7.- Reflexiones y peticiones.
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Hermione despertó sobresaltada sin saber porqué, pero tampoco quería recordarlo. Probablemente se trataba de una de sus innumerables pesadillas, o quizás, el hecho de que hace tan solo unas horas atrás había escapado de una muerte segura a través de un infame beso. Gruñó. ¿Cómo había hecho tal barbaridad? ¿Cómo había recurrido a algo así? Una parte de ella quería pegarse un golpe en la cabeza contra la muralla en castigo, y de paso, lanzarle un crucio a Malfoy por no dejarle otra escapatoria. Lo detestaba, y sólo ella sabía cuanto.
A pesar de que estuvo varios minutos bajo el agua, tratando de quitarse ese desagradable cosquilleo de los labios, éste permanecía ahí, intacto e invencible, martillándole la cabeza con la repetición de la imagen de aquel beso una y otra vez. Sin embargo, era otro el motivo de su desconcierto . ¿Por qué Malfoy no la había seguido? ¿Por qué la había dejado escapar?, sacudió con fuerza la cabeza tratando de espantar aquellos pensamientos. No era momento de pensar en ello. Habían otras cosas más importantes por las cuales preocuparse, como la extraña actitud de Harry.
Todavía era de noche y a su lado yacía él, estrechándola fuertemente por la cintura, abrazándola con posesión, como si quisiera asegurarse de que no se le fuera a escapar entre los brazos otra vez. Aún la tenía aturdida su súbito arranque pasional de unos instantes atrás, pues él no solía ser así. Si bien, era cierto que en las últimas semanas habían intercambiado algunos besos, estos no tenían ningún punto de comparación con aquellas desesperadas y asfixiantes caricias que Harry le había dado luego de volver a Grimmauld Place, donde por un instante, creyó que el muchacho estaba buscando algo más.
"Después de aquel breve intercambio de palabras, los labios del pelinegro se habían adueñado de los suyos, en un beso lleno de ansiedad y preocupación. Ella dejó que él explorara con la lengua cada recoveco de su boca, y también dejó que la apresara entre sus brazos, como nunca antes lo había hecho, recorriendo sus contornos desesperadamente.
Hermione sentía que se estaba asfixiando, que el aire que habitaba en sus pulmones ya no era suficiente para poder vivir, sin embargo, le era imposible resistirse a aquellas caricias, que la estaban quemando con cada segundo que transcurría.
–Harry... –jadeó al sentir sus labios deslizándose por su cuello.
Pero él no respondió. Al parecer, estaba demasiado concentrado en recorrer cada centímetro de su cuello y de acariciar con decisión su espalda. El cerebro de Hermione se desconectó por completo, y ni siquiera se percató de que él la había tumbado suavemente sobre la cama, y estaba encima de ella, llenándola de besos, recorriéndole el cuerpo con sus manos, cada vez con mayor intensidad.
Sintió el peso de las gafas caer sobre su pecho, y eso fue suficiente para alertarla de que algo demasiado extraño estaba ocurriendo entre ambos. Algo que no podía ser.
–Harry –dijo con toda la decisión que pudo–. ¿Por qué no... dormimos? Ambos estamos cansados y... y...
Otra vez estaba perdiendo la concentración. Los besos del muchacho estaban siendo tan intensos como embriagadores, y por un instante quiso abandonarse a su juego... pero no, no podía. Estaba mal. Muy mal.
–Harry –exhaló nuevamente, despegándolo de ella por los hombros.
No tuvo que decir más. Él pareció comprenderla de inmediato y se limitó a recostarse a su lado, atrayéndola por la cintura mientras con una mano tomaba las mantas y los tapaba a ambos.
–Buenas noches, Hermione –le dijo con un beso en la sien, como si nada hubiera pasado.
–Bue... buenas noches, Harry –respondió ella, demasiado confundida y aún con las pulsaciones aceleradas"
Habían estado tan cerca. Si ella no hubiera reaccionado... habrían... habrían...
Con cuidado, retiró las manos de Harry de su cuerpo y se deslizó por la cama en silencio, casi evitando respirar para no despertarlo. Una vez que estuvo de pie lo observó. Su cabello estaba más desordenado de lo habitual, y su pecho subía y bajaba con tranquilidad. A veces, no entendía cómo él podía mantener la calma a pesar de todo, aunque si lo pensaba más a fondo, era lógico que después de tanta pérdida y batalla, ya se hubiera acostumbrado a ese tipo de golpes.
Se puso sus zapatillas y bajó las escaleras hasta la cocina para tomar un vaso de agua, pero para su sorpresa, no era la única persona que estaba de pie a esas altas horas de la noche.
–¿Tampoco puedes dormir? –preguntó él, sin bajar el libro que estaba leyendo.
–Creo que ya dormí suficiente –respondió tomando asiento al frente de él–. ¿Qué lees?
–Una novela –contestó sin prestarle mayor atención.
A pesar de que Alexander se veía ensimismado en su propio universo, insistió buscando conversación.
–¿De qué trata? Es decir, me imaginaba que estarías estudiando algún libro de magia como siempre, pero jamás te había visto con una novela entre las manos.
–Mi madre era fanática de los escritores muggle, decía que la llevaban a un mundo mágico... ¿puedes creerlo? Una bruja diciendo eso, insólito –comentó bajando el libro hasta su regazo–. La mitad de nuestra biblioteca estaba compuesta por esta clase de libros, así que un día me animé, tomé uno y me fascinó. Desde entonces, siempre me hago el espacio para leerlos.
–Tu madre suena una persona muy especial –soltó melancólica, recordando a su propia madre–. ¿Qué es de ella?
–Murió.
Hermione se tensó. ¿Por qué siempre solía cometer esa clase de errores con Alexander? Desde que lo conoció, no había hecho más que decir estupideces, una tras otra, como si tuviera la especial habilidad de meter la pata sistemáticamente.
–No pongas esa cara, no importa –dijo él con una leve sonrisa, adivinando sus pensamientos–. Estaba muy enferma. Un día le sobrevino una falla multisistémica y su cuerpo no lo soportó.
–Lo siento.
Se miró las manos incómoda, el silencio se había vuelto a adueñar del ambiente. Él retomó su libro y siguió leyendo como si nada, mientras ella se levantó a buscar el vaso de agua que necesitaba y luego volvió a su lugar, observándolo con curiosidad.
–Y... –esbozó, tratando de recuperar el hilo de la conversación–. ¿De qué trata ese que tienes ahí?
Alexander elevó su atención por sobre las páginas, para fijar su atención en ella.
–Se trata de un hombre que al escuchar una canción, recuerda su juventud en los años sesenta en Tokio, donde existieron dos mujeres en su vida; una era la novia de su mejor amigo, el que murió trágicamente en un accidente automovilístico cuando aún iban en la escuela, y la otra, una compañera de universidad desenfadada, resuelta y bastante extravagante.
–¿Un triángulo amoroso? –inquirió ella, sorprendida–. Vaya, quién imaginaría que te gustaba el romance.
–No es un libro precisamente romántico, Hermione –repuso él seriamente–. Las dos chicas son completamente opuestas y marcan el proceso de madurez del protagonista. Naoko quedó fuertemente trastocada con la muerte de su novio, y vive recluida en un sanatorio mental, mientras que Midori es una bomba de tiempo en todo sentido. Imagínate lo que es estar prendado hasta el cuello de dos mujeres; una que logra sacar tus más profundos miedos e inseguridades, y otra que te revela cuan potente puede ser la fuerza de las pasiones y el sexo. Es como si al pasar las hojas, te vas dando cuenta que estás asistiendo a la tragedia de alguien más y no puedes hacer nada para evitarlo. A veces, me dan ganas de tirarlo por ahí y no seguir leyéndolo. En cierta manera me angustia.
–Entonces, ¿Por qué lo sigues leyendo?
El joven parpadeó como si se cuestionara lo mismo.
–¿Masoquismo? No lo sé, Hermione –dijo él en un suspiro–. Quizás porque es demasiado humana, y a la vez, demasiado factible ¿Nunca te has sentido atraída por dos personas completamente opuestas? –ella negó con la cabeza–. Ojalá nunca lo sientas, es lo peor que te puede pasar.
Ella quiso preguntarle si lo decía por experiencia propia o por lo leído, sin embargo, prefirió callar. No había tanta confianza entre ambos, aunque después de esta conversación, estaba segura de que habían dado un gran paso. De pronto, una idea vino a su cabeza y pensó que era el momento oportuno para revelarla.
–Alexander, ¿te puedo pedir un favor?
El aludido formó un gesto interrogante, pero que le indicaba que sólo debía formular la petición.
–Necesito que me entrenes.
–¿Entrenarte? –repitió dejando su libro definitivamente de lado, no sin antes marcar la página–. ¿Quién soy yo para entrenarte? Hermione, eres una bruja calificada, no hay nada que yo pueda enseñarte que ya no sepas.
–No me refiero a cuestiones de magia –negó con la cabeza–. Necesito que me enseñes a luchar, cuerpo a cuerpo, además, me comentaron que eras muy bueno con las armas y ...
–¿Pero no te estabas entrenando de esa forma ya? –interrumpió ceñudo.
–Sí, pero sola. Siempre he sido autodidacta. Sin embargo, creo que no puedo seguir avanzando si sigo así, necesito ayuda.
Alex apoyó la espalda en la silla y la miró con una sonrisa divertida.
–¿Quieres que peleemos físicamente? –ella asintió algo avergonzada–. ¿Por qué haría eso? Jamás le he puesto un dedo a una mujer y no podría pelear contigo en serio. Pídeselo a Potter.
–No. No puedo pedírselo porque no accedería, es tiempo perdido –dijo Hermione con un dejo de frustración–. Él no está de acuerdo con mi venganza, y tú me entiendes más que nadie, ¿cierto?
Él la miró suspicaz, sabiendo que estaba tratando de manipularlo, pero no se enojó. A Hermione no le quedaba de otra, y en cierta medida, sabía que él era su única opción y no podía darle la espalda.
–Está bien –suspiró rendido–. Pero después no te quejes. Ahora, anda a dormir. Mañana empieza tu entrenamiento.
Ella esbozó una amplia sonrisa. Por fin podría aprender a defenderse en serio.
–Gracias –dijo, levantándose para acatar la orden.
Subió los escalones sintiendo que estaba dando un nuevo paso, uno muy importante en sus metas...
Mas nunca imaginó que sus planes no eran nada frente a lo que el destino le tenía preparado.
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"Reconocía ese lugar. Reconocía esa ropa.
Estaba en las mazmorras, en plena clase de pociones y no entendía lo que ocurría, no debía estar ahí. Desde que había abandonado Hogwarts en sexto año, no había retornado al castillo. Sin embargo, ahí se encontraba, con un pergamino y una pluma en la mano. Compartiendo clases con los estúpidos leones, sentado a pocos metros del trío dorado.
"¿Qué no te moriste?" Se preguntó al ver a la comadreja peleando con la pócima de su caldero, mientras le echaba miradas furtivas a la sangre sucia, que se encontraba un puesto más adelante con el imbécil de Longbottom.
–Eso sería todo –dijo de pronto Snape–. Guarden el líquido en las botellas que les entregué al inicio de la clase y póngale su nombre. Debe reposar dos días y ahí sabrán si tuvieron éxito... o fracasaron estrepitosamente, como presiento que sucederá con el señor Weasley –agregó arrastrando las palabras.
El profesor salió del aula ondeando su túnica al aire y los alumnos comenzaron a retirarse de a poco, luego de etiquetar sus botellas y arreglar sus pertenencias. Pero él estaba inmóvil, clavado al piso extrañado, porque nada de lo que estaba sucediendo podía ser real. Él ya no era un crío que iba a la escuela, y muchos de los que lo rodeaban en ese instante deberían estar varios metros bajo tierra. En especial el pobretón, que con esa sonrisa estúpida le daban ganas de asesinarlo.
"Debe ser una pesadilla" se dijo convencido, esperando despertar a la brevedad, viendo como todos se marchaban dejándolo solo.
Sin embargo, oyó unos pasos acercándose, y al dirigir la mirada al origen del sonido se encontró con nadie más ni nadie menos que la detestable Granger, que se acercaba a él a marcha decidida.
–¿Qué quieres, sangre sucia? –siseó molesto.
Ella simplemente se limitó a mirarlo con una sonrisa traviesa dibujada en el rostro, y siguió acortando la distancia que tenía con él, que cada vez estaba más desconcertado.
–Yo creo que la pregunta exacta es... ¿Qué es lo que quieres tú, Draco? ¿Qué es lo que deseas? –ronroneó mientras jugaba con su corbata de una manera bastante sugerente.
"¿Draco?" Repitió anonadado, paralizado por la facilidad con la que pronunciaba su nombre. La pesadilla se estaba saliendo de control. Su inconsciente no podía ser tan descabellado, sobretodo considerando que lo único que existía entre ambos era el intenso deseo de liquidarse mutuamente.
–No ensucies mi nombre con tu asquerosa boca –amenazó empujándola contra un pupitre, aunque su voz no tuvo la potencia que hubiera querido. Todo era demasiado surrealista, y si podía matarla en los sueños, así sería.
Pero ella no parecía ofendida. Volvió a acercarse con una lentitud abrumadora, logrando amedrentarlo.
–Puedo apostar que no te parecerá para nada asquerosa después de esto –replicó tranquila, cruzando los brazos detrás de su cuello, besándolo lentamente y sin pudor.
Sentía que Granger le estaba succionando todo el aire con los labios, mientras sus pequeñas manos desordenaban su cabello y su cuerpo se acoplaba a él. Draco estaba inmovilizado, incapaz de responder a aquel arranque pasional de la rata de biblioteca, pero también, incapaz de alejarla, como si lo hubiera petrificado.
Debía sentir asco, lo sabía, pero estaba deleitado. Debía estar enfurecido, ¡por Merlín que debía!, pero sólo estaba impactado.
Pronto, ella se separó sin rastros de turbación en el rostro y caminó en dirección a la puerta, por donde luego apareció la colorada cabeza de Weasley, que al notar a la castaña sola con su enemigo, lanzó un gruñido por lo bajo.
–Hermione, ¿estás bien? –preguntó la comadreja ceñudo, mirándolo con desprecio.
–Sí, Ron –respondió ella–. Perfecto.
Granger se colgó del brazo del pecoso con una ternura tan fingida que a Draco le dio escalofríos. Sin embargo, antes de desaparecer por la puerta ella le dedicó una última mirada cargada de lujuria, modulándole un "te estaré esperando" que lo dejó completamente aturdido".
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Casi pegó un brinco de la cama: estaba soñando. Todo fue un prostituto sueño. No podía creerlo, esa impura se le estaba colando en la mente como una pequeña y molestosa plaga que debía erradicar a la brevedad, antes de que fuera peor, y algo en su interior le decía que podía serlo, que aquel sueño solo era la punta del iceberg.
Se incorporó hasta quedar sentado e inhaló profundo. ¿Por qué estaba soñando con ese ser inferior? ¿Por qué estaba soñando con Hogwarts? Aún su labio palpitaba de la hinchazón, recordándole ese fugaz beso que logró desarmarlo como el más potente de los expelliarmus. "Tengo que matarla, y pronto" se dijo.
–Maldición –masculló en voz baja, pasando la mano cansinamente por su cara.
–¿A quién estás maldiciendo ahora?
Una muchacha de largos cabellos rubios, iluminada solo por la luz de la luna, lo observaba con una sonrisa perversa desde los pies de su cama, mientras se abría lentamente la blusa que la cubría desde el botón de abajo hacia arriba. La parte inferior de su vestimenta ya no estaba, por lo que él podía deducir que yacía en el piso. Pansy no perdía tiempo.
–¿Qué haces aquí? –preguntó extrañado.
–Me escapé un rato de ese horrible cuchitril –respondió ella deslizando la prenda por sus hombros, para después subirse a la cama y gatear hasta quedar encima de él, sólo en ropa interior–. Estaba muy aburrida y necesitaba algo acción.
–Supongo que puedes volver más tarde, ¿cierto? –indagó Draco en un tono amenazador.
–Claro –susurró, comenzando a atacar el cuello de él con leves mordiscos.
–¿Dónde queda ese condenado cuartel? –preguntó impasible, ajeno a sus atenciones.
–¿Qué me das por esa información? –replicó Pansy juguetonamente.
Sin esperar otra palabra, la tomó con violencia por la muñeca y la volteó para quedar encima de ella, afirmándole los brazos por arriba de la cabeza, dejándola completamente inmovilizada y a su merced. Se acercó a su rostro con una lentitud tortuosa hasta llegar a su lóbulo, dejando que su aliento chocara contra esa tersa piel, mientras ella esperaba el próximo movimiento expectante.
–¿Dónde queda?
–Aún no me has dado nada.
Draco frunció el ceño pero nada dijo. Hundió su fría nariz en el cuello de su acompañante y lo recorrió a cabalidad, logrando que las pulsaciones de ella se aceleraran descontroladamente. Siguió bajando hasta la clavícula, sintiendo como el cuerpo de la muchacha se retorcía debajo de él, y cuando estaba a punto de llegar a su pecho, de nuevo se detuvo.
–¿Dónde queda? –insistió mirándola desde arriba con una ceja alzada.
–¡Por Morgana! ¡No te detengas! –exclamó frustrada.
–Pansy –soltó en tono irritado–. No voy a preguntar por cuarta vez.
Los ojos de Draco centelleaban ávidos de información, y Pansy sabía que no podría seguir con el juego a menos que le diera algo que lo calmara. Cuando él se obsesionaba con saber o tener algo, no había nadie que lo convenciera de lo contrario. Era imposible, y en el fondo, seguía siendo un niño caprichoso.
–Está bien, está bien –bufó resignada rodando los ojos–. No puedo decírtelo. Un maldito encantamiento me lo impide.
Lo escuchó gruñir.
–Entonces, ¿de qué demonios me sirve que estés allá? –siseó molesto.
–Te olvidas de algo, cariño –repuso ella sonriente–. Puedo traerte información de sus planes y debilidades. La ubicación de Potter y la sangre sucia. Y cuando me gane la confianza de los miembros de la orden del fénix, te los puedo entregar en bandeja de plata.
Luego de unos segundos de silencio reflexivo, volvió a hundirse en su clavícula como premio.
–Cierto –concedió.
Pansy cerró los ojos y lanzó un tenue gemido. La mayoría del tiempo, ella estaba segura de que era una persona independiente e insensible, sin embargo, en esas circunstancias lo único que sentía era una profunda y no declarada devoción a Draco, capaz de matar o morir a su lado sin siquiera pensarlo. Porque, más allá de sus habilidades en la cama, lo respetaba, y el respeto era el sentimiento más poderoso que podía albergar una serpiente.
–Es raro –le susurró él de pronto al oído.
–¿Qué... Qué cosa? –jadeó completamente perdida en sus caricias.
–No creí volver a follarme a una Greengrass.
Con una agilidad inesperada, Pansy se deshizo del agarre del rubio y se bajó de la cama, mirándolo con un odio inusitado. Su cuerpo temblaba de rabia y sus puños estaban herméticamente cerrados, tratando de contener las ganas de matarlo en ese mismo instante.
–Te prohíbo que pienses en ella mientras me tocas –amenazó seriamente–. Sé que eres un enfermo y siempre te sigo en todo, pero esto no te lo permito.
Draco se levantó también, con una sonrisa hipócrita.
–¿Por qué? –preguntó, apresándola por las caderas–. Después de todo, estás con su cuerpo, su rostro, su...
–¡Basta! ¡Es mi cuerpo, no el de ella! –chilló furiosa–. ¡Y quítame las manos de encima, maldito traidor!
Draco la soltó divertido y vio como ella buscaba su ropa tan ofuscada, que no se percató de que estaba al lado de sus pies.
–No te he dado permiso para retirarte –dijo arrastrando las palabras.
Pansy se limitó a regalarle una mirada cargada de resentimiento, y siguió tratando de encontrar sus cosas. Maldiciendo el momento en que se le ocurrió aparecerse ahí, arriesgando sus planes.
–Tranquila –le susurró Draco, abrazándola por la espalda–. Ven, mírate.
La tomó de una mano y prácticamente la arrastró hasta el baño, donde el reflejo mostraba a una mujer de cabellos negros hasta un poco más debajo de los hombros y un rostro facciones afiladas.
–¿Ves? Ya volviste Pansy. Recuperaste tu apariencia a penas unos segundos después de que llegaste –informó divertido.
–Pero...
–Sólo te estaba fastidiando –aclaró el rubio–. Estás demasiado sensible, te desconozco.
Bajó la mirada al piso avergonzada por su arrebato, y suspiró frustrada ¿Cómo no se había percatado antes?
–Deben ser los efectos secundarios de esa maldita poción multijugos –murmuró–. Es que no sabes cuanto la odio, Draco, ¡La detesto! ¡Incluso muerta!
–Tranquila.
Como si la estuviera compensando por el mal rato, la volvió a acariciar con maestría, mientras ella miraba el reflejo de ambos en el espejo. Vio como mordisqueaba su cuello y como sus manos la moldeaban lentamente, apretando los lugares precisos para hacerla cerrar los ojos. La devolvió entre besos ardientes a la cama, dónde la recostó sin oposición de su parte, deshaciéndose de sus prendas con los dientes.
Pero ella no podía dejar de pensar, por mucho que trató de desconectarse. Pansy aún sentía en su interior un parido odio hacia Astoria, pues a pesar de que muchas habían caído en las redes del mortífago, ella era la única mujer que abiertamente le había declarado la guerra por la atención de Draco, la única que aspiró a ser algo más que una aventura ocasional, y eso la enfurecía. Pero ese odio se fue borrando a medida que Draco se apoderaba de su cuerpo, recordándole que ella había ganado... y Astoria estaba muerta.
"Y dime algo ¿ya te quitaste las ganas con ese sujeto?" resonó la voz de Draco en su cabeza, ya que al parecer, sus labios estaban ocupados en otra función, bajando por su pecho, llegando hasta su vientre.
–No sé de qué hablas –le respondió a duras penas.
"Tú sabes mejor que nadie que no soy un estúpido" la voz de el rubio sonaba divertida, mientras le mordía el muslo izquierdo, arrancándole un grito, "Y que puedo sondear tus pensamientos sin que lo notes",ella se afirmó de la colcha que estaba bajo su espalda, arrugándola en su puño. "No te confundas, no soy un tipo celoso, pero me llama la atención que ese pobre incauto se haya ganado todo tu interés solo por el hecho de sobrevivir".
–Es... solo... un... capricho –jadeó en voz alta, mareada, percibiendo como sus bragas se deslizaban camino al sur.
"No te estoy pidiendo explicaciones" aclaró Draco, subiendo hasta quedar a la altura de su rostro, "Así como tú no puedes pedírmelas a mí" añadió mirándola fijamente, antes de hacerla suya una vez más, sin aviso previo, invadiéndola en lo profundo.
Pansy nada dijo. Se tragó sus palabras y se dejó llevar por las sensaciones que Draco le provocaba, por las descargas eléctricas que sentía cada vez que estaba con él y por el calor intenso que la consumía cuando ambos se fundían en uno. Sin embargo, en el fondo ella estaba consciente de que si fuera al revés, no descansaría hasta destruir a la maldita de turno que se interpusiera entre ambos.
Porque ella sí era celosa.
Destructivamente celosa.
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–Levántate.
Alexander la miraba desde arriba con seriedad y sin pizca de cansancio en el rostro, mientras ella estaba empapada de sudor tirada como estropajo en el piso, vencida por el pelinegro por decimoquinta vez. Llevaban toda la mañana entrenando, pero a ella le parecían semanas. El cansancio era exorbitante, pero eso no importaba. Para su fortuna, Alex era un maestro implacable y eso era justamente lo que necesitaba.
A duras penas se levantó otra vez, colocándose en posición de combate aunque sus brazos ya estaban acalambrados.
–Tienes que mantener firme la empuñadura, Hermione –reprochó el muchacho–. O sino, es demasiado simple desarmarte –agregó, despojándola de un solo golpe de su alargada espada.
Hermione la vio caer y rodar por el piso, suspirando frustrada.
–No entiendo, ¿por qué te vas a lo difícil? –reclamó, colocando ambas manos en jarra–. Podrías partir por la defensa personal y no por las armas.
–Las armas me producen menos rechazo que pelear contigo a puños –explicó encogiéndose de hombros–. Además, es un arte mucho más enriquecedor.
–Ya... –contestó ella entornando los ojos–. Pero no siempre andaré con una espada a cuestas, ni tendré fácil acceso a una cuando esté en plena pelea.
–Hermione –suspiró él, perdiendo la paciencia–. Hazme caso, ¿quieres? Tus reflejos serán mucho más rápidos después de que aprendas a utilizar una espada, y por otro lado, tus brazos se están fortaleciendo con el ejercicio.
–Está bien –bufó resignada–. Confiaré en tu criterio.
–No te queda de otra.
La muchacha volvió a tomar la espada entre sus manos, planeando alguna manera de traspasar aquella muralla impenetrable que era Alexander Bleu, cuando la presencia de una tercera persona la detuvo en plena maniobra de ataque.
–¿Qué se supone que están haciendo?
La voz de Harry sonaba dura y molesta, y sus orbes verdes relampagueaban mientras los miraba alternativamente. El niño que vivió tenía sentimientos encontrados respecto al auror, y no estaba equivocado. Tanto él como su amiga estaban mal enfocados en la finalidad de la guerra y para peor, se potenciaban el uno al otro. Se habría esperado un comportamiento de esa clase de sí mismo, pero no de la Hermione que él solía conocer. No de aquella muchacha de mirada cálida que era la voz de su conciencia.
Sacudió la cabeza recordándose porqué la buscaba, anotando mentalmente que este tema debían discutirlo por la noche.
–No me respondan –agregó–. Necesito que vengas conmigo, Hermione. Tenemos una visita inesperada.
Ella asintió y se acercó a Alexander para devolverle la espada, susurrándole un "gracias, mañana seguimos" mientras Harry fulminaba con la mirada al muchacho. Ambos se retiraron caminando apresuradamente y Alex los vio partir clavado en su sitio, pensativo.
–Vaya... –soltó una voz a sus espaldas–. Eres muy talentoso, Alexander.
Él se giró para verla aunque ya sabía de quién se trataba. Esa suave voz se había grabado en su memoria, pero en cierta medida lo consternaba, pues los movimientos de la rubia a veces le parecían demasiado familiares, y no en el buen sentido. Además, estaba aquel súbito beso de "agradecimiento", ¿Qué pretendía esa mujer?. Su instinto le indicaba que por muy descabellado que sonara, no podía confiar en ella.
–Astoria –esbozó en un suspiro–. ¿Se te ofrece algo?
–No, simplemente estoy sorprendida de que tengamos tantas cosas en común –contestó ella encogiéndose de hombros–. Me fascinan las espadas. Mi padre me enseñó a usarlas.
–¿Ah, si? –inquirió desinteresado–. No te imagino con una en las manos.
Si Pansy hubiera tenido una varita en ese instante, le habría lanzado un crucio por insolente, pero claro ¿Qué podía esperar si su apariencia era la de la estúpida de Astoria?. Respiró hondamente antes de contestar, invocando la paciencia que no tenía.
–Podría sorprenderte. ¿Quieres probarme?
El desafío había sido lanzado, y ella sabía que no estaba siendo racional. Astoria Greengrass en su vida había movido un dedo y ahora estaba ofreciendo un duelo como si nada. Pero para su sorpresa, una sonrisa nació en los labios del pelinegro, quien después de unos segundos respondió encantado.
–Por supuesto.
Alex le estiró la espada que hace pocos minutos usaba Hermione, y Pansy la tomó con decisión, prometiéndose que después de aquella pelea el muchacho no la encontraría para nada delicada.
Por el contrario.
Le daría una lección.
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Continuará.
