— ¡Expelliarmus!

Una luz roja salió de la punta de su varita y un minuto después, Milena Salvatore estaba desarmada.

—Muy bien —lo felicitó con una sonrisa—. Sigan practicando.

La clase transcurrió sin mayores incidentes una pacífica media hora hasta que, cuando estaba yendo a ayudar a Patrick Broderick, escuchó el susurro de la magia chispeante, errática, joven e incontrolable.

— ¿Y se puede saber de qué se trata? —preguntó, molesto.

—Nosotros somos una pandilla con principios —empezó James, sonriendo—. Por eso nos pareció conveniente avisarle.

— ¿De qué?

—De esto.

Y luego tres rayos salieron disparados hacia la cara del pobre profesor de Encantamientos que no se lo vio venir. Cuando se volvió a parar, el salón entero prorrumpió en carcajadas.

— ¡Sirius Black! —gritó, trinando de furia.

— ¡Eh, yo no fui el único!
— ¡Sí! —dijo Peter, riendo—. No se puede quedar con todo el crédito.

Remus lanzó un Protego por puro instinto y luego dijo: Malus tuus ero speculo, un hechizo que había creado luego de que James quisiera convertir sus piernas en patas de ganso. El salón se quedó en un silencio sepulcral hasta que se terminó rompiendo por un par de gritos y luego la risa de todos sus alumnos. Aunque una parte de él pensaba que se había pasado un poco, era tan pequeña que lo acalló con una risa de niño pequeño que no pudo controlar.

—Pero bueno, ustedes deber ser George y Fred Weasley —les hizo una burlona reverencia que hizo que Lee Jordan se doblara. Joder, paren, por favor, que me meo—. Me habían advertido que eran muy buenos con las bromas, pero si no pudieron alcanzarme con un hechizo tan simple y vulgar, no pueden considerarse unos verdaderos gamberros.

Sus plumas se erizaron, pero luego de digerir el primero golpe, sus orejas de burro cayeron y bajaron la cabeza, mirando sus patas de cordero lo que fue incluso peor.

—Para la próxima, espero que se lo piensen antes de intentar gastar sus bromas en mí —los miró con diversión antes de aplaudir y voltearse hacia sus otros alumnos—. Se terminó la clase —dijo y una sonrisa brotó de sus labios cuando escuchó los abucheos—. Para la próxima clase, quiero que todos me traigan un pergamino de 20 centímetros sobre las formas de uso que se le ha dado al Expelliarmus, y a ustedes —miró a los Weasley—, los espero mañana en detención por la tarde.

— ¡Pero mañana tenemos entreno de quidditch! —se quejó uno de los gemelos.

— ¡Sí!

—Eso debieron pensarlo cuando me tiraron el hechizo —les dijo—. Ahora, váyanse. Si mal no recuerdo, tienen Pociones y no queremos que Severus se enfade. Vamos.

El salón se fue entre gemidos, abucheos y risas que se perdieron cuando cerró la puerta. Remus suspiró feliz antes de volverse a voltear y para su sorpresa, los gemelos seguían parados en medio del salón con los brazos cruzados, enfurruñados. Remus, no sin pesar, pensó que se veían igual a James y a Sirius cuando una broma no les salía como querían.

— ¿Les puedo ayudar en algo? —preguntó con una sonrisa inocente con los que se había ganado a la mitad del plantel en sus años por Hogwarts. Por supuesto, esa táctica no funcionaba con ellos.

—Queremos…—comenzó uno de los gemelos.

—Que nos quite…—siguió.

—El hechizo.

Remus se permitió una última risa antes de volverlos a ver. Pobres, estaban tan rojos como la grana.

—Quiero hacerles una pregunta. Si el hechizo me hubiera dado, ¿me lo hubieran quitado?

Los dos gemelos asintieron vigorosamente, pero para su mala suerte, Remus sabía cuando dos prototipos de Merodeadores mentían.

—No, por supuesto que no. Ese será mi castigo.

— ¡Pero mañana ya vamos a tener detención! —corearon.

—Eso es un castigo por no haber hecho la broma bien —dijo despacio. Los gemelos lo miraron con diferentes grados de incredulidad y Remus se rio—. Vamos, yo en algún momento fui como ustedes; pero nunca lo he hecho a traición. Los bromistas también tenemos un código de ética, es hora que lo sepan.

Los gemelos lo miraron asombrados y se atropellaban mutuamente, preguntando, gritando, balbuceando.

— ¿Qué hechizo…?

— ¿Cómo…?

—Porque no es…

—Eso quiere decir que…

Remus frunció el ceño, extrañado.

— ¿Lo que evitó que me convirtiera en un híbrido de burro, cordero y pollo?

—Sí —respondieron al mismo tiempo.

—El código de ética solo aplica en personas normales, no entre amigos —les guiñó un ojo, sonriendo—. Vamos, váyanse de una vez.

Al pasar los meses, Remus sería uno de los pocos que podría identificarlos. Sabía, por ejemplo, que George era el más tranquilo de ambos, el que le sonreía por los pasillos y enarcaba una ceja cuando no entendía algo. Que Fred hablaba hasta por los codos, era el que incordiaba más en clase, el que se reía con más fuerza y que amaba y protegía con ferocidad a su familia. Eran igual de hábiles y le recordaban tanto a los Merodeadores que no pudo evitar quererlos como lo hizo, los encubrió de detenciones, los ayudó en algunas bromas y se rio con ellos cuando hechizaron a toda la clase para que su piel se volviera rosa. Ellos le devolvieron más de lo que Remus se sentía capaz de pagar que, el último día de clase, cuando George, solo por primera vez desde que lo conoció e intranquilo, se apareció en su puerta y le pidió que no se marchara, le sonrió con tristeza y le dejó un recuerdo que él atesoró por todo el tiempo que la vida le quitó a Sirius, y que pensaba que al menos podría compensar aunque sea un poco las risas, las alegrías y la esperanza y juventud que ambos gemelos le habían dado.

— ¿Qué es esto? —le preguntó. Era un libro en blanco con la pasta blanda y cubierta de estrías, caminos y grietas que contaban historias de años de detenciones, risas y paz, que se entrelazaban y unían en el símbolo de cuatro varitas dirigidas al cielo.

Remus sacó su varita y lo puso en el centro.

—Juro solemnemente que mis intenciones no son buenas.

Las páginas se rellenaron de letra prolija, noble y curveada. Sirius. De letra apretada, discordante, maniaca. James. De palabras sueltas, ilegibles a la primera leída y pequeña. Peter. De pociones, hechizos, de magia.

— ¡Es usted…! —balbuceó un momento antes de volver a mirar el libro con reverencia. Pasó sus dedos por la solapa, leyendo su historia, maravillándose del pasado, corriendo por el bosque de sus memorias con los Merodeadores.

—Ya no soy tu profesor, así que no me siento culpable al regalarte esto —volvió a apuntar al libro—. Terminé, ocúltate o alguien podría leerlo —guardó su varita y le apretó el hombro, sonriendo—. Gracias, George.

—Pero yo no hice nada, profesor.

—Me hiciste reír, eso es más de lo que pude pedir en todos estos años de guerra.

Cogió sus maletas y se fue, siguiendo el recorrido de piedras, tierra y gritos de adolescentes. Sonrió, llevándose la paz de saber que, aunque Cornamenta y Colagusano se hubieran ido para siempre, al menos había recuperado a Sirius.


— ¿Colagusano? ¿Sigues despierto?

James, acostado, le hizo señas a Sirius para que se acercara cuando no contestó e hizo el hechizo. Revela Domino alia forma. De la punta de su varita, salió un halo blanco que envolvió a Peter y segundos después, Colagusano movía su naricita, acurrucado entre las mantas.

— ¿La tienes?

—Por supuesto.

Sirius sacó una jaula de tamaño regular y cargó a Colagusano con cuidado para no despertarlo. En medio de la paja, se removió y volvió a dormir. James resopló, aguantando la risa.

—Ya, vamos a acostarnos.

Durmieron cuatro horas hasta que el chillido de la rata y la carcajada escandalizada de Remus los despertó.

—Pero qué mierda…

—Lunático, no hagas tanta bulla.

— ¿Colagusano?

La rata chilló, se puso en dos patas, se apoyó en los barrotes y comenzó a jalarlos, moviendo su naricita. Remus le sonrió, encantado.

—Qué lindo —se burló. Le acarició la cabecita con el dedo y Peter casi se la muerde. Se rio—. ¿Cuándo hicieron esto que ni me enteré?

—En la madrugada —respondió Sirius. Se sentó en la cama de Peter y cogió la jaula haciendo trastabillar a la rata, que le frunció el ceño—. Y que ni se te ocurra sacarlo, Lunático, porque como lo hagas, te rompo los dientes y dejo de hablarte.

—Y te sacamos de los Merodeadores por aguafiestas.

— ¡Sí!

Remus puso los ojos en blanco, le quitó la jaula de Peter a Sirius. Lo estás agitando, idiota. Y lo puso encima de la mesita de noche. James lo miró con desconfianza, dispuesto a lanzarse a su cuello si veía que abriría la jaula.

—Pese a lo que puedan pensar, no lo haré —se ríe—. Es más, creo que les hubiera ayudado si me lo hubieran pedido. Es gracioso, sin ofender, Pete.

La rata volvió a chillar, esta vez mirando con incredulidad y resentimiento al único de los Merodeadores que podía haber tenido media neurona en este asunto, se cruzó de brazos y frunció la nariz. James, impresionado, le palmeó la espalda a Remus, riendo.

— ¡Esa, Lunático!

— ¿Y cuánto tiempo lo planean dejar ahí?

—Todo el fin de semana.

—No jodan.

Sirius y James asintieron, contentos con que Remus se hubiera unido. Planearon muy bien qué decirle a los profesores. Resfrío y una fiebre de lo peor. Y acordaron que Remus debería ser el que lo comunicara.

— ¿Y ustedes por qué no?

—Tenemos una dudosa reputación.

—Y tú eres un lameculos profesional.

—Agradezco tus gentiles palabras, Canuto.

Sirius le guiñó un ojo y James asintió, como dándole la razón.

—Solo tenemos que hacerlo creíble por un día. Después, el sábado y el domingo, no hay necesidad de explicarlo.

— ¿Qué nos toca ahora?

—Clase doble de Pociones.

— Tenemos que entregar un ensayo —murmuró Remus y luego se encogió de hombros—. Le llevaremos el trabajo de Pete, no creo que se moleste.

—Sí, pero hay un problema.

— ¿Cuál es?

—Peter no hizo la tarea. Te iba a rogar para que se la dejaras copiar.

El grito de exasperación terminó despertando a la mitad de Gryffindor.

—McGonagall me castigó, espero que estén satisfechos.

—Lo sentimos, Colagusano.

—Tu culo lo siente. Pero no se preocupen, ya encontraré la forma de vengarme.

El día había empezado bien. Sus profesores les creyeron y ellos la pasaron en grande dándole de comer a la rata y riéndose cuando Peter ya no lo soportó y se meó en su jaula.

—Pobre tipo —dijo James aguantándose la risa.

Y luego llegó Transformaciones. McGonagall, pese a querer mucho a Remus, no se tragó la mentira, en parte porque sabía con quiénes se juntaba y por otra porque a lo largo de los años sabía cuando mentía para proteger alguna estupidez que su grupo hiciera. Puso los ojos en blanco al subir las escaleras del dormitorio de chicos, rumiando que "ya estoy muy vieja para soportar este tipo de cosas" y maldiciendo a "Sirius y a su grupo de vándalos". Necesitaba unas vacaciones de ellos. Nunca, en todos sus años de educadora, creyó encontrar un solo motivo que justificara su jubilación hasta que ellos aparecieron. En medio de las escaleras, Remus Lupin apareció con las manos alzadas y cargando una sonrisa de no haber matado ni una mosca que ella no se cree. Alza una ceja, dispuesta a pasar cuando él le dice: "Es que Peter está muy mal y es bastante contagioso".

—Hay bastantes fluidos desagradables y bacterias por todas partes. Y mucho moco.

Ella le lanzó la mirada más helada de su repertorio, pero eso no lo hizo ni pestañear. Claro, con los amigos que se carga. Puso los ojos en blanco y comenzó a mover su pie sobre la madera pulida, esperando que su alumno dejara de estorbarle.

—Señor Lupin, creo que es lo suficientemente inteligente como para darse cuenta que no me iré hasta comprobar con mis propios ojos el estado del joven Pettigrew. Con permiso.

Evadiendo los intentos cada vez más desesperados por hacerla abandonar su empresa, alza su falda y camina más rápido, escuchando el balbuceo sinsentido de su alumno. No queremos que se contagie. ¡Ja! Ni él se la cree. Luego, al estar al frente de la puerta, coge la perilla y antes de poder entrar, James Potter aparece con una sonrisa y dice: "Querida maestra".

—Apártese, señor Potter, si no quiere que le caiga una suspensión del equipo de quidditch hasta nuevo aviso —dijo con voz estudiadamente baja y siniestra. James tragó saliva—. Ya es tarde y aunque ustedes no lo crean, me gustaría regresar a mis habitaciones antes del amanecer. Hágase a un lado.

Y por fin le dejaron pasar. Al entrar, vio a Sirius Black arropando a Peter y cantando una canción de cuna que iba de unos duendes que se robaban a los niños que no dormían. Pettigrew, sudando y con los ojos inyectados de miedo, se delató solo. A McGonagall le daría pena si sus amigos no le hubieran hecho ya perder la paciencia. Se cruza de brazos y pone una expresión que piensa intimidaría a una piedra. Sirius le sonríe, indolente, y Pettigrew se esconde entre las sábanas. Suspira, pensando con irritación cuándo todos los alumnos de Gryffindor se volvieron tan idiotas. En mi época no éramos así. Negó con la cabeza, decepcionada.

—Señor Pettigrew, me alegra que ya se sienta bien —dijo destilando sarcasmo—. Como lo veo tan descansado, supongo tendrá la fuerza necesaria como para limpiar por dos semanas la lechucería. Sin magia —lo miró por encima de las gafas y Peter tragó saliva—. Y en cuanto a ustedes —se dio la vuelta y miró a los culpables de su retraso. Arqueó una ceja y torció los labios. Al menos, se dijo, Remus Lupin es capaz de sonrojarse por la vergüenza—; mañana estarán lo suficientemente ocupados siendo de conejillos de indias para las pruebas de pociones de primer año y al terminar, quiero hablar con usted, señor Lupin. Quiero recordarle que ocupa uno de los puestos de autoridad en esta institución y hoy su comportamiento ha dejado mucho que desear. Me ha decepcionado—bajó la mirada y se removió incómodo. Satisfecha, se dio la vuelta y miró a Sirius Black—. Ninguno de sus antepasados mostró un comportamiento tan inadecuado como el que me he visto obligada a soportar de usted por estos cinco años —dijo cansada. Él la miró herido un momento, apretó los labios ligeramente y abriendo la boca para decir algo que murió en su garganta. Bajó la mirada un momento antes de ponerse derecho y mostrar una máscara de inexpresiva frialdad. Se preguntó brevemente si lo habría aprendido de sus padres y qué le habría pasado a Sirius Black si el sombrero no hubiera gritado en el día de su selección, Gryffindor, con la voz tan decidida y firme como nunca lo había estado—. Mañana tendrás que limpiar la Sala de los Trofeos sin magia y supervisado por Filch. Espero que esto sirva de recordatorio, para todos los presentes, que pueden engañar a todos los maestros de Hogwarts que quieran; pero a su Jefa de Casa, no —los miró a cada uno y terminó diciendo—: Cuarenta puntos menos para Gryffindor.

Salió de la habitación, escuchando el gruñido de Pettigrew. "Todo esto es su culpa, pero me vengaré. Ya verán". Las risas de los Merodeadores. Vamos, Colagusano, no podrías hacerle daño ni al pedo de Jimmy, no jodas. Y aunque en su momento, creyó eran palabras vacías, luego de su castigo, en el desayuno, Remus, Sirius y James, se estuvieron rascando todo el día hasta que su piel se tornó de un interesante color púrpura.

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Bueno, un capítulo nuevo :3 Y sí, sé que no está muy romántico, pero todo se toma su tiempo, ya lo saben xD Como han visto, he saltado en tres tiempos, pasado, presente y luego al futuro-no-tan-futuro, no serán así todos los capítulos, pero estoy satisfecha con el resultado, ¿ustedes qué dicen?

Sin más que agregar, me despido.

Las amo! 3

Lupe Lorena Rosier

PD: ¿Alguien más se ha dado cuenta que a Sirius le di la educación de un príncipe? xD