Una disculpa por tenerlos tan abandonados. Espero que este capítulo súper largo sea digno de la espera :)


Su Señora no duerme, no come.

Su Señora no sonríe ni habla; ella es fría y distante como una estrella en el firmamento y rodeada por la misma obscuridad impenetrable.

Diaval era un cuervo cuando la encontró así que sus recuerdos son un tanto vagos e imprecisos.

Él la recuerda sentada sobre una roca y sollozando débilmente mientras se abrazaba las rodillas, meciéndose al ritmo de una pena desconocida. Él se posó sobre una roca para verla mejor pues su postura le recordaba a las madres humanas mientras acunan a sus bebés sobre su pecho para que pudieran escuchar el sonido de su corazón. Sólo que… esta extraña criatura ni tenía un bebé ni parecía humana.

Recuerda el haberla visto con curiosidad impropia, acción que le provocó el ser corrido del lugar por un halo de luz esmeralda que lo asustó mucho.

Sí, su Señora suele asustar a hombres y criaturas por igual… pero no a él. Ya no.

Él es su aliado y confidente, o al menos le gusta pensar que ella confía en él aunque sea un poco. Juró ser su sirviente y ahora la seguirá hasta el fin del mundo porque los cuervos son animales honorables que cumplen su palabra y también porque… porque alguien debe recoger los pedazos rotos.

Algo tan precioso como el corazón de su ama no debería quedarse tirado, roto, sucio y en el fango. Algo tan bello debe ser atesorado y amado si medida.

Si él fuera el dueño de ese corazón destrozado, si él pudiera tomarlo entre sus manos y cuidarlo… pero no, no debe engañarse. Un corazón roto es suficiente.

Diaval bajó del grueso y viejo árbol que sirve de casa y guarida tanto a su señora como a él y se sentó cerca del acantilado para contemplar la luna llena en todo su esplendor.

Ella había tenido otra pesadilla; a pesar de todo el tiempo transcurrido, de todos los años que han pasado, aún se despierta gritando por las noches. Las lágrimas corren a raudales por ese rostro que durante el día es tan frío e inexpresivo y que por las noches se desfigura en una mueca de agonía.

A él le duele verla así, le preocupa y le enfurece el sentirse tan inútil por el hecho de no poder meterse dentro de su cabeza y ayudarla a luchar contra los demonios del pasado. Los jadeos desesperados salen de su pecho con tal violencia que él cree que en cualquier momento romperán los frágiles huesos de su pobre, pobre ama.

El Páramo duerme pero aun así se respira la magia del lugar; a lo lejos, el castillo humano brillaba bajo el halo plateado de la noche. Es un monumento extraño y antinatural pero completamente adecuado para la clase de bestias que lo habitan; son seres de terrible maldad y una vanidad sin medida, ¡más vanidosos que un cuervo!, que se pavonean por pasillos y salones con aires de grandes señores y distinguidas damas, mismos sujetos que por las noches rondan los sucios tugurios donde la prole ahoga sus penas para mutilar aún más la dignidad de los trabajadores, para quitarse los ropajes de seda y oropel y retozar como cerdos en medio de la basura.

Es un espectáculo deplorable y vergonzoso, tan terriblemente asqueroso que Diaval muchas veces tuvo que emprender el vuelo para mantener su cena dentro de su estómago.

Él conoce bien a los humanos; aprendió a la mala que por más dulce y buena que parezca una mujer no es sabio tratar de probar el pastel de manzana que dejó sobre la baranda de su casa o picotear los sabrosos brotes de trigo y maíz de un airado granjero. Él tiene sobre su cuerpo las cicatrices de sus encuentros con los humanos, marcas permanentes que le enseñaron a nunca bajar la guardia, a volar más rápido y a perder la confianza en esos seres crueles de dos patas.

Diaval no entiende, sin embargo, como alguien como su Señora, que es tan inteligente y calculadora, pudo haber caído tan fácilmente en la trampa de un humano. No lo entiende.

El cuervo hombre se recostó sobre la verde hierba sin perder de vista el castillo y pensó en la primera tarea que Maléfica le encomendó años atrás.


Era un día soleado y bastante hermoso, a él le gustaba volar sintiendo el calor del sol sobre sus plumas que parecían adquirir un tono tornasolado e hipnótico bajo los dorados rayos del astro rey. Su vuelo era veloz y preciso pues no quería fallar en el primer trabajo que su nueva ama le había encomendado.

Un leve estremecimiento le recorrió la espalda al recordar la red sobre su cuerpo y las feroces fauces de los perros aullando cerca de él… Dios, como odia a los perros.

Pronto llego al castillo y se posó sobre una pila de rocas muertas, algo que los humanos llaman barda; un par de soldados hacían guardia cerca del inmenso portón de madera que cercaba el paso a todo personaje indeseado, los guardias parecían contentos pues bromeaban y reían a carcajadas. Esta conducta era por demás sospechosa en sujetos que se supone deben ser siempre serios.

Diaval voló un poco más cerca para escuchar la animada conversación.

"Jamás lo hubiera creído posible." – Bramó el guardia más alto.

"Si me lo preguntas a mí, yo siempre pensé que era bastante cobarde. Vaya, ¡si por eso dejó el servicio y entró a ser parte del consejo del Rey! Corrió como una damisela en peligro para refugiarse detrás de los ropajes de su Majestad." – Contestó él otro mientras reía. El rostro de su compañero, él que habló primero, se ensombreció.

"Pero ahora él será nuestro rey. Una vez que el rey Henry muera, él será quien guíe el reino sentado en el trono de oro… y además se casará con la princesa." – Un sentimiento de la más pura envidia pudo verse reflejado en el rosto del guardia y Diaval, si es que hubiera estado en su forma humana, habría esbozado esa media sonrisa burlona que le caracterizaba.

"No cabe duda que Stefan es un bastardo con suerte… ¿en verdad crees que mató a la mujer alada que nos enfrentó en el Páramo?" – El segundo guardia volteó su rostro para interrogar a su compañero.

"Sí, sí lo hizo. Yo estaba cerca de la puerta de su Majestad cuando Stefan le llevó las alas de la criatura, pude verlas. Son inmensas." – Si Diaval en verdad hubiera estado en su forma humana se hubiera ido de bruces contra el suelo al escuchar semejante revelación.

Dejó a los guardias y emprendió el vuelo para buscar una ventana abierta por donde colarse, por fortuna, las cocineras son mujeres que siempre tienen las puertas abiertas…

Como un rayo, Diaval entró por la puerta de la cocina. Las mujeres sólo vieron un destello negro que pasó volando y al cual confundieron con un espíritu por lo cual se santiguaron tres veces. Sin duda, era el espíritu de la muerte que pasaba para llevarse el alma del rey Henry.

El cuervo voló por los grandes salones ignorando todas las cosas bonitas y brillantes que pudiera haberse llevado consigo en el camino, voló escaleras arriba donde intuyó que estarían los dormitorios y buscó la puerta más grande, suntuosa y ridículamente adornada que encontró. Los humanos no son nada discretos con sus posesiones…

Una larga hilera de sujetos engalanados de ropajes obscuros y con rostros hipócritamente tristes esperaban a las afueras de una puerta… grande, suntuosa y ridículamente adornada que sin dudas era la puerta de la habitación del moribundo rey.

Al poco rato de haberla encontrado y mientras Diaval buscaba una forma de meterse a los aposentos reales, una joven rubia salió corriendo mientras lloraba desconsoladamente seguida de cerca por su dama de compañía. El cuervo agradeció la oportunidad pues pudo colarse por la puerta medio abierta sin ser visto pues todos los demás hombres estaban distraídos viendo a la linda princesita llorona.

La visión de opulencia lo sorprendió en cuanto entró y una escalofrío de puro espanto le recorrió el cuerpo. Colgadas sobre las paredes había cientos de cabezas y pieles de animales. Desde jabalíes hasta osos descomunales.

Sin dudas, el mundo sería un poco mejor cuando ese lúgubre personaje muriera.

Diaval se posó sobre el dosel de la cama, suficientemente cerca para escuchar los ahogados jadeos del anciano en la cama y los susurros de consuelo del joven hincado al lado. El moribundo rey acariciaba algo que estaba justo a su lado, algo tremendamente grande y de apariencia sedosa que deslizaba entre sus dedos.

"Promete que cuidarás de mi hija…" – Jadeó el anciano rey y Diaval concentró su mirada en la inusual pareja.

"Lo juro, mi señor." – La voz y postura del hombre joven eran tan serviciales como humillantes pues él acariciaba la mano temblorosa del anciano con la misma extraña devoción con la que el rey acariciaba las… ¿plumas?

"Cuando seas rey, irás al Páramo y terminarás mi trabajo. Acabarás con todas esas criaturas indeseables y te apoderarás de las riquezas del lugar… joyas. Joyas y sedas." – El rey tenía los ojos semi cerrados y era obvio que le costaba hablar. Los ojos del joven brillaron al escuchar la palabra rey. – "Serás poderoso, más poderos que ninguno. Los demás reyes te envidiarán y vivirás la vida que yo siempre soñé obtener. Con la elfa muerta, nadie podrá detenerte, Stefan."

¡Stefan!, Por segunda vez en el día, Diaval casi se va de bruces pero tuvo que mantener la compostura para no ser descubierto.

En ese momento, un ataque de tos terrible hizo que el rostro del anciano rey se volviera rojo como el vino de Granada, los ojos se salieron de sus orbitas ante el tremendo esfuerzo que hacían sus pulmones por jalar algo, lo que fuera, de aire, todo su cuerpo se agitaba al ritmo de su violenta tos… hasta que eventualmente dejó de respirar. Los ojos perdieron brillo y todo su cuerpo se tensó en una postura antinatural y casi macabra. Stefan no hizo nada, ni siquiera cerró los ojos abiertos del rey que miraban sin ver el techo de su cama.

Diaval aún no sabe decir que fue lo que le provocó más repulsión, si la terrible mueca de agonía en el rostro muerto del anciano o el beneplácito y satisfacción en la cara de Stefan cuando se levantó del suelo, camino hasta el espejo y se probó la corona del rey.

Era de noche cuando volvió al castillo en ruinas. Su Señora no espero ni un momento para transformarlo en humano ni le dejó recobrar el aliento.

"¿Y bien?" – Su Señora preguntó con esa frialdad a la que ya se estaba acostumbrando. Gracias a las sombras, él no pudo ver la expresión de aterrada tristeza que embargaba sus ojos… bien, eso cambiaría pronto.

"Bueno, lo encontré. Es un humano muy extraño, Ama. Muy, muy extraño." – Diaval se dejó caer en el suelo para descansar. – "No ayudó al anciano mientras éste moría, más bien creo que eso era lo que estaba esperando. Dejó que se ahogara." – Diaval se estremeció al recordar los ojos muertos del rey y sacudió la cabeza. – "A los humanos les espera una mala temporada cuando se convierta en rey."

"…¿Rey?" – La voz de Maléfica denotaba sorpresa y sonaba extrañamente suave y melódica. Diaval, en un gesto típico de ave, ladeó la cabeza para verla mejor pero ella ya caminaba hacia la destruida baranda del castillo.

"Si, él se convertirá en rey. Eso fue lo que dijo el otro rey, el que acaba de morir, y lo mismo oí decir a los guardias… creo que mató a alguien, a una criatura mágica pero no sé…" – el monólogo de Diaval fue interrumpido por la voz de Maléfica, una voz tan fría que sintió que su misma sangre se congelaba en sus venas.

"¿Me hizo esto… para convertirse en rey?" – La voz y postura de su Señora era tan hipnótica como terrible. Diaval sabía que debía bajar el rostro, que tenía que dejarla sola para que pudiera lidiar con la pena que parecía consumirla… pero no pudo. Ni siquiera cuando ella levantó el rostro al cielo para lanzar un grito de furia pura mientras destellos de luz esmeralda salían de sus manos y la rodeaban como una nube tóxica; esa luz esmeralda, magia poderosa nacida del odio más atroz, se extendió por todas las ruinas del castillo aniquilando todo a su paso. Esa misma luz subió hasta el firmamento e iluminó el cielo nocturno justo en el momento en que fuegos pirotécnicos eran lanzados hacia las estrellas para celebrar el ascenso del nuevo monarca y el matrimonio de éste con la princesa… apenas horas después de la muerte del rey Henry.

Diaval sintió miedo al ver la furia de su Señora pero pensó que no debería ser tanto como el terror que ese Stefan debió sentir al ver el halo de luz verde que por un momento disipó las sombras de la noche.

"¿Ahora qué, Señora?" – Preguntó Diaval bajando el rostro de forma respetuosa. Su Señora no respondió. Pasó de largo, arrastrando por las piedras la tela de su vestido… él la siguió.


El murmullo de vocecitas chillonas y aleteos lo despertó en la madrugada. Un pequeño grupo de ninfas de agua revoloteaba y hablaba sin parar mientras sujetaban el cuerpecillo inerte de otra ninfa… algo grave debió haber pasado para que se atrevieran a acudir a Maléfica por ayuda.

Su Señora bajó con rapidez y sin decir palabra tomó entre sus delgadas manos el cuerpo de la ninfa. Nadie habló mientras Maléfica curaba a la pequeña criatura con su magia amarilla, color que a Diaval le recordaba el color de la miel. Minutos después, la ninfa recobró la conciencia y sus ojos grises se abrieron de par en par al darse cuenta de quien la estaba sosteniendo.

Sobresaltada, casi saltó de las manos de Maléfica y huyó hacia el grupo de ninfas. Estas hicieron una breve reverencia y volaron con rapidez hasta perderse en las sombras de la noche… Ingratas, pensó Diaval.

Su Señora no habló pero él pudo ver cierta tristeza en sus ojos… A ella no le importaba en lo más mínimo lo que las criaturas dijeran sobre ella ni se inmutaba por los comentarios malintencionados… pero el rechazo le dolía. Él podía verlo, los ojos de su Señora son más expresivos de lo que a ella le gustaría.

Encorvada por el peso de una pena que no se atrevía a compartir y por el cansancio de pasar varias noches sin dormir, Maléfica se dirigió hacia el bosque para comenzar con su guardia matutina. Diaval la siguió y mientras la miraba curando árboles y reforzando el muro de espinos pensó que… que quizás no todo estaba perdido.

Dentro, muy dentro y protegido por corazas y murallas, su Señora guarda los pedazos de su corazón que, aunque agonizante, aún vive y siente. Que aún anhela y sueña…

Él lo recogerá y lo arreglará, tomará tiempo pero puede esperar. Ya lo ha hecho antes, ha hecho viajes interminables para llevar hasta su nido piezas especialmente bellas (como ese collar tan bonito y pesado que robó del dormitorio de la hija de un mercader o la copa hecha de plata reluciente que sacó por la ventana de una taberna); él puede esperar; será paciente, muy paciente.

Él se convertirá en las alas de ese corazón roto.


¿Maleval? ¿Dónde?

Sí, sí, me atraparon. Eventualmente esta historia desarrollará una relación entre Maléfica y Diaval (aún no sé bien cómo funcionará pero haré mi mejor esfuerzo.)

Mi agradecimiento sincero a las chicas que dejan review (Irene, Diosa Luna, Florexita, Miss Bunny-Bani, Alba…), a las chicas que han agregado mi historia a Favoritos (NessieFrost, Zamtik y Grizzeta y sakuloba) y a todos ustedes estimados lectores anónimos que rondan el ciberespacio y se toman el tiempo de leer esta historia.