Kristine se vistió muy despacio. Aún era noche cerrada, pero no tardaría demasiado en amanecer. Llevaba su traje de cazadora. Se lo había comprado no mucho tiempo atrás a los mercaderes con cuidado de que no le viera nadie que pudiera delatarla. Estaba prácticamente nuevo, porque no muchas veces lograba escaparse. Se sentía muy cómoda con el fino y suave cuero ciñéndole la camisa. El pelo se lo había recogió en un tirante moño alto, y al mirarse en el espejo, le gustó lo que vio. Sintió un momento de vértigo al confirmar que iba a formar parte de la orden de los Jinetes de Dragón. Sentía tal felicidad, tal honor,... Pero la realidad no era tan halagüeña. La realidad era que a su pequeña cría, un ser del que sólo sabía que cada día querría más, no podría volar. No al menos que encontraran al grupo de elfos que debían curarlo. En teoría no era algo difícil, sobretodo con la ayuda de Murtagh, alguien que vivió las guerras del Renacer, que participó en ella. Pero, sin embargo, algo le decía que no iba a ser sencillo. Quizá se debía al a extraño color de su palma, que sabía que no era normal. Le preguntaría a Murtagh o a quien fuera si había antecedentes. Desde luego, no venía en nada que ella hubiera leído antes.

La estaban esperando en el patio. Murtagh, con ropas nuevas, estaba cargando el equipaje en las alforjas de Espina, que se encontraba algo apartado de la puerta. Se veía que no estaba dispuesto a acercarse demasiado a la gente. Aunque tampoco es que hubiera mucha: sólo estaban Aminio y un par de criados, aquellos que más aprecio le tenían a Kristine.

—Te echaré mucho de menos, mi niña —dijo el anciano.

—Esta será la última vez que nos veamos, ¿verdad, profesor?

—Sí, querida. Me gustaría vivir lo suficiente para que regresaras con más historias de las que yo te he enseñado a ti, pero no creo que lo consiga.

Kristine abrazó a su educador y amigo. Al menos agradecía que su último recuerdo de él fuera ese, y no uno en el que se viera completamente demacrado.

Murtagh había terminado e instó a la chica para que se diera prisa. No parecía estar preparado para la paciencia.

Ella le echó un último vistazo a su hogar. Sabía que lo añoraría un poco. Sólo un poco. Ahora se daba cuenta de que lo que había sentido en aquel lugar era claustrofobia. Por eso sólo se encontraba bien a media altura de las montañas, desde donde podía ver gran parte del valle y aventurar el fin de éste.

Una pequeña corriente de aire frío le acarició la cara y sintió impaciencia por empezar su viaje. Así que se colocó el arco (su herencia más preciada) a la espalda y mirando a quienes habían ido a despedirla susurró "Adiós"; corrió hacia el inmenso dragón rojo, que con la oscuridad de la noche parecía un río de sangre. Espina se agachó para facilitar la subida hasta su lomo. Primero subió Murtagh para mostrar a la chica cómo tenía que hacerlo y ayudarla a montar. En la alforja derecha estaba su pequeño dragón dormido.

—Agárrate —dijo Murtagh.

Ella obedeció y Espina extendió las enormes alas, despacio, a cámara lenta. Y de repente, dio un salto que los elevó a toda velocidad. El viento silbó en los oídos de Kristine, que cerró fuerte los ojos y sintió un vértigo como no había sufrido antes. Con cada aleteo, su barriga se encogía y cada vez se apretaba más y más a Murtagh, que se reía con el miedo de la muchacha. Parecía que no pararan de subir. Comenzaba a arrepentirse.

Finalmente, creyó que todo se estabilizaba. Notaba de vez en cuando el movimiento de las alas del dragón, además del viento acariciándola.

—¡Ya me puedes dejar respirar! —gritó Murtagh para hacerse oír.

Relajó un poco los brazos y se atrevió a echar una mirada. Ante sí tenía todo el Valle del Palancar. En realidad, para ser concretos lo tenía debajo, a una distancia imposible. Con la oscuridad de la noche apenas distinguía el suelo.

Se sintió, de repente, poderosa. Sabía que tenía una vista privilegiada, que pocos habían podido disfrutar antes de aquella genial perspectiva. También sintió el júbilo de la pequeña cría, que asomaba la cabeza por un hueco de su bolsa, ya despierta. Rió por la dicha de los dos.

Volarás, pequeño. Te prometo que volarás.

A medida que amanecía, los colores cambiaban y les daba una nueva visión de un mismo paisaje. Avanzaban por el valle y con ellos el día. No hablaban, y resultaba un viaje tranquilo y placentero. Salieron de entre las dos sierras, y pasaron por al lado del monte Utgard, donde vieron un puesto de montaña inaccesible (al no ser que fueran volando, claro), dando paso a una extensa llanura nervada por afluentes del río Ninor. Cuando el Sol estuvo en lo alto, Kristine hizo notar su necesidad de parar. Ya se asomaba el reflejo azul del cielo en el lago Isenstar . Espina sobrevoló la alboreda que crecía gracias al agua dulce que bañaba aquellas tierras, hasta que encontró un pequeño claro.

No era muy amplio, pero cabían todos y la cría podía corretear un poco. La chica se alejó unos metros en busca de intimidad, y al volver, vio que Murtagh ya había comenzado a preparar un cocido con las carnes tiernas de las que se habían provisto en el castillo. Estaba sentado en un gran tronco roto cerca del fuego, relajado y encorvado.

—¿En qué puedo ayudar?

—No hace falta —respondió, así que la chica se sentó en una roca cercana.

Se veía que él tenía mucha práctica en la cocina en mitad de la nada. Kristine, en cambio, sólo sabía asar conejos y aves pequeñas pinchadas en un palo. De modo que lo estuvo observando. Como era verano, resultaba molesto el calor de la pequeña candela. Entonces cayó en la cuenta de que no había tenido frío allá arriba.

—Murtagh, una pregunta: si hemos estado volando casi tan alto como las nubes, ¿por qué no he sentido frío ni me he mojado?

El interpelado removió la sopa cuatro o cinco veces antes de contestar.

—Lancé un hechizo.

—Ajá. ¿Es difícil hacer magia? Bueno, sé algunas reglas, como que un hechizo requiere la misma energía que si hicieras esa cosa por ti mismo, y que hay que utilizar el idioma antiguo y que no se deben resucitar muertos y que no se deben hacer hechizos absolutos, aunque eso no sé qué es lo que significa. ¿Es cierto?

—Más o menos —dijo, tras otros segundos.

Kristine entendió el mensaje: no tenía ganas de hablar. Así que intentó estar callada, viendo cómo Murtagh echaba tres ramas de hierbas que servirían de condimento, como romero y albahaca, y jugueteando un poco con el dragoncito. Por lo normal, ella solía pasar muchas horas con la sola compañía sonora de los pájaros, ya fuera leyendo en el jardín, dando paseos o en las montañas. Pero aquel silencio la estaba matando. Es decir, ¡era Murtagh Morzanson! No podía permitirse perder un segundo de sus palabras. Tenía que llamarle la atención como fuera. Y decidió que tendría que sacar ese descaro que, por lo general, solía tener recluido sin ningún esfuerzo.

—Oye, tito Murtagh, ¿te gusta el cazar con arco?

Diana. Él levantó la mirada con una expresión de total desconcierto.

—¿"Tito Murtagh"? —preguntó levantando la ceja.

Ésta vez no tardas en contestar, ¿eh? pensó Kristine.

Además, Espina hizo unos extraños ruidos que la chica interpretó como risa. Así que intentó seguir por ese camino.

—Bueno, he atado cabos: quedamos en que Eragon es tíobisabuelo mío por parte de su madre, y tú eres hermano suyo, supongo que también por parte de madre. Es decir, que eres mi tíobisabuelo, ¿no?

—Sí, es así —dijo, y se quedó pensativo—. Es algo inquietante. ¿Sabes? Nunca me he parado a pensar en que tenía más familia que Eragon. Ni siquiera contaba a Roran, porque nunca lo conocí; menos a su descendencia.

Le había sacado varias frases. Iba bien.

—Pues mírame a mí: antes creía que sólo tenía a mi odiosa madre, y ahora resulta que tengo por tíos a dos Jinetes de Dragón. Y no dos cualesquiera. —Entonces, se quedó pensativa ella— ¿Cómo es posible que se os mencione tan poco en la Historia? Hay guerreros de los que se nombra toda su ascendencia y descendencia, ¿por qué nunca he leído que fueras hermano de Eragon o primo de Roran Martillazos?

—No lo sé.

Otra vez respuestas cortas.

—¡¿Cómo puedes no saberlo?

—¡He dicho que no lo sé! ¿Me ves cara de haber escrito esos libros? —bramó.

Había conseguido enfadarlo. Kristine se encogió bajo el alto y violento tono de voz del hombre. Se dio cuenta de que no debería haberlo presionado. Había confiado demasiado en la relativa amabilidad que hasta entonces había mostrado Murtagh. Pero en realidad, lejos de amedrentarse, había sacado su mal humor.

—¡Tampoco hace falta que me grites! ¡¿Por qué eres tan huraño?

—¡No estoy siendo huraño! Simplemente no estoy acostumbrado al trato con la gente. Y en cualquier caso acordé con Eragon que te llevaría hasta él, no que tendría que mantener conversaciones contigo.

—Oh, vale, entonces nos vamos a pasar tres días más los que queden sin hablar. Qué bien —dijo con sarcasmo.

—Así es. Y si no te gusta, te das la vuelta y viajas con los elfos.

Aquello le dolió a Kristine. Se quedó mirando cómo Murtagh fijaba la mirada en la olla y la removía. Ella no sabía de cocina, pero intuía que no era necesario marear tanto el caldo.

—Perdona por haber creído que te caía bien —soltó con la voz acerada.

Clavó la mirada en el suelo. Pero no conseguía mantenerse callada.

—¿Sabes? Cuando pensé en si debería echar o no algún libro para entretenerme, decidí que no, porque tú podrías contarme cosas nuevas, cosas que no hubiera leído u oído antes. Pero ya veo que no.

—La vida es una desilusión tras otra. Ya ves: hace dos días soñabas con ser Jinete de Dragón, y ahora lo eres, pero de un dragón tullido e inútil. Qué gracia, ¿no?.

—¡No te atrevas a hablar así de él! —Le gritó levantándose de la roca— Pero, ¿se puede por qué eres así de estúpido?

—¿Acaso no puedes entender que, simplemente, no quiero hablar contigo?

—Pues no, no puedo entender que te hayas pasado setenta y cinco años fuera de Alagaesia y no se lo quieras contar a tu recién encontrada sobrina. No puedo creer que después de haberte pasado tanto tiempo sin hablar, no tengas ganas de volver a hacerlo. Y no puedo creer que no quieras canjear toda esa información por la que puedo darte yo a cambio sobre lo que ha pasado por aquí.

Él se quedó pensando un momento, con la cara seria y mirada de mal humor.

—Está bien —dijo al fin, aunque claramente no le hacía gracia—. No tengo ninguna escusa para no compartir contigo una conversación.

Qué respuesta más extraña pensó Kristine.

—Ten cuidado con qué preguntas, porque no tengo mucha paciencia. ¿Qué quieres saber?

—¿Dónde habéis estado?

Él inspiró profundamente y se relajó un poco.

—Hemos estado viajando por el norte.

—¿Qué habéis visto?

—Hemos visto paisajes bellísimos, supongo; descubierto flores que no puedes ni imaginar, visto maravillas de la naturaleza nunca antes contempladas...

—¿Había razas inteligentes?

—Sí. Una. Eran unos seres muy amables —la cara del viejo muchacho brillaban tenuemente—. Físicamente, se parecían a los elfos. Lo más peculiar de ellos es que se movían muy despacio. Como caracoles. Llevaban una vida muy sencilla y apenas usaban el lenguaje hablado.

Durante todo el almuerzo y aún en el aire, Murtagh le estuvo explicando a Kristine cómo era la forma de vida de aquellos seres que él llamaba "élfidos". Le contó que lo que más le sorprendió es que no intentaran defenderse de él ni de Espina cuando los vieron aparecer, como si nunca antes hubieran necesitado protegerse de nada ni de nadie; y pronto descubrió que era así. Estuvo con ellos dos temporadas de tres y cinco primaveras respectivamente. Llegaron a considerarlo algo parecido a un dios. Por lo demás, se habían limitado a volar y a descubrir nuevas imágenes para sus ojos.

Cuando Kristine se quedó satisfecha con su interrogatorio, ya habían vuelto a tierra y disfrutaban de una cena a base de queso y vino. Se quedó pensativa, maravillada con la historia de Murtagh, pero también con que, por fin, se lo hubiera contado. En verdad, él no parecía de esos hombres que necesitan contar cada cosa que les pasa, que no se desahogan. Claro que para eso ya tenía a Espina. Pero Espina era un dragón, no podía ser lo mismo que un humano, ¿no?

Además, escuchándole empezó a conocerlo. Se dio cuenta de que era muy inteligente y tenía inquietudes. Era serio, pero también infantil, a pesar de que en ocasiones sacara algo de amargura. Por otro lado, podría decirse que Murtagh disfrutó con su narración. Le resultaba sencillo contar lo que estaba explicando y parecía que volvía a él su capacidad de relacionarse. Pero sólo un poco.

La narración era tan interesante que llegó a fascinar a la joven, quien se sobresaltó cuando Murtagh dio por terminada su entrevista.

—Bien, ahora te toca hablar a ti. ¿Qué puedes contarme que necesite saber mientras me muevo por estas tierras?

Ella pensó un momento en cómo habían sido las cosas antes de que se fuera él y qué había cambiado después.

—Bueno, en primer lugar, ahora los enanos y los úrgalos también pueden convertirse en Jinetes.

Aquello sorprendió muchísimo a Murtagh.

—Eso es imposible.

—¿Por qué lo crees? En los libros de historia también pone que nadie creía que eso fuera posible, que las cuatro razas convivieran. Pero desde que yo recuerdo, no ha habido nunca problemas con los úrgalos. Del único jinete úrgalo que se ha dado hasta ahora, Nar Harzgan, se dice que es un guerrero valeroso y fuerte, pero que nunca usa la violencia injustificadamente. Su dragón, Yerboro, es del color del enebro y se camufla con el barro.

—¿Y hay algún jinete enano?

—Sí. Se llama... —intentó decir su nombre dos veces, pero no lo consiguió—. Bueno, no me sale bien cómo es su nombre. Pero el caso es que dicen que su valentía es grandiosa, pues,... la verdad es que no conozco muy bien las costumbre de los enanos, pero al parecer a algunos no les hace mucha gracia los dragones. Entonces, como que es un poco marginado por algunos de sus hermanos de raza. Es muy triste —añadió con la voz apagada.

—¿Cuántos Jinetes hay? Aparte de mí y de Eragon, claro.

—Las últimas noticias que tengo, son que hay seis: dos elfos, dos humanos, un úrgalo y un enano. Bueno, y Dave y yo.

—¿Y a qué se dedican? ¿Tienen mucho trabajo?

—Creo que no mucho. En realidad en el valle estamos muy aislados de lo que pasa en el resto del reino. Creo que se dedican a controlar a los magos, asegurándose que cumplan la normativa y castigándoles. Emmm,... no sé. Manteniendo el orden, supongo. Disuelven disputas entre clanes, vigilan a los reyes,... Aunque creo que todo eso no se aplica a los elfos. Es que de ellos tampoco sé mucho.

Murtagh echó tierra al fuego y se tumbó en la tierra seca.

—No me estás siendo de mucha ayuda. ¿Eso es todo lo que podías decirme?

—Déjame que piense... Creo que lo más importante ha sido lo del control de la magia. La Reina Nasuada hizo una serie de normas que todos los magos deberían cumplir, pero, naturalmente, eso no les hizo ninguna gracia. Tengo entendido que fue muy difícil de imponer, y, de hecho, sigue habiendo muchos problemas en ese sentido. Los elfos, como es evidente, no piensan ni por asomo acotar su magia y tampoco intervenir para ayudar a nuestros dirigentes. Nar Harzgan y el jinete enano sí están más dispuestos a ayudar los jinetes humanos. Ellos son Klaid y el dragón rosa Arsen, y Jonathan y el dragón morado Krish'Mard. En el lado de los elfos tenemos a la reina Arya y el dragón verde Firnen. El otro se llama Dusan y, no puedo recordar el nombre de su dragón, pero decían que su color cambiaba con el día, que a veces lo veías azul y otras gris, según como le incidiera la luz. Supongo que nos los encontraremos allí, porque apenas hace siete años que eclosionó el huevo.

—¿Siete años? ¿Cuánto dura el entrenamiento de un Jinete? —saltó de repente Murtagh.

—Unos quince años. Pero creo que los elfos tardan menos. —Kristine se había dado perfecta cuenta del interés que había mostrado el hombre por su último comentario—. Oye, no estarás pensando en entrenarte, ¿verdad?

—No es tu turno para preguntar. De todas formas, ya es demasiado tarde. A dormir.

—Está bien —dijo Kristine apenas aguantando la risa—. ¿Dónde estamos, por cierto?

—A orillas del Desierto de Hadarac, en el último resquicio de vida que queda antes de las arenas. Mañana tendremos que virar hacia el norte, hasta que estemos cerca de Du Weldenvarden y entonces continuaremos hacia el este por la linde del bosque..

Entonces se aproximó a Espina y, arropado con una de las inmensas alas de éste, se escondió de la vista de Kristine.

Ella se quedó con el pequeño dragón. Ya no sentía ninguna angustia al verlo, porque estaba convencida de que lograrían dejarlo en perfectas condiciones. Lo trajo hacia sí y se tumbó boca arriba en el duro suelo, apenas separada de la tierra por un par de telas gruesas. Supo enseguida que le costaría coger el sueño. Así que se dedicó a contemplar las estrellas y a compartir pensamientos con la cría sobre lo que le había contado el Jinete, las recreaciones que en su mente tenía sobre las viejas leyendas, lo que esperaba que fueran a ver,...

Fue de esa forma, al ver cómo una de las estrellas brillaba más que el resto, que supo el nombre de su compañero:

—¿Qué te parece —le susurró— Altaïr?

Él ronroneó y en su mente se formó una respuesta afirmativa.