- ¿Cuánto tiempo te vas a casita? – preguntó Frost, sin levantar la vista del ordenador.

- Hasta que resolváis el caso – mintió Jane, poniendo cara de fastidio.

Korsak alzó la cabeza de los papeles que estaba leyendo y la miró fijamente, captando el guiño disimulado de la detective.

- ¿En serio? – preguntó el joven, sorprendido.

- Ya ves… Yo que pensé que de esta también me libraba.

- Cavanaugh te ha pasado muchas por alto, Jane, no te quejes – apuntó Korsak – Da gracias que te dejó estar en los casos de Hoyt y compañía.

- Pero yo quiero estar en este.

- Pues toca aguantarse, compañera – dijo Frost, con fastidio. – Tendrás que decirme todo lo que viste.

- Es que el capi me ha prohibido hablar con vosotros. – Rizzoli contuvo una sonrisa al ver la cara de alarma del joven.

- ¡Pero necesito datos! ¡Sin datos…! - Frost dejó que su voz se apagara cuando vio que la detective ya no podía aguantar la risa – Ja, ja, ja, muy buena.

- Lo sé – bromeó Jane, chocando la mano con Korsak.

El sonido de unos tacones aproximándose por el pasillo alertaron a los tres detectives de la llegada de una deslumbrante, como siempre, Maura Isles. Ésta entró con paso fuerte y una taza de café en la mano.

- Buenos días, Doctora Isles – saludó Frost.

De espaldas a la forense, Jane articuló "Pelota" con los labios para que solo su compañero pudiera verlo, quien sacudió la cabeza, sonriendo, y volvió a su trabajo.

- Técnicamente, hay que decir ya "tardes". Aunque, habría que contrastarlo con los expertos, "buenos días" siendo la… - la doctora miró su reloj - …una del mediodía no está mal dicho.

- Maura, ¿quieres algo? – cortó Jane, sabiendo que como la dejara seguiría soltando datos cual Wikipedia andante.

- ¿Tengo que querer algo para visitaros? ¿No puedo venir solo porque quiero veros?

- Ejem… Urticaria – la detective señaló el escote de la doctora, quién se lo miró, asustada.

- Vale, aunque no es del todo mentira.

- ¡Maura! – exclamó su amiga, exasperada.

La forense hizo un gesto de desagrado y pensó como decir lo que llevaba toda la mañana pensando en la morgue.

- Quiero participar en este caso – pidió, yendo al grano.

Jane arqueó las cejas, y Frost y Korsak levantaron la mirada de sus respectivas tareas para ver el enfrentamiento.

- ¿Qué? Eres la jefa del departamento forense, ya vas a estar en el caso.

- No a menos que haya un cadáver. Ahora mismo no hay ninguno… – Maura se apresuró a añadir – y gracias a dios pero… Quiero ayudaros.

- ¿Cómo una detective más? – preguntó Jane, sorprendida.

- Exactamente.

La detective miró a sus compañeros, que se encogieron de hombros y asintieron.

- Pues… ¡Bienvenida al equipo, detective Isles! – bromeó Rizzoli.

- Detective Isles – Maura se quedó pensando en el nombre – Me gusta, suena sexy. ¿Puedo tener esposas y pistola?

- No tan rápido, Sherlock Holmes. Estás de colaboradora, no eres detective de verdad. Te das cuenta, ¿no?

- Era broma – la forense hizo un gesto con la mano, tranquilizando a su amiga – En parte.

- ¡Maura! – la reprendió la detective.

- ¿Qué? ¡Me hacía ilusión!

Frost y Korsak asistían a la conversación de ambas amigas con una sonrisa en la boca, sin atreverse a romper aquellos momentos entre ellas. Creaban a su alrededor una burbuja que daba pena romper, a veces. Todos lo habían pasado mal cuando Jane y Maura se habían enfadado realmente la una con la otra, hasta el límite de tratarse por sus títulos, casi sin mirarse.

- Vale, Jane, necesito que me digas todo lo que puedas sobre tu atacante – pidió Frost, sentado frente a la pantalla táctil de la sala de informática. Se chascó los dedos y comenzó a pulsar hábilmente botones. Una gran sucesión de ventanas se proyectaron en las múltiples pantallas que colgaban en la pared y a las que miraban todos los presentes.

- Tengo los recuerdos ligeramente borrosos por el cloroformo pero… - La detective frunció el ceño, pensando. Se apartó los rizos de la cara y comenzó a hablar – No creo que pueda hacer un retrato, se mantuvo casi siempre en las sombras.

Frost asintió y cerró un programa. La ventana desapareció de la pantalla y Korsak entró en escena:

- ¿Algo que revelara sobre sí mismo? ¿Un nombre?

- Sí. Le pregunté sobre su cuenta pendiente, aquella víctima que se le escapó, y me dijo que era un escritor de New York.

- Pero esa es una larga lista – se lamentó la forense, desesperanzada.

- Algo es algo, Maura – opinó Frost, ejecutando un buscador.

A los cinco segundos la pantalla se llenó de un montón de nombres de escritores neoyorkinos.

- ¿Especificó el género o la edad?

- No… No dijo nada.

Korsak miró la pantalla con el ceño fruncido.

- Son demasiados nombres, Jane. No podemos llamarles uno a uno y preguntarles si han tratado de matarles.

- Espera. – Pidió la detective, pensando – Dijo que tenía una compañera.

- ¿Un escritor con compañera? Cosa rara.

Frost tecleó un par de cosas y la lista se redujo considerablemente. Pero aun así seguía siendo demasiado grande y con posibilidades remotas.

- Sé que dijo algo más… - masculló Jane, con una mano en la cara, tratando de desenmarañar el lío que eran los recuerdos.

- No te fuerces, a veces forzarlo es peor. La memoria es el resultado de las conexiones sinápticas entre neuronas, y cuando un suceso se resiste a salir, provocarle puede causarte daño. El cerebro es muy listo, y si ese recuerdo es importante, lo traerá a ti mediante el hipocampo, ya sea con un sueño o una repentina sensación de dèja- vù.

- Maura, ahora mismo la Wikipedia no me ayuda.

- Jane, tiene razón – intervino Frost – Vi en una serie que, el protagonista, por tratar de recordar, comenzó a sufrir episodios de amnesia.

- ¿Amnesia? ¿Qué series ves tú, Frost? – preguntó Korsak, jocoso.

- Era una de SyFy.

- En estos momentos tus neuronas padecen de dismnesia – pronosticó la forense, haciendo caso omiso de los chicos.

- Tradúcelo a la lengua normal, por favor – pidió Rizzoli, con un gesto de fastidio y cansancio.

- La dismnesia es una alteración cuantitativa que traduce siempre en una disminución de la memoria, imposibilita evocar un recuerdo en un momento dado y evoca otros en forma borrosa o poco nítida. – recitó Maura, como si acabara de leerlo de un libro.

- Eso suena a James Bond – Frost se quedó mirando a la nada, pensativo – Los rusos idean un suero que produce dismnesia.

- No sirves para guionista – opinó Korsak, con una sonrisa.

- James – musitó Jane.

¿De qué le sonaba ese nombre? Sabía que era relacionado con su atacante pero no lograba recordarlo. Frunció el ceño, abstrayéndose de la disputa entre Korsak y Frost sobre sus habilidades inventivas, y rebuscó en su memoria, en busca de algo.

- ¡J. Rook! – exclamó de repente, sobresaltando a todos.

- ¿J. Rook? – inquirió Maura, desconcertada.

- El atacante llevaba una placa colgada de la camisa que ponía J. Rook. Le pregunté si ese era su nombre y me dijo que podía llamarle así. – explicó la detective atropelladamente.

- Frost – dijo Korsak.

- Estoy en ello – respondió el aludido, con cara de concentración y tecleando con pericia.

En la pantalla se abrió un buscador, donde puso el nombre de "J. Rook" seguido de "Escritor neoyorkino" y "compañera". El simbolito de un reloj de arena girando apareció mientras se colaba la información elegida por Frost. Cuando ya pensaban que no iba a aparecer nada, múltiples ventanas comenzaron a abrirse, con recortes de periódicos, revistas, y una ficha policial.

- Lo tenemos. – murmuró Maura con una sonrisa triunfal.