CAPÍTULO 7

¡Holaaaaaaa! Lamento haberme ausentado tanto, pero tuve semanas pesadas con la escuela y, aunque me encanta escribir, no puedo dejar de lado mis estudios. Pero ya estoy de vuelta y espero que mis actualizaciones vuelvan a la normalidad. Mientras tanto, he dejado un capítulo ligeramente más largo que el anterior y les he dado una pequeña sorpresa. Dije que es un slow-burn, pero a veces no puedo controlarme jajaja.

¡Disfruten y díganme qué les pareció!


Regina

Boom. Boom. Boom.

Presionó su cabeza contra la almohada intentando aliviar, sin éxito, el infernal dolor de cabeza que se estaba apoderando de ella. Cerró los ojos con fuerza y sacó la lengua lamiendo sus labios secos. Agua, pensó la alcaldesa sin animarse a abrir los ojos.

Pronto notó el peso de otro cuerpo sobre el suyo, provocando que se sentara de golpe e ignorando el mareo que comenzaba a abrumarla. Miró hacia bajo y notó que estaba en la ropa de la noche anterior y luego miró a su alrededor y encontró a Ruby acostada a su lado, Katherine estaba en los pies y Belle estaba acostada en el pequeño sofá que había en su habitación. Soltó un gran suspiro y volvió a acostarse.

Se giró un poco, con cuidado de no mover a sus amigas, y vio sobre su mesita de noche una jarra de agua, cuatro vasos de vidrio y una caja de pastillas para el dolor de cabeza. No se lo pensó dos veces y rápido se volvió a sentar, se sirvió un vaso de agua y después tomó dos pastillas. No sabía quién, posiblemente Tink, pero le habían salvado la vida dejándole todo aquello en la mesita de noche.

Un suave golpeteo en su puerta se escuchó y la castaña quiso arrancarse la cabeza. Oh, pero te dejaste manipular por Emma. Querías ganar, ¿no es así?, pensó la alcaldesa cerrando una vez más los ojos con fuerza.

— ¿Mami? —escuchó del otro lado de la puerta.

Regina quiso gruñir, pero la luz de su vida no tenía la culpa de que su madre perdiera el control intentando ganarle a cierta rubia. Así que, con cuidado, se deshizo de la pierna y el brazo de Ruby que la tomaban con fuerza. Caminó hacia su baño y rápido se puso unos pantalones más cómodos y una sudadera para después lavarse la cara y cepillarse los dientes, aún podía saborear el vodka en su paladar. Entonces volvió a mirarse al espejo, sin maquillaje y con ropa demasiado cómoda para la alcaldesa. Se veía un poco más joven, aunque Regina no era demasiado grande, pues casi pisaba los treinta. Casi.

Salió del baño, sin preocuparse de sus amigas que seguían durmiendo, y después abrió la puerta, encontrándose un pequeño Henry sentado con las piernas cruzadas y la mirada gacha.

— ¿Corazón? —preguntó suavemente, poniéndose en cuclillas aún descalza y con muchos trabajos. Su cuerpo le dolía.

— ¡Mami! — exclamó Henry, mirándose hacia arriba y dándole un pequeño golpe a Regina en la barbilla. Ambos hicieron una mueca y rieron mientras que el pequeño castaño se agarraba la cabeza—Auch, eso dolió —rió levemente.

Regina intentó no reír mucho, todo le dolía y aún su cabeza parecía que iba a explotar. Su pequeño hijo estiró los brazos y rodeó el cuello de su madre, la alcaldesa lo tomó entre sus brazos y se levantó.

— ¿Qué pasa, mi niño? —preguntó cuándo Henry la miró directo a los ojos, con sus ojos brillando con curiosidad y preocupación.

El castaño siempre había sido, de alguna u otra forma, sobre-protector con Regina. Lo cual siempre hacía sentir que su corazón dolía de tanto amor que brillaba en los ojos aceitunados de su hijo. Al final, sólo se tenían el uno al otro.

Henry acarició su mejilla y después escondió su rostro en el cuello de su madre, manteniendo los labios apretados y los ojos cerrados.

— ¿Henry? ¿Te sientes bien, amor? —preguntó aún más preocupada la castaña, obligando a su pequeño hijo a separarse de ella.

El pequeño castaño asintió y después que una pequeña sonrisa se dibujara en su rostro. Regina suspiró, relajada.

— Tía Tink y tío August dijeron que estabas un poquito mal —comenzó a explicar el pequeño, volviéndose a esconder en el cuello de su madre y dejando que el cabello de Regina le hiciera cosquillas en la nariz—. Que necesitabas dormir mucho, y tú no duermes mucho ¿verdad? —preguntó quitándose el cabello del rostro— ¿Te sientes bien, mami?

El corazón de Regina se aceleró. Bien le habían dicho que ser madre era una de las mejores experiencias de su vida, pero nunca pensó que se sentiría así de feliz ni mucho menos que una pequeña persona pudiera tener tanto amor dentro del pecho para ella.

— ¡Oh, corazón! —abrazó a su pequeño hijo con más fuerza y comenzó a acariciar su pequeña espalda— Me duele un poco la cabeza, pero te prometo que estaré bien — Henry asintió y se dejó mimar por su madre—. ¿Dónde están tía Tink y tío August?

Henry se separó de ella y sonrió con malicia; no hacía falta ser un genio para saber que sus amigos habían sido persuadidos por un pequeño niño de cinco años. Después de todo, el castaño era su hijo y había aprendido de la mejor.

— Están abajo preparando waffles con mucho chocolate y crema batida y-y fresas —dijo su emocionado, sabiendo que su madre no podría enojarse del todo si veía que él estaba feliz.

Tengo que dejar de consentirlo tanto, o sea dejar de ser débil por esos ojos, se reprendió y rodó los ojos para después resoplar.

Vamos, mi niño — dijo en un perfecto español y Henry sólo volvió acurrucarse en su pecho para que los dos pudieran bajar abrazados.

Los dos bajaron las escaleras y caminaron con rapidez hacia la cocina donde se escuchaba la risa de Tink y la voz de August. Con el pie, Regina abrió ligeramente la puerta de la cocina y luego inclinó todo su cuerpo, sujetando a Henry con más fuerza.

— ¡Miren quién está viva! —exclamó August, demasiado fuerte que hizo la castaña gimiera al momento en que su cabeza comenzó.

— ¿Mami? —preguntó Henry, la preocupación una vez más dibujada en su rostro.

— Estoy bien, cariño —le dio un beso en la frente y después lo sentó en una de las sillas altas junto a la isla de la cocina—. Sólo que tu tío August olvidó que me siento mal —dijo, reprimiendo a August con la mirada.

Tink plantó una taza de café frente a Regina y le sonrió. La castaña la miró agradecida; esto ayudaría bastante.

— Sin azúcar, ¿cierto? —preguntó Tink, sentándose a lado de Henry para dejar al pequeño castaño entre su madre y ella. Regina asintió.

— Gracias —musitó y dio un largo sorbo a su café. Casi gruñó ante el delicioso sabor.

August plantó un plato de waffles frente a Henry, ya troceados para que el pequeño no tuviera que esforzarse tanto y después volteó a ver a la castaña, que parecía a punto de morir.

— ¿Qué tal anoche? —preguntó el ojiazul curioso.

Los ojos de la alcaldesa estaban fijos en su pequeño hijo, viendo como Henry devoraba sin chistar los waffles que le habían preparado. Tink le acercó un vaso con leche al pequeño castaño y éste hizo una pausa para regalarle una sonrisa llena de chocolate. August se aclaró la garganta y Regina se obligó a mirarlo.

— Estuvo bien, lo usual —le ofreció una sonrisa a medias y August alzó una ceja.

— ¿Entonces siempre bebes así? —preguntó mirándola curioso.

Regina abrió la boca para replicar, pero de inmediato la cerró y lanzó una mirada fugaz a su hijo y luego volvió a August.

— August —rechinó los dientes y luego suspiró—, no ahorita ¿sí? —el castaño alzó las manos en forma de rendición y asintió— Gracias.

No era que Regina tuviera problemas con el alcohol y se estuviera negando a hablarlo, pocos vicios tenía la alcaldesa de Storybrooke y el alcohol no entraba en la lista, pero no le gustaba hablar de nada de eso frente a Henry. Lo encontraba mortificante, siempre quería mantener a su pequeño hijo ignorante de temas como el alcohol o el tabaco. Sabía que no podría evitarlo, Henry conocería todo tarde o temprano, pero sí podía retrasar el momento.

El silencio se hizo presente, aunque Regina no fue ajena a las miradas que le lanzaba August a Tink discretamente. La castaña escondió su sonrisa tras su taza de café; August sería mil veces mejor para Tink de lo que sería Killian.

No, la alcaldesa no detestaba al fotógrafo; Killian era un hombre bueno, aunque un poco ojo alegre. Y Tink y él llevaban una clase de relación que sólo ellos dos podían entender porque el resto del pueblo —y la humanidad entera quizá– sabían que no tenían nada formal y que llevaban años así. Al no tener una relación exclusiva, Killian no perdía el tiempo con otras chicas y eso hacia la sangre de la alcaldesa hervir. Tink era su amiga, después de todo.

— ¿Les gustan los chilaquiles? —preguntó Regina después de haber terminado su taza de café. Su dolor de cabeza ya se había aminorado.

Tink asintió, era familiar con el extenso conocimiento de Regina en la cocina. Pero August alzó una ceja y negó con la cabeza.

— Lamento decir que no sé de qué me hablas —se encogió de hombros.

— A mamá le gustaba mucho viajar y en México aprendió unos cuantos platillos. Cocina muy rico —dijo Henry, metiéndose un último bocado y sonriendo con la boca cerrada mientras miraba con adoración a su madre—. Mami, ya terminé. ¿Puedo ir a jugar?

Regina se inclinó y le plantó un beso en la frente. Henry no se daba cuenta, no sabía que sus pequeñas acciones hacían que su corazón se derritiera y que la castaña sintiera un amor que, ella sabía, nadie más podría brindarle.

— Claro que sí, mi pequeño príncipe —le acomodó el cabello—. Primero lávate los dientes, ¿si? Y recuerda que no se corre por las escaleras, y tampoco se grita porque Ruby, Belle y Kat están en mi habitación, ¿de acuerdo? —Henry asintió frenéticamente y después estiró los brazos para que Regina lo bajara y así pudiera irse corriendo a su cuarto de juegos— ¡Henry no corras en las escaleras! —gritó cuando su hijo cruzó la puerta de la cocina y después resopló y se obligó a tranquilizarse. No puedes proteger de todo a Henry, Regina, es un niño, la voz del doctor Hopper la inundó.

— Estará bien, estoy segura de que gritará si necesita algo —la tranquilizó Tink, dejando caer su mano sobre la de la castaña y acariciando el dorso con su pulgar—. Y estamos aquí todos para ayudar.

Regina le regaló una sonrisa y le dio un apretón a Tink. Después se alejó y comenzó a sacar todos los ingredientes para el desayuno mexicano que planeaba preparar.

— Entonces, ¿anoche? —preguntó nuevamente August cuando la alcaldesa terminó de depositar todos los ingredientes sobre el mesón y comenzaba a sacar los utensilios.

Regina notó de reojo como Tink le soltaba un suave golpe en las costillas al castaño y éste se encogía de hombros mientras sonreía inocente. La alcaldesa resopló.

— Primero quiero aclarar que no siempre me pongo así y tampoco salimos seguido —dijo alzando su dedo índice y mirando fijamente a August—. Anoche fue...

Las palabras quedaron suspendidas mientras intentaba encontrar la forma correcta de explicar por qué había terminado con lagunas mentales del tamaño de pueblo con pequeños destellos de lo que había ocurrido la noche anterior. Maldita fuera Emma Swan y su habilidad de provocarla todo el tiempo, pensó.

— ¡Vamos, Regina! Quiero saber qué pasó. Sólo sé que llegue aquí anoche y que Tink parecía la madre de las cuatro.

Regina miró a Tink, la vergüenza brillando en los ojos de la primera y la despreocupación en los ojos de la última. No era la primera vez que terminaban todas borrachas en casa de Regina, y usualmente una de todas siempre terminaba metiendo al resto en la cama sanas y salvas, a Tink simplemente le había tocado aquella vez y no le molestaba en lo absoluto.

— ¿Salimos a tomar algo y todo iba también que perdimos el control? —la castaña se encogió de hombros y August entrecerró los ojos, haciendo que Regina bajara la mirada y se concentrara en seguir preparando el desayuno.

— ¡Mentiras! —gritó August señalándola con el dedo índice mientras saltaba de su asiento y provocando que la alcaldesa hiciera una mueca.

— ¡August! —le reclamó Tink— Le duele la cabeza, ¿podrías ser un poco más gentil, por favor?

— Sí, sí, lo siento —dijo volviendo a sentarse—. Pero sigo siendo mentira, la Regina Mills que yo conozco nunca pierde el control. Nunca lo ha hecho en una situación bajo presión y no lo hace cuando está relajada. ¿Qué...? No, más bien ¿quién te hizo perder el control? —preguntó alzando una ceja.

— Tal vez no soy la misma Regina, una semana no te hace experto en mí —gruñó la alcaldesa ante la insistencia de August. Se negaba a aceptar que había sido Emma quien la había hecho perder el control.

El dolor brilló en los ojos azules de August, y Regina quiso golpearse por ser tan insensible.

Como Emma, August llevaba una semana en Storybrooke. No tenía trabajo, pero gracias a una pequeña fortuna que le había sido heredada –y que Regina no sabía de quién venía– el castaño podía auto-proclamarse un año sabatino si él quisiera y había decidido que se quedaría en la pequeña ciudad para pasar tiempo con Regina y Henry. Pero iba una semana, y ambos sabían que había mucho tiempo perdido que recuperar. August lo estaba intentando, lamentándose que se había alejado en la que fue en su momento una de sus mejores amigas. Y, aunque quisieran evitarlo, ellos realmente no habían hablado del daño que les había hecho que August se fuera cuando más se necesitaban entre ellos; no hubo reclamos ni nada por el estilo, ellos simplemente se habían intentado acomodar en una rutina que era casi una mentira.

— August, yo no... —comenzó Regina, estirándose sobre el mesón para poder alcanzar a su amigo.

— Lo sé —el castaño estiró las manos y tomó las de ala castaña—. Ya hablaremos, lo prometo —le sonrió de lado y Regina quiso llorar; Dios, a veces no tenía filtro para decir las cosas—. ¿Entonces...?

En ese momento, el timbre de su casa sonó y Regina se separó rápido de August. Salió de la cocina para poder abrir la puerta, no sin antes acomodarse su coleta y reprimirse por andar en aquel atuendo en el que nadie debería de ver a la persona que maneja toda la ciudad. Pero era sábado y, al final del día, Regina era tan humana como el resto.

Tomó aire y abrió la puerta. Un par de brillas ojos verdes se encontraron con los cafés y Regina sintió marearse cuando Emma dijo "Hola" suavemente, moviendo esos lindos y rosados labios.


La alcaldesa se inclinó y le dio a Emma un pequeño abrazo. — Gracias —le dijo sincera—. No deberías siquiera hacerlo, la única que conoces lo suficiente es a Mary Margaret.

Emma se encogió de hombros. — Sólo espero que recuerdes nuestra apuesta.

La alcaldesa no podía dejar de ver los labios de Emma, era como si todo su cuerpo le pidiera que la besara. Pero esas eran sus hormonas siendo influenciadas por el alcohol, no por nada había terminado en las piernas de Ruby –otra vez– y le había plantado sensuales besos a la alta castaña en los labios.

Mientras no me recuerdes que te abracé, te daré tres lecciones —rió Regina, arreglándoselas para abrir la puerta del coche.

¿Qué demonios haces? ¡Cállate!, dijo mentalmente, incapaz de ponerle un alto a su lengua. La piel de Regina ardía, pero ella estaba segura de que estaba guardando la compostura frente a la rubia. Y es que los ojos verdes de Emma no estaban ayudando en lo absoluto.

¿Y cómo te recordaré la tercera lección si no puedo recordarte el abrazo? —preguntó Emma.

La rubia se veía linda, con sus ojos brillando con ternura e inocencia mientras cuidaban a la alcaldesa frente a ella. Mierda, Emma Swan, dios te maldiga por hacerme esto. ¡Y también al alcohol!, volvió a decir mentalmente.

Oh, estoy segura de que te las arreglarás —le aseguró Regina y después se metió en el auto, siendo recibida por gritos y risas de sus amigas. Pero su mente estaba en la rubia que se apresuraba a entrar en el auto, o al menos eso intentaba porque era como si hubiese un corto circuito en su cabeza y comenzara todo a tornarse negro.


— ¿Regina? ¿Te sientes bien?

La castaña salió de ese recuerdo y pronto notó que se encontraba en los brazos de Emma. Saltó alejándose de ella y la rubia la miró confundida.

— ¿Qué dices? Estoy perfecta —se arregló lo que pudo de su sudadera y después miró a la rubia, sintiendo como sus mejillas ardían—. ¿Se puede saber qué hacían sus brazos en mi cintura, señorita Swan?

Emma frunció el ceño, abriendo y cerrando la boca intentando encontrar las palabras correctas. Su mirada se tornó más confusa y, después de dar una larga bocanada de aire, miró fijamente a Regina.

— Oh, alcaldesa, lamento que le molestara. Simplemente intentaba que su cabeza diera contra el suelo cuando estaba a punto de caerse —señaló Emma, irritada.

Entonces fue el momento de Regina de abrir y cerrar la boca. Seguramente sus piernas habían fallado como lo habían hecho en su recuerdo y Emma Swan había sido su héroe, otra vez.

— Gracias, señorita Swan —dijo por fin—. ¿Se puede saber qué hace aquí?

— Bueno, antes de que te perdieras en el espacio te estaba diciendo que había venido para trabajar —comentó seca—. ¿Lo recuerdas? Es fin de semana, exactamente los días que me diste para empezar a trabajar en las fotografías. Aunque ya te digo que me llevará más de dos días, lo que significan más fines de...

— Sí, sí —la cortó Regina sintiendo como su cabeza pulsaba un poco—. Pase, señorita Swan.

Caminaron hasta la cocina, donde Emma saludó a August y después a Tink. Regina frunció el ceño al ver a ambas rubias saludarse, para después recordar que Emma había sido quien le había llevado el almuerzo un día antes.

— ¿Desayunaste, Emma? Regina hará un desayuno mexicano —le sonrió August. El castaño estaba al tanto de la situación de las dos, lo que no se explicaba era por qué y si podía ponerlas entre la espada y la pared para su mera diversión hasta que decidieran arreglar cualquier malentendido que tuvieran, entonces lo haría.

Regina, por su parte, miró al ojiazul intentando reprimir sus ganas de irse contra su yugular. La hospitalidad primero, Regina, había dicho su padre cuando su madre invitaba alguna amistad que la castaña no quería.

— Yo... Huh... —Emma titubeó y miró a Regina, alarmada.

Si August no lo notó, Regina lo hizo. Algo había aprendido Regina en una semana sobre la rubia, y era que Emma Swan no perdía una oportunidad para fastidiarla. Sin embargo, ahora la ojiverde parecía nerviosa de quedarse en la misma habitación que Regina, casi molesta, y la alcaldesa no pudo evitar preguntarse si anoche había hecho algo que claramente no recordaba.

— Por favor, señorita Swan, insisto —se aclaró la garganta Regina y Emma la miró fijamente—. Estoy segura de que, si mis encantos siguen sin hacerla caer, mis habilidades en la cocina lo harán —sonrió sarcásticamente Regina.

Emma bufó. — Seguro.

— Oh, Em, esta mujer no miente —rió August.

Pero Emma no lo miró, sus ojos seguían fijos en Regina y viceversa. Había algo fluyendo entre las dos que Regina no lograba explicarse, y que Emma intentaba ocultar. Después de todo había sido su error dejar que anoche pasara y agradecía que la alcaldesa pareciera no acordarse.

— Sí, Emma —sonrió Tink, intentando leer las miradas de ambas mujeres—. Si hay algo en lo que Regina es buena aparte de ser madre, jinete y alcaldesa, es ser una chef impresionante.

Emma sonrió de lado y rompió la conexión con Regina para mirar a la rubia que estaba sentada a su lado.

— Eso está por verse, ¿no, alcaldesa Mills?


Emma

La rubia había tenido que salir corriendo después del desayuno. Sí, había estado delicioso. Sí, había disfrutado cada bocado que había dado. Y sí, había disfrutado de las miradas que Regina le había estado lanzando durante todo el momento. Pero al mismo tiempo no, porque Emma comenzaba a sentirse nerviosa y sus mejillas habían empezado a encenderse. Emma Swan nunca se sentía nerviosa, simplemente no pasaba.

Después todas las demás bajaron. Ruby, Katherine y Belle habían llegado a la cocina con terribles dolores de cabeza, un sed y hambre feroz, y reclamando una taza de café. Y cuando los ojos verdes conectaron con los azules de Ruby, Emma sintió un cierto cosquilleo subir desde las yemas de sus dedos hasta sus hombros. Ahí fue cuando la fotógrafa supo que no podría seguir ahí hasta que se controlara. Lo cual la había llevado a disculparse, agradecer el desayuno, y retirarse al sótano donde pretendía empezar a trabajar.

Pero Emma no podía.

La rubia estaba sentada en el suelo con su laptop sobre sus rodillas, y en la pantalla brillaba una fotografía de Henry y Regina. Los dos estaban mirándose el uno al otro, Henry en los brazos de su madre, mientras todos cantaban "Feliz cumpleaños" al pequeño y eran ajenos a la cámara entre las manos de la rubia en aquel momento; el pequeño castaño miraba a su madre con una sonrisa pintada de oreja a oreja y la alcaldesa se veía radiante, sonriendo y mirando a su pequeño hijo con un amor tan puro que hizo que el corazón de la rubia doliera.

La puerta del sótano se abrió y Emma se obligó a borrar la sonrisa que se había dibujado inconscientemente en su rostro. Cambió de foto, llegando a una donde estaban los niños corriendo en el jardín con Henry arriba en el inflable, sonriendo y sosteniendo una espada de madera.

— ¿Estás bien?

La rubia alzó la mirada y se encontró con los ojos azules de su mejor amigo. August le sonrió cálidamente y Emma le regresó la sonrisa. El castaño le ofreció una de las tazas de café que llevaba en las manos, la cual la fotógrafa tomó con gusto y así August pudo sentarse a su lado.

— Claro que estoy bien, ¿por qué preguntas? —dijo la rubia tras darle un sorbo a su café.

— Porque tiendes a salir huyendo cuando las cosas te están asfixiando.

Y ese era un hecho que, por más que quisiera negarlo, se probaba con la presencia de ambos en aquel sótano, en ese pequeño pueblo de Maine.

La rubia se acomodó, irguiéndose y dejando la laptop a un lado para después tomar la taza de café entre ambas manos. Se quedó mirando al suelo y dejó la taza pegada a sus labios.

Su mente comenzó a divagar en las imágenes de la noche anterior y, cuando escuchó a Ruby gritar el nombre de la alcaldesa, volvió a sentir ese hormigueo recorrerle las manos hasta los hombros, y sus manos comenzaron a temblar tanto que tuvo que apretar los puños.

— ¿Emma? —preguntó August mirándola detenidamente.

— Estoy bien, August —sonrió y aflojó las manos.

Por supuesto, el castaño no dejó pasar dicha acción. Si en algo era bueno August, era en leer a las personas y poner atención a cada movimiento porque así era como había cuidado tantos años a los abuelos Swan, siempre cuidado cada pequeño detalle para poder saber qué pasaría después. Así que había notado el temblor en las manos de Emma y después como las había tornado en puños, también había notado el fugaz viaje de la mirada de Emma hacia el techo cuando Ruby gritó, y cómo presionó la taza más hacia sus labios casi pidiendo quemarse.

— ¿Estás segura? —preguntó, también sabiendo que Emma no era alguien a quien debías presionar si querías conseguir información.

— Sí, sólo que necesito trabajar en las fotografías y revisarlas. También quiero empezar con las de blanco y negro que sacaré a la antigua —sonrió y se levantó para dejar sobre la mesa su taza y después agacharse para recoger la laptop y ponerla también en la mesa.

August se levantó y caminó hasta ella. Emma contuvo sus ganas de voltear y reclamarle que le diera su espacio, que estaba bien y no lo necesitaba, pero se limitó a cerrar los ojos y esperó.

— Sea lo que sea que te esté dando vueltas en la cabeza, —comenzó, inclinándose para quedar cerca de ella— va a estar bien. No lo pienses mucho, Em, sabes que termina destruyéndote hasta mínima cosa.

— Eso no es verdad —gruñó la rubia.

Pero lo era, porque Emma siempre vivía al borde de todo. No era que quisiera hacerlo, pero su mente era traicionera y terminaba en el mismo círculo vicioso.

— Lo haces, Em —August le dio un beso en la mejilla, haciendo que Emma arrugara la nariz levemente cuando la barba del castaño le hizo cosquillas en la piel—, pero recuerda que no importa qué sea, todo tiene arreglo.

— Excepto la muerte —musitó Emma, recordando aquella frase de su abuela.

August sólo asintió, sabiendo que la rubia ahora se encontraba sumida en un recuerdo.


La joven rubia estaba llorando mientras miraba al suelo, donde los pedazos del jarrón de su madre descansaban.

Tenía un año de haber llegado a la gran casa de los Swan, y ahora sentía que lo había arruinado todo porque había roto uno de los jarrones favoritos de su madre adoptiva por error cuando intentaba sacar una fotografía como el abuelo Swan le había enseñado. Y con eso, la pequeña ojiverde ya se veía de regreso en el sistema y con familia nueva.

Su único consuelo era que sólo le quedaban tres años más y estaría por su cuenta. O al menos sería libre de irse y buscar un trabajo decente que la mantenga.

¿Cariño?

La elegante Elise Swan entró a la sala de estar donde Emma estaba sentada y llorando. El rostro de la rubia estaba ahora enterrado entre sus manos, lo cual hizo que el corazón de la mujer doliera un poco.

¿Emma? ¿Qué pasa?

La señora se sentó junto a la rubia y le pasó una mano por la espalda, intentando darle algo de consuelo mientras la ojiverde seguía sollozando.

Elise Swan había generado un afecto por la pequeña rubia en poco tiempo; era tan dulce e inocente que era imposible no querer a alguien como Emma.

A excepción a los sollozos de Emma, la habitación continuaba en silencio mientras que la abuela Swan continuaba haciéndole círculos en la espalda a la rubia.

Corazón, háblame. ¿Qué sucede? —insistió Elise.

La rubia alzó la mirada y la conectó con los dulces ojos azules de su abuela adoptiva. Elise simplemente le sonrió, haciendo que la tensión abandonara un poco el cuerpo de Emma.

Es que... yo... el abuelo... y quería... pero no y.… se rompió... y voy a regresar...

Elise tuvo que reprimir una pequeña risa, la joven rubia frente a ella lucía tierna cuando balbuceaba. Le recordaba a Kendall, el padre adoptivo de Emma, cuando era joven y se ponía nervioso por haber hecho algo que claramente sus padres habían descubierto.

Hagamos esto —palmeó sus piernas, indicando que Emma podía recostar su cabeza en su regazo, y así lo hizo la rubia—: quiero que respires profundamente hasta que te sientas capaz de decirme tranquilamente qué sucedió, ¿de acuerdo?

Emma volvió a hacerle caso y respiró profundamente un par de veces hasta que se sintió un poco más tranquila, pero tal vez sólo se trataba de que la abuela Swan pasaba sus dedos por el largo y el levemente rizado cabello rubio de Emma.

Rompí el jarrón de mamá intentando hacer la postura que el abuelo me enseñó, perdí el equilibrio y lo tiré en el intento de recobrar mi equilibrio —confesó Emma después de varios minutos en silencio.

¿Y llorar por el jarrón? —inquirió la abuela Swan.

Emma negó con la cabeza. — Me temo que quieran regresarme al sistema. Es un jarrón caro y me han regresado por cosas más simples.

La abuela Swan la hizo sentarse y después pasó sus brazos por el pequeño torso de la rubia. Emma se acurrucó en el hombro de Elise y se dejó consentir; sólo Dios sabía cuánto le quedaba en aquella casa con esa dulce mujer como su abuela adoptiva.

Déjame darte un consejo, Emma —la rubia miró a su abuela directo a los ojos, cuando la señora puso su dedo índice debajo de su barbilla obligándola a hacerlo—. Todas las cosas en esta vida tienen arreglo, no importa qué tan grave o simple sea.

Emma miró el jarrón y luego miró a su abuela. Aquellos ojos azules miraron con cariño a la rubia, haciéndola sentir aún más cómoda.

Pero el jarrón...

Nada de peros, mi pequeña Emma —Elise acarició la mejilla de Emma—. Todo tiene arreglo, corazón, excepto una cosa: la muerte. Y nadie está planeando en asistir a un funeral esta noche, ¿cierto? —Emma asintió y Elise se permitió reír un poco— Sé que no te gusta usar la tarjeta que te dieron tus padres, pero esto se arregla fácil porque iremos a darle un uso a esa tarjeta. O bien, usaremos la mía. Pero compraremos otro ¿está bien? Aunque no creo que a Maryse le importe —dijo Elise levantándose.

¿Abuela?

¿Si, corazón? —mirando hacia la rubia, que miraba a su abuela con cierta esperanza brillando en sus ojos.

¿No me voy a ir? —preguntó Emma, removiéndose algo incomoda en el sillón.

Elise rió y Emma frunció el entrecejo, no muy segura de cómo tomar el comportamiento de la señora frente a ella. La abuela Swan se inclinó y tomó la mano la mano de Emma para tirar levemente de ella, haciendo que la rubia se levantara.

Apenas llegaste a nuestras vidas, Emma —la envolvió en un fuerte abrazo y Emma se lo devolvió—, ¿crees que te voy a dejar ir así como así? ¡Eres mi nieta favorita!

La única —rió levemente la rubia.

Y no quiero más, cariño.


Regina

Ya era tarde, la mayoría habían abandonado ya su casa prometiendo verse al día siguiente para un desayuno familiar en Granny's.

Pero Emma seguía ahí, y no había salido del sótano en ningún momento. August se había ofrecido a bajarle comida y dado el hecho de que en el sótano había un baño, no era necesario subir para nada. Y Regina no quería que le molestara, pero claramente la rubia la estaba evitando.

Si bien, cuando la rubia había llegado, la alcaldesa había tenido un pésimo comportamiento con Emma por la mañana; pronto se dio cuenta de que la fotógrafa simplemente estaba guardando distancia con ella y le estaba molestando más de lo que quería admitir.

Usualmente Emma la estaría molestando, la estaría llevando al borde o le estaría recordando que había perdido la apuesta. Al menos eso haría Regina. Pero no, la rubia parecía encerrada en el sótano y la castaña estaba al borde de un ataque.

Miró a su pequeño hijo que, después de jugar horas con August algo de soccer, había caído rendido en el sofá viendo caricaturas.

Regina se levantó y tomó a su pequeño hijo entre sus brazos, con cuidado de no despertarlo, para después subir las escaleras. Dejó a Henry en su habitación, cubriéndolo con su manta favorita y quitándole los pequeños zapatos. Después cerró la puerta y volvió a bajar.

Entró en la cocina y preparó café para después servir dos rebanadas de pay de manzana. Emma tendría que hablar con ella, porque Regina tenía la sensación de haber hecho algo la noche anterior que claramente ella no recordaba, pero Emma sí porque Tink le había dicho que fue la rubia quien las había hecho llegar a todas sanas y salvas.

Puso todo sobre una pequeña charola y se dirigió a la puerta del sótano, se las arregló para entrar con las cosas y bajar las escaleras con cuidado. Entonces encontró a la rubia, sentada en el suelo con los audífonos puestos.

Emma ni siquiera se inmutó, parecía demasiado consumida con lo que había frente a ella. Se mordía el labio inferior con fuerza, y luego tomó la raza que había junto a ella e hizo una mueca cuando el líquido frío entró en su boca. Regina quiso reír cuando la vio hacer una mueca de disgusto y regresó la taza al lugar donde estaba.

La alcaldesa dejó la charola sobre la mesa que estaba vacía, lejos de donde estaban las cosas de trabajo de Emma, y miró a su alrededor notando que habían unas cuantas fotografías colgando mientras se secaban.

En una estaban Mary Margaret, Ruby y ella riendo sentadas en el sofá de su sala. Regina sonrió porque, aunque no podía recordar con claridad qué se había dicho en aquel momento, ella sabía que estaba siendo feliz en compañía de sus mejores amigas.

Suspiró y volvió a mirar a la rubia, esta vez se encontró con los brillantes ojos verdes de ésta mirándola directamente. Le dedicó una sonrisa tímida, aunque Regina no sabía exactamente de qué iba su comportamiento con Emma simplemente se estaba dejando llevar.

Por su lado, la fotógrafa se aseguró de tener las mejillas secas porque no quería que la alcaldesa se diera cuenta de que segundos antes había estado llorando en silencio. Y después, se quitó los audífonos esperando por Regina.

— Están hermosas las fotografías. —comentó la castaña, tomando ambas tazas de café y caminando hacia Emma—. No has salido de aquí en todo el día, así que supuse que te vendría bien un poco de esto —le dijo acercándole la taza una vez que estuvo más cerca de la rubia—, dado el hecho de que tu taza ya casi no tiene y está frío.

— Gracias —murmuró la rubia, estirando la mano y tomando la taza que se le era ofrecida.

Regina se mantuvo de pie, cambiando su peso de una pierna a otra mientras el silencio se hacía presente en la habitación y Emma dejaba de prestarle atención para seguir en lo que quiera que estaba trabajando en su laptop.

No le gustaba ser ignorada a la castaña, de hecho, quería gruñir y exigirle a Emma una explicación, pero algo le gritaba en su interior que algo estaba mal. Antes, Regina habría saltado a sus instintos y habría ido por lo que quería, pero ahora estaba escuchando lo que su interior decía –porque usualmente estaba en lo correcto– y llevaría esto con calma.

— ¿Puedo sentarme? —preguntó, tranquila. Emma la miró con los ojos entrecerrados y, después de varios segundos, asintió. La alcaldesa se acomodó junto a la rubia y suspiró cuando se dio cuenta de que Emma ya había dejado de prestarle atención—. Te he traído algo de merienda, no es mucho.

— ¿Huh?

La rubia ni siquiera la miró, seguía paseando su mirada verde en la pantalla llena de las fotografías de Henry frente a ella. Y la castaña quiso gruñir, pero decidió que sería ella quien mantendría la calma y se comportaría como la adulta que era.

— Te traje un pedazo de pay de manzana —Emma alzó la mirada, expectante, y la alcaldesa señaló la mesa—. Lo hice yo misma.

— ¿No está envenenado, cierto? —bromeó Emma, y sus ojos brillaron levemente.

Regina notó, con todo y la oscuridad que las rodeaba, que los ojos de Emma estaban algo rojos. Y quiso preguntar, pero decidió que lo haría más adelante.

— Aunque debo admitir que la Reina Malvada de Blancanieves es, ciertamente, mi villana favorita de Disney, —apuntó mientras que Emma la miraba divertida— puedo asegurarle, señorita Swan, que no, no está envenenado.

La rubia asintió y, después de ofrecerle una pequeña sonrisa a Regina, volvió a su trabajo. Regina suspiró. Dejó que su mirada paseara por las facciones de la rubia, después sus espesas pestañas hasta la punta de su nariz seguido sus labios.

— Emma, —murmuró, su garganta pronto estaba hecha un nudo y su mirada parecía no querer despegarse de los labios rosados de la rubia— ¿me dirás qué pasó anoche y por qué me estás ignorando?

La rubia la miró, y notó que sus ojos verdes también viajaron hasta sus labios. La alcaldesa se lamió el labio inferior y ahí lo supo, Emma no tuvo que decirlo porque el recuerdo la abrumó en un golpe.


Regina, ya todas están adentro, ¿quieres entrar por favor? —suplicó la rubia a la necia castaña.

La alcaldesa rió, pero continuó sentada en su pórtico mientras el aire frío le azotaba el rostro. Emma suspiró, ella misma era demasiado necia y más cuando estaba borracha, así que decidió esperar a que Regina se dejara ser arrastrada en el interior.

Eran casi las tres con treinta minutos de la madrugada, la calle estaba vacía y todo estaba muy tranquilo. El jardín de la mansión estaba rodeado de altos arbustos y la pequeña reja de la entrada estaba cerrada y, aunque la oscuridad era casi total, el pequeño sendero era iluminado por la luz de la luna.

Esto es raro —dijo Regina, poniendo una mueca de total seriedad.

Oh, claro que lo es. —rió Emma, mirándola fijamente—. ¿Tú y yo juntas y sin matarnos? Creo que tengo que mantenerte borracha.

La castaña hizo una mueca, pero no pudo retener esa pequeña sonrisa divertida que se había dibujado en su rostro.

Muy divertida, señorita Swan, pero no estoy borracha.

Eso dice un borracho cuando está borracho —apuntó Emma y la castaña rodó los ojos.

Tal vez estoy algo mareada. —rió Regina—. El punto era que esto es raro, y no hablo de estar aquí hablando como seres humanos comunes y corrientes.

Emma alzó una ceja, curiosa de lo que podría abandonar los labios de la alcaldesa. — ¿Oh?

Me refiero a que —hizo una pausa y se lamió los labios resecos— es raro sentir tanta atracción por alguien en menos de una semana.

Emma sintió su respiración cortarse y tuvo que obligarse a respirar y reír tontamente.

¿Te gusta August? —preguntó, en el fondo conociendo la respuesta— Porque entonces no es raro, llevan años de conocerse y sólo se volvieron a reencontrar.

Regina le soltó un leve golpe en el hombro y sonrió mientras negaba con la cabeza. — August es como un hermano para mí.

¿Ah sí? —curioseó Emma, intentando agarrarse con todas sus fuerzas de la salida de escape que se le estaba ofreciendo.

Sí —afirmó Regina—, pero esa es una historia para otro momento. Hablaba de ti, Emma, y estoy agradeciendo a cualquier Dios que existe que estemos borrachas porque así no debo recordar nada.

Yo no estoy...

¡Pues yo sí! Y es casi vergonzoso tener que admitir que el alcohol es quien está sacando mi valentía a relucir, pero seguro seguiría en negación hasta que abandones el pueblo.

Emma ahogó una pequeña risa, algo que pareció más como haber tosido. Pero la alcaldesa pareció no notarlo, y pronto sus ojos acaramelados se encontraron con los de Emma. La rubia pestañeó, intentando convencerse de que la sinceridad realmente brillaba en los ojos de la castaña.

¿Ya me quieres fuera? ¡Pero va una semana! —la ojiverde intentó alivianar la tensión que comenzaba a sentirse entre ellas. Una tensión buena, tan buena que le comenzaba a dar miedo.

Eso lo quiero desde que plantaste un pie en mi ciudad, Emma —rió levemente la alcaldesa, y la fotógrafa sintió marearse. La risa de Regina era algo que parecía una dulce melodía, suave y rasposa al mismo tiempo, casi irreal—. Y al principio me dije que era porque realmente temía por Henry, pero es otra cosa y...

La castaña se inclinó, tomó las mejillas –ahora rosadas– de la rubia entre sus manos, haciendo que la respiración de Emma se cortara, y la admiró.

La alcaldesa dejó que sus ojos pasearán por el rostro de la rubia, admiró cada pequeño detalle hasta que se detuvo en los labios finos y rosados de la fotógrafa ante ella. Emma se lamió su labio inferior y Regina la imitó, sintiendo el deseo arder ahora por todo su cuerpo.

¿Qué demonios estás haciendo? No. ¡Detente!, se reprimió la alcaldesa mentalmente, pero era imposible porque su cuerpo ya no reaccionaba a las órdenes del cerebro. Estaba totalmente desconectada, y hasta su lado consciente sabía que todo ella deseaba inclinarse un poco más y comprobar si los labios de Emma eran tan suaves como le parecían.

Regina... —musitó la rubia, dejando que también sus ojos se estancaran en los labios carnosos de Regina.

Silencio, señorita Swan —ordenó la alcaldesa, sonando tan firme como pudo bajo los efectos del alcohol.

Y entonces, después de cerrar los ojos, se inclinó...


La alcaldesa pestañeó repetidas veces, recobrando su respiración y sintiendo sus mejillas arder. No, no, no, ¡imposible!, se gritó mentalmente.

— ¿Regina?

La rubia claramente había notado la frustración que cruzaba por el rostro de la alcaldesa, y nunca quiso tanto saber qué pasaba por la mente alguien hasta aquel momento.

— Silencio, señorita Swan —ordenó Regina con su voz de alcaldesa, intimidante y fría, pero en Emma provocó cosas extrañas en su interior, y ahí supo la rubia qué pasaba por la mente de la alcaldesa.

No era que Emma se avergonzara; sinceramente, había disfrutado cada segundo de aquel momento porque, aunque la rubia quisiera negárselo tanto o un poco más que Regina, la castaña frente a ella también la atraía. Era como un lazo que las ataba a ellas, creando una extrañamente excitante conexión.

— ¿Te sientes bien? —murmuró Emma, viendo como Regina hundía su rostro entre sus manos.

Lo que menos quería Emma era que ahora que Regina recordaba su pequeño momento de anoche, se arrepintiera. Porque Emma no lo hacía, pero tampoco iba a estarlo gritando y menos si Regina parecía no recordarlo, cosa que hacía ahora.

— ¿De verdad pasó? —preguntó la alcaldesa después de haber regulado su respiración y de haber conseguido que el nudo en su garganta se deshiciera.

No vas a volver a tomar, se reprimió Regina. El alcohol era tonto, y te hacía decir y hacer cosas que –obviamente– no querías hacer sobrio. Y no le gustaba pensar que bajo los efectos del alcohol se sentía más valiente, que sus deseos más profundos habían tomado el control sobre su cuerpo.

— ¿Pasó qué, Regina? —preguntó Emma, sintiéndose incapaz de decirlo ella. Aparte quería que la alcaldesa lo dijera, quería saber que había sido tan real como anoche, aunque Regina quisiera negarlo ahorita.

— No estoy para juegos, señorita Swan —la castaña sonó tan firme como su voz se lo permitió, pero comenzaba a sentir otra vez el nudo formarse y su respiración comenzaba a ser irregular.

— Yo tampoco, alcaldesa —contestó Emma—, necesito que lo digas porque tal vez estoy confundiendo las cosas.

Regina se inclinó, sabiendo que su cuerpo quería demostrarle a Emma, pero ahora estaba consciente así que volvió a su lugar. La rubia, notando el pequeño desliz de la alcaldesa, se inclinó para no dejar escapar a Regina de lo que parecían ser los mismos deseos.

— Emma —musitó la castaña, y casi lloró cuando su propia mirada la traicionaba.

— Dilo —le exigió Emma—, y contéstame lo siguiente, ¿quieres otro?

— No, Emma —intentó hacerse para atrás, pero la fotógrafa la fue acorralando. Estaban sentadas, y eso le precia perfecto a Regina porque sabía que si estuvieran paradas el estar acorralada por la rubia causaría en su interior cosas demasiado agradables.

— ¿No quieres decirlo o no quieres otro? —la voz de la fotógrafa se hizo profunda y Regina sintió un calor por su vientre comenzar a esparcirse— Dime qué fue lo qué pasó, Regina. ¿Qué crees tú qué pasó?

La rubia fue haciendo pequeña a la castaña, y la espalda de la alcaldesa chocó contra el suelo dejando a Emma arriba de ella.

— No-nos be-be... —la voz temblorosa de Regina hizo que la rubia sintiera un calor esparcirse por su vientre y, Dios la ayudara, sentía que quería dejarse controlar por sus instintos en aquel momento.

— ¿Disculpa? Creo que no entendí —sonrió levemente Emma, y de no ser porque Regina se sentía demasiado nerviosa –tanto que se avergonzaba de sí misma– claramente habría rodado los ojos.

— Nos besamos —exhaló la alcaldesa, su aliento chocó contra el rostro de Emma por la proximidad en la que se encontraban.

Emma asintió, y agradeció llevar el cabello en una coleta porque así no tendría que lidiar con sus rizos rubios bloqueándole la vista de la perfecta castaña frente a ella.

— ¿Y te molesta? —preguntó, haciendo que Regina hiciera una mueca. Pero pronto, la alcaldesa negó con la cabeza mientras se mordía el labio inferior— ¿Quieres que te vuelva a besar para aclarar esos recuerdos?

Regina se quedó quieta, y sus ojos se quedaron fijos en los de Emma. La ojiverde la miraba de una forma que, en vez de ponerla incomoda, hacía arder la piel de la alcaldesa.

— Dime, Regina, ¿quieres revivir lo de anoche?

Y, Dios, claro que quería. Regina estaba a un paso de rogar por sentir los labios de la rubia en los suyos. Lo estaba deseando.